Días en blanco

Enero en el Slottsskogspark. Göteborg. Foto R.Puig.
“…me parece que aquí, durante el invierno,
los pensamientos de los hombres se congelan del mismo modo que las aguas”
Carta de René Descartes a Nicolas Flécelles de Brégy, Estocolmo 15 de enero de 1650
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René Descartes (1596-1650) expresa esta sensación desapacible en el mes de enero del invierno más frío de todo el siglo XVII, recluido en una mansión de Estocolmo, cuando le quedan veintisiete días de vida.
Según se dijo oficialmente murió de neumonía, aunque los síntomas, como se descubrió hace algo más de treinta años, eran más bien los del envenenamiento por arsénico.
En la misma carta a Brégy se lamenta así:
aquí no estoy en mi elemento, y no deseo otra cosa que tranquilidad y reposo, esos bienes que los más poderosos Reyes de la tierra no pueden dar a quienes no sepan tomarlos por sí mismos
Por fortuna, nosotros tenemos mejor calefacción que aquel sabio a quien Cristina de Suecia (1626-1689) citaba cruelmente en su biblioteca de palacio, a las cinco de la mañana, para departir con él, supuestamente de filosofía pero, sobre todo, para encargarle caprichosas tareas. El buen hombre no tardó en arrepentirse de haber acudido a Suecia, sobre todo porque para llegar a la puerta de la demora real tenía que recorrer unos centenares de metros a muchos grados bajo cero. Como cuentan los cronistas, el protocolo real no le permitía cubrirse la cabeza durante las audiencias, lo que en cierto modo explica su reflexión sobre la congelación de los pensamientos.
Tras hacerse responsable de la muerte a los 53 años del filósofo, Cristina de Suecia, maldita sea la gracia, se mudó a climas mediterráneos, para lo que le convino abjurar de la fe luterana (mérito en gran parte de algunos ilustrados jesuitas) y ser recibida apoteósicamente en Roma, donde moriría a los 63 años, en primavera y en unos aposentos bastante más cálidos que los de Descartes en Estocolmo.
Al sabio le dejaron el magro consuelo de un pomposo monumento en una iglesia de Estocolmo.

Monumento a Descartes en la Adolf Fredriks Kyrka. 1770. Estocolmo. Foto Wikipedia.
Pobre Descartes a quien, según lo cita Giulia Belgioioso en la solapa de la edición crítica de su correspondencia completa (Milano, Bompiani, Col. il Pensiero Occidentale, 2009), lo que le gustaba de verás era pasar el tiempo en compañía de personas honestas que se muestren estima:
…el mundo es demasiado grande en proporción a las pocas personas honestas que lo pueblan; quisiera que estuviesen todas reunidas en una sola ciudad; y entonces sería feliz abandonando mi eremitorio, para irme a vivir con ellas, si me quisieran acoger en su compañía. Pues, aunque de hecho yo rehúya la multitud, por la cantidad de insolentes e importunos que en ella se encuentran, no paro de considerar que el bien mayor de esta vida es disfrutar de la conversación de las personas que entre sí se estiman
El bueno de Renato debería haber hecho caso a Erasmo cuando aconsejaba:
Parece agradable y glorioso pasearse cogidos del brazo de nobles cortesanos, mezclarse en asuntos de reyes; pero los ancianos, que por haberlo probado saben lo que es, prefieren abstenerse de esa dicha.
Erasmo de Rotterdam, en el comentario al adagio «Dulce bellum inexpertis»
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Cosas que tiene el invierno…

Lindholmen. Göteborg. Foto R.Puig.
Pero, a lo que íbamos, durante más de una semana, hemos podido sentirnos a gusto a pesar del frío y la nieve, transitando por los parajes níveos de Gotemburgo, que no veíamos así desde hace años.

Venid patitos. Sannegårdshamnen. Göteborg. Foto R.Puig.JPG
Aunque, la verdad, no sé si mis neuronas a bajo cero alucinaron, pero me pareció que el autor de la Meditaciones filosóficas había dado un salto al futuro para acercarse a esta orilla, como si la compañía de los patos y, sobre todo, de los niños que les echan migas, le consolara algo del recuerdo de aquella hija suya, Francine, que murió aún niña, nueve años antes que su padre.
Para sorprenderle, esta vez bien abrigado y provisto de un buen gorro de piel, yo me lo llevé a comprar comida tailandesa, en el Take away no lejos de mi estudio.

Take away. Lindholmen. Göteborg. Foto R.Puig
En sus tiempos, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales ya había traído especies de Asia a los Países Bajos, donde residió desde 1629 hasta su malhadado viaje a Suecia, pero dudo mucho que tuviese ocasión de degustar una sopa tailandesa bien calentita, como la que compartimos humeante en el balcón del taller.

Mi balcón. Sannegårdshamnen. Göteborg. Foto R.Puig.
Desde ahí pudo admirar los abedules nevados

Abedules en Sannegardshamnen. Göteborg. Foto R.Puig
que la semana pasada, frente a mi balcón, dialogaban quedamente con la luna

Conversación. Miraallén. Göteborg. Foto R.Puig
Luego ascendimos, con cuidado para no resbalar, a la «colina del fuerte», donde, de haber llamado a alguna puerta, habría encontrado gentes dignas de esas conversación entre personas que se estiman mutuamente, que, desilusionado por las experiencia de las inquisiciones y ataques que sufrió, pensaba que fuesen tan escasas en el mundo.

La colina nevada. Slottsberget. Göteborg. Foto R.Puig
Pero, para no arriegarnos a un patinazo, continuamos el paseo en llano por las faldas de la colina opuesta

Sörhallsberget. Göteborg. Foto R.Puig.
Puede que le motivase el frío reinante, el caso es que me improvisó un breve discurso con sus ideas sobre el calor en la fisiología animal, algo sobre lo que tanto había investigado.

Reparaciones en el embarcadero. Ría de Gotemburgo. Foto R.Puig
Tras pasar al otro lado de la ría, de vuelta al centro de la ciudad, observó con curiosidad el trabajo de los técnicos en plena faena de arreglos del nuevo embarcadero de Stenpiren. Curiosamente, hablando despacio en holandés, consiguió entenderse con el operario que le respondía en sueco.
Me dijo que los canales de Gotemburgo le recordaban los de Amsterdam. Ciertamente el Gran Canal del Puerto tiene parecido con los de su ciudad favorita, donde el pensamiento libre no estaba perseguido por teólogos orgánicos y jesuitas ultramontanos, como en su nativa Francia.

La Tyska Christinae Kyrka desde el puente sobre el Gran Canal. Göteborg. Foto R.Puig.
Lo mismo que el curso más recoleto que bordea el Parque del Rey siguiendo el trazado de las antiguas fortificaciones de la ciudad.

El Stora Teatern desde el puente de Kungspark. Göteborg. Foto R.Puig
Mientras tanto, y antes de que volviese al pasado, yo quería convencerle para que no se dejase engatusar por las ofertas de la voluble Cristina de Suecia. Quien sabe si así hubiésemos cambiado el curso de la historia de la Filosofía europea con alguna de las obras que ya estaba rumiando y que habría podido completar en la morada de Isabel de Bohemia, a la que adoraba y fue la musa que motivó su célebre carta sobre el Amor.
De cuántas pasiones hubiese sido capaz Descartes si, en vez de sólo escribir de ellas en teoría (por cierto, basándose ampliamente, en el De Anima et Vita de Juan Luis Vives), hubiese dedicado su edad madura a ponerlas en práctica.
A este propósito, se debería traducir al castellano la esquisita novela epistolar de Raffaele Simone (Milano, Garzanti, 2011, Le passioni dell’anima) en donde, entre textos originales y otros fabulados, narra los últimos meses de la vida de nuestro sabio.
Lo que si hubiera necesitado de una más larga conversación, cuando nos paseábamos por la Plaza de Olof Palme, frente a la Casa del Pueblo, habría sido la historia del movimiento obrero y socialdemócrata de la Suecia moderna

Genom arbete i arbete. Monumento a los sindicatos de trabajadores de Sam Westerholm. Plaza Olof Palme. Göteborg. Foto R.Puig.
La verdad es que a la trabajadora embarazada que arenga a las masas, mientras un compañero enarbola la bandera roja, se la ve no sólo cubierta de nieve estoicamente, sino que se presiente que los últimos escándalos protagonizados por los sindicatos socialistas en Suecia, de poder asomarse a nuestro tiempo, la hubieran dejado perpleja.
A Hjalmar Brantning lo que le hubiera dejado helado sería la bajada en picado de las expectativas de voto del partido socialista en el poder.

Hjalmar Branting con su casco de nieve. Plaza Olof Palme. Göteborg. Foto R.Puig
Por no hablar de padre del sindicalismo sueco y, más tarde diputado, Charles Lindley, que se ha cubierto con un pasamontañas blanco para no dejarse ver.

Charles Lindley enmascarado de nieve. Plaza Olof Palme. Göteborg. Foto R.Puig.
¡Si Olof Palme levantase la cabeza!
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Pero, lo siento, ahora debo atender a René que, no sé si motivado por los más de tres siglos de filosofía política y movimientos sociales que he tratado mal que bien de resumir a petición suya (eso sí, delante de una jarra de cerveza artesanal sueca en el pub irlandés cercano), me está friendo a preguntas sobre la razón de esos monumentos que le he mostrado.
Mientras caminamos en dirección a la Biblioteca de Gotemburgo, donde pretendo mostrarle las numerosas versiones de sus obras, he alzado la vista y mi índice para señalarle unos pináculos del siglo XIX cubiertos de nieve…

Pináculos. Västra Hamngatan. Göteborg. Foto R.Puig.
…y -¡zas!- cuando me he vuelto, ¡Monsieur Des Cartes se había esfumado de vuelta al pasado! mientras las campanas de la catedral de Gotemburgo tañían convocando a los fieles

La catedral de Gotemburgo. Foto R.Puig
Por culpa de mi imperdonable distracción no pude convencerle de que no acudiese a la llamada de la Reina de Suecia, quien, como todos los soberanos de su época, al fin y al cabo, aunque ilustrada y políglota, fue también despótica.
Lo que ocurrió, a mi pesar, es historia irreversible.
El invierno es abstracto.., pero no siempre

Formas del invierno. Foto R.Puig
Hemos de tener nieve y en cantidad.
Nunca es más amable la naturaleza que cuando nieva.
Todo está tan callado y la tierra entera parece haberse arrebujado en un manto…
Todo está envuelto en silencio.
John Twachtman, pintor, 1891
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La nieve es un emblema del Invierno, incluso donde no nieva.
Sin embargo, Pierre-Henri de Valenciennes (1750-1819) en sus Reflexiones y consejos a un alumno sobre la Pintura y en particular sobre el género del Paisaje, publicado en 1799, explica algunos inconvenientes de la representación de paisajes con nieve:
Pienso que para dar una idea del Invierno, el Pintor no debe limitarse a representar la nieve por todas partes, y árboles negros y despojados de sus hojas. Esos objetos no suscitan ni interés, ni entusiasmo, son fríos, eso es todo. Es necesario que añada al ambiente una acción, cuyo efecto, rescaldando la imaginación, influya en el espectador hasta el punto de que lamente no haber sido testigo de esta escena emocionante.
De esa forma reflexionaba el pintor a finales del siglo XVIII, cuando aún estaba por llegar la versión romántica del paisaje, la que preparó, con sus grandes espacios de lo sublime, las síntesis futuras de la pintura abstracta. Precursor de esa evolución fue Caspar David Friedrich (1774-1840), quien, a pesar de que algunos de sus cuadros parecen anunciar la abstracción de mediados del siglo veinte, justo en uno que titula El Invierno no sólo ignora las propuestas del francés, sino que más parece un expresionista algo deprimido.
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Hielo y nieve

El parque en invierno. Foto R.Puig
Por mi parte, pienso que de alguna manera esa Naturaleza que se recluye y se vuelve avara de las explosiones de color de las otras estaciones del año (como luego explicarán también a su manera otras citas el ilustre Pierre-Henri) se aviene mejor con el arte abstracto.

Formas del invierno. Foto R.Puig
Y, en cambio, ¿no les parece que a la primavera le va mejor un estilo impresionista, al verano el barroco y al otoño el expresionismo?
Ahí les dejo pensando, mientras yo retorno a mis divagaciones sobre el Invierno.

Formas del invierno. Foto R.Puig
Será quizás la invención de la fotografía, precisamente en tiempos del Romanticismo, y su desarrollo en el siglo XX, cuando también se expande la práctica de la pintura abstracta, la que ha permitido investigar con calma los esquemas y las formas abstractas que están ahí ante nosotros, cada día presentes, manifiestas o elípticas, y particularmente en los entornos invernales.
Así quieren ser mis imágenes, tomadas rápidamente al hilo de mis recorridos por las calles de Gotemburgo.

Formas del invierno. Foto R.Puig
Pero volvamos a nuestro ilustre e innovador paisajista, que no tuvo que pensar en la estética fotográfica, pero sí se invistió a fondo en la reflexión y en los consejos a sus alumnos sobre la mejor forma de resolver la pintura de la Naturaleza en todos sus estados.
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Cómo representar el Invierno
De Pierre-Henri de Valenciennes, precursor del paisaje moderno, a quien hemos citado varias veces en este blog, la sala 55 del segundo piso del Museo del Louvre guarda la mayoría de las obras. Se anticipó a la la escuela de Barbizon con su pintura en directo, en especial durante sus cuatro años en Italia y dos en Oriente Próximo. No obstante, se le recuerda más en la Historia del Arte por sus representaciones de escenas y personajes históricos dentro del paisaje, además de como teórico del paisaje neoclásico. Influyó en Michallon, Corot, Delacroix, Pissaro, Sisley e incluso en Cezanne.
Recordemos sus ideas sobre la representación del Invierno.
Llega al fin el tiempo en que la Naturaleza, tras haber provisto al hombre y a los animales de todos los productos necesarios a su subsistencia y sus placeres, rendida de fatiga y agotada, se adormece y cae en el letargo. Esta especie de sueño es de más o menos duración, según las tareas que haya llevado a cabo en las tres estaciones precedentes. El fuego que la animaba se concentra en sus entrañas; repara interiormente el abundante dispendio que del mismo ha hecho sobre la tierra. Ese calor divino que la vivificaba abandona de momento la superficie del globo a los rigores del invierno; la deja a merced de los furores de unos elementos irritados que la atormentan, la desgarran y parece que quisieran, rabiosos, hacer desaparecer los monumentos de la industria humana y hasta la última producción vegetal.
El graznido del cuervo y la aproximación de las aves del mar suelen anunciar la estación invernal; la previsión de ciertos animales y el temor de algunos otros anuncian su progreso y su duración. El despiadado Eolo abre los portones de las cavernas donde los vientos viven encadenados. Retiene al dulce Zéfiro y al provechoso Favonio, para poner en libertad al Euro estéril y al furioso Aquilón. Esos genios inquietos, endiablados y malhechores, declaran la guerra al mundo, desde la guarida de Anfítrite levantan hasta las nubes las olas espumosas, desarraigan los árboles, tumban las casas, derriban y saquean todo lo que se opone a su violencia. El frío Boreas, padre de los hielos y la escarcha, el húmedo Noto, con su frente coronada de nubes espesas y las alas empapadas de lluvia y de niebla, descarga su peso sobre la tierra y la abruma con su poder devastador. Los mortales, aterrorizados, se precipitan en busca de abrigo frente a su rabia asesina. La madre de los dioses, Cibeles, desquiciada por los vientos subterráneos, derribada de su carro hecho pedazos, acompañada de sus leones rugientes, cuya melena se eriza de espanto, implora al cielo, los ojos bañados en lágrimas, y conjura a Júpiter a que ponga fin a esos males desastrosos.
Estos párrafos describen unos dibujos de Gabriel-François Doyen (Paris 1726, San Petersburgo 1806), que fue profesor de Pierre-Henri de Valenciennes. No he logrado dar con esas escenas de mitología invernal, tan propia de las preferencias de la escuela neoclásica, pero en cierto modo el caos ártico que pintaría Caspar David Friedrich lleva algo del furor desatado de Boreas, el padre de los hielos.
Pero sigamos leyendo a de Valenciennes:
A pesar de todo, las montañas se cubren de nieve y sucesivamente los valles y las planicies. Desaparece el verde de los prados. El triste ciprés, de tono negruzco, y todas las clases de pinos, de acebos y de árboles verdes, contrastan lúgubres y melancólicos sobre esta superficie de una blancura monótona y cansina. Los troncos, ennegrecidos por la humedad, retienen y soportan sobre sus ramas la nieve que acarrean los vientos. Los pacíficos habitantes de los aires, los de las llanuras y los bosques, buscan en vano su alimento; privados de socorro se debilitan y mueren, o se convierten en las víctimas del hombre, que aprovecha de la circunstancia para tenderles lazos; o la imperiosa necesidad les hace caer.
Pronto las aguas pierden su transparencia y fluidez; el frio las penetra y traba sus partes integrantes. Se vuelven sólidas; su corriente se detiene; los hielos se amontonan en masas enormes cuya inminente ruptura amenaza a todo lo que se interponga en su camino. El habitante de la orilla de los ríos, aislado, pensativo y preocupado, espera con inquietud esta crisis de la Naturaleza. Gime por anticipado por la pérdida de su asilo; llora ya la suerte de su familia desolada; presagia su ruina y trata de salvar de un próximo naufragio todo lo que puede sacar de su vivienda amenazada.
Llega el deshielo: las aguas levantan los bloque helados; se escucha un ruido como el del trueno; los témpanos se separan; arrastrada por la rápida ola, esa masa rodante se acumula, se amontona, empuja y arrolla dodo lo que encuentra a su paso. Los árboles arrancados y los restos de edificaciones cubren la superficie de las aguas. Animales ahogados o luchando aún contra la muerte; el techo de las cabañas hundidas flota sobre la sucia y enfangada corriente; las barcas rotas y aplastadas contra la orilla; un niño arrastrado en su cuna, los bateleros apartando témpanos para abrir paso a su barquilla, afrontando la muerte para salvar la vida de esa criatura inocente; las lágrimas y la desesperación de las desgraciadas víctimas del desastre; la tristeza y el espanto de los espectadores; todos son cuadros de horror y de miseria que llenan el alma de un sentimiento penoso y doliente. Pero al pintor y al historiador de la Naturaleza ninguno de estos fenómenos debe resultarle ajeno: los del invierno le pertenecen tanto como los otros; debe estudiarlos y elegir aquellos que pueden complacer o interesar.
Lejos de esta visión dramática del Invierno, y en unos espacios que se van difuminando hacia la abstracción, en el año anterior al de su muerte, el paisajista impresionista americano John Twatchman (1853-1902), desde la colonia de artistas de la Holley House cerca de su propia casa en Greenwich, siguió plasmando en su obra la virtud meditativa de esa monotonía sin historia que no estimó el francés, no sólo porque invita al silencio sino quizás también porque la nieve evoca la salida de nuestra propia historia, nos invita a reconciliarnos con la muerte
Los paisajes del extremo norte noruego de Karl E. Harr (1940, Kvæfjord), además de su amor por ese mundo de asombrada hermosura y por las gentes que en él pasan sus vidas, son también una especie de meditación sobre los limites de la existencia
Si seguimos con la preceptiva de las Reflexiones y consejos a un alumno sobre la Pintura y en particular sobre el género del Paisaje, creo que contentaríamos más a su autor retrocediendo al siglo XVII, con Jacques d’Arthois (1613-1686), pintor flamenco natural de Bruselas
Los hielos son más hermosos para la pintura que la nieve; conservan aún un poco de transparencia, y por tanto son de tono más cálido. He visto al natural cascadas heladas formando estalactitas que producen efectos nuevos y extraordinarios. Es posible corregir la monotonía de los árboles pelados agrupándolos con los verdes; se puede con osadía pintarlos junto a las aguas heladas, con lo que se nota menos la falta de las hojas o incluso se mezclan con las muertas, cuyo color es de un marrón rojizo. El roble las conserva casi todas en invierno, en estado de desecación pero coloridas, y no se desprende de ellas hasta la primavera. Los localismos ofrecen además infinidad de temas que el pintor no debe desestimar y pueden serle útiles.

Jacques d’Arthois. Paisaje de invierno. Museo de Bellas Artes de Bruselas
Si con sus medios se dedica a situar en el lienzo los temas propios de la estación y no se limita únicamente a pintar trineos y patinadores, es casi imposible que no produzca cosas nuevas y que no merezca la aprobación de los entendidos
Y, medio siglo antes, a Pieter Brueghel el Joven (1564-1638), que no nació en Bruselas como el anterior, pero allí creció y se formó como pintor costumbrista y paisajista
Pero, en realidad, los que de verás hicieron precursor del paisaje moderno a Pierre Henri fueron los paisajes que pintó en Italia y que se pueden admirar en un pequeño rincón del Louvre, bajo una luz amortiguada que los defiende del deterioro de los pigmentos.
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Cuando el Invierno no tiene nada de abstracto…
Les dejé pensando sobre mis afinidades de los estilos pictóricos con cada una de las estaciones del año, y seguramente han concluido que debería dejarme de divagaciones, más propias de unas neuronas congeladas…
La verdad es que ese frío que en estos días nos está trayendo hielo y nieve en Gotemburgo no tiene mucho de abstracto, salvo en la forma que algunos tenemos de mirarlo…

Me han dejado aquí de esta guisa y este frío no es nada abstracto.Foto R.Puig
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Notas
Las traducciones de los textos de Pierre-Henri de Valenciennes son mías y proceden del libro Réflexions et conseils à un Élève sur la Peinture et particulièrement sur le genre du Paysage, La Rochelle, Rumeur des Ages, 2005, 146 pages (De l’Hiver, pp. 65-68). Las publicaciones de esta editorial de la región de Poitou-Charentes son extremadamente cuidadas. En su catálogo especializado en Literatura y Arte hay otros tratadistas y estudiosos de la pintura del paisaje como Jean-Baptiste Deeperthes, Charles Dupuis, Eugéne Fromentin, Alexander von Humboldt y Charles-Jacques-François LeCarpentier.
Los cuadros de Karl Erik Harr proceden de Karl Erik Harr, malerier fra nord, paintings from the north, con introducción de Dag Solhjell (Svolvær, Forlaget Nord, 1986)
El de John Twachtman (y la cita del encabezamiento) proviene de la obra John Twachtman, Connecticut Landscapes, editada por Debora Chotner, Lisa N.Peters y Kathleen A. Pyne, Washington, National Gallery of Art, 1989.
La imagen del cuadro El Invierno de Caspar David Friedrich procede de una memorable exposición que visité en la Fundación Juan March de Madrid: La abstracción del paisaje, del romanticismo nórdico al expresionismo abstracto, Madrid, octubre 2007-enero 2008.
La escultura en bronce de la dama, que en estos días tirita cerca de la Iglesia del Parque Vasa en Gotemburgo, es del escultor sueco Per Hasselberg (1850-1894) y se titula Vågens tjusning (1888), en castellano «la atracción de la ola».
Rostros que llegan del frío: algo más sobre la obra de Andrzej Wróblewski (Fisionomías XXI)

Wróblewski. Retrato orgánico. Detalle. s.f. (1957). Foto R.Puig
Hay vidas que, desde que despiertan a la historia hasta que la historia las engulle y sin apenas respiro y hasta el final, tratan de florecer, de manifestarse y de transmitir su obra en los territorios que les marca el totalitarismo.

Wróblewski. Ejecución en Poznan.Detalle.1949. Foto R.Puig
Hace dos semanas trajimos a este blog algunos atisbos de una de ellas, la de Andrzej Wróbleski (1927-1957), desde la exposición organizada por el Muzeum Sztuki Nowoczesnej de Varsovia, en colaboración con la Fundación Andrzej Wróblewski y Culture Poland, en asociación con el Museo Reina Sofía, en el Palacio de Velázquez del Retiro de Madrid (donde acertadamente está permitido tomar fotos, sin flash).

Wróblewski. Ejecución frente a un muro. Detalle. 1949. Foto R.Puig
Al artista le había marcado, como individuo y en su familia, la barbarie de la ocupación nazi. Y cuando en una Europa en ruinas, al final de la guerra, creaba sus primeras obras y contestaba la estética imperante en la Academia de Bellas Artes de Cracovia, sobrevino la ocupación soviética.

Wróblewski. Abstracción geométrica y Abstracción geométrica en gris. c.1948. Foto R.Puig
A su Grupo autoeducativo, compuesto por estudiantes vanguardistas que aspiraban a expresarse para la mayoría o, como se decía entonces, para las masas, el nuevo régimen se encargará de recordarles que lo que se había instalado en Polonia era otra forma de marcar el paso.

Wróblewski. Retrato de un joven. c.1948. Foto R.Puig
Las obras en que descarga su memoria de la guerra y la ocupación tienen mucho de desahogo personal y de expresión de la sinrazón y el sufrimiento colectivos.
A pesar de adaptarse a las reglas del realismo socialista, sus obras no son bien recibidas por el régimen comunista. Las fisionomías de personas ejecutadas no suscitaban buenas sensaciones entre quienes pretendían cantar un nuevo mundo de proletarios en marcha hacia un futuro radiante.

Wróblewski. Ejecución frente a un muro.1949. Foto R.Puig
Sólo una minoría de creadores atípicos de su propia generación se sentían en sintonía con su obra y compartían su teoría estética y su enfoque crítico. Andrzej Wajda (1926), compañero de estudios en la Escuela de Bellas Artes, fue uno de ellos. Los cuadros de ejecuciones de su amigo le impulsaron a dedicarse al cine.

Andrzej Wajda en la exposición «Wroblewski por Wajda». Museo Manggha. Cracovia 2015
Andrzej Wrówlewski murió a los 29 años, desencantado del aparente deshielo que sucedió a la muerte de Stalin.

Wróblewski. Cabeza de hombre sobre fondo rojo. Detalle. 1957 Foto R.Puig.
Los retratos y autorretratos de sus dos últimos años de vida presentan a un antiguo comunista desprestigiado.

Wróblewski. Autorretrato en rojo. s.f. Foto R.Puig
Sus grupos de figuras aluden a una sociedad estancada y resignada.

Wróblewski. Sala de espera I. Cola continua. 1956. Foto R.Puig l
Los desgarramientos de algunas de sus obras parecen encerrar su propio drama en aquellos últimos meses de intensa creación y precariedad, asediado por la necesidad, padre de familia con escasos ingresos para mantener a su mujer, Teresa, a su hijo de tres años, Kitek, y a las dos gemelas de año y medio.

Wróblewski. Él y ella. 1957. Foto R.Puig
Una sensación similar nos deja El hombre de piedra, una obra terminada pocas semanas antes de encontrar la muerte el 23 de marzo de 1957 en los montes Tatra, cuando andaba en solitario por un mundo de piedra.

Wróblewski. Hombre de piedra. 1957 Foto R.Puig.
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Epílogo
Prefiero sin embargo acabar esta crónica con un delicado dibujo del artista, realizado en 1954, el año en que nació su hijo Kitek, que pienso habrá tenido algo que ver con la custodia de la memoria y la obra de su padre en la fundación que lleva el nombre del artista

Wróblewski. Teresa y Kitek. 1954. Foto R.Puig.

John Twatchtman. Cascada en enero. Museo de Arte de Wichita
Estadísticas
Como todos los años, WordPress me ha enviado las estadísticas de este blog correspondientes al año 2015. Pienso que mis lectores merecen conocerlas. Al fin y al cabo, si sigo publicándolo es porque «ahí fuera» hay quien me anima leyéndolo.
Puede que sea un poco retórico, pero ya que a los amigos de WordPress les gusta la analogía, y como son eficientes y serviciales, aquí les dejo lo que me cuentan:
La sala de conciertos de la Ópera de Sydney contiene 2.700 personas. Este blog ha sido visto cerca de 60.000 veces en 2015. Si fuera un concierto en la Sydney Opera House, se necesitarían alrededor de 22 presentaciones con las entradas agotadas para que todos lo vean.
WordPress.com
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Hoy por hoy
Pero antes de ir a ese resumen anual voy a dedicar esta primera crónica del nuevo año a los cientos de miles de personas (en 2015 más de un millón) que han llegado a Europa huyendo de la guerra y solicitando asilo, confiando en que los Estados Miembros de la Unión Europea, respetarán las Convenciones de Naciones Unidas que han firmado y la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión. Habría mucho que decir al respecto y algo he dicho ya, pero, como hay quienes insisten en hablar de una especie de invasión de los bárbaros, de una quinta columna trufada de terroristas, que vienen a provocar algo así como la caída del Imperio Romano, voy a resumir lo que pienso sobre esos miedos con tres ejemplos.
Lo hago desde Suecia, donde resido, que, en proporción a su población, ha recibido más refugiados que ningún país europeo, y que, desde el comienzo de la guerra civil y de las masacres del régimen de Al-Ássad y del «Estado Islámico», ha abierto los brazos a los sirios, como lo hace también a los afganos, a los eritreos, a los iraquíes… De los cerca de 160.000 refugiados que han presentado solicitud de asilo en Suecia en el 2015, sólo los sirios son 115.000, de los cuales 38.000 son menores no acompañados, sin contar decenas de miles que ya han sido acogidos desde el comienzo de la guerra en Siria.
Los dos primeros ejemplos están tomados hace pocos días de la prensa sueca. Una gran parte de quienes han llegado de Siria desde el inicio de la guerra (el ochenta por ciento) han concluído su enseñanza secundaria o incluso tienen estudios universitarios. Son esos que los gobiernos de extrema derecha de Hungría o Polonia (ejemplo triste de Estados de la UE en un preocupante proceso de involución democrática) consideran una amenaza para esa civilización cristiana cuya defensa se arrogan.
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Mohamed Bnchi

Mohamed Bnchi. Foto Elizabeth Ubbe. Dagens Nyheter 30 de diciembre 2015
Mohamed ha cumplido 21 años, ha escapado de un país en guerra, donde estaba destinado a matar o morir en un bando u otro, ha llegado de Idlib en el noroeste de Siria, a sesenta kilómetros de Alepo. Con él ha llegado su hermana de doce años.
«Lo más importante para mí es acabar mis estudios» (había cursado ya tres años de ingeniería mecánica en Siria).
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Mohammed Issam

Mohammed Issam. Foto familiar. METRO 29.dic.2015
El titular dice: «apenas dos años después de emigrar, Issam (veinte años) va a estudiar medicina»
Mohammed Issam Alghaeb huyó de Damasco para no ser reclutado en el ejército de Bashar al-Ásad y pidió asilo en Suecia en julio del 2014. Es uno de los 115.000 sirios que a partir de su titulación de bachiller superior se están incorporando a las universidades suecas tras haber alcanzado el nivel necesario de sueco o inglés.
Este joven de 20 años lo ha conseguido en un año en el instituto de Angered, un barrio de Gotemburgo con una alta proporción de habitantes nacidos fuera de Suecia. Ha aprendido el sueco en un tiempo record, de tal modo que ha sido admitido a los estudios de la carrera de medicina en la facultad de Sahlgrensa en enero del 2016.
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Ninos
De Ninos no he sabido por los periódicos. Hemos sido alumnos en las mismas aulas de sueco para inmigrantes, junto con otros compañeros, la mayoría refugiados a los que se les ha concedido asilo en Suecia. Durante dos meses, partiendo de su Qamishli natal, Ninos cruzó Turquía, atravesó el Egeo en patera, Grecia, el Adriático (dentro de un camión sobre un ferry), Italia y Alemania. A los 19 años, con el bachillerato terminado, ha tenido que abandonar su comunidad de cristianos ortodoxos sirios, para no quedar atrapado por la espiral de violencia del IS que ha invadido el Kurdistan Sirio y ha puesto a los infieles en su punto de mira. Otros que salieron con él han tardado medio año en alcanzar su destino o siguen atascados en Grecia. Peor les ha ido a tres amigos suyos que murieron hace cuatro días en los atentados suicidas de Qamishli, que han causado en el centro de esta ciudad al menos dieciséis muertos y cerca de cuarenta heridos, en vísperas de la Noche Vieja.
En apenas un año ha aprendido a hablar y escribir el sueco y ha hecho prácticas de trabajo. Ahora sigue cursos de semana completa para convertirse en operador de maquinaria pesada de obras públicas y asegurarse un empleo digno y bien remunerado.
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Les deseo un buen 2016
A todos mis lectores y a todos los asilados que se esfuerzan por vivir junto a nosotros, así como a quienes tienen la dignidad de acogerles, les deseo un año mejor que el anterior, ¡esperemos que mucho mejor!
Y ahora les dejo con el resumen anual del blog que me ha enviado la oficina de WordPress.
Puede que lo encuentren un poco pomposo, es lo que hay y, en cualquier caso, lo brindo -con mis saludos y un abrazo virtual- a todos los que todavía tienen la paciencia de leer mis divagaciones.
Haciendo clic en informe estadístico de Ensondeluz pueden verlo.
Anverso y reverso

Desde la subida al Mondúver. Foto R.Puig
El domingo pasado, el cronista estaba entre Madrid y Els Poblets (provincia de Alicante). Desde las orillas de su playa de la Almadrava, se divisa la cumbre de la sierra de Mondúver (Montdúvert en valenciano), su silueta afilada que cambia de color y de tonalidad con el pasar de las horas.

La cima de Mondúver desde la playa de la Almadrava. Foto R.Puig
A tal distancia no se aprecian las antenas de telecomunicaciones sobre su cima de 841 metros, nada en comparación con el Everest, mucho cuando se la mira desde las playas mediterráneas del Golfo de Valencia.

Subida al Mondúver desde la Drova. Foto R.Puig
Esas orillas a sus pies y el paisaje montañoso de la Comunidad Valenciana se desplegaban ante nosotros, cuando, hace poco más de una semana, marchábamos por la pista sinuosa que sube desde la Drova hacia la cima, nosotros a pie y otro, heroico, en bicicleta.

Subida al Mondúver en bicicleta. Foto R.Puig
Mirábamos al mundo desde arriba, con esa sensación de que todo lo que cada día nos rodea tiene algo de sueño y apariencia. ¡Frente a tantos acontecimientos de la actualidad, cómo quisiéramos que Segismundo tuviera razón!
Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.(Calderón de la Barca, “La vida es sueño”, 1635)
.
Otro soñador

Andrzej Wróblewski. Autorretrato. Detalle. 1949. Foto R.Puig
En su ascensión de montañero solitario, el 23 de marzo de 1957 el destino esperaba al artista polaco de origen lituano Andrzej Wróblewski. A los veintinueve años, se despeñó en los montes Tatra.

La cadena de los montes Tatra desde Polonia. Wikipedia.
En su escalada y desde lo alto puede que viese el mundo como un sueño del que ya nunca despertó.
He descubierto su obra hace exactamente una semana, en la exposición organizada por el Muzeum Sztuki Nowoczesnej de Varsovia, en colaboración con la Fundación Andrzej Wróblewski y Culture Poland , en asociación con el Museo Reina Sofía de Madrid, en el Palacio de Velázquez del Retiro.
Cuando ya se manifestaba su creatividad de inspiración vanguardista, este pintor y teórico del Arte, nacido en Vilnius en 1927 en el seno de una familia “burguesa” (cuyo padre murió de infarto durante el registro de su casa por los nazis), formado en Cracovia, llevado por su idealismo juvenil, creyó que la mejor forma de poner su arte al servicio de la sociedad, era afiliarse al Partido Obrero Unificado Polaco en 1949 y renunciar a su obra abstracta. Así que decidió con entusiasmo juvenil adecuarse a las normas del Realismo Socialista promulgadas por el Ministerio de Cultura Polaco.
Sin embargo, como escribieron los burócratas del Partido en su ficha, le quedaban aún “los resabios intelectuales propios de su clase”. Quizás por eso, adoptó en algunas de sus obras una técnica rebelde. La exposición del Palacio de Velázquez se titula «Verso y reverso», que alude a sus telas de doble cara. Por el reverso el vanguardismo de corte abstracto o cubista, por el verso el realismo socialista, el que veía el público. Aun así, esa faz visible se caracterizaba por un estilo que la crítica oficial consideró neobárbaro, lo que me suena a aquello de arte degenerado, de triste memoria.
Al parecer era demasiado crudo hasta para el realismo imperante. En un buen número de cuadros reflejó los eventos más crueles de la ocupación alemana, como por ejemplo en su serie «Ejecuciones».

Wróblewski. Ejecución en Poznah. 1949. Foto R.Puig
El pintor había visitado en 1947 una exposición monográfica de obras de Goya en Holanda, durante un viaje de estudios de su etapa de estudios, lo que explica en parte sus fuentes de inspiración.

Wróblewski. Madre con hijo muerto. 1949. Foto R.Puig
Pero el «reverso» de su obra trataba de cosas que hubieran sido juzgadas como “burguesas”, la pareja y el amor por ejemplo, con esa ambigüedad simbólica de los azules, que presagian o certifican la muerte del personaje así entonado.

Wróblewski. Paseo de los amantes al sol. 1949. Foto R.Puig.
Después de la muerte de Stalin sus acuarelas fueron juzgadas poco sinceras por la jerarquía. De hecho no había ni pena ni solemnidad en los personajes de la calle, que más parecían aliviados que entristecidos por la noticia.

Wróblewski. De la serie «Noticias luctuosas». 1953. Foto R.Puig.
Tuvo que esperar a la etapa de efímero “deshielo” (1956-1957) que siguió a la muerte del déspota Boleslaw Bierut y a la llegada de Nikita Jrushchov al poder en la URSS, para adoptar de nuevo un estilo más crítico en el que reflejaba la prosa (y el drama) de la vida bajo el régimen imperante.

Wróblewski. Hombre desgarrado II. Sin fecha (1957). Foto R.Puig
Dicen que le influyeron las corrientes del neorrealismo de entonces, pero, a mi modo de ver, muchos de los anversos y reversos de su visión de la realidad pertenecían al mundo de los sueños. Algunas de las obras expuestas parecen incluso salir del mundo de las pesadillas. Por lo que a estas respecta, Wróblewski, durante su corta vida, transitó también por los caminos del surrealismo.

Wróblewski. Niño con madre muerta. 1949. Foto R.Puig
En una próxima entrada volveremos a la obra de este artista.
…

Otoño en la subida al Mondúver. Foto R.Puig.
Por el momento, terminamos con imágenes tomadas desde nuestras ensoñadoras alturas levantinas.

Monasterio de Simat de la Valdigna desde la carretera a Barx bajo la sierra del Mondúver. Foto R.Puig
De acá y de allá

Aci me les donen totes. Foto R.Puig
Je ne sais plus où je suis, je ne sais plus où j’én suis
Jules Supervielle
De algún modo, con el ir en avión como un saltamontes del norte al sur y del sur al norte, de una orilla a otra, pudiera ocurrir algo de eso que sentía el poeta, a merced del mar apátrida
Ante la mar bajo mis ojos no consigo asirme a nada,
Estoy frente a un día hermoso y ya no sé aprovecharlo.
Demasiado océano, demasiado cielo
A lo largo, a lo ancho, de través.
Me vuelvo un poco de espuma que se extingue y que se enciende
Y cambia de posición sobre el lecho de la mar.
No sé ya en dónde estoy, no sé ya en lo que estoy.
Decíamos pues que este día,
Este día no dejará vestigios en mi memoria.…
Devant la mer sous mes yeux je ne parviens à rien saisir,
Je suis devant un beau jour et je ne sais plus m’en servir.
Trop d’océan, trop de ciel
En long, en large, en travers.
Je deviens un peu d’écume qui s’éteint et qui s’allume
Et change de position sur la couche de la mer.
Je ne sais plus où je suis, je ne sais plus où j’en suis.
Nous disions donc que ce jour,
Ce jour ne laissera pas de traces dans ma mémoire.Jules Supervielle, del poema «La mar», Olvidadiza memoria, Marinas (Oublieuse mémoire, Marines) 1948, en «Vivir y quehacer del poeta», edición y traducción de R.Puig de la Bellacasa, Valencia, Pre-Textos, 2009
En su caso, Jules Supervielle se movía más despacio, entre Sudamérica y Europa y viceversa, en barco, con tiempo para pensar, para mecerse en sus ensoñaciones, para componer sus poemas, de modo que esos días cercados por el agua y la espuma, no obstante lo que afirma, si no dejaban vestigio en la memoria, sí nos dejaron sus versos, y su melancolía: «no sé ya en dónde estoy, no sé ya en lo que estoy»
De acá
Por de pronto, como ya he votado hace días (por correo y desde allá), ahora estoy esperando que aquí me las den todas.
Por las tardes, el paseo y algunos encuentros fantasmales

Palmeras barbudas. Foto R.Puig
Y eso que hoy en día han dado en llamar mindfulness y que siempre se llamó meditación

Mirando al mar soñé. Foto R.Puig
Pensando si bañarnos o no bañarnos

Esta templada. Foto R.Puig
No sabemos si será un efecto colateral de la cumbre del clima de París, pero este incipiente invierno se parece a eso que en francés llaman l’été indien. El Mediterráneo está caldo.
De tal modo que los atardeceres invitan al paseo, por un costado el monte

Cuando se marcha el día. Foto R.Puig
y, por el otro, el mar

Cuando se marcha el día. Foto R.Puig
Aunque el lugar de donde he llegado no ha desaparecido de mis ficheros

¡Esto es Gotemburgo! Foto R.Puig
Como por aquellos lares también se preparan para fin de año, pongamos algo
De allá
Por ejemplo, la imagen inevitable de las orillas que suelo bordear a diario

El día se vacía. Foto R.Puig
o los inevitables anuncios navideños

El día se vacía. Foto R.Puig
y, cosas de Gotemburgo, una criatura jurásica que anda algo perdida

¿Qué pinto yo aquí? Foto R.Puig
y que a su manera también practica la mindfulness

¿Esto cómo se come? Foto R.Puig
Y otra vez de acá
En el momento de publicar mis divagaciones domingueras, estoy pasando dos días en Madrid, visitando a mi tribu.
Su famoso cielo preside, sin distinción de partidos, a cientos de miles de criaturas, puede que también meditando a quién van a dar su voto…

Diogenes buscando a un hombre. Detalle. Cesar van Everdingen. Galería de Guillermo V. La Haya. Foto R.Puig
Hasta el cartel de la exposición Ingres en el Museo del Prado invita a la reflexión

Cuanto más le doy vueltas, más razones encuentro para llenar la casilla de Fernando Savater para el Senado
Plenilunio

Luna de acuarela. Foto R.Puig
Tránsito
.
Tantas cosas se han ido
con el caer del día
.
y ahora ahí
está ella
.
luna
.
quizás no libre
sostenida de su necesidad
.
imantada de noche
y de respiración de aguas
.
como yo
como nosotros mismos
.

La noche necesaria. Foto R.Puig
En la ría
.
El trayecto es breve
he salido a la borda
.
cada noche es diversa
en cada nube que pasa
.
las briznas de la luna
están peinando el agua
.
la ciudad se engalana
con su collar nocturno
.
nunca arden igual
todas esas ventanas
.

El dique y la luna. Foto R.Puig
Espectros
.
El dique desusado
revive con la noche
.
¿puede el metal soñar?
¿tienen duende las naves?
.
los paquebotes se fueron
se ha jubilado el abra
.
es en la oscuridad
cuando ese olvido brilla
.
sólo la luna escucha
la lumbre de su queja
.

Despedida. Foto R.Puig
Envidia
.
Las nubes te asfixian
globo ingenuo de plata
.
celajes de agua negra
celos en las alturas
.
despedida forzada
efímeros triunfos
.
la ciudad ha empezado
a embozarse en el lecho
.
ya será
¡hasta mañana!

¡Buenas noches!. Foto R.Puig
Ventanas de mi barrio
Bien pudiera ser que el salto de una conciencia mítica, y de sus respuestas sagradas, a esas interrogaciones que dan paso a la filosofía, tenga algo que ver con la invención de la ventana. Sí, no se rían, al fin y al cabo ese mundo de sombras que se describe en la alegoría de la caverna platónica, un mundo de percepciones mediadas, indirectas, en que la realidad viene filtrada a espaldas del hombre, corresponde no sólo a las cavernas, sino a los cabañones de puertas escuetas y un sólo orificio para el humo, a las cuevas muradas y a otros habitáculos arcaicos. Ese pasaje no acaba nunca, no es algo de tiempos pretéritos, ocurre todos los días, y en ambos sentidos.
Nada que objetar a que la vida se explique de la forma que al hombre le convenga para resistir a lo inhóspito. Lo que pasa es que un día llegaron las ventanas y los individuos descubrieron que el viento no sólo ventilaba sus alojamientos sino que refrescaba la ideas. Cuando las ventanas dejaron de ser simples orificios y se dotaron de marcos ¡ah! entonces apetecía asomarse, buscar encajes al rompecabezas de este mundo y empezar a hacerse preguntas…
Me dirán que ya basta de especulaciones gratuitas y que pase al tema. Pero es que, cuando tenía una tercera parte, incluso menos, de los años que tengo ahora, un excelente profesor que tuve en Lima, que se llamaba José Luis Rouillon, nos dio a leer el libro Mito y Metafísica. Introducción a la Filosofía, de Georges Gusdorf. ¿Y a qué viene eso? Pues viene a cuento de las ventanas ¡sí! pues aunque aquel autor no recuerdo que se ocupe de ellas, si se ocupaba de la continuidad del cosmos mítico y de cómo la racionalidad filosófica ha venido a perturbarla, algo así como las ventanas que han venido a perforar los muros. Sea cómo sea, el caso es que, los hombres seguimos oscilando entre sombras y brisas, entre el hollín y el cielo abierto.
Bueno, a lo que íbamos, yo sólo venía a mostrar mi cosecha de ventanas, de unos días en que andaba por las calles del barrio, hacía fresco y como un zángano andaba yo con la cabeza a pájaros…
Asomarse a la ventana siempre ha dado para mucho, sin ir más lejos Goethe tenía esa costumbre cuando vivía a dos pasos de la Piazza del Popolo, mientras pensaba en su teoría de los colores o en sus andanzas por la Ciudad Eterna. ¡Una calle de Roma tira mucho!
Y eso que su ventana era pequeña. En cambio, en las ventanas de Vasastan pueden asomarse varias personas a la vez. Son muestra de la arquitectura ecléctica de fines del siglo XIX y principios del XX.
Las hay medievalistas.
Otras que remedan el almohadillado renacentista
Había arquitectos con veleidades barrocas, que podrían haberse lucido en el Flandes del siglo XVI
Tampoco falta la inspiración griega del pastiche neoclásico
con unos frisos que le habrían encantado a Onassis.
o los grutescos que separan las ventanas del segundo piso de las del primero, seguramente destinado a la gente con más posibles
Estas ya son un poco más severas. Es natural, son de las aulas de un colegio
Las siguientes no son de una prisión, sino de un archivo donde duermen los legajos…
Si es usted de rancio abolengo, o es la princesa de las trenzas de oro, lo que necesita es un ventanal como este
Pero, dejemos los palacetes de sangre azul para quedarnos con los reflejos del cielo en los cristales
En realidad el original está más arriba…
Ese azul que inspiraba a Rubén Darío:
En las pálidas tardes
yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
tras cuyas ondas trémulas se miran
los ojos tiernos y húmedos,
las bocas inundadas de sonrisas,
las crespas cabelleras
y los dedos de rosa que acarician!En las pálidas tardes
me cuenta un hada amiga
las historias secretas
llenas de poesía;
lo que cantan los pájaros,
lo que llevan las brisas,
lo que vaga en las nieblas,
lo que sueñan las niñas.…
Final con suspense
Una ventana no sólo sirve para ventilar o asomarse, sino para mirar tras los visillos o, separando un poco las láminas de las persianas, para preguntarse quién será ese paseante cotilla que pierden el tiempo mirando para arriba, a riesgo de tropezarse.
Detrás de las ventanas hay vidas que transcurren al margen de nosotros; a nos ser que sean ventanas al patio o al otro lado de una calle estrecha, ventanas indiscretas… Entonces llega Alfred Hitchcock y, con la inestimable ayuda de James Stewart y Grace Kelly y a partir del cuento de Cornell Woolrich, nos deja aquella película memorable, cuya protagonista indiscutible es la ventana indiscreta
No faltarán tampoco creativos, como Jeff Desom que la concentren en pocos minutos al ritmo de una de las danzas húngaras de Brahms

RearWindow. Pinchar aquí: Fuente ibytes.es
Mis paseos no son tan frenéticos, aunque seguro que en los interiores de las ventanas de Vasastan han ocurrido infinidad de historias que habrían dado para más de un guión de suspense. ¡Si hasta se ha filmado alguna que otra película, de esas que se basan en novelas negras de autores suecos! Al fin y al cabo, no sé si se habrán dado cuenta, la mayoría de las ventanas de mis fotos están cerradas. Y eso que el día era soleado…
No obstante, no quiero terminar con especulaciones negras. ¡ Porque the sky is blue! ¡Que pasen ustedes un buen domingo! y si salen de paseo por su barrio, cualquier barrio de cualquier ciudad, no olviden mirar un poco hacia arriba, seguro que encontrarán alguna ventana que merezca su atención. Si no, quizás la merezca un pájaro, o una nube, o la copa de un árbol…¡Pero tengan cuidado con los escalones, los bordillos de las aceras y los alcorques!
¡No quiero ser culpable de ningún esguince!
































