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Elogio de la nimiedad (III): de flores y de estética

29 marzo, 2015
Elogio de la proporción. En la costa del Big Sur. California. Foto R.Puig

Elogio de la proporción. En la costa del Big Sur. California. Foto R.Puig

Hace ya casi un año comentaba yo en estas páginas que el término latino nimius (que significa excesivo) acabó significando lo contrario, es decir insignificante, sin importancia.

Así pues, como esta primavera me marea con sus amagos y ya no sé si hablar de la lluvia, el frío, el sol o los peces de colores, he decidido de nuevo ampararme en la relevancia de las cosas nimias para cumplir con mi precepto dominical.

Además, el pasado fin de semana, el mal tiempo nos impidió el picnic que teníamos planeado, con lo cual nos consolamos paseando entre plantas y árboles de otros climas bajo las bóvedas acristaladas de la Palmhuset  en el parque de la Trädgårdsföreningen (Sociedad del Jardín), uno de los más hermosos de Gotemburgo.

El fósil en el mármol. Palmhuset.  Gotemburgo. Foto R.Puig

El fósil en el mármol. Palmhuset. Gotemburgo. Foto R.Puig

Alguien, con toda razón, podría a estas alturas haberse dado cuenta de que, en realidad, estoy atacado de pereza.  Para confirmarlo, no se me ha ocurrido otra cosa que remedar a Gustavo Adolfo Becquer, pues, al salir de esos magníficos invernaderos vi, erguida en su modesto tiesto a la salida de la Palmhuset, una flor, una sola y nimia flor.

Camelia. Palmhuset. Gotemburgo. Foto R.Puig

Camelia. Palmhuset. Gotemburgo. Foto R.Puig

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Virtualmente impune, al abrigo de los huevos que los lectores del blog no pueden lanzarme, he perpetrado  la siguiente estrofa:

De la pérgola en un ángulo modesto,

Del jardinero tal vez olvidada,

Solitaria y celando su fuego,

La camelia soñaba.

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Para hacerme perdonar

Como quiero compensar el dislate de mis versos mediocres, nada mejor que algo de filosofía…

Hay una definición de la belleza en el ensayo clásico de Edmund Burke (1729-1797) acerca de lo bello y lo sublime que parecen escritas ex profeso para mi recatada camelia solitaria.

Así que he pensado que nadie mejor que el pensador irlandés para acudir en mi auxilio.

Burke afirmaba –en contraposición a la búsqueda de las proporciones ideales de la estética griega y renacentista- que la belleza no es un asunto del entendimiento, sino del sentimiento, del cual solamente, según él, surgen nuestros juicios del gusto. No se trata pues de definir la belleza en función de la proporción o de la adecuación (o conveniencia) de lo que estimamos bello, pues eso presupone una operación intelectual, sino en función de la “sensibilidad natural” que nos habita y genera una reacción de amor ante el objeto de nuestro aprecio sensible.

En conjunto, las cualidades de la belleza, como son cualidades meramente sensibles, son las siguientes: primero, ser comparativamente pequeño. Segundo, ser liso. Tercero, presentar una variedad en la dirección de las partes; pero, cuatro, no tener esas partes angulares, sino entrelazadas, por así decir unas contra otras. Quinto, tener un perfil delicado, sin ninguna apariencia destacable de fuerza. Sexto, ser de colores claros y brillantes, pero no muy fuertes y resplandecientes. Séptimo, o de ser su color resplandeciente, que se halle diversificado con otros.  Estas son, creo, las propiedades de las que depende la belleza; propiedades que actúan por naturaleza, y que se hallan menos expuestas a ser alteradas por capricho, o confundidas por una diversidad de gustos, que ninguna otra

(III, XVIIII, pp. 152-153)

La camelia solitaria.   Foto R.Puig

La camelia solitaria de la pérgola de entrada a la Palmhuset de Gotemburgo.  Foto R.Puig

Otra camelia. Palmhuset. Gotemburgo. Foto R.Puig

Otra camelia en la sala de las camelias. Palmhuset. Gotemburgo. Foto R.Puig

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La gracia de las formas

En el Jardín Botánico, también en Gotemburgo, me tropecé de nuevo con Burke, pero esta vez con su idea de gracia, que él explica con dos ejemplos de la escultura griega (la Venus Medici) y romana (las efigies de Antinoo), y en nuestro parque se personifica en cierta manera también en una estatua

Saliendo del invierno. Jardín botánico. Gotemburgo.Foto R.Puig

Saliendo del invierno. Jardín botánico. Gotemburgo.Foto R.Puig

…tener gracia significa que exteriormente no hay rasgos de dificultad; se requiere una inflexión pequeña del cuerpo; y tal compostura de las partes como para no estorbarse unas a otras, ni para parecer divididas por ángulos cortantes y súbitos. Toda la magia de la gracia, y lo que llamamos su yo no sé qué, consiste en esta tranquilidad, redondez y delicadeza de actitud y movimiento…

(III, XXII, p.155)

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De la belleza animal

Un dandy aguarda el desayuno. Foto R.Puig

Un dandy aguarda el desayuno. Nordens Ark. Foto R.Puig

Siguiendo con el ensayo de Burke, rescato algunas fotos de mi visita, en un frío final de invierno de hace algunos años, al parque Nordens Ark donde se protegen especies en peligro de extinción, como el tigre de Amur.

Dejo de nuevo la glosa al filósofo:

Que la proporción tiene escasa participación en la formación de la belleza, es totalmente evidente entre animales…

…entre sus cabezas y sus cuellos, entre aquellas y el cuerpo… (las proporciones) difieren en cada especie, aunque hay algunos ejemplares que destacan dentro de muchas especies, y poseen una belleza sorprendente. Ahora bien, si admitimos que formas y disposiciones diferentes e incluso opuestas son compatibles con la belleza, creo que estamos obligados a aceptar que determinadas medidas no la producen necesariamente, pese a operar según un principio natural; al menos hasta donde concierne a la especie animal

(III, III, pp. 126 y 127)

Fuente: Edmund Burke, De lo sublime y de lo bello. Alianza Editorial 2005, Estudio previo y traducción de Menene Gras Balaguer

La obra fue publicado en 1757, con el título original de A Philosophical Enquiry into the Origin of our Ideas of the Sublime and Beautiful, aunque su autor la había escrito, diez años antes, a los dieciocho años, poco antes de graduarse en el Trinity College de Dublin donde todavía estudiante había creado en 1747 la sociedad de debates Edmund Burke’s Club, considerada la más antigua sociedad estudiantil del mundo. En 1770 devino la College Historical Societydonde aún se conservan las actas de las reuniones del club fundado por el joven Edmund Burke

Copo de nieve.  Foto R.Puig

Copo de nieve. Nordens Ark. Foto R.Puig

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Epílogo

Podríamos seguir comentando las ideas de nuestro teórico de la belleza y de lo sublime. Pero será mejor que dejemos la idea de lo sublime para otro día.

Aunque no sin antes, aprovechando que llega el tiempo de hacerse a la mar, dejar el tema, colgado para otra ocasión,

con una pregunta

Es o no sublime Foto R.Puig

¿Es o no sublime? Foto R.Puig

Algo más sobre fotos y dibujos del Perú hallados en Gotemburgo

22 marzo, 2015
Sacsahuaman. Foto Manuel Scollo 1950

Sacsahuaman. Foto Manuel Scollo 1950

Para Eva

En una reciente entrada de este blog me ocupaba del libro Machu Picchu de Hermann Buse, de los dibujos de Luis Ccosi y de las instantáneas de Manuel Scollo que lo ilustraban. Asímismo me refería a mi infructuosa búsqueda de datos de este fotógrafo, nacido en Rosolini, provincia de Siracusa (Sicilia) en 1902, que, después de graduarse en Farmacia, emigró en 1925 al Perú. Veinte años  de su vida transcurrieron en Arequipa donde ejerció como pionero de la fotografía documental dejando miles de fotografías sobre la Ciudad Blanca.

A pesar de todo, la única referencia que encontré del artista, además del citado libro, fue una exposición de “Arquitectura Peruana antigua y moderna” que tuvo lugar en el Museo de Bellas Artes de Gotemburgo en 1950, en el que se encomia su film sobre los paisajes de Puno y de donde procede esta escueta información biográfica.

El catálogo incluye textos (en sueco) de dos ilustres peruanos, el historiador y antropólogo Luis Eduardo Valcárcel (1891-1987) sobre Machu Picchu y el arquitecto y escritor Hector Velarde (1898-1989) sobre la arquitectura de Arequipa

Arequipa. Portal de la iglesia de los Jesuitas. Foto Manuel Scollo 1950

Arequipa. Portal de la iglesia de los Jesuitas. Foto Manuel Scollo 1950

Pues bien, gracias a Eva Ranglin, bibliotecaria y archivera del Museo,  pude examinar el catálogo que incluye algunas de las fotografías de Scollo, más tres reproducciones de tejidos mochicas, que proceden del libro Moche (Lima, Editorial Lumen 1937) de Arturo Jiménez Borja (1908-2000) con un prólogo de Hidelbrando Castro Pozo (1890-1945), sociólogo y político indigenista.  También se enumeran las sesentaicuatro fotos de arquitectura peruana de Manuel Scollo y los demás objetos de la exposición: veintisiete piezas textiles preincaicas, diecinueve vasijas preincaicas e incaicas.

Catálogo de la exposición Del antiguo Perú en el Museo de Bellas Artes de Gotemburgo en 1950. Foto R.Puig

Catálogo de la exposición “Del antiguo Perú” en el Museo de Bellas Artes de Gotemburgo en 1950. Foto R.Puig

El volumen procede de la biblioteca de la antigua Ibero-Amerikanska Institutionen de la Universidad de Gotemburgo, donde fue catalogado el 16 de marzo de 1944. Esta obra es parte de los ricos fondos de aquel Instituto Iberoamericano, que ya no existe en cuanto tal, cuya memoria de actividades incluí en esa crónica.

Hatunrumiyoc.Cusco. Foto Manuel Scollo 1950

Hatunrumiyoc.Cusco. Foto Manuel Scollo 1950

Hoy entrevero algunas de las fotografías de Manuel Scollo que se expusieron en el Museo de Bellas Artes de Gotemburgo en 1950 y los dibujos de Arturo Jiménez Borja, quien traspasó al papel cientos de pictografías de la cerámica y los tejidos de la cultura Mochica

Dibujos y cerámicas

Me ha parecido útil combinar con los dibujos algunas fotos de las cerámicas mochicas de diversas colecciones, en las que aparecen esos motivos y pictogramas

El cautivo de guerra. Cultura Mochica. Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Jimenez Borja

El cautivo de guerra. Cultura Mochica. Perú 100 a.C. a 700 d.C. Dibujo Aruro Jiménez Borja

Prisionero. Cultura Mochica. Berlin. Museum für Völkerkunde.

Prisionero. Cultura Mochica. Berlin. Museum für Völkerkunde.

Por desgracia, las fotos de arte textil mochica que aparecían en el libro fueron arrancadas del mismo, puede que para reproducirlas en el catálogo. Si así fue, quien lo hiciera olvidó restituir las páginas a su sitio, dejando así ese volumen, ironías del destino, desmochado.  El ejemplar que he encontrado no conserva la portada, quizás por el mismo motivo. Sólo se reproducen algunas en blanco y negro en el catálogo de Gotemburgo

Tejido Mochica. Detalle. Catálogo Exposicion de Gotemburgo en 1950

Tejido Mochica. Detalle. Catálogo Exposicion de Gotemburgo en 1950

No así los estupendos dibujos del autor, que siguen en el volumen, y sus sabrosas descripciones y comentarios sobre el significado de las pictografías y sobre la pervivencia en el distrito de Moche (provincia de Trujillo), en aquellas primeras décadas del siglo XX, de las mismas tradiciones artesanales y los mismos oficios milenarios de los mochicas.

Imagen de caminante. Cultura Mochica.Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jimenez Borja

Imagen de caminante. Cultura Mochica. Perú 100 a.C. a 700 d.C. Dibujo Arturo Jimenez Borja

Algo sobre Arturo Jiménez Borja

No tengo que abundar mucho sobre la persona y la obra de este descendiente del último curaca de Tacna de la que se encuentra información en la wikipedia. Nació durante la ocupación chilena de esa ciudad del extremo sur peruano, por lo que su familia se exilió en Bolivia y él hizo sus primeros estudios en el colegio de San Calixto de La Paz.

Se doctoró en Medicina y, aunque ejerció su profesión durante toda su vida en el Hospital Obrero de Lima, fue un humanista polifacético. Sus trabajos de exploración, preservación y divulgación arqueológicas sobre las culturas preincaicas de la costa del Perú sirvieron para salvar y divulgar la arquitectura de varios importantes sitios, creando museos y sirviendo con entusiasmo a la construcción de la memoria ancestral del Perú.

En la barca de totora de la costa norte del Perú hacia los años 30. Foto Giuseppe Bazzocchi

En la barca de totora de la costa norte del Perú hacia los años 30. Foto Giuseppe Bazzocchi

No fue siempre ortodoxo en sus tareas de restauración. No era un arqueólogo profesional y, con criterios actuales, se le critica que fuera demasiado espectacular en algunas de sus presentaciones públicas, sobre todo en el desenfardelamiento de momias procedentes de diversas sitios arqueológicos peruanos.

Pero, la otra cara de la moneda, es que, gracias a él, las antiguas culturas del Perú adquirieron una visibilidad internacional ante las instituciones extranjeras y los organismos culturales internacionales (como es el caso de la UNESCO). No fue siempre bien tratado ni se le agradecieron sus servicios cuando la dictadura militar en  le separó en los años 70 de sus funciones en el museo de Puruchuco que él había creado. Retomó sus actividades con el retorno de la democracia.  Fue asesinado en Lima en el año 2000 cuando había cumplido noventa años.  Según las informaciones de entonces se consideró un crimen de carácter homófobo que tuvo que ver con su orientación sexual.

Escena de guerra. Cultura Mochica. Perú 200 a 700 d.C. Dibujo de Arturo  Jimenez Borja

Escena de guerra. Cultura Mochica. Perú 100 a.C.  a 700 d.C. Dibujo de Arturo Jimenez Borja

Lo que verdaderamente me satisface mostrar en este blog son sus dibujos y descripciones, en los que reproduce, a partir sobre todo de las cerámicas, la memoria simbólica y cotidiana de una cultura desaparecida, y sus textos que la reviven.

 

Las pictografías mochicas

Imagen del Rio. Cultura Mochica.Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Imagen del Rio. Cultura Mochica.Perú 100 a.C. a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

En la margen sur del río, se anida la villa de Moche. Está rodeada de una alegre campiña, lindamente parcelada por tapiales que recortan en cuadros el verde intenso del valle. El río nace en la cordillera, y desde allí baja cantando hasta morir en el mar. A su paso se abren los cerros y las quebradas se derraman en dones; al llegar al llano, el valle se hace amplio, el río se remansa y de él parten muchas acequias y riachuelos  que extienden hasta muy lejos, ganando tierra al despoblado, la gracia campesina del valle

Imagen de aves marinas. Cultura Mochica.Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Imagen de aves marinas. Cultura Mochica.Perú 100 a.C.  a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Próximo al mar el valle se detiene, la arena de la playa incursiona tierra adentro y la hace impropia para el cultivo. La grama salada se encarama sobre las dunas de arena, que ondulando se aproximan al mar. Sobre la playa amplia y dorada chillan las pardelas

Vaso con totoral, peces y aguila marina. Cultura Mochica. Fondo Buckingham. Chicago Art Institute

Vaso con totoral, peces, águila marina y tres figuras de sapo. Cultura Mochica. Fondo Buckingham. Chicago Art Institute

Imagen de totorales. Cultura Mochica.Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Imagen de totorales. Cultura Mochica.Perú 100 a.C. a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

El totoral, alarde último de la vega, se halla situado en la linde del valles; más allá comienzan a ondular los arenales. El agua que filtra del río discurre secreta bajo la campiña y aflora en las tierras bajas junto al mar, formando charcas y quietas lagunas. Las plantas acuáticas cubren en gran parte la superficie del charco. La “Pistia stratioes” abre sus rosetas verdes y extiende un suave velamen sobre las riberas cenagosas. En las márgenes de la laguna el viento mece las totoras. Los tallos verdes emergen del agua y sacuden en el ápice sus flores menuditas. Hay varias clases de totoras. La enea o “Typha domingensis” es esbelta, sus hojas son lanceoladas y en la punta del tallo florece una espiga morena. La corta-corta o “Gladium mariscus” tiene hojas ásperas y filudas y las flores se mecen en menudas borlas desde la mitad del tallo. La totora o “Scirpus riparus” es la más bella de todas, flexible y armoniosa; la base del tallo es ancha, después se adelgaza y en la punta baila un fleco de flores

Fauna de los totorales. Cultura Mochica. Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Fauna de los totorales. Cultura Mochica. Perú 100 a.C. a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Los mocheros son fuertes indios costeños que pueblan este paisaje y se derraman a lo largo del valle. Unos viven en la campiña: se llaman los campiñeros. Otros junto al mar: son los pescadores. Al centro los reúne la villa de Moche.

En los hogares queda aún mucho de la primitiva estirpe india. Oyense apellidos como Ucañan, Huamanchumo, Pimincuma, Sachum y Chinchayan.

 

Vaso en forma de navegante sobre caballito de totora. Cultura Mochica. Lima Museo del Banco Central de Reserva

Vaso en forma de navegante sobre caballito de totora. Cultura Mochica. Lima.  Museo del Banco Central de la Reserva

Imagen de barca de totora. Cultura Mochica. Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Imagen de barca de totora. Cultura Mochica. Perú 100 a.C.  a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Los pescadores sacan el cal-cal, red redonda a modo de saco, repleta de pescado y con ella se dirigen hacia tierra. Los niños sostienen el caballito por la proa, y el agua los salpica y mueve la ligera nave como si fuera un bruto que luchase por desasirse.

Como hace cientos de años los indios de Huanchaco reviven diariamente la leyenda. Al atardecer después de terminada la pesca, enrumban las airosas proas hacia tierra y van llegando en filas hasta varar suavemente.

En la barca de juncos de la costa norte del Perú hacia los años 30. Foto Arturo Jiménez Borja.

En la barca de juncos de la costa norte del Perú hacia los años 30. Foto Arturo Jiménez Borja.

Al llegar a la playa los niños corren a dar encuentro a los caballitos y a recibir la canaleta o remo, la chuna, que es el calabacito que sirve de flotador, los cordeles de pesca, y la trinca o piedra de fondeo

Imagen de redes de pesca. Cultura Mochica.Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Imagen de redes de pesca. Cultura Mochica. Perú 100 a.C.  a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Bajo los cielos costeños vuelan en largas filas multitud de aves marinas. Mas nada gana en belleza el vuelo ágil y seguro de las águilas del litoral. Quizá por eso, ellas fueron comentadas por los ceramistas en tan repetido elogio sobre la arcilla.

Imagen ave marina. Cultura Mochica.Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Imagen ave marina. Cultura Mochica. Perú 100 a.C.  a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

A las imágenes del río se añaden las de la fauna piscícola

Imagen de pez en la red. Cultura Mochica.Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Imagen de pez en la red. Cultura Mochica. Perú 100 a.C.  a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Vaso retrato con tocado de motivo piscicola. Cultura Mochica. Museo Real de Arte e Historia de Bruselas

Vaso retrato con tocado de motivo piscicola. Cultura Mochica. Museo Real de Arte e Historia de Bruselas

Imagen de camarones. Cultura Mochica.Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Imagen de camarones. Cultura Mochica. Perú 100 a.C. a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Por desgracia, no todo eran tradiciones idílicas y reflejo de la naturaleza. Ya lo hemos atisbado en las imágenes de prisioneros, de las cuales la cultura mochica, como muchas otras civilizaciones, ha dejado abundantes testimonios que traslucen la violencia del poder y las guerras tribales.

Escena de guerra con hondero. Cultura Mochica. Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

Escena de guerra con hondero. Cultura Mochica. Perú 200 a 700 d.C. Dibujo Arturo Jiménez Borja

En la cerámica se modeló y se pintó con abundancia de detalles a los guerreros, con sus peculiares escudos y sus armas

Guerrero. Cultura Mochica. Museo Etnológico de Leiden

Guerrero. Cultura Mochica. Museo Etnológico de Leiden

Colofón

Visto lo visto, no sé qué pensarán nuestros modernos diseñadores gráficos y quienes se exprimen el cerebro para idear logos e iconos corporativos preñados de sentido y densos de mensaje, que puedan además ser reproducidos con nitidez e impacto visual sobre cualquier tipo de soportes.

Mi modesta opinión es que esas habilidades creativas ya las dominaban los artistas mochicas hace siglos.

Breverías erasmianas (XVIII): “Saxum volvere”. Sísifo en los adagios de Erasmo y en el pensamiento de Albert Camus

15 marzo, 2015
Más horas de luz. Foto R.Puig

Más horas de luz. Foto R.Puig

Parece que ya se retira el invierno. Dicen que ha sido más gris que los anteriores. No sé qué fotómetros lo miden, pero la prensa sueca nos informa de que las horas oscuras fueron ochenta y tres más que en el pasado.

Si no me he dado cuenta puede que se deba a que otro tipo de oscuridades atraían nuestra atención durante este invierno, como si en esa noosfera nuestra, cuando pareciera que aumentase, laboriosa y a través del dolor de los siglos, la proporción de racionalidad en detrimento de la barbarie, y que cientos y cientos de millones de seres humanos osasen ya regirse por la concordia y la razón frente a la irracionalidad y los dogmas, hayan de volver inexhaustos los vientos oscuros y las insaciables furias a cercenar millones de esperanzas y millares de vidas, esgrimiendo doctrinas y mensajes insensatos.

Esto no se acaba

Esto no se acaba

No es difícil encontrar obras escritas y gráficas que han expresado la desazón ante la ardua e inacabable tarea de la humanidad frente a las monstruosidades que se abren camino una y otra vez cuando la razón se duerme.

Goya. Esto es peor

Goya. Esto es peor

Ningún artista  ha sabido expresarlo como Goya, con esos grabados en que la negrura de la violencia y la sinrazón devora los modestos progresos de las luces.

Goya. Grande hazaña con muertos.

Goya. Grande hazaña con muertos.

Son esas oscuridades pertinaces las que me han hecho recordar, a partir de un adagio comentado por Erasmo de Rotterdam, la ingente tarea de Sísifo, empujando una y otra vez su piedra y sobreponiéndose al absurdo de un permanente volver a empezar.

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“Saxum volvere”

Empujar la piedra

Adagio II, iv, 40

Saxum volvere. Foto R.Puig

Saxum volvere. Foto R.Puig

Qui   inexhausto   quopiam   atque  inutili  labore  fatigantur…

Quienes se atormentan con un trabajo interminable e inútil lo que hacen, como se suele decir, es hacer rodar una roca. Como dice Terencio en ‘el Eunuco': ‘Ya le dado bastantes vueltas a esta piedra’

(la expresión es en realidad del Miles Gloriosus de Plauto )

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Donato señala que el proverbio alude a quienes son víctimas de un esfuerzo inevitable aunque inútil, y opina que el origen está en la famosa leyenda de Sísifo, empujando la piedra arriba y abajo en los infiernos

Qui   inextricabili   sudore,   sed   inutili,   affligerentur,   tractumque   putat   a   notissima   Sisyphi   fabula,   saxum   apud   inferos   sursum   ac   deorsum   volventis

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Dice que él mismo, astuto y perspicaz, tuvo que hacer como Sísifo, ante un funcionario estólido, al que con razón llama pedrusco

(NB: Versión latina de los Adagios aquí utilizada: Les Adages d’Érasme, Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), 2010, pag. 1108, la traducción es mía)

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Sísifo. Tizianno 1549. Museo del Prado.

Sísifo. Tizianno 1549. Museo del Prado.

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Arriba y abajo

“Sursum ac deorsum”

Adagio I iii 85  

La glosa de este adagio comienza con la referencia al trabajo de esclavo de Parmenón en el Eunuco de Terencio, corriendo sursum ac deorsum, de mensajero entre su dueño (Fedria) y la mujer que este corteja (Tais).

Luego pasa a significados de “mayor estilo” el primero de los cuales se refiere a los jurisconsultos:

Los abogados saltan rápidamente de volumen en volumen, entre una ley y otra, de un interpretación a otra, cambiando de posición a menudo como quien vaga arriba y abajo. Es una metáfora sacada de la leyenda de Sísifo, empujando su piedra en el inframundo

Ea metaphora mutuo sumpta videtur a Sisyphi fabula saxum volventis apud inferos

Como de costumbre, sigue una lista de citas que se refieren a quienes, para conseguir sus objetivos, lo intentan todo laboriosa e incansablemente (Demóstenes, Aristófanes, Eurípides, Platón, Arístides, Plutarco, Menadro y Ateneo). Más otras referencias (Terencio, Donato, Juliano) que aluden a un sentido tragicómico y hasta lúdico de la expresión, sobre aquellos que todo lo confunden y remueven.

(NB: Versión latina de los Adagios aquí utilizada: Les Adages d’Érasme, Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), 2010, ppp. 320-322, la traducción es mía)

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No dejar cuerda sin mover

“Omnem rudentem movere”

Adagio I iv 31

En un sentido parecido, no de remover sino de accionar todos los resortes de una situación, Erasmo también recorre arriba y abajo toda la literatura clásica para explicarnos como en este sentido han usado la expresión “tocar todas las cuerdas” una serie de autores. Aristófanes en el sentido de no rendirse; Luciano en el de buscar la revancha; Apolonio en la búsqueda de la ganancia comercial; Platón en reflexionar cuidadosamente (en el diálogo que titula Sísifo); y Julio Polux en el que quizás sea el sentido metafórico original y el más hermoso:

Navegábamos soltando todos los cabos y ‘con todo nuestro cordaje’. Describe así una navegación difícil en la que todo ha de intentarse

Navigabamus omni moto rudente et omnibus rudentibus. Ad eum modum significat difficilem navigationem, in qua omnia tentanda

(NB: Versión latina de los Adagios aquí utilizada: Les Adages d’Érasme, Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), 2010, pag.356, la traducción es mía)

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Erasmo como metáfora

Erasmo trabajó sin descanso buscando y examinando los sentidos de cada proverbio en la literatura griega y latina y en sus comentaristas y recopiladores.  Esa es la tarea ingente (“trabajos de Hércules”) que se marcó durante décadas y que ha hecho de sus Adagios un monumento filológico y literario único.

Con la analogía del trabajo hercúleo alude a esa ingente labor filológica de aquellos años de inicios del siglo XVI en los que se dejaba las pestañas en las bibliotecas y archivos y en la imprenta de Aldo Manuzio, escribiendo sin parar, revisando el trabajo de los cajistas y corrigiendo las pruebas de imprenta sobre la marcha, como un nuevo Sísifo empujando sin cesar la piedra.

El comentario en que lo cuenta forma parte de uno de sus adagios largos, de esos en que no se limita a la glosa y a la cita filológicas. Son esos en los que vierte su propia experiencia de la vida, sus inquietudes y su filosofía. En este caso, además, es un hermoso testimonio del trabajo del sabio erudito en las primeras décadas de la imprenta en Europa. Es bien sabido que fue él quien con mayor inteligencia y habilidad supo sacarle partido en los albores del siglo XVI y varios lustros antes que Lutero y otros reformadores.

Los trabajos de Hércules

“Herculei labores”

Adagio III, I, 1

Una vida entera apenas bastaría para el examen y análisis de tantos poetas en ambas lenguas, tantos gramáticos, tantos oradores, tantos dialécticos, tantos sofistas, tantos historiadores, tantos matemáticos, tantos filósofos, tantos teólogos, siendo así que sólo catalogar sus obras agotaría a un hombre; y esto no sólo de una vez por todas, sino arriba y abajo, tan frecuentemente como el contexto exija que cual Sísifo empujes tu piedra hasta la cima del monte. Pienso que no habrá nadie que no vea, nadie que no se dé cuenta de que esto es algo enorme. Ahora bien, pregunto, ¿qué proporción tiene esta tarea entre todos mis trabajos? He aquí que te queda un ejército casi mayor de comentaristas, de los cuales algunos por pereza y descuido, no pocos también por ignorancia (porque también estos han de ser cribados, sin duda para recoger algo de oro del muladar), han añadido una considerable carga a nuestros trabajos

Sisifo. Antonio Zanchi.  1660 a 65. Mauritshuis. La Haya

Sisifo. Antonio Zanchi. 1660 a 65. Mauritshuis. La Haya

Vix  aetas  humana  suffecerit,  ut  tot   utriusque  linguae  poetas,  tot  grammaticos,  tot  oratores,  tot  dialecticos,  tot  sophistas,   tot   historicos,   tot   mathematicos,   tot   philosophos,   tot   theologos,   quorum   vel   titulis   recensendis   defatigetur   aliquis,   excutias   ac   revolvas,   neque   id   semel,   sed   sursum   ac   deorsum  in  his,  utcunque  res  postularit  Sisyphi  saxum  volvere.  Jam  hoc  opinor  nemo   non   videt,   nemo   non   fatetur   esse   maximum.   At   ea   quota   portio   quaeso   nostri   sudoris  ?   En   tibi   restat   agmen   pene   majus   interpretum,   in   quibus   aliorum   supinitas   atque   indiligentia,   nonnullorum   etiam   imperitia   (nam   hi   quoque   sunt   evolvendi,   nimirum   ut   aliquando   legas   aurum   e   stercore)   non   mediocrem   sarcinam   adjunxere   nostris  laboribus.

(NB: Versión latina de los Adagios aquí utilizada: Les Adages d’Érasme, Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), 2010, pag. 1474, la traducción es mía)

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Volvamos a Sísifo y a la causa de su pena

Según las leyendas de la literatura clásica, fue precisamente la astucia de Sísifo, lo que hizo reaccionar a Zeus, condenándole a empujar una roca montaña arriba para, una vez en la cumbre, ver como el dedo invisible de Dios la empujaba hacia abajo, arrastrándole con ella,  para volver a empezar, como castigo por osar engañarle.

 

Los engaños de Sísifo

“Sisyphi artes”

Adagio III vii 26

Se suele calificar como ‘engaños de Sísifo’ un consejo ingenioso y astuto. Aristófanes habla en ‘Los Acarnienses': ‘Saca sin tardar los hábiles trucos de Sísifo’.  Hay además otra razón por la cual el nombre de Sísifo está vinculado proverbialmente a la astucia.  La encontramos en un verso de Homero: ‘Sísifo, aquel a quien nadie en la tierra iguala en astucia’. El tema aparece de nuevo en el sexto libro de La Ilíada: ‘Aquí vivió Sísifo, un pícaro astuto como ninguno hubo’. De él descendía Ulises, al que Homero representó como astuto e inteligente

(NB: Versión latina de los Adagios aquí utilizada: Les Adages d’Érasme, Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), 2010, pag. 1832, la traducción es mía)

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Sísifo en el siglo XX

Doy un salto de algunos siglos, porque estos adagios me llevan inevitablemente a otros textos dedicados al mito de Sísifo por un joven autodidacta y menesteroso, un periodista filósofo de menos de treinta años, un tuberculoso en pugna con su enfermedad que había asumido que moriría joven. Me refiero a Albert Camus.

Está empujando su roca, pero escribe entre 1939 y 1943 tres obras clave de la literatura filosófica del siglo XX; una novela: El extranjero; un ensayo: El mito de Sísifo; un drama: Calígula. Las entrañas de la culpa absurda, la rebelión metafísica contra el absurdo, la rebelión libertaria contra el imperio de la sumisión.

Albert Camus en 1939 durante el ensayo de Calígula. Foto B.Rouget en el períodico Alger Republicain

Albert Camus en 1939 durante el ensayo de Calígula. Foto B.Rouget en el períodico Alger Republicain

Una década más tarde, su rebelión habrá alcanzado una lucidez que no tiene parangón en la obra filosófica de aquellos años. Es en El hombre rebelde donde culmina su lucha contra el nihilismo totalitario y su apuesta por las personas, no en función de un futuro paraíso revolucionario, sino en el aquí y el ahora de la realidad en la que vivimos:

‘Me rebelo, luego somos’, al ‘estamos solos’ de la rebelión metafísica, la rebelión en su pugna con la historia añade que en lugar de matar y morir para producir el ser que no somos, hemos de vivir y hacer vivir para crear lo que somos

Albert Camus, L’homme révolté (1951), Gallimard, 1957 (edición 144ª), p. 309, las traducción es mía)

La culpa absurda

El pecado no reside tanto en saber (bajo ese punto de vista todos somos inocentes), como en querer saber. Es ese el único pecado que el hombre absurdo puede considerar constitutivo de su culpabilidad y a la vez de su inocencia

(Albert Camus, Le mythe de Sisyphe (1942), Gallimard, Folio/Essais, 2012, pag. 72, la traducción es míaa)

‘Mi espacio, dice Goethe, es el tiempo’. He aquí pues la palabra absurda. ¿Qué es en efecto el hombre absurdo? Aquel que, sin negarlo, no hace nada por lo eterno. No es que la nostalgia le sea extraña. Pero a ella prefiere su coraje y su razonamiento.  El primero le enseña a vivir sin apelación y bastarse con lo que tiene, el segundo le instruye sobre sus límites. En la certeza de su libertad a término, de su revuelta sin futuro y de su conciencia perecedera, continúa su aventura durante el tiempo de su vida.  Ahí está su terreno, ahí su acción que sustrae a cualquier juicio que no sea el suyo.  Para él, una vida más grande no puede ser una otra vida (p.95)

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Sísifo y Camus

Hemos comprendido que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio de la muerte y su pasión por la vida le han valido este suplicio indecible donde todo el ser se esfuerza para nada concluir (pag. 164)

Al final de este largo esfuerzo medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin fondo, la meta se ha alcanzado. Sísifo mira la piedra rodar en pocos instantes cuesta abajo, hacia ese inframundo desde el que habrá que remontarla hacia las cumbres. Desciende al llano.

Es durante ese retorno, esa pausa, cuando Sísifo me interesa. Un rostro que pena, ¡tan pegado a las piedras y ya piedra en sí mismo! Veo a ese hombre que desciende de nuevo marchando pesadamente pero con paso igual hacia el tormento del que no conocerá el fin…

… En cada uno de esos instantes, cuando abandona las cimas y se adentra poco a poco en las madrigueras de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca.

Si este mito es trágico, es porque su héroe es consciente. ¿Dónde estaría en efecto su pena, si a cada paso la esperanza de lograrlo le sostuviese? (p.165)

Toda la alegría silenciosa de Sísifo está ahí. Su destino le pertenece. Su roca es suya. Del mismo modo, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace enmudecer a todos los ídolos. En el universo devuelto de repente a su silencio miles de pequeñas voces, deslumbradas, se elevan de la tierra…

No hay sol sin sombra y hay que conocer la noche. El hombre absurdo dice sí y su esfuerzo ya no cesará.  Si hay un destino personal, no hay en cualquier caso un destino superior o, al menos, no hay más que uno, que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, él se sabe dueño de sus días. En ese instante sutil en el que el hombre reexamina su vida, Sísifo, de vuelta a su roca, contempla esta serie de acciones desligadas que forman su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por la muerte.  De este modo, persuadido del origen totalmente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca rueda aún.

¡Dejo a Sísifo al pie de su montaña! Siempre se encuentra la propia carga, pero lo que Sísifo enseña es una fidelidad superior que niega los dioses y levantas las rocas. Piensa también que todo está bien. Este universo, ya sin dueño, no le parece ni estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada esquirla mineral de esta montaña repleta de noche, forma por sí solo un mundo. La lucha hacia las cumbres basta en sí misma a llenar un corazón de hombre. Hay que imaginar a Sísifo feliz (pp. 167-168)

Epílogo

Albert Camus a principios de los años 50. Foto Bernard

Albert Camus a principios de los años 50. Foto Bernard

Pongo en plural las palabras de Camus y son el resumen de la historia de los seres humanos en su lucha contra el peso de la oscuridad y la irracionalidad, contra el desajuste entre el deseo de claridad que nos azuza (“cuya llamada resuena en lo más profundo del hombre”) y la realidad del mundo:

… sísifos somos todos los héroes absurdos. Lo somos tanto por nuestras pasiones como por nuestro tormento. Nuestro desprecio de los dioses, nuestro odio de la muerte y nuestra pasión por la vida nos han valido este suplicio indecible donde todo nuestro ser se esfuerza para nada concluir

No renunciemos, que el nihilismo y la mistificación de la revuelta no nos cieguen.

Cuando en el vértigo y el furor, la rebelión se convierte en todo o nada, en la negación de todo ser y toda naturaleza humana, en ese momento reniega de sí misma. La negación total sólo sirve para justificar el proyecto de una totalidad por conquistar. Pero la afirmación de un límite, de una dignidad y de una belleza pertenece a todos los hombres, conduce a la necesidad de extender ese valor a todos  y a todo, y de marchar hacia la unidad sin renegar de los orígenes

Albert Camus, L’homme révolté (1951), Gallimard, 1957 (edición 144ª), p. 308, la traducción es mía)

Deambulando de nuevo por Leicester

8 marzo, 2015
Tronera sobre puerta de entrada den la muralla medieval. Leicester. Foto R.Puig

Tronera sobre puerta de entrada de la muralla medieval. Leicester. Foto R.Puig

Para Dimitris y María

Desde la Edad de Hierro, cuando era una capital tribal, al momento actual, con más de 300.000 habitantes, Leicester ha pasado por muchas vicisitudes hasta convertirse en una ciudad multiétnica y pluricultural. De ser centro del comercio de ganado, lanas y productos agrícolas en el Medioevo, evolucionó hasta convertirse, revolución industrial mediante, en la segunda ciudad europea en renta per cápita en los años treinta del pasado siglo.

Con las guerras y la necesidad de producir armamento y suministros para el ejército, desde cañones hasta botas y vestimenta militar para los tommies, la demanda de mano de obra subió tanto que llegó a entrar en colisión con las necesidades de reclutamiento. Otro efecto fue que las mujeres accedieron a un nivel de pleno empleo comparable al de los hombres. Leicester pasó página abandonando los hábitos de la sociedad victoriana.

Las necesidades de otro tipo de viviendas condujeron a la casi desaparición del casco antiguo que había alcanzado niveles de insalubridad inaguantables para quienes iban obteniendo mejores ingresos.

Casas victorianas renovadas. Leicester. Foto R.Puig

Casas victorianas renovadas. Leicester. Foto R.Puig

La inmigración posterior a la II Guerra Mundial de familias y trabajadores, procedentes de los países que fueron colonias británicas, han compuesto el melting pot del Leicester actual.

Algo de historia

Pasear por Leicester, tras el reciente descubrimiento del esqueleto de Ricardo III (1452 – 1485) bajo el asfalto de un aparcamiento, es encontrar abundantes referencias a aquella época.

Tanto más si, como se va confirmando, la imagen de villano, asesino de sus dos sobrinos y usurpador del trono de Inglaterra, popularizada por Shakespeare (1564-1616), inspirada por una historia del rey que escribió en inglés Thomas More (1478–1535), hubiera sido traducida, al pie de la letra, del libelo calumnioso escrito en latín por el cardenal John Morton (1420-1500), que conspiró para ayudar a Henry Tudor (1457-1509) a derrocar al que tenía todas las trazas de haber llegado a ser el mejor rey de Inglaterra, si no le masacran en la batalla de Bosworth en 1485, a pocos kilómetros de Leicester.

Ricardo III según imágenes de la época

Ricardo III según imágenes de la época

Hay una novela, basada en documentos y trabajos históricos que han estudiado aquellos supuestos crímenes, que sigue la pista a la construcción de lo que la novelista desentraña como un infundio:  Tey, Josephine, The Daughter of Time, Random House, 1951 (reedición en Arrow Books en 2009). Esta ficción histórica parece irse confirmando en investigaciones posteriores.

Según estas hipótesis, quien verdaderamente quitó de en medio a los sobrinos de Ricardo III fue en realidad su vencedor y sucesor Enrique VII (Henry Tudor), para imposibilitar cualquier debate dinástico. Si se piensa en la crueldad de su hijo, Enrique VIII, no sería raro que tal astilla venga de un palo similar.

De la rehabilitación de Ricardo III, pero sobre todo de la desmitificación de las historias de Thomas More y de Thomas Cromwell se ocupa la trilogía de la novelista histórica Hilary Mantel y una serie de TV de la BBC de la que quizás acabemos hablando. A pesar de que la obra de esta autora sea novelada, su historia del Lord Canciller Cromwell, a quien Enrique VIII mandó decapitar en 1540, para acto seguido rehabilitarlo y llorar su desaparición, ha sido considerada correcta por historiadores competentes (Cfr. Borman, Tracy, Thomas Cromwell. The untold story of Henri VIII’s most faithful servant, London, Hodder & Stoughton, 2014).

En todo caso, son numerosos los carteles que junto a sus monumentos hablan de Ricardo III por la ciudad de Leicester.

Puente de acceso a la antigua abadía. Abbey Park. Foto R.Puig

Puente de acceso a la antigua abadía. Abbey Park. Foto R.Puig

En un largo paseo por el Parque de la Abadía, tuvimos ocasión de encontrarnos con otro controvertido personaje del siglo XVI, el cardenal Thomas Wolsey (1471-1530), Lord Canciller de Inglaterra con Enrique VIII (1491-1547).  Cuando cayó en desgracia y mientras era trasladado a la Torre de Londres desde el norte de Inglaterra, murió y fue enterrado en la Abadía de los Agustinos de Leicester.

Ruinas del refectorio de la abadía de Santa María, s.XII, en Leicester.  Foto R.Puig

Ruinas del refectorio de la abadía de Santa María, s.XII, en Leicester. Foto R.Puig

De ella solo quedan los fundamentos de sus muros y columnas.

Bases de las columnas de la nave de la igelesía de la abadía de Santa. María. Foto R.Puig

Bases de las columnas de la nave de la iglesia de la abadía de Santa. María. Foto R.Puig

Un piedra tumbal en el recinto de la capilla donde se sabe fueron sepultados sus restos espera a que los arqueólogos vengan a excavar para encontrarlos.

Losa memorial en el recinto de la capilla donde se asevera fue enterrado Wolsey. Foto R.puig

Losa memorial en el recinto de la capilla donde se asevera fue enterrado Wolsey. Foto R.Puig

Pero también hay una estatua barata frente a la hamburguesería del parque más para publicidad que como contribución al arte escultórico, ofrecida a la ciudad por una firma que fabrica y comercializa ropa masculina.

Este monumento, si así calificarse puede, parece más propio de un parque temático y no está a la altura del lugar y de las huellas de la historia de Inglaterra que alberga el parque.

Pero divierte a los niños.

Estatua del Cardenal Wolsey en Abbey Park. Detalle. Foto R.Puig

Estatua del Cardenal Wolsey en Abbey Park. Detalle. Foto R.Puig

Así le retrataron medio siglo después de su muerte (la verdad es que no sé con qué versión quedarme)

Sampsom Strong. Thomas Wolsey. Madalen College. Oxford

Sampsom Strong (c.1550-1611). Thomas Wolsey. Madalen College. Oxford

Un sosegado lugar de recreo

Abbey Park.  Foto R.Puig

Abbey Park. Foto R.Puig

Abbey Park es un magnífico entorno para el esparcimiento

Abbey Park. Foto R.Puig

Abbey Park. Foto R.Puig

para la gente y para las aves

En Abbey Park.  Foto R.Puig

En Abbey Park. Foto R.Puig

Otros monumentos

Cabeza clava. Iglesia de St.Mary. Leicester. Foto R.Puig

Cabeza clava. Iglesia de St.Mary. Leicester. Foto R.Puig

En otra zona de la ciudad se alza la iglesia de St. Mary de Castro iniciada en estilo románico, como atestiguan sus más antiguos arcos, y concluida en estilo gótico.

Leicester. Iglesia de St.Mary.  Foto R.Puig

Leicester. Iglesia de St.Mary. Foto R.Puig

Era parte del antiguo recinto amurallado del castillo, construido en el siglo XI, que hasta 1992 fue el lugar de los tribunales. En la plaza que separa los dos edificios se precipitó hace unos años el chapitel de la torre, todavía airosa aunque desmochada.

Leicester's Castle. Foto R.Puig

Leicester’s Castle. Foto R.Puig

En el castillo subsisten aún las vigas de roble que se colocaron en 1523 en sustitución de las originales y su fachada apacible esconde una historia de calabozos subterráneos. Para añadir morbo, la información escrita que un personal muy amable nos facilita habla del descubrimiento de esqueletos de ejecutados junto a sus cimientos.

Revisitando el Museo del New Walk

Las cerámicas de Picasso

Cerámicas  de Pîcasso. La sala de la colección Attenborough. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Cerámicas de Pîcasso. La sala de la colección Attenborough. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Del Museo de Leicester ya habíamos tratado hace un año y medio con ocasión de mi anterior visita a la ciudad, pero no habíamos ilustrado la magnífica colección de cerámicas de Pablo Picasso (1881-1973), de la que hizo donación el actor, director y productor de cine Richard Attenborough (1923-2014).

Me entretuve en fotografiar algunas de las imaginativas fisionomías que Picasso plasmó en ellas durante las últimas décadas de su vida en que se dedicó con enorme placer a innovar el arte de la cerámica en los talleres de la fábrica de cerámicas Madoura en Vallauris, donde entre 1946 y 1971 ejecutó unas cuatro mil obras originales. De más de 600 modelos los esposos Suzanne y Georges Ramié realizaron ediciones bajo la supervisión directa del artista.

Cerámica de Pîcasso. Colección  Attenborough. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Cerámica de Pîcasso. Colección Attenborough. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Entre las varias innovaciones que Picasso introdujo destaca la invención de la “impresión cerámica original”, por la cual el plato trabajado se convierte en una plancha de la cual se sacan copias inversas, cada una con dibujos, incisiones, incluso con texturas y masa añadidas,  y colores individualizados.

Cerámica de Pîcasso. Colección Attenborough.  Museo de Leicester. Foto R.Puig

Cerámica de Pîcasso. Colección Attenborough. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Fue en aquel taller donde conoció a Jacqueline Roque Hutin (1927-1986) con la que se casó en 1961. Su imagen aparece en numerosas cerámicas de Vallauris.

Cerámica de Pîcasso. Colección Attenborough. Museo de Leicester.  Foto R.Puig

Cerámica de Pîcasso. Colección Attenborough. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Hay también cerámicas de Picasso en la colección que Eugenio Arias, que fue su barbero y amigo, donó a su pueblo, haciendo así posible que haya un Museo Picasso en Buitrago de Lozoya (Madrid).

Otras cerámicas deslumbrantes del artista, que por desgracia se subastaron pieza a pieza en Christie’s  en 2012, son las de la colección Madoura.

Expresionismo alemán

En mi anterior crónica de Leicester también traje al blog la colección de expresionistas alemanes de Leicester, que ahora se puede visitar virtualmente en su integridad.

Karl Schmidt Rottluff. Horse and carriage.1910. Lapiz y tinta

Karl Schmidt Rottluff. Horse and carriage.1910. Lapiz y tinta

Ernst Neuschul. Messias. 1919. Museo de Leicester. Colección Hess

Ernst Neuschul. Messias. 1919. Museo de Leicester. Colección Hess

Por ello me limito seleccionar aquí unos pocos ejemplos.

Franz Marc. Red woman. 1912. Museo de Leicester.

Franz Marc. Red woman. 1912. Museo de Leicester.

Von Javlenski. Head in black and green. Museo de Leicester. Colección Hess

Von Javlenski. Head in black and green. Museo de Leicester. Colección Hess

Hablé de los orígenes de esta colección en la crónica de Leicester de hace más de año y medio: Divagaciones inglesas (II). Por el museo y por las calles de Leicester

La Sala Victoriana

Charles Green. La chica que he dejado atrás. 1880. Museo de leicester. Foto R.Puig

Charles Green. La chica que he dejado atrás. 1880. Museo de Leicester. Foto R.Puig

El Museo tiene una colección de pinturas que refleja las preferencias artísticas de la llamada sociedad victoriana, que corresponde a la época que coincide con el largo reinado de la reina Victoria (1837-1901).

Están reunidas en una única sala y coinciden con lo que se promovía en las academias o se admiraba en los artistas de entonces y de tiempos anteriores, al menos entre las clases pudientes e interesadas por la compra de obras de arte.

Sentimientos familiares y heroicos

Charles Green. La chica que he dejado atrás. 1880. Detalle. Museo de   Foto R.Puig

Charles Green. La chica que he dejado atrás. 1880. Detalle. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Filantropía, desinterés y generosidad hacia los necesitados.

William Small. El buen samaritano 1899. Museo de Leicester

William Small. El buen samaritano 1899. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Mitología de tintes románticos y épicos

Frederick Leighton. Detalle de Perseo y Pegaso. 1896. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Frederick Leighton. Detalle de Perseo y Pegaso. 1896. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Efemérides bélicas

William Bass. La batalla de Bosworth. 1839. Museo de Leicester. Foto R.Puig

William Bass. La batalla de Bosworth. 1839. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Escenas de la naturaleza en todo su poder, grandes marinas, naufragios

Edmund J Niemann. 1868. Filey Brigg. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Edmund J Niemann. 1868. Filey Brigg. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Pero también la vida idealizada del campo

Thomas Sidney Cooper. Ganado en el paisaje. Detalle. 1836. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Thomas Sidney Cooper. Ganado en el paisaje. Detalle. 1836. Museo de Leicester. Foto R.Puig

Exotismo oriental y fisionomías del vasto imperio que despertaban la curiosidad de los salones

Frederick Leighton. Cabeza de árabe. 1857.Museo de Leicester. Foto R.Puig

Frederick Leighton. Cabeza de árabe. 1857.Museo de Leicester. Foto R.Puig

El retrato de las familias de la buena sociedad

Thomas Hudson hacia 1756. La Sra. Mitchell y sus hijos Anne y Matthew. Detalle

Thomas Hudson hacia 1756. La Sra. Mitchell y sus hijos Anne y Matthew. Detalle

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Hoy, el Imperio Británico pasó a la historia y los niños encuentran instalaciones de su gusto frente a esos cuadros que ornaban las paredes de la burguesía y la aristocracia victorianas, en esta ocasión rodando sobre el piso de madera de la sala, empujando unos ruidosos y pesados carricoches

Aspecto de la sala Victoriana acomodada para los niños. . Museo de Leicester. Foto R.Puig

Aspecto de la Sala Victoriana acomodada para los niños. . Museo de Leicester. Foto R.Puig

Epílogo

Evocación de aquella época imperial de fastos militares son dos cañones rusos capturados por el Royal Regiment of Leicestershire en 1855, en el sitio de Sebastopol, la última gran batalla que selló el final de la guerra de Crimea con la rendición de los rusos.

Se exhiben delante del museo de historia de la ciudad al costado del Magazine Gateway.

Cañón capturado en la batalla de Sebastopol  en 1855. Leicester. Foto R.Puig

Cañón capturado a los rusos en la batalla de Sebastopol en 1855. Leicester. Foto R.Puig

Y ya que Crimea, como enclave de ambiciones territoriales y conflictos renovados, ha vuelto a la más candente actualidad, quién sabe si David Cameron va a tener que devolverle uno de los cañones a Vladimir Putin, empaquetado en celofán, como regalo de apaciguamiento.

Es sabido que los grandes machos son a ratos sentimentales, hasta las lágrimas.

De un paseo por Birmingham.

1 marzo, 2015
Birmingham. Detalle de una de las vidrieras de Edward Burne Jones en la catedral.  Foto R.Puig

Birmingham. Detalle de una de las vidrieras de Edward Burne-Jones en la catedral. Foto R.Puig

Para mis nietos

Hace una semana he vuelto de los Midlands ingleses.  El objetivo principal ha sido pasear con mis nietos y compartir tareas y veladas con sus papás.  Nada particularmente extraordinario para los que tenemos la familia en diáspora. Así que la imagen que abre la portada de hoy es lo que más le gustó a mi nieta de nuestro paseo de unas horas por la industriosa Birmingham.

Curiosamente,  en la guía turística de Inglaterra (“England for everyman”) editada por primera vez en 1933 y actualizada en 1965 por la prestigiosa firma de guías turísticas -“prácticas e históricas”- de la editorial J.M Dent & Sons Limited de Londres (“astonishingly near to perfection” según reza su solapa) no creyeron relevante hablar de Birmingham. La palabra más cercana en su copioso índice de materias es Birchington. ¿No han estado nunca en Birchington? Pues no se pierdan su selecto balneario y sus playas de arena no lejos de la desembocadura del Támesis, ni la tumba del pintor y poeta prerrafaelita Dante Gabriel Rossetti (Londres, 1828 – Birchington-on-Sea,1882), enterrado en el cementerio que rodea la iglesia del pueblo.

Lejos de esas playas, en los West Midlands, aunque la guía lo ignore, se halla el extraordinario Museo y Galería de Arte de Birmingham donde se puede admirar una de las mayores colecciones de obras de la Hermandad Prerrafaelita, varias de ellas de ese pintor que fue a morir frente al mar de Birchington en la casa de vacaciones de un amigo.

Birmingham. La fachada del Museo. Foto R.Puig

Birmingham. La fachada del Museo. Foto R.Puig

Pero quien tiene más obras expuestas en el Museo de Birmingham es Edward Burne-Jones (Birmingham 1833 – London 1898). El artista pintó también los cartones de las vidrieras que se pueden admirar en la catedral barroca, ejecutadas por su amigo William Morris (1834-1896).

Birmingham. La catedral barroca del siglo XVIII.  Foto R.Puig

Birmingham. La catedral barroca del siglo XVIII. Foto R.Puig

Birmingham. Detalle de vidriera de Edward Burne Jones en la catedral.  Foto R.Puig

Birmingham. Vidriera de Edward-Burne Jones en la catedral. Foto R.Puig

Birmingham.  Detalle de vidriera de Edward Burne Jones en la catedral.  Foto R.Puig

Birmingham. Detalle de vidriera de Edward Burne-Jones en la catedral. Foto R.Puig

Además del niño Jesús que encabeza esta crónica, a mi nieta de cinco años lo que más le gustó de nuestra visita a Birmingham fue el gran plato de fish and chips que se comió en el Old Joint Stock Pub, situado frente a la catedral.  Era en su día un banco. Hoy, en su gran salón, no se calculan dividendos, se trasiegan pintas de cerveza y se come a la inglesa.

Birmingham. Interior del Old Joint Stock Pub. Foto R.Puig

Birmingham. Interior del Old Joint Stock Pub. Foto R.Puig

Tras haber guardado en la mochila mi venerable guía, inútil para visitar la ciudad aunque deliciosamente literaria, nos guiamos por una bien reciente que me había prestado mi yerno, para apoyar nuestro paseo entre Victoria Square y el Bull Ring .

A la estatua The River de Dhruva Mistry (Gujarat, India, 1957) en Victoria Square, los naturales del lugar la han bautizado, con cierto tono misógino y puritano, como Floozzie in the Jacuzzi, ignorando que su ecléctico escultor parece haberse inspirado en los modelos clásicos de las divinidades fluviales masculinas romanas, en este caso creando una deidad-río femenina.

The River by Dhruva Mistry. Foto R.Puig

The River. Obra del escultor indio Dhruva Mistry. Foto R.Puig

Así que puede que sea un impulso previsor lo que ha determinado al escultor a escoltar a la diosa con una esfinge guardiana. Quizás ella disuada a enfermizos iconoclastas. No se sabe, a veces se empieza por las palabras y luego se pasa a los hechos.

Guardian by Dhruva Mistry. Victoria Square. Birmingham. Foto R.Puig

Guardian de Dhruva Mistry. Victoria Square. Birmingham. Foto R.Puig

Al otro lado de la plaza hay otra “deidad” integrante del panteón británico, en su caso  convenientemente vestida, como corresponde a los códigos de la época que lleva su nombre. Se trata de la Reina Victoria, en este caso envuelta en humo de suculentas fritangas.

La Reina Victoria al olor de la cebolla frita. Foto R.Puig

La Reina Victoria al olor de la cebolla frita. Al fondo el City Hall. Foto R.Puig

Y, un poco más lejos, la Chamberlain Square de trazado geométrico habilidoso y, a mi modo de ver, a pesar de los condicionantes, afortunado.

Juego de líneas en Chamberlain Square. Birmingham. Foto R.Puig

Juego de líneas en Chamberlain Square. Birmingham. Foto R.Puig

Recostado en sus escalinatas, inmortalizado en bronce, el compositor Thomas Atwood (1765-1838), que fue alumno de Mozart y uno de los clásicos de la música coral anglicana, imagina partituras para siempre inconclusas

Efigie del compositor Thomas Atwood en las escalinatas de Chambertlain Square. Foto R.Puig

Efigie del compositor Thomas Atwood en las escalinatas de Chamberlain Square. Foto R.Puig

https://www.youtube.com/watch?v=lAmWl8xWmZQ  (Teach me, Oh Lord by Thomas Atwood)

Este bronce del noble músico inglés es otra de las atracciones para quien pasea con niños por Birmingham, garantizado.

En el otro extremo de la New Street, mientras se circula por la avenida peatonal entre las dos moles comerciales del Bull Ring, aparece demediada la silueta de la iglesia de San Martín, medieval en su origen y neogótica en su versión actual.

Birmingham. Saint Martin desde la avenida peatonal del Bull Ring. Foto R.Puig.

Birmingham. Saint Martin desde la avenida peatonal del Bull Ring. Foto R.Puig.

En ella se conserva, oportunamente salvada de los bombardeos de la II Guerra Mundial, otra vidriera de Burne-Jones y de William Morris, más sobria en su estilización prerrafaelita que las de la catedral.

Birmingham. Vidriera de William Morris siguiendo cartones de Burne Jones. 1877 en la iglesia de Saint Martin. Foto R.Puig

Birmingham. Vidriera de William Morris siguiendo cartones de Burne-Jones. 1877 en la iglesia de Saint Martin. Foto R.Puig

Birmingham. Detalle de la vidriera de Burne Jones y William Morries en la iglesia de Saint Martin. Foto R.Puig

Birmingham. Detalle de la vidriera de Burne-Jones y William Morris en la iglesia de Saint Martin. Foto R.Puig

Naturalmente, mi nieta también descubrió la otra versión del mismo niño.

Birmingham. Detalle de la vidriera de Burne-Jones y William Morris en la iglesia de Saint Martin.  Foto R.Puig

Birmingham. Detalle de la vidriera de Burne-Jones y William Morris en la iglesia de Saint Martin. Foto R.Puig

Y si alguno de ustedes, anduviese un día de shopping por Birmingham, lograse abrirse paso en medio de la marea humana que invade el interior del Bull Ring y levantase la mirada, podría contemplar también unas curvas arquitectónicas modernistas, en este caso las de los almacenes Selfridges.

Birmingham. Los almacenes Selfridges.  Foto R.Puig

Birmingham. Los almacenes Selfridges. Foto R.Puig

Al despedirnos de la ciudad, podemos lanzarle una última mirada desde el tren que nos lleva de retorno a Leicester.  No será tan triste y tan definitiva como la de estos emigrantes ingleses del siglo XIX, que observan los últimos perfiles de las costas de su patria, desde la nave que les transporta a Norteamérica.

Ford Madox Brown. The last of England. Detalle. Birmingham Museum. Foto R.Puig

Ford Madox Brown. The last of England. Detalle. Birmingham Museum. Foto R.Puig

Luis Ccosi Salas, el dibujante de Machu Picchu

22 febrero, 2015
Machu Picchu Foto de Manuel Scollo

Machu Picchu Foto de Manuel Scollo

Para el Dr. Ernesto Ávila, eminente cardiólogo del Cusco

Mis visitas a las librerías de segunda mano de Gotemburgo me permiten de vez en cuando conseguir por precios módicos libros amables. A menudo son libros que traen recuerdos o, por añadidura, suscitan mi admiración.

Este es el caso de Machu Picchu de Hermann Buse de la Guerra (Lima, 1920 – Lima, 1981) que adquirí en perfecto estado por el equivalente de cinco euros. Me dirán que exagero, pero volví a casa como un niño con zapatos nuevos.

Viví en el Perú en mis años mozos y lo siento como mi segunda patria.  Así que, cuando te has identificado con sus gentes y el país durante años, hablas la lengua y hasta lograste manejarte con el quechua, y tienes allá un montón de amigos, entonces, seguro que entienden que me alegre mucho el simple hecho de encontrar tan lejos este hermoso libro, que describe e ilustra un lugar tan excepcional como Machu Picchu, donde estuve cuando no había casi turistas y volví por segunda vez en el año 2009.

Hermann Buse fue un escritor, periodista, profesor y catedrático peruano. Dentro de su vasta producción bibliográfica abarcó diversos temas referentes a la arqueología, la historia, el mar y la geografía del Perú. Fue también Presidente del Patronato Nacional de Arqueología del Perú.

La edición que tengo entre las manos es la tercera (Lima, Studium, 1978) de su obra, publicada por primera vez en 1961 (Lima, Nueva Crónia), ilustrada con 20 dibujos magníficos de Luis Ccosi Salas y soberbias fotos de Manuel Scollo .

Machu Picchu por H.Buse de la Guerra

Machu Picchu por H.Buse de la Guerra

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Los dibujos de Luis Ccosi Salas

Luis Ccosi Salas (Puno 1910 – Lima 2003) fue un consumado escultor y virtuoso dibujante que entre los años 1940 y 1947 colaboró estrechamente con Julio César Tello (Huarochirí 1880 – Lima 1947),  médico y antropólogo, considerado el padre de la arqueología peruana. Descubrió las culturas Chavín y Paracas e impulsó y creó el Museo de Arqueología Peruana en Pueblo Libre, Lima. De él aprendió Luis Ccosi el amor por las culturas del antiguo Perú. La minuciosa maqueta de Machu Picchu que se exhibe en aquel Museo, en la Sala Tahuantinsuyo, es obra de nuestro dibujante y escultor.

Machu  Picchu. Dibujo de Luis Ccosi Salas

Machu Picchu. Dibujo de Luis Ccosi Salas

Es difícil que yo pueda comentar los dibujos de Ccosi mejor que el autor del libro, del que he extraído algunos textos.

Y qué mejor que alguna foto de Manuel Scollo para completar la glosa.  Por desgracia no he encontrado datos biográficos de este fotógrafo, salvo, curiosamente, la mención de una  “Exposición de Arquitectura Peruana antigua y moderna” organizada en el Museo de Bellas Artes de Gotemburgo en agosto-septiembre de 1950 por el diplomático peruano Raúl M. Pereira, con la cooperación además, del Museo Etnográfico de Gotemburgo. La  exposición se basaba  principalmente en ampliaciones de fotografías artísticas del Manuel Scollo y  las obras de arte peruano antiguo del Museo Etnográfico.  La muestra, de la que se imprimió un catálogo,  viajó al Museo de Norrköping, donde estuvo abierta de diciembre de 1950 a enero de 1951.

Para más detalles al respecto cfr.: Instituto Ibero-americano de la Escuela de Altos Estudios Mercantiles de Gotemburgo,  Informes Anuales de 1939 a 1964 Göteborgs Universitet 2005 (página 69)

Machu  Picchu. Foto de Manuel Scollo

Machu Picchu. Foto de Manuel Scollo

El río Urubamba y Machu Picchu

Es, pues, un río extraordinario, como corriente de  agua y como quebrada, como potencia hidráulica y como  paisaje. Y, además, en lo que atañe al hombre, un río célebre porque en lo alto de los cerros que lo marginan hay pruebas sorprendentes de civilización, testimonios de  construcciones triunfales como no hay en otro lugar deI mundo. Una serie interminable casi desde las nacientes.  Allí, perdida en un estribo inaccesible, con abismos a un lado y otro y el río abajo; enroscado, bramador como en ninguna parte de su trayecto, entre una cumbre maciza, ancha, y una aguja que se eleva a los cielos; unas veces envuelta en vapor, otras bajo cielo limpio, azul, y toda ella invadida par la violencia de una lujuriante vegetación, se entrega  a los ojos absortos, sobre el telón lejano de los cerros inmensos, la ciudad única, que llaman Machu Picchu. (H. Buse, pág. 37)

Machu Picchu. Dibujo de  Luis Ccosi Salas

Machu Picchu. Dibujo de Luis Ccosi Salas

Equilibrada entre dos inmensidades…

…ciudadela vertical, religiosa y profana, escalonada, pétrea y florida, militar, monástica y labriega, decorativa y escueta, colgada sobre abismos profundos y anhelantemente abierta hacia los más altos abismos del cielo, titánica obra de seres pequeñitos y humildes, suma expresión de fortaleza lograda por la cooperación de pacientes debilidades incansables, vertical todo el tiempo, siempre subiendo, siempre bajando, tanto en sus interminables escalinatas, como en sus caídas de agua y en sus andenerías; equilibrada entre dos inmensidades, es a la vez tierna y hierática y con ternura y con hermético ademán representa una profunda actitud humana de todos los tiempos y todas lás épocas auténticas, mediante un gesto íntimamente propio de esta tierra y de este pueblo

(cita de Federico Costa y Laurent. en H. Buse pág.214)

Machu Picchu. Dibujo reconstrucción de Luis Ccosi Salas

Machu Picchu. Dibujo reconstrucción del área de Los Morteros. Luis Ccosi Salas

En la cumbre del Huayna Picchu

Así, pues, la cumbre es un lugar de privilegio para repasar y recordar; y también para medir, en definitiva, con medida de admiración, la grandeza de la obra humana. Las montañas inmensas, el río, los precipicios, el cielo alto ora limpísimo, ora abarrotado de vapores, el manto de selva, el viento que azota duro, la lluvia tenaz que levanta una música monocorde de las copas de los árboles, estas cosas grandes del mundo y otras que se pierden en la lejanía, contribuyen a la medida justa de la obra del hombre.

Huayna Picchu. Dibujo de Luis Ccosi Salas

Huayna Picchu. Dibujo de Luis Ccosi Salas

Al construir la ciudad, no deshizo el hombre la unidad cósmica que reina en este pedazo de piedra. El mundo, que aquí es soberbio, lo desafió, y el respondió al reto, igualándolo. Hizo algo digno de las montañas, del río, de los precipicios. Y contagiado de la perennidad de las obras del Creador, levantó una ciudad que quiere ser eterna.  (H. Buse, pág. 170)

Machu  Picchu. Dibujo de  Luis Ccosi Salas

Machu Picchu. Dibujo de Luis Ccosi Salas

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Bastantes años más tarde, Machu Picchu se veía así cuando lo visitamos en familia en agosto del 2009…

Machu Picchu y el Huayna Picchu. 2009. Foto M..Puig

Machu Picchu y el Huayna Picchu. 2009. Foto Magnus Puig

Machu Picchu. Andenerías hacia el abismo. Foto Magnus Puig

Machu Picchu. Andenerías hacia el abismo. Foto Magnus Puig

El grupo de los Morteros con el Huayna Picchu al fondo. 2009. Foto M.Puig

El grupo de los Morteros con el Huayna Picchu al fondo. 2009. Foto Magnus Puig

Breverías erasmianas (XVII): “Sponde, noxa praesto est”

15 febrero, 2015
Las ruinas del templo de Delfos. Encyclopedia Britannica

Las ruinas del templo de Delfos. Encyclopedia Britannica

Europa vive tiempos de estrechura, para unos más que otros, y hay agudos debates entre perdonadores y acreedores. Muchas firmas importantes y voces destacadas se suman con sus opiniones en un sentido u otro a la discusión sobre la deuda griega.

Como de este vórtice de razones y sinrazones emergen oráculos y dictámenes para todos los gustos y la sabiduría helénica está en juego, me he acordado de que tenía en cartera traer a esta página el tercero de los oráculos de la sibila délfica.

Ya hemos glosado en este blog los comentarios latinos de Erasmo a los otros dos adagios-consejo griegos que estaban grabados en las columnas del templo de Apolo en Delfos.  El Nosce te ipsum y el Ne quid nimis se completaban con este explícito Sponde, noxa praesto est. Dicen los historiadores que el conjunto de los tres quería compendiar de algún modo lo mejor de la sabiduría de los antiguos griegos.

Resulta una ironía cruel de la historia contemporánea que sea la transgresión de estos tres consejos de la sapiencia helena lo que, en cierto modo, reprochan los otros estados europeos a los gobiernos y a la sociedad de Grecia (aunque no falten quienes piensan que la responsabilidad está bastante repartida) y que, en caso de haber escuchado los oráculos délficos, no se estaría en el estrecho callejón del que tan arduo es ahora salir.

Timeo danaos et dona ferentes. Foto Efe

Timeo danaos et dona ferentes. Foto Efe

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Pero volvamos a lo que íbamos, que era a comentar la glosa de Erasmo

Avala, y tu ruina está lista

Adagio I, vi, 97

De nuevo estamos ante un comentario pura y prudentemente filológico. De hecho Erasmo  no era dado ni a prestar ni a endeudarse. Pero lo que sí es cierto es que su libertad de pensamiento le llevó a avalar a intelectuales de la época perseguidos por inquisidores de toda laya, lo que aumentaba los riesgos de tener que pagar en carne propia. Por desgracia su apoyo no pudo salvar a algunos de ellos de la muerte o de la pena y, a él, sus osadías le obligaron a cambiar de domicilio más de una vez.

En su glosa sólo refleja las acepciones de este adagio en cinco pensadores griegos (Sócrates, Platón, Quilón, Homero y Plutarco) y en dos romanos (Plinio el Viejo y Ausonio):

ἐγγύα πάρα δ᾽ ἄτα  o sea “avala, y la ruina está lista”. Según Sócrates, como atestigua Platón, este adagio es el tercero de una misma línea de pensamiento. Quien se hace garante de otro promete algo que no está en su mano garantizar, es decir la honestidad de alguien. Sócrates atribuye el primero de ellos a Apolo y piensa que los otros dos fueron agregados por los mortales.

Plinio, que atribuye todos ellos por igual a Quilón, considera que han ser tratados como oráculos, afirmando que “los mortales han asociado a Quilón el Lacedemonio con el oráculo, ya que grabó los tres preceptos con letras de oro en Delfos, a saber: que cada cual debe conocerse a sí mismo, que no se debe desear nada en exceso, y que la miseria es la compañera de cama de la deuda y el litigio”. Plinio ha explicado el significado de “avalar”. Damos una garantía en nombre de alguien que pide prestado dinero y sucede que, a menudo, es el garante quien se ve obligado a devolver el préstamo en efectivo. También garantizamos a los jueces que el reo se presentará, pero, si este les deja plantados, son los que le han avalado quienes sufren el castigo.

Este dicho también se le atribuye a Homero, que tiene la siguiente línea en el octavo libro de la Odisea: ‘Las promesas de hombres indignos no tienen valor’.

Y en el “Banquete de Platón” de Plutarco es Quersias quien extrae el adagio de la fábula homérica sobre la diosa Ate, que por haber incitado a Júpiter a hacerse garante del nacimiento de Hércules, fue arrojada por el dios a la tierra. Plutarco cita y alaba estos tres apotegmas en su ensayo “Sobre la locuacidad sin sentido”.

(NB: Versión latina de los Adagios aquí utilizada: Les Adages d’Érasme, Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), 2010, pp. 521-522, la traducción es mía)

En efecto, Plutarco en su pequeño tratado “De la charlatanería” recuerda que los tres adagios atribuidos a la Sibila de Delfos estaban grabados sobre las piedras del templo de Apolo, por ser “simples y cargados de sentido y esconder gran profundidad bajo una fórmula lapidaria” (Moralia, De garrulitate).

ἐγγύα πάρα δ᾽ ἄτα

ἐγγύα πάρα δ᾽ ἄτα

Del poder y de la guerra…

Ya que estamos con el oráculo de Delfos, no puedo menos de recordar uno de los ambiguo pronósticos de la Pitia. Según cuentan Herodoto y Cicerón,  a la pregunta de Creso (rey de Lidia en el siglo VI a. C.) que quería saber si tendría éxito invadiendo Persia, la Sibila respondió de la siguiente forma:

Creso, si cruzas el río Halys destruirás un gran imperio

Ni corto ni perezoso, el último rey de Lidia invadió Persia.  Pero, contra lo que había creído, el imperio destruido no fue el de sus enemigos, sino el suyo propio.

Sibila Delphica. Miguel Ángel. Capilla Sixtina. Wikipedia

Sibila Delphica. Miguel Ángel. Capilla Sixtina. Wikipedia

No sé si será cierto que Vladimir Putin consulta pitonisas, ni tengo idea de lo que estas podrían haberle respondido antes de proceder a la invasión de Ucrania. Tampoco sé si, como se comenta, le guía el propósito de medirse con la Unión Europea y de recrear el esplendor imperial ruso.

Lo que sí enseña la historia de los viejos imperios es que la Sibila puede jugar malas pasadas.

Restos del poder. Fuente Risk.net

Restos del poder. Fuente Risk.net

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