De cisnes y otras aves
He leído que los cisnes de Siberia hibernan en el Gloucestershire en Inglaterra. No así los cisnes que se quedan en el canal de Gotemburgo, pasando de un témpano de hielo a otro como si tal cosa; o al menos este que el pasado domingo se acercaba al borde con la esperanza de que yo llevase algo de pan en mis bolsillos.
‘No le tuerzas el cuello al cisne’
A la vista de estos jinetes de las ondas me vienen a menudo a la memoria unos versos del mejicano Enrique González Martínez, que nos comentaban en clase de literatura cuando estudiábamos la evolución del movimiento modernista, pues simbolizaban la reacción de una nueva generación de poetas contra el preciosismo poético:
Tuércele el cuello al cisne de engañoso plumaje
que da su nota blanca al azul de la fuente;
él pasea su gracia no más, pero no siente
el alma de las cosas ni la voz del paisaje.Huye de toda forma y de todo lenguaje
que no vayan acordes con el ritmo latente
de la vida profunda… y adora intensamente la vida,
y que la vida comprenda tu homenaje.Mira al sapiente búho cómo tiende las alas
desde el Olimpo, deja el regazo de Palas
y posa en aquel árbol el vuelo taciturno…Él no tiene la gracia del cisne, mas su inquieta
pupila, que se clava en la sombra, interpreta
el misterioso libro del silencio nocturno.
(Ya se sabe que los artistas y los poetas tienen que ‘torcerle el cuello’ a otros artistas y poetas que les preceden para mostrar que lo que ellos aportan es diferente, original, etc. No basta con que intentemos ser buenos, sino que tenemos que marcar nuestras distancias con los precedentes)
A pesar de que se trate de una metáfora, cuando veo un cisne, no deja de darme grima la imagen elegida por aquel poeta. Entre el ave luminosa de los hielos y su corte de patos o el búho rapaz al acecho de algún ratón, me quedo con este cisne de la tarde del último domingo, al que los ferries que salían al mar a pocas decenas de metros no perturbaban en absoluto.
Cisnes ilustres
Hablando de cisnes, hay otro verdaderamente famoso, el de Leda.
Cuando la reina Cristina de Suecia (cambio de decorado: estamos en Roma) desea mostrar su afecto a su querido cardenal Azzolino le regala el cuadro Leda y el cisne de Correggio. Ya comenté en la entrada que dediqué a la galería Corsini, que una vez que ‘su Leda’ ha muerto aquel ‘cisne de la Iglesia’ la seguirá a la tumba pocos meses más tarde.
Aquel mito de Júpiter que se metamorfosea en cisne para hacerle el amor a Leda ha inspirado infinidad de obras de arte y de poemas, en los que al cisne no se le tuerce el cuello sino todo lo contrario, como en esta poesía de William Buttler Yeats:
LEDA AND THE SWAN
A sudden blow: the great wings beating still
Above the staggering girl, her thighs caressed
By the dark webs, her nape caught in his bill,
He holds her helpless breast upon his breast.How can those terrified vague fingers push
The feathered glory from her loosening thighs?
And how can body, laid in that white rush,
But feel the strange heart beating where it lies?A shudder in the loins engenders there
The broken wall, the burning roof and tower
And Agamemnon dead.
Being so caught up,So mastered by the brute blood of the air
Did she put on his knowledge with his power
Before the indifferent beak could let her drop?
Y una traducción, la publicada por Mariana López Ávalos en su blog dedicado enteramente a este mito:
Una ráfaga súbita: las magnas alas desplegadas
sobre la doncella vacilante, los muslos acariciados
por las negras palmas, en el cuello el pico preso;
indefensa y sujeta pecho contra pecho.¿Cómo pueden esos frágiles dedos aterrados
defender los mansos muslos de la gloria alada?
Y ante ese blanco torrente, un cuerpo así tendido,
¿qué hace salvo sentir el palpitar desconocido?Un espasmo en la entrepierna concibe
el muro caído, el techo y la torre ardiendo,
a Agamenón y su muerte.Tan impotente,
Tan rendida ante el brutal hijo del aire,
¿unió ella al recibirlos el saber y el poder
antes de que el indiferente pico la dejara caer?
http://ledayelcisne.blogspot.com/2008/10/poema-de-william-buttler-yeats.html
Otras aves… de corral
No quiero acabar la entrada de hoy ni en trance ni en forma demasiado solemne, así que comparto con vosotros las imágenes de otras aves, las que tiene en su casa de la huerta de Las Marinas mi amigo Sebastián.
Nos veremos en Roma!
A presto!
Dibújame un borrego… anatomía animal en el Vaticano
No ha sido el principito de Sainte-Exupéry quien me ha pedido que dibuje un borrego, lo he elegido yo, como ya he comentado en una entrada precedente, entre las tareas de Anatomía III en la Accademia di Belle Arti. Tenemos dos condiciones: que se trate de uno de los animales de Animal Farm de Orwell, es decir un animal de granja o ganadería (¿os acordáis de las ‘granjas orwellianas’ de Stalin?), y que los dibujemos directamente a partir de las estatuas de dos especímenes de la sala de los animales del Museo Pío Clementino en los Museos Vaticanos (procurando no perecer de frío en el empeño).
La sala cuenta con una extraordinaria colección que se formó en su mayoría durante el pontificado de Pío VI. Es un zoológico pétreo que sigue las tendencias de la historia natural, tan frecuentada por ilustres botanistas y zoólogos entre los siglos XVII y XVIII.
Los papas ya nutrían hace siglos sus colecciones con la estatuaria que emergía de intensas excavaciones en sus territorios, construían o decoraban sus palacios con los despojos de la arquitectura de Roma y procedían a aumentar las de estatuaria animal, no sólo con las esculturas de época romana sino también con las que encargaban a sus escultores favoritos, muy a menudo a partir de los magníficos grabados de los tratados de historia natural de la época, basada en recopilaciones sistemáticas de las fuentes antiguas y en trabajos de nuevo cuño, a menudo a caballo entre la realidad y la mitología.
¿Pero cómo iba yo a imaginar que al elegir un apacible borrego en mármol me decidía por un ejemplar entre mítico y exótico que quizá nunca pastase en campo alguno?
Digamos que el anónimo escultor del XVIII que lo hizo no se manchó los escarpines con el estiércol de ninguna granja para su boceto.
Vervex Aethiopicus
Muchas esculturas, siguiendo el uso romano, llevan como sustento un pilastrino o un fingido tronco de árbol.
Así que, cuando ya había trabajado un buen rato con el dibujo de mi borrego, descubrí una inscripción en el pequeño pilar en que se apoya su barriga: Vervex aethiopicus – Jonstonus – tab LVIII (es decir Borrego o carnero de Etiopía, tabla LVIII del tratado de Jonstonus)
En la Biblioteca Vaticana
No me podía imaginar que, como un ratón de biblioteca, acabaría siguiendo la pista de las imágenes de este cuadrúpedo en la Biblioteca Vaticana, aunque ahí la calefacción es estupenda y se encuentra el confort de sus renovadas salas de lectura, exactamente lo contrario del frío que impera en la sala de los animales que pone a prueba al sufrido dibujante. De modo que con esa obsesión que caracteriza a los maniáticos de las fuentes y con la ayuda inestimable de mi catedrático de Anatomía Artística, Marco Bussagli, he obtenido mi carnet temporal de la Bibliotheca Apostolica Vaticana o BAV, que me permite entrar diez veces en territorio vaticano por la puerta de Santa Ana, para tener el placer de investigar sobre mi dichoso Vervex y además inspeccionar los kilométricos anaqueles de las salas de lectura que preside Santo Tomás de Aquino. Es de justicia decir que ahí trabaja una restauradora que por su cortesía merece también subir a los altares. Se llama Victoria, es de Palma de Mallorca y es una competente documentalista de la BAV.

Sixto IV nombra a Bartolomeo Platina prefecto de la Biblioteca Vaticana, fresco de Melozzo da Forlì, c. 1477 (Museos Vaticanos).
Si me apuráis un poco, os diría que la experiencia de la renovada BAV me ha reconvertido de forma parcial al creacionismo que nos enseñaron en el colegio, no me cabe la menor duda de que Dios creó las bibliotecas y me voy a hacer devoto de Santa Wiborada, patrona de los bibliotecarios y mártir de los manuscritos, aunque me parece que para ponerle una vela hay que irse a Suiza al monasterio de San Galo ( lo sé por un ameno artículo de Jaime González Martínez en la revista Biblioteca Universitaria de la UNAM de ciudad de México, “Santa Wiborada, mística y mártir, patrona de los bibliotecarios”, vol 8, julio-diciembre 2005).
La larga historia de un grabado
Cuando buscas en la BAV un tratado del siglo XVII, en este caso el De quadrupedibus del naturalista polaco Jonstonus a quien se refiere el pilastrino del Vervex, ahí no se limitan a un ejemplar, nada de eso, sino que te ofrecen tres ediciones diferentes, Y dos de ellas incluyen en el mismo tomo los tratados De serpentibus, De insectis, De piscibus, etc. Y puedes comprobar cómo, en la última, el editor de Amsterdam ha cambiado de lateralidad los grabados de las dos anteriores (de Frankfurt), invirtiendo las mismas planchas. Mi borrego miraba para la izquierda en las primeras y ahora mira hacia la derecha. Y, sobre todo, admiras el arte fascinante y el oficio de los dibujantes y grabadores de aquella época (como Merian en Alemania).
El único problema es que Dios es miembro de la rama vaticana de la SGAE y, aunque he encargado una foto del grabado, creo que me arriesgo a una reclamación si la difundo, así que aquí tenéis un dibujo mío del Vervex , tal como aparece en la edición de Amsterdam de 1657, mirando hacia la derecha como en el museo.
Según Jonstonus (cuyas fuentes incluyen a Heródoto, Jenofonte, Plinio, Estrabón, Cicerón, Plutarco, Teofrasto, Galeno, Columela… y Aldrovandi) este borrego de las mesetas de Etiopía vivía de doce a trece años, no tenía lana –aunque el grabado es ambiguo al respecto- sino una hirsuta pelambre como los camellos y, además, los pastores etíopes les cubrían las partes pudendas.
En el ejemplar del siglo XVIII , de la colección de Pío VI, el escultor sí que se tomó al pie de la letra lo de la falta de lana y el borrego luce más bien trasquilado.
Continuará…
Pero mi labor detectivesca no ha acabado. Por lo que nos dicen otras fuentes, Jonstonus debió de sacar gran parte de sus planchas, si no la mayoría, de un tratadista varias décadas anterior a él, Ulises Aldrovandi, y naturalmente, la Biblioteca Vaticana dispone de cuatro ejemplares del De quadrupedibus solidipedibus, edición de 1616, y un ejemplar de la de 1649. Por no decir nada de sus otros tratados sobre insectos, serpientes, moluscos, etc., todos ellos anteriores a los de su fiel seguidor, el Jonstonus. Entonces no se controlaban los ‘préstamos’, mucho menos los de las tesis doctorales de los nobles y ministros alemanes (a lo mejor si eres descendiente del inventor de la imprenta tienes derecho a apropiarte de todo texto estampado) .
Si queréis hacer una búsqueda en los tesoros bibliográfico de la BAV a través de sus catálogos online este es el enlace:
Y para despedir esta entrada, unas imágenes nocturna de los carnavales romanos en la Piazza del Popolo, que no todo ha de ser erudición y libros.
De carrozas y papas
Roma es un microcosmos de la historia, más específicamente de la historia del catolicismo, si bien la palabra micro no es demasiado apropiada para esta inmensa urbe. Se comienza por las catacumbas, cuando los cristianos se hacían matar. A finales del siglo II se reduce el número de evangelios y leyendas sobre Jesús y se consolidan los cuatro “canónicos”, la historia de un hombre comienza a ser tradición y construcción teológica. La parusía y el final de los tiempos, la vuelta de Cristo, ya no son inminentes. De todo ello Roma acumula vestigios, imágenes y símbolos, entre la historia y la leyenda.
Bajo Costantino se da el salto hacia el dominio y el poder. Los sucesores de los perseguidos, de a quienes se mataba, de los mártires, descubren que a su vez ellos ya pueden perseguir, condenar y matar enarbolando los símbolos cristianos (evolución que no es una exclusiva cristiana, pues ha caracterizado también a otras religiones).

“Bajo este signo vencerás”. Batalla de Ponte Milvio. Estancias de Rafael, Museos Vaticanos. Foto R.Puig
«Yo soy el obispo de Roma…»
De las sandalias del pescador se pasa a la espada, los vicarios de Pedro se mudan del subterráneo a basílicas y palacios y se convierten en monarcas, con su corte de príncipes de la Iglesia.
Allá por el siglo VIII, se consolidan los estados pontificios. Nazareth queda lejos, el carpintero ya no trabaja la madera sino la piedra, el reino de los papas ya no es intemporal y se defiende y se ensancha con la fuerza de los ejércitos. De este modo continuará la saga, hasta que, mil años más tarde y también con la espada, se lo arrebaten los italianos.
La unificación italiana, de la que el día 17 de este mes se conmemorarán los ciento cincuenta años, acaba con los estados pontificios, que se reducirán así al estado vaticano. Los monarcas pontificios se resignarán a imperar en un reducido territorio sobre la supuesta tumba de San Pedro, el pescador, merced a la munificencia de Mussolini en los tratados de Letrán (no sin compensaciones todavía vigentes que pueden calificarse como poderes morales sobre la sociedad italiana) .
Las carrozas del Vaticano
Roma es la metáfora, el registro pétreo y museístico de ese largo periplo de dos mil años. De entre tanto resto, en una especie de catacumba junto a los jardines y la cafetería exterior de los museos vaticanos, se conservan las carrozas y calesas papales.
Normalmente, el visitante, exhausto, no tiene ya energía en sus piernas para bajar las escaleras; pero si, sacando fuerzas de flaqueza, hace el esfuerzo, se sentirá trasladado al reino de los cuentos, al mundo de Cenicienta.
Ahí podrá ver cómo, tras la pérdida de los territorios pontificios, los cortejos papales fueron pasando gradualmente de trotar detrás de la carroza del vicario de Cristo a seguir a paso ligero el recorrido del papamóvil.
La carroza que, allá por los años veinte del siglo XIX, se hizo construir León XII para visitar las iglesias de Roma y causar impresión a sus feligreses, la più rica carrozza sovrana o “berlina de gran gala”,costó veintiséis mil escudos, está aparatosamente decorada en bronce dorado y el tiro constaba de seis caballos.
Sus portezuelas están decoradas también con símbolos ad hoc
y en el techo, por dentro, refulge el Espíritu Santo
Los cardenales también podían tener las suyas, como esta del cardenal Luciano Bonaparte
Había diversos niveles: Pío IX (pontífice de 1846 a 1878) tenía una de terza gala
y otra de mezza.
No sabemos si, al perder los estados pontificios, a Pío IX le quedaron muchas ocasiones para salir de cortejo.
Pero, en todo caso, Pío X , fogoso combatiente contra la herejía modernista, siguió subiendo a la carroza.
De su sucesor, León XIII (pontífice de 1878 a 1903), no ha quedado ninguna carroza en los museos vaticanos. Le bastaba con pedir a los asistentes a sus audiencias que se mantuviesen de rodillas. Hay quien opina que en su prolífica producción de encíclicas, su hiperactividad y su enorme inspiración en multitud de temas, y sobre todo su lanzamiento de la primera formulación de la doctrina social de la Iglesia, tuvo algo que ver la cocaína.
De hecho era un entusiasta consumidor y promotor del Vino Mariani, un licor de cocaína que fue popular en la aristocracia y las clases pudientes de la época, como Alfonso XIII y la Reina Victoria. Tan es así que el papa concedió a su creador y productor, el francés Angelo Mariani, una medalla, y le autorizó a poner la efigie papal en sus botellas. Sin la cocaína quizás nos hubiéramos quedado sin la encíclica De rerum novarum, que traducido al castellano significa algo así como A propósito de las últimas novedades.
Pero me estoy yendo por los cerros de Úbeda pues esto ya no tiene nada que ver con las carrozas. ¿O sí?
Para acabar digamos que, con el paso del tiempo, los papas las sustituirán por sucesivos modelos de papamóvil, incluída la variante de safari.
FESTA SPAGNOLA
Mostra de cinco pintores españoles estudiantes «Erasmus» de la Accademia di Belle Arti de Roma
Cinco alumnos españoles del profesor Enzo Orti, compañeros de la Academia, copan estos días la sala de exposiciones Ateneo delle Culture, que este profesor organiza en su mismo estudio y para sus discípulos.
Desde este blog quiero felicitarles. COMPLIMENTI !
Alonso Pérez Ortega ha llevado a un nivel diferente, de gran fuerza colorista, el tema del origen del mundo. Lo que en Courbet es una visión de cosmogonía totémica, una magnífica reducción, pero parcial en definitiva, en el cuadro de Alonso representa el viaje del sueño al calor del día de una mujer que tiene rostro; sus labios, aún dormidos, respiran levemente, todavía inmersos en la noche, mientras acoge en su cuerpo la luz incipiente del día.

Anabel Maldonado Martin de la Universidad de Granada, ante su obra, en compañía de Alonso Pérez Ortega y Victor Martínez Coronatti de la Universidad de Valencia
Las figuras que presenta Anabel Maldonado Martín, son como las habitantes emergentes de un ninfeo o de un sueño autobiográfico, de un interior de inciertas e íntimas vibraciones que invitan a la música callada.
En continuidad con ese sosiego y el silencio físico de una música interior, Pablo Suárez (Universidad de Santa Cruz de Tenerife) expone sus autorretratos, el que podríamos llamar durmiente sobre el piano de cuerpo entero (así debió encontrar Venus a su Adonis) y el de su rostro, frontal y decidido, para, al parecer, disuadir a los posible músicos que quisieran tentar el teclado de ese vetusto y desafinado mueble. Aunque hay voces que dicen que al final del vernissage hubo alguna pianista improvisada que, afrontando esa mirada, se atrevió, al calor del vino español, a sacar de su letargo al instrumento.
De pequeño copiaba a Murillo y ahora revive las lecciones de la escuela maternal recordándonos, con su increíble facilidad y su pincelada teñida de socarronería, que después de las tres comidas, es decir mattina, mezzogiorno e sera, hay que lavarse los dientes. Es Antonio Sánchez Rivas, a pocos meses de concluir su carrera de Bellas Artes con el broche de oro de Roma.
y Victor Martínez Coronatti, de la Universidad de Valencia, expone una serie de acuarelas, paisajes interiores, abstracciones de potente color, junto a algún sensible dibujo en que se presiente de nuevo el tránsito entre vigilia y sueño
Fisionomías
¿El espejo del alma?
Que el rostro sea “el espejo del alma” es discutible –yo pienso que es el espejo del cuerpo- aunque ese dicho refleja una convicción popular y una tradición que viene desde antiguo. De hecho son legión los filósofos, tratadistas y literatos que han atribuido significados a los rasgos, no sólo del rostro, sino también de las distintas partes del cuerpo y hasta a la forma de moverse. A través de tales o cuales características físicas se revelaría el carácter y la previsible conducta . En el siglo XVI, Giovanni Battista della Porta, en sus cuatro libros De humana Physiognomonia (1586), recopila interpretaciones fisionómicas de autores ilustres y las organiza siguiendo las partes del cuerpo. Cita a Aristóteles (que en realidad resulta ser el pseudo Aristóteles), Plinio, Filemón, Plutarco, Polemón, Galeno, Avicenna, Scoto y muchos otros. Pero la originalidad del libro estriba no en el esfuerzo sistemático (el primer siglo de la imprenta alumbrará muchas recopilaciones de ideas y opiniones de la Antigüedad clásicasobre las más diversas materias) sino en el trabajo de analogía y comparación gráfica de los rasgos humanos con los animales, ilustrados con sus caricaturas. Sul libro ha sido parte de la materia de III de Anatomía Artística, en el proyecto de anatomía animal. Si tienes rasgos de búho, es previsible que tu modo de ser tendrá unas determinadas características…y así sucesivamente.
Por ejemplo, la frente grande (magna frons) tiene su paralelo bovino y sus interpretaciones,no necesariamente halagüeñas…
Aunque no tan preocupantes como lo que promete una frente angosta, que además si se combina con labios gruesos ya es la debacle…
Con el paso del tiempo , este tipo de teorías conducirá a las de Lombroso, que a caballo de los siglos XIX y XX, publicará sus teorías deterministas. Según él, las tendencias criminales se pueden detectar en los rasgos fisionómicos (¡ahora se están recuperando ideas parecidas desde la genética!). Siempre han sido muy difundidos ciertos planteamientos rayanos con el racismo, por los que una nariz “en garfio” -sobre todo si pertenece a un judío- significará perfidia; si bien, si es la de Julio Cesar, será una nariz “aquilina” y querrá decir nobleza, grandeza, dotes de mando y otras maravillas. ¿Acaso en el colegio no eran motivo de hostigamiento determinados rasgos?
¿Nunca os pusieron como castigo unas orejas de burro? A mí sí, en la maternal del Colegio de las Jesuitinas de la calle Ayala de Madrid, por no saberme bien el catecismo. Y así tuve que soportar las burlas de la fila de las niñas (pues las monjas me colocaron adrede en su camino), hasta que a la que más se reía casi le arranco las trenzas (nos reconciliamos treinta años más tarde pues resultó que acabó por trabajar en el mismo ministerio que yo).
Toda la literatura está plagada de perfiles físicos que repiten una y mil veces aquellos lugares comunes que clasificó Della Porta en su magnífico cajón de sastre donde el novelista no tiene más que hacer una labor de selección y combinación, un poco como -¿os acordáis?- el hombre patata de nuestra infancia. En las novelas de Agatha Cristie hay innumerables ejemplos de la combinatoria inaugurada por Della Porta. Más recientemente, y con su humor acostumbrado Umberto Eco incluye varios memorables ejemplos de este tipo de pastiches literarios en su estupenda novela El cementerio de Praga, en la que pone en solfa los mecanismos de las eternas teorías de la conspiración que, unidas al racismo y al fanatismo religioso y sectario, han servido para justificar persecuciones y masacres.
En realidad, yo lo que quería era hablar de los rostros de gente que fue real o que, con la maestría de los escultores clásicos, nos parece eternamente viva aunque esté muerta desde hace siglos. Son esos bustos, vívidos, realistas, que todavía hoy nos acercan a nuestros ancestros culturales griegos y romanos en los museos de Roma.
Si he comenzado por las visiones fisionómicas de Della Porta es porque leyendo algunas descripciones de Chateaubriand en las breves notas de su Viaje a Italia en las que habla de los museos Capitolinos, me he topado con esa misma tradición que ve en el rostro el espejo del alma.
En los museos Capitolinos
(Los comentarios a los bustos son de Chateaubriand)

Antes de entrar a los museos Capitolinos el dios Tíber se pregunta ‘¿Qué fruta me como primero?’ (este comentario no es de Chateaubriand)

Cicerón: “una cierta regularidad con una expresión de ligereza; menos fuerza de carácter que filosofía, tanto ingenio como elocuencia”

Pitágoras: no atrajo la atención de Chateaubriand a pesar de la autosuficiencia de su mirada vegetariana

Nerón: “rostro grueso y redondo, hundido alrededor de los ojos, de modo que la frente y el mentón sobresalen; el aspecto de un esclavo griego vicioso”
Julio Cesar
Por desgracia no tengo la imagen y no recuerdo haberlo visto en mi visita al museo, pero la descripción de Chateubriand es la de un auténtico fan del famoso personaje:
figura delgada, todas las arrugas profundas, aire prodigiosamente espiritual, la frente entre los ojos es prominente, como si la piel se hubiese amontonada y una arruga vertical la hubiera hendido, cejas bajas casi tocando el ojo, la boca grande y singularmente expresiva; parece que fuera a hablar, casi sonríe; nariz saliente , pero no tan aquilina como se suele trazar; sienes aplastadas como las de Bonaparte; occipucio casi inexistente; mentón redondo y doble; las narices más bien cerradas; figura de imaginación y de genio
También en los museos capitolinos hay una dama de elegante peinado que se le olvidó a Chateaubriand y que merece ser presentada
Y un caballero la mar de mono, yo diría que es de frente huidiza, cejijunto, de mirada tristona pero dirigida al infinito, nariz chata, labio superior alto y prominente, labios finos, mentón compacto, orejas tenues y cuello poderoso. Sus intenciones son imprevisibles, salvo para los zoólogos.
Otros favoritos
La plácida y serena pareja romana con la que he iniciado el recorrido es mi favorita, eternizada en su escultura funeraria del museo Pío Clementino (museos Vaticanos).
La sutil y cuidada barba de un hombre tranquilo muy cerca de los anteriores.
Y, en uno de los patios, una dama de nariz picuda.
Alguno clásicos repetidos
Faltaba mucho para el arte en la época de su reproducción mecánica (Walter Benjamin dixit) pero la reproducción manual funcionaba a fondo. He aquí algunos rostros que se esculpieron en abundancia y con patrones constantes a lo largo de siglos. Por supuesto que hay muchos más (Augusto, Julio Cesar, Nerón,Caracalla, etc.etc.)
Sócrates
Homero
Marco Aurelio
Para despedir esta entrada
No es un busto, no es griego ni romano, es bíblico. La Magdalena penitente del Tintoretto en los museos Capitolinos es un broche sublime para este capítulo de fisionomías. Hasta la próxima
Anatomía artística. En la Gipsoteca
La Gipsoteca
El museo calcográfico de esculturas de la Antigüedad griega y romana en la Universidad de La Sapienza de Roma es uno de los más completos del mundo. Acoge centenares de copias fieles, en escala real, en yeso, de ahí el nombre de Gipsoteca. Se accede desde uno de los dos grandes patios centrales.
Es además un acogedor lugar de estudio y de reunión, dotado con varias salas de lectura, donde los universitarios pueden preparar sus exámenes protegidos por gigantes mitológicos, y de instalaciones para seminarios y encuentros.
Embrujo surreal
Puestos a imaginar lugares en donde las estatuas parece que fueran a cobrar vida, yo diría que este es uno. Supongamos que nos quedamos encerrados una noche en este museo de yeso y que, a la manera de los juguetes de Toy Story, los gestos interrumpidos de estos seres recobrasen su curso, que bajasen de sus pedestales y continuasen con sus acciones.
Que el Hércules Farnesio se sacudiese su corona de halógenos y dirigiese una sesión de culturismo junto con los variados guerreros de los corredores y salas del museo
Que el despellejado Marsias se liberase del palo donde fue torturado por haber desafiado a Apolo y se aventurase, cicatrizadas sus heridas, en busca de otros faunos, para animar con su recuperada flauta la invitación a la danza que un congénere suyo protagoniza ante una dubitativa y sonriente doncella.
Que El gladiador Borghese recuperase su espada y su escudo y se precipitase a la búsqueda de su invisible adversario.
Que los Tiranicidas y el Arquero griego emprendiesen la batalla contra algún déspota
El Discóbolo de Mirón podría destruir no pocos vidrios de las ventanas de la Gipsoteca
Y desde luego sería hermoso ver el despertar de Ariadna y contemplarla, recuperada de su sopor y ensayando sus primeros pasos ondulantes
Irene sacaría a paseo al pequeño Plutón
Y las Afroditas se pondrían a buscar sus brazos.
El estudiante de anatomía artística en la Gipsoteca
Por el momento dejaremos este guión cinematográfico para explicar brevemente lo que hace un alumno de anatomía artística en este lugar, siguiendo las tareas del curso del profesor Marco Bussagli y la profesora Cinzia Nardini
Siguiendo el ejemplo de Séneca y después de sesuda reflexión, ya que el alumno no es tan estoico como el filósofo y teniendo en cuenta que hay estatuas que están en corrientes y otras que, en cambio, tienen cerca un radiador, elige dos de las más resguardadas del frío: el Gladiador Borghese (siglo II o I a.C., original en el Louvre)
Y la dama de Invitación a la danza (siglo II a.C.)
Los dibuja desde dos perspectivas distintas en una lámina de 50×70 cm.
Por el momento estoy en la fase de dibujar el frente de las dos figuras. Luego habrá que realizar una parte del cuerpo de las cuatro imágenes, pero decorticada, mostrando los músculos del sotto pelle, algo parecido a esto:
En el examen se presentan las ocho láminas y los bocetos preparatorios y se ha de demostrar el conocimiento de la denominación y posición de los músculos en cuestión.
Llegados a este punto creo que estaremos preparados para dar un experto masaje a todos esos personajes de leyenda en el caso de que revivan y necesiten desentumecerse. No obstante procuraré que el guarda del museo no me olvide dentro cuando antes del cierre a las 19:30 horas esté recogiendo mi caballete y mis trebejos de dibujo. Sin calefacción y en medio de tantos fantasmas puede ser una estancia nociva para la salud.
Caminando por Roma (II)
No hablemos por hoy de papas o cardenales, aunque es imposible dar un paseo por Roma sin que todo nos remita a ellos.
El sábado por la tarde, tras la sesión de “técnicas de pintura” en la Accademia (otro día hablaré de esta indispensable materia de los estudios de bellas artes), me concedí un paseo, callejeando en dirección de la Galería Barberini (¡perdón! dije que hoy no mencionaría ni a cardenales ni a papas).
S. Andrea delle Fratte
No me atrevo a decir cuántas cientos de iglesias hay en Roma, por temor a quedarme corto. Además las podéis contar en el siguiente sitio web, donde se explica historia y contenidos de todas ellas.
http://avirel.unitus.it/bd/autori/angeli/chiese_roma/prima_parte.html
El caso es que no se puede callejear sin sentir la curiosidad de entrar en alguna de ellas. En la iglesia de S.Andrea delle Fratte, conviene recorrer su claustro en decadencia, donde no faltan lápidas con el símbolo de los piratas bajo lo que aún queda de unos frescos sobre la vida de San Francisco de Paula.
Es un viejo claustro que, a fuerza de arrugas ha adquirido un aire romántico que habría inspirado al mismísimo Gustavo Adolfo Becquer.
Pero no faltan los peces de colores en su estanque central.
Desde dentro, desde el claustro, así como desde la calle, se puede admirar la el original tambor de Borromini que sustenta la cúpula.
En esta iglesia hay varias cosas que me llamaron la atención, entre ellas dos tumbas -de las diversas de artistas y sabios que contiene- la del escultor Rodolfo Shadow, con un relieve donde el artista aparece con martillo y escoplo…
… y la de la pintora Angelica Kauffman (1807), sobre cuya lápida, además de los lamentos de sus deudos, resalta el detalle de la paleta y los pinceles.
Así como los dos soberbios ángeles que Bernini esculpió para el exterior del Castel Sant’Angelo, pero que, con objeto de evitar su deterioro, fueron sustituidos allí por copias y los originales trasladados a este pequeño templo.
Uno de ellos sostiene la corona de espinas y el otro el título de la cruz.
Y hablando de cruz, admirad lo complicado que resultó subir a San Andrés a la suya en uno de los tres soberbios lienzos barrocos que presiden el altar mayor, este de Gian Battista Leonardi.
La vía del Tritone
Si nos abstraemos del tráfico y miramos hacia las fachadas de la vía del Tritone bajo el sol del atardecer todos nuestros cansancios de paseantes se aliviarán.
Enseguida llegamos a la famosa fuente de Bernini con sus caricaturescos delfines que sustentan al tritón, en el centro de la plaza Barberini.De ella arranca la famosa calle de Vittorio Véneto, inmortalizada (¡han pasado siglos!) por la Dolce Vita de Fellini.
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En el cine Barberini
Hoy pasaré por alto mi visita a la Galleria Barberini, aunque como anticipo, ved como crecía la luna esa tarde sobre los aleros del palacio que la alberga.
Después de admirar lo que esa formidable pinacoteca nos ofrece, incluida la enérgica pero horrorizada Judith de Caravaggio…
…se me ocurrió entrar en una de las salas del cercano y viejo cine Barberini, para ver al santo Job, recreado por Iñárritu y encarnado por Javier Bardem, en Biutiful.
La sesión no podía empezar con peores presagios, pues no fue la espada de Judith lo que se me clavó en los riñones nada más sentarme en un asiento de los tiempos del neorrealismo – cuyo respaldo se desplomó hacia atrás sobre las rodillas de la señora de la fila posterior- sino los hierros de la armazón del chisme. El comentario del espectador junto a mí, por cierto encapuchado, fue: “a este cine es mejor no venir”.
Como la película no había comenzado fui a protestar, pero no quedaban más ‘butacas’ libres. En la admisión me querían devolver el precio del billete para que me fuera con viento fresco, pero -adoptando un aire a lo Traviata– conseguí in extremis la aparición del gerente, quien resultó ser un bricolero. No sé de dónde se agenció otro respaldo que, desmontando el mío, colocó en mi asiento. Mis riñones lo agradecieron pero tuve que ver el film más recto que una escoba.
Si cuento todo esto es porque debería haber presentido que lo que me pasaba a mí era sólo un amable anticipo de todo lo que le iba a caer encima al pobre Bardem durante esta película que -catálogo de males- acumula sobre un solo individuo -bastante gafe- todas las desgracias que pueden acaecer en Barcelona, que sabemos que no son pocas.
Hay que reconocer que, ya que sin final ‘joliwudense’ no puede haber óscar, en la última secuencia las cosas se ponen un poco más dulces… en el otro mundo. No os digo cómo, por si no la habéis visto, pero -eso sí- en vez de palomitas llevaros al cine regaliz salado.
¡Ah! Olvidé decir que el doblaje en italiano le va como un guante.
Acabaré con otra parábola, aunque esta vez no será de Iñárritu (por cierto que ese apellido produce algo así como un presentimiento onomatopéyico de que los protagonistas de sus películas estarán abocados a todo tipo de muertes, de que acumularán males sobre males y de que sólo merced a místicas piruetas obtendrán algo bueno de su paso por el celuloide).
Parábola de hoy mismo
En las calles de Roma he encontrado algún perro ecologista, como este que, en vez de viajar a lomos de un diesel 4×4, viaja en bicicleta.
No así los protagonistas de la parábola, real como la vida misma, que se ha desarrollado ante mis ojos hoy en una calle de Roma.
Señora elegante con perrito chic se acerca a su monumental cuatro por cuatro. Cuando ya ha desconectado la alarma y va a abrir la puerta del auto descubre que su pequinés hace el gesto de alzar la pata sobre la rueda trasera de su refulgente máquina. Con rapidísimos reflejos tira de la correa –“¡vieni!” le dice al cane- y se lleva al chucho a conveniente distancia. Relajada la tensión, el perrito elige la rueda de otro coche y se alivia convenientemente bajo la mirada complacida de su dueña. Acto seguido, retornan a su vehículo, la señora le abre a su cuadrupedín la puerta de atrás, se sube al volante y parte.
Como en las fotos sin pie os invito a concluirla, por ejemplo con un aforismo, proverbio o frase que sirva de moraleja de esta parábola evangélica. Si tenemos éxito y nos llueven las glosas hasta podemos votar por la mejor.
¡Pasear por Roma da para mucho!
Galería Corsini (II)
Corsini (II)
Me había propuesto empezar el día cumpliendo con mi larga lista de cosas por hacer, pero he descubierto que hoy es el 11-II-11. ¡Oh! ¡La estúpida magia de los números! Claro que en este caso, pues en Roma estamos, haciendo una pequeña trampa y escribiendo el mes en romanos.
¡Seguimos pues con la saga Corsini!
Por cierto, olvidé recomendar a los probables visitantes de las salas de este lugar privilegiado, de preguntar si il signore Luca Galano (¡qué nombre y apellido tan apropiados para un museólogo e historiador del arte!) está disponible. Nada mejor que disfrutar de la compañía del conservador en funciones y de sus respuestas a todas nuestras preguntas. Descubriréis lo que ninguna guía os podrá dar. Eso sí, per cortesía, tomaros el tiempo que haga falta, pues este hombre tiene una amabilidad exquisita y unos conocimientos que rivalizan con su capacidad de comunicarlos.
Nuestra jornada en la galería Corsini
Nos podemos despertar, como si fuésemos Adonis con una despertadora de lujo ¡la diosa Venus!.
Es posible que nos cueste levantarnos de la cama, pero le pasa a los más santos, como al adolescente y desmelenado San Juan Bautista.
No obstante, si nos espera un desayuno a la holandesa (aunque haya que espantar una mosca que ha aterrizado sobre las bizcotelas) podremos cargar las pilas para resistir las malas noticias de los periódicos…
… sin embargo -¡santo cielo!- no podamos evitar una dolorosa y suspirante mirada hacia lo alto. ¡Como está el mundo!
En cualquier caso, la familia es un remanso de paz y sin duda nos dará las fuerzas que puedan faltarnos.
Y hablando de familia, mientras nos dejamos cautivar por Murillo, quizá entendamos aquello que Leonardo da Vinci recomendaba:
Non si facciano muscoli con aspra definizione, ma i dolci lumi finiscano insensibilmente nelle piacevoli e dilettevoli ombre, e di questo nasce grazia e formosità (Trattato della Pittura, 287)
Aunque añadiremos que tampoco Van Dyck era manco
El paseo
Si damos un paseo por los jardines y la campiña romana circundante puede que encontremos alguna liebre
O algunos amables pastores y graciosas campesinas
La deslumbrante colección de paisajes de la galería ilustra en todos sus aspectos los consejos de Pierre Henri de Valenciennes, que dice, refiriéndose, entre otros, al género pastoril:
Este género es absolutamente ideal; y el paisaje que le es propio, puesto que ha de ser habitado por hombres, no como son sino como la imaginación supone que podrían ser, exige que se le prepare para acoger a semejantes mortales. Hace falta que el Pintor represente a la hermosa Naturaleza a la vez simple y majestuosa, tal como en fin el genio ha de crearla sobre la tela, pues no se la encuentra ya sobre la tierra.
¡Definitivamente hemos escapado del telediario y nos hemos transportado a otro planeta! Pero puede que el recorrido campestre nos haya despertado el apetito. Un ligero aperitivo no nos hará daño
En el camino de vuelta a los aposentos reales, flanqueado por los pinos romanos…
…podemos recoger algunas verduras y hortalizas de las huertas del palacio que nos servirán para preparar el condumio de mañana…
… ayudados por el viejo hortelano
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¡Buenas noches!
Si logramos escondernos en la galería y extender nuestro petate en el dormitorio de Cristina de Suecia no sé si podremos conciliar el sueño, pero en cualquier caso tendremos la ocasión de escudriñar con nuestra linterna las escenas de la vida de Moisés que ilustran sus techos, y que ella solo podía ver apartando las cortinas y sacando la cabeza de debajo del dosel.
Pasaremos la noche en claro pero también nosotros nos levantaremos un poco más ilustrados
Cuando, a pesar de todo, consigamos conciliar el sueño, es posible que soñemos con Andrómeda, la heroína y esposa de Perséo, pintada en el siglo XVII por Francesco Furini.
Al observar esta figura, me pregunto si Edvard Munch no soñaba también con una visión similar a esta. ¿Recordáis su envolvente madonna?
Galleria Corsini (I)
A la princesa le falta algo…
Erase una vez una princesa de un país muy frío que siendo niña quedó huérfana de su real padre y no se llevaba muy bien con su real madre. Gracias a un avisado regente, la princesa recibió una selecta educación en lenguas, literatura y artes. También se convirtió en una aguerrida amazona. Todo lo que no tenía de agraciada lo tenía de culta, de independiente y, sobre todo, de adinerada. Cuando le llegó la edad de ser reina lo fue con notable apreció de su corte y para satisfacción de artistas, literatos, gentes de la música y el teatro.
Por desgracia, los mejores creadores vivían en climas más benignos y como la pasión de la reina por las grandes cuestiones de la física, de la filosofía y de la teología era sin par entre las mujeres nobles de su tiempo, con la complicidad del embajador de Francia atrajo con halagos a su gélido país a unos de los mejores pensadores de su tiempo, al desprevenido René Descartes. La verdad es que el físico, matemático y filósofo francés había incitado el interés de la reina, quien seguramente había leído su famosa carta sobre el amor dirigida a su amigo, el embajador de Francia en Estocolmo, Pierre Chanut, que incluía, además de una alusión al aprecio de la monarca por su Física teórica (el espacio, el tiempo, la creación, etc.), un osado paralelismo sobre el amor a Dios y el amor a la reina Cristina…
La reina era más bien autoritaria y quería que las clases de filosofía le fuesen impartidas al amanecer. Como ya habréis adivinado, fue allí, en la corte de Cristina de Suecia, donde Descartes pronunció su famosa frase tirito, ergo non sum, para poco después morir de pulmonía.
En busca de calor y arte
Ese homicidio involuntario era ya una señal para la reina. Así que empezó a comprender que para rodearse de artistas y pensadores tendría que emigrar a climas más benignos. Para entonces las cortes católicas ya habían enviado algún jesuita, para que le hablase de la belleza de los fastos católicos, mucho más teatrales y plásticos que el sobrio protestantismo de los suecos. ¿Dónde había más luz y calor?¿Dónde estaban los mejores místicos? ¡En el sur! ¿Dónde los más fascinantes pintores y escultores? ¿Dónde los monumentos sublimes?¿Dónde el mejor teatro? ¿Los mejores músicos? ¿Los más excelsos poetas?¿Los teólogos más rebuscados?¿Las galas litúrgicas más embriagadoras? ¡En Roma!
«En Roma haz como los romanos»
Entre tanto sus cortesanos y sus súbditos presionaban para casarla y para que así les diera un delfín, un varoncito que algún día asegurase la real descendencia. Esta fue otra de las señales, quizás la decisiva. A eso no estaba dispuesta la noble amazona. Así que, tras algunas peripecias y tras asegurarse unas sustanciosas rentas vitalicias y el derecho a seguir siendo tratada como una reina, con su corte y todo, abdicó y a Roma se marchó Cristina, tras un periplo triunfal por Alemania y Francia. En Roma escenificó una sonada conversión al catolicismo, que hizo las delicias del papa, los cardenales y las casas reales fieles a la Iglesia Católica. Música celestial para la obra de la contrarreforma. En Roma la recibieron en 1655 con inolvidable fasto, del que queda signo en el arco a ella dedicado en la Piazza del Popolo.
Tras pasar una temporada en el Palacio Farnese (actual embajada de Francia) decidió alquilar el Palacio del cardenal Riario en la orilla derecha del Tíber.
En sus suntuosos aposentos vivió desde 1659 hasta su muerte en 1689. Con la ayuda del cardenal Azzolino, que fue su amigo y, se decía, su secreto amante, la peculiar amiga de papas y cardenales creó una cultísima y rumbosa corte, financiando a músicos, escultores, pintores, escritores y otros artistas, adquiriendo una portentosa colección de obras de arte (sólo de Rafael tenía más de quince obras) y de piezas arqueológicas, y siendo la mecenas de sus prestigiosas academias.
Gracias a las exacciones pecuniarias a las que estaban sometidos los súbditos de la monarquía sueca y, en particular, los siervos de la gleba de las tierras que pertenecían en exclusiva a la exreina, Cristina de Suecia pudo mantener su tren de vida…
… y escribir “He nacido libre, viví libre y moriré liberada”. Esta frase en italiano y en sueco puede leerse en una placa de mármol junto a la ventana del dormitorio, en el que murió el 19 de abril de 1689, asistida por su querido cardenal Azzolino. Este eclesiástico heredósu fantástica colección, pero pocas semanas después, el 6 de junio, la siguió a la tumba. Los herederos del purpurado vendieron todo y ocasionaron su dispersión.
El Palazzo Riario es ahora el Palazzo Corsini, pues esta otra familia de dignatarios eclesiásticos se lo compró a la otra familia, también de dignatarios pontificios, y lo renovó en el siglo XVIII. Es ahora la sede de la Galleria Corsini y de la Accademia dei Lincei.
De ello seguiremos hablando en la siguiente entrega de estas crónicas romanas.

































































































































