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Fenomenología de las nubes según J.M.G.Le Clézio (I)

23 octubre, 2016
Nube. Foto R.Puig

Nubes, nubes suaves, tranquilas, extrañas… Foto R.Puig

En agosto pasado pensábamos la luz a partir de algunos textos de L’inconnu sur la terre. En estos días nubosos de otoño vuelvo a ese libro, para divagar con la ayuda de nuestras compañeras de viaje, las nubes, y de Jean-Marie Gustave Le Clézio que las observa y las piensa.

Casualmente leyendo su fenomenología de las nubes me permito rescatar unos apuntes de cuando ellas me ensoñaban durante mis paseos por el campo charro que el Tormes cruza en la provincia de Salamanca. De eso hace bastantes años. Cuatro años después  Le Clézio publicaba su libro. Al parecer, estábamos en las nubes por la misma época.

El tierras de Salamanca. Lápiz. Dibujo R.Puig 1974. Detalle

El tierras de Salamanca. Lápiz y pastel. Dibujo R.Puig 1974.

Nube. Salamanca 1974. Lápiz y pastel. Dibujo R. Puig

Nube. Salamanca 1974. Lápiz. Dibujo R. Puig

Pero, a lo que íbamos… cuarenta y dos años más tarde, aquí estoy traduciendo para mis lectores algunos de esos párrafos en los que la poesía es una forma de fenomenología, ¿o será al revés? ¿No es acaso la poesía la forma más cumplida de la fenomenología? ¿Acaso no fue la poesía la que dio a luz a la filosofía?

Nubes. Foto R.Puig

nubes grises, de formas dúctiles… Foto R.Puig

Nubes, nubes suaves, tranquilas, extrañas, nubes grises, de formas dúctiles, cuerpos de mujeres, rostros de niños, dragones, islas. Nubes, voy hacia vosotras, me mezclo con vosotras, y me voy, yo también, mudando sin cesar mi cuerpo y mi rostro. Nubes como los sueños, como las canciones, como los recuerdos. Atraviesan el espacio del cielo, y quienes viven enfebrecidos, abajo, quienes corren por las calles de la ciudad, quienes se empujan ante las puertas de las tiendas, los que se apresuran hacia los bancos, con una carpeta en la mano, para apilar un fardo de papeles sobre otro fardo de papeles, de una oficina acolchada y con aire acondicionado a otra oficina enmoquetada y climatizada, deberían detenerse y mirar un poco al aire. Deberían tumbarse de espaldas por el suelo, la cabeza apoyada sobre sus negros cartapacios y mirar, mirar a las nubes que pasan, las unreliable clouds.

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p.44

Nubes. Foto R.Puig

donde las nubes se metamorfosean... Foto R.Puig

Donde quiera que se vea el cielo, ahí está la libertad. El resto, los sentimientos, la desesperación, el miedo, no son lo importante. Basta con levantar la cabeza y mirar con ojos bien abiertos, como si se tratase del agua. Y se bebe  con las pupilas y la frescura entra dentro del cuerpo y lava, calma, colma, y la suavidad de la luz entra en el cuerpo y baña cada órgano, caldea, apacigua, y en el cielo puro donde las nubes se metamorfosean tranquilas, se puede ver, como en un espejo, nuestra propia mirada clara y pura, donde el sol alumbra, en cada pupila, una estrella que baila.

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pp. 44-45

hinchadas como velas... Foto R.Puig

hinchadas como velas… Foto R.Puig

En el cielo viven las nubes. Son numerosas, y ligeras, ligeras. Atraviesan el espacio, sin apresurarse, pasan lentamente por encima de la tierra, así no más, todas hinchadas como velas, o bien acostadas como jirones de ropa blanca. ¡Son hermosas! Yo quisiera pasarme los días mirándolas, acostado por el suelo, días, meses, puede que hasta años. Las nubes no son aburridas. No descubren nada, no quieren decir nada, no asustan, ni son tristes. Están vivas. No con la vida de los animales terrenos, ni tampoco la de los árboles, de las rocas, de las llamas del fuego o de las olas del mar.  Es una vida ligera, que atraviesa la luz del cielo, que se transforma, que se va. Es una vida singular que no respira, que no come, que no se aparea. Es la vida transitoria de las nubes.

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una tropa de niños escondidos bajo una gran sábana... Foto R.Puig

una tropa de niños escondidos bajo una gran sábana… Foto R.Puig

Ellas, lo único que saben hacer es pasearse. Vienen de un lado del horizonte, van hacia el otro lado. No tienen prisa. Avanzan majestuosas, aunque ligeras, ligeras, deslizándose por el cielo azul. Ruedan algo, se estiran, lanzan algunas volutas por delante, después el resto del cuerpo sigue reptando, y los penachos de atrás se repliegan. No tienen ni cabeza, ni piernas. Encierran cantidad de cuerpos en uno solo, que se mueve y se estremece, como si hubiera una tropa de niños escondidos bajo una gran sábana.

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p.59

van tan bajo que parece que van a chocar... Foto R.Puig

van tan bajo que parece que van a chocar… Foto R.Puig

Sí, se marchan, perezosas y bastante torpes, las unas tras las otras, suspendidas en el aire. Hay nubes gordas muy blancas, del color de la nieve, color de espuma de jabón, redondas y que ruedan sobre sí mismas, en lentas piruetas, arrastradas por las corrientes invisibles del cielo. Atraviesan el zénit mostrando sus extravagantes esferas, henchidas de luz, y su sombra pasa sobre la tierra, allá abajo, sobre los campos, sobre los valles, sobre los tejados de las casas. Algunas veces son pesadas, van tan bajo que parece que van a chocar con los grandes edificios o los postes de hierro.

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pp. 59-60

las buenas nubes que os dan seguridad... Foto R.Puig

las buenas nubes que os dan seguridad… Foto R.Puig

Yo las miro pasar sin más por el cielo, gruesas nubes blancas tranquilas, que seguramente el viento zarandea un poco allá arriba. Son esas las buenas nubes que os dan seguridad, los rebaños que marchan por los caminos vacíos del aire. Ah, no miran hacia abajo, no miran a nadie. Se alejan, tal cual, dulcemente, haciendo rodar sus gibas, contoneándose.

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como si toda la tierra fuese calurosa y suave...  Foto R.Puig

como si toda la tierra fuese calurosa y suave… Foto R.Puig

Las nubes no vuelan como los pájaros, como los aviones. No hacen muchos esfuerzos. Se mantienen en el aire a la manera de abultados globos de aire caliente, y les tengo cariño porque son lentas y no son serias. Yo las miro, y miro también el cielo azul, y experimento una extraña impresión de felicidad, como si toda la tierra fuese calurosa y suave, como si toda la tierra estuviese en trance de dormir y soñar, bien tranquila y ligera, enroscada en capas de plumas.

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p.60

en trance de dormir y soñar... Foto. R.Puig

en trance de dormir y soñar... Foto. R.Puig

continuará…

Señales de otoño

16 octubre, 2016
En el Mediterráneo al comienzo del otoño. Foto R.Puig

En el Mediterráneo al comienzo del otoño. Foto R.Puig

Así se mostraba el mar al amanecer cuando dejé mi rincón mediterráneo al inicio del otoño. Ahora, en Gotemburgo, se van acortando los días paulatinamente

Se adelantan las noches. Foto R.Puig

Se adelantan las noches. Foto R.Puig

y ya se perciben los signos del otoño.

Viene la lluvia. Foto R.Puig

Chispea. Foto R.Puig

El gaviotín

Ya no soy pichón,

que vuelo solo

y me busco la vida,

pero estoy perplejo.

Todo era sol y luz

cuando salí del huevo

y mire usted ahora,

estas aguas plomizas,

y ya empieza a llover.

Felices días pasados

cuando bastaba

reclamar la pitanza

a piar pelado

y mamá abría el buche.

¿Y de la concurrencia

qué me dicen?

Pescar me da pereza,

y del resto

palomas por las plazas,

gorriones,

por no hablar de los grajos,

las urracas,

y otros de la misma calaña.

Ya no hay clase,

hasta una lombriz

hay que ganarla

a picotazos.

Pero al menos

esta isla es mía.

Aunque,

aunque…

¡mil truenos,

por ahí llega mi prima!

R.Puig de la Bellacasa

Aparecen los paraguas. Foto R.Puig

Aparecen los paraguas. Foto R.Puig

Al borde de los canales los árboles amarillean y las hojas se desprenden
Suavemente el otoño. Foto R.Puig

Suavemente el otoño. Foto R.Puig

Tiempo de hojas caidas. Foto R.Puig

Tiempo de hojas caidas. Foto R.Puig

Y yo me permito citar de nuevo a Pierre Henri de Valenciennes, pintor y teórico de la pintura del paisaje:

El Otoño ofrece a los Artistas escenas verdaderamente interesantes. La diversidad de tintas que se extiende por la Naturaleza es muy notable; la atmósfera es menos pesada y el calor más soportable. Hay más animación en el paisaje, pues los campos están más habitados y sus placeres son más frecuentes y variados. El comienzo de esta estación muestra la fuerza, el poderío, la riqueza y la majestad de la Naturaleza. Todos los productos vegetales han alcanzado su perfecto desarrollo; el color de los frutos no puede casi compararse sino consigo mismo y los contrastes entre sus diferentes formas aumentan aún más el encanto de este espectáculo

La cascada del Botánico a comienzos del otoño. Foto R.Puig

La cascada del Botánico a comienzos del otoño. Foto R.Puig

Continúa el pintor de los paisajes del Lazio con sus reflexiones sobre el otoño. Como es de esperar lo asocia a la melancolía y a la preparación para el invierno

Con el fin del Otoño, a pesar de los goces reales que nos procura, la satisfacción del espíritu no es del todo pura. La idea de la destrucción que insensible avanza perturba los placeres que degustamos. Los árboles pierden su verdor y el tiempo su serenidad. El sol acorta cada día su carrera. Las nieblas frías y húmedas se apoderan de la atmósfera y hacen caer las últimas hojas. Las lluvias comienzan; las aves de paso se agrupan para emigrar; las que habitan las aguas se dejan ver. El urbanita vuelve a la ciudad para refugiarse en ella de los rigores del invierno que a grandes pasos se acerca. Su retorno al hogar anuncia el encuentro cercano con su familia y sus amigos, que con él van a consumir los productos que ha recolectado en sus finca.

Pierre Henri de Valenciennes  (Réflexions et conseils à un Élève sur la Peinture et particulièrement sur le genre du Paysage, La Rochelle, Rumeur des Ages, 2005,146 pages, p.64  (la traducción es mía)

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El Göteborg se enfunda para invernar. Foto R.Puig

El «Göteborg» se enfunda para invernar. Foto R.Puig

Y yo me voy a dar una vuelta por el barrio, que es tiempo de pasear

Por las avenidas de Gotemburgo.. Foto R.Puig

Por las avenidas de Gotemburgo. Foto R.Puig

solo o con el perro

Invitación al paseo.Foto R.Puig

Invitación al paseo.Foto R.Puig

Aunque en mi caso, nuestra mascota es una gata y prefiere la ventana

Brinco o no brinco. Foto R.Puig

¿Brinco o no brinco? Foto R.Puig

Así que nos vamos por ahí descubriendo detalles

Tiempo de hojas caidas. Foto R.Puig

Tiempo de hojas caídas. Foto R.Puig

en los postes de las farolas

Tiempo de hojas caidas. Foto R.Puig

Tiempo de hojas caídas. Foto R.Puig

en el parque donde vienen a recreo los niños del centro preescolar cercano

El rincón de Anton. Foto R.Puig

El rincón de Anton. Foto R.Puig

o por las veredas del Trädgårdsföreningen, que nos invitan a disfrutar de la estación y donde, para siempre, Bellman, el poeta y cantautor nacional sueco, mira cambiar de color estos jardines.

El rincón del poeta. Foto R.Puig

El rincón de Carl Michael Bellman (1740-1795) . Foto R.Puig

Puede que pronto le hagan sitio a Bob Dylan a su lado…

Y ya que hemos mencionado a dos poetas, el domingo próximo seguiremos con poesía. Prometido

Invitación a la lírica. Foto R.Puig

Invitación a la lírica. Foto R.Puig

Visita a Fontevraud en el valle del Loira y fin de la ruta veraniega

9 octubre, 2016
Fontevraud. Ménsula en el refectorio del monasterio Foto R.Puig

El ángel con la corona de espinas. Ménsula  del refectorio del monasterio de Fontevraud.  Foto R.Puig

El monasterio de Fontevraud, o mejor dicho el conjunto de varios monasterios, lo fundó en tiempos de la primera Cruzada un predicador bretón que propugnaba cenobios mixtos con monjas y monjes, en los que se combatía la llamada de la carne con estrictas penitencias y mortificaciones: la ascésis del «syneisaktismo» (algo así como «dirigirse juntos», del griego syn-eisago) de la tradición eremítica oriental, con la que se tenían a raya las tentaciones del sexo. Se llamaba Robert d’Arbrissel (ca.1045 – 1115). El nombre del monasterio deriva de la «fontaine d’Evraud» que sigue manando por los túneles del subsuelo de este complejo abacial.

Tras una serie de avatares y de no pocos conflictos con los obispos y gracias a algunos patronazgos poderosos, Robert logró consolidar su fórmula de comunidades monásticas de hombres y mujeres (más o menos separadas en edificios diversos y cercanos). Pero estableció que la Abadesa sería siempre una mujer. La primera se llamaba Pétronille de Chemillé. Las comunidades fontevristas se extendieron rápidamente por el Oeste de Europa, en especial en Francia, España e Inglaterra, amparadas por la nobleza. La de Fontevraud, la central de todas, está situada cerca de la orilla izquierda del Loira entre Saumur y Chinon, y es el complejo abacial más grande de Francia.

Hasta los ingleses vienen de excursión a ver las estatuas yacentes de algunos Plantagenet que reinaban por esta región cuando Fontevraud se consolidaba. Claro, que lo que son sus restos, tras los innumerables trasiegos de la historia, no están ya bajo esas piedras, pero al parecer hace siglos sí estuvieron ahí. Por de pronto, Ricardo Corazón de León tiene su tumba verdadera en la catedral de Rouen.

En primer lugar, los regios padres de dos hermanos rivales que forman parte del imaginario adolescente de mi generación…

Enrique II de Inglaterra (+1189) y la Reina Leonor de Aquitania (+1204). Abadía de Fontevraud. Foto R.Puig

Enrique II de Inglaterra (+1189) y la Reina Leonor de Aquitania (+1204). Foto R.Puig

Ricardo Corazón de León pudo estar temporalmente enterrado bajo esta efigie, acompañado años más tarde por su cuñada, la esposa de Juan sin Tierra, aquel malo de las películas de Robin Hood y de aquellas aventuras que leímos. Pero el héroe, si ahora parece tranquilo y sereno, en vida fue más bien violento y dado a incordiar a todo el mundo.

Ricardo Corazòn de León (+1199) y la esposa de Juan sin tierra Isabel de Angulema (+1246). Abadía de Fontevraud. Foto R.Puig

Ricardo Corazòn de León (+1199) y la esposa de Juan sin Tierra Isabel de Angulema (+1246). Foto R.Puig

El monasterio y sus edificios ancilares ha pasado por innumerables transformaciones durante siete siglos de vida monástica bajo reglas ascéticas, hasta una progresiva relajación que culmina en el siglo XVI, cuando, tras doscientos años de guerras y hambrunas, va cayendo bajo el ala protectora e interesada denlos Borbones y Luis XIV establece como abadesa a una princesa de veinte años.

Marie-Gabrielle de Rochechouart abadesa de Fontevraud nombrada por Luis XIV.

Marie-Gabrielle de Rochechouart abadesa de Fontevraud nombrada por Luis XIV en 1670

Fue abadesa durante treinta años y convirtió el lugar en una corte confortable y animada por artistas y músicos, con palacio abacial y cuidados jardines y hospederías. Se seguía así la costumbre de colocar a la cabeza del monasterio a damas de la aristocracia y la realeza. De este modo los reyes podían confiar al cuidado de la abadesa, para su instrucción, a las hijas que tenían de sus favoritas. Así hizo Luis XIV, como antes lo habían hecho los Plantagenet y los Valois. Su sucesor, Luis XV, mandó a Fontevraud a cuatro hijas muy pequeñas, una de las cuales moriría ahí.

Fontevraud.  Claustro de la abadía.Foto R.Puig

Fontevraud. Claustro de la abadía.Foto R.Puig

Además de las doscientas monjas que podía albergar el sitio, había entre ochenta y cien servidores. Todo el complejo se mantenía con las rentas de sus propiedades y las pensiones reales.

La Regla de la Orden de Fontevraud en 1642

La Regla de la Orden de Fontevraud en 1642

La severidad de la Regla era para las monjas de más modesta extracción y el refinamiento espiritual y mundano para las de origen noble.

Fontevraud. Torre de las cocinas. Foto R.Puig

Fontevraud. Torre románica de las cocinas. Foto R.Puig

Por las enormes dimensiones del refectorio y de la torre que cobijaba las cocinas adyacentes, equipada con una imponente salida de humos, donde al parecer se ahumaban también carnes y cecinas, se adquiere una imagen de las dimensiones que alcanzó aquella industria monástica.

La Abadía de Fontevraud. Patio de San Benito y complejo de las enfermerías Foto R.Puig

La Abadía de Fontevraud. Patio de San Benito y complejo de las enfermerías Foto R.Puig

Fontevraud es sencillamente enorme, aunque, siguiendo la tradición de los edificios turísticos franceses, encontrar unas toilettes  pone a prueba tus habilidades de explorador  y exige caminar en su busca centenares de metros

La Abadía de Fontevraud (del folleto oficial)

La Abadía de Fontevraud (del folleto oficial)

Es un enorme centro de atracción turística, en el que el interés por vulgarizar su historia para los doscientos mil visitantes que llegan cada año lo ha convertido en un parque temático donde, por ejemplo, en el subsuelo, bajo el altar y el ábside,  te explican los restos del primer templo con una serie de videoclips protagonizados por alegres esqueletos que se mueven sobre un fondo negro.

La Abadía de Fontevraud. Altar y ábside. Foto R.Puig

La Abadía de Fontevraud. Altar y ábside. Foto R.Puig

La Abadía de Fontevraud. Acceso de visitantes. Foto R.Puig

La Abadía de Fontevraud. Acceso de visitantes. Foto R.Puig

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Y llegaron la Revolución, Napoleón y la Restauración

La Revolución Francesa lo desmanteló y expulsó a los monjes del monasterio masculino cercano y un poco más tarde a las monjas del Gran Monasterio. A los Plantagenet yacentes se les movió de acá para allá. A pesar del abandono y los pillajes, se salvaron algunos elementos valiosos, como el retablo del altar que se llevó a la parroquia de San Miguel, cercana y más antigua que el propio monasterio.

Fontevraud. La iglesia de San Miguel. Foto R.Puig

Fontevraud. La iglesia de San Miguel. Foto R.Puig

Fontevraud. La iglesia de San Miguel. Foto R.Puig

Fontevraud. La iglesia de San Miguel. Foto R.Puig

En 1804 Napoleón Bonaparte decidió convertir a esta abadía en una cárcel, como hizo con las de Mont Saimt-Michel y Clairvaux. Comenzaba así la historia de la Abadía de Fontevraud como prisión mediante una radical intervención arquitectónica, que terminó en 1814 cuando llegaron a ella los primeros sescientos condenados de ambos sexos. Se consideraba la más dura de Francia y estuvo operativa hasta 1963.

Así que, en realidad, se empezó a utilizar con la Restauración monárquica y durante el Segundo Imperio, cuando por motivos políticos o de represión se te podía encerrar ahí, condenado a trabajos forzados junto a los más peligrosos criminales de derecho común.

Inscripción de un preso en el muro de Fontevraud en 1817.

Inscripción de un preso en el muro de Fontevraud

Un tal Piron declaraba en el muro de su celda en 1817: «Piron ha cumplido 218 días por expresiones sediciosas» «Sólo queda tener buen corazón y no sorprenderse de nada»

Representación aérea de la abadía de Fontevraud en su época de prisión. Foto R.Puig

Representación aérea de la abadía de Fontevraud en su época de prisión.

La mayor parte de la historia opresiva de este centro transcurrió bajo ministros de Justicia e Interior franceses, con el intermedio de 1940 a 1944  al servicio de la ocupación. Con el apoyo del gobierno de Vichy, los nazis se la encontraron lista para el encarcelamiento y la tortura de los resistentes, y su deportación a campos de concentración o su ejecución. Acabada la guerra siguió a pleno rendimiento hasta que fue disminuyendo el número de presos y se cerró en 1963. La rehabilitación empezó durante sus últimos años como cárcel y fue una tarea de gran complejidad. No todos los desaguisados pudieron corregirse, como se comprueba aún en los restos de estucado que cubren las ménsulas del refectorio y otros relieves.

La Abadía de Fontevraud. Placa recuerdo prisioneros de los nazis.

La Abadía de Fontevraud. Placa recuerdo de los prisioneros de los nazis.

Curiosamente, en su orientación recreativa este «Centro Cultural del Oeste», como se le llama, ofrece al público infantil un recorrido por el itinerario de la más famosa evasión que el centro ha vivido durante su época como prisión. Fue en 1955 cuando Roger Dekker y Gustave Merlin, junto con «el carnicero de Nancy», George Damen, se escaparon una tarde. El entretenimiento podría tener su gracia, si no fuese por que los dos primeros acabaron fritos a tiros por los gendarmes en un campo de trigo, aparentemente en situación de indefensión, no muy lejos en Saint-Maure de Touraine, una villa conocida como centro de peregrinaje, por la que pasé hace dos años.

El tercero se cayó del muro en la escapada y volvió a la cárcel, tras un breve paso por el hospital en el que atendieron sus contusiones. El el camino de vuelta a la prisión los guardias le rompieron una pierna y otros huesos. Se da el caso de que uno de los motivos por los que había sido condenado, es porque en su carnicería de Nancy transformó en embutidos (sic) a unos cuantos ocupantes alemanes a los que había previamente asesinado. Su foto apareció en los periódicos.

Fontevraud. La triple evasión.

Fontevraud. La triple evasión en la prensa local de la época.

La Abadía de Fontevraud. Escaleras carcelarias. Foto R.Puig

La Abadía de Fontevraud. Escaleras carcelarias. Foto R.Puig

En resumidas cuentas, si quieren visitar una abadía para impregnarse de su historia, para respirar algo del sosiego que muchas de las que quedan en Europa transmiten y, sobre todo, si aspiran a que todavía algunos monjes estén entonando sus cantos gregorianos en su recinto, no elijan Fontevraud. Y si sucumben a la tentación de visitar este parque temático, siéntense antes un rato en un banco de la pequeña iglesia de San Miguel que antecede a la entrada, para eso no hay que pagar billete, y descansen del viaje.

A la salida, puede que el gato indolente que no se dignó mirarme les mire a ustedes pasar, aunque con monástica indiferencia

Un vecino de Fontevraud junto al nártex de San Miguel. Foto R.Puig

Un vecino de Fontevraud junto al nártex de San Miguel. Foto R.Puig

Fontevraud. Nartex externo de la iglesia de San Miguel. Foto R.Puig

Fontevraud. Nártex externo de la iglesia de San Miguel. Foto R.Puig

Algunos documentos audiovisuales sobre Fontevraud:

En cuatro minutos una presentación de la historia arquitectónica de Fontevraud

Sobre la trágica evasión de la prisión de Fontevraud en 1955 

Visitando rincones no accesibles al público del monasterio de Fontevraud

La visita a Fontevraud fue la última en Francia. La noche la pasé en el «camping des Trois Rivières» en Vivonne, al sur de Poitiers. Con la imagen del amanecer del seis de setiembre , en ese último camping ya casi desierto, termino estas crónicas veraniegas.

Amanece en el camping municipal de Vivonne. Foto R.Puig

Amanece en el camping municipal de Vivonne. Foto R.Puig

Eran las siete de la mañana cuando puse la directa para llegar a dormir en Cubas de la Sagra, al sur de Madrid.  Tras poco más de novecientos kilómetros, pasando mucho calor, llegué casi a medianoche al hospedaje familiar.

Parada y fonda en el Pays d’Auge

2 octubre, 2016
Manzanas de Le Mesnil. Foto R.Puig

Manzanas de Le Mesnil. Foto R.Puig

Para Jaime y Pascale

En junio habíamos hablado aquí de cómo se hace una sidra artesanal normanda. Pues bien, el cuatro de setiembre mis amigos de Le Mesnil me acogieron en su demora del siglo XV y pude comprobar personalmente que la sidra del año ha resultado excelente, de discreta dulzura y moderada gradación de alcohol como habían previsto.

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La sidra del año. Foto R.Puig

Quinientas botellas que han nacido de los pomares que rodean Le Mesnil. Expliquemos que esta expresión significa «dominio rural» y que procede de la langue d’oïl, una rama de las lenguas galorromanas que ha dejado sus huellas en topónimos de Normandía.

Los pomares de Le Mesnil.  Foto R.Puig

Los pomares de Le Mesnil. Foto R.Puig

La última vez que pude visitarles fue en el verano del 2013 y ya entonces partimos con unas cuantas botellas de sidra en la furgoneta. Este año, cuando llegué a las costas valencianas, pude comprobar que esta excelente sidra acompaña muy bien al arroz en paella.

Sidra de Jaime y Pascale con paella de Ramón. Foto R.Puig

Sidra de Jaime y Pascale con arroz en paella de Ramón. Foto R.Puig

Pero no anticipemos acontecimientos, pues todavía me quedan más de 1500 kilómetros de ruta. Así que hablemos de las novedades en Le Mesnil.

La mansión normanda sigue cumpliendo siglos esperando que resucite algún Brueghel para pintarla

Paz campestre del siglo XV. Foto R.Puig

Paz campestre del siglo XV. Foto R.Puig

Las ventanas se ornan ahora con encajes de bolillos en los que no había reparado antes.

Artesanía de las ventanas. Foto R.Puig

Artesanía en las ventanas. Foto R.Puig

La cuvée de sidra 2016 pacienta en sus botellas

La sidra del año. Foto R.Puig

La sidra del año. Foto R.Puig

Hay una nueva huésped, escapada de no se sabe dónde, que se ha encariñado con el lugar. Sin osar entrar en la casa habita en las dependencias anexas y agradece lo que le sirven…

Petite sauvage normande. Foto R.Puig

Petite sauvage normande. Foto R.Puig

Al parecer, el entorno le suministra también no pocos ratones campestres…

Une chausseuse en attente. Foto R.Puig

Une chausseuse en attente. Foto R.Puig

y debe de tener pareja por los alrededores, pues en la leñera ya hay cuatro nuevos gatitos

Un chaton de la petite sauvage normande. Foto R.Puig

Un chaton de la petite sauvage normande. Foto R.Puig

El estanque de las ranas sigue en su rincón de juncos.

El estanque de Le Mesnil. Foto R.Puig

Visión impresionista del estanque de Le Mesnil. Foto R.Puig

He elegido esta foto en su versión impresionista, pues recoge su aspecto más misterioso, aunque no tanto como uno de los antiguos cabañones agrícolas que mis amigos desean restaurar

La tarea por hacer. Foto R.Puig

La tarea por hacer. Foto R.Puig

Me parece que la próxima vez voy a venir con el mono, las botas y los guantes de trabajo para merecerme, un poco al menos, su maravillosa hospitalidad. y…

me informan los productores (postada del 8 de octubre) que todavía hay botellas de la cosecha del 2014, la renombrada sidra en honor de aquel paladín zamorano, Bellido Dolfos, que salvó a Zamora del cerco en 1072, mediante un audaz regicidio en la persona del usurpador que la sitiaba. Como la historia la escriben los ganadores, el Cantar del Mío Cid  le tildó para siempre de traidor…

La sidra "Bellido Dolfos". Foto J. López Krahe

La sidra «Bellido Dolfos». Foto J. López Krahe

Con esta sidra se demuestra que los zamoranos siguen siendo audaces, pues se atreven a producir sidra en el corazón de Normandía.

Y aquí está la de la cosecha del año pasado, la que estamos ya bebiendo, pero etiquetada con su ilustre denominación ecológica y natural…

Sidra del Pays d'Auge Cosecha del 2015

Sidra Pays d’Auge Cosecha del 2015

Y, como la ruta continúa, el próximo domingo hablaremos de Fontevraud…

La Abadía de Fontevraud. Foto R.Puig

La Abadía de Fontevraud. Foto R.Puig

 

De Amsterdam a Gante (Fisionomías XXV)

25 septiembre, 2016
La explanada de los museos. Amsterdam. Foto R.Puig

La explanada de los museos. Amsterdam. Foto R.Puig

A poca distancia del Rijksmuseum, paseando por la explanada de los museos llego al Museo Municipal de Arte Moderno (Stedelijk Museum)

El Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

El Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

En el que la arquitectura contemporánea arropa al edificio en ladrillo de finales del siglo XIX.

Entrada.  Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

Entrada. Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

La recepción. Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

La recepción. Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

Ensamblaje de arquitecturas. Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

Ensamblaje de arquitecturas. Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

A los espacios de construcción contemporánea se accede por escaleras mecánicas a juego

Escalera mecánica. Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

Escalera mecánica. Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

mientras que en el primer edificio se mantiene la escalinata original, aunque bajo una corona contemporánea, luminosa y móvil

Escalera interior. Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

Escalera interior. Museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

También se mueven (tras apretar el botón) estos animales momificados de cuyo autor no encontré la cartela pero tiene toda la mordacidad de una instalación del pionero de las instalaciones y las performances, el norteamericano Bruce Nauman

Museo de Arte Moderno. Animalario móvil. Amsterdam. Foto R.Puig

Museo de Arte Moderno. Animalario móvil. Amsterdam. Foto R.Puig

Aunque el museo se esfuerza por ofrecer al visitante un recorrido por las épocas y escuelas del arte moderno y contemporáneo con algunas obras memorables y otras menos, con amplios saltos que van desde Rodin y Cezanne

Jean d'Aire. Rodin 1884 a 86. Foto R.Puig

Jean d’Aire. Rodin 1884 a 86. Foto R.Puig

La Santa Victoria. Paul Cezanne. 1888. Foto R.Puig

La Santa Victoria. Paul Cezanne. 1888. Foto R.Puig

hasta obras y fisionomías más recientes, algunas a mi modo de ver deudoras del grupo COBRA, ampliamente representado en el museo, como una del norteamericano Julian Schnable de la que he seleccionado un rostro. Esta obra me recuerda las obras de Mauritz Karström, el malogrado artista sueco del que hemos hablado en este blog

La muerte inesperada de Blinky Palermo en el trópico. Julian Schnable. 1981. Detalle. Foto R.Puig

La muerte inesperada de Blinky Palermo en el trópico. Julian Schnable. 1981. Detalle. Foto R.Puig

o un rostro con iluminación de neón (a la moda de los años 60) del francés Martial Raysse, miembro de la corriente del Nouveau Réalisme

PIntura dealta tensión. Martial Raysse. 1965. Foto R.Puig

Pintura de alta tensión. Martial Raysse. 1965. Foto R.Puig

Del largo y complejo recorrido me quedaré además con un cuadro de Chagall

Autorretrato de los siete dedos. Marc Chagall. 1912 a 13. Foto R.Puig

Autorretrato de los siete dedos. Marc Chagall. 1912 a 13. Foto R.Puig

otro de Matisse

Odalisca. Henri Matisse. 1920 a 21. Foto R.Puig

Odalisca. Henri Matisse. 1920 a 21. Foto R.Puig

y el bronce de un torso delicuescente del holandés-americano Willem de Kooning

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Large torso. Willem de Kooning. 1974. Foto R.Puig

Confirmo mi devoción incondicional por la obra de Mark Rothko

Sin título. Mark Rothko. 1962. Foto R.Puig

Sin título. Mark Rothko. 1962. Foto R.Puig

y les dejo otros dos recuerdos de mi paso por las salas del museo, la de los minimalistas norteamercanos

Flecha. Trans West, Kennet Noland y Richard Tuttle, Arrow. 1965-66. Foto R.Puig

«Trans West» de Kennet Noland y «Arrow» de Richard Tuttle. 1965-66. Foto R.Puig

y la dedicada a los espacialistas, en la estela del manifiesto blanco de Lucio Fontana

Varias obras de la Nueva Objetividad. Años 50 y 60. Foto R.Puig

Varias obras del espacialismo de los años 50 y 60. Foto R.Puig

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pero ahora de estos espacios nos vamos hacia otros, en la etapa siguiente de mi ruta de verano en dirección a  España…

Gante

Mi vecino del camping en Gante. Foto R.Puig

Mi vecino del camping en Gante. Foto R.Puig

Acampé en las afueras de Gante, en el camping municipal de Blaarmerseen, extenso y tranquilo, perfectamente comunicado con la ciudad por un autobús que te pone en la estación de Sint-Pieter en diez minutos; aunque –o tempora o mores- en mi última tarde en Gante una multitud paralizó la ciudad en búsqueda de un pokemón, y tuve que esperar en la parada durante una hora, para volver al camping

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Gante. La fuente frente a la estación Sint-Pieter. Foto R.Puig

De los puentes y canales de Amsterdam he venido a pasear junto a los de Gante

Gante. El canal de la Predikherenlei y el ábside de San Miguel. Foto R.Puig

Gante. El canal de la Predikherenlei y el ábside de San Miguel. Foto R.Puig

Los monumentos de esta ciudad flamenca, más tranquila que Amsterdam, se concentran a lo largo de un breve recorrido, que también reúne abundantes restaurantes y tabernas de gastronomía belga

Gante. Limburgstraat y catedral de San Bavón. Foto R.Puig

Gante. Limburgstraat y catedral de San Bavón. Foto R.Puig

Gante. Monumento a los hermanos Van Eyck junto a San Bavón. Foto R.Puig

Gante. Monumento a los hermanos Van Eyck junto a San Bavón. Foto R.Puig

La calle que bordea la iglesia de San Nicolás y nos acerca a las inmediaciones del famoso puente de San Miguel se llama Cataloniestraat (Calle de Cataluña). ¿Tendrá que ver con las aspiraciones al derecho a decidir de una parte de las ciudadanías de Flandes y de Cataluña? En todo caso, calles de Flandes en ciudades catalanas hay bastantes (como las hay en otras ciudades de España), pero lo que es especial es que Gerona fue la ciudad invitada a las Floraliën de Gante en abril de este año, como Gante lo fue del Temps de flors de Gerona en mayo del año pasado. 

El Presidente de la Generalitat Catalana fue invitado oficial en las festividades florales de Gante y aprovechó para entrevistarse con el de Flandes en busca de solidaridad para su proyecto de desconexión de España, pero a Geert Bourgeois, desde que su partido se autodeterminó a gobernar en Bélgica, le ha bajado mucho la fiebre independentista y no se quiso mezclar en el asunto.

Sea como sea, el diálogo floral es siempre vistoso, incluso cuando no da frutos, y a San Nicolás, cuya iglesia preside la calle de Cataluña, se le conmemora en Bélgica tanto como en España a los Reyes Magos. La leyenda que se les cuenta a los infantes es que un carnicero malo había convertido a unos niños en salchichas, pero San Nicolás los resucitó y castigo al matarife. Es más suave pensarlo como Santa Claus y portador de regalos, pero quién sabe si también sera capaz de hacer milagros con butifarras.

Gante. La iglesia de San Nicolás en la Cataloniestraat.. Foto R.Puig

Gante. La iglesia de San Nicolás en la Cataloniestraat.Foto R.Puig

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El museo

La entrada del Museo de Bellas Artes de Gante. Foto R.Puig

La entrada del Museo de Bellas Artes de Gante. Foto R.Puig

Llegué viajando en tranvía y en autobús al gran espacio verde que alberga los dos museos, el de Bellas Artes (MSK) y el de Arte Moderno (SMAK), el Parque de la Ciudadela, al otro lado de la circunvalación interior.

Sólo me alcanzó el tiempo para visitar el primero, situado en un edificio neoclásico de finales del siglo XVIII. Reabrío sus puertas en 2007, tras varios años de remodelación. Escasos visitantes circulan con gran tranquilidad por unas salas que contrastan con las abarrotadas que visité en Amsterdam. También hay que decir que lo que se exhibe es lo que las tropas napoleónicas no alcanzaron a expoliar. Guarda obras maravillosas de una colección que transporta al visitante desde la Edad Media a los comienzos del siglo XX. Como se puede repasar en el sitio oficial del Museo, yo me limito a insistir en una de mis manías: la recolección de rostros.

Puesto que estamos en su año, empecemos por  con unas fisionomías de El Bosco que ya Umberto Eco incluyó en su Historia de la Fealdad

El Bosco. Jesús con la cruz a cuestas. Detalle. ca. 1516. Museo de Bellas Artes. Gante. Foto R.Puig

El Bosco. Jesús con la cruz a cuestas. Detalle. ca. 1516. Museo de Bellas Artes. Gante. Foto R.Puig

sin que faltasen caricaturistas análogos de tradición germánica

Maestro del retablo Pflock. La coronación de espinas. Detalle. ca. 1520. Museo de Bellas Artes. Gante. Foto R.Puig

Maestro del retablo Pflock. La coronación de espinas. Detalle. 1520. Gante. Foto R.Puig

como el Maestro del Retablo Pflock, un anónimo de la escuela de Lucas Cranach

Maestro del retablo Pflock. La coronación de espinas. Detalle. ca. 1520. Museo de Bellas Artes. Gante. Foto R.Puig

Maestro del retablo Pflock. La coronación de espinas. Detalle. 1520. Gante. Foto R.Puig

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En el caso de esta talla gótica, el famoso protagonista es víctima no de la cruz ni de las espinas sino de las flechas de su martirio, y muestra el rostro de la pena característico de las tallas medievales, sin que falte el puño crispado del sufridor. Tampoco debe de hacerle gracia que alguien le haya robado sus flechas.

Meester Arn. San Sebastián. ca. 1480. Museo de Bellas Artes. Gante. Foto

Meester Arn. San Sebastián. ca. 1480. Museo de Bellas Artes. Gante. Foto

Pero nada como la desesperación eterna de los condenados del Juicio Final

El Juicio Final de Rafaël Coxcie. 1588-89. Detalle. Museo de Bellas Artes. Gante. Foto R.Puig

El Juicio Final de Rafaël Coxcie. 1588-89. Detalle. Museo de Bellas Artes. Gante. Foto R.Puig

Rostro atormentado, obra del arte manierista de Rafaël Coxcie, al que no le falta el detalle del mesiodens o diente del mal. Se da el caso de que el padre del artista (Michiel Coxcie, el apodado Rafael flamenco), con quien se había formado el hijo, había trabajado en Italia en el círculo de Miguel Ángel y este cuadro bien pudiera haberse inspirado en el fresco de la Sixtina.

El Juicio Final de Rafaël Coxcie.1588-89.Museo de Bellas Artes. Gante. Foto R.Puig

Los condenados del Juicio Final de Rafaël Coxcie.1588-89.Detalle. Museo de Bellas Artes. Gante. Foto R.Puig

No quisiera despedirme de las salas del museo de Gante con estas dramáticas imágenes, ya que al fin y al cabo es un lugar en el que se respira la calma

Una sala del Museo de Bellas Artes. Gante. Foto R.Puig

Una sala del Museo de Bellas Artes. Gante. Foto R.Puig

Así que, para iluminar el panorama con las luces de la inocencia, terminemos con los rostros de dos de los cinco hijos de Lieven van Pottelsberghe y Livina van Steelant, a  los que debieron mimar bastante en aquella familia acomodada de los Países Bajos de principios del siglo XVI

Gerhard Horenbout. Dos hijos de la familia Von Pottelsberghe. Foto R.Puig

Gerhard Horenbout. Dos hijos de la familia Von Pottelsberghe. Foto R.Puig

y muy muy devota…

Gerhard Horenbout. La familia Von Pottelsberghe. Museo de Bellas Artes. Gante

Gerhard Horenbout. La familia Von Pottelsberghe. Museo de Bellas Artes. Gante

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Devotos, es decir consagrados a un trabajo excepcionalmente delicado, son también los profesionales que están trabajando en el museo, tras un gran ventanal, a la vista del público, en la restauración del retablo de El Cordero Místico  de los hermanos Van Eyck cuyo lugar habitual es la catedral de San Bavón. Ahí estuve un buen rato leyendo los paneles explicativos del proceso y viéndoles trabajar, claro que sin poder traer aquí la prueba, pues no se podía lógicamente hacer fotos de su trabajo.

Algunos rostros del Rijks Museum de Amsterdam (Fisionomías XXIV)

18 septiembre, 2016
Fachada de la Berg Poort. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

Fachada de la Berg Poort. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

El 31 de agosto pasé el día en los museos de Amsterdam. Es bien sabido que el Rijks Museum concluyó hace tres años una cuidadosa remodelación arquitectónica a cargo del estudio de arquitectura de Antonio Cruz y Antonio Ortiz que ha durado diez años. La conclusión de las obras se interrumpió algunos años por el bloqueo de la poderosa Federación de Ciclistas de Amsterdam, que reclamaba que el pasaje de la galería central del Museo, donde se ubica la entrada al mismo, quedase abierto a la circulación de las bicicletas. Obtenida su reivindicación, la nube de ciclistas que a diario atraviesa por ahí, se ahorra cinco minutos de pedaleo. Un retraso y aumento de presupuesto que al encargado de la venta de libros de arte y de catálogos de la excelente tienda de arte del museo, con el que conversé, le parece que ha sido una cacicada. Pero ustedes vayan y juzguen pos sí mismos. Por mi parte, yo llegué a pié y en tranvía desde el camping en que me hospedaba, que tiene un aspecto idílico visto desde el puente por el que se va andando a la parada del tranvía

El camping de Zeeburg junto al Rijnkanaal de Amsterdam. Foto R.Puig

El camping de Zeeburg junto al Rijnkanaal de Amsterdam. Foto R.Puig

Es el más cercano al centro y está abierto todo el año, sobre todo para las multitudes de jóvenes a quienes atrae la ciudad, no tanto por sus museos, como por otras ofertas y diversiones. No obstante, aunque los servicios estén sucios y, si no quieres esperar más de media hora a pié firme para poderte duchar has de hacerlo cuando clarea y la mayoría duerme bajo las tiendas, en el camping reina el buen humor y durante mis dos pernoctas se respetó el silencio debido.

A la espalda y frente a la entrada del camping discurre majestuoso el Rijnkanaal de Amsterdam

El Rijnkanaal de Amsterdam cerca del camping de Zeeburg. Foto R.Puig

El Rijnkanaal de Amsterdam cerca del camping de Zeeburg. Foto R.Puig

Que algunas barcazas circulen cargadas de gas no debería ser un motivo de preocupación

Un barcaza cargada de gas pasa frente a la entrada del camping. Foto R.Puig

Un barcaza cargada de gas pasa frente a la entrada del camping. Foto R.Puig

Tampoco yo debería divagar más con mi composición de lugar, pues el objeto de esta crónica eran mis recuerdos de la visita al Rijks Museum…

La Pintura. Altorrelieve de la fachada principal. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

La escuela de pintura. Altorrelieve de la fachada principal. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

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Hay que llegar temprano

Ya me lo advirtieron a la entrada, pues accedí al museo justo cuando abría sus puertas: «vaya primero a ver las obras de Rembrandt, si es que quiere verlas en paz». ¡Pobre de mí! bastó que me entretuviese en algunas salas previas, para que, en llegando al sancta sanctorum del artista, me fuese imposible adentrarme en La ronda nocturna, el cuadro que preside la Galería de Honor.

No sé cómo explicarlo, pero hay obras que piden no sólo contemplación, sino un movimiento interior que te lleve a pasar del otro lado del lienzo, a moverte entre los personajes y sentir, pincelada a pincelada, el proceso de creación de las fisionomías de los protagonistas y de la magia y la atmósfera del momento. Algo así como tratar de verse cara a cara con Rembrandt en el trance de pintar.

La Galeria de Honor. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

La Galeria de Honor. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

Pero dirán ustedes que lo que yo pido es soñar despierto en la sala de un museo sin que nadie me despierte. Así que dejémoslo estar. Un día quizás…

Afortunadamente los turistas no se amontonaban ante otras obras en las salas laterales…

La conspiración de los bátavos. Rembrandt. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

La conspiración de los bátavos. Rembrandt. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

"La novia judía". Rembrandt. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

«La novia judía». Rembrandt. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

y pude dejarme secuestrar por ellos durante unos instantes.

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El arte de tallar la madera

Que la tradición del expresionismo centroeuropeo viene de lejos es conocido. También es más fácil circular con calma por la colección de esculturas tardomedievales del museo, recoletas en su penumbra y menos frecuentadas. Así que, voy a referirme a mi encuentro con algunas de esas obras.

En primer lugar, un tema clásico del siglo XV y del siglo XVI: el encuentro (diríamos hoy que el flechazo) de otros dos consortes judíos, Joaquín y Ana, que Durero también grabó y los artistas de la talla interpretaron por toda Europa, entre ellos los imagineros españoles.

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Encuentro de Joaquín y Ana, «Maestro de Joaquín y Ana». s.XV.Rijksmuseum. Foto R.Puig

Esta es una talla a caballo entre el Gótico y el Renacimiento, obra de un anónimo escultor holandés.

De perfil gótico es La Virgen con el niño de Adriaen van Wesel (ca. 1415 – ca. 1490), que recuerda a las esculturas de las catedrales europeas, con sus sonrisas apenas apuntadas y sus rostros inclinados benevolamente hacia los fieles que imploran favores.

La Virgen y el niño. Adriaen van Wesel. s.XV. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

La Virgen y el niño. Adriaen van Wesel. ca. 1470. Detalle. Rijksmuseum. Foto R.Puig

De carácter abiertamente expresionista es la muerte de la Virgen del mismo escultor, quien, pocos años más tarde, pasa del lirismo al drama, adecuándose al nuevo encargo, un retablo para la Cofradía de Nuestra Señora de la iglesia de San Juan en ‘s-Hertogenbosch, de la cual formaba parte Anthonius van Aken, el padre de el Bosco (ca.1450 – 1516). Hay algunas obras del genio del Jardín de las Delicias que guardan semejanza con otras tallas de van Wesel, por ejemplo la tabla de San Juan Evangelista en Patmos del Museo de Berlín. La figura del evangelista está inspirada en la talla del escultor que formaba parte del mismo retablo (hoy en el Het Noordsbrabants Museum). Está documentado que Jheronimus  van Aken (el Bosco) y su padre  conocieron a Adriaen van Wesel y las obras que talló para la iglesia de San Juan de su ciudad.

La muerte de la Virgen. Adriaen van Wesel. s.XV. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

La muerte de la Virgen. Adriaen van Wesel. ca. 1475 – 1477. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

La muerte de la Virgen. Adriaen van Wesel. s.XV.  Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

La muerte de la Virgen. Adriaen van Wesel. s.XV. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

Es el rostro de una María agonizante, ataviada como una viuda holandesa y rodeada por unos apóstoles con caras tristes, circundadas de abundantes cabellos cuidadosamente trabajados, en una demostración de virtuosismo en la talla de la madera.

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La Dolorosa 

Tres lustros más tarde, un artista florentino afincado algunos años en los Países Bajos, Pietro Torrigiano (1572 – 1428), famoso por haber roto de un puñetazo el tabique nasal de su paisano Miguel Angel, realizó un busto de la Virgen Dolorosa que rompe los cánones de la expresión gótica y que hasta puede decirse que tiene un aire surrealista.

Mater dolorosa. Atribuida a Pietro Torrigiano principios del s.XVI. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

Mater dolorosa. Atribuida a Pietro Torrigiano, ca. 1507. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

Dicen que esta dolorosa la encargó la que sería regente de los Países Bajos y tutora del futuro Carlos V, la Archiduquesa Margarita de Austria (1480 – 1530), tras enviudar por segunda vez y perder prematuramente a su hermano Felipe el Hermoso (1478 – 1506).

Pero si hemos de hablar de surrealismo ¿qué me dicen de este San Vito de facciones góticas, ensimismado y en trance de freírse en aceite hirviendo con apenada serenidad? Originalmente era una talla de madera, que más tarde fue policromada en el siglo XVII.

San Vito en el aceite hirviendo. ca.1500. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

San Vito en el aceite hirviendo. ca.1500. Detalle. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

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Contrastes del destino

¡Qué diferente tratamiento el que un pintor, también del siglo XVII, le dio al joven con el que concluimos nuestra crónica!

El pintor de las familias más pudientes de la oligarquía de Amsterdam, Bartholomeus van der Helst, retrató así al hijo de Andries Bicker, alcalde de Amsterdam, uno de los más ricos comerciantes de los Países Bajos y varias veces embajador, cuyo retrato se puede ver en el museo junto al de su hijo.

Gerard Andriesz Bicker (1622 – 1666) tenía a la sazón veintidós años y -a diferencia de San Vito– su relación con el aceite se reducía probablemente a los platos que le servían sobre una mesa bien provista.

Retrato de Gerard Andriesz Bicker. Bartholomeus van der Helst. c. 1642. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

Retrato de Gerard Andriesz Bicker. Bartholomeus van der Helst. ca. 1644. Rijksmuseum. Amsterdam. Foto R.Puig

Mi ruta veraniega: en el ferry y un índice

11 septiembre, 2016
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Pasando bajo el Älvsborgsbron. Foto R.Puig

Pasando bajo el Älvsborgsbron. Foto R.Puig

Ya estoy en Els Poblets, frente al Mediterráneo. Como cada verano he venido en la furgoneta a ritmo de jubilado. Hoy me he dejado llevar de la pereza (cosas del mar) y he pensado que lo mejor era anticipar los capítulos que seguirán. Es decir que hoy voy a resumir  el viaje en el ferry (como hice el año pasado, he decidido ahorrarme  el trayecto hasta Alemania) y anticipar un índice de las siguiente entregas.

En la nave

Pasando bajo el Älvsborgsbron. Foto R.Puig

Pasando bajo el Älvsborgsbron. Foto R.Puig

Así que, yo y mi máquina, nos subimos al ferry que navega del puerto de Gotemburgo, directo a Kiel. Te embarcas al atardecer, duermes en el barco y amaneces en Alemania, desayunado y listo para la ruta.

Flanqueando el puerto de Gotemburgo. Foto R. Puig

Flanqueando el puerto de Gotemburgo. Foto R. Puig

La luz del atardecer creaba por el lado de estribor una  atmósfera de oro que aligera de su peso a las instalaciones portuarias. Un poco más adelante retrocedemos quinientos años, del acero de las grúas y los inmensos navíos de containers a los bloques de granito.

El sol se pone a estribor. Foto R.Puig

El sol se pone a estribor. Foto R.Puig

Es el vestigio de las muchas guerras que enfrentaron a los reinos nórdicos, hoy pacíficos y bien avenidos.

Las antiguas defensas de Gotemburgo. Foto R.Puig

Las antiguas defensas de Gotemburgo. Foto R.Puig

Hoy ya no parece peligroso aventurarse en mar abierto

Hacia mar abierto. Vista a babor. Foto R.Puig

Hacia mar abierto. Vista a babor. Foto R.Puig

Vista a babor. Foto R.Puig

Vista a babor. Foto R.Puig

El barco avanza junto a las islas e islotes del archipiélago de Gotemburgo

Alejándonos hacia mar abierto. Foto R.Puig

Alejándonos hacia mar abierto. Foto R.Puig

Y a la mañana siguiente, acompañados por aves marineras, nos saludan las costas de Alemania.

Llegando a KIel. Foto  R.Puig

Llegando a Kiel. Foto R.Puig

Continuará con…

Amsterdam

El museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

El museo de Arte Moderno. Amsterdam. Foto R.Puig

Gante

Desde el puente de San Miguel. Gante. Foto R.Puig

Desde el puente de San Miguel. Gante. Foto R.Puig

Normandía

Aparcamiento siglo XV. Foto R.Puig

Aparcamiento siglo XV. Foto R.Puig

Fontevraud

La Abadía de Fontevraud. Foto R.Puig

La Abadía de Fontevraud. Foto R.Puig

antes de llegar a Els Poblets, tras una noche en el camping de Vivonne al sur de Poitiers, el hospedaje familiar en Cubas de la Sagra, al sur de Madrid (atravesando las landas francesas, el País Vasco y las mesetas castellanas y manchegas).

¡ Y calor, mucho calor!

¡Nos vemos!

Borgebyslott: la balada del artista triste

4 septiembre, 2016
Bandada de cigüeñas. Ernst Norlinds. Foto R.Puig

Bandada de cigüeñas. Ernst Norlind. Foto R.Puig

El castillo de Borgeby (Borgeby Slott) ya no es un castillo, lo fue hasta que lo demolieron los daneses en el siglo XVII, si no todas las construcciones sí las que hacían del conjunto una fortificación con sus torres y sus murallas, aunque ya antes, en el siglo XV, un rey sueco le había pegado fuego. De un modo u otro siempre estuvo envuelto en los conflictos armados que asolaron esa zona estratégica de Escania.

Y a fines del siglo XIX un rico agricultor los compró y se lo regaló a su hija Hanna, quien se casó con el pintor, violinista, editor y escritor Ernst Nordlin, que se dio a conocer por pintar repetidamente a las cigüeñas que volaban y anidaban en la región de Lund, pero sobre todo por haber sabido, junto con la rica heredera,  emplear la fortuna de que esta disponía para atraer a su selecto cenáculo a artistas, escritores y otros protagonistas de la actualidad cultural de principios del siglo XX, algunos de ellos de renombre internacional.

Ernst Norlinds. Autorretrato. Borgeby. Foto R.Puig

Ernst Norlind. Autorretrato. Borgeby. Foto R.Puig

Hanna Norlinds por Axel Törneman

Hanna Norlind por Axel Törneman

Lo más interesante del lugar, gestionado por una fundación que el matrimonio dotó para después de su muerte, es la casa-museo, honesta y transparente en lo que se refiere no sólo al mundo creativo del pintor, sino a sus facetas menos logradas, sin que falten los episodios y frustraciones familiares. Es un ejemplo instructivo de como una casa-museo puede rememorar la vida de los protagonistas que la hicieron especial, en este caso Ernst (1877-1952) y Hanna (sin datos), y en la que creció y se deterioró mentalmente su hijo Staffan (1909 – 1978). Ocupa la mansión medieval, atravesada por lo que debió de ser un pasaje a la ciudadela del antiguo castillo, que seguramente en su época guerrera estuvo protegido por un grueso portón y sus rejas. Hoy comunica la fachada de la casa-museo con las instalaciones y edificios agrícolas en parte destinados a eventos sociales y exposiciones.

La casa museo de los Nordlins. Borgebyslott. Foto R.Puig

La casa museo de los Nordlin. Borgebyslott. Foto R.Puig

Lo que queda de las fortificaciones, una torre, que no se visita, en la que casi todo es de nueva planta, es lo menos interesante aunque resulte vistosa.

Borgebyslott. Lo que queda de las fortificaciones. Foto R.Puig

Hay un panel instructivo sobre el medio natural en el que se sitúa el conjunto, donde las aves son abundantes y, en particular las cigüeñas y algunas rapaces.

Area natural de Lundalan (región de Lund). Del cartel explicativo

Area natural de Lundalan (región de Lund). Del cartel explicativo

Bandada de cigüeñas. Detalle de un cuadro de Ernst Norlinds. Foto R.Puig

Bandada de cigüeñas. Detalle de un cuadro de Ernst Norlind. Foto R.Puig

La instalaciones de antiguo uso agrícola son genuinas y bien mantenidas, características del sur de Suecia.

Borgebyslott. Almacenes agrícolas. Foto R.Puig

Borgebyslott. Almacenes agrícolas. Foto R.Puig

No extraña pues que, invitado a este castillo sueco, Rainer María Rilke, que era no sólo un gran poeta, sino también muy aficionado a hospedarse en románticos torreones y castillos, en los que la inspiración le visitaba, no se hiciese de rogar y se acogiese a la hospitalidad de los Nordlin en agosto del 1904. Como era agradecido les dejó un poema dedicado a Borgeby, a las sensaciones de aquella estancia y a sus piedras.

Foto de Rilke en Borgeby

 Rilke en Borgeby. Foto Ernst Nordlin

De las actividades editoras de Ernst Nordlin se expone un ejemplar de la revista en la que publicó algunos de su poemas

Portada de Sacrum. Universidad de Lund. 1928. editada por Ernst Norlinds. Foto R.Puig

Portada de Sacrum. Universidad de Lund. 1928. editada por Ernst Norlind. Foto R.Puig

Y algunos de los libros de los que fue autor.

Obras de Ernst Norlinds. Foto R.Puig

Obras de Ernst Norlind. Foto R.Puig

Hay también muchos de sus cuadros, en los que las aves ďominan

Halcón. Detalle de un cuadro de Ernst Norlinds. Foto R.Puig

Halcón. Detalle de un cuadro de Ernst Norlind. Foto R.Puig

en especial muchas, muchas cigüeñas.

Cigüeñas. Detalle de un cuadro de Ernst Norlinds. Foto R.Puig

Cigüeñas. Detalle de un cuadro de Ernst Norlind. Foto R.Puig

Pero estas aves no fueron motivo de felicidad para el hijo. Aparecen en sus pinturas como obsesiones de la herencia paterna. Fue un hombre marcado por una adolescencia en la que se sentía obligado por el mundo de artistas y creadores que rodeaba a sus padres y obsesionado por devenir él también un creador de éxito. El lugar ya era de por si triste, los cuadros de su padre son una muestra de cómo eran allí los inviernos y las luces del atardecer.

Staffan Nordlin escribió sobre los intentos de su adolescencia y juventud, preso de un deseo que le oprimía, el  de ser reconocido como artista y escritor

Mi juventud idiota y dividida, en la que fui coleccionista de mariposas, pianista, bailarín, dibujante, pintor, arqueólogo, enterrador y delirante

Escena onírica con cigüeñas. por Staffan Norlinds.1943. Borgeby. Foto R.Puig

Escena onírica con cigüeñas. por Staffan Norlind.1943. Borgeby. Foto R.Puig

El conflicto con su padre estaba servido, de tal modo que hijo y padre no aparecían nunca juntos. Tan es así que el padre se fue a vivir unos años a Asís.

Cigüeña disecada. Borgeby. Foto R.Puig

Cigüeña disecada. Borgeby. Foto R.Puig

Ernst Norlinds

Ernst Norlind

Hanna Norlinds por . Foto R.Puig

Hanna Norlind por Axel Törneman. Foto R.Puig

La imagen de la maternidad pintada por Staffan presentaba en su fondo un niño que parece alzarse al cielo llevado por unas esquemáticas cigüeñas y no estaba inspirada en su madre real

Maternidad por Staffan Norlinds. 1939. Borgeby. Foto R.Puig

Maternidad por Staffan Norlind. 1939. Borgeby. Foto R.Puig

sino probablemente en la talla de una virgen gótica y coronada que sostiene al niño y  que aún se ve en una hornacina de la casa-museo

Talla gótica en el castillo de Borgeby. Foto R.Puig

Talla gótica en la casa-museo de Borgeby. Foto R.Puig

Por aquellos años, el joven intentó también consagrase como escultor, aunque no se exponga  otro testimonio que el de esta foto en el estudio de un conocido escultor amigo de la familia

Staffan Norlinds durante sus estudios de escultura.

Staffan Norlind durante sus estudios de escultura.

Borgebyslott. Fachada posterior de la casa museo. Foto R.Puig

Borgebyslott. Fachada posterior de la casa museo. Foto R.Puig

Años más tarde, en 1949, a Staffan le practicaron una intervención quirúrgica que disparatadamente se aplicaba entonces a los enfermos mentales: una lobotomía

Figura ascendente con cigüeñas.por Staffan Norlinds.Borgeby. Foto R.Puig

Figura ascendente con cigüeñas.por Staffan Norlinds.Borgeby. Foto R.Puig

Ya no fue capaz de producir ni una sola imagen. Sus últimos años, desde 1949 hasta 1978, los vivió sumido en la angustia y el rencor. ¿Habría sido diferente su destino si hubiese sido agricultor como su abuelo?

 

 

 

 

Fisionomías (XXIII) en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid

28 agosto, 2016

 

Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Fue en el mes de julio en Madrid cuando visité el Museo Lázaro Galdiano, un lugar apacible retirado del tráfago y de las riadas de turistas, en la parte alta de la calle de Serrano. No había estado en esa mansión de maravillas desde hace una eternidad. Sería difícil que yo pudiese dar una descripción general de esta generosa colección, engastada en el palacete que fue su casa y que refleja las pasiones y preferencias de un fecundo editor y mecenas, José Lázaro Galdiano (Beire, Navarra, 1862 – Madrid, 1947).

En mi caso, me reduzco a dar cuenta de una breve cosecha de fisionomías, fruto de mi manía de ir a la caza de ellas cuando visito algún museo. Es poca cosa, pero a pesar de haber disfrutado durante mi visita de muchas de las obras de la colección permanente y de las exposiciones temporales en marcha, el lector curioso puede encontrar suficiente información sin mi ayuda. Estos son los límites de haberme especializado en rostros.

No obstante, recomiendo la lectura del artículo Coleccionar para educar el gusto: José Lázaro Galdiano de Amparo López Redondo, Conservadora de la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid.

El texto concluye así:

Fuera de las peculiaridades de la personalidad de cada coleccionista es importante señalar la admirable labor llevada a cabo por un reducido grupo de esa burguesía emergente que como Lázaro supo asumir en la época de la restauración política, tareas de mecenazgo y de defensa del patrimonio artístico que tradicionalmente ostentaron la monarquía, la aristocracia y la Iglesia y que la administración del Estado no había asumido todavía. Gracias a las colecciones creadas por ellos se conservan hoy importantes obras de arte que en la mayor parte de las ocasiones fueron donadas al Estado para enriquecer los grandes museos o como en este caso permanecer unidas para honrar la memoria de su benefactor.

Colecciones que son un lamento por el pasado esplendor perdido y también constituyen la base de una nueva percepción de la obra de arte.

José Lázaro como otros muchos coleccionistas, crea con su selección de obras un microcosmos desde el que interpretar la historia recreando una estética y una moral. En este sentido puede considerarse que la Colección Lázaro Galdiano es una colección romántica pues en su creación hay algo más que la simple acumulación de objetos bellos, hay además la intención testimonial de reinventar la historia.

La colección es una parte muy activa de la experiencia vital del hombre. Lázaro viajó por toda Europa visitando museos y comprando libros de arte, su biblioteca es un claro reflejo de sus conocimientos artísticos; su entusiasmo por las exposiciones y los museos; también lo son. Escribió a su esposa más de treinta cartas comentándole sus compras de obras de arte y las visitas a museos como la Wallace Collection, la Dulwich, el Kensington, el Louvre o el Museo de Berlín. Visitas absorbentes que en ocasiones le dejaban exhausto pues en el placer contemplativo se olvidaba hasta de almorzar. Entre esas cartas, hay una escrita en Viena en Julio de 1926 en la que relata a su esposa unas reflexiones sobre el arte que en cierto modo resumen una parte de su experiencia como coleccionista: «El arte, al revés que la moda, gana todos los años en valor, sobre todo para mí que pienso que esos objetos me han dado tanta dicha educándome y refinando mi gusto».

Amparo López Redondo, UNED. Espacio, Tiempo y Forma Serie VII, H. a del Arte, t. 20-21, 2007-2008, págs. 301-314.

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Fisionomías de los varones

Escuela Castellana del s.XVI. La Virgen con el niño. Detalle. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Escuela Castellana del s.XVI. La Virgen con el niño. Detalle. Museo Lázaro Galdiano. Foto R.Puig

Comienzo por un niño castellano, bien nutrido y feliz, a quien sólo le falta que un hilillo de baba (o de leche materna) se deslice por la comisura de sus labios. Cuando vean ustedes a la mamá entenderán por qué el niño está contento. Nada de esos niños jesús q los que el barroco pintará pensando en su futura pasión, incluso con unos clavos en las manos. Quién lo tallase y lo policromase tenía otra visión y otros modelos en mente. Los aires y las reglas artísticas de Trento no le habían llegado aún.

En todo caso, este Jesús un poco andrógino no es desde luego el anterior niño castellano unos años después. Por muy admirable y misterioso que sea, hay una inseguridad de adolescente extraordinariamente captada por alguno de aquellos artistas que se formaron en el arte de mostrar los pliegues del alma y las ambigüedades del gesto. ¿Tuvieron algo que ver en todo eso la luz y las interminables nieblas del invierno lombardo que matizaban de palidez las apariciones del sol en la ribera lombarda de la llanura padana?

Círculo de Leonardo Da Vinci. El Salvador adolescente. finales del s.XV.Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R. Puig

Círculo de Leonardo Da Vinci. El Salvador adolescente. Final s.XV. Museo Lázaro Galdiano. Foto R. Puig

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En el el museo hay otras fisionomías, rostros prestados para la guerra. No entiendo nada de armaduras y por tanto no sé si rostros de hierro como este se estilaban en tiempos de Leonardo da Vinci (1452 – 1519) y si la moda había ya decaído cuando la batalla de Pavía (1525), librada en esa ciudad de las riberas del Po. El caso es que me ha interesado el contraste entre el rostro temeroso de arriba pintado por aquellas tierras y este yelmoque quizás siga el modelo de los  que campearon en actitud muy diferente por la llanura padana.

Yelmo del s. XVI. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Yelmo. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

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Narices

En julio, iniciaba mi crónica en el Jardín Botánico de Madrid con el perfil de Carlos III, en el que destacaba su prominente nariz. Pues bien, aquí también encontramos otras que no son mancas.

En la Antigüedad y en la Europa de los Habsburgo un buen apéndice nasal se consideraba signo de realeza, aunque parece que la cosa viene ya de Ciro el Grande. Comentaba irónicamente Erasmo que el tener la nariz como el pico de un águila era una muestra de poderío e imperio, a semejanza del pájaro rey de las aves. Incluso en este busto, que se estima fue esculpido en el siglo XVI siguiendo modelos romanos, nos hallamos quizás  ante un emperador. Claro que también pudo ser de algún adinerado pretencioso que quiso retratarse así, con su toga y sus rizos a la romana.

Anónimo del s.XVI. Busto de romano. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Anónimo del s.XVI. Busto de romano. Museo Lázaro Galdiano. Foto R.Puig

Quien si era de verdad él mismo, con su hermosa nariz, es el aquí retratado, dicen que por Goya. Este hombre, que cuentan fue de muy afable trato, era un fraile que no por serlo dejó de pensar liberalmente en tiempos difíciles. se trata de Fray José de la Canal (Ucieda, Santander, 1768 – Madrid, 1845).

Extraigo aquí del blog del museo un resumen biográfico de este hombre que, sólo con mirar su retrato, me da que fue una buena persona:

Atribuido a Goya. José de La Canal. 1824 a 25. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Atribuido a Goya. José de La Canal. 1824 a 25. Museo Lázaro Galdiano. Foto R.Puig

Eminente historiador agustino de tendencias liberales, redactor de los periódicos madrileños El Ciudadano Constitucional y El Universal en los difíciles años de 1813-1814 y a causa de ello temporalmente represaliado, prior del convento de San Felipe el Real, miembro de la Société des Antiquaires de Normandía que fundara Arcisse de Caumont en 1823, y al final de sus días director de la Real Academia de la Historia. El 18 de abril de 1845 sus restos mortales fueron conducidos al cementerio de la Patriarcal en un humilde carro, acompañado de cinco coches ocupados por miembros de la Academia de la Historia y la Academia de la Lengua.

 

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Contemporáneo suyo fue Arthur Wellesley (Dublin, 1769 – Kent, 1852) más conocido por su título de duque de Wellington. Este cuadro no es de Goya, pero la nariz sí era también un signo de predestinación en este ilustre guerrero irlandés que tras sus campañas imperialistas en la India, desarrolló  una fulgurante carrera europea, a quien la historia colocó siempre en el lugar justo y en el momento oportuno, en especial en Portugal y en España. Cuando enarcaba las cejas ganaba una batalla. Y el triunfo le coloreaba los pómulos. La campaña de España contra las tropas napoleónicas le valió unos pocos títulos nobiliarios. Además, un Fernando VII  demasiado rumboso le regaló todas las obras maestras (unas 90) de colecciones españolas que Pepe Botella (José Bonaparte) estuvo a punto de llevarse de España. Ahora están en Londres, en la Apsley House, hoy Museo Wellington.

Atribuido a John Jackson. El Duque de Wellington. 1820 a 25. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Atribuido a John Jackson. El Duque de Wellington. 1820 a 25. Museo Lázaro Galdiano.  Foto R.Puig

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Y el monarca que vemos a continuación ya estaba destronado y exiliado en Flandes, cuando como compensación pudo pagarse el honor de ser pintado por el retratista de Carlos V, me refiero a Bernard Van Orley (1487/1491 – 1541), quien no disimuló el malhumor del personaje.

Van Orley. Christian II de Dinamarca. s. XVI. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Van Orley. Christian II de Dinamarca. s. XVI. Museo Lázaro Galdiano.  Foto R.Puig

Cristián II (1481 – 1559) también tenía un buen apéndice nasal, signo de predestinación, no a un solo título real, no, pues a este hombre le cayeron sobre los hombros, por ser hijo de quien era, nada menos que tres reinos: Dinamarca, Noruega y Suecia. Además estuvo casado con la segunda hija de Felipe el Hermoso y la Reina Juana I de Castilla  (Juana la Loca), Isabel de Austria (Bruselas 1501 –  Zwijnaarde, Gante 1526) que durante un tiempo fue también reina de Suecia hasta que Gustav Vasa logró expulsar a los daneses del trono de  Suecia (para sustituir un régimen despótico por otro de la misma índole). De modo que por esos laberintos de la historia de las dinastías europeas, esta hija de Juana la Loca está enterrada con en la Iglesia de San Canuto en Odense (Dinamarca). Pero ella y su marido murieron en el exilio en Flandes.

En Suecia es recordado como Christian el Tirano, entre otras cosas por la matanzas que organizaba, so pretexto de herejía luterana, contra los opositores suecos, entre las cuales destacó el baño de sangre de Estocolmo (1519), una especie de noche de San Bartolomé, aunque unas decadas antes de la de París y de estilo escandinavo. De las matanzas de su sucesor cunero ya hemos hablado aquí.

Pieter Pourbus, El Viejo. Monje. Segunda mitad del s.XVI. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Pieter Janzs Pourbus. Monje . Detalle.  2ª mitad s.XVI. Museo Lázaro Galdiano. Foto R.Puig

El pintor que retrató a este monje benedictino belga era otro reconocido retratista flamenco,  Pieter Pourbus (1523 -1584)  que en este cuadro ha captado el estado de ánimo de un joven religioso, no en actitud mística, sino ensimismado en sus preocupaciones, a saber por qué. La prueba de la fidelidad pictórica del artista es que ni siquiera ha olvidado un grano molesto que campea en la mejilla izquierda de este hombre, consagrado o en vías de pronunciar los votos que le van a apartar del mundo y de sus pompas.

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Fisionomías de mujeres

Y está es la joven señora castellana, satisfecha de tener su bebé bien alimentado y feliz al que hemos visto más arriba.

Escuela Castellana del s.XVI. La Virgen con el niño. Detalle. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Escuela Castellana del s.XVI. La Virgen con el niño. Detalle. Museo Lázaro Galdiano. Foto R.Puig

 

 

Justus Van Egmont. Retrato de dama. 1650 a 55. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Justus Van Egmont. Dama de medio cuerpo. Detalle. 1650 a 55. Museo Lázaro Galdiano.  Foto R.Puig

¡Ah! ¡Las perlas! ¿Que tendrán las perlas que fascinan a las señoras y a sus retratistas de postín?

Para empezar tenemos las perlas de las damas que inmortalizaron tres pintores flamencos y uno de la escuela inglesa que tanto le debió a los artistas de los Países Bajos, los cuatro de la segunda mitad del siglo XVII.  Aunque ninguna de ellas, a pesar de sus nutridos collares alcanza a la joven de la perla de Johannes Vermeer (1632 – 1675), obra de la misma época. Con una sola perla superó los collares que rodean el cuello de sus contemporáneas. ¡El mérito al pintor!

Ludolf De Jongh. 1655 a 1660. Retrato de dama.Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Ludolf De Jongh. 1655 a 1660. Retrato de dama.Museo Lázaro Galdiano.  Foto R.Puig

 

Peter Lely. Retrato de dama. ca. 1665. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Peter Lely. Retrato de dama. ca. 1665. Museo Lázaro Galdiano.  Foto R.Puig

En el caso del siguiente retrato, da la impresión de que el salto de dos siglos ha traído consigo la multiplicación por dos de los collares.

Federico de Madrazo. Gertrudis Gómez de Avellaneda. 1857. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Federico de Madrazo. Gertrudis Gómez de Avellaneda. 1857. Museo Lázaro Galdiano.  Foto R.Puig

No sé si por fortuna familiar o por los derechos de autora, esta ilustre escritora y poetisa nacional cubana, hija de indianos españoles,  Gertrudis Gómez de Avellaneda (1814 – 1873), pudo compensar un poquito sus sinsabores amorosos y matrimoniales dejándose retratar con una mirada desafiante por el mismo pintor que unos años antes había ya pintado a Isabel II.

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Pero yo me quedo con el retrato de una joven atribuido a otra mujer, Sofonisba Anguissola (1535 – 1625), una pintora italiana que llegó a nonagenaria, lo que para la época era una excepción

Atribuido a Sofonisba Anguissola. Retrato de joven dama. 1560. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Atribuido a Sofonisba Anguissola. Joven dama. Detalle. 1560. Museo Lázaro Galdiano. Foto R.Puig

No se identifica a la retratada, pero su fisionomía coincide con la del retrato que hizo Pantoja de la Cruz  de Isabel de Valois (1546 – 1598), a la que casaron con Felipe II  cuando aún no había cumplido los 14 años, a la misma edad en que lo habían hecho con su madre, Catalina de Medicis, casada con el rey de Francia. Da la casualidad que Sofonisba Anguissola no sólo llegó a la corte de España como pintora, sino que fue también dama de compañía de aquella Isabel de Francia que fue la tercera esposa del adusto monarca quien cuando los esponsales ya tenía 33 años de edad.

Este es sólo un detalle de un cuadro que así se describe en la ficha del museo:

De pie y casi de cuerpo entero, se representa la joven en un interior apoyando la mano derecha sobre una mesa. Mira al frente, con gesto sereno, ricamente vestida: saya de vivo terciopelo rojo sobre camisa, ambos bordados en oro. Lechuguillas de encaje y pelo oscuro recogido con un adorno de pedrería. Sobre el vestido, rico collar y cinturón de oro y pedrería.

Atribuido a Sofonisba Anguissola. Retrato de joven dama. 1560. Museo Lázaro Galdiano. Madrid. Foto R.Puig

Atribuido a Sofonisba Anguissola. Retrato de joven dama. 1560. Museo Lázaro Galdiano.

Nada que ver con el retrato que la misma artista le hizo a Felipe II que sólo tiene en común con su joven esposa la típica golilla de la época, y si maneja entre sus dedos unas bolitas, no son perlas, sino cuentas del rosario

Felipe II por Sofonisba Anguissola. Museo del Prado

Felipe II por Sofonisba Anguissola. Museo del Prado

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Pero a todo esto, buscaba yo, para terminar esta crónica, algún retrato al óleo del hombre que tantos coleccionó. Pero pareciera que aquí también vale lo de en casa del herrero cuchara de palo, pues sólo he podido dar con su retrato al pastel cuando el mecenas andaba por la treintena. Es obra del malogrado Joaquín Vaamonde (1872 – 1900)

Retrato al pastel de José Lázaro Galdiano por Joaquín Vaamonde. Pinterest.com

Retrato al pastel de José Lázaro Galdiano por Joaquín Vaamonde. Pinterest.com

Por desgracia da la sensación de que alguien lo estropeó emborronando la nariz del filántropo

Pensar la luz (con Le Clézio)

21 agosto, 2016
Luz. Foto R.Puig
Luz. Foto R.Puig

Hace ya unas semanas que estoy leyendo un libro de Jean-Marie Gustave (J.M.G.) Le ClézioL’inconnu sur la terre (Gallimard, 1978). Son trescientas diecisiete páginas de breves ensayos poéticos que toman el título del primero, en el que habla de un chiquillo desconocido «que está sentado en el cielo, como sobre una duna de arena, frente al mar, frente al espacio, y mira», como el autor, como nosotros:  miramos, observamos, a veces sin saber lo que buscamos, lo que vamos a descubrir exactamente. Pudiera ser que también hayamos divisado a ese «niño desconocido».

Es un libro para leer a sorbos, como se leen los libros de poesía, sobre todo cuando están escritos en prosa. El escritor, como el niño desconocido, va posando su mirada admirada sobre tantas cosas que en nuestras prisas no vemos, descubriendo lo desconocido en la tierra, eso que se nos escapa, porque, aunque lo percibamos, no lo pensamos. Estamos tan ocupados que la inmensa mayoría de las cosas siguen siendo para nosotros tierra incógnita.

Por ejemplo, la luz…

Vasaparken. Foto R.Puig

Vasaparken. Gotemburgo. Foto R.Puig

 

Le Clézio. L'inconnu sur la terre. p.55

En la luz vive la belleza. La luz del día, esa que siempre retorna, que baña los objetos y los seres, que los hace presentes. Por ella se ponen a brillar, vibran y se adornan de todos sus colores y de todas sus formas. Aman la luz. Todos. Hasta esos que se esconden la miran a través del velo del agua o del humus. Esos que están bajo tierra, los granos, las conchas, los metales, los cristales, aguardan a mostrarse, hacen grandes esfuerzos por aparecer. Se vuelven hacia ella, todos crecen y empujan para alcanzarla. En la luz es donde los seres viven y respiran. Para ella tienen hojas, pelajes, espinas, frutos, cálices, olores.

Puesta de sol en Barsebäck. Escania. Foto R. Puig

Puesta de sol en Barsebäck. Escania. Foto R. Puig

Los ojos buscan siempre la luz allá donde se encuentre. Los ojos de día, los ojos en la noche. Y la felicidad, eso no puede ser sino eso, es cuando uno halla la luz, se está con ella, abrazado a ella, y que uno la ve con su cuerpo entero, no sólo con los ojos, sino con la propia piel, con sus cabellos, su boca, sus uñas. Es ella la que os une al mundo, la que os rescalda, la que os habla, la que os alimenta.

(Le Clézio. L’inconnu sur la terre. p.55)

En la costa de Tjörn. Foto R.Puig

En la costa de Tjörn. Foto R.Puig

Chispas en el agua. Isla de Orust. Foto R.Puig

Isla de Orust. Foto R.Puig

 

Chispas. Foto R.Puig

…sobre el mar. Foto R.Puig

La única moneda que me gustaría tener: las chispas blancas, sobre el mar

Le Clézio. L'inconnu sur la terre, p. 112

La luz viene siempre, la que libera a las sombras, la que te vuelve ligero, danzante, la que os conduce hasta el reino del aire

(Le Clézio. L’inconnu sur la terre, p. 112)

Atardecer en Onsala. Foto R.Puig

Atardecer en Onsala. Foto R.Puig

Amanecer en La Almadraba. Foto R.Puig

Amanecer en La Almadraba. Foto R.Puig

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Vasaparken. Foto R.Puig

Vasaparken. Gotemburgo. Foto R.Puig

Y el libro continúa en capítulos cortos, mirando como si fuese la primera vez, así hasta el final…

¡Ah, sí, el final! No he llegado aún pero la curiosidad me puede, así que, como tendréis prisa, os dejo el último párrafo… frente a la luz de la noche.

Très lentement le sourire se dessine sur le lèvres du petit garçon inconnu, au fond de la nuit, derrière la vitre froide. Le sourire luit sur la ville, et au même moment, la lune blanche monte dans le ciel, à peine visible dans son premier et mince croissant

Muy despacio se dibuja la sonrisa en los labios del chiquillo desconocido, al fondo de la noche, tras el cristal frío. La sonrisa brilla sobre la ciudad, y en ese mismo instante, la luna blanca asciende en el cielo, a penas visible en su primer y delgado creciente.

(Le Clézio. L’inconnu sur la terre, p. 317)

En su primer delgado creciente. Foto R.Puig

En su primer y delgado creciente. Foto R.Puig

N.B.: traducción del autor del blog