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Elogio de la nimiedad (X): Briznas

31 mayo, 2020
Jean-Léon Gérôme. Dante y Virgilio en el infierno. Museo Georges Garret. Vesoul, Francia

Jean-Léon Gérôme. “Dante y Virgilio en el infierno”. Museo Georges Garret. Vesoul, Francia

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Brizna I

Perdido en una selva oscura, en camino a un monte iluminado por el sol al que pretendía llegar, cuando bestias feroces le han repelido hacia la oscuridad del valle, Virgilio, al encontrar perdido a Dante, le pregunta por qué razón se aventura por esos parajes en lugar de dirigirse hacia la colina radiante de luz. Es el inicio de la Divina Comedia.

 

¿Mas tú, por qué tornas a este gran tedio?

¿Por qué no asciendes al deleitoso monte 

que es principio y ocasión de todo gozo?

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Ma tu perché ritorni a tanta noia?

perché non sali il dilettoso monte

ch’è principio e cagion di tutta gioia?

Divina Comedia, I, 76-78,

(traducción propia)

Dante es el símbolo de todos los extravíos de los seres humanos y Virgilio el mensajero del Amor, Beatriz, que le guiará a través del camino de pesares.

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Brizna II

L’inverno se n’è andato,

l’aprile non c’è più

e maggio è ritornato

al canto del cucù.

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El invierno se ha ido,

abril ya se acabó

y mayo ha retornado

al canto del cucú

(…)

Del cancionero popular italiano

 

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y otra vez con el ala a sus cristales

jugando llamarán.

(…)

Gustavo Adolfo Becquer

Dos nidos de golondrinas en tiempo de cría. 19.05.2020. Foto R.Puig

Dos nidos de golondrinas en tiempo de cría. 19.05.2020. Foto R.Puig

En mayo las golondrinas han vuelto a ocupar sus nidos bajo una viga de nuestra urbanización. Los pintores, que están remozando las paredes de todo el condominio para restituirlas a sus tonos originales, han sido sensibles y han respetado los nidos. 

Tras el paso de los pintores.31.05.2020. Foto R.Puig

Tras el paso de los pintores.31.05.2020. Foto R.Puig

Las  golondrinas de estos dos nidos siguen habitándolos y van y vienen alimentando a sus crías.

Por el contrario -¡ay!- no muy lejos, bajo otro alero, he constatado la frustración de otra golondrina que sólo ha encontrado las ruinas de su antiguo nido. Hace unos años hubo alguien -por desgracia sin testigos- que no tuvo reparos en demolerlo.

¡Triste!

Peor suerte. 23.05.2020.Foto R.Puig

Peor suerte. 23.05.2020.Foto R.Puig

Debería ser ya de sobra sabido que las golondrinas son una especie protegida y benéfica.

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Brizna III

Haiku. Tatsuko Hoshino, poetisa japonesa (1903-1984)

Cumulos…

Hombrecillos

faenando.

Haiku de Tatsuko Hoshino

Cumulos. Foto R.Puig

Cúmulos. Foto R.Puig

Tatsuko Hoshino (1903-1984) fue una importante poeta japonesa, autora de seis repertorios de haikus y fundadora en 1930 de la revista de haikus Tamamo (“bola de algas”) (*)


(*) Fuente : Du rouge aux lèvres. Haïjïns japonaises, Paris, La Table Ronde, 2008, 270 pp.

“Versión extraviada” (2)

24 mayo, 2020
Rememorando. Foto R.Puig

Rememorando. Foto R.Puig

Hace ya seis años, novelaba en mis ratos libres y entre lo leído, lo imaginado y lo vivido, dejé varada en cuatro decenas de folios una especie de historia. La narración acabo en un cajón, y ahora -cosas del confinamiento en el que estamos- ha emergido de una de mis carpetas. Espero poder completarla. Así que, empeñado en ello, hoy llegamos a la segunda entrega.

Capítulo 2

Jerusalem

La mañana se presentó soleada y relativamente fresca. Me habían alquilado un coche de modesta cilindrada, suficiente para alguien como yo que siempre ha preferido los viajes tranquilos y las carreteras secundarias a la velocidad de las autopistas. Pero en este caso, también por motivos de seguridad, enfilé la A1 que une la capital a Jerusalem, pues quería llegar a tiempo.

En el hotel donde me habían reservado habitación desde la recepción de Tel-Aviv, tuve tiempo de sobra para dejar la bolsa de viaje y trasladarme en taxi a la iglesia del Santo Sepulcro, en donde Elías iba a celebrar la misa en rito copto a las once de la mañana.

Lo primero que me sorprendió fue la gran cantidad de peregrinos que afluían por una puerta lateral, al parecer la única que daba acceso al enorme edificio de la basílica. Tuve que avanzar abriéndome paso con dificultad entre la muchedumbre. Los turistas se iban deteniendo, primero ante una gran piedra rectangular que todos querían tocar y luego se encaminaban hacia la entrada de la capilla copta del Santo Sepulcro.

Fue en ese momento cuando, guiado por un hombre vestido con una túnica al estilo árabe, que hablaba un inglés rudimentario, pude llegar a la pequeña capilla copta, a contrapié del sepulcro y en un nivel inferior. Después de darle un dólar, que agradeció con varias inclinaciones de cabeza y las manos cruzadas sobre el pecho, me quedé prácticamente solo frente a la verja de entrada del minúsculo recinto, donde un público exiguo, a la luz de los cirios y de numerosos lampadarios que pendían de la bóveda, salmodiaba en una lengua incomprensible para mí, siguiendo los altibajos de una prosodia envolvente y arcaica.

El altar se alzaba sobre un monumento en piedra, en la que estaba tallada una forma semicircular. El oficiante, que supuse era Elías, podría haber sido cualquier otro, pues estaba cubierto con una capa dorada de ribetes rojos, que se prolongaba sobre la cabeza con una cogulla, y lucía una barba abundante. Si la liturgia había comenzado en punto, ya debían de estar por lo que en rito latino llamamos el ofertorio. Pensé que me había perdido todas las lecturas bíblicas y estaba yo bastante desorientado. Pero, cuando me acomodé entre los asistentes y una joven me alargó un folleto en copto, con su traducción del canto al latín, me di cuenta, pues puso su índice sobre la segunda página, de que no estaba tan retrasado.

En la capilla copta. Fuente jerusalemshots.com

En la capilla copta. Fuente jerusalemshots.com

La salmodia, lenta y monótona, invitaba a la calma, lo cual era muy apropiado para lograr desconectarse de la aglomeración que había tenido que atravesar hasta llegar a esta especie de remanso. Elías, el de la cabeza cubierta, acompañado de otros cuatro clérigos barbados, revestidos del mismo tipo de pesadas casullas doradas pero sin cubrirse, se desplazaba pausadamente en círculo alrededor del altar en forma de arca. Dos de ellos esparcían una humareda aromática, cada uno balanceando un pesado incensario en oro y plata. Los escasos fieles seguían el texto que acompañaba la ceremonia de la presentación de los dones, el pan y el vino, que portaban el celebrante y sus dos asistentes. Era el momento de invocar la transustanciación mientra trazaban numerosas señales de la cruz sobre las especies.

Siguieron cuatro lecturas evangélicas que no pude descifrar por haber sido leídas en copto por Elías mismo, cuya voz ya pude reconocer sin dificultad, a pesar de que, para mi fascinación, recitaba los textos con exótica musicalidad en esa lengua que se deriva del egipcio antiguo. El tiempo, a pesar de la lentitud de la celebración, discurría casi sin sentirlo. Sentado tras las lecturas me hubiese quedado allí varias horas como transportado a un espacio irreal. Esta sensación se incrementó bajo el efecto narcótico de las letanías que siguieron con su monótona cadencia.

A continuación, gracias al folleto en latín, deduje, por una serie de similitudes, que habíamos entrado en lo que en las misas de nuestras latitudes se denomina el prefacio y, a continuación, el canon, pero más extensos y repetitivos. Elías me explicaría después que en las liturgias orientales la suma de estas dos partes constituye la anáfora. Ese día, por decisión suya se había recitado la más larga, la de San Cirilo, pues este largo ejercicio litúrgico en copto constituía un placer estético y lingüístico que raramente se le ofrecía. Al parecer, los monjes coptos eran un tanto renuentes a dejar este protagonismo a sacerdotes del rito latino. Pero Elías era el único de ese rito en Jerusalem  que dominaba el copto primitivo, mejor incluso que los monjes coptos, que normalmente la celebraban en árabe y en griego.

Entre los asistentes estaban varios condiscípulos de Elías. La joven que me había señalado la página resultó ser una religiosa mejicana que cursaba estudios posdoctorales de teologías orientales en el Instituto donde Elías investigaba.

Después del Sanctus se procedió a la consagración y a la comunión del cuerpo y la sangre de Emmanuel. Con el lavado concienzudo de los vasos sagrados y la despedida, seguida del canto de un salmo festivo, de melodía un poco más animada, concluyó todo, mientras los oficiantes desaparecían tras el tabique cubierto de iconos, supongo que para depositar los vasos con el pan consagrado en el tabernáculo que estaba detrás. Imaginé que también allí tendrían un espacio a modo de sacristía, pues, al cabo de diez minutos, los monjes enfundados en sus vestes negras y Elías en su clergyman aparecieron por donde se habían retirado. Aunque no me había dado cuenta, él se había percatado de mi presencia entre los fieles, pues se dirigió a mí y, sonriendo, me abrazó. Luego se volvió a la joven que me había orientado y nos presentó. Se llamaba Laura Escobar.

Casi sin sentirlo había transcurrido una buena hora y media. Salimos lentamente los tres abriéndonos paso entre peregrinos, por la misma puerta por donde yo había entrado. Después de que Laura se hubiese despedido discretamente estuvimos los dos comiendo en un pequeño restaurante de la ciudad vieja. Elías me había preguntado si me gustaba el falafel. “Soy de tierra de garbanzos” le había respondido yo, indicando tácitamente que me parecía bien la idea. No recuerdo ya si era un restaurante árabe o judío, pues como es sabido, los cocineros de uno u otro signo reivindican para su cultura el origen de esta especialidad.

Falafel. Foto jerusalemshots.com

Falafel. Foto jerusalemshots.com

El caso es que almorzamos muy bien y muy sanamente según los hábitos vegetarianos a los que se había convertido Elías. Era un cambio notable en quien yo recordaba costumbres de alimentación yanquis, con preferencia por el sirloin steak, aunque mestizados con el interés por los condumios de cordero o de costillar de cerdo asados del Perú. Mientras comíamos, a un ritmo aún más lento que el de la misa copta, mantuvimos una larga conversación de la que todavía hoy recuerdo los momentos principales. A él, más que a mí, los años le habían marcado con su paso, en parte por una incipiente calvicie que dejaba al descubierto las protuberancias de su cráneo y alargaba aún más una frente lisa y dominante que parecía gravitar sobre el arco de sus cejas pelirrojas y las cuencas fugitivas de unos ojos azules que, afables y vivos, prodigaban su atención al interlocutor. Sus pómulos, su nariz y sus mejillas nunca habían sido los protagonistas de su rostro, y ahora lo eran todavía menos a causa de una espesa barba cobriza que Elías había dejado crecer bajo un evidente control.

Trayectorias

“Cuéntame, quiero ponerme al día”, se adelantó a decir con gesto de verdadero interés, como si lo que él había demostrado durante esa reciente liturgia en lengua copta no dejase entrever que era él quien primero me debía una narración pormenorizada de lo que había estado haciendo durante todos esos años.

Así que, aparcando todas las preguntas que me bullían en la cabeza, resumí del mejor modo posible, la banal historia de mis diez años de esfuerzos por abrirme camino tras los años del Perú y el abandono de mis incipientes estudios de Teología. Hube de reconocer que se me reconocía como un especialista en determinados ámbitos pedagógicos que yo había contribuido a desarrollar y que ese era el motivo de mis viajes, mis cursos, mis publicaciones y conferencias. Comenté también que no había abandonado totalmente mis aficiones bibliófilas en materias que en España andaban un tanto periclitadas o, al menos, sofocadas por el auge del bienestar y el consumo de productos culturales de brillo más atractivo. Si bien mi poder adquisitivo no me permitía hacerme con obras que tenía que contentarme con consultar en bibliotecas y archivos.

Escudo y lema de Olaus Magnus arzobispo sueco exiliado. Roma, 1555

Escudo y lema de Olaus Magnus arzobispo sueco exiliado. Roma, 1555

Le expliqué que siempre que me era posible prolongaba unos días mis estancias por motivos profesionales en el extranjero para, no sólo meditar frente a las obras de arte en los museos, sino para hurgar en bibliotecas y archivos de universidades y entidades públicas, visitas que preparaba con antelación, como si fuesen expediciones cinegéticas, valiéndome de mis relaciones en el mundo de la investigación educativa y de mis títulos académicos. Si no lograba coleccionar originales de obras humanísticas, al menos me hacía con reproducciones y facsímiles, entre los cuales destacaban grabados antiguos y textos de propedéutica artística y retórica o de historia social y literaria.

Entretanto en el restaurante nos habíamos quedado solos. Éramos los últimos rezagados de la hora de comer y las miradas del patrón nos hicieron comprender que había llegado su hora de descanso, previo al turno de las cenas, y que, a pesar de ser domingo, no le faltarían clientes para la cena, pues el flujo de turistas y peregrinos se mantenía hasta muy tarde en aquella zona de la ciudad. De modo que buscamos un café modesto cerca de la estación de autobuses, equidistante entre mi hotel y el Instituto Bíblico. Algunos hombres bebían el té y sólo alguna mujer compartía un refrigerio con su acompañante. Nos instalamos en un rincón tranquilo y Elías comenzó a narrar la insólita peripecia que, finalmente ha venido a ser el germen de esta historia y de algunas complicaciones que años más tarde me están causando inquietudes de las que hablaré más tarde. Pero de las precauciones entre las que vivo ahora no es aún momento de hablar.

Tras un silencio prolongado, mientras sorbíamos un café abundante y espeso, Elías inició la ordenada crónica de sus últimos años, comenzando por el final.

“Como sabes llegué anoche de un viaje con algunos arqueólogos franceses He estado una semana más allá de la frontera, en tierras de Jordania”.

En algún lugar. Foto R.Puig

En algún lugar. Foto R.Puig

No precisó de qué zona de excavaciones se trataba, aunque más tarde me explicaría que no quedaba lejos de las ruinas de Pel.la, donde habían aparecido restos de edificaciones correspondientes a las comunidades judeocristianas que se habían instalado en esa región, escapando de Jerusalem tras la destrucción de su templo por las tropas de Tito.

Siguió explicando que su primera pasión al dejar el Perú para seguir estudios de Teología en la Universidad Gregoriana de Roma, había sido y era aún la de las lenguas bíblicas y el uso de la moderna filología para profundizar en la comprensión de los Evangelios y de aquellos libros del Antiguo Testamento que ayudaban a esclarecerlos. Paralelamente se había convertido en un especialista en los manuscritos de los evangelios apócrifos.

De repente cambió de tema y me confesó que, tras su ordenación sacerdotal, la frecuencia diaria de la celebración de la liturgia eucarística le había ido produciendo una sensación de desdoblamiento mental y de ausencia de sí mismo, como si quien celebraba los ritos de la misa fuese otro, mientras que él estaba entre los fieles contemplando al oficiante. Las ceremonias fueron así convirtiéndose en un ejercicio, del que era actor y espectador. Finalmente acabó sintiéndose como dentro de una escena, cuya razón de ser se reducía al logro de la perfección rítmica y estética de los gestos.

Volvió a Roma para redactar su tesis doctoral sobre el papel de la lengua caldea en la transmisión de los textos bíblicos, con especial atención al evangelio de Marcos. Por entonces, aquella necesidad de perfección escenográfica le condujo, en un contexto de diálogo ecuménico, a aprender y experimentar todas las liturgias posibles. Mientras tanto, la brillante defensa de su tesis le había granjeado el interés de los profesores de lenguas orientales y de filología bíblica que dividían su tiempo entre la Gregoriana y el Instituto Bíblico de Jerusalem.

Estaba hablándome de las diferencias y de los procesos de ósmosis entre el arameo y el caldeo, de los simbolismos de las diferentes liturgias de los cristianos sirios, de los efectos de las salmodias y letanías arcaicas que había observado sobre los fieles, de la fascinación que presidir o asistir a estas celebraciones le producía, cuando, interrumpiendo su discurso, adoptó un aire precavido y me pidió que saliéramos del café para hablar de algo importante. Ya en la calle nos pusimos en marcha en dirección imprecisa, aunque supuse que íbamos hacia mi hotel.

Ciudad vieja. Foto jerusalemshots

Ciudad vieja. Foto jerusalemshots

Eran las siete de la tarde de aquel domingo y el camino que Elías había tomado no parecía muy frecuentado. Sentí que debíamos estar entre la parte árabe y la parte judía de la ciudad por la presencia solitaria de soldados con subfusiles en algunas esquinas.

El padre

“Te voy a contar algo que nadie, salvo yo mismo, sabe”, dijo. “Estos años después de mis estudios de Teología en Roma y de mi ordenación en Chicago han sido especiales. Cuando viajé allá mi padre estaba ya muy enfermo. Creo que ya te conté que él nunca fue un judío practicante, aunque creía en algo parecido a un Dios impersonal, creencia que abandonó ante la guerra y el horror vivido por millones de seres humanos y la espantosa y sistemática matanza de los judíos en Europa, entre ellos muchos familiares, amigos y colegas. El epílogo nuclear de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki y las revelaciones que trajo el proceso de Nuremberg sobre la barbarie de las gentes ordinarias de su país y de sus clases dirigentes le confirmaron en su agnósticismo”.

“Mi padre me fue confesando todo esto en cartas y en las raras conversaciones que pudimos mantener cuando nos encontrábamos. Al final se recluyó en un profundo escepticismo y en el abandono de muchas ilusiones y creencias. Tras la agonía dolorosa y larga de mi madre se instaló en un lúcido ateísmo. Pero respetaba las prácticas católicas de sus hijos y no objetó nada cuando decidí hacerme jesuita, después de haber acabado mis estudios de filología clásica en la Loyola University”.

Elías me siguió explicando que en las últimas semanas de vida de su padre, le había estado muy cercano, casi olvidando que en poco tiempo sería ordenado sacerdote. Su padre le fue trasmitiendo innumerables documentos y publicaciones, algunas en estado de borrador. “Cuando parecía que ya no quedaba nada por explicar, mi padre me pidió desde la cama, pues ya no podía ponerse en pie, que cogiese una llave  que estaba dentro de una pequeña bolsa de terciopelo verde en uno de los cajetines del escritorio. Con ella, siguiendo sus instrucciones, se abría un cajón que estaba perfectamente disimulado al fondo del gran armario ropero del dormitorio”.

Una misión

Al llegar a ese punto Elías  hizo una pausa y prosiguió: “lo que tengo que decirte ahora es casi increíble y no conviene que se divulgue todavía. Es casi la razón última de mi permanencia dentro de la Compañía de Jesús y de mi intensa dedicación a las lenguas bíblicas, de mi inmersión en los ritos orientales del cristianismo y de mi estancia en el Instituto Bíblico. Aquí tengo a mi disposición todos los medios necesarios para continuar un trabajo extraordinario que mi padre inició y no pudo acabar. Al mismo tiempo, he ido dejando atrás una serie de creencias que daba por descontadas, para quedarme con algunas convicciones”.

Se hizo un silencio y seguimos caminando. La tarde caía bruscamente, detrás de la cúpula de Omar el cielo se había incendiado. Elías se detuvo a poca distancia de mi hotel adonde habíamos llegado sin casi apercibirnos. “Cuando acabe esta tarea cambiaré de rumbo. Mis superiores esperan que llegue a ser un ilustre profesor de Teología y exégesis de la Biblia, pero he de llegar hasta el final de lo que mi padre inició”.

Ante mi expresión interrogativa sonrió. “No me mires así” -me dijo- “los misterios para mañana. Además me parece que te estoy cansando y yo también estoy fatigado. La semana ha sido intensa. Mañana puedo venir a tu hotel y te explicaré todo. ¿De acuerdo?”

Puse la mano sobre su brazo y asentí. “Me parece muy bien. Pediré un desayuno para los dos en la habitación”.

“Hasta mañana pues, despeja la mesa, traeré papeles”.

Las luces del ocaso se apagaban.

Ocaso. Foto R.Puig

Ocaso. Foto R.Puig

continuará


Para leer el capítulo 1 pulsar aquí

Estar en las nubes

17 mayo, 2020
Dimensión nube. Foto R.Puig

Dimensión nube. Foto R.Puig

En estos días lentos

a ratos recostado

he alzado la vista

a la nubes que pasan

tomándose su tiempo.

A ritmo de nube. Foto R.Puig

A ritmo de nube. Foto R.Puig

Como de los mares

en región submarina

rigen tiempos oscuros,

por la región subnublosa

pulsa el reloj humano.

Dimensión inmune. Foto R.Puig

Bajo las naves del cielo. Foto R.Puig

En su esfera las nubes

ajenas a nosotros

habitan otro tiempo,

recorren su camino

como flotas sin hora.

Galeón. Foto R.Puig

Galeón. Foto R.Puig

Sobre nuestras cabezas

navegan galeones

sin distinción de siglos

o acorazados en guerra

sobre sus foscas quillas.

Acorazado. Foto R.Puig

Acorazado. Foto R.Puig

Veloces o pausadas

esas naves del cielo

amenazan a veces

con recobrar su acero

y quebrar la frontera.

Buque. Foto R.Puig

Buque. Foto R.Puig

Desde su tiempo altero

llegan sin anunciarse

cambiando de apariencia,

hay veces que remontan

como alegres balandros.

Balandros. Foto R.Puig

Balandros. Foto R.Puig

En ocasiones vuelan

veleros a toda vela

que algo maternales

se ríen de nosotros

y nos dan una ducha.

A toda vela. Foto R.Puig

A toda vela. Foto R.Puig

He pensado estos días

amaestrar gaviotas,

hacerlas mensajeras,

hablar sus pictogramas,

dialogar con las nubes.

Mediadora. Foto R.Puig

¿Mediadora? Foto R.Puig

Mas no han querido

revelarme las aves

el secreto lenguaje

con el que franquear

  la dimensión inmune.

Dimensión inmune. Foto R.Puig

Dimensión inmune. Foto R.Puig

“Versión extraviada” (1)

10 mayo, 2020
Hueso de sepia. Foto R.Puig

Hueso de sepia. Foto R.Puig

Dedicado a mi amigo y compañero Manuel García Viso

Huesos de sepia

Hace ya seis años, novelaba en mis ratos libres y entre lo leído, lo imaginado y lo vivido, dejé varada en cuatro decenas de folios una especie de historia. La narración acabo en un cajón, y ahora -cosas del confinamiento en el que estamos- ha emergido de una de mis carpetas (*).

Hay poemas e historias que, parafraseando a Eugenio Montale, son como huesos de sepia que el mar arroja sobre la arena de la playa. Como la poesía destila nuestras vivencias consumidas, hay historias que, a la manera de residuos del recuerdo, la imaginación posa entre la realidad y el sueño. Hoy, sin saber bien cómo podrá acabar, comienzo a transcribir aquí aquella narración acantonada.

Así que, confiando en la tolerancia de mis lectores y a la manera de aquellos folletones que se pusieron de moda en los periódicos del siglo diecinueve, trataré de finalizarla por entregas.

VERSIÓN EXTRAVIADA

Capítulo 1

Sólo gradualmente comprendí en qué medida estas memorias que hoy transcribo convergen con la disolución de mis creencias y la cristalización de mis convicciones. Nunca imaginé antes de mi abrupta entrada en la edad adulta que los sentimientos y, la que el filósofo de la soledad asienta en sus memorias como su base, la invencible conciencia, cuya íntima voz, a su juicio, nunca engaña por mucho que se abatan sobre ella los razonamientos ilustrados, nunca, digo, pensé por entonces que los sentimientos y la fe de siempre se doblegarían un día, primero bajo el peso de la duda existencial y luego frente a la artillería inexorable de la razón.

Como escribió Ernest Renan, en el prefacio a sus “Recuerdos de la infancia y la juventud”, “jamás la fe que tuvimos debe convertirse en una cadena. Nuestra deuda hacia ella se canceló al envolverla cuidadosamente con el sudario de púrpura en el que duermen los dioses muertos”.

Durante algún tiempo mi propio proceso interior se cruzó en varias ocasiones con el que vivía un viejo compañero y amigo del que la muerte prematura me convirtió, a modo de heredero, en el cronista de un hallazgo que reafirmaría, desde el testimonio más insospechado, el tránsito desde mis creencias y de los sentimientos que las nutrían a nuevas convicciones y a las razones que las cimentan. Ese hallazgo y su contenido es la materia de estas páginas, confirmación de las dudas que me suscitaban las innumerables contradicciones y lagunas de las crónicas de los evangelistas que me acompañaron hasta la edad adulta.

Hubo en Palestina una mujer, cuya figura crecería desmesuradamente a partir del siglo V, pero a la que apenas dieron un rol los evangelios, salvo el de la recepción de una visita angélica, anunciadora de una mágica fecundación que la salva del repudio de su marido. Luego apenas aparece y no es testigo del proceso fundacional de la Iglesia : la resurrección de su hijo que otros pregonaran mientras ella se eclipsaba. Me refiero a la madre de Jesús.

Hace años que esto me extrañaba y me hacía sospechar una sorda discrepancia de María, reducida a un papel marginal por parte de los protagonistas del cenáculo, cuyas versiones de la historia de su hijo prevalecerían. Me sorprendía también que el nuevo apóstol Saulo en su invasiva entrada en el legado del nazareno no mencionase a la madre de Jesús. ¿Contradecía la versión de María a la que difundieron los apóstoles en los comienzos del Cristianismo?

Pero, no voy a adelantarme, vayamos por partes.

Hueso de sepia

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Elías

A principios de los años 70 trabajaba yo como profesor en un colegio regentado por jesuitas norteamericanos en el Perú. Mis funciones eran las habituales de un docente, y buena parte de mis energías se gastaban en el difícil esfuerzo de atraer la atención de una clase de más de cuarenta alumnos, todos en esas edades de transición entre la niñez y la adolescencia, en las que suscitar el interés por la gramática y la geografía es una tarea hercúlea.

Un entretenimiento que satisfacía algo mi tendencia a escarbar en las bibliotecas, era dedicar los escasos momentos que tenía libres a examinar los fondos de una antigua biblioteca que los jesuitas anteriores a la expulsión decretada por Carlos III habían salvado milagrosamente. Se hallaba, por lo que me dijeron entonces, pendiente de catalogación. Recuerdo mi emoción bibliófila frente a la edición original de la Enciclopedia de Diderot y D’Alembert, cuando en alguno de cuyos volúmenes examinaba yo aquellas definiciones consideradas nefandas por los que habían sido mis profesores durante el bachillerato.

También encontré en aquellos baúles algunas ediciones princeps de obras de Erasmo de Rotterdam, que algún jesuita, no muy obediente a las recomendaciones de San Ignacio de Loyola ni temeroso de las prohibiciones del Indice, debió traer a escondidas al Perú a finales del siglo XVI. No era sólo mi gusto por la soledad en compañía de un libro lo que me impulsaba, sino también mi curiosidad por las más variadas antiguallas de la imprenta, sobre todo si el trabajo de composición y la calidad del papel y de la encuadernación completaban el placer del texto.

No venía nadie a alterar aquellos momentos privilegiados, hasta que un día apareció por allí uno de los profesores jesuitas, de quien yo no sabía prácticamente nada, salvo su nombre y apellido, Elías Adler. No habíamos cruzado palabra desde mi llegada al colegio hacía seis meses. Venía a devolver al depósito el contenido de una antigua caja con una trascripción a mano, fechada en 1567, de un llamado “Liber de infantia salvatoris”. Yo estaba en aquel momento leyendo junto a una ventana un ejemplar de “Agudeza y arte de ingenio” de Baltasar Gracián, publicado en Huesca a mediados del siglo XVII.

Elías se acercó a mí y me dijo que le alegraba no ser el único que apreciaba aquel tesoro almacenado en baúles, cajas y, en parte, sobre algunas estanterías. A partir de aquel encuentro, antes de las clases, solíamos coincidir durante los desayunos en los comedores de la comunidad. Mientras batíamos lentamente el porridge, manejábamos la máquina de hacer waffers o nos freíamos unos huevos con bacon, hablábamos de nuestros hallazgos. Nuestras conversaciones discurrían en castellano, Elías lo hablaba correctamente con dejo anglosajón. Otros miembros de la comunidad hablaban entre ellos en inglés o, simplemente, no se interesaban por nuestras aficiones librescas.

Durante el último mes de su docencia en el colegio me contó algo de sus planes: los estudios que estaba a punto de iniciar en la Universidad Gregoriana de Roma, donde cursaría Teología, y su proyecto de especializarse en las fuentes más antiguas de los Evangelios en el Instituto Bíblico de Jerusalén. Tuve la sensación de que este jesuita atípico no volvería nunca al Perú. La verdad es que tampoco sospechaba que por mi parte no volvería hasta muchas décadas más tarde.

Para entonces ya me había contado que su padre, judío alemán no practicante, había sido profesor de lenguas orientales en las universidades de Viena y Colonia, y era un emérito y prestigioso investigador de los códices y del entorno de la Biblia. Había escapado por muy poco del infierno del III Reich, emigrando a los Estados Unidos junto con su esposa, una reputada ilustradora de libros, católica de origen holandés, que trabajaba para casas editoriales de los Países Bajos y de Alemania. En Nueva York primero y en Chicago, donde nació Elías, sus padres optaron por enviar a su hija y a sus dos hijos varones, de los que Elías era el mayor, a colegios católicos.

Después de dejar el Perú, Elías me envió algunas postales, en las que nunca faltaba alguna referencia a sus hallazgos bibliográficos y a sus crecientes progresos en griego, hebreo y arameo. Se había interesado por el copto. A mi vuelta a España las preocupaciones por completar mis estudios universitarios y por encontrar trabajo, así como la intensa dedicación a mis primeros empleos fueron arrumbando mi época de profesor de colegio en el Perú. Aunque mis incursiones en libreros de ocasión, al hacer posible el encuentro con viejas ediciones, fuera del alcance de mi bolsillo, revivían las horas pasadas entre las cajas de la antigua biblioteca dormida en sus baúles, así como mis charlas con Elías.

Dejamos de escribirnos, además habíamos compartido intereses diferentes a los que ahora llenaban mis días. Por otro lado, a Elías lo suponía ya teólogo y biblista, mientras que mi propia reflexión y la evolución de mi forma de vivir me habían conducido a irme desprendiendo de los dogmas católicos.

Los dedos de Dios. Foto R.Puig

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Tel-Aviv

Una década más tarde, mis actividades profesionales me condujeron a un congreso en Tel-Aviv, cuando ya la fuerza de los calores del verano había decaído en Europa, pero no así en Israel. Era el mes de octubre. En el programa social de los congresistas se incluía un día de visita a Jerusalem después de las sesiones del congreso, pero me no me atraía la idea de pasar aquel último sábado recorriendo tras un guía y a paso de marcha, bajo un calor agobiante, las calles de la ciudad santa con el mismo grupo de gente con la que había pasado la semana hablando inglés.

Le había comprado a un locuaz librero de la capital de Israel, de origen argentino, unos textos, una gramática y un diccionario de ladino.  Así que decidí irme a una terraza de la playa a iniciarme en la lengua de los sefardíes, instalado bajo un ancho parasol y disfrutando de la brisa del Mediterráneo. Distraía mi mirada con la vista del mar cuando, repentinamente, los recuerdos de nuestras aficiones librescas y del origen judío de Elías Adler me asaltaron. Recordé asimismo que él siempre había deseado investigar en el Instituto Bíblico de Jerusalén.

Era ya la media tarde de aquel sábado de octubre y no tenía yo nada que hacer en Tel-Aviv hasta el martes por la mañana, cuando iría invitado a visitar algunos centros de educación especial y a moderar un seminario antes de volver a España. Movido como por un resorte cerré mi gramática de ladino y volví al hotel. Pedí a la centralita que me buscasen el teléfono del Instituto Bíblico de Jerusalén y que, por favor, me consiguiesen la extensión de la comunidad de los padres jesuitas que trabajaban en el mismo y me comunicase con ellos. La operadora tardó un poco en conseguirlo, pero al final una voz con acento francés, aunque hablando inglés, me respondió al otro extremo de la línea. Expliqué que no estaba seguro de ello, pero que me parecía recordar que el padre Elías Adler estaba investigando en el instituto.

Mi interlocutor me dijo que sí, que Elías Adler enseñaba allí desde hacía dos años, pero que no se encontraba en casa en esos momentos pues había viajado a muchos kilómetros de la ciudad, como Elías mismo me explicaría luego, para ayudar a preparar el traslado de unos papiros, que eran parte de unos hallazgos arqueológicos. No obstante, se le esperaba de vuelta pero tarde. Me aseguró que le daría mi recado y mi teléfono del hotel, y que, si lo deseaba, podía telefonear al día siguiente hacia mediodía.

Orilla. Foto R.Puig

El día de playa me había abierto el apetito y producido en mí un estado de lasitud creciente que aumentó tras la cena temprana. Así que hacia las diez de la noche ya estaba dormido. Los timbrazos del teléfono me sacaron del sueño a eso de las once. Medio desorientado oí las excusas de la operadora que me explicó que un señor de apellido Adler había insistido mucho en hablar conmigo. Le había indicado que los españoles se acuestan tarde y que yo seguramente todavía estaría leyendo. Con una voz que no lo demostraba le contesté que no se preocupase, que sí, que estaba despierto y leyendo.

Así que pasados unos segundos escuché la voz de Elías saludándome animadamente en castellano con su acento gringo. “Tengo verdaderas ganas de verte. Han pasado tantos años y hay muchas cosas que podremos contarnos”. Yo trataba de estar a la altura de su entusiasmo, pero seguramente mi tono de voz al responder que yo también estaba deseando verle reflejaba el grado de embotamiento en el que estaba. Percibiendo mi brusca interrupción del primer sueño, añadió: “Me temo que te he despertado de forma intempestiva. Te dejaré dormir tranquilo. En realidad yo también estoy agotado. Acabo de llegar de viaje. Pero dime a qué hora puedo venir mañana por la tarde a tu hotel”. Como ya me estaba espabilando, repliqué que lo que él me tendría que contar armonizaría mejor con Jerusalem y con el Instituto Bíblico que con un lujoso hotel impersonal de Tel-Aviv. Además llevaba casi una semana en esta ciudad y no quería irme sin dar una vuelta por Jerusalem.

“Alquilaré un coche y aprovecharé el domingo para viajar temprano”, le dije. La idea le pareció excelente. “Además el tráfico será menor un domingo por la mañana. Si consigues llegar a las once de la mañana podría interesarte asistir a la misa que celebró en rito copto en la iglesia del Santo Sepulcro. Te será fácil encontrarme, pues a esa hora sólo hay prevista una celebración. Aunque en este lugar nunca se sabe, hay que estar preparado para las sorpresas. Ya te explicaré más tarde, pero los roces entre las distintas confesiones cristianas son frecuentes”.

Comenzaría pues el domingo viendo a Elías revestido solemnemente y celebrando misa en el rito de la Iglesia Copta me pareció una novedad atrayente. Mi curiosidad casi nunca me ha defraudado. Por entonces no creía ya en los dogmas de la Iglesia, pero guardaba un gran respeto y mi interés por los aspectos culturales y artísticos, sin mencionar los antropológicos, históricos y morales, de los dos mil años de historia cristiana. Si bien, no se me había ocurrido pensar que, evidentemente, Elías había continuado con su carrera y ahora era un sacerdote jesuita con las prerrogativas litúrgicas y sacramentales que esa condición conllevaba y se me hacía difícil imaginarlo bajo su nueva investidura.

Nos dimos las buenas noches y yo me apresuré a llamar a la centralita del hotel para pedir que me despertasen a las siete y que hicieran lo posible por tenerme reservado un coche de alquiler para las ocho y media, un mapa de carreteras y un plano de Jerusalem. A pesar de lo avanzado de la hora me dijeron que era factible y que podía dormir tranquilo.

continuará…

Memoranda. Foto R.Puig

Memoranda. Foto R.Puig


(*) Le debo a mi buen amigo Manuel García Viso, por muchos años compañero de trabajo y de aventuras editoriales, bibliómano y bibliófilo, y finísimo revisor de textos y de estilo, que hace ya seis años tuviera la paciencia de leer aquellas páginas, aportándome numerosas mejoras. Ahora trato de que mis pinitos novelísticos no hayan caído en saco roto.

 

 

 

Señales

3 mayo, 2020
Apertura. Foto R.Puig

Apertura. Foto R. Puig

Han sido dos semanas de inestabilidad atmosférica, de lluvias, vientos, en pocas palabras de un tiempo de abril, el de las aguas mil. Ahora, como si decir mayo fuese mágico, la costa blanca se ha templado, de tal modo que pareciera que ya estamos en verano. Ayer mismo, hemos salido a paseo, con ocasión de eso que han dado en llamar la fase 0, parte de lo que han bautizado como la desescalada, pues nos dicen que ya se alcanzó el pico.

Ya saben a lo que me refiero y, si han practicado el alpinismo cuando eran jóvenes, recordarán que tras la ascensión a las cimas había que descender al valle. Con el cansancio en las piernas y las laboriosidad del retorno, si te distraías podías resbalar y tener un grave disgusto. Así, cerca ya del valle, murió un querido compañero, y experimentado alpinista, que me enseñó a trepar por glaciares en cordada e incluso a descolgarme en rápel, mientras yo, el aficionado que nunca pasó del esguince o de una muñeca escayolada -desigualdades de la vida- todavía estoy aquí para añorarlo.

Ayer, segundo día de mayo, hemos encontrado las primeras flores silvestres cerca de la orilla de la playa.

Flores de la costa. Foto R.Puig

Flores de la costa. Foto R.Puig

Es una nimiedad, sólo son señales de la tenacidad de la vida, esas pequeñas maravillas  suyas, de las cuales -¡cómo son las cosas!- también hacemos ramilletes para despedir a los muertos. Y de éstos en los recientes meses hemos tenido tantos, sobre todo entre los viejos, los ancianos. Oficialmente se ponían al día unas cifras frías y sin rostro, correspondientes a los que han acabado su vida asistidos por los sanitarios. Los otros, los que han muerto de una muerte en abandono, dolorosamente y sin cuidados, los  no asistidos, los encontrados, no figuran en las cifras oficiales, sólo hay estimaciones y un goteo de duras, tristes, crónicas en los medios. Y todavía estamos esperando que además de los aplausos se ponga alguna bandera del Estado a media asta.

Así que mi nimiedad de hoy, con un nudo que se me hace por ahí dentro, son las flores de mi paseo de ayer, que traigo aquí pensando en todos los caídos, pero en especial en tantos veteranos no nombrados, que no han podido retornar al llano.

Flores. Foto R.Puig

Flores de la costa. Foto R.Puig


NOTA: Lo que en materia de información aquí expreso corresponde a lo que he percibido en estas semanas en España. Por el contrario en las emisiones de BBC World News, que sintonizo gracias a una antena parabólica, los noticieros presentan a diario una galería con fotos y nombres de fallecidos por esta pandemia que los familiares envían a la cadena como sencillo homenaje que les ayuda a sobrellevar el luto. Señales similares individualizadas (salvo error u omisión de mi parte) no las he visto en las pantallas de los medios españoles, sea al menos para compensar la fría ausencia del luto en las largas ruedas de prensa del gobierno.

Del bermejo y del verde

26 abril, 2020
Veinte de abril. 20:45 h. Foto R.Puig

Veinte de abril. 20:45 h. Foto R.Puig

Bermejo

En la Antigüedad se extraía el color rojo bermejo –equivalente al bermellón que se dice en pintura y que procede del francés (vermillon)- de un insecto o vermiculus  parecido a la cochinilla, también llamado quermes.

El pigmento bermejo era pues raro y preciado y señal de alto linaje, por lo que los nobles llevaban calzas bermejas.

Los atardeceres bermejos de la playa de la Almadraba son como un baño de nobleza a disposición de todas las almas voladoras, un espaldarazo a disposición de todos, sin distinción de nobles o plebeyos. Son tardes rubescentes que nuestra imaginación cabalga en busca de algún santo grial.

Veinte de abril.20 45 h. Foto R.Puig

Veinte de abril.20 45 h. Foto R.Puig

El cielo y sus nubes están teñidos, como esos mantos centrales en muchos cuadros de Pedro Pablo Rubens (cuyo apellido en latín significa bermejo), de colores erubescentes, como si la tarde se retirase con su rostro velado de pudor (tum rubescere pudore) a la manera del oro que con el fuego enrojece.

Rubens. Adoración de los Magos. Detalle. Museo del Prado

Rubens. Adoración de los Magos. Detalle. Museo del Prado

Erasmo comentaba en uno de sus adagios que al pudor le acompaña el rubor y al miedo la palidez : tum rubescere pudore, tum metu pallescere  (*).

  Erubescens. Foto R.Puig

Esas nubes y las corrientes que las arrastran me lleva también a otra corriente lejana que nace en Bolivia y discurre por el Chaco argentino hasta desembocar en el río Paraguay. Me refiero al único río en el mundo (que yo sepa) que se llama como Rubens y hace legendaria a una ciudad que se inunda de forma periódica a sus orillas : Puerto Bermejo (nuevo)

El río Bermejo. Argentina.Foto Agencia Télam.

El río Bermejo. Argentina.Foto Agencia Télam.

Algunos sólo hemos soñado aquellas inmensidades de la Cuenca del Plata, inervadas por las corrientes de ríos anchurosos que ya cerca del Atlántico, arracimados se hacen mar.

La ciudad perdida de Puerto Bermejo estaba ubicada a cien kilómetros de Resistencia, a orillas del río Paraguay. Era una ciudad llena de gracia, que en su momento hasta fue la segunda en importancia del Chaco. Aquella esplendorosa urbe yace hoy en el fondo del citado río, cubierta de agua, de yuyos y malezas. La historia del Macondo de Cien años de soledad se repitió en Puerto Bermejo, donde sólo queda en pie el viejo cementerio que, curiosamente, es el único lugar que se niega a morir.

(Fuente www.perfil.com).

A finales del siglo XIX se asentaron en aquellas orillas los primeros pobladores argentinos, previo permiso de los caciques indígenas que desde siglos las regentaban. Debe producir una sensación especial bogar por primera vez por esas aguas bermejas.

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Verde

Por las orillas del Río Girona que alimenta desde milenios la orilla pedregosa de mi playa, como por otros valles de la Marina Alta, han comenzado a abrirse los pimpollos de olivo y el polen de sus flores a volar.

También eclosionan los verdes olivos por muchas comarcas de España.

Olivo fecundo. Foto Ramón Bermúdez Cañete

Olivo fecundo. Foto Ramón Bermúdez Cañete

De Andalucía, un querido amigo y compañero de mis años de colegio, que vive entre olivares cordobeses y para ser exactos en tierras de Cabra (donde nació mi abuela paterna), me ha enviado tres fotos de sus olivos.

Trama antes de abrir la flor. Foto Ramón Bermúdez Cañete

Trama antes de abrir la flor. Foto Ramón Bermúdez Cañete

El olivo echa la trama,

y la trama, la aceituna;

eres hombre de dos caras;

yo, mujer, y tengo una.

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 Cancionero popular de Priego (Poesía cordobesa de cante y baile), por Enrique Alcalá Ortiz, Priego de Córdoba, t. I, 1984, y t. II, 1986.

Flor del olivo. Foto Ramón Bermúdez Cañete

Flor del olivo. Foto Ramón Bermúdez Cañete

Olivares, Dios os dé
los eneros
de aguaceros,
los agostos de agua al pie,
los vientos primaverales,
vuestras flores racimadas;
y las lluvias otoñales
vuestras olivas moradas.

Antonio Machado, del poema “Los olivos” en Campos de Castilla (1907-1917)

Pasarán la cuarentenas, pasaremos todos y los añosos olivos seguirán floreciendo y las aceitunas vareándose…


(*) Adagio III, V, 90. Semel rubidus ac decies pallidus  (“Rojo una vez, diez veces pálido”).

Breverías erasmianas (XLI): “Quaevis terra patria” (Toda tierra es patria)

19 abril, 2020
Abra, óleo sobre lienzo, detalle. 2009, R.Puig

“Abra”, óleo sobre lienzo, detalle. 2009, R. Puig

Siempre hubo y siempre habrá causas que impulsen a multitudes de personas a buscar refugio. Siempre hubo y siempre habrá epidemias y desastres que pongan a prueba la solidaridad entre seres humanos, que se demuestra con hechos y no con palabras. Fue así en el pasado y lo estamos experimentando ahora, con la particularidad de que esta vez nadie está exento.

Todos necesitamos abrigo, todos buscamos el abra de salvación. Siempre fue y es de actualidad uno de los adagios que Erasmo de Rotterdam comentó en su Adagiorum collectanea :

“Quaevis terra patria”

Toda tierra es patria

Adagio ΙΙ, ii, 93

“Cualquier país es patria”

Este es el hemistiquio del oráculo que obtuvo como respuesta Meleo el Pelasgo cuando inquirió por la victoria, como recuerda Mnaseas y según refieren Zenódoto y Dionisio el Calcídico. Advierte este adagio que el hombre sabio y bueno será feliz en cualquier lugar donde viva gente.

Admonet adagium virum sapientem ac bonum, ubicumque gentium vixerit, felicem esse.

A este propósito cuando a Sócrates le preguntaron de dónde era ciudadano (kosmikón), respondió que lo era del mundo.

Unde et Socrates interrogatus, cuiatis esset, κοσμικόν, id est mundanum, se esse respondit 

Aristófanes apunta a lo mismo en su “Pluto”:

La patria está donde te sientes bien,

es decir

La patria está allí donde te encuentres bien

Πατρὶς γάρ ἐστι πασ’, ἵν’ ἅν πράττᾙ τις εὖ,

id est

Illic enim patria est, ubi tibi sit bene.

Abra. Foto R.Puig

Abra. Foto R.Puig

Es Mercurio quien lo afirma cuando -al precio incluso de dejar el cielo- desea vivir en el hogar de Cremilo y no porque este sea rico, sino porque estaba convencido de que la patria del hombre es cualquier sitio donde le vaya bien, adaptando su vida a la escasez del exilio.

…usqueadeo credebat ibi demum esse patriam homini, ubicumque feliciter ageret, illic exilium, ubi parum commode viveret.

Viene aquí al caso un cierto verso proverbial:

La prosperidad convierte en patria cualquier lugar.

Fertur hic quoque versiculus proverbials :

Σοἶς γὰρ καλὦς πράσσουσι πασα γᾛ πατρίς,  id est

Solum omne patria, prospere quicumque agit.

 

Horizonte. Foto R.Puig

Horizonte. Foto R.Puig

Cicerón comenta en el quinto libro de sus “Disputaciones tusculanas” que esas palabras son de Teucro en una tragedia, y que este dicho de Teucro se puede adaptar a cualquier contexto, pues la patria está doquiera se está bien.

Patria est, ubicumque est bene

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En la tradición de Erasmo

Hay un antiguo refrán castellano que dice Al buen varón tierras ajenas patria le son. Lo glosa el Comendador Hernán Núñez en la página 255 de su libro “Proverbios en romance, que coligió y glosó el Comendador Hernán Núñez, profesor de retórica y griego en la Universidad de Salamanca” (Lérida, publicado por Luis Manescal, “mercader de libros”, 1621). Reproduce en parte el mismo adagio erasmiano, incluyendo la mención de las palabras del oráculo respondiendo a Meleo el Pelasgo, así como las de Aristófanes y Cicerón, aunque añadiendo, tras citar al poeta Estacio, su traducción de unos versos de Ovidio en su primer libro de los Fastos

Para el fuerte varon, patria es suave

Qualquier tierra, segun la mar al peze,

Y quanto ay en el mundo abierto al ave

Proverbios y romances que coligió Hernán Núñez, Lerida 1621

Proverbios y romances que coligió Hernán Núñez, Lerida 1621

Gran parte de la glosa del proverbio está sacada del comentario de Erasmo que data de un siglo antes. Lo que demuestra la influencia del gran humanista en la las “letras humanas” (las Humanidades) de la España de los siglos XVI y XVII, como reconoce el prólogo del Maestro León, “Catedrático de Prima de Latín y Griego” sobre “el valor y autoridad de los refranes”, cuando se refiere a otros que los coleccionaron y en primer lugar menciona la obra de Erasmo.

Hernán Nuñez termina la glosa de este proverbio con el siguiente ejemplo de cómo los seres humanos acaban acomodándose en otras tierras y teniéndolas por su patria :

 …lo hazen nuestros españoles, que unos por el Occidente, y otros por el Medio día van a las Indias, a donde se quedan, haziendose naturales, tan lexos de su patria, que es gran maravilla pensar la osadía dellos, que en cama de maderas vayan a las estrañas regiones, y quedandose allà, digan: Al buen varon tierras agenas patria le son

Era este el ejemplo más patente de la mayor emigración española de la época. Así que no creo que haya que sentirse hoy invadidos por los inmigrantes y refugiados de nuestro tiempo, teniendo en cuenta que ya España fue un país de inmigraciones masivas de diversos pueblos en la Antigüedad cuando todavía era Hispania y de los árabes cuando se constituía como España. ¡Y masivas fueron las emigraciones españolas hacia América y Filipinas en la Edad Moderna! Multitud de refugiados y de emigrantes partieron también hacia América tras la Guerra Civil y se calcula en dos millones los españoles que emigraron a Europa en busca de trabajo y de una vida mejor a mediados del siglo XX.

La portada de este libro, impreso en Lérida, en tierras catalanas parte de la Corona española, cuando reinaba Felipe III, reproduce el Escudo de España vigente desde Felipe II a Carlos II (1556 a 1700) 

Escudo de Armas de Felipe II a Carlos II.Fuente Heráldica Hispánica. Autor De Miguillen

Heráldica Hispánica, FotoDe Miguillen.

Este versión es de la wikipedia en el artículo dedicado a  Felipe III, quien en 1621 era “rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalem, de Portugal, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarbes, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, Islas y Tierra firme del Mar Oceano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, Milán, y de Lerma, Conde de Habsburgo, de Flandes, de Tirol y de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina de Aragón”, como quieren simbolizar los blasones que agrupa el escudo.


El texto latino procede de  Les Adages d’Érasme, présentés par les Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), 2010, pág. 993. La traducción es mía.