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El mito del Montgó

24 marzo, 2012

En una tarde del 1968, durante una marcha alrededor del macizo de los Dolomitas, conocí a Jacopo Portal. Pertenecía a una antigua familia sefardí, cuyos ancestros habían sido expulsados de tierras valencianas por los Reyes Católicos y que, cuando nos encontramos, residían en el barrio de Cannareggio en Venecia.

Entre viejos papeles, he topado hace algún tiempo con las anotaciones de nuestras conversaciones.

Entre las historias que Jacopo había escuchado de su abuelo, hay una en particular que me contó frente a la masa dolomítica, en uno de los descansos de la ruta y que reconstruyo ahora, después de mis últimas caminatas por los alrededores del Montgó, esa montaña que se asoma al mar, rodeada por los municipios de Denia, Jávea, Jesús Pobre y La Xara. El Montgó, el Mons agonum de los romanos, el  Jabal Qaun de los árabes.

Los orígenes del Montgó

No sabemos de cuando data el mito, aunque por los nombres de sus protagonistas, bien pudiera remontarse a la colonización fenicia de las costas de la península ibérica. Según contaban los cultivadores árabes de las tierras dianenses, constructores de las terrazas de los valles de la Marina Alta y del Jabal Qaun, esta es la leyenda que ha llegado a nuestros días en boca de judíos sefardíes y que, descifrando mis apolilladas notas, yo transcribo lo mejor que puedo:

Mucho antes de que los hombres poblasen el mundo, el poder sobre todo lo existente lo compartían la diosa Timana, señora de las aguas y de las profundidades del mar, y Dimana, el dios de la tierra, las rocas y las cumbres. Ambos pugnaban por dominarlo todo y aumentar sus dominios a costa del rival.

Timana, aprovechando las noches oscuras, destruía los acantilados con sus furiosas tempestades y sus olas gigantes que asediaban las tierras de oriente a occidente y separaban las dos inmensas masas terrestres que Dimana trataba de unir para dividir en dos los dominios de la diosa del mar.

Pasaron millones de años y las contiendas de estos dioses habían modificado las costas y el relieve terrestre. Dioses menores habían procreado a unos seres gigantescos, emparentados con los Titanes, que recorrían la tierra enfrentándose con enormes dragones. Las lluvias y diluvios que se habían sucedido por períodos interminables habían generado una vegetación salvaje. Los descendientes de EnlilEnki  y Ereshkigal, así como los de otros lejanos dioses y diosas habían ido avanzando hacia Occidente.

Estos titanes gigantescos se habían aposentado en los extremos de la tierra, algunos de ellos, protegidos por Dimana, vivían en los bordes de lo que luego serían las montañas béticas. De entre ellos, Lalahama (la de los largos cabellos), hermosa protegida de Dimana, solía extenderse al sol sobre los altos farallones frente al mar. Disfrutaba de los vientos y desafiaba a los huracanes que Timana lanzaba contra la tierra.

Por entonces, el titán Akal  (el de los fuertes brazos) había conquistado el amor de Lalahama.

Dimana, para extender sus dominios, abría las entrañas de la tierra, alzaba volcanes que invadían el océano con ríos de lava y empujaba inmensas masas unas contra otras para generar cordilleras y ocupar los mares de Timana. Esta se defendía con terribles movimientos telúricos que desde el fondo de los mares levantaban barreras de agua que asolaban las costas y destruían la obra de Dimana. Así durante incontables milenios.

Los titanes ayudaban a Dimana a ensanchar su territorio moviendo montañas y peñones que abrazaban con sus robustos brazos y amontonaban sobre el borde de los mares. Por eso Timana odiaba a Akal y a su compañera Lalahama y quería arrastrarles al fondo de sus mares con la ayuda de los titanes inferiores, seres anfibios y monstruosos que agitaban las aguas y sacudían las columnas sumergidas de la tierra.

Un día en que Lalahama descansaba cerca de unos acantilados, una de esas manadas de titanes del mundo inferior, obedeciendo las órdenes de su diosa, la aferraron por los pies y empezaron a arrastrarla. Cuando la amante de Akal iba ya a desaparecer en las agitadas y negras aguas, advertido por sus gritos, el titán de los poderosos brazos alcanzó a sujetar a su compañera por sus largos cabellos y a tirar fuertemente de ella, pugnando con los titanes del proceloso mar.

Esa batalla no tuvo vencedores, pero dejó para siempre sus señales gigantescas. Por el enorme tirón de las profundidades, Akal y Lalahama se encastraron en las entrañas de la tierra frente al mar. El cuerpo de Akal y la cabeza y las espaldas de Lalahama quedaron sepultados en la meseta costera. Mientras ella se abrazaba a la costa, enterrándose más y más con su compañero, la diosa Timana sólo consiguió sepultar en el mar la mitad inferior de Lalahama, que se petrificó para siempre sostenida por la mano de Akal.

Dimana, a pesar de ser el poderoso dios de las tierras y las montañas, no pudo desenterrar ni a su fiel Akal ni a su compañera. Ambos se trasformaron en el enorme macizo que hoy se conoce como el Montgó. Dicen que Timana, en los días de fuerte temporal, bate y bate sus olas contra el poderoso promontorio que se avanza hacia el mar sustentado por el espinazo enterrado de Lalahama, e intenta aún  llevarsela del todo hacia las profundidades. Pero el rocoso puño de Akal la retiene por ahora.

De mis Cuadernos italianos, Conversaciones inéditas con Jacopo Portal.

Esto es lo que he recuperado de mis amarillentas notas. Lo transcribo tal cual para vosotros. Me ha motivado a hacerlo un reciente paseo desde la plana de la Justa por las laderas del Montgó.

Si fue una invención de los exilados sefardíes,  si fueron algunos árabes imaginativos, de los que cultivaban las laderas del Montgó, los que forjaron la leyenda o si procede de los fenicios, descendientes de hititas, que trasportaron a nuestras costas los mitos del mundo mesopotámico, nunca podremos saberlo.

Lo que sí puedo deciros es que, si miráis atentamente al Montgó desde la parte de Benitatxell y, sobre todo, en los atardeceres, cuando los relieves de la cabellera de Lalahama son perceptibles a la luz del sol muriente, podréis comprobar también como el antebrazo y la poderosa mano de Akal sujetan aún con el puño cerrado la melena de su amada, para evitar que Timana se la arrebate hacia las profundidades.

Si lo miráis desde Beniarbeig, podréis contemplar los rocosos nudillos y falanges del inmenso puño de Akal.

Su antebrazo petrificado se aprecia también desde la playa de la Almadrava.

Por encima de los huertos de naranjos asoma el recuerdo de Akal y Lalahama.

El Montgó es el monumento fósil de unos titanes, mucho más antiguos que Gilgamesh, que se amaron en tiempos geológicos.

Ninguna prueba de ADN lo ha desmentido todavía.

En todo caso, es hermoso, desde su cumbre y cuando cae la tarde sin hacerse daño, extender la mirada a la redonda. El mar refulge más allá de Calpe.

21 comentarios leave one →
  1. 26 marzo, 2012 12:31

    Eres un verdadero artista. Me tienes asombrado
    Saludos

    Pere

  2. 26 marzo, 2012 14:04

    Gracias Pere

    ¡ A lo mejor descendemos de los hititas !

    Ramón

  3. Esther permalink
    2 agosto, 2013 12:57

    ¡Qué hermosa historia! Soy una enamorada del Montgó. Tiene algo especial que hipnotiza. Es curioso este punto de vista. Yo siempre lo vi como un elefante gigante dormido (desde la perspectiva de Pedreguer o Gata).
    Enhorabuena por tu blog.

    • 2 agosto, 2013 19:32

      Hola, Esther,

      Muchas gracias.

      A mí me fascina igualmente. Creo que la naturaleza, sus montañas, son como un buen poema, con innumerables sentidos. Del mismo modo que la lectora o el lector del poema se emociona con el suyo, con la naturaleza ocurre algo parecido, quien la contempla le encuentra también su propia idea e ilusiones

      A mí también me ha parecido a menudo un elefante, no se sabe si recostándose o a punto de alzarse.

      Saludos cordiales.

      Ramón

  4. ana permalink
    20 julio, 2014 18:24

    A mí, que vivo dentro del parque natural del Montgó, me ha parecido una historia preciosa, desde mi casita lo que veo es un aguila que quiere despegar y echar a volar, estoy situada bajo de la peña del aguila en Denia

    • 20 julio, 2014 21:53

      ¡Muchas gracias!

      Tiene razón, el Montgó tiene una variedad admirable de perfiles, de luces y de colores.

      Cuando vuelva a pasear bajo la peña del águila (hace ya algunos años que no me he aproximado a la montaña desde ese lado) me fijaré en ese ave que se echa a volar. Su comentario me hace recordar unos versos de Horacio dedicados al aguilucho en el momento de abandonar su nido:

      “un día su juventud y su vigor innato,
      sin saber de fatigas, lo arrojaron del nido;
      y, alejadas las nubes, vientos primaverales
      le adiestraron, tembloroso aún, al esfuerzo
      de un no estrenado vuelo…”

      ¡El Montgó también invita a nuestra imaginación al vuelo!

      Saludos

      Ramón Puig

  5. 21 julio, 2014 13:08

    Vivo en Benitachell y uno de mis placeres ópticos es ver al elefante dormido desde el mirador del cementerio con las viñas de alfombra. Gracias.A partir de ahora miraré también el puño. No recuerdo muy bien, la leyenda que decía que la diosa Diana había enterrado sus flechas de oro en la cumbre del Montgó. Sería de la época Dianum/ Romana

    • 21 julio, 2014 20:54

      Es cierto, ya lo comentó otra lectora que lo imagina así desde Pedreguer y desde Gata. A mí también me lo parece. Es verdad que desde varios pueblos de la Marina Alta se le ve como un elefante en reposo, puede que adormecido por algún filtro con el que Diana la Cazadora bañaba la punta de sus flechas…

      Saludos

      Ramón

  6. 14 septiembre, 2014 00:11

    Precioso mito y currado

  7. Rosa Mª permalink
    15 septiembre, 2015 03:01

    Un hermoso mito, que no es cualquier cosa, para haberlo extraído, de un cuaderno de unas notas. Gracias, porque, desde niña, siento un especial cariño por el Montgó, cuando de adolescente,los veranos me llevaban mis padres, a pasar unos días, a Gata de Gorgos y Xávia con unos amigos. He disfrutado, con este relato-mito. Gracias.

  8. 18 septiembre, 2015 18:56

    Gracias a usted Rosa María. Los que hemos frecuentado desde niños las playas de Alicante guardamos, efectivamente, recuerdos y afectos permanentes, vinculados a ese mundo maravilloso de la Marina alicantina, abrazado por el mar y custodiado por sus montañas. Coincidimos en ello y me alegro mucho de haberle hecho pasar un rato agradable con esta modesta creación literaria. Saludos.

  9. 4 agosto, 2016 00:12

    Reblogueó esto en soziologasy comentado:
    Preciosa historia que me tiene embaucada.

  10. 7 agosto, 2016 01:21

    Muy buen blog. Admiradora tuya o follower. Una nueva historia de la #MarinaAlta, del Montgò.
    Segundo día que leo el mito y me encanta. Gracias. Por dar otra visión al Montgò. Comparto mito por Twitter.

  11. Longjohn permalink
    1 agosto, 2017 11:33

    Bonita leyenda aderezada con conocimientos geológicos modernos. Una buena combinación.

  12. Montserrat Seguí Alemany permalink
    1 agosto, 2017 17:46

    Como soy gran adoradora del Montgó, me ha encantado

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