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Versión extraviada (7)

16 agosto, 2020

Contra la opinión de Geschner sigo en Roma, me choca que Jeffrey esté trabajando en una edición castellana, cuando sabe que era una tarea que yo mismo me había ofrecido a realizar para él. Y si esta información no es cierta, sospecho que tampoco lo sea su desplazamiento a Siria.

Mas ¿por qué advertirme de que corro algún riesgo siguiendo en Roma?

Sigamos con el manuscrito de Samuel, al parecer las entrevistas siguientes se desarrollaban aún en Jerusalem, aunque el orden de los recuerdos no siga una línea temporal.

Capítulo 7

María:

María de Magdala fue diciendo que se le había aparecido Jesús. A mí no se me ha aparecido y soy su madre, y no sé quién ni cómo ha sacado su cuerpo de la tumba. Juan quería que yo testimoniase de ello y yo le he dicho que no puedo mentir. Por el contrario, que me diga qué han hecho con el cuerpo de Jesús y que me explique por qué están inventando todo eso.

Aunque puede que fuera una trama del Sanedrín, pues desde el principio pusieron guardias ante el sepulcro y ya desde el día siguiente a su muerte estaban inquietos porque se estaba convirtiendo en lugar de manifestaciones de fervor. Si fuese así, los discípulos aprovechan la maniobra de los sacerdotes para crear una leyenda alrededor de mi hijo.

Después de haberme quejado, Juan y los demás, me tienen como un objeto de veneración, pero apartada de todo para que no les contradiga. Juan parece cada día más fuera de sí y recita cosas fantásticas sobre Jesús. Como ya sabes, tu hermano, se siente el preferido de Jesús y me dice que yo no he entendido a mi propio hijo, que las mujeres no entendemos nada, que sólo María de Magdala le comprendía.

Esto me ha herido profundamente.

Muchos doctores de la ley han hablado de que después de la muerte resucitaremos, pero eso será al final de los tiempos. Jesús era de esta misma opinión, como yo y la mayoría de los judíos piadosos, salvo los saduceos. Ahora, Pedro y los demás predican que Jesús resucitó antes del fin de los tiempos, porque es el Mesías y es Dios.

Han sido unos meses terribles. No sé qué han hecho con el cuerpo de Jesús. Si han sido los del Sanedrín quienes lo han sustraído, para que su tumba no se convierta en un lugar de culto para las masas del pueblo, lo que han conseguido es lo contrario, pues los nuestros dicen que, después de numerosas apariciones, se ha ido a los cielos delante de todos acompañado de ángeles, como Henoc.

Pero yo no estaba presente. ¿Cómo va a ser que mi hijo se haya aparecido a todos y no a mí? ¿Cómo se habría ido al seno de Abraham sin haberme dicho nada? Yo sólo lo recuerdo pálido, muerto y desangrado, lleno de heridas y laceraciones, reposando su cabeza en mi seno, antes de ser envuelto en un sudario y depositado en la tumba.

Juan me dice que yo también seré incorruptible, que no sufriré, que Jesús me llevará al cielo de la misma forma en que él se ha ido. ¿Qué preparan?

Samuel, tú tampoco estabas allí, ni José de Arimatea, que para no ponerme más triste, no comenta nada de la desaparición del cuerpo de Jesús. No he podido tener el consuelo de ir a perfumar su tumba y estarme con mi pena junto a ella. Las mujeres de la casa de Juan me miran con tristeza pero no hablan. 

Todo esto de la ida de Jesús, más allá de las nubes, me lo han contado cuando volvieron algunos de una reunión en el Monte de los Olivos. Todo es de oídas y ni siquiera se sabe quiénes son los que estuvieron allí. A mí me llevaron después de esto a una reunión en el cenáculo. Estaban también mis sobrinos y María de Magdala que parece cada día más ausente.

Tú fuiste invitado, Samuel, pues le dan mucha importancia a lo de ser doce, exactamente doce, los testigos de los hechos y de la doctrina de Jesús. Por mi parte, todo va muy deprisa, como a empellones. Así que siento la urgencia de que tomes por escrito lo que tengo que contarte, para que algún día se sepa, pues temo que no me queda mucho tiempo de vida y lo que oigo no me tranquiliza.

(…)

¿Recuerdas, Samuel, lo que sucedió el día de la terrible tormenta en Jerusalem? Era la fiesta de los Tabernáculos. Todos habíamos estado orando y ayunando durante días a la espera de algo importante. Al menos, así nos lo dijo Pedro, y cada uno se preparaba a recitar un único mensaje que se había preparado con varios conversos, de varias partes del imperio, que los nuestros habían ido instruyendo durante las semanas anteriores a la fiesta. De modo que todo estaba preparado en varias lenguas y dialectos. El organizador de esta acción de predicación era Mateo, que había tenido la idea.

Nuestro lugar era céntrico y con una gran terraza elevada. Todavía no sabían cómo iban a poder atraer la atención de toda aquella muchedumbre para poder hablarles de forma que les atendiesen. Tú recuerdas y eres testigo de lo que pasó y te pido que lo trascribas fielmente. Se produjo una tormenta de viento y relámpagos, con un gran vendaval. Todos trataban de recoger sus ropas y de protegerse cerca de los edificios, por miedo a la posible lluvia, pero sobre todo por temor a los rayos que comenzaban a acercarse y del ruido de los truenos.

Los discípulos habíais ensayado un corto discurso y estábais en pie en el borde de la terraza, abajo se agolpaba la muchedumbre. Un rayo cayó sobre uno de los pináculos de la casa con enorme ruido y resplandor. Por un momento ardió una parte del techo de madera. Entonces, Pedro y Juan dieron la orden de hablar. Los discursos fueron cortos, pero estentóreos, aprovechando el silencio que se produjo tras el susto. Cientos de oyentes lo escucharon mientras, tras los oradores, aún salían llamas del tejado, que felizmente se extinguieron con la lluvia. El efecto sobre el auditorio fue muy grande.

Acabados los discursos en varias dialectos, la gente quedo en su mayoría muy impresionada. Algunos empezaron, tras la primera sorpresa, a reír y decir que los oradores estaban borrachos. Pedro, supo imponerse con su enorme vozarrón, habituado como estaba a hacerse oír en medio de olas y vientos.

Habló con enorme simplicidad y los rumores callaron, reivindicando a Jesús como el Mesías. Lo demás lo podrás completar tú bien, Samuel, pues estabas allí. Fue un día importante, muchos pidieron ser instruidos y entrar en la comunidad, tras bautizarse, como ya se tenía por costumbre para recibir a los prosélitos, siguiendo la tradición de Juan el Bautista que habían aportado sus seguidores. Jesús había engrosado su grupo con todos aquellos que se quedaron sin su profeta tras su ejecución.

De aquel discurso recuerdo muchas cosas, pero me entristece una que no era verdadera. Pedro nos presentó a todos los que estábamos ahí como testigos de la resurrección de mi hijo. Yo volví la vista a Juan, me acerqué a él y le dije: ¿Qué habéis hecho con el cuerpo de Jesús? ¿No era suficiente con su mensaje y con su ejemplo? Él miró para otro lado.

A partir de ese día, el grupo, la comunidad creció con gran rapidez y llovieron las donaciones. Con aquellos recursos que Mateo administraba se pudieron empezar a pagar los viajes de los discípulos más y más lejos por los territorios romanos. Sin embargo todos seguían el ejemplo de Jesús viviendo muy modestamente. Recuerdo que Juan, por entonces, insistía en que no había que alimentarse de animales sino sólo de vegetales.

(…)

Mapa Galilea

Como creo que ya te dije otro día, cuando Jesús era pequeño yo le contaba historias y le instruía con los dichos de los rabinos que mi padre y mi madre me habían enseñado a mí. José se sabía mejor que yo los textos de la Torah y los profetas y se los leía a menudo, sobre todo aquellas profecías que hablaban del Mesías. A mí no me gustaba esa obsesión, porque tanto él como Zacarías estaban obsesionados con su inminente llegada. José se sentía, no sé por qué descendiente del rey David.

A mí no me interesaban todas esas historias mesiánicas, que no solamente me parecían inútiles sino peligrosas, porque ya habían ocurrido desgracias con algunos rebeldes que se habían enfrentado a los romanos para liberar al pueblo judío.

Lo que me importaba es que Jesús fuese un buen israelita, que supiese y practicase las máximas de la sabiduría judía, el desinterés, la confianza en Yahveh y la solidaridad y la bondad con los pobres, el amor y el perdón de los enemigos. 

Me acordaba bien de algunas enseñanzas que había escuchado de boca de mis padres y que yo misma le enseñé a Jesús, que se las aprendía de memoria. Aprovechaba algunos paseos, por ejemplo cuando me acompañaba a por agua al pozo o al lavadero, para que observase la naturaleza y pensase en la bondad del Creador que cuida de las aves del campo, facilitándoles su alimento, sin que tengan que preocuparse, y que viste a las flores, sin que necesiten tejer.

Pero lo que más le gustaba que le repitiese eran las sentencias sobre la verdadera felicidad. Tú, Samuel, seguramente las has escuchado de tus padres, antes de que Jesús, como me ha contado Andrés, las repitiese ante las multitudes que le seguían. Era cuando todavía no se había obsesionado creyéndose el Mesías, para su desgracia y mi gran pena.

Podría haber sido un sabio de Israel y un guía para todos los judíos, y ahora me lo han matado. Yo le repetía muchas veces estas sentencias que creo repetía el gran rabino  Hillel    

“Afortunados los pobres y los humildes porque el reino de Dios será suyo y recibirán la tierra como herencia. Ahora lloran, pero serán consolados. Felices los compasivos, porque serán tratados con compasión. Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, y los que son perseguidos por defenderla, y los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios y alcanzarán su Reino y los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios”.

Le enseñé también a hablar con Dios que está en los cielos, que es el Padre de todos nosotros, cuyo nombre es santo, a esperar su Reino y a aceptar su santa voluntad. Quise también que le pidiese a Dios el perdón de nuestros pecados y que supiese perdonar a las personas que algún día le hiciesen mal.

Le explicaba que había en la vida muchas tentaciones, que el espíritu es fuerte pero la carne débil y que había que orar y pedir a Dios todos los días que nos ayudase a resistirlas, a vencer nuestro orgullo, a no sentirse superior a los demás, a no juzgar a otros, que cuando nos hacen mal no siempre saben lo que están haciendo.

(…)

Jesús acompañaba a José los sábados a la sinagoga, donde solían estar también Zacarías y Juan su hijo, un poco mayor que Jesús, a quien mi hijo admiraba. Era muy alto y cuando se hizo más mayor comenzó a dejarse la barba. Había aprendido de memoria muchos de los discursos de los profetas.

José y Zacarías hablaban mucho delante de los dos adolescentes sobre la posible venida del Mesías. No me gustaba nada que mi esposo le calentase la cabeza a Jesús con sus fantasías sobre su descendencia de David. Yo, como ya te he dicho, trataba de compensar estos sueños con la sabiduría de los rabinos judíos más conocidos.

Isabel, mi prima, la esposa de Zacarías y madre de Juan estaba tan preocupada como yo, sobre todo porque Juan quería irse al desierto a vivir con una comunidad de judíos muy severa y exigente, que lo ponían todo en común y practicaban el bautismo para lavar las culpas.

Cuando José se puso muy enfermo empezó a desvariar. Durante las últimas semanas llamaba a Jesús y lo tenía cerca de su lecho. Antes podía yo discutirle las cosas que le decía al niño, pero ahora Jesús tenía ya casi veintiséis años y no podía impedir que escuchase durante horas los delirios de su padre que, cuando no estaban sus hermanos cerca,  le repetía continuamente que él, su hijo, era también descendiente de David, y que Dios estaba con él.

En fin, José trataba de convencer a Jesús de que él era el Elegido, el Mesías. Me parecía que Jesús le escuchaba por respeto, pero luego he comprendido que todo lo que José le iba diciendo se le iba grabando en la imaginación.

Cuando José murió, Jesús se volvió bastante taciturno, me escuchaba, pero poco a poco se ausentaba con su primo Juan. Sus hermanos estaban muy enojados con él, porque no ayudaba como debía en la carpintería y tampoco me ayudaba casi con el huerto y con los animales que teníamos. Pero al cabo de unos meses pareció entrar en razón, logró consolarse de la muerte de su padre y empezó a trabajar de nuevo con sus hermanos. Sus dos hermanas y los hijos de mi hermanastra María le adoraban. Seguía yendo a la sinagoga los sábados y participaba en las discusiones junto con su primo Juan.

Pero, un buen día, Isabel me comunicó que Juan se había ido al desierto con los eremitas. Estaba desolada. Zacarías enfermó y murió sin noticias de Juan. Jesús también empezó a dar muestras de inquietud y en la sinagoga discutía más y más con los fariseos sobre el Reino de Dios y sobre las cosas que tenían que cambiar. Marchó varias veces al lago de Tiberiades a trabajar en la pesca con algunos familiares, pero un buen día, algunos amigos que habían estado con él pasaron por Nazareth y me contaron que Jesús predicaba el Reino de Dios, un reino para los pobres y los humildes.

En cierta ocasión, volvió a casa y estuvo trabajando una temporada en la carpintería para reunir algún dinero. Cuando tuvo lo necesario marchó a buscar a Juan, que había vuelto del desierto y estaba bautizando en el Jordán. Algunos compañeros de Jesús que le seguían y le admiraban vinieron a buscarle para irse con él. Un primo de Nazareth, que era pastor, se marchó también. Fue él quien, al volver tres meses después, pues le mandaron llamar sus hermanos cuando su madre se puso muy enferma, me informó sobre la vida de Jesús durante aquellos meses.

Jesús admiraba mucho a Juan. De hecho, según me has contado tú mismo, pensaba que era Elías que había vuelto. De hecho estuvo en el desierto con él y hasta se hizo bautizar en el río para apoyar su predicación. Cuando lo capturaron y lo mataron, eso le afectó mucho y vino unos días a Nazareth a consolar a mi prima y a reflexionar. Los discípulos le habían convencido para que se retirase por prudencia. Alguien le había dicho que Herodes tampoco estaba muy contento con su predicación y que había riesgos de que también le apresaran.

Mapa de Israel en la época de Jesús bis

Israel en la época de Jesús, Biblia alemana hacia 1895 (https://es.123rf.com/)

He decidido seguir con mi traducción en Roma y he telefoneado a Glasgow para aplazar la entrega de algunas colaboraciones.

Me gusta volver a Roma, aunque esta vez no vengo en plan de descubrir las sorpresas que siempre encierra esta maravillosa urbe y sus alrededores. Por el contrario sospecho que debo tomar precauciones para que no me descubran a mí, no sé quién ni quiénes. Podría ser que esta vez las sorpresas no me convengan.

Me puede la voluntad de llevar a buen puerto la publicación de los textos descubierto por el padre de Elías. He alquilado un pequeño cubículo muy tranquilo en los alrededores de Via della Pisana, a Fontignani. Desde este lugar discreto trataré de entrar en contacto con Jeffrey.


Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

 

7 comentarios leave one →
  1. Bernardo Regal permalink
    19 agosto, 2020 18:03

    Demasiado material y reconozco que mi amor colegial a la virgen María es limitado. Me quedó con la obvia pregunta de si se presentó a otros por qué no a mí?

  2. 23 agosto, 2020 21:52

    El material no va a depender de mí sino de la longitud del manuscrito y de lo que se complique la intriga en torno a este texto tan sorprendente encontrado en unos papiros en el desierto de Siria. Creo que se va viendo que María era una persona de carne y hueso y que lo que nos contaron en el colegio hacía de ella un personaje, casi un ectoplasma.

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