Convergencias de Arte y Literatura (VII): escultura de Eva Martí y poesía de Paloma Palao

En
la larga desolación, de que la luna
se tienda sobre mi corazón, aunque yo no lo quiera,
de que el pez
se agarre a mi voz, sin que yo pueda
mover una sola de mis intenciones, atada
para siempre
a una mesa, a la mesa
de un cuarto vacío; en esta larga desolación
me permito
alguna locura, de cuando en vez,
luna quieta,
que se agarra a mi ventana, que quiere
abrir mi corazón, mi puerta, la llaga
la llaga de luz que se ambiciona; la agobiante
asfixia
de entreabrir
esa puerta y ver a alguien, alguien
que no soy yo -pero que finge serlo-
atada a una mesa, en un cuarto vacío,
mientras me ponen una inyección para sobrevivir,
mientras la luna se pasea
por el fondo verde de mi corazón
y
mientras alguien, alguien que no soy yo, entreabre
esa puerta que da
a
una habitación,
a
un cuarto oscuro, oscuridad
que se niega a comprender, mientras
la luna
corre
por entre la oscuridad de aquel cuarto
vacío,
de aquel cuarto, entreabierto, con estantes
llenos de luz -llagas abiertas- que se consuman
en un sacrificio -que no ha sido pedido-,
en ese cuarto, donde alguien,
-que no es aquella que no soy yo-,
finge dolerse, de una llaga
que no da luz, ni se ambiciona.
Paloma Palao (1944 – 1986), de «Resurrección de la memoria», 1978.
.
Esa puerta de mármol, esa losa
que cae sobre mi alma
si ando, donde me voy dejando
nudillos, nudos, manos…
He de tirarla abajo.
Esa madera joven, en la que me he
clavado, con ranuras
estrechas, con bisagras gigantes,
que envuelta de recuerdos
me sale siempre al paso…
He de tirarla abajo.
Esa puerta que llama cuando sigo
adelante, esa puerta que avanza
cuando yo me he parado. Esa puerta
que escucha cuando yo estoy
llamando…
Esa puerta -que es mía-
he de tirarla abajo.
Paloma Palao (1944.1986), de «El gato junto al agua», accésit Premio ADONAIS, Colección Adonáis, 282, 1971, pp. 31-32
.
Yo no quiero deciros que lo siento,
que he perdido la llave de mi sombra,
que se ha quedado mi voz como una selva
hundida en el vacío del silencio.
.
Yo no quiero deciros pormenores,
poner estrechos candados a la pena,
coserme el sufrimiento a la solapa
y doblar los castillos que me quedan
.
Yo no quiero ir de aquí a lo de siempre,
de la rosa de arena a los cimientos,
a los mantos de besos que me ahogaban,
porque tengo los dedos apretados
hacia la tibia brújula del miedo
y quiero estar derecha y no caerme
sobre la lápida helada del recuerdo.
.
Yo no quiero decir nada, nada, nada.
Las palabras me sobran cuando os veo
sonrientes dormidos en mis sueños,
Vacaciones pagadas al deseo.
Paloma Palao, Ibidem, pp. 39-40
.
Las húmedas paredes, la alta
cama, el reloj que no suena.
La jofaina sobre el blanco lavabo.
Alargadas cortinas recortadas,
la ventana cerrada. Dedos que trenzan
sombras sobre el agua.
.
Tus dedos que apresuran mi mirada,
que me trenzan palabras. Tus dedos
-madre mía- que me halagan, que son
dulces -tus dedos- sobre el agua
recogiéndome el pelo esta mañana.
Mi figura, hecha mirada y tiempo
-que delata- el tiempo que se ha ido.
Cae el agua sobre el blanco lavabo.
.
La alta cama, el espejo callado,
que hace aguas. Tu voz:
espiga loca sobre el alma.
Tu voz hecha palabra en mi garganta.
Tu dulce voz callada. La jofaina
en silencio, la alta cama. El callado
recuerdo, que te pide -perdón- esta mañana.
.
Las baldosas que saltan, el gato
junto al agua que no maúlla,
esta mañana clara.
Paloma Palao (1944.1986), de «El gato junto al agua», accésit Premio ADONAIS, Colección Adonáis, 282, 1971, pp. 61-62
.
…no te muevas
del sueño, que se puede,
despertar el olvido, que te cuida.
Paloma Palao, Ibidem p.57
Paloma Palao (1944-1986) se reveló como poeta en 1970 cuando ganó el accésit del Premio ADONAIS en 1970 (número 282 de la colección del mismo nombre) por su poemario «El gato junto al agua». Era profesora de lengua española y había publicado otras seis colecciones de sus poemas cuando murió en accidente de trafico en 1986 (*)
Eva Martí Domingo (1975), Ingeniera Técnica Agrícola (Politécnica de Valencia (1999), cursó Estudios Superiores de Enseñanzas Artísticas Superiores en Diseño Gráfico, EASD Castellón (2003-2005), Licenciada en Bellas Artes por la Universidad Miguel Hernández en la facultad de Altea (2016) y Escultora.
Notas
(*) Poemarios de Paloma Palao:
El gato junto al agua, 1971 (accésit al Premio Adonáis)
Resurrección de la memoria, 1978.
Contemplación del destierro, 1982.
Retablo profano, 1985.
Hortus conclusus, 1986.
Música o nieve, 1986.
—
(**) Ficha técnica de las obras de Eva Martí arriba presentadas:
Nudo en la garganta (2018), intervención en libro, 19,5 x 13,5 x 6 cm.
Murillo II, 2018, hierro y madera, 19 x 49 x 25 cm.
La alegría de la fiesta (2018). Castañuelas y puntas de acero
Agosto (2019), hierro, 18,8 x 35 x 10,5 cm.
Queloide (2018), hilo, 48 x 63 x 7 cm.
Una noche II, 2019, hierro y piedra Bateig, 23,7 x 7,5 x 4,9 cms.
Solsticio con can

Nunca he tenido un perro y no está en mis planes introducir uno en mi currículo, pero confieso que durante la tarde del midsommar, con unos amigos que nos invitaron a compartir su velada en este comienzo del solsticio de verano, he entendido por qué hay quienes tienen alguno; en este caso no cualquier can, sino un perro de aguas español.
Ese nombre que al parecer se da a estos perros procedentes de España y Portugal, se justifica por sus virtudes para la pesca, así como para la caza y el pastoreo. Nuestros amigos tienen uno que se llama Jackson. Este inteligente can nos acompañó durante el tradicional paseo entre la comida y la cena del midsommar. Disfrutamos así de un largo volteo por el distrito de Fiskebäck («corriente donde se pesca») en la costa del sur de la comuna de Gotemburgo.

Durante el tradicional y frugal almuerzo, «el mejor amigo» de nuestros amigos estaba tranquilamente esperando que alguien le lanzase el frisbi para correr incansable en su búsqueda entre los árboles, rocas y arbustos que rodean la casa.

La tarde, que había comenzado bajo un cielo encapotado y amenazando lluvia, se abrió sin vientos, azul y esplendorosa, invitando al paseo.

El distrito cuenta con varias ensenadas, a las que se llega paseando entre praderas. Los árboles testimonian con sus posturas de que los vientos de la Costa Oeste de Suecia no siempre ofrecen tardes tan calmadas y soleadas como la que nos brindó este primer viernes del solsticio de verano.
La tradición demanda que se recojan flores silvestres, al menos siete, para la corona de midsommar.

En una de las ensenadas, las gentes brindaban al borde del agua, rodeados de embarcaderos y agradecidos por la luz benigna que nos trajo este soleado día.

No muy lejos, los patos canadienses, pacíficos invasores, navegaban por las ramificaciones de esta recortada costa, por las que el mar se adentra entre los campos.

Jackson no perdía el tiempo, ya no corriendo en busca del frisbi, sino nadando encantado para rescatar una pelota de tenis de las aguas,

En la zona, como en tantas áreas rurales de Suecia, no faltan los establecimientos hípicos.

Suavemente la tarde discurría avecinando la hora de la tardía cena…

Y yo, con esta imagen del crepúsculo de ese día, me voy despidiendo, deseándoles a todos un verano favorable….

Jackson a su manera también les dice ¡adios!

Nimiedades (XIV): entre monte y playa (2)

Amanecer de 29 de mayo 06:00 a.m. Foto R. Puig
Por estos parajes de la Marina Alta Alicantina desde los que escribo hoy, si tienes la suerte de encontrarte frente al mar y madrugas algo, la vista se recrea todo el día, aunque, bueno, no siempre el silencio sea benedictino. Para los lectores de este domingo, he seleccionado algunas imágenes, por la orilla de la Almadraba y por las laderas de el Segaria. Hoy toca entre mar y monte.
Y como ya se va a acercando la hora de comer, seré breve, pero, eso sí, trataré de que lo visto sea selecto y reciente, de estos últimos días.
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Desde la terraza
Basta asomarse al balcón para asistir a un encuentro de dos golondrinas playeras. ¡Y yo que pensaba que nunca se posaban en el suelo!

Aterrizaje. Foto R. Puig
Entre los humanos hay quienes se posan dónde sea con tal de tomar el sol

Al sol del aparcamiento. Foto R. Puig
Aunque toda excepción tiene su regla…
¡Todavía hay quienes prefieren sentarse al borde del agua! (confiemos en que no dejen restos)

Bocata. Foto R.Puig
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Temprano
Varias horas antes, algunos pescadores vinieron cuando aún no había salido el sol y no habían llegado los coches que convierten la playa en su aparcamiento de fin de semana.
Este madrugador instaló sus cañas en la orilla cuando el sol no había aparecido, a la espera de que alguna lubina se dignase morder el anzuelo…

Pescador madrugador 29 de mayo 06:03 a.m. Foto R. Puig
Si bien, otros prefieren salir en barca para probar suerte mar adentro…

Pescadores madrugadores 29 de mayo 06:04 a.m. Foto R. Puig
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Más playeros
Unas horas más tarde, hay quienes se instalan con entrada de platea…
Dolce farniente. Foto R. Puig
Otros se acomodan sobre las piedras de modos varios, se visten de neopreno para bucear o hacen como que pescan…

Sábado en la orilla. Foto R.Puig
Pero -¡ay!- no faltan los que han venido a hacerse notar cerca de la orilla…

Ruidosos. Foto R. Puig
Cuando los motoristas acuáticos se exhiben, no conviene alejarse nadando de la orilla, no sea que te hagan picadillo…
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Escapar al monte

Limones frente a el Segaria 11 de junio 2021. Foto R. Puig
Pero, siempre tenemos la posibilidad de un paseo, incluso de una esforzada ascensión por los senderos cercanos de los montes, en este caso de la sierra de el Segaria, palabra que, por la forma dentada que tiene, pienso que designa en castellano antiguo un guadañero, un apero de los segadores, a modo de guadaña o sierra.
Saliendo de El Vergel (el Verger) se accede a la ruta GR 415 y se va ascendiendo hacia las quebradas del Segaria que miran al nordeste. A cierta altura esa ruta que rodea la sierra te ofrece la posibilidad de torcer a la izquierda, hacia el Morro de las Cuevas o a la derecha hacia la Peña Roja.
Esa fue la dirección que adoptamos hace dos días, para ir ascendiendo sin perder la vista del mar y de las huertas de El Vergel, con la sensación de sobrevolar la carretera nacional y la Autopista Ap7.

El Vergel desde el Segaria, a lo lejos a la derecha el castillo de Denia. Foto R. Puig
El panorama se ensancha y nos ofrece una perspectiva soberbia de el Montgó.

El Montgó y las huertas de El Vergel desde el Segaria. Foto R. Puig
Subiendo el sendero, ayudados por bastones de marcha, nos acercamos hacia la Peña Roja, objetivo de este primer caluroso día de senderismo…

Subiendo a la Peña Roja del Segaria. Foto R. Puig
Cuando estábamos ya a unos doscientos metros de esta primera meta de esta temporada montañera, suena el móvil, ¡me llama el persianero! que me ofrece arreglar la persiana esa misma tarde, pues le han llegado las piezas parahacerlo. Ya andábamos algo cansados tras el anquilosamiento invernal, así que, con tal pretexto, iniciamos el descenso… pero sin duda esto continuará.
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Atardeceres de la Almadraba
Por la tarde el cielo sobre el mar puede virar al azul…

Azul, 8 de junio 2021 20:38 horas. Foto R. Puig
u ofrecernos una hora más tarde un friso en todos los tonos del naranja.

Crepúsculo hacia el nordeste del 17 de mayo del 2021, 21:41 horas. Foto R.Puig

Crepúsculo del 8 de junio 2021 21:42 horas. Foto R. Puig
Los días se van alargando hacia el solsticio de verano.
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Coda
En otro orden de cosas, ayer fuimos a visitar a nuestro amigo Sebastián, quien quería mostrar lo bien que crece su torito, que acaba de cumplir los ocho meses y está convirtiéndose en un señor toro…

El torito (ocho meses) de Sebastián Foto R.Puig
Mis vecinas las urracas: ¡expulsadas!

Cuando el 11 de abril detallaba en estas páginas la construcción del nido por una pareja de urracas, a las que apodé Urrico y Urrica, los rododendros sobre los que se situaba eran bien frondosos y apuntaba ya su floración. Pero apenas una semana después procedieron a una severa poda de los mismos. Dos o tres de ellos subsistieron, sin embargo los podadores contratados (profesionales) respetaron el nido.
Por mi parte me había propuesto seguir contando la saga familiar de la pareja, para alegrarnos con la eclosión de los polluelos y con sus primeros vuelos. Pero alguien no pensaba del mismo modo.
Hasta hoy me he resistido a contarles lo que finalmente ocurrió, es decir que, en el patio vecino, alguien decidió que el nido estorbaba, ¿sería por los prejuicios que comentábamos en aquella entrada de las urracas constructoras de que “se comen el pienso de los gatos”, “comen cualquier cosa que encuentran”, “colman la paciencia a cualquiera con sus cánticos vocingleros pedigüeños”, “son crueles”, “son desvergonzadas y descaradas”, en definitiva “son una pesadilla”?
¡ Lo que sí es cierto es que con verdadero ahínco se procedió a eliminar el nido !

Desde entonces las urracas han estado dando vueltas, buscando su nido en la copa del rododendro sobre el que tanto trabajaron para construirlo.
Se posan aún en ese espacio vacío,

andan desorientadas por el empedrado

o en lo alto de los patios pregonan sus quejas.
Para tristeza de esta pareja de aves, también para la nuestra y para desengaño de los lectores ya no podremos ver a sus polluelos despegando el vuelo.
Alguien ha decidido que Urrico y Urrica molestaban.
¡Ya no hay nido para las ingeniosas urracas en este patio de Gotemburgo!

Epílogo con ave
Escribo esta entrada desde otras latitudes, donde casualmente he tenido la oportunidad de salvar a una golondrina de una muerte lenta.
En la localidad de Vergel (El Verger en valenciano), en la provincia de Alicante, hay una torre medieval, la «Torre de los Duques de Medinaceli», remanente de lo que fue el palacio del Señor de Vergel, Baltasar Vives a principios del siglo XVI.

He visitado una muestra (a la que espero referirme más adelante) de un grupo de mujeres artistas de la Comunidad Valenciana en este lugar histórico. Con tal motivo he accedido a los distintos pisos de la torre, en los cuales se distribuyen algunas de las obras expuestas.
Las ventanas y los accesos a los matacanes están cubiertos con paneles de metacrilato transparente colocados durante la restauración del edificio por obvios motivos de seguridad. A modo de saeteras, pero de dimensiones menores, hay además una serie de orificios regulares que debieron tener función de vigilancia y quizás también de ventilación. Estos no han necesitado ser protegidos, pues es difícil hasta introducir el antebrazo.
Sin embargo, los pájaros sí que incursionan en la torre a través de ellos, en especial las inquietas golondrinas, con el resultado inevitable de no poder encontrar la vía de salida. Se dan repetidos e inútiles testarazos contra los paneles de metacrilato por los que se ve la luz y el entorno exterior, hasta que exhaustas se refugian en un rincón, como la que encontré atontada en el piso superior de la torre con la cabeza cubierta de polvo.
Al principio la creí muerta.
No obstante, al tratar de cerciorarme, abrió las alas y dio varias vueltas al recinto en otro intento de encontrar salida, para acabar postrada sobre el pavimento.

No sé si agotada o aceptando sin remedio su sino, estaba así extendida y como esperando a que el gigante, o sea yo, hiciera algo. Felizmente aquí sí pude resolver su problema. Logré sujetarla suavemente e introducirla en una de las saeteras, desde la que, para mi satisfacción, voló rauda en busca de la luz y del espacio exterior.
Creo que no le costaría mucho al Ayuntamiento de El Verger prevenir que haya aves que sigan quedando atrapadas de ese modo cruel en esta torre majestuosa. Por desgracia, pudimos observar algunos despojos de ave en la planta sótano de la torre.
Una simple tela metálica cerca del extremo más exterior de las saeteras eliminaría el riesgo.

Más poesía

En memoria de Francisco Brines
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En 1959 el Premio Adonáis de Poesía se le otorgó a Francisco Brines, «el poeta de Elca», por su libro Las brasas, cuya muerte hace poco más de dos días nos ha entristecido.
En ese mismo año 1959, el cuatro de agosto, nació Blanca Andreu, que fue galardonada con ese mismo Premio Adonáis en 1980.
Un poeta se consagraba y una poeta, o poetisa si prefieren (que rima con brisa), nacía.
Ambos crecieron frente al Mediterráneo de la Costa Blanca y de ambos hemos publicado extractos de su obra hace tan sólo una semana. Vuelvo pues a celebrar la poesía con sus poemas, extraídos de los libros que les valieron el Premio Adonáis. Veintiún años transcurrieron entre ambos galardones.
El Premio Adonáis de Poesía es probablemente el premio de poesía joven (sólo se pueden presentar poetas de menos de 35 años) más antiguo de Europa, si no del mundo; al mismo desde 1943 a 2020 se presentaron a concurso más de 7500 poemarios. Su colección de los publicados, más de seiscientos cincuenta hasta la fecha, presenta además una envidiable equilibrio de eso que se denomina hoy «igualdad de género», en inglés gender equality.
Así que hoy, recordando a Francisco Brines y celebrando a Blanca Andreu, hijos de la tierra levantina, traemos un poema de cada uno de ellos.
En primer lugar, un poema de Las brasas (*) de Brines que, a mi modo de ver, evoca un espacio de la finca familiar de Elca.
Texto teñido de un sentimiento romántico contenido:
Ladridos jadeantes en el césped
le hacen mirar, con el calor el día
va rodando a su fin y de las rosas
sube un olor, y una inquietud constantes.
En el silencio rueda la alegría
súbita de los perros. Y él entiende
esa felicidad, el desvarío
que ellos muestran. Hermosa fue la vida
cuando el cuerpo era joven, y el deseo
la costumbre inicial de cada hora.
.
Un aire corto llega desde el mar
y ha alargado la sombra de los montes.
Echa su vida atrás, desnuda el cuerpo
delante de otro cuerpo, y unos ojos
le buscan y él los busca.
En el amor era veloz el tiempo,
iba pronto a morir, y en vano el joven
pensaba detenerlo, se soñaba
vencido en la vejez y desamado.
Entonces su victoria
era querer aún más, con mayor fuerza.
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Mira, desde su frente, con los ojos
fijos la línea de los montes, áspero
muro de plata que en el mar se hiela.
Ya no lucha la tarde y se hace rosa
la luz en su cabeza pensativa.
Llegan, desde el camino, frescas voces
llamándose. La casa, oscurecida,
se ha perdido en los árboles, y él oye
el dulce nacimiento del amor,
escucha su secreto. Ya de nuevo
vive su corazón, y el hombre tiembla,
siente cargado el pecho, y apresura
un llanto fervoroso.
Francisco Brines, Antología poética editada por Ángel Rupérez, Austral, 2006, pág.78

Y a continuación, de Blanca Andreu, un poema De una niña de provincias que se vino a vivir a un Chagall (**) el libro por el que la poet(is)a fue galardonada a los 21 años.
En la entrada del pasado domingo hablaba yo de mi extravío de su poemario, pero, tras rebuscar en mi biblioteca (los tomitos de la colección Adonáis son pequeños y delgados) ¡he hallado mi ejemplar!
La clasificaron como poeta surrealista algunos críticos que no entendieron que su río de imágenes no emanaba de ningún automatismo subconsciente. En realidad la corriente de sus metáforas circula entre ella y el mundo con un sentir en el que bulle la herencia revisitada de la mejor poesía del Romanticismo:
El día tiene el don de la alta seda,
pétalos desandados por el pie de la noche,
monedas en corolas, eso dije.
Pero se izó la nube de magnolia hasta llegar al núcleo ahogado,
estambre eléctrico y pistilo triturado de amor,
monedas deshojadas por el terrible cheque templario,
o bien las brujas vírgenes prudentes
y la plomiza nada milenaria.
.
El día tuvo el don de la alta seda,
amor mío, amor mío, y por eso aún escúchame,
por eso te repito el pesado poema,
amor mío, amor mío, tu voz que amé y que cruza
las pupilas moradas de los puentes.
y tu olor habitado, azul, y todo
lo que ahora abandono y abandonas,
este perfume fijo,
y Albinoni,
no sé con qué propósito,
ni sé de qué manera clandestina,
ahora, mientras yo rompo
la idea de tu rostro
y continúo ignorando
qué invierno,
qué arteria barroca del diciembre aquél,
qué orden despierto es el tuyo
mientras yo vivo sola, y duermo, y te detesto.
Blanca Andreu, De una niña de provincias que se vino a vivir en un Chagall, Col. Adonáis, Madrid, Rialp, 1980, pp. 26-27
Con aquel librillo he encontrado otros, también de poet(is)as, de cuyos poemarios se merece que extraigamos más adelante algún poema. Todos ellos estaban entre gruesos tomos de antologías :
Pureza Canelo Lugar común, colección Adonáis, nº 279 (premio 1970), Madrid, Rialp, 1971
Paloma Palao, El gato junto al agua, colección Adonáis, nº 282 (accésit al premio 1970), Madrid, Rialp, 1971
Julia Escobar, Tiempo a través, Valencia, Pre-Textos / Poesía, 1994
(continuará)
.
NOTAS:
(*) Francisco Brines, Las brasas, colección Adonáis (premio 1959), nº 173, Madrid, Editorial Rialp, 1959
(**) Blanca Andreu, De una niña de provincias que se vino a vivir a un Chagall, colección Adonáis, nº 379 (premio 1980), Madrid, Editorial Rialp, 1980
Vivir en un Rothko
Otra vez,
ante el mar mío
y
como aprendimos
de niños,
para, por, con,
contra, en, entre,
según, y sobre
el mar,
así
prepuesto,
recibido por las olas,
absorto
por las ondas
en este mar
de las horas magas
transportado,
secuestrado
estoy,
inmerso
en un rothko,
al alba.
Al fenecer
del día,
en la horas brujas
del crepúsculo,
a los cielos
torna el pintor
con su brocha
monacal
contemplativa.
Cuando
los aires
son plegaria
y la hora
propicia
nostalgias
y melancolía
hay
hipódromos
en las alturas,
jinetes
silenciosos
que cabalgan,
criaturas marinas
sobre mi cabeza
avanzan
y
me abandono
a las últimas luces
y a la última sangre
***
Celebración
Francisco Brines ha recibido hace unos días el premio Cervantes de manos del rey Felipe VI en su su vergel de Elca, muy cerca de Oliva y no lejos de esta playa; al día siguiente tuvo que ser tratado de una hernia, pero parece que sólo ha sido un sobresalto del que esperamos salga bien pues el poeta tiene 89 años.
Su obra ha sido ya citada en estas páginas, hoy la celebro de nuevo con sus versos :
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EL REGRESO DEL MUNDO
A Andrés Trapiello
.
Abrir los ojos, después de que la noche
recluyera los astros en su amplia cueva rasa,
y ver, tras del cristal,
ya visibles los pájaros
en el fanal aún pálido del sol,
moviéndose en las ramas.
Y cantos que hacen mía la bóveda del aire.
Y sentir que aún me late en el pecho
el corazón del niño aquel,
y amar, en la mañana, la vida que pasó,
y esta maga sorpresa
de amar aún el mundo en la mañana.
Y en el nombre del mar, que está lejano
y azul, siempre tendido
desde el remoto amanecer del mundo,
persignarme la frente, luego el pecho,
los delicados hombros que ahora rozo,
y besar, con los labios del niño rescatado,
este mundo tan viejo,
que hoy no alcanzo a saber
por qué, si el amor no se ha muerto,
me quiere abandonar.
.
Francisco Brines, de La última costa, en Todos los rostros del pasado, antología, selección y prólogo de Dionisio Cañas, Galaxia Gutenberg, Círculo de lectores, 2007, p. 168
Nota bene sobre una poeta que se vino a vivir en un cuadro
Hace años tuve y leí con admiración y no sin envidia (pues me había presentado a otro premio de poesía años antes y me dieron calabazas) un poemario de la poeta Blanca Andreu con el que ganó el Premio Adonais en 1980. Se titulaba De una niña de provincias que se vino a vivir a un Chagall. Aquella obra fue considerada en el año 2013 por la revista Quimera una de las 10 mejores obras de poetas españoles desde 1978 y de las otras nueve una era de Brines : El otoño de las rosas.
El libro de Blanca Andreu -¡ay!- se me debió extraviar en alguna mudanza, lo que lamento mucho y trataré de buscar alguna edición.
Lo traigo a colación, porque cuando he escrito lo de vivir en un Rothko para encabezar esta entrada no estaba pensando en la obra de Blanca Andreu, pero ahora estoy seguro de que aquello de venirse a vivir en un Chagall ha debido de jugar en mi memoria cuando he pensado en vivir en un Rothko. Gracias a Oscar Merino Merchante que ha escrito sobre ella en babab.com he podido citar hoy un extracto de su poemario:
(…)
Me queda la mar media
Me queda la mar media en el triunfo del agua,
en el advenimiento de los espejos y de las aleaciones,
me queda la mar media y sus ahogados, cantiga y quemadura,
ebrios de agua profunda y profundo dolor.
Pero había un mar de la sangre más blanca
y del dolor apagado,
mar de la caza y muerte en montería, vino metal dormido y
baja luna.
Mar de los ventanales empapados para el amor más duro
con quien la soledad se atreve y canta, con crines antorchadas
y dibujada hoguera,
mar del amor más duro que decae como decae tu nombre:
el hombre que en mí tiembla y tu nombre primero.
(…)
Blanca Andreu
De una niña de provincias que se vino a vivir a un Chagall, premio Adonais 1980
+++++
Postscriptum
(16 de mayo 2021 a las 17:13 horas)
UNA LIBRERIA VETERANA FUNDADA EN 1969 SE QUEMÓ LA SEMANA PASADA EN MALAGA
La librería Proteo de Málaga ha sufrido un devastador incendio, más detalles AQUÍ
Si quieren ayudar, parece que lo mejor es encargarles libros. En mi caso estoy suscrito desde hace tiempo a su boletín de novedades a través de su dirección email.
PROTEO y PROMETEO (librería asociada) venden libros online, así que aquí les pongo los contactos:









































