Plenilunio

Luna de acuarela. Foto R.Puig
Tránsito
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Tantas cosas se han ido
con el caer del día
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y ahora ahí
está ella
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luna
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quizás no libre
sostenida de su necesidad
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imantada de noche
y de respiración de aguas
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como yo
como nosotros mismos
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La noche necesaria. Foto R.Puig
En la ría
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El trayecto es breve
he salido a la borda
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cada noche es diversa
en cada nube que pasa
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las briznas de la luna
están peinando el agua
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la ciudad se engalana
con su collar nocturno
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nunca arden igual
todas esas ventanas
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El dique y la luna. Foto R.Puig
Espectros
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El dique desusado
revive con la noche
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¿puede el metal soñar?
¿tienen duende las naves?
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los paquebotes se fueron
se ha jubilado el abra
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es en la oscuridad
cuando ese olvido brilla
.
sólo la luna escucha
la lumbre de su queja
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Despedida. Foto R.Puig
Envidia
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Las nubes te asfixian
globo ingenuo de plata
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celajes de agua negra
celos en las alturas
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despedida forzada
efímeros triunfos
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la ciudad ha empezado
a embozarse en el lecho
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ya será
¡hasta mañana!

¡Buenas noches!. Foto R.Puig
Ventanas de mi barrio
Bien pudiera ser que el salto de una conciencia mítica, y de sus respuestas sagradas, a esas interrogaciones que dan paso a la filosofía, tenga algo que ver con la invención de la ventana. Sí, no se rían, al fin y al cabo ese mundo de sombras que se describe en la alegoría de la caverna platónica, un mundo de percepciones mediadas, indirectas, en que la realidad viene filtrada a espaldas del hombre, corresponde no sólo a las cavernas, sino a los cabañones de puertas escuetas y un sólo orificio para el humo, a las cuevas muradas y a otros habitáculos arcaicos. Ese pasaje no acaba nunca, no es algo de tiempos pretéritos, ocurre todos los días, y en ambos sentidos.
Nada que objetar a que la vida se explique de la forma que al hombre le convenga para resistir a lo inhóspito. Lo que pasa es que un día llegaron las ventanas y los individuos descubrieron que el viento no sólo ventilaba sus alojamientos sino que refrescaba la ideas. Cuando las ventanas dejaron de ser simples orificios y se dotaron de marcos ¡ah! entonces apetecía asomarse, buscar encajes al rompecabezas de este mundo y empezar a hacerse preguntas…
Me dirán que ya basta de especulaciones gratuitas y que pase al tema. Pero es que, cuando tenía una tercera parte, incluso menos, de los años que tengo ahora, un excelente profesor que tuve en Lima, que se llamaba José Luis Rouillon, nos dio a leer el libro Mito y Metafísica. Introducción a la Filosofía, de Georges Gusdorf. ¿Y a qué viene eso? Pues viene a cuento de las ventanas ¡sí! pues aunque aquel autor no recuerdo que se ocupe de ellas, si se ocupaba de la continuidad del cosmos mítico y de cómo la racionalidad filosófica ha venido a perturbarla, algo así como las ventanas que han venido a perforar los muros. Sea cómo sea, el caso es que, los hombres seguimos oscilando entre sombras y brisas, entre el hollín y el cielo abierto.
Bueno, a lo que íbamos, yo sólo venía a mostrar mi cosecha de ventanas, de unos días en que andaba por las calles del barrio, hacía fresco y como un zángano andaba yo con la cabeza a pájaros…
Asomarse a la ventana siempre ha dado para mucho, sin ir más lejos Goethe tenía esa costumbre cuando vivía a dos pasos de la Piazza del Popolo, mientras pensaba en su teoría de los colores o en sus andanzas por la Ciudad Eterna. ¡Una calle de Roma tira mucho!
Y eso que su ventana era pequeña. En cambio, en las ventanas de Vasastan pueden asomarse varias personas a la vez. Son muestra de la arquitectura ecléctica de fines del siglo XIX y principios del XX.
Las hay medievalistas.
Otras que remedan el almohadillado renacentista
Había arquitectos con veleidades barrocas, que podrían haberse lucido en el Flandes del siglo XVI
Tampoco falta la inspiración griega del pastiche neoclásico
con unos frisos que le habrían encantado a Onassis.
o los grutescos que separan las ventanas del segundo piso de las del primero, seguramente destinado a la gente con más posibles
Estas ya son un poco más severas. Es natural, son de las aulas de un colegio
Las siguientes no son de una prisión, sino de un archivo donde duermen los legajos…
Si es usted de rancio abolengo, o es la princesa de las trenzas de oro, lo que necesita es un ventanal como este
Pero, dejemos los palacetes de sangre azul para quedarnos con los reflejos del cielo en los cristales
En realidad el original está más arriba…
Ese azul que inspiraba a Rubén Darío:
En las pálidas tardes
yerran nubes tranquilas
en el azul; en las ardientes manos
se posan las cabezas pensativas.
¡Ah los suspiros! ¡Ah los dulces sueños!
¡Ah las tristezas íntimas!
¡Ah el polvo de oro que en el aire flota,
tras cuyas ondas trémulas se miran
los ojos tiernos y húmedos,
las bocas inundadas de sonrisas,
las crespas cabelleras
y los dedos de rosa que acarician!En las pálidas tardes
me cuenta un hada amiga
las historias secretas
llenas de poesía;
lo que cantan los pájaros,
lo que llevan las brisas,
lo que vaga en las nieblas,
lo que sueñan las niñas.…
Final con suspense
Una ventana no sólo sirve para ventilar o asomarse, sino para mirar tras los visillos o, separando un poco las láminas de las persianas, para preguntarse quién será ese paseante cotilla que pierden el tiempo mirando para arriba, a riesgo de tropezarse.
Detrás de las ventanas hay vidas que transcurren al margen de nosotros; a nos ser que sean ventanas al patio o al otro lado de una calle estrecha, ventanas indiscretas… Entonces llega Alfred Hitchcock y, con la inestimable ayuda de James Stewart y Grace Kelly y a partir del cuento de Cornell Woolrich, nos deja aquella película memorable, cuya protagonista indiscutible es la ventana indiscreta
No faltarán tampoco creativos, como Jeff Desom que la concentren en pocos minutos al ritmo de una de las danzas húngaras de Brahms

RearWindow. Pinchar aquí: Fuente ibytes.es
Mis paseos no son tan frenéticos, aunque seguro que en los interiores de las ventanas de Vasastan han ocurrido infinidad de historias que habrían dado para más de un guión de suspense. ¡Si hasta se ha filmado alguna que otra película, de esas que se basan en novelas negras de autores suecos! Al fin y al cabo, no sé si se habrán dado cuenta, la mayoría de las ventanas de mis fotos están cerradas. Y eso que el día era soleado…
No obstante, no quiero terminar con especulaciones negras. ¡ Porque the sky is blue! ¡Que pasen ustedes un buen domingo! y si salen de paseo por su barrio, cualquier barrio de cualquier ciudad, no olviden mirar un poco hacia arriba, seguro que encontrarán alguna ventana que merezca su atención. Si no, quizás la merezca un pájaro, o una nube, o la copa de un árbol…¡Pero tengan cuidado con los escalones, los bordillos de las aceras y los alcorques!
¡No quiero ser culpable de ningún esguince!
El abedul desnudo
Bien sé cuánto he tenido que borrar
Para entrar en la gloria del otoño
Tomás Segovia «Otoño y dudas»
Las últimas semanas con los cientos de miles de refugiados que se agolpan por los caminos de Europa y esas masacres de hace unas horas en París, similares a las que se repiten semanalmente en los barrios de Beirut, Bagdad o Kabul, me han hecho dudar sobre el sentido de mis crónicas.
No sé cuánto tendría que borrar para salir de este otoño sin gloria.
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El árbol
He vuelto a ver hace unos días ese abedul que resiste, enraizado en el mínimo humus de una roca de Slottsberget, desnudo ahora de sus hojas, ahorrando su savia a la espera del invierno. No necesita desplazarse, nadie lo expulsa, sólo el viento lo agita, pero no lo arranca.
A lo sumo, con los años y los temporales, se ha visto obligado a retorcerse un poco. No lo ha tenido tan fácil como sus congéneres, que crecen en la pradera cercana. Pero ha sido capaz de implantarse entre peñas, tenaz.
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Aniversario
Algunos recuerdos también ha de ser tenaces. De hecho éramos sólo unos centenares bajo la lluvia la tarde del 9 de noviembre, una fecha que a la mayoría de los paseantes que nos veían marchar por el centro de Gotemburgo no les decía nada, recordando que en 1938, en la noche del 9 al 10 de noviembre se desencadenaron en Alemania las atrocidades de los pogromos de la Kristallnacht (Noche de los cristales rotos). La modesta manifestación tenía este año un especial sentido, ahora que crecen en Europa las expectativas de esos partidos que alimentan el miedo al refugiado y la xenofobia, y que incluso ganan elecciones.
Aquellos ataques racistas de 1938 preludiaron los campos de concentración, el exilio y el exterminio de millones de seres humanos estigmatizados por ser judíos y de cientos de miles de otras minorías, gitanos, homosexuales, enfermos, disminuidos u oponentes políticos, que los nazis consideraban inferiores o degenerados.
Hace tres semanas comentaba que aunque Erasmo no vinculó este proverbio a los que se consideran el brazo de Dios sobre la tierra, sin embargo podría traducirse, especialmente cuando asistimos a las guerras y masacres que se ceban en las gentes inermes, en Siria o ahora en París, como «el hombre es dios contra el hombre.
Cuando el narrador del Génesis describe la expulsión de su lugar de vida de las única familia, la primera, sólo una pareja, que hay en el mundo, lógicamente no tiene más remedio que recurrir como ejecutor del castigo de Dios a un ángel con su espada
Pero cuando los descendientes de Adán y Eva habrán poblado la tierra, serán los hombres mismos y no los ángeles quienes se arrogarán el juicio de Dios. Ya no faltaran en el mundo justicieros. Lean si no la historia de la matanza de los cananeos (Deuteronomio 7.1-2; 20.16-18).
De un modo o de otro, con una formulación u otra, los hombres se autoproclaman el brazo de Dios y se aplican con denuedo a su función desde la noche de los tiempos. Cuando, poco después de la liberación de Roma, Renato Guttuso expone los dibujos de las masacres de las que ha sido testigo, el libro en que los recoge se titula «Gott Mit Uns» (Dios con nosotros), que era la divisa en las hebillas de los soldados del III Reich
¡Vieja tradición la de matar en nombre de Dios! Hay quienes dicen que no se trata de Religión sino de Política. ¡En cualquier caso que al Hombre se le nombre dios o a Dios se le nombre hombre es al final la misma cosa! Cuando se trata de justificar masacres buena es tanto la Religión como la Política.
La insania política en el III Reich actuaba como una religión y la insania religiosa del Estado Islámico opera como un proyecto político. Se exclame «¡Quién como Dios!», «¡Dios lo quiere!» o, como han gritado los asesinos de París, «‘¡Allahu Akbar!», al final, por mucho que los analistas se enreden, las víctimas del fundamentalismo serán seres humanos a quienes se expulsa y se masacra.
Lo hayan pretendido o no, de hecho los miembros del comando islamista de París, al que decriben como experimentado, han actuado como si completaran lo que otros de la misma ralea habían ejecutado contra los trabajadores de Charlie Hebdo por blasfemos. Han continuado con los ajusticiamientos de infieles en lugares donde se perpetran los que su interpretación fanática del Corán considera pecados ominosos: en uno se pervierte a los jóvenes con ese deporte maligno del fútbol que les aleja de la lectura del Corán (Estadio de Francia), en otros, la ingesta de bebidas alcoholicas y carnes prohibidas (Le Petit Cambodge, Le Carillon, Bonne Bière) o la promiscuidad de sexos y las músicas satánicas (sala Bataclán).
La historia de los asesinatos en nombre de Dios nos lleva de unas víctimas a otras, de los cananeos a los parisinos, pasando por los herejes o los judíos, y así tantísimas otras. Pero, como en este caso, habrá otras víctimas no reseñadas, las que el miedo, que el terror quiere inyectar en el ánimo de Europa, puede empujar a excluir de nuestras sociedades. No se contentan los que se toman por comisarios de Dios con empujar a las gentes a huir de su lugar de vida, ahora quieren cerrarles los lugares de refugio, ejerciendo el terror sobre quienes tendrían que darles asilo. Se generan millones de víctimas que huyen y se pretende generar el miedo para que no les recibamos.
Por eso, frente a las masacres y a los éxodos que el fanatismo sigue causando, recordar es un deber y un testimonio necesarios. En Suecia, en las estructuras de acogida de los solicitantes de asilo, aunque al límite y desbordados, son muchos los que se esfuerzan estos días, como en Alemania y otros Estados de la Europa abierta, para que en el invierno que llega no se sientan rechazados.
Convergencias de Arte y Literatura (II): el museo imaginario de Benito Pérez Galdós
Para el profesor Joaquim Parrellada
Estuve leyendo las Novelas de Torquemada de Galdós hace algunos meses, en un volumen muy usado que perteneció a mi padre. De vez en cuando vuelvo a encontrarme con autores salidos de los anaqueles de la casa familiar y abrirlos es una forma de revivir lo que hace años leían mis padres. Las páginas no sólo hablan de los escritores y sus ficciones. Llevan algo añadido que no sé explicar.
Pero, a lo que íbamos…
Pienso que entre los efectos de la reducción de la enseñanza de las Humanidades en nuestro sistema educativo (por no hablar de daños colaterales) está el de que muchos bachilleres ya no entienden los significados de gran parte de las obras de la escultura y pintura clásicas, y de no pocas del arte moderno. Podría ser que a alguno que pase como turista por las salas de un museo, le pique la curiosidad y se le antoje googlear en la pantalla de su androide. Pero sospecho que las historias, mitos, personajes y símbolos que los lienzos o las esculturas presentan les habrán de parecer cosas de marcianos.
Quizás por eso, el redactor jefe que protagoniza la última novela de Umberto Eco (Numero Zero, Milano, Bompiani, 2015, pp. 18 y 19) se hace la siguiente reflexión:
…me he dado cuenta de que para describir a alguien o algo me refería a situaciones literarias: no era capaz de decir que un tal paseaba en una tarde tersa y clara, sino que decía que andaba ‘bajo un cielo de Canaletto’. Después he entendido que también lo hacía D’Annunzio: para decir que una tal Constanza Landbrook tenía determinadas cualidades, escribía que parecía una criatura de Thomas Lawrence. De Elena Muti observaba que sus rasgos recordaban ciertos perfiles de los cuadros del Moreau joven, y que Andrea Spirelli recordaba el retrato del gentilhombre desconocido de la Galería Borghese. De modo que para leer una novela necesitaríamos hojear algunos fascículos de historia del arte de los que se venden en los quioscos.
Lo que el personaje de Umberto Eco reprocha a D’Annunzio es un uso simplista de un recurso retórico, la ekfrasis, que en sentido amplio consiste en tratar del contenido de un género expresivo en el interior de otro, con fines descriptivos. De forma restringida se entiende como la descripción de una obra de arte plástica (pintura, escultura, arquitectura, etc.) en el seno de un texto literario (como la del escudo de Aquiles por Homero).
Entre ambos extremos hay definiciones y estudios sesudos para todos los gustos sobre este término que en griego antiguo significaba descripción y que, a mi modo de ver, no tiene por qué considerarse solamente como un recurso literario, pues también puede, en sentido inverso, serlo pictórico o escultórico, cuando un texto inspira un lienzo o una escultura.
Curiosamente, el mismo protagonista de la novela de Eco que descalificaba a D’Annunzio, usa la misma figura retórica casi ciento noventa páginas más tarde (p.206):
Al crepúsculo, yo, ensombrecido, miraba al lago que se sumía en sombra. La isla de San Jorge, radiante bajo el sol, surgía de las aguas como la isla de los muertos de Böcklin
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De museos con Don Benito
Pero volvamos a Galdós, un maestro de la descripción, en cuya obra encontramos la ekfrasis en todos sus sentidos. En ocasiones alude a los rasgos del personaje de un lienzo o de una escultura para apoyar los de los protagonistas de sus novelas. En otras ocasiones sus referencias, sobre todo pictóricas, crean la atmósfera adecuada al episodio, describen el entorno de la historia y, de paso, ilustran sus amplios conocimientos en materia de pintura. No en vano tenía una cultura artística notable y mantenía amistad con varios pintores de su tiempo.
La cuestión es que no sólo es difícil para nuestros estudiantes entender los motivos de la pintura o la escultura clásicas, sino que no podrán entender muchas de las descripciones de Galdós cuando reenvían a una obra de arte para representar plásticamente al personaje o al entorno en que este se mueve.
Por mi parte me limito a ilustrar, con las obras de arte que el autor saca a colación, algunas ekfrasis extraídas de mis últimas lecturas galdosianas: Tormento y Las novelas de Torquemada. Un estudio exhaustivo de las ekfrasis en toda la obra de Galdós, que yo sepa, está por hacerse. El artículo de J.J. Alfieri sobre El arte pictórico en las novelas de Galdós (Anales galdosianos. Año III, 1968) es una panorámica de la conocida afición del escritor la pintura y a su amistad con pintores contemporáneos con escuetas referencias a sus obras.
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TORMENTO
(Edición de Teresa Barjau y Joaquim Parrellada, Barcelona, Crítica, 2007)
El primero extracto se refiere a rasgos corporales de la protagonista, no sin una suave ironía
Amparo
Pero lo más llamativo en esta joven era su seno harto abultado, sin guardar proporciones con su talle y estatura. La ligereza de su traje en aquella ocasión acusaba otras desproporciones de imponente interés para la escultura, semejantes a las que dieron nombre a la Venus Calipigia (p. 215)
Una analogía y una forma culta de referirse a unas nalgas, sin caer en piropos de andamio, que bien podría animar a los alumnos a visitar el Museo de Capodimonte en Nápoles, si en su viaje de fin de estudios les toca Italia.
El segundo describe a un viejo clérigo que dirige espiritualmente al joven sacerdote, amante de Amparo, Don Pedro, y a la hermana beatona de este.
El padre Nones y Doña Marcelina
El escueto y rechupado clérigo, la señora con cara de caoba y vestido negro, tomaron asiento en la sala. El primero parecía haber escapado de un cuadro del Greco. La segunda estaba emparentada con los Caprichos de Goya (p.376)
Lo del Greco puede que no emocione mucho al alumno, pero los Caprichos, podrían comentarse como predecesores del comic moderno y de la estética del Halloween. Que nuestro pintor universal me perdone, pues sólo trato de dar pistas pedagógicas a los desesperados profesores de literatura
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LAS NOVELAS DE TORQUEMADA
(Alianza Editorial, 1967)
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D.José Bailón (amigo de D. Francisco Torquemada)
(Torquemada en la hoguera)
Eran D. José Bailón un animalote de gran alzada, atlético, de formas robustas y muy recalcado de facciones, verdadero y vivo estudio anatómico por su riqueza muscular. Últimamente había dado otra vez en afeitarse; pero no tenía cara de cura, ni de fraile, ni de torero. Era más bien un Dante echado a perder
Dice un amigo mío, que por sus pecados ha tenido que vérselas con Bailón, que éste es el vivo retrato de la sibila de Cumas, pintada por Miguel Ángel, con las demás señoras sibilas y los profetas, en el maravilloso techo de la Capilla Sixtina.
Parece, en efecto, una vieja de raza titánica que lleva en su ceño todas las iras celestiales. El perfil de Bailón y el brazo y pierna, como troncos añosos; el forzudo tórax y las posturas que sabía tomar, alzando una pataza y enarcando el brazo, le asemejaban a esos figurones que andan por los techos de las catedrales, despatarrados sobre una nube
Lástima que no fuera moda que anduviéramos en cueros para que luciese en toda su gallardía académica este ángel de cornisa. En la época en que lo presento ahora pasaba de los cincuenta años (capítulo 3)
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Y algunos capítulos más tarde:
En aquel momento tenía el hombre actitud muy diferente de la de su similar en la Capilla Sixtina: sentado, las manos sobre el puño del bastón, éste entre las piernas dobladas con igualdad, el sombrero caído para atrás, el cuerpo atlético desfigurado dentro del gabán de solapas aceitosas, los hombros y cuello plagados de caspa. Y sin embargo de estas prosas, el muy arrastrado se parecía a Dante y ¡había sido sacerdote en Egipto! Cosas de la pícara Humanidad… (capítulo 6)
Aquí el profesor podría explicar a los alumnos que Miguel Ángel era un admirador de la obra de Dante y que los frescos de la Sixtina se inspiran en detalles su obra, por lo que no es extraño que el atuendo y el perfil de la Sibila de Cumas, pintada entre 1508 y 1510 se parezcan al autor de la Divina Comedia pintado por Rafael en 1511 en las estancias del Vaticano, según un patrón fisionómico que procede del Giotto.
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El mendigo que se parece a San Pedro
(Torquemada en la hoguera)
De vuelta a casa, ya anochecido, encontró, al doblar la esquina de la calle de Hita, un anciano mendigo y haraposo, con pantalones de soldado, la cabeza al aire, un andrajo de chaqueta por los hombros, y mostrando el pecho desnudo. Cara más venerable no se podía encontrar sino en las estampas del Año Cristiano. Tenía la barba erizada y la frente llena de arrugas, como San Pedro; el cráneo terso y dos rizados mechones blancos en las sienes. (capítulo 5)
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(Torquemada y San Pedro)
– Pues ya que habla de cuentos, voy a referirle uno muy viejo que puede interesarle. El por qué y el cómo y cuándo de esta costumbre que tengo de llamarle a usted San Pedro.
– Venga, venga.
– La primera coincidencia es que aquel hombre se me pareció a un San Pedro, imagen de mucha devoción, que podrá usted ver en San Cayetano, en la primera capilla de la derecha, conforme se entra. La misma calva, los mismísimos ojos, el cerquillo rizado, las facciones todas, en fin, San Pedro vivo y muy vivo. Y yo conocía y trataba a la imagen del apóstol como a mis mejores amigos, porque fui mayordomo de la cofradía de que él era patrono, y en mis verdes tiempos le tuve cierta devoción. San Pedro es patrono de los pescadores; pero como en Madrid no hay hombres de mar, nos congregábamos para darle culto los prestamistas que, en cierto modo, también somos gente de pesca… Adelante. Ello es que el pobre haraposo era igual, exactamente igual al santo de nuestra cofradía. (II, capítulo 5)
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Rafael
(Torquemada en la cruz)
Rafael no chistó. La cabeza inclinada sobre el pecho, el cabello en desorden, esparcido sobre la frente, parecía un Cristo que acaba de expirar, o más bien Eccehomo, por la postura de los brazos, a los que no faltaba más que la caña para que el cuadro resultase completo (II, capítulo 5)
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(Torquemada en el Purgatorio)
Dijo esto sonriendo, los brazos rodeando la cabeza, en actitud semejante a la de la maja yacente de Goya.
– Me parece bien. Y ahora… a dormir.
– Sí señor; el sueño me rinde, un sueño reparador, que me parece no ha de ser corto. Crea usted, señor Marqués amigo, que mi cansancio pide un largo sueño.
– Pues te dejo. Ea, buenas noches.
– Adiós -dijo el ciego con entonación tan extraña, que D. Francisco, ya junto a la puerta, hubo de detenerse y mirar hacia la cama, en la cual el descendiente de los Águilas era, salvo la ropa, una perfecta imagen de Cristo en el Sepulcro, como lo sacan en la procesión del Viernes Santo (III, capítulo 12)
Aquí va a ser difícil explicarle al alumno cómo puede ser que el ciego Rafael haya pasado en pocos instantes de una postura de maja de Goya a parecerse al Cristo muerto de los pasos de Viernes Santo.
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Fidela
(Torquemada y San Pedro)
Con tener dos años menos que su amiga, y poquísimas, casi invisibles canas que peinar, Fidela representaba más edad que ella. Desmejorada y enflaquecida, su opalina tez era más transparente, y el caballete de la nariz se le había afilado tanto, que seguramente con él podría cortarse algo no muy duro. En sus mejillas veíanse granulaciones rosadas, y sus labios finísimos e incoloros dejaban ver, al sonreírse, parte demasiado extensa de las rojas encías. Era, por aquellos días, un tipo de distinción que podríamos llamar austriaca, porque recordaba a las hermanas de Carlos V, y a otras princesas ilustres que viven en efigie por esos museos de Dios, aristocráticamente narigudas.
Resabio elegantísimo de la pintura gótica, tenía cierto parentesco de familia con los tipos de mujer de una de las mejores tablas de su soberbia colección, un Descendimiento de Quintín Massys (I, capítulo7)
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El padre Gamborena:
(Torquemada y San Pedro)
Hasta los andares del buen eclesiástico revelaban la grave noticia de que era mensajero, y antes de llegar, venía diciéndola con los pies, con el compás seguro y rítmico, con el ruidillo que hacían las suelas sobre el entarimado… Detuviéronse al fin los pasos en la puerta; abrióse esta con lentitud ceremoniosa, y en el rectángulo, como luminosa figura en marco negro, vio aparecer Torquemada la persona del misionero de Indias, su cara de talla antigua, de caliente y tostada pátina, la calva reluciente, el cuerpo todo negro, los ojos de angélica expresión.
D. Francisco clavó en él los suyos, diciéndole con la mirada: «Ya sé… ya». Y él, con voz patética, solemne, terrible, que sonó en los oídos del tacaño como el restallar de los orbes al desquiciarse, le dijo: «¡Señor, Dios lo ha querido!» (I, capítulo 15)
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Don Francisco Torquemada
(Torquemada en la cruz)
Sí, señorita… El hombre se va afinando. Ayer le vi y no le conocí, con su chisterómetro acabado de planchar, que parecía un sol, y levita inglesa… Vaya; a cualquiera se la da… ¡Quién le vio con la camisa sucia de tres semanas, los tacones torcidos, la cara de judío de los pasos de Semana Santa, cobrando los alquileres de la casa de corredor de frente al Depósito! (II, capítulo 7)
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Torquemada ante la inminente muerte de Fidela
(Torquemada y San Pedro)
Pero no: si le anunciaban la muerte, ¿cómo soportar la noticia? Además, los criados todos se le habían hecho tan antipáticos, que no quería nada con ellos, y si por acaso le contestaban algo desagradable, trabajillo le había de costar no emprenderla con ellos a puntapiés. Tanta llegó a ser al fin su ansiedad, que entreabrió la puerta. Frente a esta, extendíase una ancha galería bien iluminada. ¡En su dorada cavidad cuánta tristeza! Pasos se oían, sí; pero no muy lejanos, arriba, allá, donde estaba pasando… lo que pasaba. En el fondo de la galería vio una figura enorme, desnuda, con la cabeza próxima al techo, y las piernazas encima de una puerta. Era un lienzo de Rubens, que a D. Francisco le resultaba la cosa más cargante del mundo, un tío muy feo y muy bruto, amarrado a una peña. Decían que era Prometeo, un punto de la antigüedad mitológica: picardías muy malas debió de hacer el tal, porque un pajarraco le comía las asaduras, suplicio, que a juicio del Marqués de San Eloy, estaba muy bien empleado.
Más acá vio a una ninfa que también le cargaba, casi en cueros la muy sinvergüenza, con los pechos al aire, y tan tiesa como si se hubiera tragado el palo del molinillo. No se acordaba Torquemada de su nombre; pero ello era también cosa de tirios y troyanos… Ganas le dieron súbitamente de salir con una estaca y emprenderla a palos con la estatua (copia de la Dafne de Nápoles) que decoraba el fondo de la galería, y hacerla pedazos, para que aquella pindongona no le señalara más con su dedo provocativo, ni se le riera en sus barbas… Pero habría sido disparate romperla, valiendo lo que valía (I, capítulo 15)
No he podido localizar ninguna escultura de Dafne en el Museo de Capodimonte, aunque sí este luneto mural que la representa perseguida por Apolo, el mismo tema de la escultura famosa de Bernini en la Galería Borghese de Roma. El gesto de señalar con el dedo que irrita a Torquemada no aparece en ninguna de las dos obras. Galdós está probablemente recreando una versión imaginaria que sirve mejor a su intención literaria (aunque no se puede descartar que la idea venga de otra representación de la ninfa).
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Cruz
(Torquemada y San Pedro)
Bien quisiera ella mostrar su espíritu evangélico en las proporciones de sublime virtud que las vidas de santos nos ofrecen. Mas no era culpa suya que la regularidad de la existencia, en nuestro perfilado siglo, imposibilite ciertos extremos. Con fuerzas se sentía la noble dama para imitar a la santa Isabel de Murillo, lavando a los tiñosos, y tan cristiana y tan señora como ella se creía.
Pero tales ambiciones no era fácil que se viesen satisfechas; el mismo Gamborena no se lo habría permitido, por temor a que padeciera su salud. Ello es que su imaginación se exaltaba más de día en día, y que su voluntad potente, no teniendo ya otras cosas en qué emplearse, se manifestaba en aquella, para gloria suya y de la idea cristiana (II, capítulo 6)
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El Palacio de Torquemada
(Torquemada y San Pedro)
En la parroquia de San Marcos, y entre las calles de San Bernardo y San Bernardino, ocupa el palacio de Gravelinas, hoy de San Eloy, un área muy extensa. Alguien ha dicho que lo único malo de esta mansión de príncipes es la calle en que se eleva su severa fachada. Esta, por lo vulgar, viene a ser como un disimulo hipócrita de las extraordinarias bellezas y refinamientos del interior. Pásase, para llegar al ancho portalón, por feísimas prenderías, tabernas y bodegones indecentes, y por talleres de machacar hierro, vestigios de la antigua industria chispera. En las calles lateral y trasera, las dependencias de Gravelinas, abarcando una extensísima manzana, quitan a la vía pública toda variedad, y le dan carácter de triste población. Lo único que allí falta son jardines, y muy de menos echaban este esparcimiento sus actuales poseedoras, no D. Francisco, que detestaba con toda su alma todo lo perteneciente al reino vegetal, y en cualquier tiempo habría cambiado el mejor de los árboles por una cómoda o una mesa de noche.
La instalación de la galería de Cisneros en las salas del palacio, dio a este una importancia suntuaria y artística que antes no tenía, pues los Gravelinas sólo poseyeron retratos de época, ni muchos ni superiores, y en su tiempo el edificio sólo ostentaba algunos frescos de Bayeu, un buen techo, copia de Tiépolo, y varias pinturas decorativas de Maella.
Lo de Cisneros entró allí como en su casa propia. Pobláronse las anchurosas estancias de pinturas de primer orden, de tablas y lienzos de gran mérito, algunos célebres en el mundo del mercantilismo artístico. Había puesto Cruz en la colocación de tales joyas todo el cuidado posible, asesorándose de personas peritas, para dar a cada objeto la importancia debida y la luz conveniente, de lo que resultó un museo, que bien podría rivalizar con las afamadas galerías romanas Doria Pamphili, y Borghese. Por fin, después de ver todo aquello, y advirtiendo el jaleo de visitantes extranjeros y españoles que solicitaban permiso para admirar tantas maravillas, acabó el gran tacaño de Torquemada por celebrar el haberse quedado con el palacio, pues si como arquitectura su valor no era grande, como terreno valía un Potosí, y valdría más el día de mañana. En cuanto a las colecciones de Cisneros y a la armería, no tardó en consolarse de su adquisición, porque según el dictamen de los inteligentes, críticos o lo que fueran, todo aquel género, lencería pintada, tablazón con colores, era de un valor real y efectivo, y bien podría ser que en tiempo no lejano pudiera venderlo por el triple de su coste.
Tres o cuatro piezas había en la colección, ¡María Santísima!, ante las cuales se quedaban con la boca abierta los citados críticos; y aun vino de Londres un punto, comisionado por la National Gallery, para comprar una de ellas, ofreciendo la friolerita de quinientas libras. Esto parecía fábula. Tratábase del Masaccio, que en un tiempo se creyó dudoso, y al fin fue declarado auténtico por una junta de rabadanes, vulgo anticuarios, que vinieron de Francia e Italia. ¡El Massaccio! ¿Y qué era, ñales? Pues un cuadrito que a primera vista parecía representar el interior de una botella de tinta, todo negro, destacándose apenas sobre aquella obscuridad el torso de una figura y la pierna de otra. Era el Bautismo de nuestro Redentor: a este, según frase del entonces legítimo dueño de tal preciosidad, no le conocería ni la madre que le parió. Pero esto le importaba poco, y ya podían llover sobre su casa todos los Massaccios del mundo; que él los pondría sobre su cabeza, mirando el negocio, que no al arte. También se conceptuaban como de gran valor un París Bordone, un Sebastián del Piombo, un Memling, un beato Angélico y un Zurbarán, que con todo lo demás, y los vasos, estatuas, relicarios, armaduras y tapices, formaban para D. Francisco una especie de Américas de subido valor.
Veía los cuadros como acciones u obligaciones de poderosas y bien administradas sociedades, de fácil y ventajosa cotización en todos los mercados del orbe. No se detuvo jamás a contemplar las obras de arte, ni a escudriñar su hermosura, reconociendo con campechana modestia que no entendía de monigotes; tan sólo se extasiaba, con detenimiento que parecía de artista, delante del inventario que un hábil restaurador, o rata de museos, para su gobierno le formaba, agregando a la descripción, y al examen crítico e histórico de cada lienzo o tabla, su valor probable, previa consulta de los catálogos de extranjeros marchantes, que por millones traficaban en monigotes antiguos y modernos.
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¡Casa inmensa, interesantísima, noble, sagrada por el arte, venerable por su abolengo! El narrador no puede describirla, porque es el primero que se pierde en el laberinto de sus estancias y galerías, enriquecidas con cuantos primores inventaron antaño y ogaño el arte, el lujo y la vanidad. Las cuatro quintas partes de ella no tenían más habitantes que los del reino de la fantasía, vestidos unos con ropajes de variada forma y color, desnudos los otros, mostrando su hermosa fábrica muscular, por la cual parecían hombres y mujeres de una raza que no es la nuestra.
Hoy no tenemos más que cara, gracias a las horrorosas vestiduras con que ocultamos nuestras desmedradas anatomías. Conservábase todo aquel mundo ideal de un modo perfecto, poniendo en ello sus cinco sentidos la primogénita del Águila, que dirigía personalmente los trabajos de limpieza, asistida de un ejército de servidores muy para el caso, como gente avezada a trajinar en pinacotecas, palacios y otras Américas europeas (I, capítulo 6)
El palacio de Gravelinas y la Colección Cisneros constituyen otra fantasía literaria de Galdós (como el dedo de Dafne que molesta a Torquemada). La creación de este lugar ficticio constituye una topotesia en la que reúne múltiples obras de arte existentes y, además, describe otras que ha modificado intencionalmente o que se han transformado en su memoria.
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Con ocasión del entierro de Fidela
(Torquemada y San Pedro)
La papeleta de invitación era tan sencilla como elegante; eligiose el coche estufa de mayor magnificencia que había en Madrid; encargáronse coronas de una riqueza fenomenal, y por fin, se preparó la capilla ardiente con toda la suntuosidad de que tan soberbia morada era susceptible. El gran salón se pavimentó de negro. En las paredes fueron colocados los seis colosales lienzos del Martirio de Santa Águeda, por Tristán
y otros asuntos religiosos y místicos de gran apariencia; en el fondo un altar riquísimo, con el tríptico de Van Eyck,
y debajo un Eccehomo del divino Morales. Murillos y Zurbaranes formaban la Corte a un lado y otro.
La parte inferior de los cuatro testeros fue tapizada de negro con galón fino de oro, y se colocaron otros dos altares con imágenes de superior talla: Cristo en la columna, de Juan de Juni, la Dolorosa de Gregorio Hernández.
Los bancos que alrededor de la estancia se pusieron, de nogal claveteado, eran también obra maestra de la carpintería antigua, y procedían de las colecciones de Cisneros. En los tres altares, lucían relicarios de fabulosa valía, relieves de marfil, y bronces estupendos. Donoso, otros dos amigos de la casa, artistas o amateurs de refinado gusto, dirigían la faena, ayudados de un sin fin de criados, costureras, carpinteros, etc… Cruz y Augusta iban a ver, y a dar una opinión, pero no podían estar constantemente allí. Toda la fuerza de voluntad de la primera no bastaba a distraerla de su inmenso dolor. Ordenaba que no se omitiese gasto, ni detalle alguno que aumentar pudiera el esplendor de aquel homenaje, bien corto para lo que la pobrecita muerta merecía (II, capítulo 1)
De este modo, para describir la riqueza ostentosa de Don Francisco Torquemada, convertido en parlamentario y en Marqués de San Eloy, procede Galdós a acumular en su galería ficticia del “Palacio de Gravelinas” las obras de una imaginaria colección Cisneros, a base de obras que conoce y otras que recrea, que le sirven para crear el ambiente que el usurero no aprecia más que por su valor pecuniario, pero que ha aceptado adquirir a regañadientes, azuzado por su aristocrática cuñada Cruz, quien, tras años de penurias, se toma la revancha a costa del capital del marido de su hermana.
La mayoría de las obras que Galdós menciona se localizan actualmente en museos y colecciones de España y de Europa, aunque en alguna identificación de autor o tema le haya podido traicionar la memoria. Ese «cuadrito» del «Bautismo de nuestro Redentor» de Masaccio todo oscuridad del que habla, como decíamos antes, parece fruto de su elaboración literaria. De hecho el joven artista (murio antes de cumplir 29 años) dejó un fresco del Bautismo de los neófitos en la Capilla Brancacci de Florencia, que el paso del tiempo ha desdibujado. También pudiera ser que, en este como en otros casos, se trate de obras que desde entonces han desaparecido. De hecho, de la ubicación de ocho de las diecinueve tablas del políptico de Pisa de Masaccio nunca más se supo. Sería curioso que Galdós estuviese especulando con esa historia. Claro que tampoco faltan falsificaciones y pastiches que se han colado en los mejores museos y colecciones.
De un modo u otro, en un barrio real de su Madrid, por la bajada de la calle de San Bernardo, se dio el escritor el capricho de crear una galería de fábula, enriqueciendo así lo que en su extensa obra literaria puede llamarse con propiedad «el museo imaginario de Benito Pérez Galdós».
Conclusión
Galdós entreteje unas ficciones en las que las costumbres, vidas y rasgos de sus personajes, ilustrados mediante varias formas de la ekfrasis, dan como resultado unos textos polisémicos. En torno a ellos podrían reunirse los estudiantes y los profesores de historia del arte y de literatura en una clase interdisciplinar, que pudiera ayudar a los alumnos a introducirse no sólo en el arte de la descripción y en el aprecio de uno de nuestros mejores escritores de novela realista, sino también a mejorar su conocimiento de los motivos de historia del arte, que cada día van siendo más extraños a su mundo y a sus preocupaciones, y a ponerlos en el contexto de la historia de España y de las condiciones de vida en los entornos urbanos de hace más de un siglo.
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Enlaces a los textos de Galdós que hemos citado (Biblioteca Virtual Cervantes):
En estos días de otoño
Esta entrada es la número 300 de este blog y la dedico en especial a todos los que lo animáis con vuestras contribuciones, comentarios y valoraciones
¡Gracias!
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Estas semanas del otoño de Gotemburgo han sido inesperada y largamente soleadas, invitando al paseo y a detenerse en detalles nimios.
Todo lo contrario de Jonas Alströmer (1685-1761), un industrial que allá por 1725 popularizó el cultivo de las patatas en Suecia y sigue de pié, en permanente actitud reconcentrada, en la Lilla Torget de Gotemburgo. Nadie le da las gracias cuando pasamos junto a él, a pesar de que ningún sueco aceptaría que le sirvan su socorrido filete de salmón sin ellas. Cuando se le ocurrió comenzar a cultivar el tubérculo las patatas sólo se podían ver en el jardín botánico de Uppsala.
Aunque parezca estar enfrascado en una reverie filosófica, no nos engañemos, lo que le preocupan son las heladas y las plagas.
Otro que se concentra es este fotógrafo -quién sabe si bloguero como yo- a quien su señora ha mandado a sacar los perritos a paseo
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Al calor inhabitual de estas semanas han germinado los crocus de color malva que suelen florecer en primavera
El parque se tapiza poco a poco de hojas muertas y de alguna todavía moribunda
Quizas la estación nos recuerde unos versos que emocionaban a nuestros bisabuelos y que a nosotros nos hacían memorizar en el colegio para que entendíesemos lo que era una metáfora…
Hojas del árbol caídas
juguetes del viento son:
¡Las ilusiones perdidas
¡ay! son hojas desprendidas
del árbol del corazón!
Así remataba su poema elegíaco el apasionado Espronceda:
¡El corazón sin amor!
¡Triste páramo cubierto
con la lava del dolor,
oscuro inmenso desierto
donde no nace una flor!
Pero, para romántica, unos metros más allá, hay una joven que no abandona nunca el barrio, habituada a ver pasar las estaciones sin soltar nunca su flor, precisamente un crocus que tiene en la palma de su mano
Sigue ahí, guardiana de las flores, mientras los demás vamos y venimos
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A este viejo árbol las fuerzas le han abandonado
Otros en cambio, en plena juventud, se codean con el cielo
Los hay que se despojan de sus hojas para mejor mostrar sus frutos como labios
Frutos que acabarán en el buche de los pájaros
No sé si a causa de esas aves tan diestras, o porque el otoño suscita pensamientos sobre el paso del tiempo, el caso es que me viene a la memoria otro poeta que, allá por el siglo I antes de Cristo, intuyó la evolución de las especies (si a un buen amigo en Cádiz, que sabe mucho más latín que yo, le parece que la traducción no es buena, la culpa es mía):
Hay linajes que crecen y otros que disminuyen,
las estirpes de los seres vivos en breve tiempo mudan
y a modo de relevos la antorcha de la vida se transmiten.
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Augescunt aliae gentes, aliae minuuntur,
inque brevi spatio mutantur saecla animantum
et quasi cursores vitai lampada tradunt.
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(Lucrecio, De rerum natura, II, 77-79)
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Para no mutar demasiado rápido, después de vagar un buen rato, es hora de que me siente en un banco
No muy lejos, padre e hijo, en semana de vacaciones, echan carreras
Junto a estos terrenos deportivos de Heden los mástiles sueñan con las banderas del verano
y sobre mí hay líneas en el cielo que no se sabe si se encuentran o se separan
Otros trazos se confederan, como si fueran el estandarte de alguna brigada de jinetes del cielo
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Aunque, para soldados, los que guardan la ría, encaramados y orgullosos de su pasado portuario.
Los veo tras el cristal de barco, sus brazos en reposo para siempre, monumentos de una historia de astilleros y navíos, rojizos como el otoño
Frente a tantas aristas, asientos adelante hay un ondular dorado
Finalmente, puesto que hablo de barcos, acabemos con agua. Esta es de lago, de cuando una semana antes anduve por la orilla del Vänern
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¡Que este fin de semana les traiga un buen descanso!
Breverías erasmianas (XXIII): “Homo homini deus” (El hombre es dios para el hombre ) / ”Homo homini lupus” (El hombre es lobo para el hombre)
Mi intención era hablar hoy del otoño en Gotemburgo, de estas semanas de sol benigno que han dominado el mes de octubre. Incluso de tentar algunos versos surgidos de paseos apacibles.
Pero, puede que haya sido porque ayer se cumplieron 70 años de la ratificación de la Carta de las Naciones Unidas, naciendo así la ONU, el caso es que el teclado me tentó con dos adagios de Erasmo, que quizás pueden decirnos algo en estos días en que un enorme drama humanitario se desarrolla cerca de nosotros.
Son dos proverbios que recuerdan que los seres humanos podemos presentar dos caras a quienes solicitan asilo: o como dioses menores providentes acogemos a los que buscan auxilio, o mostramos los dientes como lobos a quienes piden refugio ahuyentándolos de nuestro territorio.
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“Homo homini deus”
El hombre es dios para el hombre
Adagio I, i, 69
En tiempos de los antiguos griegos y, más tarde, en obras teatrales del Renacimiento, cuando una situación se había complicado en exceso y no se encontraba un desenlace plausible, el autor recurría al ”Deus ex machina”, es decir a un personaje divino que mediante algún artilugio descendía al escenario y resolvía el enredo o el drama de la forma en que sólo un dios era capaz de hacerlo. En el teatro clásico francés se recurrirá más tarde a la aparición del Rey, el depositario del poder otorgado por Dios y de la justicia suprema.
Que un hombre es dios para el hombre, se suele decir cuando alguien de repente nos trae la salvación de forma inesperada, o de quien de algún modo nos hace un gran favor.
Para los antiguos sólo era dios quien fuese útil a los mortales. De forma que en la Antigüedad se tuvo por dioses a los creadores del cultivo del grano, del vino, de las leyes, y a quienquiera que hubieses contribuido a mejorar la vida
Antiquitas, enim nihil aliud existimabat esse deum quam prodesse mortalibus. Unde frugum, vini, legum auctores, et quicunque ad vitae commoditatem aliquid attulisset, eos pro diis habebat antiquitas.
Erasmo, cristiano y conocedor de Cicerón, explica que a partir de ese a quien se consideraba afín a la moral cristiana, el bien de los mortales se atribuía en última instancia a Dios, “cuya especial cualidad es preservar y hacer el bien”. En consecuencia, quienes salvan a otros de un peligro están haciendo “el trabajo de Dios”. De modo y manera que el adagio se interpreta en el sentido de que quien ayuda a otros lo hace en representación de Dios.
quoniam dei quasi vice fungitur
Para confirmarlo cita a Juvenal y a Virgilio, pero cuando llega a Plinio (Historia Natural, 1,8), como ese autor no reconoce que haya una divinidad suprema que vela por los mortales, Erasmo le reprocha esa inmanencia de atribuirlo todo al mundo y a una cierta Naturaleza, de modo que es dios cualquier mortal que ayude a otro mortal.
Deus est, inquit, mortali juvare mortalem
De la misma manera, excluyendo una Providencia superior, Ovidio, declama en sus Pónticas (2.9.39-40) que
El placer propio del hombre es salvar al hombre
Y no hay mejor manera de obtener favor
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Conveniens homini est hominem servare voluptas
Et melius nulla quaeritur arte favor
Erasmo continúa con San Pablo (I Corintios 13), para quien la caridad es la virtud suprema y consiste en hacer el mayor bien al mayor número.
Más adelante, aunque siga sosteniendo que es una adulación de mal gusto y moralmente inaceptable dar el nombre de Dios a un ser humano, indica que, a pesar de todo, este adagio podría usarse tal cual, lo que explica poniendo el siguiente ejemplo, en el que una persona da las gracias del siguiente modo
En una época en que padecía unas desgracias tan grandes que no había hombre mortal que ni quisiera ni pudiera ayudarme, fuiste el único que acudió en mi auxilio –que era más de lo que yo podía esperar- y no sólo me salvaste con tu bondad (pues de otro modo habría perecido), sino que me me hiciste más apto para la vida de lo que era antes. De modo que (que quede entre nosotros), si alguna vez hay que pueda usarse el viejo proverbio griego, es ahora: ‘el hombre es dios para el hombre’
Erasmo sigue con otros ejemplos, con lo que al final parece haber olvidado sus reparos teológicos y no tiene inconveniente en usar el proverbio para designar a quienes se vuelcan en ayudar a otros. De hecho, como diremos más adelante, explica su pensamiento al respecto en su comentario al Dulce bellum inexpertis:
Dios ha puesto al hombre en este mundo como réplica de sí mismo, para que a la manera de una divinidad terrestre vele por la salvación de todos.
Otra interpretación del adagio que a Erasmo pienso le habría parecido inoportuna (aunque en su época tampoco faltasen los que se tomaban por el brazo de Dios y ejercían de inquisidores y verdugos) es la que hoy podríamos imaginar ante quienes matan, destruyen y empujan al exilio a millones de seres humanos invocando la voluntad de Dios. Es una forma trágica de ejercer de dioses que los griegos al origen de este adagio no pudieron imaginar y que a Erasmo no se le pasó por la cabeza. Su formulación más adecuada sería: «El hombre es dios contra el hombre», lo que en cierto modo nos llevaría al adagio que luego comentaremos.
Pero antes volvamos al sentido original con algo que está ocurriendo.
En estos días, en Suecia se estima que al concluir el año habrán llegado 190.000 solicitantes de asilo y, situación inédita hasta hoy, ante la llegada del invierno, el gobierno está montando campamentos de tiendas especiales (con calefacción), pues los alojamientos normales no van a alcanzar a cubrir las necesidades, tanto sea para ofrecer un cobijo inmediato y ganar tiempo para adaptar o fabricar viviendas, de las que, una vez concedida la residencia, los asilados puedan dirigirse a destinos estables. Ello sin hablar de los 30.000 menores no acompañados que han llegado y a los que, sí o sí, hay que darles residencia con asistencia especial. El presupuesto de la Oficina de Migraciones va a superar pronto el de la Defensa.
Y el viernes por la tarde, seis partidos del Parlamento Sueco, con la excepción de la extrema izquierda y la extrema derecha, han llegado a un consenso sobre los principales aspectos de la gestión de la llegada e integración de los refugiados en los distintos niveles del Estado, incluidas las partidas presupuestarias de urgencia.
Este blog no tiene vocación de análisis político, pero pienso que no me salgo de su perfil propio, diciendo que en las actuales circunstancias, aunque sea sólo un comienzo, esta unión de partidos que en otros temas están a la greña, es un ejemplo que, en estos momentos complicados, debería ser imitado entre los Estados europeos.

Anuncio del consenso de seis partidos suecos para la gestion de la crisis de los refugiados. Foto Vilhelm Stokstad. Svenska Dagbladet
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“Homo homini lupus”
El hombre es lobo para el hombre
Adagio I, i, 70
Este proverbio, abundantemente citado en la literatura universal, sigue a continuación, compensando el optimismo del anterior. La glosa de Erasmo es estrictamente filológica:
Casi contrario al anterior, como si fuese una variante suya, es esta frase de Plauto en su Asinaria: el hombre es lobo para el hombre. Con ella se nos advierte de que que no demos nuestra confianza a una persona desconocida, sino que nos protejamos de ella como de un lobo:
Lobo es (dice) el hombre para el hombre, que no hombre, para quien no conozca su forma de ser
Lupus est (inquit) homo homini, non homo, qui qualis sit non novit.
(Plauto, Asinaria 495)
De todo lo que los seres humanos pueden concebir para hacer el mal a otros seres humanos Erasmo ha tratado en múltiples ocasiones, en especial durante todos aquellos años, entre 1506 y 1526, en los que fue editando y ampliando sus Adagios. Los conflictos armados del primer tercio del siglo XVI y sus efectos devastadores sobre la población civil superaron con creces a las guerras medievales y su glosa al adagio Dulce bellum inexpertis (“La guerra atrae a quienes no la han vivido”) se va ampliando hasta convertirse en la más extensa de la obra.
Sí, el hombre puede comportarse como una bestia para otros hombres…
¿Quieres saber cuán feroz es la guerra, cuán horrible, cuán indigna es del hombre? ¿No has visto nunca a un león peleando con un oso? ¡Qué fauces, qué rugidos, qué jadeos, qué ferocidad, qué carnicería! Al espectador, aunque esté a salvo, se le ponen los pelos de punta. Pero mucho más horrible, mucho más feroz es la visión de un hombre cargado de armas y venablos atacando a otro hombre. ¿Quién creería, dime, que se trata de seres humanos si la costumbre del mal no nos hubiera privado de la capacidad de asombro? Ojos que arden, palidez en los rostros, furor en la marcha, la voz es como un chirrido, el estruendo demencial, el hombre es todo hierro, las armas rechinan, las bombardas disparan sus rayos. Si los hombres se devorasen y bebiesen la sangre para alimentarse la cosa sería más amable: pero a lo que algunos han llegado es a realizar por odio lo que la costumbre o la necesidad harían más excusable. Más aún, todo esto se está volviendo más cruel gracias a las flechas envenenadas y a las infernales máquinas de hoy en día. Ya no encontramos por ninguna parte rastro de humanidad.
La visión de Erasmo sobre las causas y las consecuencias de las guerras, cuyas víctimas son las gentes del pueblo, siguen siendo de triste actualidad:
qué plaga, qué capricho, qué Furia introdujo por primera vez en la mente humana algo cuyo efecto embrutecedor ha impulsado a este plácido animal, que la naturaleza engendró para la paz y la benevolencia y es el único que ha predestinado a la salvación, a precipitarse con tan salvaje frenesí y con enloquecida confusión hacia la destrucción mutua
Y ello a pesar de que
la naturaleza reservó al hombre el uso de la palabra y de la razón, atributos que contribuyen sobre todo al establecimiento y al fomento de la benevolencia, de modo que nada entre los hombres se resuelva por la fuerza
y de que
la naturaleza ha repartido entre los mortales una admirable variedad de cualidades, tanto espirituales como corporales, para que el individuo encuentre en otros individuos algo que amar y reconocer por su excelencia o que desear y abrazar por su utilidad y atractivo. Por último, depositó en su interior una chispa de espíritu divino para que, aunque no se ofrezca recompensa, a todos agrade hacer el bien por el bien mismo. Porque atender a las necesidades de todos es precisamente lo propio y característico de Dios. Pues si no, ¿qué otra cosa es ese extraordinario placer espiritual que sentimos al saber que alguien se ha salvado por causa nuestra?
Por eso, cuando una de las consecuencias de la guerra es el éxodo de millones de personas huyendo de la muerte y la destrucción, espanta ver que en la que quiere ser la patria de los derechos humanos, en Europa, a uno fundamental, el de asilo, se opone aún el racismo y la insolidaridad de quienes asocian subrepticiamente a las multitudes que huyen de las matanzas con viejas invasiones armadas de siglos pasados:
¿Acaso es esto lo que queréis para Polonia? ¿Queréis perder la propiedad de vuestro propio país? ¡No! ¡no es eso lo que quiere el pueblo polaco!
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Estamos viendo como surgen peligrosas enfermedades no vistas desde hace tiempo en Europa: el cólera en Grecia, la disentería en Viena, diversos tipos de parásitos protozoarios que no son peligrosos en el organismo de esas gentes pero podrían serlo aquí.
Son palabras de Jaroslaw Kaczynski el 12 de octubre en plena campaña electoral del PiS, siglas del partido Derecho y Justicia, para las elecciones de hoy 25 de octubre en Polonia, en reacción a la aceptación del gobierno polaco de la propuesta de la Comisión Europea de recibir a 10.000 solicitantes de asilo (citadas por la corresponsal de Le Monde en Varsovia)
Y las palabras de Viktor Orban, el constructor de un nuevo muro en la frontera de Europa (ahora no con el Este sino con el Sur), aplaudidas hace unos días en Madrid, cuando, el mismo que en mayo rechazó acoger a unos cientos de refugiados que le proponía la Comisión Europea, dice:
Lo que estamos afrontando no es una crisis de los refugiados. Esto es un movimiento migratorio compuesto de migrantes económicos, refugiados y también combatientes extranjeros. Es un proceso descontrolado y no regulado

Viktor Orban inaugura una exposición de pintura de artistas húngaros de la Galería Naciona. The Guardian
Por desgracia, como comenta la escritora Monika Zgustova, estos dos caballeros que citamos no son un caso aislado, sino que marcan una tendencia que cosecha votos.
Además, hay partidarios de esas ideas que no se limitan a poner zancadillas a los que corren para atravesar una frontera con una criatura en brazos, sino que pasan a la acción criminal, oculta, como son los incendios de alojamientos de inmigrantes en Alemania o en las últimas semanas en Suecia
o como la de un chico normal, graduado de un bachillerato técnico, a quien, según lo que ha trascendido, le gustaba el grupo musical belga «Suicide Commando», algunas de cuyas letras «alimentan mi odio interior» y le sumen en la tristeza, «pues no conseguiré matar a todas esas razas malditas». El mismo que, poco antes de atacar con una espada a quienes tenían la piel oscura, había mirado un film de propaganda neonazi en Internet que se titula algo así como «Cuando los enfurecidos hablan». Una carta que ha dejado este asesino, movido por el odio racista, concluye (según manifestaciones de la policía) con la idea de que, por culpa de los inmigrantes, Suecia ya no será la misma.
Por desgracia ese leitmotiv no sólo agitaba la mente de este nuevo Breivik, pues lo he podido encontrar recientemente en una tribuna de la jefa de opinión del Göteborgs-Posten subtitulada «Nuestra disposición a recibir cientos de miles de solicitantes de asilo en los próximos años es todo menos buena», que además de ilustrarse (glosando la imagen con un pié negativo) con la foto del ministro del Interior en una de las tiendas de campaña de urgencia que se han habilitado, concluye con esta frase: Sverige kommer inte att bli sig likt igen, es decir Suecia no será más ella misma.
No puedo juzgar el conjunto de los artículos de quien eso escribe, pero de esta tribuna en la página principal del periódico son preocupantes no sólo algunos contenidos y el citado subtítulo, sino, sobre todo, el que concluya con uno de los pretextos más socorridos de quienes creen en supuestas e inmutables esencias patrias, que los inmigrantes vendrían a pervertir.
Sí, como dicen los viejos adagios, es cierto que el hombre puede ser lobo para el hombre y, también, que habrán de ser los ciudadanos y sus votos los que mantengan unos espacios de democracia en los que se demuestre lo contrario: que los seres humanos son los únicos dioses que les quedan a los seres humanos.
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NOTA:
Texto latino de “Les Adages d’Érasme” présentés par les Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), Lyon, 2010, pp.141-144. La traducción es mía. Los textos en castellano del Dulce bellum inexpertis también son traducción mía en Adagios del poder y de la guerra y Teoría del Adagio (Madrid, Alianza Editorial, 2008)
Trashumancias 2015 (VII). Normandía: Lassy y la saga de los Lacy
Dedicado a Jean Turmel y en memoria de Carmen Lacy, mi abuela materna
En casa de mis abuelos había un libro en inglés que ni ellos ni mi madre sabían leer, pero que se guardaba como oro en paño. Las estampas eran numerosas y el texto hablaba de ilustres irlandeses que habían descollado en sucesivos acontecimientos, no sólo en la agitada historia de Inglaterra e Irlanda, sino sobre todo, que era lo en que la familia de mi abuela más se conocía, en las contiendas de la sucesión y en las guerras carlistas, así como en la guerra de la Independencia, ascendiendo hasta lo más alto del escalafón militar y destacando en tareas de gobierno y de la política.
Adónde habrá ido a parar aquel original, impreso en Baltimore en 1928, no lo sé, pero hace no mucho pude conseguir el último ejemplar del facsímil publicado por la Higginson Books Company de Salem (Massachusetts). Yo sí he podido leer las 409 páginas de aquella investigación histórica y genealógica, firmada por Edward De Lacy-Bellingari, publicada bajo el siguiente pomposo título (que traduzco): El registro de la Casa de Lacy: pedigríes, biografías militares e historia sinóptica de la antigua e ilustre familia De Lacy desde tiempos remotos, en todas sus ramas, hasta el día de hoy.
Las peripecias, los hechos de armas y notables servicios de los Lacy en distintas partes del mundo son explicados con detalle sin olvidar a ninguno de sus protagonistas y se recorren como quien lee una novela, apoyada por una descripción de sus fuentes y documentos probatorios, todo en un orden algo caótico pero apasionante. Hay esponsales, nacimientos, campañas, guerras de religión, batallas, fundación de castillos, demoliciones, expoliaciones, traiciones, destierros, recompensas, emigraciones, ejecuciones, sitios de ciudades, alianzas y contra-alianzas y un sinfín de episodios de los que se podrían extraer varias novelas y no pocas películas.
¿A qué viene esto?
Se estarán preguntando qué mosca me ha picado y qué tiene que ver la historia de la familia de mi abuela con mi viaje de este verano. La razón es que en las primeras páginas del libro aparece el mapa de una zona del departamento de Calvados, donde se localiza la pequeña aldea de Lassy, que se identifica como la cuna secular de los Lacy de Irlanda.
Algo escuché de todo esto a mi abuela, o quizás soñé que me lo contaba. De hecho, recuerdo de mi niñez en casa de mis abuelos un gran retrato al óleo de uno de aquellos antepasados militares del Regimiento Ultonia (la agrupación militar de los irlandeses en España) y las historias sobre los antepasados irlandeses, aquellos que entraron en la península ibérica por el país vasco y acabaron por afincarse en el país valenciano y de forma definitiva en la provincia de Alicante.
Los primeros llegaron a finales del siglo XVII, aunque aquel de quien, según el libro, descendía mi abuela materna en línea directa fue Patrick De Lacy, nacido en el Condado de Galway en 1706 y que, con su hermano David, arribó de Irlanda en 1755. Ambos iban provistos de un certificado, firmada por hasta tres obispos irlandeses, que no sólo corroboraban su limpieza de sangre y su catolicismo integérrimo, sino una genealogía de lucha secular contra la dominación inglesa, aliados de los O’Brien, los FitzGeralds, los Burghs, los Walles, los Butlers, los Boyle, los Browns, los Camas, los Liscarrol, etc. Por ello, se les declaraba aptos para el servicio de su Católica Majestad Fernando VI; lo que no impidió que más de un Lacy demostrara su flexibilidad, pasándose al bando carlista.
Hasta hubo un Luis de Lacy que, tras haberse batido en duelo con un superior por una historia de faldas y ser expulsado del ejército, combatió con las tropas de Napoleón en Alemania, para, más tarde, al tener noticia de la invasión de la península ibérica, pasarse a las españolas y ser acogido calurosamente por sus antiguos compañeros de armas. No acabó ahí todo, pues, siendo ya general, se sumó activamente al levantamiento de Riego y fue ejecutado por orden de Fernando VII, convirtiéndose en héroe defensor de la Constitución de Cádiz. Está enterrado en Barcelona, no sin haber sido rehabilitado post mortem por el mismo monarca que lo mandó al paredón. El libro de Baltimore le dedica siete apretadas páginas, que darían para el guión de una película.
En definitiva, que empleo no les faltó en España a los descendientes de aquellos normandos que conquistaron la Inglaterra sajona en el siglo XI, se afincaron allí y pasaron más tarde a Irlanda, de donde, andando el tiempo, empujados y confiscados por los nobles y terratenientes protestantes, primero en tiempos de Isabel I y, luego y sobre todo, de Oliver Cromwell, tuvieron que contentarse con las peores tierras y sufrir las leyes monopolísticas de los ingleses. Muchos irlandeses se vieron forzados a elegir entre trabajos subalternos en Inglaterra o emigrar a Norteamérica, Francia, Rusia y España.
De modo que este verano decidí visitar Lassy, movido por la curiosidad de acercarme a los orígenes de esta larga saga.
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Lassy
Procedente de La Haya llegué a la minúscula aldea de Lassy en mi tercera etapa del viaje a España y me hospedé con mi furgoneta en un modesto camping, precisamente propiedad de un matrimonio irlandés en las colinas de la región de Calvados, muy frecuentado por turistas ingleses y escoceses.
Sabía ya que tenía que dirigirme en el pueblito a su alcalde, Jean Turmel, que los viernes, en el ayuntamiento, ejerce como tal sin retribución alguna.
Como no era viernes, averigüé por el cartero que, si el alcalde no estaba ocupado en la cosecha o con sus vacas normandas, le podría encontrar en casa, entrando por el patio posterior. Ahí me dirigí, rumiando el saludo con el que debería presentarme.
Tuve suerte, porque si hubiera llegado un día más tarde, Jean Turmel se habría ido a su oficina de París, pues es Secretario General Adjunto del Sindicato Nacional de Productores de Leche, muy activo no sólo en Francia sino también ante las instituciones europeas, en cuyos pasillos el alcalde de Lassy, que es un convencido europeo, conoce bien cómo manejarse.
- «Buenos días, Monsieur Turmel, me permito robarle algo de su tiempo. He parado en Lassy, en mi viaje de Suecia a Alicante, porque un viejo libro en que se habla de mi abuela y su familia, dice que de este pueblo salieron sus antepasados normandos. Mi abuela se llamaba Carmen Lacy”
Las más de tres horas que pasé charlando con el alcalde y visitando Lassy guiado por él se me hicieron cortas y son ya inolvidables.
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Lassy está situado entre el límite oriental del Bocage Normande y la llamada Suisse Normande, en el Departamento de Calvados, Distrito de Vire, en un territorio de suaves colinas que en su punto más alto alcanzan los 268 metros, de verdes prados, bosques y los característicos setos de espino albar que flanquean las propiedades (bocages) en que pastan las vacas normandas. El territorio comunal está surcado por varios riachuelos que desembocan en el Drouance, afluente del Orne.
En el libro de Edward De Lacy-Bellingari se describe Lassy y sus alrededores en términos parecidos, incidiendo en la antigua historia de este lugar del que tomaron su nombre dos señores feudales, Gautier e Ilbert de Lacy, quienes con los hijos del primero, Rogier y Gilbert, partieron a Inglaterra con el Duque Guillermo de Normandía, el Conquistador, para disputar el trono usurpado por Harold, a la muerte del rey Eduardo. Tomaron parte en la batalla de Hastings en 1066, para luego quedarse.
Los nombres de Gautier e Ilbert (o Ibert) están grabados en el bronce conmemorativo del Ayuntamiento de Falaise en el que figuran todos aquellos jefes y caballeros normandos que lucharon en Hastings
Los dos hermanos eran tributarios del obispo Odón de Bayeux, hermano menor de Guillermo, el duque de Normandía. Podemos imaginar cómo esos cerca de quinientos señores feudales y caballeros, que conformaban la caballería normanda, reclutarían a sus huestes entre sus vasallos, granjeros y campesinos, equipándoles con casco, cota de malla, rodela y espada, maza o lanza, hasta formar un ejército de alrededor de quince mil hombres, incluyendo un temible contingente de arqueros.
Como narran las célebres colgaduras del llamado tapiz de Bayeux (más de cincuenta metros de tela bordada que se colgaban en la catedral en las fiestas principales), toda esa tropa partió a luchar contra los sajones embarcada en numerosas naves, similares a las de sus tatarabuelos vikingos. No fracasaron como Felipe II, quien les imitaría siglos más tarde con su armada invencible, pero tuvieron que aguardar en una playa durante tres semanas a que se levantara un viento favorable.
Como describe el tapiz de Bayeux, los infantes sajones salieron a recibirles con hachas y la cosa no estuvo clara de ninguna forma, como solía suceder en estas masacres cuerpo a cuerpo del Medioevo, hasta que a los mejor organizados, o posiblemente a los más brutos y menos fatigados, les sonrió el triunfo.
A aquellos Lacy de Lassy en el siglo XI se les abrió un futuro de tierras, castillos, nuevas batallas, alianzas y contra alianzas, que en el siglo siguiente les llevó de Inglaterra a Irlanda, donde siguieron medrando todavía más. Pero esa historia me obligaría a contarles todo lo que he leído en mi libro de marras y en otras fuentes, a partir de Gautier e Ilbert…

Alcaldía de Falaise.Gautier de Lacy en la lista de los conquistadores de Inglaterra en 1066. Foto R.Puig

Alcaldía de Falaise. Ibert o Ilbert de Lacy en la lista de los conquistadores de Inglaterra en 1066. Foto R.Puig
No les infligiré tal tormento. El resumen es que, a finales del siglo XVII y primera mitad del XVIII, un cierto número de descendientes de aquellos normandos fueron llegando a España. Parece increíble, pero es cierto.
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Así que la historia empezó por una aldea normanda y continuó siglos más tarde en el pueblo de mi abuela, Muro de Alcoy, provincia de Alicante, en España. Ella nos hablaba de sus tatarabuelos irlandeses, mientras hacía unas estupendas mermeladas de tomate o purgaba en una tinaja los caracoles de la huerta, en San Juan de Alicante, en cuyas playas casi no había más que dunas.
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Puede que algún día, Jean Turmel, el alcalde de Lassy, me nombre su secretario de relaciones internacionales para ayudarle a organizar una reunión de los Lacy de todo el mundo en esas tierras de Normandía.
Algunos Lacy de Norteamérica ya le han escrito, deseosos de que así sea. Si para entonces no les he cansado con mis historias y el encuentro se celebra, no les quepa la menor duda de que los lectores de este blog estarán entre los primeros en saberlo.
A modo de resumen
Cuando en algunas regiones de la península ibérica y de Europa hay tantos que se apasionan por decidir si somos galgos o podencos y crear nuevas fronteras, no puedo evitar acabar mi crónica con una reflexión. Quienes me conocen saben que si he traído aquí esta saga no es por prurito de pedigríes.
En momentos en que cientos de miles que huyen de la guerra o la miseria quieren ser europeos, tan sólo desde una aldea de Normandía la historia nos transporta a unos tiempos en que los vikingos querían ser normandos, los normandos decidían ser ingleses, unos ingleses irlandeses y numerosos irlandeses devenían españoles.
Para redondearlo, hoy en día los estudios genéticos se suman a los históricos para enseñar que, además de nacer en un lugar que no hemos elegido y mal que les pese a los entusiastas de intransferibles idiosincrasias, todos somos cultural y genéticamente mestizos.
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¡Ah! Y el próximo domingo seguiremos contando algo sobre la iconografía de la Falaise medieval, la ciudad natal de Guillermo el Conquistador, a sólo 46 kilómetros de Lassy






























































































































































































