Por el sur de Suecia: apuntes de un viaje breve (I)

Rio Lagan. Laholm. Foto R.Puig
El buen tiempo y los tres días en torno a la Pascua nos llevaron a dar una vuelta por Skåne (Escania en castellano y Scania en latín), para lo cual había que atravesar lo que fue una frontera natural entre Suecia al norte y Dinamarca al sur, el río Lagan, en territorios de frecuentes guerras, hasta que Suecia toma posesión de Scania a mitad del siglo XVII.
Nos detuvimos brevemente en Laholm, todavía en la provincia de Halland. La ciudad se asoma a una amplia curva del río Lagan, en donde se pescan con caña salmones de alrededor de 10 kilos, estando el record en un salmón de 16,9 kilos. Y si no eres pescador puedes degustarlo ahumado en el restaurante de la Rökeri (obrador de ahumados), situada sobre la zona de pesca.

Pescadores a la orilla del rio Lagan. Laholm. Foto R.Puig
Poco después atravesamos las alturas de la barrera rocosa de Hallandsås («la cresta de Halland») que se formó hace 80 millones de años. Hoy se circula por el túnel de la autopista, pero en siglos pasados era una ruta de vericuetos, peligroso paso entre Suecia y Dinamarca, en la que hasta bien entrado el siglo XIX acechaban grupos de asaltantes que podían desplumar a los viajeros, algo así como los bandidos de Sierra Morena en el sur de España.

Paisaje de la Hallandsås. Fuente skanemejerier.se
Del otro lado nos reciben las tierras de Scania.
Skåne

Bandera de Skåne en Tomelilla. Foto R.Puig
¡Y, sí, la bandera de este län, el más meridional de Suecia, es roja y gualda! Aunque por aquí no llegaron tropas españolas; las que lo hicieron fueron durante siglos los batallones daneses. De ahí que los habitantes de Skåne hablen el sueco con acento danés. Para mí, que no soy demasiado ducho en la lengua de Bellman, la particular prosodia de estas tierras me obliga a concentrarme, si no quiero perder ripio.
Para empezar, nos alojamos en Landskrona, entre Malmö y Helsingborg, al sur del estrecho que separa a esta ciudad de Helsingør (Elsinor), la ciudad danesa que alberga el castillo de Kronborg, donde Shakespeare situó la tragedia de Hamlet. En nuestro caso nos limitamos a visitar la Citadell de Landskrona que también debió de ser testigo de otras tragedias, ocultas en el espesor de los siglos.

La ciudadela y su foso. Landskrona. Foto R.Puig
Para no ser menos, los vecinos de Landskrona también pescan, aunque sospecho que no son salmones, en los fosos frente al castillo.

Pescando en el foso de la Citadell. Landskrona
Como recuerdo de sus tiempos marciales, también frente a esos muros las antiguas viviendas de la guarnición forman hoy un diminuto barrio de aspecto apacible.

Las barracas amarillas de la Citadelle. Landskrona. Foto R.Puig
Esta ciudadela, cuyo castillo fue construido por la monarquía danesa en el siglo XVI, tiene una agitada historia de alternancia violenta de ocupantes y de ásperos encuentros. A finales del siglo XVIII no se le encontró mejor uso que convertir su fortaleza en prisión. Hoy alberga el Museo de la ciudad. Una historia como tantas otras de similares construcciones, en donde pasaban sus vidas los reclutas, para ser sustituidos más tarde por los reclusos.

La ciudadela y su foso. Landskrona. Foto R.Puig
Hoy apreciamos los hermosos atardeceres de su entorno, tratando de no pensar demasiado en aquellos que se pudrieron lentamente tras sus muros. Para airear pensamientos nos asomaremos a la orilla del mar, a pocos minutos del centro histórico.

Orilla del mar en Landskrona. Foto R.Puig
Hasta dan ganas de estar malito para que te cuiden en una clínica cuyos ventanales se abren hacia el poniente.

Clinica frente al mar en Landskrona. Foto R.Puig
En los alrededores del hotel hay un museo de esculturas al aire libre, del cual traigo aquí un sencillo ejemplo.

Pies primitivos. Kaj Engström. 1998. Foto R.Puig
Damos un paseo, pero bien calzados, pues la temperatura primaveral en estas latitudes todavía no permite ni siquiera unas sandalias, y nos acercamos a la plaza mayor, donde la fachada del ayuntamiento, en estilo neogótico germánico de finales del siglo XIX (a mí me recuerda el de Hamburgo), se está sumiendo en la oscuridad.

El ayuntamiento de Landskrona. Foto R.Puig
Por la mañana, cerca del puerto y por las calles de un extenso polígono industrial, partimos en dirección de Dalby, no sin fotografiar una ocurrente chimenea de una factoría, cuya finalidad práctica se nos escapa.

Chimenea en Landskrona. Foto R.Puig
Como Suecia es un país de gran sensibilidad ecologista, me imagino que hacerle un nudo a las chimeneas reduce la contaminación atmosferica. En todo caso, nosotros nos dirigimos a un parque nacional cuyos árboles viven y mueren en libertad.

Pista forestal. Dalby. Parque Nacional de Söderskog. Foto R.Puig
En el Parque Nacional de Söderskog, cerca de Dalby
El bosque del sur es una floresta de hayas centenarias que cuando caen o se talan por seguridad no se retiran. Al bosque se le deja seguir renovándose por sí mismo.

Como culebras. Dalby. Parque Nacional de Söderskog. Foto R.Puig.
Librado a su propia evolución nos ofrece todo tipo de formas.

Proboscidio. Parque Nacional de Söderskog. Foto R.Puig
Parece uno de esos lugares que inspiran historias de bosques animados, algo así como aquellas escenas de la película de la Blancanieves del Disney de nuestra infancia, en donde las ramas se movían y te aferraban por la capa, las raíces se transformaban en monstruosos pies y los troncos adoptaban el aspecto de criaturas inquietantes.

Hocico. Dalby. Parque Nacional de Söderskog. Foto R.Puig
Sin embargo, aquí no ha faltado un tallista creativo que, navaja o escalpelo en mano, ha extraído de una raíz la epifanía de un duende bondadoso, a punto de despertarse.

El anciano duende. Dalby. Parque Nacional de Söderskog. Foto R.Puig
Por un camino de tablas emprendemos la vuelta hacia el aparcamiento.

Andadero. Dalby. Parque Nacional de Söderskog. Foto R.Puig.
Desde los linderos del parque estamos listos para continuar el recorrido por los suaves declives y las extensas planicies de Skåne.

Dalby. En el lindero del Parque Nacional de Söderskog. Foto R.Puig
Continuará…
Resurrección o vida. Dibujos reunidos (VII)

Cristo resucitando. Detalle. Miguel Ángel. c. 1526. British Museum.
Dedicado a Bélgica, ese plat pays que me es querido
Durante dieciocho años trabajé en Bruselas al servicio de una sociedad de seres humanos en una civilización abierta.
El día 22 me sentí muy deprimido, pensando en Bélgica, en nuestra Bruselas herida, en su civismo, en sus buenas gentes, en los amigos y compañeros.
No oculto que he seguido triste y llamando y escribiendo a unos y a otros, para expresar mi solidaridad, para saber de ellos.
Hoy, en las culturas de representación cristiana, es un día para la Resurrección o, independientemente de nuestras creencias, para la voluntad de vivir.
Pienso que Miguel Angel lo formula en unos dibujos que, trascendiendo la leyenda del Resucitado, expresan la capacidad del ser humano de recuperarse, de no darse por vencido. Es esa aptitud la que quienes viven en Bruselas y todos los que en cualquier parte del mundo apostamos por sociedades abiertas y democráticas hemos de ejercer.
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Historia de unos dibujos
En la base de todo, en el fundamento de su arte, en Miguel Ángel (1475-1564) encontramos siempre el inmenso, sensible y emocionante dibujante. El dibujo era para él, según comenta Vasari, la fuente primaria y el alma de todas las formas de la pintura y la raíz de todas las ciencias. Dibujaba para la escultura, dibujaba para la arquitectura y dibujaba para la pintura. No como una forma de investigar las formas de la naturaleza, sino para aferrar su ideal, cuya culminación es el cuerpo humano, generalmente desnudo, movido por su propia dinámica interior. Dibujaba y destruía con frecuencia sus cartones y láminas si no satisfacían su ideal.
Dibujó desde muy joven, pero es entre 1520 y 1541 cuando llega al máximo de su maestría, a su madurez como dibujante.

Resurrección de Cristo. Miguel Ángel. c. 1532. British Museum
Ya no dibuja como si esculpiese, abandona los trazos cruzados de la pluma y, en lugar de juegos de luces y sombras pensadas con el ojo del escultor, las formas adquieren la morbidez de una corporeidad ideal y los contornos se perfilan con un sutil sfumato.
En los dibujos de esta época, con carboncillo, lápiz negro, o sanguina, la vida de los cuerpos brota de dentro y el poder del movimiento nace de su fuerza interior.
Los que representan la figura de Cristo resucitado apuntan a que Miguel Ángel conocía los grabados de Martin Schongauer (1448-1491) y Albert Durero (1471-1528), así como las pinturas de Andrea Mantegna (1431-1506) sobre el mismo tema, y se inspiró para su dibujo en sus modelos para la composición de la tumba y en los figurantes durmientes que yacen en rededor. Para todo lo demás, el artista florentino abandona los restos góticos de los grabados de los maestros germánicos y las formas ceñidas del maestro del Quattrocento italiano.

Resurrección. Detalle, Miguel Ángel. c. 1532. Windsor Royal Collection
Los dibujos que entre 1532 y 1533 realiza en homenaje, como sus sonetos, a la belleza de su discípulo y joven amigo, Tommaso Cavalieri (1509-1587), no son bocetos para pinturas o esculturas, sino que fueron ejecutados por sí mismos, como obra cumplida.
Tommaso aprendió a dibujar con Miguel Ángel y llegó a ser un reputado coleccionista y asesor de arte en Roma. Su colección de dibujos y, entre ellos una buena parte de los que le regaló el maestro, es parte ahora de la Colección Real del Castillo de Windsor.

Cristo resucitando, Miguel Ángel. c. 1532 a 1533. (La lámina se supone que sufrió un corte en su parte inferior que afectó al pie izquierdo). Windsor Royal Collection.
Cristo deja atrás la muerte con la energía de un gimnasta. Toma impulso sobre su pierna derecha, ayudada por el brazo izquierdo que tira del tronco, mientras garantiza el equilibrio con la izquierda y con el brazo derecho, tenso y dirigido hacia lo alto.
Anatomía heroica y al mismo tiempo fuerza natural de quien resurge de la muerte, preparado de nuevo para los desafíos de la vida, con la actitud del poder físico y del espíritu seguro y tranquilo.
La sensación de ese poderoso movimiento es reforzada por el sudario, ya inútil, que literalmente flota y vuela a las espaldas de un hombre que renace, y parece que dejase atrás la caverna de la fábula platónica, para volver a las luz y a la vida, frente a frente y no a través de sombras.
La luz llega de la derecha, y la sensación de resurrección se completa con la del propio papel blanco, que parece descender sobre el rostro desde lo alto, acentuando así el efecto de retorno a un mundo real, al pleno día.
La tumba es apenas un recuerdo desvaído a los pies del resucitado.
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Bibliografía
Buck, Stephanie and Bissolati, Tatiana (Eds.), Michelangelo’s Dream, London, The Courtauld Gallery in association with Paul Holberton Publishing, 2012
De Tolnay, Charles, History and Technique of Old Master Drawings, New York, Hacker Art Books, 1983
Negri Arnoldi, Francesca e Prosperi Valenti, Simonetta. Il disegno nella storia dell’Arte Italiana, Roma, Carocci, 2010

Sax. La peña y el castillo. Vertiente este. Foto R.Puig
Para el Sr. Joaquín, sajeño conversador y conserje de noche del hotel La Fuente del Cura
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Como anunciaba el domingo pasado, en mi camino de Alicante a Madrid visité la noble villa de Sax, poco antes de pararme en la Colonia Santa Eulalia de la que ya hemos hablado.
Durante años había yo pasado frente a su espectacular castillo (en particular si se divisa de noche e iluminado) sin tener tiempo para detenerme.

Sax. Escudo de la villa. Foto R.Puig
Al llegar a Sax eran las tres de la mañana (aterrizamos con retraso en el aeropuerto de Alicante) y pude sentir el aire frío y reconfortante de la noche y, a la mañana siguiente, ascender a pie a su altura fortificada, a casi 500 metros sobre el nivel del mar.
El castillo está en perfecto estado de conservación y, como me contaron en el hotel, al curioso viajero le solían prestar la llave, pero ya no es así, por lo que no pude entrar en el recinto. Sólo se puede acceder en visita guiada los domingos.

Castillo de Sax. Fachada y portón exterior del suroeste. Foto R.Puig
De todos modos, un policía local (que por sus canas y su amable empaque pienso que era el mismo jefe del cuerpo) no sólo me explicó muchas cosas del pueblo y de su comarca, sino que me facilitó amablemente un plano de la villa. Orientado por las indicaciones de este culto servidor de la comunidad sajeña, pude iniciar la subida al castillo desde los alrededores de la iglesia de la Asunción.

Sax. Puerta renacentista. Iglesia de la Asunción. Foto R.Puig
Sus fachadas datan del siglo XVI.

Sax. Friso renacentista en la fachada lateral de la iglesia de la Asunción. Foto R.Puig
Aunque, no muy lejos, la pasión por la fiestas de «moros y cristianos» ha dejado algún pastiche de arte andalusí.

Sax. Motivo ‘neomudejar’ de la comparsa Los Emires. Foto R.Puig
Por las calles del barrio viejo, que data del tiempo de la colonización árabe y se asienta al abrigo del gran espolón rocoso, me dirigí a esa mole que lo domina todo.

Sax. Calle del casco antiguo. Foto R.Puig
Desde la ermita de San Blas, construida en el emplazamiento de lo que fue mezquita árabe, se divisa el pueblo en toda su extensión.

Sax. Ermita de San Blás.. Foto R.Puig
De la plazuela del pequeño templo parten las escaleras metálicas que permiten una subida agradable hacia el castillo.

Sax. Panorama hacia el este desde la ermita de San Blas. Foto R.Puig
La estructura metálica incluye amplios miradores que, a medida que se asciende, ensanchan la vista e invitan a pasear la mirada sobre los tejados de Sax, por su vega y por las sierras del entorno.

Sax. Panorama hacia el sudeste desde el mirador sur de la peña del castillo. Foto R.Puig
Una señora, que efectuaba su paseo matinal subiendo las escaleras con ritmo montañero, me explicó que el castillo es el lugar preferido de los recién casados que ahí se hacen fotografiar vestidos de boda. Esa tradición, me explicó, fueron ella y su esposo quienes la iniciaron el día en que se casaron. Desde entonces las parejas sajeñas tienen esa costumbre.
¿No es acaso tonificante poder ascender cada mañana la misma cuesta que subiste con ilusión el día en que te casaste? Si además conduce a un castillo medieval, no son muchos los que pueden hacer lo mismo.

Castillo de Sax. Acceso al recinto. Foto R.Puig
Tras ascender por la vertiente sur se pasa al otro lado y se llega a un mirador orientado al noroeste, al pie del portón de entrada, que en tiempos pasados contaba con un puente levadizo, junto a los muros árabes.

Castillo de Sax. Muralla árabe del siglo X. Foto R.Puig
Por un camino entre pinos se baja por la otra vertiente a la Ronda del Castillo, dominada por los inexpugnables farallones al norte del imponente peñasco (parece ser que Sax viene del latín “saxum”).

Sax. Farallón bajo el castillo. Vertiente Norte. Foto R.Puig
Así, rodeando la punta del espolón que durante millones de años esculpieron las aguas del Vinalopó, termino mi paseo frente al edificio abandonado del antiguo molino.

Sax. El antiguo molino junto al río Vinalopó.. Foto R.Puig
Su muela, si es que subsiste, debió de triturar los cereales que, junto a la uva y la aceituna, se cultivaron en estas tierras durante siglos, hasta que las almendras y la fruta desplazaron a los granos y la fabricación de la harina dejó paso a otras industrias.
Hoy predominan las actividades fabriles y, como Sax es una potencia productora y exportadora de todo tipo de persianas, la villa cuenta con un monumento a la persiana; sospecho que el único del mundo, si nadie me lo desmiente.

Sax. Monumento a la persiana. Foto R.Puig
Llegado a este punto, como no seré yo quien compita con ese indispensable artilugio de nuestras ventanas, aquí mismo dejo de enrollarme.
Y el tiempo se detuvo en Santa Eulalia…

La espadaña de la ermita de Santa Eulalia. Foto R.Puig
Érase una vez un conde, nacido en Valencia, descendiente de Fernando I de Castilla, casado con otra descendiente del mismo monarca veinte años más joven. Eran Condes de Alcudia, amén de otros muchos títulos. Por mor de la brevedad, llamémoslos por sus nombres de pila, Antonio él y Concha ella. No nos extenderemos con otras ascendencias heráldicas que, para los antepasados del conde, podrían retrotraernos a la Génova del siglo XIV.
No sabemos bien si el conde había leído a Charles Fourier o simplemente si, a partir de la ley de colonias agrícolas de 1868, decidió crear una en sus tierras de Los Prados de Santa Eulalia, entre Sax y Villena. En definitiva, gracias a esta iniciativa y en esos feraces campos junto al río Vinalopó que, según dicen los arqueólogos, ya cultivaron los árabes andalusíes, surgió la Colonia Agrícola de Santa Eulalia, precisamente la santa mártir que amparó una matanza de sarracenos a manos de nobles catalanes en ese mismo lugar.

La entrada a la Colonia de Santa Eulalia. Foto R.Puig
Sea como sea, el caso es que, inspirándose en las ideas de similares colonias catalanas, en 1887 el noble terrateniente fundó su Colonia Agrícola de Primera Clase, para cultivar, recolectar y elaborar productos agrícolas y comenzó a erigir una pequeña ciudad para los colonos y su patrón.

La fábrica de harinas. Santa Eulalia. Foto R.Puig
El negocio incluía una fábrica de harinas, una bodega y una fábrica de alcoholes (coñac Santa Eulalia), además de una estación de ferrocarril.

Fabrica de alcoholes La Unión. Foto R.Puig
Para no ser menos que las colonias análogas en Cataluña, los condes dotaron el lugar con una mansión, el palacio, en el estilo modernista de la época, caracterizado por sus adornos y alegorías.

Aspecto de la plaza con el palacio. Santa Eulalia. Foto R.Puig

Friso con alegoría de la vid en un balcón del palacio. Santa Eulalia. Foto R.Puig
En 1900 el proyecto creció gracias a los conocimientos agronómicos de un primo segundo del conde, a quien llamaremos también por su nombre propio, es decir Mariano, Vizconde de Alcira, pero sobre todo por los dineros de la mujer de este, quien, además de haber sido dotada por su padre, indiano de Cuba, se llamaba María.

Esquina de la plaza. Santa Eulalia. Foto R.Puig
La sociedad prosperó en paz hasta que, no sabremos nunca si por las ideas de libertad sexual o por la inspiración emancipadora y feminista de Charles Fourier, o por ambos factores a la vez, o simplemente por las debilidades de la carne, María se cansó de su marido y eligió como amante a Antonio, con lo que Mariano se marchó y no sabemos lo que hizo Concha (quien sobreviviría a su conde once años más).

Fabrica de alcoholes La Unión. Fachada lateral y torre de aireación. Foto R.Puig
El negocio siguió marchando viento en popa, pero sin que sepamos si los colonos participaban de ello en la medida justa. También brillaba la colonia gracias al casino, el teatro y sus conciertos de zarzuela, así como por las sonadas fiestas del conde y la hija del indiano.

El Teatro Cervantes. Santa Eulalia. Foto R.Puig
Hasta que un día, según cuentan, tras arruinarse en su casino en una noche aciaga de 1925, cayó borracho y de bruces en la pileta del jardín del palacio y murió el conde. Si así fue, se había jugado a los dados el bienestar de sus colonos y habremos de concluir que nuestra época no ha inventado nada nuevo en materia de bancarrotas y destrucción de empleo.

El palacio. Fachada posterior. Santa Eulalia. Foto R.Puig
No seré yo quien escarbe en esos viejos chismes y desgracias, que algunos atribuyen a la venganza de ultratumba de aquellos moros cuyos huesos yacen enterrados bajo la colonia. Pero el caso es que ese bien de interés cultural de la Comunidad Valenciana, valioso conjunto de arqueología industrial, se cae a pedazos.

Puerta del almacén. Santa Eulalia. Foto R.Puig
A mí modo de ver, historias de amor y odio aparte, lo triste es que esta porción del pasado de los agricultores y obreros de la comarca del Vinalopó, notable vestigio de la historia del socialismo utópico, que vinculaba de forma peculiar e irrepetible a propietarios y colonos en proyectos de trabajo, vida y cultura, se esté viniendo abajo, mientras en Cataluña las colonias agrícolas de entonces se restauran y se miman.

La puerta del Teatro Cervantes. Santa Eulalia. Foto R.Puig
Mi reportaje no añade nada original, pero, ya que me hospedé una noche en Sax de camino a Madrid y dediqué una mañana a deambular por el pueblo y por la aledaña Colonia de Santa Eulalia, por si alguien no la conocía he querido dejar constancia de mi breve paso.
Otro día hablaré del pueblo de Sax y su castillo.
Gratuidades

Tarde de febrero en la orilla. Särö. Foto R.Puig
En algunos restaurantes y pubs de Inglaterra, cuando vas a pagar con tarjeta, te aparece en la pantalla la palabra gratuity, que es como decir propina, algo que se añade, sin que se deba.
Hay cosas que no se compran ni se venden, que se nos ofrecen gratis, lo que podríamos llamar (transgrediendo algo la gramática) una gratuidad.
Hace dos semanas estaba yo en Leicester con mis nietos viendo el cielo y los árboles un poco al norte del paralelo 52. Hoy escribo desde Gotemburgo, un poco más arriba, al norte del paralelo 57, viendo árboles y mar de la Costa Oeste de Suecia.
A pesar de esa diferencia de latitudes, tanto el cielo, el aire, el sol, el viento y la lluvia, como la alborada y el ocaso, están ahí para todos. Aunque no paguemos por ello, no nos lo pueden quitar.
Como el arco iris de un amanecer en Leicester

Amanece en el patio trasero. Leicester. Foto R.Puig
Como el atardecer en Gotemburgo

Atardecer en Slottsberget. Foto R.Puig
Los árboles que ya presienten la primavera en los parques de Leicester

Apuntes de primavera. Leicester. Foto R.Puig
O aquellos que aún aguardan frente al mar al sur de Gotemburgo

Tarde de febrero frente al mar. Särö. Foto R.Puig
Los vista de los colores de la lana en una tienda de Queens Road

Lanas. Leicester. Foto. R.Puig
Los de un rincón junto al mar de Gotemburgo

Orilla. Skintebo. Foto R.Puig
Las calles de Leicester

Por el viejo Leicester. Foto R.Puig
Los muelles de Särö

Atardecer en la costa de Särö. Foto R.Puig
Estos brazos que anhelan el verde de las hojas

Esperando los brotes. Leicester. Foto R.Puig
O los amarres que aguardan a los barcos

Pantalanes a la espera de los botes. Skintebo. Foto R.Puig
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Lo que tengo
Siempre me canso de contar
Antes de completar el inventario
De todo lo que tengo
Tantos amaneceres y crepúsculos
Y altas noches calladas
Tantos árboles por todo el mundo
Casi todos con pájaros
Tantas delicias para el tacto y para el ojo
Y el oído hasta donde todavía me llega
Para el olfato y el taimado gusto
Y tantas horas para estar despierto
Y otras para soñar dormido
Y tantos días con sus noches
Como el fiel renovarse de las olas
Todo eso tengo y además
La mujer que me tiene.
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Tomás Segovia, «Estuario», Valencia, Pre-Textos, Col. La Cruz del Sur, 2011, p.105
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Un salto a paralelos del Sur
Y ya que hablamos de esas cosas que tenemos y que no nos pueden quitar aunque no las paguemos, me viene a las mientes una entrada del blog Grano Rojo de mi amigo virtual, Guillermo Gamba López, titulada El deleite de latinoamérica.
Les recomiendo que pinchen aquí y escuchen y vean el video de Calle 13 que cierra la entrada del blog. Sobre todo las canciones de Susana Baca, y de otras dos cantantes que no conozco, que empiezan «tú no puedes comprar las nubes…»»tú no puedes comprar el viento…», y las imágenes de esas tierras de nuestra hermana América y sus queridas gentes, como las de Marsella, en Colombia, departamento de Risaralda, no lejos de Pereira, por esas tierras que riega el Cauca:
…Marsella es tierra buena y gente buena,
donde el ojo brillante del cielo reluce en la casa,
en la noches las flores sopesan la luna,
y todas las cosas cantan en la piel de las mujeres,
con silabas originales de la historia del universo
y de cada uno de los marselleses.Guillermo Gamba López, extracto de «Ahí va por Marsella»
¡Saludos Guillermo!
Umberto Eco ha soltado amarras

Umberto Eco. Foto Il Messaggero
Umberto Eco ha perdido su última disputatio con la Parca, esa que no respeta argumentos de eruditos, que no perdona ni a buenos ni a sabios.
A los 84 años mantenía el ímpetu necesario, se acababa de embarcar en una nueva casa editora, La nave di Teseo, en compañía de otros viejos aventureros de la literatura y el pensamiento, abandonando las cómodas aguas de la omnipresente industria cultural.
Justo cuando tan necesitados estamos en Europa de gentes como él, ha levado anclas, para ir a plantarle cara al Minotauro en esos mares de los que no se vuelve, hacia las tierras del mito.
Su obra me ha acompañado desde mi época de universitario, con sus escritos filosóficos y sus ensayos de arte, de filología, sus certeras crónicas periodísticas, continuando con la inmensa sorpresa de sus novelas, y lo ha seguido haciendo hasta hace bien poco, con El cementerio de Praga y Numero Cero.

El hombre águila. Miniatura del Romance de Alejandro. 1338. Bodleian Library. Oxford
Han sido muchos momentos de provechosa reflexión y de disfrute intelectual y literario. Hablé de él hace unos años en este blog, en relación con su Opera Aperta. Umberto Eco era una buena persona, un europeo universal, un humanista moderno, un contador de historias, un hombre y un pensador libre, un guía moral con quien sintonizamos muchos de nuestra generación.

Umberto Eco. Hacia 1965
Ahora que Europa se mira crudamente en su propio espejo, interpelada por millones de personas que la ven como su último refugio, he traducido dos textos suyos como la forma adecuada de rendirle tributo.
El primero lo publicó durante los debates (2003-2005) de una Constitución Europea (Tratado por el que se establece una Constitución para Europa), cuando la Iglesia Católica reclamaba una mención de las raíces cristianas de nuestro continente en el texto que se discutía. El Tratado no prosperó por el rechazo, tras sendos referéndums, de Francia y los Países Bajos. El segundo extracto procede de una breve serie de ensayos publicados bajo el título de Cinco escritos morales.
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Las raíces de Europa
Las crónicas veraniegas están animadas por la discusión sobre la oportunidad de citar, en una Constitución europea, los orígenes cristianos del continente. Quien exige la referencia se apoya sobre el hecho, ciertamente obvio, de que Europa ha nacido de una cultura cristiana, incluso antes de la caída del imperio romano, al menos desde el edicto de Constantino. Así como no se puede concebir el mundo oriental sin el budismo, no se puede concebir Europa sin tener en cuenta el papel de la iglesia, de los varios reyes cristianísimos, de la teología escolástica o de la acción y del ejemplo de sus grandes santos.
Quien se opone a la cita tiene en cuenta los principios laicos por los que se rigen las democracias modernas. Quien desea la referencia recuerda que el laicismo es una conquista europea recientísima, herencia de la Revolución Francesa: nada que ver con las raíces que se fundan en el monaquismo o en el franciscanismo. Quien se opone piensa sobre todo en la Europa del mañana, que se dirige a convertirse inexorablemente en un continente multiétnico, y donde una cita explícita de las raíces cristianas podría bloquear tanto el proceso de asimilación de los recién llegados, como reducir otras tradiciones y otras creencias (que sin embargo podrían llegar a tener una entidad conspicua) a culturas y cultos minoritarios que únicamente se toleran.
Por tanto, como se ve, esta no es solamente una guerra de religión, porque afecta a un proyecto político, a una visión antropológica y a la decisión de trazar la fisionomía de los pueblos europeos o en base a su pasado o en base a su futuro.
Ocupémonos del pasado. ¿Se ha desarrollado Europa exclusivamente sobre la base de la cultura cristiana? No me refiero aquí a los aportes enriquecedores de los que se ha beneficiado la cultura europea en el curso de los siglos, comenzando por la matemática india, la medicina árabe o incluso los contactos con el Oriente más remoto, no sólo desde los tiempos de Marco Polo, sino desde aquellos de Alejandro Magno. Toda cultura asimila elementos de culturas vecinas o lejanas, pero después se caracteriza por la forma de apropiárselos. No basta con decir que debemos el cero a los indios o a los árabes, si después ha sido en Europa donde se ha afirmado por primera vez que la naturaleza se escribe en caracteres matemáticos. Y no olvidemos la cultura grecorromana.
Europa ha asimilado la cultura grecorromana tanto en el plano del derecho como en el del pensamiento filosófico, e incluso en el plano de las creencias populares. El cristianismo ha englobado, a menudo con mucha desenvoltura, ritos y mitos paganos y formas de politeísmo que sobreviven en la religiosidad popular. No es sólo el mundo del Renacimiento el que se pobló de venus y de apolos y se dedicó a redescubrir el mundo clásico, sus ruinas y sus manuscritos. El Medioevo cristiano construyó su teología sobre el pensamiento de Aristóteles, redescubierto a través de los árabes, y aunque ignoró en gran parte a Platón, no ignoraba el neoplatonismo, que influyó mucho en los Padres de la iglesia. No se podría concebir a Agustín, el mayor de los pensadores cristianos, sin la absorción de la filosofía platónica. La noción misma de imperio, sobre la cual se desarrolló el choque entre los estados europeos, y entre los estados y la iglesia, es de origen romano. La Europa cristiana optó por el latín de Roma como lengua de los ritos sagrados, del pensamiento religioso, del derecho, de las disputas universitarias.
Por otro lado, no es concebible una tradición cristiana sin el monoteísmo judaico. El texto sobre el que se fundó la cultura europea, el primer texto que el primer impresor decidió imprimir, el texto con cuya traducción Lutero cimentó prácticamente la lengua alemana, el texto príncipe del mundo protestante, es la Biblia. La Europa cristiana ha nacido y crecido cantando los salmos, recitando a los profetas, meditando sobre Job y sobre Adán. Más aún, el monoteísmo hebreo ha sido el único aglutinante que ha permitido un diálogo entre el monoteísmo cristiano y el monoteísmo musulmán.
Pero no se acaba aquí. De hecho la cultura griega, al menos desde los tiempos de Pitágoras, no se podría concebir sin tener en cuenta a la cultura egipcia, y en el magisterio de los egipcios y los caldeos se inspiró el más típico de los fenómenos culturales europeos, o sea el Renacimiento, mientras que el imaginario europeo, desde los primeros obeliscos descifrados y hasta Champollion, desde el estilo imperio a las fantasmagorías de la new age, modernísimas y muy occidentales, se ha nutrido de Nefertiti, de los misterios de las pirámides, de las maldiciones de los faraones y de los escarabajos de oro.
No vería yo como algo inoportuno, en una Constitución, una referencia a las raíces grecorromanas y judeocristianas de nuestro continente, unida a la afirmación de que, precisamente en virtud de esas raíces, del mismo modo que Roma abrió su propio panteón a dioses de toda raza y elevó al trono imperial a hombres de piel negra (sin olvidar que San Agustín era africano), nuestro continente está abierto a cualquier otro aporte cultural y étnico, considerando esta apertura precisamente como una de sus características culturales más profundas.
Fuente:
Umberto Eco, A passo di gambero («A paso de cangrejo»), Bompiani, 2006, Le radici de l’Europa, pp. 245-247. Crónica publicada en Le bustine di Minerva (“Las papelinas de Minerva”), Diario L’espresso, setiembre 2003

Umberto Eco. Portada de L’isola del giorno prima, 1994
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Las migraciones del Tercer Milenio
…los racistas deberían ser (en teoría) una raza en vías de extinción. ¿Existió un patricio romano que no conseguía soportar que también llegasen a ser cives romani los galos, los sármatas, o los hebreos como San Pablo, y que pudiese subir al trono imperial un africano, como finalmente aconteció? De este patricio nos hemos olvidado y ha sido derrotado por la historia. La civilización romana era una civilización de mestizos. Dirán los racistas que fue esa la causa de su disolución, pero hicieron falta quinientos años – y me parece un espacio de tiempo que también a nosotros nos permite hacer proyectos para el futuro
Fuente:
Umberto Eco. Cinque scritti morali. Bompiani, 1997, Le migrazioni del Terzo Millenio. p.100

Umberto Eco en Nápoles. Foto de Sergio Siano. Il Messaggero
Cuando amar se conjuga en verso

Besos en Lima. Plaza de San Francisco. Foto R.Puig
Para Rosi y Bernardo
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El domingo pasado, 14 de febrero, me entretuve, como era oportuno, con San Valentín y no habría sido extraño que la poesía nos hubiese acompañado también. Pero los poemas exigen aire y, como mucho, toleran la compañía de la filosofía.
Desde el Perú, dos poemas
Y como todavía estamos en la octava del patrono de los enamorados, qué mejor que dos poemas de un buen amigo de Lima, que desde hace décadas canta la poesía de las cosas pequeñas, plasmándola en cientos de poemas cuya musa es siempre su esposa.
La foto que abre esta crónica también viene de Lima, la tomé a finales de agosto del 2009 y apareció en un relato de este blog.
Líneas de Nazca
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todavía estoy flotando
sobre líneas negras
sobre arena blanca
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para siempre contigo a mi lado
en un sueño
en el viaje de un beso
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trepando los mismos temores
flotando en el tiempo
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Lima. Plaza de San Francisco. Foto R.Puig
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Caminante
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no me cansaré de seguir caminando
por cualquier calle…
como esos paseos -necesariamente solitarios-
de cuando no conocía a nadie
salvo -necesariamente- a mí mismo…
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niño, y luego adolescente,
y joven, mucho tiempo joven…
y ahora viejo
por los mismos laberintos que ni yo mismo descifro…
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viejo caminante
con tu nombre en los labios
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Luis Bernardo José Regal Alberti, Lima, enero 2016
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Y dos más desde el Parnaso
A estos poemas concisos de Bernardo les va bien el contrapunto de los admirables sonetos con que Shakespeare, precursor de todos los poetas románticos, talló en líricos conceptos las aspiraciones y las paradojas del amor.

William Shakespeare. Grabado de Martin Droeshout, 1623
Dentro de poco más de dos meses se conmemorará el cuatrocientos aniversario de la partida definitiva del gran William al Parnaso.
XLIV
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If the dull substance of my flesh were thought,
Injurious distance should not stop my way;
For then, despite of space, I would be brought,
From limits far remote, where thou dost stay.
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No matter then, although my foot did stand
Upon the farthest earth remov’d from thee,
For nimble thought can jump both sea and land,
As soon as think the place where he would be.
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But ah! thought kills me, that I am not thought,
To leap large lengths of miles when thou art gone,
But that, so much of earth and water wrought,
I must attend time’s leisure with my moan;
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Receiving nought by elements so slow
But heavy tears, badges of either’s woe.
***
Si en vez de torpe carne yo fuera pensamiento,
la distancia cruel nunca me retendría
porque, pese al espacio, podría trasladarme
desde sitios remotos a donde tú estuvieras.
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No habría, pues, materia, aunque mi pie pisara
las tierras más lejanas y apartadas de ti,
sino que el pensamiento, ligero, mar y tierra
cruzaría tan pronto pensara a dónde ir.
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Pero ¡ay! el pensamiento de no ser pensamiento
para salvar distancias cuando no estás, me mata;
y el saber que, al estar hecho de agua y tierra,
a disponer de tiempo debo esperar quejándome;
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sin poder recibir de elementos tan tardos
más que abundantes lágrimas, del dolor de ambos muestra.
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Retrato anónimo de William Shakespeare («Cobbe portrait»). Hatchlands Park. Surrey.
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CXVI
Let me not to the marriage of true minds
Admit impediments. Love is not love
Which alters when it alteration finds,
Or bends with the remover to remove:
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O, no! it is an ever-fixed mark,
That looks on tempests and is never shaken;
It is the star to every wandering bark,
Whose worth’s unknown, although his height be taken.
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Love’s not Time’s fool, though rosy lips and cheeks
Within his bending sickle’s compass come;
Love alters not with his brief hours and weeks,
But bears it out even to the edge of doom.
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If this be error and upon me proved,
I never writ, nor no man ever loved.
***
Dejadme que en la unión de dos almas auténticas
no admita impedimentos. No es amor el amor
que cambia de inmediato si se topa con cambios
o que si ve mudanza se adapta y también muda:
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¡Oh, no! es un firme faro, eternamente fijo,
que ve las tempestades sin nunca estremecerse;
es la estrella que guía a los barcos sin rumbo,
cuyos datos se ignoran, aún tomando su altura.
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No es el amor el bufón del tiempo; aunque los labios
y mejillas de rosa siegue corva guadaña,
lo breve de las horas y semanas no altera
al amor, más lo afirma hasta el fin de los días.
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Si todo es erróneo, y se probara en mí,
yo nunca escribí nada, ni nadie nunca amó.
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William Shakespeare, «Sonetos», traducción de Gustavo Falaquera, Madrid, Hiperión, 1993, pp.102-103 y pp. 246-247

En el parque. Gotemburgo. Foto R.Puig
Nuevos relatos áureos: la otra historia de San Valentín

La suplica de San Valentin. David Teniers iii.
La Leyenda Áurea de Jacobo de Vorágine, de la que ya hemos hablado aquí, cuenta que, como tantos aspirantes al martirio, billete directo al paraíso, a Valentín, sacerdote cristiano se le ocurrió espetarle al emperador Claudio II (214-270): Tus dioses no son sino miserables criaturas humanas, repletos de impureza. Pero, otras versiones confirmarían que además de patrón de los enamorados, San Valentín debería ser patrón de los objetores de conciencia. Si nos atenemos a esa otra leyenda, casando a jóvenes en edad del servicio militar es como se ganó la iras del emperador romano, que vio como le despoblaba de candidatos las oficinas de reclutamiento.

Claudio II. Museo de Santa Giulia. Brescia. Foto Giovanni Dal’Orto
Claudio había prohibido el matrimonio de los jóvenes varones, a quienes exigía pasar por la conscripción obligatoria antes de pensar en amar y procrear.
Me lo confirmó algo que a continuación les cuento…
En el Instituto Cervantes de Bruselas, con ocasión de uno de los coloquios históricos y literarios en que participé durante mis años en Bélgica, trabé amistad con un viejito afable, que rondaba ya los noventa años y que resultó ser un jesuita jubilado que había trabajado para las ediciones de las Analecta Bollandiana en la Sociedad de los Bolandistas en los lejanos años 60 del siglo XX.
Me explicaba con gran amenidad los estudios que habían conducido a la retirada del Santoral de personajes de leyenda, como San Cristóbal y San Jorge, pues ni existieron ni nadie los canonizó realmente. De vez en cuando nos veíamos y bebíamos una que otra cerveza trapista, acompañada de un buen queso monacal. Casualmente, un 14 de febrero, le pedí que me contase la verdadera historia del santo patrón de los enamorados. Tras un momento de silencio me confesó que por culpa de San Valentín se había terminado su carrera de investigador hagiógrafo.
Había trabajado durante mucho tiempo con vetustos santorales y manuscritos, a través de los cuales había logrado, de forma crítica y minuciosa reconstruir la verdadera historia del santo, remontándose en el tiempo, mucho antes de que poeta Geoffrey Chaucer (1343-1400) mencionase el Día de San Valentín en que todas las aves buscan su pareja.
Feliz por sus hallazgos, tras pasar las peer review de rigor entregó el texto para su publicación en los Analecta Bollandiana. Pero, los resultados de su investigación no vieron nunca la luz. Las razones que se le dieron no fueron muy claras, aunque él piensa que algo tuvo que ver en ello la censura vaticana, pues el borrador lo había enviado a un archivero de la Santa Sede para conocer su opinión, ya que alguno de los legajos consultados se custodiaba allí.
Él pensaba que el perfil biográfico de San Valentín, que ya la Leyenda Áurea de Jacobo de Vorágine había acicalado en el siglo XIII, privándole de su pasado de combatiente legionario, de su posterior oposición al servicio militar y de sacerdote casado, no estaba nada claro para las autoridades canónicas y, para colmo, más de una docena de templos católicos aseguran custodiar sus reliquias.

San Valentin y sus restos. White Friar Church Dublin. Fuente: Irish Central
Sólo por mencionar algunos relicarios, en Dublín está el esqueleto, en Roma el cráneo

Calavera de San Valentin. Santa Maria in Cosmedin. Roma
y en Madrid, no sólo la calavera, sino también una buena parte de sus huesos, aunque en lamentable desorden,

Reliquias de San Valentin en la iglesia de San Anton en Madrid.
en Francia los restos se reivindican en al menos tres lugares

Reliquias de San Valentin en procesión en Roquemaure. Francia
y en Atenas lo conservan íntegro en en la Iglesia de los Capuchinos.
En definitiva que no sólo no se publicó su artículo, sino que en 1969, a San Valentín lo sacaron del Santoral Romano, y mi confidente se quedó compuesto y sin santo. Pero me dejó una fotocopia de su extenso y documentado estudio, biográfico y crítico, que había quedado inédito con el título Des récentes découvertes sur la vie de Saint Valentin.
Aquellos folios se han perdido en alguna de mis mudanzas, pero guardé el resumen. Así que, aunque hayan pasado más de quince años de esto, pienso que hago honor a la memoria de mi amigo sintetizando aquí lo que para él era la rigurosa y verdadera historia de San Valentín, patrón de los enamorados. Oficialmente no tiene día en el santoral, aunque eso a nadie le importe, pues los fieles siguen festejándolo mal que les pese a los Analecta Bollandiana y a la Santa Sede.
Las cosas habrán sucedido más o menos así:
Los legionarios romanos tenían que estar dispuestos a todo según las estrictas reglas del emperador Claudio II en el siglo III de nuestra era. Durante su mandato, las guerras para mantener a los germanos, alanos y vándalos a raya, así como para recuperar los territorios secesionistas en la Galia o en Oriente fueron continuas. El servicio en las legiones era obligatorio para todos los jóvenes romanos, a los que el emperador había prohibido casarse antes de pasar unos años en la milicia. De esa dura etapa tenía experiencia Valentín, quien había pasado diez azarosos años combatiendo en la Galia, en los Balcanes, en las fronteras con los germanos o en las decisivas batallas para expulsar a los godos fuera del Imperio.
Le ocurrió de todo, desde el acoso de sus conmilitones cuando era aún un novato hasta heridas graves en repetidas ocasiones Cuando retornó a Roma como un heroico veterano, estaba sumido en un síndrome postraumático y era incapaz de conciliar el sueño en sus noches de pesadilla. Había vivido la crueldad de la guerra, las matanzas cuerpo a cuerpo, las crucifixiones de enemigos y la muerte de numerosos compañeros.
Los cristianos captaban a muchos legionarios retirados, deseosos de olvidar. Y así fue como Valentín se convirtió y fue bautizado y pudo reconciliarse con su pasado. En los ágapes de las catacumbas, los veteranos se vaciaban de sus recuerdos traumáticos y encontraban en ello un lenitivo, recuperando poco a poco el gusto de vivir.
No obstante, Valentín pensaba que consolarse no era suficiente y había decidido enfrentarse a la locura de las continuas guerras, que arruinaban a lo mejor de la juventud romana. Los legionarios, cuando, retornados de las batallas, fundaban una familia no conseguían encarrilar sus vidas y, a menudo, hacían desgraciados a esposas e hijos, si es que no terminaban suicidándose.
Tras diez años de campañas, Valentín detestaba la guerra y decidió presentar su candidatura al sacerdocio. Su espíritu de iluminado y su elocuencia le facilitaron el acceso a las órdenes sagradas. Esa era la primera parte de su plan para combatir la irrefrenable belicosidad del emperador Claudio II. Llegó a ser el presbítero más popular de Roma. Todos los jóvenes enamorados acudían en masa a que les casara.
Durante un tiempo los efectos de todos estos casorios no se notaron, pero, poco a poco, los legionarios casados secretamente por Valentín, contraviniendo los decretos del Imperio en esta materia, fueron dando muestras de flojera en el combate, incluso desertaban para volver al lecho conyugal, se negaban a torturar y crucificar a los prisioneros, o comidos por la melancolía se descuidaban y se hacían matar por los bárbaros, cuyos ejércitos avanzaban con mujeres y prole en retaguardia, por lo que se batían como cualquier fiera que defiende a su hembra y a sus cachorros.
Al final, Valentín fue capturado y es entonces cuando, no contento con proclamar sus objeciones contra la guerra y declarar que no se arrepentía de nada, le espetó a Claudio que sus dioses eran basura.
El resto es conocido, salvo un detalle, el de que Valentín no era célibe, era un cura casado que predicaba con el ejemplo. Julia, su esposa, era hija de un cónsul, que se convirtió con toda su familia cuando Valentín logró con sus plegarias que Julia, que era ciega de nacimiento comenzase a ver. Como el presbítero era buen mozo y fue el primero a quien vio la ciega, el flechazo fue inmediato. Los había casado el obispo, pensando ¡ay! que para siempre serían felices. No contaban con que la ira del emperador no la aplacarían ni siquiera los ruegos del cónsul, ni de la madre de Julia, de ascendencia patricia y emparentada con el emperador. A Valentín lo decapitaron. Su viuda vivió muchos años más dedicada a mantener la historia del mártir, que poco a poco se fue convirtiendo en el patrón de los enamorados.
En resumen, si atendemos a lo que descubrió el viejo bolandista, no sólo no deberían haberlo sacado del Santoral Romano sino que tendría que ser también el patrón de los objetores de conciencia y de los curas casados.
Valentín se adelantó en dos mil años a la generación del flower power, pues en sus actos proclamó con rebeldía aquello de haz el amor y no la guerra.

San Valentin redivivo. Fuente:Taringa.net
Yo animaría a que, según el espíritu de la Teología de la Liberación, el Sínodo de los Obispos elabore una ponencia al respecto.
Niebla

Centinela. Foto R.Puig
La niebla es un tamiz que filtra los sonidos, los acerca o los aleja, nos engaña o nos envuelve en reminiscencias y sueños.

En el muelle. Foto R.Puig
Arrastrados por el rumor de una sirena, ese velo de aguaire es capaz de separarnos del momento en que vivimos, para transportarnos a aquellos mundos imaginarios de las leyendas que nos extasiaron, cuando apenas estábamos saliendo de la infancia.
Como la del blasfemo capitán van der Decken, el holandés errante, condenado a vagar eternamente por los mares, que dio materia a Richard Wagner para El buque fantasma

El buque fantasma. Foto R.Puig.
También García Márquez retomó la fábula, esta vez a partir de las consejas de los pueblos marineros de Colombia:
…el trasatlántico inmenso, sin luces y sin ruidos, que una noche pasó frente al pueblo como un gran palacio deshabitado, más largo que todo el pueblo y mucho más alto que la torre de su iglesia, y siguió navegando en tinieblas hacia la ciudad colonial fortificada contra los bucaneros al otro lado de la bahía, con su antiguo puerto negrero y el faro giratorio cuyas lúgubres aspas de luz, cada quince segundos, transfiguraban el pueblo en un campamento lunar de casas fosforescentes y calles de desiertos volcánicos, y aunque él era entonces un niño sin vozarrón de hombre pero con permiso de su madre para escuchar hasta muy tarde en la playa las arpas nocturnas del viento, aún podía recordar como si lo estuviera viendo que el transatlántico desaparecía cuando la luz del faro le daba en el flanco y volvía a aparecer cuando la luz acababa de pasar, de modo que era un buque intermitente que iba apareciendo y desapareciendo hacia la entrada de la bahía…
El ultimo viaje del buque fantasma
Hay otros buques que aún no son fantasmas, pero quién sabe, quién sabe…

Más tarde. Foto R.Puig
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Velo
Si la nieve, decíamos la semana pasada, es un manto de silencio, la niebla es la capa de los rumores y el velo del presentimiento

Ausencias. Foto R.Puig.
Cuando el deshielo comenzó a disolver la nieve, paseaba yo por los muelles, casi solo, con una sensación de irrealidad feliz

Los pecios del frio. Foto R.Puig
Puede que la niebla entristezca, sobre todo si se mira desde la ventana, pero si se acepta, si nos adentramos en sus pliegues como en un útero sin límites, si probamos a evaporarnos a rostro descubierto, hay algo de lenitivo en ella

Cuando la niebla despliega su velo. Foto R.Puig.
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Escisión
Abandonarse a la niebla, aceptar las normas que presiden sus parajes es como una cesura, una escisión que sentimos pero que no gobernamos, una metáfora de la vida y sus tanteos
Luis Cernuda (1902-1963) supo mucho de nieblas durante su exilio en Inglaterra
Tarde oscura
Lo mismo que un sueño
Al cuerpo separa
Del alma, esta niebla
Tierra y luz aparta.Todo es raro y vago:
Ni son en el viento,
Latido en el agua,
Color en el suelo.De sí mismo extraño,
¿Sabes lo que espera
El pájaro quieto
Por la rama seca?Lejos, tras un vidrio,
Una luz ya arde,
Poniendo la hora
Más incierta. YaceLa vida, y tú solo,
No muerto, no vivo,
En el pecho sientes
Débil su latido.Por estos suburbios
Sórdidos, sin norte
Vas, como el destino
Inútil del hombre.Y en el pensamiento
Luz o fe ahora
Buscas, mientras vence
Afuera la sombra.De Como quien espera el alba (1941-1944)
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Luis Cernuda Antología Poética, pp.210-211, ed. Ángel Rupérez, Madrid, Austral, 2007

Apenas. Foto R.Puig
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Pero, por si acaso, y porque no quiero que nadie se ponga triste, mirad como, incluso en estos días de niebla, el pesquero del chiringuito del pescado, siempre anclado en los muelles de Eriksberg, luce su guirnalda de verbena, a modo de conjuro contra buques fantasmas

Un pesquero festero. Foto R.Puig






