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Fisionomías (IV). En la Gliptoteca de Copenhague (II)

22 septiembre, 2012

Volvemos a la Ny Carlsberg Glyptotek.

El 23 de agosto habíamos empezado nuestro diálogo con sus habitantes, que a primera vista están mudos, pero, si nos concentramos, nos cuentan cosas. Habíamos iniciado el recorrido con las mujeres y los niños, aunque no se trataba de ningún salvamento, pues la gliptoteca navega airosamente. Y también nos visitó un joven de abundantes rizos.

Hoy daremos la palabra a los varones y a las parejas muertas, ya que en el arte funerario romano los matrimonios que podían pagárselo no se iban del todo, pues se quedaban, prestos a mantener una amena charla con quien se avecinase a su sarcófago.

De estirpe imperial

Un saludo primero a los que fueron poderosos, aunque pereciesen de forma oscura o en luchas por el poder

Pompeyo Magno, el de la frente perpleja.

Pienso que sí, que toda su vida anduvo entre perplejidades, que si con Cesar, que si con el Senado. Para mí que este rostro refleja el estado de ánimo en que debió de encontrarse cuando estaba a punto de desembarcar en Egipto, huyendo tras la derrota de Farsalia, para pedir asilo a quienes habían ya decidido asesinarle.

Calígula es el emperador de rostro de hielo, que empezó bastante bien pero luego acumuló un enorme déficit que puso al imperio al borde de la bancarrota (en este caso la culpa no se la pudieron echar a Zapatero).

La verdad es que tiene la cara de uno de esos jóvenes traders de nuestros días que se están haciendo famosos con sus escalofriantes defraudaciones.

Germánico, a quien un celoso Tiberio, al parece, mandó envenenar cuando sólo tenía treinta y cuatro años y no vivió para ver los desaguisados de su hijo Calígula. A pesar de su agitada vida, de los miles de germanos que masacró y de la cantidad de campañas militares que dirigió, conserva aquí su aire de mosquita muerta.

Un general y varios anónimos

Empezamos por el rostro viril de uno de quien se conoce el oficio.

A este militar de rostro severo y barba sobria le debieron obsequiar el busto sus suboficiales el día de su jubilación, allá por la segunda centuria de nuestra era.

El nombre le va bien, se llamaba Arrius Justus, y tiene todo el aire inofensivo de un jefe de cascos azules.

El que mira con los globos oculares aún en sus cuencas, pero con iris extraviados, es alguien que debió de tener los medios para ser inmortalizado en bronce. ¿Un colonizador romano de Megara, donde parece que vivió en el siglo I de nuestra era?

El resto del cuerpo no se sabe adónde fue a parar y podemos tener nuestras hipótesis sobre la actitud con la qué decidió retratarse. ¿Será que sus arrugas en la frente y esa mirada inquieta nos estén hablando de un jefe militar que examina preocupado el campo de batalla?

En cualquier caso no parece que le vayan los ropajes de filósofo o de legislador imperioso que vemos aquí en el hall central del segundo piso del museo.

Hay otros rostros de desconocidos que no por ello nos dejan indiferentes.

Este barbudo, ceñudo y preocupado, podría muy bien ser algún importante retórico o pensador. Pero dejémoslo así, sujeto a nuestras especulaciones.

¿Qué decir de este hombre a quien los ajetreos de la vida han dejado calvo, con patas de gallo y la frente fruncida? Puedo imaginarlo canoso, viudo y preocupado por el porvenir de sus hijos.

El siguiente rostro parece inacabado, sin que el escultor lo haya pulido. Quizás el comanditario no quedó satisfecho o no tuvo el dinero para pagarlo. Pero está bien así, con sus rasgos duramente tallados y un rictus escéptico en los labios. Se trata de alguien a quien una biografía de legionario curtido parece haber cincelado las facciones.

El suave hombre de la toga parece en cambio soñar y sus ojeras traicionan un reciente lloro. Mientras sus rizos se arremolinan con el viento un velo de añoranzas y melancolía se interpone entre sus ojos y el mundo. El rictus de la boca parece responder a un acerbo desengaño.

Por el contrario, de este de aquí abajo no quisiera interponerme en el camino. Yo no sé si empuña una espada, pero, en caso de que se irrite, temo que me aseste una estocada.

¿No es verdad que tiene un aire a Putin? Mejor no jugar con él a pussy riots.

Finalmente, este buen hombre trata de incorporarse sobre su propio sarcófago como si aún participase de un banquete en el triclinio.

Dos dramaturgos, un filósofo y un poeta intruso

Ya se sabe que los romanos reproducían efigies de los filósofos y dramaturgos griegos que databan del siglo V a.C. Pero lo hacían muy bien, trabajando con esmero el mármol.

Claro que no disponían de la fibra de vidrio y otros materiales sintéticos, a los que nos han habituado hoy en día ciertas esculturas hominoideas, salidas de los moldes de factorías que las calcan una y otra vez con pequeñas variantes. El pobre Walter Benjamin no pudo llegar a prever que los materiales y tecnologías de nuestra civilización de lo sintético iban a seguir confirmando, más allá de lo entonces imaginable, las certeras predicciones que sus análisis referían al cine y a la fotografía en “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”.

Pero volvamos a nuestra fascinante gliptoteca. Estos bustos de ilustres griegos tienen la impecable y humanizada factura de los bustos romanos.

Eurípides

 

Sófocles

 

Platón

Y ya que que hemos mencionado a Walter Benjamin, dejemos que uno de sus poetas favoritos baje hasta aquí aquí desde otra sala de la gliptoteca.

Se trata de Charles Baudelaire.

Es una cabeza de líneas sobrias y modernistas, esculpida por Raymond Duchamp-Villon en 1911. Más que manifestar como los bustos romanos, oculta un mundo de símbolos, a la espera de que sus labios prietos se abran y se desborde el  torrente sinuoso de alguno de sus poemas.

Seguramente lo habéis adivinado, el escultor era hermano de Marcel Duchamp, aquél de la broma del urinario reconvertido en “fontaine”, el inventor del ready-made, el que no se molestó siquiera en explotar la “reproductibilidad” pues le bastaba con la “reapropiabilidad”.

Tengo la sensación de que dentro de algunos siglos las esculturas de Raymond seguirán estando artística y materialmente presentes. En cuanto a los ready made de su hermano, tengo mis dudas.

Quizás también se nos presente una ocasión de hablar del mayor de los tres hermanos,  Gaston Emile, quien prefirió ser conocido como Jacques Villon y fue un excelente pintor.

¡Silencio, se duerme!

En este recorrido por las fisionomías de la gliptoteca de Copenhague es lógico terminar por aquellos bustos que, para los romanos, si nos atenemos a las esculturas de sus sarcófagos, representaban a quienes, no obstante estar muertos, se habían quedado cerca, al menos en el recuerdo.

Los de parejas muertas son particularmente realistas y emotivos. En este caso, si lo esculpido responde a lo que fueron, tuvieron que ser buenas personas y un matrimonio bien avenido.

Y estas dos hermanas, aunque petrificadas para siempre, parecen soñar con una futuro feliz

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