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Karl Marx en la ciudad de las virtudes

20 octubre, 2012

Como explicábamos el pasado día 11, además de ser una ciudad de estirpe romana al borde del Mosela, Tréveris (Trier) fue una ciudad episcopal ya desde los tiempos en que la enorme basílica romana de Constantino el Grande se convirtió en templo cristiano. Y por ella pasó desde los pañales hasta la adolescencia otro constructor de utopías, que soñó vencer no con la cruz, como el oportunista emperador romano, sino con la fuerza de la clase obrera.

Para no ser menos que los romanos, también los príncipes obispos de Tréveris se hacían retratar como constructores de templos en esa meta y lugar de tránsito de peregrinos.

No era la “burbuja del ladrillo” sino de la piedra, pues las jerarquías eclesiásticas, los nobles y los monjes administraban las mayores oficinas de obras públicas y de empleo de la Edad Media.

Quizás por ello en las calles e iglesias de Tréveris he encontrado hasta tres versiones de las virtudes cardinales.

Prudencia

Justicia

Templanza.

Fortaleza

Las cuatro virtudes hacen guardia a la sombra de San Marcos en la fuente de la Plaza del Mercado y también flanquean los mausoleos episcopales de la Catedral.

Aunque lo que mejor ilustra el boato de uno de estos príncipes es la representación de la muerte. En realidad esta “vanitas” es bastante pretenciosa. El personaje parece más bien decirnos “¡después de mí el diluvio!”

No obstante, los jardines del palacio de los Príncipes Electores son más festivos y sus alegorías se sitúan ya bajo los auspicios de la Ilustración.

No sabemos si en sus dominios arzobispales, los príncipes eclesiásticos y sus sucesores practicaron una vida virtuosa, pero que hicieron gala de ellas salta a la vista.

Con el tiempo, otras aspiraciones virtuosas, las revolucionarias, ocuparon la escena.

En la Casa Museo de Karl Marx

Fue en Tréveris donde nació alguien que haría descender el determinismo histórico de las nubes de la teoría hegeliana a los programas de acción del materialismo histórico y del comunismo, desarrollando una ambiciosa utopía, con aspiraciones de ciencia, para dominar la marcha de la economía hacia la sociedad sin clases.

Nos referimos a Karl Marx. 

La casa natal de Karl Marx ha resistido a los años del nazismo y es hoy un museo organizado con un estricto criterio cronológico y pedagógico. En él se recorre con estimable ecuanimidad tanto la historia de la familia y de la vida de Marx como de sus obras y teorías y de movimientos con los que estuvo vinculado, sin olvidar los desarrollos posteriores del marxismo y del comunismo, con sus contradictorias secuelas de idealismos y tragedias.

Así los analizaba ya la obra de Albert Camus, quien “antes de examinar el fracaso del marxismo” resaltaba  “la exigencia ética que subyace al sueño marxista”. Lo que hace la “verdadera grandeza de Marx”, escribe, es esa exigencia moral, que le llevó a “situar el trabajo, su injusta desvalorización y su dignidad profunda en el centro de su reflexión”.

Aunque, navegando a contracorriente de su tiempo, el autor de “L’homme révolté” añadía:

Su fracaso obedece a un método que en su ambigüedad quiere ser a un tiempo determinista y problemático, dialéctico y dogmático.  Si el espíritu es sólo el reflejo de las cosas, sólo puede anticiparse a su evolución mediante la hipótesis.  Si la teoría está determinada por la economía, sólo puede describir el pasado de la producción, no su futuro, que solamente se mantiene en el terreno de la probabilidad

La impotencia del materialismo histórico para superar la crítica de la sociedad presente y su fracaso como ciencia de la sociedad futura ya se sabe lo que trajeron después, cuando Lenin, Stalin y sucesores redujeron la obra de Marx a una profecía que quiso autocumplirse por la dictadura y el terror.

En este museo no hay alegorías barrocas de las virtudes cardinales, pero sí que se sienten los ecos de las luchas de clases en pos de la Justicia durante los siglos XIX y XX, acompañadas por las ambivalentes secuelas de la Fortaleza y los eclipses de la Prudencia.

La Templanza se tendrá que quedar para otros museos y episodios, pues la historia de la humanidad no es demasiado pródiga en su ejercicio.

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