Hamburgsund

Hamburgsund es el nombre de una aldea costera del Bohuslän, en Suecia, que se compone del núcleo central del pueblo en tierra firme y de una isla, al otro lado del canal, en donde está la antigua iglesia y la otra parte de su población. La imagen está tomada desde el pequeño puerto del camping de Rörvik a la hora en que el sol ya ilumina las rocas de la isla y empezaba a caldearme después de una fría noche en tienda de campaña.
El nombre del lugar no tiene nada que ver con la Hamburgo alemana, sino que procede de Hornbora (en el siglo XIV Hornborosvondom) que quiere decir den med horn försedda : «el que tiene cuernos» (¿cuernos de casco vikingo?).
Ya en el siglo XI existía un castillo en borde de su bahía, el Hornborgs slott que dio el nombre a la colina del castillo de Gustav Vasa destruido por los daneses en 1531.

Así que el nombre de Hamburgsund, que tuvo una fortaleza que lo presidió por poco tiempo, significa la bahía de Hamburg y no tiene nada que ver con la ciudad alemana de todos conocida, ni por supuesto con las hamburguesas, aunque sí tiene una excelente heladería y panadería-repostería establecida por un italiano ¡en 1911!
Para completar la información, aquí tienen el mapa de la ubicación de este tranquilo lugar en la Costa Oeste de Suecia no lejos de su frontera con Noruega.
Sentado y completamente solo a las siete de la mañana, frente al brazo de mar que separa el pueblo de su isla, contemplaba yo el otro día la salida del sol sobre sus emergentes batolitos, sin sospechar que desde hace más de mil años los habitantes medievales de este lugar ya tenían un castillo, supongo que para defenderse de quienes ambicionaban ocupar este agreste y estratégico lugar.

Si van ustedes por ahí no se olviden de rendir homenaje a la memoria de Pietro Ciprian, el inmigrante italiano que desde Estocolmo vino a este pueblo a extender su negocio de helados, de los que ya había abierto fábrica en la capital.
La mejor forma de hacerlo es sentarse a degustar uno de los helados que se fabrican y sirven en la heladería que él fundó hace ya 120 años y que ahora bajo el cartel de Piperglace–Svensk ekologisk premiumglass siguen sirviéndose en Hamburgsund.

Por nuestra parte, además de sentarnos en la terraza de la heladería a disfrutar de un bollo, un helado y un café, también pudimos refrigerarnos con un par de zambullidas en las aguas de dos de sus lugares de baño, en el puertecillo de Rörvik, situado ante el brazo de mar en tierra firme…
…y en la playa de Sjöviken, en el centro de la isla hacia el mar abierto.
Mientras sientes en tu espalda el calor del granito rosado, pulido durante miles de años por los glaciares de la última glaciación, oyes hablar en alemán más que en sueco y te zambulles en el mar sin aglomeraciones.
Homenaje a la morralla
Si tienen por costumbre comprar los ingredientes para el caldo de pescado en su pescadería, sabrán de lo que hablo, aunque quizás nunca se hayan fijado en las fisionomías de lo que se suele llamar morralla, sobre todo si se arreglan con pastillas de concentrado o tetrabrik del supermercado
Después de elegir los lenguados y de que les hayan cortado los filetes de la cola del rape y pidan la cabeza para el caldo, el dependiente quizás les pregunte : «¿Le pongo algo de morralla?».
La Real Academia Española define «morralla» como 1) conjunto o mezcla de cosas inútiles o despreciables; 2) multitud de gente de escaso valer; 3) pescado menudo; y añade que en México y Honduras también se entiende como «calderilla», es decir monedas de escaso valor, a lo que yo añadiría que también se entiende así en España.
Pero ¿se les ha ocurrido mirar a la cara a estas víctimas de la cacerola antes de que perezcan sacrificadas a nuestra gourmandise? (nota: me he permitido decirlo en francés porque suena más elegante que glotonería). Las hay de varia especie, aunque para ser breve se me ocurren dos tipos: a) pececillos que acaban como morralla, aunque podrían haber seguido creciendo, pero cayeron prematuramente en la red; b) otros que son siempre pequeños por naturaleza de su especie y terminan del mismo modo.
Algún lector puede que se sienta herido en su sensibilidad por lo que estoy diciendo y le pido disculpas por todas las veces que he confeccionado un caldo marinero. Esperando que nadie inicie una causa general contra los aficionados a la sopa de pescado (entre los que me incluyo). Pero es justo reconocer a estos ignorados héroes de la olla, así que me he propuesto rendirles homenaje. ¡Basta ya de sólo reconocer las virtudes del besugo, la merluza de pincho, el rodaballo, el salmón, las sardinas a la plancha… y tantos otros protagonistas de ilustres menús!
Hoy nos ocuparemos de esos parvulillos a los que se conoce como morralla. En mi ignorancia ictiológica me permitiré darles nombres y expresiones ficticios, esperando que algún biólogo marino me aporte la onomástica correcta. Por desgracia, este homenaje es también un obituario, pues los pececillos que van a ver ya fenecieron, una primera vez en la lonja del pescado y la segunda en la cazuela.

He comenzado por uno que debió de tener aspiraciones para llegar a grande, a depredador de congéneres. No pudo crecer para comerse a los chicos, pero a juzgar por sus dientes debió causar estragos entre los demás candidatos a morralla.
A este otro se le quedó cara de decepción cuando fue secuestrado mientras su cardumen ejecutaba una armoniosa coreografía submarina. Ya en la red se dio cuenta de la heterogénea plebe que le rodeaba cuando ya los pescadores estaban por alzarla. Probablemente este aspirante de aristócrata tenía planes para el futuro.
Los dos siguientes me hacen pensar…
¿Se han dado cuenta mirando a los peces del acuario que algunos parecen reconocerse besándose? ¿Acaso no tienen un gesto similar cuando nos envían su ósculo a través del cristal?
En alguna de mis visitas a un acuario he tenido la impresión de que los peces, cuando moviendo sus aletas se cruzan en sus paseos subacuáticos, se reconocen por la boca. Si es así, esta forma de reconocimiento sería más refinada que la de los animales de género canino que se olfatean por el otro extremo cuando se encuentran con un congénere.
Ahí se lo dejo a los estudiosos de la evolución de las especies.

Hay otro que tiene un gesto muy severo. Me recuerda la mirada de la que creo se llamaba Sor Dolores, severa custodia del orden en el parvulario de mi infancia, cuando, no sé por qué infracción, a mis seis o siete años me castigó de cara a la pared.

El semblante de este otro denota un rol más elevado. De hecho se le ha quedado un gesto de asesor en trance de asesorar, como si, escamado ante la agitación extraña de las aguas, hubiera estado aconsejando un cambio de rumbo al jefe de su cardumen cuando la red del barco pesquero le atrapó.
Pero el más conmovedor de esta galería es un pececillo que parece, por rostro y dimensiones, pero sobre todo por su inocente mirada, ser de corta edad y estar descubriendo el mundo submarino como en un film de Cousteau.
Parafraseando al filósofo, también en el mundo submarino las vidas de los humildes seres de la morralla se podrían resumir en voluntad y representación.
Puede que sea un espejismo, pero incluso en el ademán de alguno de ellos se atisba una pequeña promesa de pensamiento…
Moraleja
Cuando vayamos a comprar pescado, del mismo modo que examinamos con respeto al besugo o a la merluza no olvidemos mirar con cariño y gratitud a los pececillos de la morralla.
Notas:
(*) En la plaza del pescado (Fisktorget), frente a la “iglesia del pescado” (Feskekôrka en sueco dialectal) estaba hasta hace unos meses el mercado de pescado más antiguo de la ciudad de Gotemburgo. El edificio ya no albergará más las pescaderías más populares de la Costa Oeste. Decisiones urbanísticas vinculadas a las obras del Västlänken han concluido con su desaparición permanente del interior de este que ha sido «el templo del pescado» desde 1910.
Verano gandul

Hace ya años la televisión hizo popular en España un programa. Se titulaba «Verano azul» y quienes pertenecen a la generación de mis hijos seguramente se acuerdan. ¡Y yo también!, aunque ya no era niño por entonces.
Pues bien, hay días en que este verano mío, aunque tenga días azules, se me antoja gandul. Tanto es así que me voy a contentar, en este domingo de una Suecia a cámara lenta, con traer al blog algunas imágenes indolentes.
Y ya que estuvimos ayer remojándonos por la costa de las inmediaciones de Gotemburgo, me permito algunas reflexiones,
Cuando deambulas por los parajes del oeste de Suecia tienes la sensación de caminar entre los extremos emergentes de colosales batolitos, asentados, hondo, muy hondo, en las entrañas de la tierra. De modo especial, esta impresión se agudiza en las orillas de lo que aquí llaman «playas» (stränder) y que en realidad son roquedales, en esta época agradablemente caldeados por el sol de julio, que invitan a a extender la toalla cerca de unas aguas de las que el sabor de sal está ausente.

Varias glaciaciones se encargaron de limarlos o -diríamos más- pulirlos. Y ahora que los hielos ya no oprimen estas rocas inconmensurables, la Costa Oeste de Escandinavia se alza milímetro a milímetro, imperceptiblemente, mientras el Este báltico se recuesta a poquitos.


Entre esos pechos de dura roca cerca de Gotemburgo, se alternan exiguas parcelas de arena y grava en las que los niños pueden bañarse sin sobresaltos.
Cuando observas las rocas que te rodean, estás sin querer leyendo la historia magmática de esta piedra esculpida por el hielo.
Abstracciones pétreas (*)
Movimientos petrificados hace milenios, si es que no millones de años…
que no sé por qué, en su fluida dureza, me hacen pensar en los frágiles trabajos de Manolo Millares (1976-1972).
Me pregunto también si alguna de esas inquietas expediciones en el espacio extraterrestre nos llevará algún día al sensacional descubrimiento de motas de vida como las que aquí os muestro:
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Por mi calles
Dominado por la pigricia de este mes de julio escandinavo, me despido con un potpurrí de fotos tomadas en las calles de Gotemburgo en estos últimos días.
Empiezo por un homenaje a un cuervo que se ha escapado de una fábula de Jean De La Fontaine (1621-1695), de cuyo nacimiento se han cumplido cuatrocientos años el día 8. Si aquel fabulador hubiera conocido la TV seguramente hubiera contratado a algún Antonio Mercero (1936-2018) para escenificar sus cuentos, probablemente asesorado por un Rodríguez de la Fuente (1928-1980).
Y ya que estamos con las aves, les presento a una gaviota que anda paseándose bajo las ventanas de mi casa y que no chilla como las muchas otras que nos despiertan con sus conciertos. No están en el mar pescando -pareciera que ya no sepan hacerlo- y pueblan los tejados, los canales y hasta los parques y las calles de Gotemburgo. Tomarse un emparedado al aire libre puede suscitar la voracidad de alguna de ellas y que se lance en picado intentando arrebatártelo de las manos (certificado por un yerno a quien le ocurrió).
Pero en fin, no dejo de sentir por ello piedad por esta gaviota enmudecida a causa de su hábito de rebuscar en las basuras.
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Justo en la acera de enfrente, un flaneur de sombrero galán y camisa impecable ha pegado hebra con dos vecinas que están arreglando algo en su moto…
Tus propias calles pueden dar mucho de sí en pleno verano gandul…
Una buena parte de vecindario se ha tomado vacaciones fuera de la ciudad.
Las veredas del parque sueñan con difusos recuerdos del pasado…
NOTAS:
(*) Las fotos de la piedra son de calidad mediocre, debido a la vejez de mi telefonillo.
Convergencias de Arte y Literatura (VII): escultura de Eva Martí y poesía de Paloma Palao

En
la larga desolación, de que la luna
se tienda sobre mi corazón, aunque yo no lo quiera,
de que el pez
se agarre a mi voz, sin que yo pueda
mover una sola de mis intenciones, atada
para siempre
a una mesa, a la mesa
de un cuarto vacío; en esta larga desolación
me permito
alguna locura, de cuando en vez,
luna quieta,
que se agarra a mi ventana, que quiere
abrir mi corazón, mi puerta, la llaga
la llaga de luz que se ambiciona; la agobiante
asfixia
de entreabrir
esa puerta y ver a alguien, alguien
que no soy yo -pero que finge serlo-
atada a una mesa, en un cuarto vacío,
mientras me ponen una inyección para sobrevivir,
mientras la luna se pasea
por el fondo verde de mi corazón
y
mientras alguien, alguien que no soy yo, entreabre
esa puerta que da
a
una habitación,
a
un cuarto oscuro, oscuridad
que se niega a comprender, mientras
la luna
corre
por entre la oscuridad de aquel cuarto
vacío,
de aquel cuarto, entreabierto, con estantes
llenos de luz -llagas abiertas- que se consuman
en un sacrificio -que no ha sido pedido-,
en ese cuarto, donde alguien,
-que no es aquella que no soy yo-,
finge dolerse, de una llaga
que no da luz, ni se ambiciona.
Paloma Palao (1944 – 1986), de «Resurrección de la memoria», 1978.
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Esa puerta de mármol, esa losa
que cae sobre mi alma
si ando, donde me voy dejando
nudillos, nudos, manos…
He de tirarla abajo.
Esa madera joven, en la que me he
clavado, con ranuras
estrechas, con bisagras gigantes,
que envuelta de recuerdos
me sale siempre al paso…
He de tirarla abajo.
Esa puerta que llama cuando sigo
adelante, esa puerta que avanza
cuando yo me he parado. Esa puerta
que escucha cuando yo estoy
llamando…
Esa puerta -que es mía-
he de tirarla abajo.
Paloma Palao (1944.1986), de «El gato junto al agua», accésit Premio ADONAIS, Colección Adonáis, 282, 1971, pp. 31-32
.
Yo no quiero deciros que lo siento,
que he perdido la llave de mi sombra,
que se ha quedado mi voz como una selva
hundida en el vacío del silencio.
.
Yo no quiero deciros pormenores,
poner estrechos candados a la pena,
coserme el sufrimiento a la solapa
y doblar los castillos que me quedan
.
Yo no quiero ir de aquí a lo de siempre,
de la rosa de arena a los cimientos,
a los mantos de besos que me ahogaban,
porque tengo los dedos apretados
hacia la tibia brújula del miedo
y quiero estar derecha y no caerme
sobre la lápida helada del recuerdo.
.
Yo no quiero decir nada, nada, nada.
Las palabras me sobran cuando os veo
sonrientes dormidos en mis sueños,
Vacaciones pagadas al deseo.
Paloma Palao, Ibidem, pp. 39-40
.
Las húmedas paredes, la alta
cama, el reloj que no suena.
La jofaina sobre el blanco lavabo.
Alargadas cortinas recortadas,
la ventana cerrada. Dedos que trenzan
sombras sobre el agua.
.
Tus dedos que apresuran mi mirada,
que me trenzan palabras. Tus dedos
-madre mía- que me halagan, que son
dulces -tus dedos- sobre el agua
recogiéndome el pelo esta mañana.
Mi figura, hecha mirada y tiempo
-que delata- el tiempo que se ha ido.
Cae el agua sobre el blanco lavabo.
.
La alta cama, el espejo callado,
que hace aguas. Tu voz:
espiga loca sobre el alma.
Tu voz hecha palabra en mi garganta.
Tu dulce voz callada. La jofaina
en silencio, la alta cama. El callado
recuerdo, que te pide -perdón- esta mañana.
.
Las baldosas que saltan, el gato
junto al agua que no maúlla,
esta mañana clara.
Paloma Palao (1944.1986), de «El gato junto al agua», accésit Premio ADONAIS, Colección Adonáis, 282, 1971, pp. 61-62
.
…no te muevas
del sueño, que se puede,
despertar el olvido, que te cuida.
Paloma Palao, Ibidem p.57
Paloma Palao (1944-1986) se reveló como poeta en 1970 cuando ganó el accésit del Premio ADONAIS en 1970 (número 282 de la colección del mismo nombre) por su poemario «El gato junto al agua». Era profesora de lengua española y había publicado otras seis colecciones de sus poemas cuando murió en accidente de trafico en 1986 (*)
Eva Martí Domingo (1975), Ingeniera Técnica Agrícola (Politécnica de Valencia (1999), cursó Estudios Superiores de Enseñanzas Artísticas Superiores en Diseño Gráfico, EASD Castellón (2003-2005), Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Miguel Hernández en la facultad de Altea (2016) y Escultora.
Notas
(*) Poemarios de Paloma Palao:
El gato junto al agua, 1971 (accésit al Premio Adonáis)
Resurrección de la memoria, 1978.
Contemplación del destierro, 1982.
Retablo profano, 1985.
Hortus conclusus, 1986.
Música o nieve, 1986.
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(**) Ficha técnica de las obras de Eva Martí arriba presentadas:
Nudo en la garganta (2018), intervención en libro, 19,5 x 13,5 x 6 cm.
Murillo II, 2018, hierro y madera, 19 x 49 x 25 cm.
La alegría de la fiesta (2018). Castañuelas y puntas de acero
Agosto (2019), hierro, 18,8 x 35 x 10,5 cm.
Queloide (2018), hilo, 48 x 63 x 7 cm.
Una noche II, 2019, hierro y piedra Bateig, 23,7 x 7,5 x 4,9 cms.
Solsticio con can

Nunca he tenido un perro y no está en mis planes introducir uno en mi currículo, pero confieso que durante la tarde del midsommar, con unos amigos que nos invitaron a compartir su velada en este comienzo del solsticio de verano, he entendido por qué hay quienes tienen alguno; en este caso no cualquier can, sino un perro de aguas español.
Ese nombre que al parecer se da a estos perros procedentes de España y Portugal, se justifica por sus virtudes para la pesca, así como para la caza y el pastoreo. Nuestros amigos tienen uno que se llama Jackson. Este inteligente can nos acompañó durante el tradicional paseo entre la comida y la cena del midsommar. Disfrutamos así de un largo volteo por el distrito de Fiskebäck («corriente donde se pesca») en la costa del sur de la comuna de Gotemburgo.

Durante el tradicional y frugal almuerzo, «el mejor amigo» de nuestros amigos estaba tranquilamente esperando que alguien le lanzase el frisbi para correr incansable en su búsqueda entre los árboles, rocas y arbustos que rodean la casa.

La tarde, que había comenzado bajo un cielo encapotado y amenazando lluvia, se abrió sin vientos, azul y esplendorosa, invitando al paseo.

El distrito cuenta con varias ensenadas, a las que se llega paseando entre praderas. Los árboles testimonian con sus posturas de que los vientos de la Costa Oeste de Suecia no siempre ofrecen tardes tan calmadas y soleadas como la que nos brindó este primer viernes del solsticio de verano.
La tradición demanda que se recojan flores silvestres, al menos siete, para la corona de midsommar.

En una de las ensenadas, las gentes brindaban al borde del agua, rodeados de embarcaderos y agradecidos por la luz benigna que nos trajo este soleado día.

No muy lejos, los patos canadienses, pacíficos invasores, navegaban por las ramificaciones de esta recortada costa, por las que el mar se adentra entre los campos.

Jackson no perdía el tiempo, ya no corriendo en busca del frisbi, sino nadando encantado para rescatar una pelota de tenis de las aguas,

En la zona, como en tantas áreas rurales de Suecia, no faltan los establecimientos hípicos.

Suavemente la tarde discurría avecinando la hora de la tardía cena…

Y yo, con esta imagen del crepúsculo de ese día, me voy despidiendo, deseándoles a todos un verano favorable….

Jackson a su manera también les dice ¡adios!









































































