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“Versión extraviada” (5)

19 julio, 2020

 

 

Loyola University, Chicago. Lake shore camous. Foto luc.edu

Loyola University, Chicago. Lake shore campus. Foto luc.edu

Capitulo 5

Último encuentro con Elías

Habían pasado ya siete años de nuestro encuentro en Jerusalem cuando recibí una llamada telefónica de Elías. Ya no estaba en la Compañía de Jesús, aunque me dijo que lo había dejado en buenos términos, hasta el punto de que había seguido enseñando en la Loyola University después de colgar los hábitos.

Su voz denotaba fatiga, pero seguía teniendo la chispa de la pasión por el estudio, pues apenas me dejó preguntarle por su salud y por su vida en general. Simplemente, discutimos los aspectos concretos de cuándo podríamos vernos para tratar de los resultados de su trabajo.

Para entonces estaba yo disfrutando de un año sabático y, además, me quemaba la curiosidad. Lo único que pude sacarle sobre sus progresos con el manuscrito fue lo siguiente

Está acabado y por ello necesito que vengas, no me queda mucho tiempo. Te pondré al corriente cuando estés en Chicago.

Estuve listo para viajar en una semana.

Cuando llegué estaba irreconocible físicamente. Le estaba consumiendo el cáncer y la quimioterapia, sin muchas esperanzas. Me contó que durante unos meses, después de su exclaustración, había estado conviviendo con Laura Escobar, la teóloga a la que me había presentado en Jerusalem y a quien él había obtenido un empleo en el colegio de los jesuitas, como profesora de religión. Pero no la tenía al corriente de sus investigaciones y ella se iba poniendo más y más insistente con sus preguntas, hasta el punto de que Elías se había buscado una pequeña habitación en casa de unos parientes de su madre, donde nadie se metía en sus cosas.  Allí, en el barrio de Pilsen, había concluido la traducción del manuscrito y la preparación de su edición.

Pilsen, Chicago. Foto chicago. gov

Pilsen, Chicago. Foto chicago. gov

Cuando Elías supo que Laura se había comprometido con el Opus Dei y ella empezó a hacerle preguntas, como si supiese algo sobre su trabajo con los papiros, Elías tomó la iniciativa de separarse. Ella compaginaba ahora sus clases en Chicago durante un semestre con largas temporadas en Alemania, donde iba a hacer compañía a sus padres, ya mayores, de origen chileno, pero instalados allí desde el golpe de Pinochet.

Elías me confió que los rollos del manuscrito estaban en una caja de seguridad de un banco junto con dos copias, una en microfilm y la otra en papel fotográfico, así como la transcripción y la traducción. Él tenía a mano su copia de trabajo y urgido por su mal estado de salud (le habían anunciado que podría fallecer en pocas semanas), me rogó que tratase de publicarla, bien en inglés, como él la tenía lista, bien en español.  Pero que, en todo caso, me coordinase con nuestro común y viejo amigo Jeffrey, que seguía en la Orden como profesor de exégesis bíblica, y que, llegado el momento oportuno pensaba sacar una edición crítica del facsímil, su transcripción y la versión inglesa. Jeffrey estaba convencido de que obtendría la autorización de sus superiores para hacerlo. En casa de Elías volví a ver a Jeffrey y nos dimos nuestros teléfonos y direcciones. Sólo él y Elías tenían acceso a la caja de seguridad del banco, que estaba en un apartado de los que algunos bancos tienen con ambiente climatizado para la conservación y custodia de documentos antiguos y frágiles.

Quería quedarme una semana más para hacerle compañía, pero una llamada de mi hermana, se trataba de la salud de mi padre, me hizo volver a España con urgencia. Me fui pues con las copias impresas de las imágenes del microfilm, copia de las antiguas fotos de la vasija y su inscripción, así como de la transcripción y de la versión inglesa. Le prometí a Elías que me pondría manos a la obra con la versión española y que le llamaría tanto a él como a Jeffrey para consultar dudas.

Así lo hice durante tres meses largos en los que me zambullí en el trabajo, dedicando todo mi tiempo libre hasta acabarlo. En mis llamadas a mi amigo lo fui notando más y más deteriorado. Yo había asistido al progresivo declinar de mi padre antes de morir, y este paralelismo me apesadumbró más aún si cabía. Al final era sólo con Jeffrey con quien hablaba, hasta que una noche me llamó él para anunciarme la muerte de Elías. Tomé el primer vuelo para Chicago vía Nueva York y pude llegar a su entierro.

Me hospedé en un pequeño hotel cerca de la casa de los parientes de Elías. Conmigo había traído el material que él me había dado, con el objetivo de quedarme un par de semanas a aclarar dudas con Jeffrey. Por las prisas sólo dejé copias en España de la versión inglesa, de mi traducción al español y de la foto de la vasija.

Fui directamente al entierro, dejando un mensaje en la residencia de Jeffrey con los datos de mi hotel. Naturalmente esperaba encontrarlo en el funeral, pero no estaba. Sí estaba en cambio Laura Escobar. Me extrañó mucho la ausencia de Jeffrey. Le pregunté a Laura si le conocía y si le había visto y me respondió que no.

Como mi vuelo de vuelta estaba abierto, llamé dos días después al teléfono de Jeffrey en su comunidad de jesuitas. La persona en la centralita, me dijo que había sido convocado a Roma por la curia del Prepósito General de los Jesuitas. No había dejado ningún recado para mí, lo que me sorprendió mucho.

En casa de los parientes de la madre de Elías, a quienes conocía de mi anterior visita, nadie me supo dar razón y ya no había ningún material de trabajo que les hubiese confiado. Tampoco ningún recado para mí.

De regreso a mi hotel, me llevé una sorpresa mayúscula. En mi ausencia habían desaparecido mis documentos, salvo el texto castellano y la transcripción inglesa que había llevado en mi carpeta de cuero de la que no me separaba ni un momento. Pero me habían sustraído las copias fotostáticas del manuscrito y las fotocopias de la transcripción.

No quise alertar al personal del hotel, pues hubiera tenido que dar explicaciones a la policía e incluso ser retenido demasiado tiempo en Chicago. Pregunté en recepción si en mi ausencia alguien había preguntado por mí. Dijeron que una mujer morena se había inscrito en el hotel esa tarde. Se trataba de una tal Irene Martínez, que había dicho que yo le había recomendado el hotel. Había pedido una habitación vecina a la mía, en el segundo piso. La descripción coincidía con Laura. Había llegado con un bolso de mano, diciendo que la maleta, por problemas de conexión de vuelos, la depositaría la compañía aérea al día siguiente en el hotel. La mujer había estado en su habitación unos quince minutos, diciendo que volvería, pues había quedado conmigo.

Desde la habitación llamé para reservar el primer vuelo disponible y al día siguiente llegaba a Europa. Confiaba aún en localizar a Jeffrey en Roma. Al fin y al cabo él tenía copia de todo y probablemente Elías le había dejado poderes para acceder al manuscrito en el banco. Me ocuparía de ello en cuanto volviese a mi apartamento en Glasgow, en donde residía por entonces.

Estaba convencido de que debía acelerar la publicación del texto en castellano. De hecho ya había sondeado a un amigo de la editorial en la que ahora sale a la luz, sin dar detalles y presentándolo muy vagamente.

Pero ahora volvamos a la transcripción del manuscrito de las conversaciones de Samuel con María. He introducido subtítulos que no están en el original para mejor localizar los contenidos, pues a su autor no le dio tiempo a ordenarlo.

Lazaro

San Apolinar el Nuevo. Ravenna, siglo VI.

San Apolinar el Nuevo. Ravenna, siglo VI. Foto Wikipedia Commons

María:

Samuel, como ves, sigo sin hablar por orden. Pero es mejor así, pues si no se me van a borrar algunos recuerdos, míos o de los que estuvieron presentes y me lo contaron. Si quieres ordenarlo luego, bien estará. Sara me está escuchando y sabe que lo que digo es la verdad. Ella también ha hablado con Marta de lo que ocurrió tras la muerte de su hermano. Había entre los amigos de Lázaro un médico de Betsaida que había llegado tarde, cuando ya lo habían puesto en la tumba familiar. Cuando Jesús pidió que retirasen la piedra, el médico se había precipitado dentro con una antorcha, en parte para iluminar el interior y en parte para combatir el hedor de los cadáveres que había dentro.

Marta intentó detener a Jesús que, muy apenado y llorando por su amigo, quería entrar. Se abrazó a Jesús y le suplicó estremecida que no fuese más allá.  Jesús gritaba “Lázaro ¡sal fuera!”.

Todo lo que entonces ocurrió es un poco confuso, pero mi hijo estuvo siempre convencido de que su intercesión ante Dios resucitó a Lázaro. Es más, por entonces, Jesús estaba ya poseído por la idea de que tenía poder para resucitar muertos. En otro momento hablaré de cómo fue cambiando y llegó a creerse hijo de Dios.

Pero lo que ocurrió con Lázaro, pues Marta lo vio salir tambaleándose y del brazo de su amigo médico, haciendo esfuerzos para librarse del sudario, es que cuando este entró lo halló mudo de terror, parcialmente incorporado, en un estado indescriptible. Su muerte, le dijo luego el doctor de Betsaida, había sido aparente, lo habían sepultado vivo y habría muerto de verdad si su tumba no hubiera sido el amplio mausoleo familiar, una gruta en la roca.

En verdad, Jesús, con su creencia en sus propios poderes y su imparable atrevimiento, le salvó de la muerte, al mandar que abriesen la cripta familiar.  Yo he hablado con Lázaro y con Marta después de la muerte de Jesús. Y Lázaro, aunque sus recuerdos son aún confusos y traumáticos, me ha confirmado lo que ya Marta me había dicho.

Samuel:

Le he explicado a María que pienso retirarme un tiempo a Pella para corregir mis notas y hacer unas copias que mantendré al seguro. Podré también ordenar la transcripción de sus largos monólogos. Yo ayudo con mis preguntas tratando de apoyar con mis propios recuerdos. Con mi ayuda y la de Sara, cuando está presente espero conseguir que el testimonio precioso de la madre de Jesús llegue hasta el futuro. Quizás algún día sean necesarios para aclarar los hechos tal como sucedieron. Pero, de todos modos, es preferible dejar que fluyan sin trabas sus pensamientos. A ella le sirve además para aliviar sus preocupaciones por la confusión de versiones que están circulando. Al menos es un desahogo en toda confianza. Por mi parte, mientras me alcancen las fuerzas. me dedicaré a recoger sus memorias y a lograr que se trasmitan.

En el Templo

Giotto. Jesús entre los doctores. Capilla Scrovegni, Padua

Giotto. Jesús entre los doctores. Capilla Scrovegni, Padua

María:

Jesús, como muchos otros niños, iba a la escuela de la Torah durante los años en que vivíamos en Jerusalem. José había conseguido trabajo como carpintero en las construcciones que Antipas había ordenado en el barrio del Templo.

Mi esposo seguía insistiendo en que nuestro hijo iba a ser el Mesías esperado. Como ya expliqué, yo quedé encinta de la forma más natural, pero José se había llegado a creer sus propias historias sobre una forma milagrosa  de embarazo, para justificar nuestros desposorios cuando yo ya estaba preñada. En todo caso, a mí me parecía que Jesús era un niño como los demás, aunque pronto empezó a destacar entre sus compañeros de escuela.

Consiguió leer y escribir muy pronto y conocía de memoria las Sagradas Escrituras. Por entonces habitábamos en las afueras de Jerusalem y un día no volvió a casa a tiempo. Inquietos, fuimos José y yo al Templo a buscarle. Un grupo de doctores de la Ley que habían venido de varios lugares estaban sentados en el pórtico escuchando a Jesús, a quien el rabino Eleazar había escogido de entre todos los estudiantes para hacer una demostración del buen funcionamiento de su escuela de la Torah. Jesús llevaba un largo rato recitando y respondiendo para complacencia de todos aquellos sacerdotes y orgullo de su maestro. Pero el niño estaba ya exhausto y sobrexcitado.

Cuando José vio aquello se enojó y ya iba a entrar en el círculo para llevarse a Jesús de un brazo, cuando yo le detuve pidiéndole calma, y me acerqué lo suficiente para ser escuchada pero no demasiado, pues en una mujer se hubiese considerado un atrevimiento inaceptable. Comenzaron a mirarnos hasta que Jesús se dio cuenta también de que estábamos ahí. Fue entonces cuando le miré y le dije que su retraso en volver a casa nos tenía angustiados y que le habíamos buscado por todas partes.

“¿No sabéis que tengo que ocuparme de las cosas de mi padre?” y señaló a Eleazar. Aquella respuesta nos dejó inicialmente descolocados. Algunos doctores se reían, celebrando la agudeza del niño. Nosotros, por el contrario empezamos a preocuparnos sobre la influencia absorbente que el rabino Eleazar ejercía sobre Jesús. Temimos que acabasen por llenar con sueños la cabeza de nuestro hijo y que nos lo arrebatasen para el Templo. En ese momento comenzamos a ver claro el significado de las zalamerías de aquel maestro.

Por otro lado, José empezaba a quejarse de la dificultad creciente para conseguir encargos para su carpintería pues las obras de renovación de los alrededores del templo estaban acabando y yo echaba de menos Nazaret y nuestra familia. El miedo a la influencia excesiva de Eleazar sobre la mente de Jesús, que sólo tenía doce años, y todas las demás razones terminaron por decidirnos a volver a Galilea.

Panes y peces

Iglesia de la multiplicación.Mosaico s.V.Tabgha. Israel

Mosaico (s.v) Iglesia de la multiplicación.Tabgha. Israel

Samuel:

María me preguntaba a menudo sobre las cosas que se contaban de Jesús y de las que pude ser testigo, pues tras la muerte de Juan el Bautista yo había empezado a seguirle siempre que se me presentaba la oportunidad. Ella quería que le diese mi versión, porque los discípulos narraban muchos milagros y portentos. María era una mujer del pueblo y una judía piadosa llena de sentido común, y estaba bastante fatigada de oír tantas exageraciones. Yo, que soy escriba de profesión, también pienso que todo aquello que no responde a verdad no debe ser difundido.

Precisamente, tras la ejecución del Bautista, yo me alejé con los seguidores de Jesús a una zona alejada de las ciudades. Jesús se complacía en hablar a las gentes y, en la mejor tradición de nuestros santos rabinos, sabía consolar a todos. Los necesitados y los desocupados, los agricultores, los pastores, los pescadores del lago, se enteraban de que andaba por sus parajes y acudían con ánimo de verle y de escucharle. Recuerdo que además de repetir su elogio de Juan, habló contra la forma hipócrita que tenían los fariseos de aplicar los preceptos sobre la limpieza y la pureza, en especial sobre lo que se puede y no se puede comer por ser impuro. Así que, en aquella ocasión, después da hablar a una gran masa de gente, una mayoría de los cuales ignoraba muchos de esos preceptos, como el de lavarse las manos ante de comer, pues eran menesterosos, jornaleros y pescadores, dijo para que le oyesen algunos fariseos que le espiaban: “lo que sale del corazón, eso es lo que hace impuro al hombre, no el comer sin lavarse las manos”.

Recuerdo muy bien aquel día, pues luego se habló de un gran milagro, de que de pocos panes y peces había sacado comida para una muchedumbre. En realidad, eran unas doscientas personas, incluidas las mujeres y los niños.  Era la época de ir a Jerusalem para la Pascua y había mucha gente por los caminos. De hecho, Jesús estaba a veces un poco sombrío, anunciando que iría a la ciudad santa y que allí era bastante probable que tratasen de capturarle. Los discípulos no pensaban que eso fuese posible, pues estaban entusiasmados con el éxito popular de su maestro.

Pero, lo que María me preguntó es si era verdad que Jesús sacó de unos panes y de algunos peces lo necesario para dar de comer a una gran muchedumbre.

Lo que sigue es aquello de lo que fui testigo y que narré para María.

Tras hablar a la gente, Jesús y sus discípulos se sentaron a comer, y el maestro vio que la gente no se iba, así que les preguntó a varios pescadores que tenían amarradas sus barcas y que eran paisanos de Pedro si tenían pesca. Los discípulos habían hecho fuego y ya olía a pescado asado. Se miraron entre sí y, al poco, condujeron a Jesús a un cobertizo junto al lago en el que escondían la pesca del día para llevar al mercado al día siguiente, lejos de los ojos de los recaudadores.

Jesús, les dijo a sus discípulos que vaciasen la bolsa de las limosnas que habían recibido recientemente y que comprasen pescado para la gente que había acampado después de escuchar sus enseñanzas.  Los pescadores no quisieron abusar en el precio tratándose de Jesús y de sus paisanos. Hubo pescado para todos. Al mismo tiempo, entre los acampados había miembros de una caravana que llevaba panes ázimos para la Pascua. La predicación de Jesús les había conmovido y decidieron compartir una parte de su carga. Salvo los que estábamos cerca, el resto de la multitud pensó que todo aquello era un milagro.

Luego se han ido aumentando las cifras. Así ha sido con no pocos de los portentos que se cuentan. Creo que Jesús era de verdad un gran sanador, pero que su verdadero poder fue cambiar  el alma de los que le escuchábamos. Lo que ocurre es que todos los que le admiraban y le seguían estaban sedientos del Mesías, del esperado que habría de demostrar poderes sobrenaturales.

Yo asistí a curaciones, pero soy un escriba riguroso. Ha habido historias de las que no he encontrado jamás un testimonio creíble. Así se lo dije a María y así lo escribo ahora. El mensaje y la santidad del Maestro no necesitan de invenciones portentosas.

continuará…

 ———

Enlaces para los capítulos anteriores:

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

 

 

 

 

8 comentarios leave one →
  1. Bernardo Regal permalink
    20 julio, 2020 04:31

    Confieso que este tipo de creación literaria de ciencia ficción o historia imaginada puede ser apasionante para quien esté de verdad tras la historia de los documentos y textos originales de las leyendas nacionales, heroicas, etc.
    Aparte de que no es mi caso, estoy enredado en una trama incluso para pasar el rato demasiado complicada.

  2. 20 julio, 2020 09:06

    Gracias, Bernardo,

    Lo del apasionamiento tiene su intríngulis y, en efecto, los textos “originales”, son dados como historia tras una apasionante selección entre gran cantidad de ficciones y datos. Todas la religiones han pasado por este proceso hasta consolidar sus Misterios. En el caso del Cristianismo el canon acabaron siendo los Sinópticos y el Nuevo Testamento. Para llegar ahí se pasó por una floresta de descartes (apócrifos, etc.), más un ir y venir de concilios, santos padres, dogmas y herejes que morían de forma espeluznante, hasta llegar el constructo de la Fe oficial.

    No parece que tras la proclamación de los dogmas pontificios del siglo XIX vayan a consolidarse nuevos imaginaros al respecto. Pero es inevitable que haya habido “racionalistas” (que se nos presentaban como ominosos y alguno he leído) que hayan visto a Cristo como un hombre a secas, genial y con un mensaje bastante renovador para su época y que se hayan aplicado a deconstruir la parte de ficción del constructo oficial y obligatorio.

    Cuando se lee a esos autores que estaban prohibidos a los creyentes, es natural que frente a veinte siglos de ficciones oficiales surjan también las ficciones literarias, más o menos entretenidas. Lo cual no quiere decir que quien las compone no se haya metido entre pecho y espalda buen número de lecturas, e incluso haya cursado Teología. Además no todos tenemos el genio de San Pablo, ni tampoco estuvimos en Nicea.

    ¡Para ficciones complicadas, Don Brown! Por mi parte, espero mantenerme mucho más simple, lo cual no quiere decir que mis lectores no acaben por abandonarme. Aunque – ¡ay de mi!¡lo comenzado se acaba!-, así que, si me dejan solo, solo pecaré yo en mi entretenimiento solitario.

    Fuerte abrazo.

  3. Bernardo Regal permalink
    7 agosto, 2020 17:27

    Como comprenderás no he leído todo el texto de esta novela/investigación salvo los párrafos en que María, José y Zacarías conversan seriamente sobre el milagro divino de la preñez de la esposa de José. Creo que ahí se confunden y traslapan la leyenda más judía que todas las que inundan el Ant.Test. sobre las estériles que conciben cuando humanamente es imposible; el descubrimiento científico de testimonios milenarios que luchan contra el sentido común de los historiadores confesionalmente creyentes; las tradiciones cristianas comunitarias apoyadas por el el dogma teológico; el respeto y temor de los creyentes estudiosos cuando toman en serio la democracia madura del magisterio romano pero libre.

    • 8 agosto, 2020 13:23

      Ciertamente, y especialmente en Mt 1, 18-25 (pero también en el ProtoEvangelio de Santiago 14, 1-2) se constata el esfuerzo de los evangelistas para que en Jesús se cumplan todas las profecías del Antiguo Testamento; lo cual ocurre en otros pasajes de su vida, ¡y no digamos en el Magnificat!

      De las metáforas portentosas veterotestamentarias (comunes también a los textos arcaicos de otras religiones) se pasa así a la construcción de las creencias en lo sobrenatural milagroso y, cuando hay una autoridad teológica, a los dogmas.

      En todo caso, sobre esta concepción antinatural ni Marcos, ni Juan, ni Lucas (aunque este sí haya recogido la Anunciación) hablan de las angustias de José sobre la preñez de su prometida.

      No entiendo muy bien a qué te refieres cuando dices : “los párrafos en que María, José y Zacarías conversan seriamente sobre el milagro divino de la preñez de la esposa de José”.

      • Bernardo permalink
        11 agosto, 2020 01:31

        Tal vez leí mal. Me pareció que José y Zacarías conversaban sobre el milagro de la preñez de Marìa. Si puedo leeré todo poco a poco . Trato siempre de meter pronto mi cuchara en tu sofisticado blog….!!!

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