El mar junto a mí (Albert Camus)
«El mar me precede y me sigue»
Este año se cumplirán cien del nacimiento de Albert Camus en la Argelia francesa. Hace poco releía yo algunos ensayos suyos de los años cincuenta que rezuman amor a su tierra de origen, escritos en una prosa al borde de la poesía, en los que nos transmite sus vivencias del paisaje mediterráneo y de sus mitos. Entre ellos está el famoso Retour à Tipasa y el emocionante La mer au plus près. Journal de bord.
Del breve exordio de este último están sacados los fragmentos que aquí traduzco.
Creciendo con el mar mi pobreza ha sido fastuosa, luego he perdido el mar y todos los lujos me han parecido grises, la miseria intolerable. Desde entonces, espero. Aguardo que vuelvan las naves, la casa de aguas, el día límpido. Me lo tomo con calma, pongo mi mayor empeño en ser educado. Se me ve pasar por las hermosas calles de los sabios, admiro los paisajes, aplaudo como hacen todos, doy la mano, no soy yo el que habla. Se me alaba, sueño un poco. Se me ofende, apenas me sorprendo, después olvido y sonrío a quien me ultraja; o saludo con exceso de cortesía a quien me gusta. ¿Qué voy a hacer si tan sólo tengo memoria para una imagen? Finalmente me conminan a que diga quién soy. “Todavía nada, todavía nada…”
Es en los entierros donde me supero. Soy en verdad excelente. Marcho a paso lento por suburbios ornados de chatarra, me adentro por amplias alamedas, plantadas de árboles de cemento que terminan en agujeros de tierra fría. Allí, bajo la venda apenas enrojecida del cielo, observo como unos gallardos camaradas inhuman a mis amigos a tres metros de profundidad. La flor que una mano arcillosa me tiende en ese momento, si la lanzo, no falla jamás la fosa. Mi piedad es la precisa, la emoción exacta, inclinando la nuca como es debido. Admiran el acierto de mis palabras. Pero no tengo mérito: yo espero.
Espero largo tiempo. A veces, tropiezo, pierdo apoyo, el éxito me escapa. Qué importa, entonces estoy solo. Así que me despierto de noche, y, medio dormido, me parece escuchar un ruido de olas, la respiración de las aguas. Desvelado del todo, reconozco el viento en los ramajes y el rumor desgraciado de la ciudad desierta. Después, debo poner todo mi esfuerzo en esconder mi desamparo o disfrazarlo a la moda.
Otras veces, al contrario, algo me ayuda. En Nueva York, hubo días en que, perdido, al fondo de esos pozos de piedra y acero por los que erran millones de hombres, yo corría de uno a otro, sin ver el fin, agotado, hasta que ya sólo me sostenía la masa humana que buscaba su salida. Entonces me ahogaba, mi pánico estaba por volverse grito. Pero, cada vez me llegaba la llamada lejana de un remolcador, para recordarme que esta ciudad, cisterna seca, era una isla, y que en la punta de la Battery el agua de mi bautismo me esperaba, negra y podrida, cubierta de corchos huecos.
De este modo, yo, que nada poseo, que he dado mi fortuna, que acampo al margen de todas mis casas, sin embargo estoy satisfecho cuando lo quiero, aparejo a cualquier hora, el desaliento me ignora. No hay patria para el desesperado y , en cuanto a mí, yo sé que el mar me precede y me sigue, tengo una locura siempre pronta. Quienes se aman y están separados pueden vivir en el dolor, pero no es el desánimo: saben que el amor existe. Por eso sufro el exilio con los ojos secos. Todavía espero. Un día viene, al fin…
Siempre he tenido la impresión de vivir en alta mar, amenazado, en el corazón de una felicidad real.
Albert Camus. “L’Été”, Paris, Gallimard, Les Essais LXVIII, 1954. (traducción propia)
Fotos de Tipasa:
Las deidades invernales se retiran
Los apus de los Andes
En el Perú fui testigo, hace más de cuarenta años, de las ofrendas al Apu tutelar de los campesinos de las naciones quechua y aymara en una montaña de los Andes en el distrito de Ocongate. Allí participé en la ascensión sagrada de cientos de ukukus que subían en fila india al glaciar que baja de la cumbre del Qoyllor Ritti (estrella de plata), el nevado Colquepunku, iluminados por la luna llena, llevando cada uno el cirio que había encendido en la capilla del Cristo al pie de la morrena.
Tras la delicada escalada de esa serpiente de luces, una vez clavado el cirio allá arriba, descendían cargando a sus espaldas pesados bloques de hielo. Al llegar a la vaguada los depositaban como ofrenda frente al santuario antes de proceder a la ceremonia de los flagelantes. ¡Una vela al Apu y una ofrenda de hielo al Señor! Ese era el intercambio para tener contentos a todos los dioses.
Los apus de Gotemburgo
En Gotemburgo abundan los peñones por la ciudad y sus alrededores. En invierno afloran de sus hendiduras los rostros helados de sus ocultos dioses. Pensamos que son simples cascadas de agua helada. Pero, si a la manera de los habitantes del altiplano andino abriésemos nuestros sentidos a los misterios de la tierra, sabríamos que los roquedales de la región de Västra Götaland están habitados por sus apus.
Cuando los hielos está en su apogeo no es fácil distinguir la fisionomía de estas deidades aparentemente inmóviles. Pero cuando Invierno comienza a despedirse, sus dioses menores dejan ver por breve tiempo su rostro de troll, antes de refugiarse como cada año en las entrañas de los batolitos sobre los que se asienta la región, y aguardar así pacientemente a que la primavera, el verano y el otoño pasen.
Hace pocos días he conseguido sorprender a uno de estos diosecillos en plena retirada, con su boca desdentada, sus barbas heladas y unas blancas cejas que esconden sus ojos tristes, si es que no irritados y amenazadores.
Los patinadores que se arriesguen sobre el hielo en este final de invierno pueden ser víctimas de los vengativos maleficios de tales deidades. No en vano el poderoso Bóreas, obligado a regañadientes a dar paso a vientos más templados que soplan desde tierra atraídos por la corriente del Golfo, cela sus amenazas bajo la fragilidad de las superficies heladas y descarga su frustración sobre esos aventureros que cada año sucumben fatalmente a sus engaños.
En cualquier caso a este grajo que juega al fútbol sobre el hielo de un canal en Gotemburgo las postreras iras del divino Invierno no le afectan:
Tampoco le van a faltar espectadores, como este congénere que sigue sus regates desde lo alto de una farola…
Ni tampoco falta un camarada más profesional que viene a reconvenirle:
«¡por amor de Dios, no seas cutre, usa esta otra pelota!»
«¡No ves que la tuya no es reglamentaria»
Otros hinchas, más perezosos, sólo quieren contemplar el espectáculo sin intervenir y sin que les preocupe el amenazante y helado troll de la otra orilla
El perro avaricioso
Aprendiendo inglés en la España de los años 20
Recuerdo que el librillo victoriano que ahora tengo en mis manos rodaba siempre por la casa de mi niñez.Lo atestiguan algunos garabatos y rayajos en sus maltrechas páginas, fruto de las “lecturas” infantiles de diez hermanos. Mi padre lo había usado para su aprendizaje del inglés en sus años mozos. Pero nuestra maldita guerra dividió las vidas de los jóvenes españoles en un antes y un después. Absorbidos por ganarse la vida, quienes algo de inglés habían aprendido antes no sólo debieron de aparcar sus lecciones, sino que en la inmediata posguerra, cuando los ministros de Franco se fotografiaban en Berlín con sus correligionarios nazis, el idioma de los países aliados, y lo británico en general, no estaba muy bien visto.
Conocimientos de inglés a mi padre no le quedaron muchos, pero fueron suficientes para interpretarnos los cuentos del tomito III de los “Royal Readers”, ilustrado con grabados y reimpreso en Londres en 1925 por T.Nelson and Sons. Digo interpretar, porque no sólo los traducía y adaptaba a nuestra imaginación infantil a la hora de dormirnos mientras nos mostraba los grabados, sino que cuando se empleaba a fondo con una de las stories of tigers, mi padre rugía como los grandes felinos y hacía ademán de sacar las garras. Creo recordar que también sabía imitar perfectamente el berrido de los elefantes, tan bien como en las películas de Tarzán. Y así con los tiburones, los monos, etc.
El libro también tiene cuentos sobre el mejor amigo del hombre…
El perro y su sombra
The dog and the shadow
Un perro que atravesaba un riachuelo con un hueso en la boca, vio su imagen reflejada en el agua clara y la tomó por la de otro perro llevando otro hueso. No satisfecho con lo que ya poseía, la avariciosa criatura se abalanzó sobre la presa que veía debajo. Al hacerlo, evidentemente soltó el hueso real, que cayó en el arroyo y se perdió.
Los avariciosos, al codiciar más de lo que tienen a menudo pierden incluso lo que podrían haber disfrutado en paz.
Royal Readers nº III, First Series. London, T.Nelson ans Sons, 1925, p.70
La moraleja sigue siendo actual. Por lo que leemos todos los días en la prensa, más de un personaje debe de estarse arrepintiendo en España de no haberse contentado con lo que honradamente tenía…
La pedagogía del idioma y de la lectura en la Inglaterra victoriana
Este viejo texto escolar sienta sus objetivos pedagógicos en el prefacio, que comienza con una frase muy significativa:
Good Reading is more readily acquired by practice than by precept
Leer bien se consigue con más facilidad por la práctica que por la imposición
Se intuye que el libro (y los otros cinco de la serie) debió de componerse para las escuelas de los tiempos victorianos, pues se cita el Syllabus del Departamento de Educación Inglés para los aspirantes a maestros del año 1872.
De ahí un anacronismo de su reimpresión en 1925, que mi padre subrayó con tinta y signos de exclamación en una de las páginas de este texto escolar, donde dice:
Todavía hay esclavos en las islas que pertenecen a España; pero hay razones para esperar que pronto serán liberados. Entretanto, hemos de alegrarnos de que ya no existe esclavo alguno en los dominios Británicos
La verdad es que esta afirmación pertenece a una narración, con grabado de las tres carabelas incluido, en la que se exalta la gesta de Cristobal Colón y, después, se explica a los niños la historia de las crueldades de la sucesiva colonización europea y de la trata de esclavos, sin excluir a Inglaterra de tales prácticas.
Para un manual escolar de 1925 la crítica de nuestra civilización no está nada mal. Deduzco que cuando habla de los restos de esclavitud en islas de dominio español se refiere a Cuba o Puerto Rico, ¿o se estarían refiriendo a las islas de Fernando Poo y Annobón? En el siglo XIX esas islas, que eran de dominio español pero con gobernador inglés, se mantuvieron aún durante algunas décadas como uno de los centros de comercio de esclavos de británicos y holandeses. La trata databa del siglo XV, de cuando los portugueses tomaron las islas sometiendo a la población bubi. Los historiadores podrán decir hasta cuándo subsistió el depósito inglés de esclavos de Fernando Poo, ¡una colonia española con gobernador inglés y subgobernador holandés nombrados por Isabel II, la reina de España!
España no suprime la esclavitud en Puerto Rico hasta 1873 y en Cuba hasta 1880. En el Imperio Británico se había concluido legalmente en 1834, salvo en la India donde se abolió en 1843, aunque en la práctica continúo varias décadas detrás de la fachada.
En cualquier caso a los escolares ingleses del último tercio del siglo XIX y primeras décadas del XX se les alimentaba un poco la buena conciencia, comparando el benigno imperio inglés con los restos de los dominios españoles.
Los Royal Readers se encuentran digitalizados en
http://collections.mun.ca/cdm4/browse.php?CISOROOT=%2Fcmc
con un comentario en
http://doodledaddle.blogspot.se/2011/06/royal-readers-victorian-era-textbooks.html
En el Museo de Bellas Artes de Valencia (II). Paisajistas de Roma y Holanda entre los siglos XVII y XVIII
En las exposiciones temporales del Museo San PíoV suele encontrarse algo de público. En las salas de la colección permanente me podía pasear solo.
Parece que los turistas que vienen a Valencia prefieren ir a ver como se deterioran las techumbres de Calatrava en la Ciudad de las Artes y de las Letras, mientras que las verdaderas obras de arte, en las salas del Museo de Bellas Artes de Valencia, muchas de ellas dignas de que la gente haga cola para verlas, como ocurre en Madrid o en París, esperan en silencio a que alguien se acuerde de ellas, mientras en la semipenumbra del museo brillan con luz propia.
Así que, teniendo la sala para mí solo, examino a placer los trece cuadros de paisajes romanos y holandeses del siglo XVII y principios del XVIII que vibran en sus paredes.
Esaias van den Velde
- Esaias van den Velde. Paisaje con dunas y soldados. Detalle. Museo de Bellas Artes. Valencia. Foto R.Puig
Comienzo por una de las dos obras del Museo que no tienen que ver con Italia, un paisaje con dunas y soldado de Esaias van den Velde (Amsterdam 1587 – La Haya 1630), quien precisamente fue maestro de Jan van Goyen, con quien acabaremos esta entrada.
Pero el grueso de la colección la forman los paisajes de un pintor flamenco que se enamoró espiritual y físicamente de Italia.
Jan Frans van Bloemen (apodado Orizzonte)
Creo que sólo la colección Doria Pamphili de Roma puede competir con el San Pío V en número de paisajes del pintor flamenco Jan Frans van Bloemen (Amberes 1662-Roma 1749). Llegó a Italia con 23 años, en 1685, junto con su hermano mayor, también pintor. Se casó en Roma en 1692 y allí vivió y trabajó hasta su muerte, dejando un enorme legado de composiciones, en los que su visión idealista, bucólica o mitológica emula a la de Nicolas Poussin (Normandia 1594-Roma 1665) y la de Gaspar Dughet (Roma 1615-1675), en la construcción de la perspectiva aérea con un escalonamiento de planos y de tonos que guían la vista desde las figuras hasta las montañas y los horizontes lejanos.
Siguiendo la tradición de trabajo en equipo de los talleres de los maestros de entonces, durante la época en que su hermano Pieter estuvo en Italia con él (1685-1692), era él el encargado de pintar los animales que aparecían en los paisajes de Jan Frans. En cuanto a los personajes pastoriles o mitológicos, el especialista era Placido Constanci, un pintor muy poco conocido.
En la colección de la Doria Pamphili hay diecisiete paisajes de Jan Frans van Bloemen y en la Galería Corsini cuatro, todos de carácter bucólico o mitológico, con la característica visión idealizada del paisaje y de sus personajes y el encaje de algún detalle relativamente realista como son las cascadas de Tívoli o de Terni.
El museo de Valencia cuenta con diez magníficos paisajes de van Bloemen, todos acordes con sus constantes estilísticas, pero con una exclusiva que no tienen los de la Doria Pamphil como son las arquitecturas realistas que integra en el paisaje.
En uno de ellos, el pintor ha trasplantado, desde la Via Appia de Roma, la tumba de Cecilia Metella

Jan Frans van Bloemen. Paisaje del Lazio con torre y figuras. Detalle. Museo de Bellas Artes. Valencia.Foto R.Puig
Y, en otro, el ábside de la iglesia de San Giovanni e Paolo de Roma

Jan Frans van Bloemen. Paisaje del Lazio con el ábside de la iglesia romana de San Giovanni e Paolo. Detalle. Museo Bellas Artes de Valencia.Foto R.Puig
Hay dos que corresponden a puentes romanos sobre el Tíber, tal como estaban en aquella época
Así ocurre con el hermoso óleo del Ponte Milvio, cuya versión actual difiere bastante, debido a los desastres de las guerras del siglo XIX.
De forma parecida, el artista retrata el Ponte Salario, del cual hoy en día, gracias a las tropas francesas y a las papales, no quedan más que unos mínimos restos de los contrafuertes.
¡Una maravilla de puente que databa del tiempo de los ostrogodos!

Piranesi. Ponte Salario. Engraving. Wikipedia. Grunwald Center for the Graphic Arts
Rudolf L. Baumfeld Bequest
Como prueba de la fidelidad del cuadro de van Bloemen valga un grabado de Piranesi del mismo puente, casi un siglo más tarde.
Siguiendo con el Tíber, el pintor reproduce una vista del Porto della Legna, hoy desaparecido, que estaba muy cerca de la Piazza del Popolo

Jan Frans van Bloemen. Vista del Porto della Legna en Roma. Detalle. Museo Bellas Artes. Valencia.Foto R.Puig
Y las riberas del río a la altura de Acqua Acetosa, donde el Tíber traza una curva y crea una cala de aguas profundas, cerca de la célebre fuente de aguas ferruginosas del mismo nombre y de lo que es hoy el barrio del Parioli

Jan Frans van Bloemen. Vista del Tiber en Acqua Acetosa. Detalle. Museo Bellas Artes. Valencia.Foto R.Puig
La cascada de Tívoli presenta en el fondo una vista de la ciudad como se veía en aquella época.
En contraste, el mismo tema es completamente idealizado por el pintor en otro cuadro que pertenece a la colección Doria Pamphili.
Los otros tres cuadros de van Bloemen en el Museo de Valencia corresponden a los estándares habituales del artista.
Una composición genérica con su lago, su cascada y sus figuras

Jan Frans van Bloemen. Paisaje con cascada, lago y figuras. Detalle. Museo Bellas Artes. Valencia. Foto R.Puig
y un paisaje del Lazio y la luz, la luz de Roma.

Jan Frans van Bloemen . Paisaje del Lazio con figuras. Detalle. Museo Bellas Artes. Valencia.Foto R.Puig
El siguiente artista es romano de nacimiento
Paolo Anesi
Junto a las obras de van Bloemen, el museo exhibe dos paisajes de Paolo Anesi (Roma 1697-1773).
Es un pintor completamente romano, influido por sus contemporáneos el holandés Gaspar van Wittel o Vanvitelli (Amesfoort 1652/53 – Roma 1736), autor de innumerables vedute, y Andrea Locatelli (Roma 1695 – 1741). Artista de aires aristocráticos, también refleja las maneras de Lorrain, Dughet y van Bloemen. La galería Corsini cuenta con valiosas obras de todos ellos, excepto del francés.
Y, detalle de un pintor romano, es el único cuadro de la serie en el que aparece un pino de Roma.
Jan van Goyen
Una obra de Jan van Goyen (Leyden, 1596-La Haya 1656) completa esta hermosa colección del Museo de Bellas Artes de Valencia. Este pintor barroco, que nunca viajó a Italia, es clasificado como realista. Pero pienso que, como ocurre con Rembrandt, hay algo de ensueño romántico en no pocas de sus obras.
Se trata de un paisaje holandés con su río, su torre y su embarcadero.

Jan van Goyen. (Leyden, 1596-La Haya 1656) Paisaje fluvial con torre y embarcadero. Museo Bellas Artes. Valencia.Foto R.Puig
Conclusión
Por el momento, parece que las agencias de viajes seguirán atrayendo más turistas hacia el gigantesco insecto pretenciosamente bautizado como la “Ciudad de las Artes y las Letras”, durante la década del despilfarro y falsa apariencia que afligió y esquilmó a la Comunidad Valenciana, mientras al Museo San Pío V se le negaban el pan y la sal.
Lo que me temo es que, contrariamente a Roma, las ruinas del coleóptero de Calatrava dentro de mil seiscientos años no podrán inspirar demasiado a los pintores del paisaje.
Puede que, sin embargo, las torres de Serranos y el venerable edificio del Museo de Bellas Artes, al otro lado del antiguo lecho del Turia, sigan en pie, acosadas quizás por las aguas del Mediterráneo, como una extensión de Venecia, pero atractivas para el ojo del artista. Tras los muros del museo, confío en que sus colecciones sigan aguantando, al fin y al cabo no están hechas de resina, de plástico o de fibra de vidrio, como los caros maniquíes de la Feria ARCO de Madrid
Apéndice: reflexiones sobre el origen del concepto de paisaje
La palabra paisaje se deriva de país y aparece en las lenguas romances en el siglo XVI, inicialmente como una expresión utilizada por los pintores para denominar los cuadros paisajísticos. Pronto adquiere el otro sentido, el de una extensión de territorio que el ojo puede abarcar como conjunto. De este modo ambos sentidos, el propio y el figurado, se asocian. Ya no va por un lado el paisaje “real” y por otro su “figuración”, sino que lo propio del paisaje es presentarse como “configuración” del “país”.
…
El término aparece en una época en que el paisaje irrumpe en la pintura europea cuando el decorado invade el lugar de las figuras y de la escena a las que debía servir de fondo, como ya ocurre con Patinir a fines del siglo XV.
…
Pero el “sentimiento” que inspira el paisaje no está necesariamente vinculado a la “naturaleza”. Hay un sujeto que percibe. El lugar no se transforma en paisaje si no es in visu, pues se da como “conjunto” a partir de un punto de vista y el foco de la visión reside en el sujeto. De modo que el paisaje se distingue de la extensión geométrica, objetiva, geográfica; es un espacio percibido y/o concebido, y, por tanto, irreductiblemente subjetivo.
…
No es indiferente que el paisaje aparezca en Europa con el Renacimiento y su afirmación del individuo.
…
En el paisaje parecen coincidir todos los componentes subjetivos de un co-nacimiento con el mundo que el conocimiento moderno del universo no podía ya asumir: sensaciones, percepciones, impresiones e incluso afecciones, emociones e imaginaciones. Porque, a pesar del primado que la tradición occidental confiere a la vista, el paisaje no se puede reducir a un puro espectáculo. Se ofrece igualmente a los otros sentidos y concierne al sujeto todo entero, cuerpo y alma. No se da sólo a ver, sino a sentir y resentir. En él la distancia se mide por el oído y el olfato, por la intensidad de los ruidos y por la circulación de las corrientes del aire y sus efluvios; la proximidad se experimenta por la calidad táctil de un contorno, por la tonalidad de una luz, por el sabor de una coloración.
Michel Collot, Paysage et poésie du romantisme à nos jours. Paris, José Corti, 2005. Extractos de la introducción del autor (traducción propia)
De las cimas al mar: en las alturas del Coll de Rates
Porque todo va al mar:
y el hombre mira al cielo
que oscurece, la tierra
que su amor reconoce,
y siente el corazón
latir. Camina al mar,
porque todo va al mar.
Francisco Brines, fragmento de “Elca”en Palabras a la oscuridad
Si tomamos la carretera desde Parcent, tras una ascensión breve y muchas curvas llegamos a un mirador panorámico que domina el paisaje que se ofrece a nuestros pies.
Poco después estamos en Coll de Rates, punto de observación de las dos Marinas de la provincia de Alicante. Hacia el norte se extiende la Marina Alta, desde el municipio de El Verger hasta el de Calpe, y al sur las cadenas montañosas de la Marina Baja, desde las costas de Altea a las de Villajoyosa.
En el aparcamiento del bar podemos dejar el coche y, por una empinada pista forestal casi toda de cemento, llegar en 45 minutos a la atalaya de vigilancia forestal, a 950 metros de altitud. Hoy no nos queda tiempo, pero si siguiéramos la cresta llegaríamos a la cima del Cocoll a 1048 metros sobre el nivel del mar
Uno de los vigilantes forestales, Quico, está de turno. Desde la balconada de la torre de observación recorre con sus prismáticos los confines de la comarca. Aunque durante el invierno el riesgo de incendios es menor, no se puede bajar la guardia.
Desde esta elevación se domina un panorama de casi 360 grados a la redonda. Quico nos explica lo que vemos. ¿Qué mejor guía para esta fastuosa topografía que el ángel guardián de nuestros bosques?
Muchos pueblos de la Marina Alta se divisan desde aquí: Parcent justo a nuestros pies, Alcalalí, La Llosa de Camacho, Pedreguer, Orba, Murla, Jávea… Se avistan las alturas del Montgó, del Segaria y de la Safor y, como el día es clarísimo, se percibe lejana la cumbre del Peñagolosa en la provincia de Castellón, la más alta de la Comunidad Valenciana. A lo lejos en la línea del horizonte se vislumbra Ibiza y, como una pequeña sombra, Formentera.
«¿Ves aquella torre diminuta, blanca?» -me pregunta Quico– «es la torre de la iglesia de Moraira que asoma tras esos cerros que ocultan el pueblo a nuestras miradas».
Frente a nosotros, doradas por el atardecer, las paredes y crestas de la Sierra del Ferrer, que arranca del mismo Coll de Rates y parece servir de contrafuerte a las ariscas espaldas de la sierra de Bernia que ocultan Altea. A la izquierda de sus puntas asoma breve la cumbre de la Sierra de Oltá que cela el Peñón de Ifach.
Más a la derecha, la Serra Gelada compite con un conjunto de rascacielos. Lo que en inglés apodan la “skyline”, el perfil de de una ciudad que se recorta sobre el cielo y que aquí es la “sealine” de Benidorm, esa gigante excrecencia futurista, una metrópolis sobre un mar de plata.
Hay algo de irreal en ese obra, al fin y al cabo humana, desde aquí silenciosa.Pienso en el verso de Brines, «porque todo va al mar».
¿Cómo se verán dentro de mil años estos entornos que el hombre ha creado ? ¿Se sumergirán los arqueólogos en su búsqueda como hacen ahora con lo que resta de la vieja Alejandría?
Correspondencias y evocación
En una acuarela reciente, Isabel Gallardo, pintora de Altea, parece presentir, en su color y su poesía, que esos entornos que el hombre hoy levanta serán acogidos, para siempre, bajo las aguas de nuestro Mediterráneo. Quizás la luz que se filtra sobre esta visión será la que un día le llegue piadosa a lo que quede de los mundos que creamos.
Las acuarelas que realiza actualmente Isabel Gallardo están inspiradas, como ella misma explica
en la fascinación que las ciudades y sus edificios ejercen sobre mí.
Esos paisajes que tanto nos ha costado considerar bellos: edificios, rascacielos, luces de neón y todo ese mundo que nos abruma y en el que transcurre la vida de la mayoría de los seres humanos.
Es mi deseo sugerir de una forma sutil este entorno. Ventanas, puertas, escaleras, puentes, bloques de edificios, incluso corrientes eléctricas. Lo que hay detrás y delante del escenario en el que se desarrolla nuestra vida. Confundir de forma consciente fondo y forma. Obligar al espectador a considerarlo un todo único y provocar así un deseo de respeto y ternura compasiva por lo que somos y en lo que nos hemos convertido.
Descenso
Pero debo dejarme de ensoñaciones porque yo también debo ir al mar, dentro de una hora no habrá luz. Desciendo apoyándome en mis bastones nórdicos para preservar mis meniscos. Por mi derecha asoman las cumbres de la sierra de Aitana.
Como el resumen y fin de todo, hacia el norte como hacia el sur nuestras miradas acaban en el mar, ese imán insaciable al que se dirige el racimo de montañas, de valles y de vegas que componen las dos Marinas.
Porque todo va al mar:
y larga sombra cae
de los montes de plata,
pisa los breves huertos,
ciega los pozos, llega
con su frio hasta el mar
Francisco Brines, fragmento de “Elca” en Palabras a la oscuridad
Conversación invernal
Jardín
Se acabó la fiesta ¿recuerdas?
Se fueron los amigos y la orquesta.
Los anfitriones bajaron las persianas.
Fue al morir del otoño.
Los ecos del festejo se extinguieron.
La tarde ya caída, apagaron las luces.
Alguien guardó las mesas
y barrió el cenador y la terraza.
En las cadenas de las verjas vetustas
echaron los candados y cerraron la casa.
Quedó la hierba sembrada de hojas muertas,
y en los arriates mortecinas las flores.
Del rincón de confidencias, junto al seto
bordeado de castaños, cogidos de la mano
él y ella se marcharon y de nosotras,
abandonadas al rocío de la noche, se olvidaron.
Ramón Puig de la Bellacasa
Invierno 2012/2013
De un poeta de estas tierras
El color que era incendio, la zarza en fuego de las piedras,
es ya un panal caído de miel lívida, bajo un cielo asombrado
y aún sin astros.
Llega con un olor muy leve, y muy pausada,
la violeta oscura de la muerte del día.
Todo ha llegado a nada.
Francisco Brines
(fragmento de «Existencia en Trafaut», El otoño de las rosas)
Es cierto, por unos instantes, a menudo, al final de los días, algo disuelve todo, se acerca la noche y, si uno está solo, es lo más cercano a eso de lo que habla el poeta de Elca: la nada nos da la mano, tira de nosotros hacia el sueño. ¡Mas no siempre! por un rincón del aire se insinúa la luna y reclama al poeta, le pide que retorne, las cosas se retejen, la noche no es tan noche, la nada no es tan nada.
De un día para otro
¿Somos la metáfora del tiempo y sus meteoros? ¿o es al revés? Ya sabéis, nunca quedará claro si el paisaje romántico es el reflejo del alma o si, más bien, la exaltación poética es el espejo del paisaje.
Viernes por la tarde
El 18 de enero el atardecer es solemne, sinfónico en su efímera danza de colores. Como ciertos momentos de la historia de los pueblos o de las naciones o, más simplemente, de nuestras peripecias personales, el mar y el cielo se van a dormir en una armonía tranquila, diríamos que complacidos, como en los dichosos finales de muchas películas.
Si queremos que estás sensaciones nos acompañen a la cama mejor será que no sintonicemos el telediario de la noche.
Sábado por la mañana
El 19 de enero el amanecer se proyecta en blanco y negro. Como en un concierto de grises, el mar y el cielo interpretan el poema sinfónico de otros paisajes de la vida; han cambiado las tornas y el color de las gestas entusiastas de un día da paso en el siguiente a las plomizas monotonías de una prosa inexorable. El mar y el cielo se observan desconfiados.
Parece que el tiempo hoy tendrá los tonos de la sección económica del telediario.


















































































