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Breverías erasmianas (XXIV b). El rescate del naufragio (“Naufragium”)

13 diciembre, 2015
Artan. Restos de un naufragio.jpg

Artan. Restos de un naufragio.jpg

El domingo pasado habíamos dejado, de rodillas y en oración, a la tripulación y al pasaje de un navío, a punto de desbaratarse, zarandeado por las aguas de un Mar del Norte desencadenado.

Cumpliendo con lo prometido, sigamos hoy hasta el final este coloquio de Erasmo

II

Aquí llega la parte más dramática de la situación que Adolfo sigue describiendo con viveza…

Llegamos tan cerca de tierra que los vecinos del lugar, viendo en qué peligro estábamos y acudiendo en masa a la orilla más avanzada, agitaban gorros y capas ensartados en pértigas, haciendo señas para guiarnos hacia ellos, y elevaban sus brazos al cielo para expresar conmiseración por nuestra suerte

El barco se llenaba de agua…

Jam mare totam navim occuparat…

La chalupa de salvamento ha sido lanzada al agua, todos en masa quieren embarcar primero, los marineros gritan, queriendo poner orden y exhortando a quienes no caben a procurarse todo aquello que pueda flotar y saltar al agua.

uno agarró un remo, otro un asta, quien una cuba, quien una tina, quien una tabla

alius arripit remum, alius contum, alius alveum, alius situlam, alius tabulam

.

Elogio de la mujer lactante

En cuanto a la madre y su niño, esto es lo que nos cuenta Adolfo:

Entre varios pasajeros y marineros amarraron a la mujer lactante a una plancha curva y le dieron una tabla a modo de remo. Después de que la impulsaran con una pértiga, pues era peligroso estar cerca del navío, la mujer, mientras sujetaba a su bebé con un brazo, remaba con el otro.

Antonio pregunta cómo acabó para ella la aventura y Adolfo responde:

Llegó antes que nadie a la orilla

Illa omnium prima pervenit ad litus

A lo que Antonio, usando un substantivo latino que hoy alguien podría tildar de sexista, -pero que conviene situar en un contexto marinero del siglo XVI- exclama con llaneza:

¡Qué machota!

O viraginem!

Virago designa aquí a una mujer que iguala, si es que no supera, el coraje de cualquier varón (vir) y desafía con valentía al mar furioso

Aïvazovski. Naufragio en el mar del Norte.Museo de los Mekitaristas. Venecia.jpg

Aïvazovski. Naufragio en el mar del Norte.Museo de los Mekitaristas. Venecia.jpg

.

A las duras y a las maduras

Mientras tanto, la chalupa, sobrecargada con treinta ocupantes, se hundía.

Adolfo, de tanto ayudar a los demás, se había olvidado de sí mismo y

no quedaba ningún objeto que sirviese para flotar

nihil supererat aptum natationi

Pero, con la ayuda de alguien, consigue arrancar la base de un mástil y, aferrando cada uno un extremo del madero, se lanzan ambos al agua. Cuando ya están nadando, hete aquí que…

…el cura, aquel que predicaba en la nave, se le cuelga de los hombros. Para colmo, era un tipo corpulento

…erat ingente corpore

Los dos nadadores gritan:

“¿Quién es ese tercero? ¡Este nos pierde a todos!”

“Quis ille tertius? Is perdet nos omnneis!”

A lo que el cura replica plácidamente:

“Mantened el ánimo. Hay espacio suficiente. Dios nos ayudará”

“Sitis bono animo; sat spaciis est. Deus aderit nobis”

No sabían que el cura no había conseguido subir a chalupa. Se había entretenido confesándose con un fraile dominico que también iba a bordo. Mientras se absolvían recíprocamente, el barco se había hundido.

Por lo que el cura contaría más tarde, el dominico, tras invocar a todos los santos y en particular a Santa Catalina de Siena, se había zambullido desnudo.

Antonio reflexiona:

¡Puesto que nadaba sin el hábito, la santa no pudo reconocerle!

Por desgracia, el timón, que flotaba suelto a merced de las olas, golpeó al hombre que había ayudado a Adolfo y que se agarraba el otro extremo del madero. El desgraciado desapareció bajo el agua.

El cura, recitando el “Requiem aeternam”, ocupó su lugar y se puso a mover las piernas enérgicamente.

.

Habilidades en caso de naufragio

A todo esto, Adolfo boqueaba trabajosamente:

tragábamos mucha agua salada

potabamus multum aquae salae

Felizmente, el cura tiene solución para todo y le muestra la forma de remediarlo:

Cada vez que les llegaba una ola, le oponía la nuca, con la boca cerrada

Quoties onda nobis ocurreret, ille opposuit occipitum, ore clauso

Y Antonio, exclama admirado :

¡Fuerte el viejo del que me hablas!

Strenuum senem michi narras

Pero el viejo clérigo aún guardaba otros recursos que iban a salvar la vida del narrador…

Cuando, tras nadar durante un rato, habíamos progresado algo, el sacerdote, que era sorprendentemente alto, exclama:

“¡Ánimo! ¡ya siento el fondo!”

“Bono, es animo; sentio vadum”

Yo no me atrevo a creer en tan buena suerte y respondo:

“Estamos demasiado lejos de la orilla como para tocar el fondo”

“¡Al contrario! –replica él- ¡siento el suelo con los pies!”

“Imo, inquit, sentio pedibus terram”

“Sin duda es un baúl que ha rodado hasta aquí”

“¡No! –repite- siento la arena que me hace cosquillas entre los dedos”

“Imo, inquit, scalptu digitorum plane sentio terram”

Seguimos nadando un poco más y al haber hecho pie otra vez, insiste el cura:

“Tú haz lo que te parezca mejor, yo te cedo el palo entero y prefiero confiarme a la tierra firme”

De modo que, tras el paso de una ola, echaba a correr lo más rápidamente posible. Cuando se acercaba otra, se encogía abrazando sus rodillas con ambas manos y resistía a la violencia de las aguas ocultándose bajo ellas, como hacen las aves marinas y los patos. Cuando la ola se retiraba, emergía y reemprendía la carrera.

Al ver que lo conseguía, yo le imité.

 

Magro consuelo

Francesco Fidanza. Mar tempestuoso. Galleria Corsini. Roma.jpg

Francesco Fidanza. Mar tempestuoso. Galleria Corsini. Roma.jpg

En la playa, había hombres robustos, habituados a las olas, que formaban una cadena aferrando largas varas para defenderse de la fuerza de las aguas, de manera que el último le tendía la suya al náufrago. Cuando éste la agarraba, reculaban todos hacia la orilla hasta ponerlo a reparo en tierra firme

Gracias a este procedimiento se salvaron algunos.

Hac ope servati sunt aliquot

¿Cuántos? pregunta Antonio

Siete, aunque dos de ellas sucumbieron al calor, una vez cerca del fuego

Septem: verum ex his duo soluti sunt tepore, admoti igni

Esa es la cifra de supervivientes que recuerda Adolfo, de un total de cincuenta y ocho náufragos.

A lo que exclama Antonio:

¡Mar cruel!, ¡podría haberse contentado con el diezmo que les basta a los eclesiásticos! ¡De tantos tan pocos devolvió!

…Ex tanto numero tam paucos reddidit

Así que, queridos lectores, si mis cuentas son correctas, de este naufragio se salvaron un bebé y su madre, el reverendo Adam, sexagenario, el narrador, es decir Adolfo, que así pudo contarlo, y un quinto superviviente que el coloquio no identifica.

.

Final bátavo

Adolfo. – Las gentes del país nos han tratado con extraordinaria bondad: con incomparable diligencia nos han proporcionado todo, cobijo, fuego, comida, ropa y dinero para continuar nuestro viaje

…omnia nobis mira alacritate suppeditantis, hospitium, ignem, cibum, vestes, viaticum

Antonio. – ¿A qué nación pertenecían?

Adolfo. – Eran holandeses.

Antonio. – No hay gente más humanitaria que ellos, a pesar de estar rodeados de pueblos salvajes.

Ista nihil humanius, cum tamen feris nationibus cincta sit

Antonio. – Pienso que tras esto no irás más en busca de Neptuno.

Non repetes, opinor, post hac Neptunum.

Adolfo. – No, salvo que Dios me prive de razón.

Antonio. – Por lo que a mi respecta, prefiero escuchar este tipo de aventuras que vivirlas.

Et ego malim audire tales fabulas, quam experiri

.

Breve glosa

Erasmo no es aquí muy benigno con los germanos, a su juicio rudas gentes que rodeaban a los cultivados humanistas de su tierra holandesa. Si bien peca de un cierto chauvinismo, tenía un motivo que le obnubilaba: los impresores alemanes a su juicio eran malos.  Para Erasmo la imprenta es una piedra de toque del progreso de un pueblo y en Alemania “no se permite a todos ser panaderos, pero el oficio de impresor no se le niega a nadie”. Para colmo, en los monasterios alemanes “los monjes esconden y maltratan valiosos manuscritos que ni siquiera dejan consultar” (de su comentario al adagio Festina lente). Antes de ir a morir a Basilea, residió varios años en Friburgo y llegó a escribir que si aguantaba seguir a disgusto en Alemania era por que no le quedaba otra opción (carta a Érasme Schets, 20 de abril de 1531). Para colmo, unos años más tarde una plaga de pulgas hace estragos en la ciudad, a pesar de que la bruja a la que se acusó de haberlas diseminado por orden del demonio, ya había sido quemada (carta a Pierre Richardot, 19 de noviembre de 1533).

Pero, una de cal y otra de arena, en otro lugar habla de las interesantes experiencias alemanas en materia de terapia de la epilepsia a través del canto (“Del poder de la música”. Comentario al Salmo XXXVIII).  Erasmo reconoció, en esta y otras ocasiones, que también en Alemania había cosas buenas.

Sea como sea, hoy seguramente se hubiera desdicho, tras escuchar el tono del actual primer ministro en los Países Bajos, Mark Rutte (quien asumirá la presidencia rotatoria de la UE en enero),  cuando el 26 de noviembre calificaba a los refugiados como una amenaza, similar a la de la invasión del Imperio Romano por los bárbaros. Por el contrario, en Alemania, el día anterior, la Canciller Angela Merkel seguía jugándose el cargo por defender el derecho al asilo de los cientos de miles de náufragos de nuestros días, al declarar “podemos hacerlo”.

Así que, en definitiva ¿cómo saber quiénes son hoy los humanius (la gente más humanitaria) que, mira alacritate suppeditantis (con incomparable diligencia), proporciona hospitium, ignem, cibum, vestes, viaticum (cobijo, fuego, comida, ropa y dinero para el viaje) a las personas que escapan del naufragio de su tierra natal?

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Texto latino: he utilizado la edición publicada en Leiden en 1664 (“ex oficina hackiana”) que reproduce la edición completa de Froben (Basilea 1533) con sus notas.

Tres carabelas. Grabado de Franz Huys basado en dibujo de Bruegel. Biblioteca Real de Bruselas.jpg

Tres carabelas. Grabado de Franz Huys basado en dibujo de Bruegel. Biblioteca Real de Bruselas.jpg

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  1. Luis Bernardo José Regal Alberti permalink
    14 diciembre, 2015 02:32

    En mi luna de miel, 1970, en Acapulco, me metí en el mar en una playa que no conocía. Vi gente mar adentro nadando y creí que todo estaba en orden. En eso empezaron unas olas gigantescas, que después vimos que era un ciclo fuerte y luego uno de calma. Lo cierto es que sólo me quedó meterme bajo cada ola encogido como una pelota sin luchar contra el mar. ¡Mi señora ya estaba en la orilla con un amigo y una llanta de salvataje! Pasaron las olas grandes y pude salir a la playa! ¡Por supuesto no tuve ganas de nadar mar adentro hacia el grupo que había visto a lo lejos! En la playa de Chira, más al sur de Chorrillos, me pasó algo semejante (1958…) mientras me bañaba con Alberto Maguiña. Hice lo mismo, envolverme como una pelota y dejar que las olas jueguen conmigo hasta que se tranquilicen y me dejen libre…Por lo demás me he considerado siempre amigo del mar.

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