Pilane forever (1)

«Observando» de Hanneke Beaumont. Detalle. Pilane 2018. Foto R.Puig
La visita a Pilane en la isla de Tjörn es una costumbre mía. Cada año, desde 2011, repito. Esta vez hemos deambulado por este parque de escultura ambiental aprovechando uno de estos días de setiembre en que no llovió durante las primeras horas del día. Las nubes planearon sobre nosotros, dando alguna breve tregua al sol, pero nos perdonaron.

Pilane 2018. Visitantes y habitantes. Foto R.Puig
Merece la pena entretenerse en el trabajo de dos escultoras, una holandesa, radicada en Bélgica, Hanneke Beaumont, y otra del norte de Suecia, María Miesenberger, así que dedicaré dos crónicas a esta visita, comenzando por la de hoy.
Por cierto que la gigantesca cabeza de Anna de Jaume Plensa ha permanecido otro invierno meditando y dominando Pilane desde su promontorio más elevado. Vayas por donde vayas acaba por encontrarte, vigilando tus pasos, sin necesidad de verte.

«Anna» de Jaume Plensa y» Observando» de Hanneke Beaumont. Pilane 2018. Foto R.Puig
Pero vayamos por partes, comenzando por las tres obras (cinco figuras) que presenta la primera de las escultoras que cito.
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«Conectados-Desconectados»

«Connected-Disconnected» de Hanneke Beaumont. Pilane 2018. Foto R.Puig
La escultora es holandesa, aunque sus estudios de arte tuvieron lugar en Escuelas de Bruselas y alrededores y es en Bélgica donde tiene su estudio. Lo que tiene de especial su trabajo artístico es que no es seriado (contrariamente a las factorías de lo que he llamado aquí «la escultura de maniquíes»), pues ella moldea en arcilla (su materia preferida) todos sus trabajos. Esa es la tradición, por ejemplo de la escultura de Miguel Ángel o Bernini que partían de la obra en arcilla antes de pasarla al mármol o, en el caso de Hanneke Beaumont, al bronce.
Los tres personajes de esta alegoría, como la mayoría de sus figuras, parecen situarse en un mundo intemporal y asexuado que participa de los colores terrosos o graníticos de este lugar arcaico.

«Connected-Disconnected» de Hanneke Beaumont. Pilane 2018. Foto R.Puig
Si bien, a juzgar por la atracción que estos seres (que no sabemos si se conectan o se desconectan) ejercen sobre los habitantes estables del lugar, habría que añadir que la artista ha quizás pensado más, al elegir la tintura del bronce, en las lanas de los ovinos de Pilane. Uno de las ovejas se rasca con fruición aprovechando el basamento de una de las esculturas.

«Connected-Disconnected». Hanneke Beaumont. Detalle. Pilane 2018. Foto R.Puig
Sinceramente, si alguna vez estuvimos conectados -parecen decirnos- ahora andamos ya cada uno por nuestro lado.

«Connected-Disconnected» de Hanneke Beaumont. Detalle Pilane 2018. Foto R.Puig
!Me he puesto perdida! ¿Me echa alguien una mano?
«Observando»
El cuarto personaje observa, no se sabe bien qué o para qué, pero su mirada denota una cierta expectación.

«Observing» de Hanneke Beaumont. Detalle. Pilane 2018. Foto R.Puig
Aunque su postura no indica muchas ganas de levantarse.
«Dando un paso adelante»
¡Al fin alguien se pone en movimiento!

«Stepping forward» de Hanneke Beaumont. Pilane 2018. Foto R.Puig
Con un rictus de hartura, huyendo quizás de la pasividad del grupo, cansada de vivir entre ovejas, la que parece ser una ella irritada se pone en marcha. Lo que contempla ante sí no parece ser halagüeño…

«Stepping forward» de Hanneke Beaumont. Pilane 2018. Foto R.Puig
Pero peor es quedarse. ¿Acaso no es andando como se hace camino?
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«Agarrándose»

«Holding on». María Miesenberger. Detalle. Pilane 2018. Foto R.Puig
María Miesenberger ya expuso hace dos años en Pilane. Es una escultora sueca. Esta vez su criatura, una especie de spiderman, ya no es el hombre-avestruz de acero y bronce que escondía su cabeza en un hoyo. Ahora es un ser estilizado que prefiere encaramarse de forma inverosímil en los sitios más inesperados.

«Holding on». María Miesenberger. Pilane 2018. Foto R.Puig
En un marco que encuadra dos perspectivas del paisaje

» Holding on». María Miesenberger y «Anna» de Jaume Plensa. Pilane 2018. Foto R.Puig
Puede que esté intentando que Anna salga de su impasible meditación y abra los ojos para observar sus cabriolas. ¿Una propuesta para Jaume Plensa? Desde luego sería una sorpresa que, el año que viene, el artista nos descubra la mirada de su obra.

«Holding on». María Miesenberger y «Anna» de Jaume Plensa. Pilane 2018. Foto R.Puig
Por el momento nos quedaremos con las ganas…
«Cambio de dirección»
Así que, como cualquiera de nosotros haría, la spiderman, despechada, se va con sus piruetas a otra parte a practicar el más difícil todavía.

«Change of Direction». María Miesenberger. Pilane 2018. Foto R.Puig
Pero ahora, para el nuevo riesgo, ha abandonado su brillante cuerpo de acero inoxidable y se ha transfigurado en un inquietante ser de bronce.

«Change of Direction» María Miesenberger. Pilane 2018. Foto R.Puig
Oscura presencia que a las nubes desafía

«Change of Direction». María Miesenberger. Pilane 2018. Foto R.Puig
Ajenos a estas tensiones, los visitantes siguen tratando de alcanzar los diez mil pasos diarios que nos aconsejan los doctores

Sendereando por Pilane 2018. Foto R.Puig
Castañas

Advertencia por caída de castañas en el Parque Vasa de Gotemburgo. Foto R. Puig
Cuando ante los castaños de Indias que hay cerca de casa aparece de nuevo el cartel que aconseja, sobre todo si hay viento o lluvia, no aventurarse bajo sus altas copas, es que el otoño se avecina…
Justo ahora de este árbol
se desprenden castañas,
que pueden caer
sobre los coches aparcados
y sobre los paseantes.
Sea extremadamente cauto
si sopla el viento o llueve
Hoy en Suecia es día de elecciones al parlamento, a la región y a la comuna. Para mí que este cartel es también la metáfora de una amonestación a los votantes.

No olvide ponerse el casco. Foto R. Puig
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Preotoñal
El pasado fin de semana podíamos aún, siendo osados, zambullirnos en un mar que ya empezaba a resfriarse.

Al sur de Gotemburgo. Ultimas zambullidas. Foto R.Puig
Días de sentarse frente al mar y sentir que nos transporta lejos bajo velas ligeras

E la nave va. Foto R. Puig
Perezosa, la luz solar ha comenzado a retirarse antes

Se acortan las tardes. Foto R. Puig
Ayer, el parque se tapizaba de hojas doradas

Preotoñal. Foto R.Puig
Ayer era ya día de no olvidar el chubasquero

Días de chubasquero. Foto R.Puig

Aquí no se arredra nadie. Foto R.Puig
Ya no son días de vino y rosas

Otro verano se ha ido. Foto R.Puig
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Pero, como si sigo así me pondré cursi, le paso la vez al poeta, a uno que sabía expresar mejor lo que estos días quizás nos traigan a las mientes
SONETO
Huye del sol el sol, y se deshace
la vida a manos de la propia vida,
del tiempo que, a sus partos homicida,
en mies de siglos las edades pace.
Nace la vida, y con la vida nace
del cadáver la fábrica temida.
¿Qué teme, pues, el hombre en la partida,
si vivo estriba en lo que muerto yace?
Lo que pasó ya falta; lo futuro
aun no se vive; lo que está presente
no está, porque es su esencia el movimiento.
Lo que se ignora es sólo lo seguro.
Este mundo, república de viento
que tiene por monarca un accidente.
Gabriel Bocángel (Madrid 1603-1658), Antología Poética.
Edición de Luis Alberto de Cuenca, Editora Nacional, Madrid, 1982

Melancolía. Foto R.Puig
Apuntes para la historia de un puente (1): Como hormigas en el agua

Por el puente viejo. Foto R.Puig
Tratando de mantener el hábito saludable de la marcha me gusta recorrer el Götaälvbron («el puente Göta sobre la ría»). Es un paseo de ida por su lado oriental y de vuelta por el occidental. Göta es un nombre de mujer que también significa «gótico». Pero el puente no tiene nada de gótico. Se comenzó a construir en 1941 (con obras de preparación de las orillas desde 1935) y se terminó en su forma definitiva en 1958. Al término gótico también se le confiere hoy un sentido lúgubre y hay que decir que el puente vibra de modo alarmante con el paso diario y continuo de autobuses y tranvías.

Por el Götaälvbron. Foto R.Puig
De hecho los conductores de la empresa de transportes públicos tienen que reducir la velocidad a paso de burro para no forzar las juntas centrales del sistema de elevación. Si lo piensas, la verdad es que da cierto canguelo.

Sistema levadizo del puente Götäälvbron. Gotemburgo. Wikipedia
A causa de este envejecimiento de la obra se ha puesto en marcha la construcción, justo al lado del viejo, de uno nuevo que lo sustituirá.

Así se empieza. Foto R.Puig
Así que ultimamente, mi paseo gótico me ha dado la oportunidad de convertirme en supervisor de los trabajos del nuevo puente: el Hisingsbron. Es bien sabido que una costumbre de los jubilados ociosos es mirar por los agujeros y brechas de los vallados para curiosear las obras en marcha. Sólo que aquí se puede ver todo a vista de pájaro desde la barandilla del puente antiguo.

Obras del nuevo puente junto al antiguo. Foto Skanska
Cuando era chaval recuerdo el halo de importancia y de inalcanzable nivel de estudios que circundaba a la titulación de Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos. Yo aspiraba a ser arquitecto, pero lo de los ingenieros de caminos me parecía un nivel superior de complejidad, exclusivo de cerebros excepcionales.

Trabajando en los fundamentos. Foto R.Puig
Puede que sea por eso que cuando, recostado en la barandilla, me entretengo en mirar como evolucionan allá abajo esos operarios de casco amarillo, bajo la dirección de otros que con sus notas en la mano van examinándolo todo y dando instrucciones, imagino que los paseantes y ciclistas que pasan a mi lado puede que piensen que soy un ingeniero de esos, jubilado, añorante, que desearía estar moviéndose entre las columnas y los cimientos del nuevo puente.

Bien anclado por si acaso. Foto R.Puig

Columnas. Foto R.Puig
….
Inciso para aprensivos
Por cierto que en estos paseos, sobre todo cuando ya caminas cuesta abajo, hay otra sensación gótica que tiene su cosa, sobre todo porque nadie tiene ojos en el cogote. Se trata de la amenaza ciclista, y lo digo en serio. Gotemburgo es famosa por el volumen de sus tráfico ciclista, lo cual es sano y loable. No obstante eso obliga a los peatones a desarrollar un sexto sentido, reflejos de protección. El sendero peatonal, separado por una simple raya blanca del ciclístico, no sólo en el puente sino en gran parte de la ciudad, es especialmente peligroso en las zonas de alto tráfico de bicicletas. Así que cuando vas en la misma dirección de los ciclistas, como es el caso del puente, en especial en la mitad del recorrido de acentuada pendiente, muchos ciclistas, dominados por el placer de la cuesta abajo, te llegan por detrás a cuarenta kilómetros por hora. La famosa distancia de metro y medio que se les pide a los coches al flanquear a un ciclista no se les exige a estos al sobrepasar como una exhalación a un peatón. Cuando estos bólidos te adelantan a centímetros de distancia les aseguro que el viento que generan me mueve las orejas. Como ven, recorrer el puente no es sólo instructivo y saludable ¡también es excitante!
…
En definitiva, que, del mismo modo a como iré relatando en este blog los progresos de la gran lombriz de Gotemburgo, mis paseos por el puente viejo (pluga al cielo que no se caiga antes o que a mí no me atropelle un bicícledo) irán rindiendo cuenta de los progresos y avatares de este nuevo artilugio hasta su terminación.

La visión: «Un puente que aproxima la ciudad al agua». Foto R.Puig
Por el momento lo que más me impresiona es el trabajo de esos varios centenares de hombres hormiga que seguirán cumpliendo los millones de actos humanos, medidos e inter-relacionados, que esta obra requerirá hasta su conclusión.

Obrero en su pentagrama. Foto R. Puig
Las columnas de apoyo no son precisamente las de Bernini, pero su regularidad encierra una sobria belleza.

Columnas. Foto R. Puig
Hay algo en una parte de los trabajos que me hace pensar en la fabricación de gigantescos órganos mudos.

Organistas trabajando. Foto R.Puig
Son extraños órganos destinados a ser cubiertos. Mientras están a la vista hay algo fascinante en estas regularidades cuyo sentido me escapa.

Regularidades. Foto R. Puig
A mí estos tubos me hacen pensar en un xilófono destinado a que un gigante le arranque sus graves melodías.

Tanto tubo. Foto R.Puig
Las camas de hierro que, sobre un lecho profundo e inestable, hacen posible crear los cimientos bajo el agua, anuncian los cuatro pilares del puente que sostendrán una especie de baldaquino de sube y baja, la sección central del puente, que ascenderá para dejar pasar los grandes barcos y volverá a su puesto para que continúe el tráfico. De nuevo pienso en la envidia que esto le hubiera dado a Bernini.

La sección elevable del puente. Imagen de Mattias Henningsson-Jönsson
Parece ser que este sistema, que debe durar digamos que cien años, no puede permitirse que ninguno de los cuatro pilares varié en nada su posición, lo que conduciría al atasco de los mecanismos del baldaquino. Seguro que mis admirados ingenieros de caminos, canales y puertos lo tienen ya todo pensado. Si son ustedes curiosos y quieren saber algo de los cálculos que se han hecho al respecto, sobre todo sobre eso que llaman el soft soil creep («deslizamiento suave del suelo») tendrían que leer un interesante artículo apto para ingenieros sobre los cimientos de un nuevo puente sobre la ría de Gotemburgo
Y, me digo yo, ¿dentro de cincuenta años cómo andarán esos suaves deslizamientos cuando el nivel del agua de la ría se haya elevado con el cambio climático? ¿cómo andarán los fondos? (En cien años se prevé una subida de un metro)
Pero ese día hacía sol, las nubes se habían retirado tierra adentro, y yo me inclinaba a creer que estamos en buenas manos.

Cabalgata de nubes por el este. Foto R.Puig
En todo caso, caminando ya de vuelta al centro por el otro lado del puente viejo, compruebo que hay quienes prefieren pensar en una posible pesca

Esperando a que piquen. Foto R.Puig
No sé si sabrán que el lecho de la ría en esa orilla está lleno de residuos tóxicos. Es posible que, por el momento, a estos aficionados a la pesca lo que hayan tragado los peces no les tenga preocupados y que no pesquen para el condumio sino sólo para entretenerse.
Séptimo día

Valetudinis. Foto R.Puig
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Pigricia
Corto
pachucho
y perezoso
el gato
pausa
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Nocturno de Gotemburgo

Todo parecido con la realidad… Foto R. Puig
Hay ruido de conciertos al aire libre, muchos a la vez, el sonido de una orquesta rock se mezcla con el de una cantante de 78 años que ha reunido a sus fans de toda la vida, cabezas canosas, apenas doscientos metros más allá. Quién mucho abarca…

Canta Lill Lindfors Foto R.Puig
Ha venido Lill Lindfors, a la que acompañan en sus baladas músicos cuasi octogenarios. Pero el Festival Cultural de Gotemburgo (Kulturkalaset) está cronometrado, una hora para ella, sólo una, y los organizadores terminan en forma abrupta su recital, en su punto álgido. Los instaladores de las baterías de la Forbidden Orchestra llegan, empujando para ocupar el escenario.

Calles festivaleras. Foto R.Puig
Las calles y parques de Gotemburgo desbordan de gente durante seis días, hay carpas con todo tipo de grupos y de músicas, infinidad de chiringuitos donde se pueden degustar todas las cocinas del mundo.
¡Y yo que ensoñaba con poner un puesto de churros españoles!

Churros made in Sweden. Foto R.Puig
El carromato de los churreros circula desde hace nueve años por todas las ferias y festivales de la Costa Oeste de Suecia, vendiendo con todo tipo de adobos cucuruchos de Spanish Waffles.
Cuando le digo al joven churrero que soy madrileño, y que le voy a explicar dónde en Madrid se hacen los mejores churros del mundo, me llena el cucurucho hasta los topes con los spanska våfflor.
En Suecia ocurre también que cuando dices que vienes de la capital de España, enseguida te preguntan si eres del Real o del Atlético. No falla. Pero me estoy desviando del tema…

La venus del parque. Foto R. Puig
La cuestión es que hace dos noches, por el parque cercano a casa la realidad era todo lo contrario de real. Habíamos salido a darnos una vuelta, bajo la atracción -¿rejuvenecedora?- que estos festivales ejercen sobre los entrados en años. Las calles no son la calles cotidianas, la multitud es más abigarrada y flotante que a la luz de un día ordinario, la música y el ruido rellenan la atmósfera sin dejar resquicios, los reflejos en los canales son diferentes…

Sueños de árbol. Foto R.Puig
Me había propuesto flotar yo también, escuchar y mirar sin ningún propósito. De hecho había salido sin mi pequeña cámara de fotos, pero fatalmente llevaba el teléfono móvil.
Así que estas fotos son digamos que androideas.
Por cierto, había un remolque donde, cosas de las ferias, la gente puede hacerse fotos en las que eliges de qué quieres aparecer vestido. Si no probé fue por no hacer cola, si no, lo mismo habría podido aparecer yo aquí en guisa de espadachín sueco de la guerra de los treinta años.

En busca de la magia fotográfica. Foto R.Puig
El parque no sólo estaba embebido de decibelios, sino que muy cerca de su entrada se podía tragar cerveza como una esponja al son de otros ritmos, ciertamente más movidos que los de nuestra septuagenaria Lill Lindfors.

Mañana será otro día. Foto R.Puig
También puedo aseverar que ayer por la mañana los canales ya no lucían con el mismo embrujo de la noche del viernes.

El canal incendiado. Foto R.Puig
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Lo que hoy, al abrir la ventana del patio, con la temprana mañana llega, es una prosodia de gaviotas callejeras, acompañada -¡ay!- por el sordo compás de los extractores de aire del hotel vecino.
Ab ortu ad occasum (de oriente a occidente)

Ab ortu. Foto R.Puig
Porque la diferencia entre vivos y muertos concierne a líquidos y rápidos movimientos de la salida y puesta del sol, tiene que ver con la luz y su tránsito sobre las cabezas de los hombres.
Manuel Vilas, «Ordesa» (Alfaguara, Madrid, 2017, pág.194)
Cuando nos sobra tiempo para sentarnos frente a un paisaje; cuando los minutos fluyen un poco más lentamente; cuando pasamos las páginas de un libro e incluso nos adormecemos sobre sus letras; cuando volvemos a abrir los ojos y nos ha sorprendido la alborada o, al contrario, es la noche que ha caído; cuando sobre nuestra cabeza la luz, esa que mana de una fuente única, inicia, recorre o concluye su ciclo diario… entonces sabemos que estamos vivos, que el tiempo aún se nos ofrece.

Mientras hay tiempo. Foto R.Puig
Creemos que el reloj, que nosotros desgranamos el tiempo, pero es ese intangible, ese cronos fugitivo, el que nos desgrana a nosotros. Por eso es agradable seguir pasando las páginas en un libro de papel, es como compartir el tiempo, no sólo el nuestro, sino el de alguien que ha puesto su tiempo en palabras, para nosotros. No solo el suyo, sino el de quienes le precedieron. Un libro siempre habla de lo que precede a su autor. No hay libro sin precedentes.
Recuerdo que mi madre aclaraba poco los platos, yo en cambio los dejo bajo el grifo mucho rato, intentando que el jabón se vaya para siempre.
Ibidem, pág. 304
Somos la consecuencia de muchos precedentes. Como cada día sobre la tierra, que en cada giro nos devuelve algo del anterior. A veces, parece decirnos: «mira bien, ayer te dejaste algo». Pero no es ella sola, la tierra forma equipo con el sol, con la luz.

Luz declinante. Foto R.Puig
El padre antes de ser padre es una fuerza que está en el mundo avisando de la llegada de un hijo, avisando de tu llegada, pero aún no has llegado, y es ahí donde está la maravilla…
Por eso adoro esa fotografía, porque contiene mi misterio: yo no soy, y mi padre es un hombre que no quiere casarse ni tener hijos. No se lo plantea…
Yo no soy allí, y descanso.
Busco volver a la paz del no ser.
(el autor reflexiona sobre una vieja foto de su padre joven y soltero)
Ibidem, pág. 304
No sabremos nunca lo que recordarán de nosotros cuando nos hayamos ido. No me refiero a los rastros que parece que se quedarán en la red y que quizás nadie borre, que puede ser que durante siglos ya no se puedan borrar. Tampoco es la memoria histórica, eso sobre lo que se promulgan normas. No, no es eso, la memoria, la de verdad, la olvidadiza (porque para recordar hay primero que olvidar), esa es personal, no puede legislarse sobre ella.
¿Cuánto resiste la posibilidad de sacar del olvido un recuerdo personal? No una foto, no un texto, no un documento de identidad, no una partida de bautismo o de boda, no, no se trata de eso sino de algo verdaderamente individual, algo que se ha recibido directamente por los sentidos, ecos del tacto, de la vista, del oído, del gusto, del olfato, que se han acunado en lo más profundo de uno mismo.
A mi padre le gustaba ir siempre muy bien peinado, hasta tal punto que si hacía viento no salía de casa, porque se despeinaba.
Mi padre comenzó a acumular algunos kilos de más y era consciente de ello. Preguntaba mucho si estaba gordo. Buscaba nuestro juicio. Le gustaba comer. Era una relación particular con el mundo: coger del mundo la comida.
Ibidem, pág. 323

Luz de atardecer. Foto R.Puig
Mi madre cuando estaba deprimida y triste, se metía con su propio pelo… Buscaba en la peluquería una absolución, un levantamiento de sí misma, buscaba la alegría perdida. Cambió de peluquería mil veces. Buscaba una peluquería utópica…
No había peluquería en el mundo que pudiera ayudar a mi madre.
…
Pero ahora ya está en la peluquería del fin del mundo.
Ibidem, págs. 321-322

Ad occasum. Foto R.Puig
George Sand en su planeta de los simios

Un hiver à Majorque. George Sand. Foto R.Puig
A nuestra llegada a Mallorca, aprovechamos que era media mañana para dedicar unas horas, antes de que comenzase el evento nupcial al que habíamos venido, para subir a Valldemossa, atraídos por la legendaria historia de una de las lunas de miel más famosas de la intelectualidad francesa: la estancia en la cartuja de Frédéric Chopin (1810 – 1849) y George Sand (1804 – 1876) del 15 de diciembre de 1838 al 11 de febrero de 1839.
Pensábamos que la cartuja iba a estar atestada de visitantes ávidos de historia y de romanticismo, pero en realidad los que estaban repletos eran los baretos y las calles del pueblo. Nos sentamos en el más equivocado de los lugares de comida rápida, víctimas gastronómicas de nuestra intención de reservar el mayor tiempo posible para la cartuja y para nuestra vuelta por la carretera panorámica que, bordeando farallones y perspectivas espectaculares sobre el mar, conduce a Deia y a Soller, para luego, a través de un tunel en la montaña, devolvernos a Palma.
No pudimos pues recurrir a la buena cocina de Valldemossa, que sin duda existe, aunque, según nos dijo el camarero, en este pueblo no hay una sola carnicería (la prueba era la nefasta salsa boloñesa de los spaghetti). No obstante pudimos ser testigos del ingenio de los gestores de los escasos cien metros cuadrados del establecimiento para atraer a los turistas, en este caso rusos de ambos sexos y de todas las edades, quienes, como por ensalmo, siguiendo a una señora de voz potente y elevada estatura, invadieron el espacio entre la barra y la apretada línea de mesas contra el muro opuesto, para asistir a una demostración de algo muy interesante que sucedía en el último rincón del restaurante.
El grupo de más de cien personas se esparció a continuación por el interior, por la acera y por las mesas, sosteniendo una copa llena de sangría. La gran atracción que les había reunido resultó ser la demostración práctica de cómo se elabora la famosa y auténtica sangría española… en esta ocasión hecha con trozos de mango, bebida que a continuación degustaban.
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Pero pasemos ya al interior de la Cartuja de Valldemossa…

Vista desde la terraza de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig
No seré yo quien repita toda la información que sobre esta famosa meca romántica se encuentra en abundancia en internet. Me limitaré a justificar el título de esta crónica y a mostrar alguna foto de las pocas que hice.
Puedo atestiguar que las numerosas empleadas (y algunos empleados) del ayuntamiento, así como los informantes de las celdas de propiedad privada de la Cartuja se esfuerzan sin mucho éxito por captar la atención de los pocos visitantes en su afán por explicarles la historia y las curiosidades de las celdas y aposentos que les toca atender, desprovistos de cartujos por la desamortización de Mendizábal.
Nosotros no dedicamos tiempo al piano o pianos que se dice fueron de Chopin. Al parecer durante mucho tiempo se engañó al público con un piano construido quince años después de la estancia de Chopin en la cartuja. Se halla en la celda nº2, en la que no habitaron ni Chopin, ni George Sand, ni el hijo ni la hija de la escritora, quienes ocuparon más bien las nº 3 y 4. Fue otro el «pianino» que le sirvió para componer allí alguno de sus preludios, a pesar de su tisis y su salud precaria,
Pero la visita merece mucho más tiempo que el que pudimos dedicarle. Hay una gran cantidad de objetos de arte y documentos de historia. Fue precisamente una joven empleada entusiasmada sinceramente por los objetos y documentos relativos a Chopin y George Sand, como por ejemplo los textos manuscritos de ella o los dibujos de su hijo Maurice Sand, quien me vendió el ejemplar de Un hiver à Majorque, editado y publicado en la isla en dos versiones, la original y la castellana (Editorial bilibú, Palma 2008, 211 págs)
La mayor parte del libro, la positiva, la que no se refiere a la geografía humana, sino al paisaje y a la arquitectura, proviene de estudiosos franceses interesados por Mallorca de modo competente y detallado, consultados por la autora previamente, pero sobre todo después de su viaje. En cuanto a Chopin, cuando la autora publica en 1842 esta obra (que había ido apareciendo por entregas en 1841), no lo menciona por su nombre ni una sola vez y se refiere a él todo el tiempo como «le malade», «notre malade» o, todo lo más como «notre ami».
Un texto chauvinista

Rincón de uno de los claustro. Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig
He leído con placer varias novelas cortas de George Sand y no me esperaba que una mujer tan libre, culta y educada, tan excelente escritora, que se se siente a sí misma como «être libre et pensant» se pueda entretener comparándose al monje imaginario que debió de ocupar la celda en la que se hospeda, para suponerlo gratuitamente como:
homme sans intelligence et par consequent sans rêverie et sans meditation… soumise aux abrutissantes privations de la règle (pp. 160 – 161)
No me esperaba que haya podido en apenas cuatro meses de estancia en Mallorca concebir sin titubeos los prejuicios que formula sobre sus habitantes a lo largo de todo el libro, como una especie de ajuste de cuentas.
Se podría pensar, como paliativo, que las experiencias que describe con los pocos mallorquines que trató durante ese breve tiempo, se hayan visto filtradas por estados de ánimo de la autora. Pero aunque en aquella época la acogida paisana de extranjeros en España, en especial de un grupo como el suyo, no debía de destacar por su educada tolerancia, con lo mismo se podría haber topado en la Francia «profunda» de su época, que, si atendemos a sus novelas, no desconocía.

Del museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R. Puig
De los burgueses y «nobles» de la isla (y en general de todos los mallorquines) dice que en cada relación en que intervenía el dinero, por poco que fuese el vil metal, siempre encontraba en ellos «une mauvaise foi impudente et une avidité grossière» (p.182)

Gigantes festivos. Claustro de la cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig
Según ella, para el mallorquín:
la notion du dévouement envers un inconnu ne pouvait pas plus entrer dans sa cervelle que celle de la probité ou même de l’obligeance envers un étranger (p. 183)
Los campesinos de Mallorca son a su juicio ladrones como uno que, aunque se extasiaba con el sonido del piano, eso no le impedía «être un voleur comme tous les paysans majorquins le sont avec les étrangers». Y concluye su juicio con la siguiente sentencia: «Cet homme avait les besoins d’art d’un Italien et les instincts de rapine d’un Malais ou d’un cafre» (p.139)
Sus estereotipos antisemitas los aplica (de oídas) a la figura del banquero judío de Mallorca:
Le juif est inexorable, mais patient… il pursuit son but avec un génie diabolique: dès qu’il a mis sa griffe sur une propriété, il faut que pièce à pièce elle vienne toute à lui… (p.184)
George Sand osa calcular que en veinte años no iban a quedar señores en Mallorca porque:
Les juifs pourront s’y constituer à l’état de puissance, comme ils ont fait chez nous, et relever leur tête encore courbée et humilié hypocritement sous les dédains mal dissimulés des nobles et l’horreur puérile et impuissant des prolétaires (p.184).

Del museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig
La dominación de Mallorca por los judíos profetizada por ella no se cumplió, pero lo que sí ocurrió en Francia a los veinte años de la muerte de la escritora, como fruto de ese mismo antisemitismo que anidaba en todas las clases sociales de la nación vecina, fue la condena abominable del capitán Alfred Dreyfus (1859 – 1935).

Del Museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig
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Viajar no cura el racismo
George Sand apoda a Mallorca «île des Singes» (isla de los Simios) cuando dice que se vieron «environnés de ces bêtes sournoises, pillards et pourtant innocentes». Si bien subraya que lo dice sin rencor, pues «nous nous étions habitués à nous préserver d’elles sans plus de rancune et de dépit que n’en causent aux Indiens les jockos et les orangs espiègles et fuyards».
¡Al fin y al cabo no te puedes enfadar con unos orangutanes o unos indios primitivos!
Desde su altiva condición de baronesa consorte (aunque ya divorciada del barón) se siente magnánima y refiriéndose al mallorquín añade condescendiente:
On sent bien que cet être imparfait est capable de comprendre, que sa race est perfectible, que son avenir est le même que celui des races plus avancées, et qu’il n’y a là qu’une question de temps, grande à nos yeux, inappréciable dans l’abîme de l’éternité (p.185).
Incluso cuando admira la belleza y la amabilidad de una joven cabrera de dieciséis años, se expresa así:
Pauvre petite Périca tu n’a pas su et tu ne sauras jamais quel bien tu me fis en me montrant parmi les singes une créature humaine douce, charmante et serviable sans arrière-pensée! Le soir nous étions tout réjouis de ne pas quitter Valldemossa sans avoir rencontré un être sympathique (p.201)
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Despedida de la baronesa
Cuando finalmente, en Barcelona, George Sand con su hijo y su hija y su «amigo enfermo», gozando de un privilegio republicano, se embarca en un navío francés de guerra, el Méléagre, para volver a Francia, este es el párrafo del libro que describe su alivio:
…en nous voyant entourés de figures intelligentes et affables, en recevant les soins généreux et empressés du commandant, du médecin, des officiers et de tout l’equipage; en serrant la main de l’excellent et spirituel consul de France, M. Gautier d’Arc, nous sautâmes de joie sur le pont en criant du fond le l’âme: Vive la France. Il nous semblait avoir fait le tour du monde et quitter les sauvages de la Polynésie pour le monde civilisé (pp. 210-211)

Frascos de farmacopea. Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig
¿Habrá algún preparado de la farmacopea que extirpe de nuestro núcleo cerebeloso más reptiliano y recóndito ese instinto racista del que ni siquiera la educación, la fortuna o la cultura son con triste frecuencia capaces de liberarnos?
Para acabar con una sonrisa

Del Museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig
Los aposentos de la Cartuja de Valldemossa albergan delicadas y curiosas obras de arte, ediciones raras y manuscritos que no despiertan demasiado interés entre los turistas.

Sobre los perros. «Varia commensuración». Juan de Arphe y Villafane, Madrid 1795
Sin embargo, como entre los lectores y lectoras de este blog sé que no faltan aquellos a quienes mueve el amor desordenado por lo bien impreso, me siento en el deber de advertir a quien visitase la cartuja y sintiese la tentación de la biblocleptomanía que se expone a ser condenado (o condenada) severamente…

Excomunión para los que roban en las bibliotecas. Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig
Montuïri de Mallorca

Vista de Montuiri desde la calle de los Molinos. Foto R.Puig
El nombre en mallorquín de esta población de origen medieval es Montuïri, una de las 14 que constituyen la mancomunidad del Pla de Mallorca. Se extiende encaramada a lo largo de la cresta de un cerro que por ambos lados domina la planicie del centro de Mallorca. Es la existencia de cinco antiguos pozos artesianos en las faldas de esta elevación del terreno la que ha hecho posible el surgimiento de este pueblo. Las llanuras en las que se cultivaba desde siempre el cereal junto con el viento que movía los numerosos molinos fueron base de la economía de sus pobladores. Hoy la actividad agrícola ya no es la dominante, a pesar de los campos cultivados que se divisan desde su altura.

Montuiri. Después de la cosecha. Foto R.Puig
Si quieren ustedes saborear la vida de la Mallorca tradicional, lejos de su cinturón litoral, este pueblo, además de la antigua casona de piedra restaurada y transformada en un alojamiento «de interior» (es decir al abrigo del tráfago turístico de la costa «exterior») en la que nos alojamos, es una opción para gentes apacibles.

Vista del «Pla» desde Montuiri. Foto R.Puig
No se tarda mucho en recorrer Montuiri, pero no me quedó mucho tiempo para recorrer toda la extensión de sus calles, tenía otras prioridades. Habíamos venido a la boda de mi hijo, quien, de común acuerdo con la novia y con acierto, había elegido para casarse una antigua alquería sobre otra colina de la comarca que ni los taxistas encontraban. De todos modos, aunque no llegué a visitar el museo arqueológico, que queda en uno de los extremos del pueblo, sí pude descubrir, en compañía de mi hija y bajo un sol de justicia, la calle de los molinos (Carrer del Molinar) y las amplias perspectivas que desde su gran explanada se divisan.

Montuiri. Viejo molino. Foto R.Puig

Montuiri. Antiguo molino. Foto R.Puig
Si, como hicimos nosotros, entras en los negocios y hablas con el habitante, un breve paseo puede deparar sabrosos detalles…

Montuiri. Ensaimada de 40 cm. de diámetro del Forn i Pastisseria Can Salat. Foto R.Puig
y permite visitar los obradores donde se hornean tantas buenas cosas

Montuiri. En el obrador de Ca’n Joan des Forns. Foto R.Puig
No era hora de visita de la iglesia de San Bartolomé, que data del siglo XIV, pues estaba cerrada

Montuiri. La iglesia mayor.Foto R.Puig
Pero descubres ingeniosos rincones, como este, decorado con azulejos

Montuiri. Ornamento de una fachada. Foto R.Puig
y completado con un banco que invita al reposo

Montuiri. Rincón con banco.Foto R.Puig
Junto al dintel de varias viviendas encontramos mayólicas con alusiones a las rondallas de los demonios (rondaies des demonis) que no pueden faltar en las fiestas patronales.

Montuiri. La tradición de la danza de los demonios. Foto R.Puig
Estas danzas de los diablos de la tradición medieval europea tienen un paralelismo con las diabladas andinas, aunque los acentos sean diferentes en función de las mitologías en las que cada una se enraíza. La Historia de las Religiones muestra como hay costumbres simbólicas parecidas que surgen sin vínculo alguno en latitudes diferentes, lo que en parte condujo a Carl Gustav Jung a teorizar sobre un inconsciente colectivo.
Sea como sea, me cuentan que los bolivianos o peruanos que viven en Mallorca participan encantados en este tipo de manifestaciones que les recuerdan a las diabladas del altiplano andino, de una de las cuales fui testigo y fotógrafo a principios de los años 70 en Arequipa (algún día puede que recupere aquellas diapositivas para el blog).

Montuiri. Por la calle. Foto R.Puig
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«La casa del italiano»

La «casa del italiano» en Montuiri, hoy Can Moio. Foto R.Puig
Pues resulta que tras mencionar tradiciones del Perú me encuentro con que el «hotel de interior» donde nos alojamos en Montuiri, era conocido en el pueblo como la casa del italiano, como también se denomina un hotel de la localidad peruana de Tarapoto.
Se trata de un edificio regionalista construido por un italiano en la segunda década del siglo xx, conocido como Can Moio o Ca S’Italià.

Montuiri. En el jardín de Can Moio. Foto R.Puig
Que conste que en este blog no incluyo nunca publicidad. En este caso la calidad de la rehabilitación de esta mansión, fruto arriesgado de la tenacidad de una madre y una hija, ambas llamadas Catalina, y de Rafa, el marido de la segunda, y su amabilidad y su acogida familiar motivan este homenaje y mis modestos fotos del Can Moio de Montuiri.

Montuiri. Rincón del jardín en Can Moio. Foto R.Puig
Todo lo que puedo añadir yo es que lo que se muestra y se explica en la página del Can Moio responde a la verdad y a la autenticidad de la familia propietaria que es la que os acoge y os mima, Cata, Rafa y la indispensable Yoli.
Inolvidables.

Can Moio. Rincón del desayuno. Foto R.Puig
Trashumancia 2018 (y 4). En la abadía de Fontefroide

Dormitorio de los «conversos» (hermanos legos). Abadía de Fontefroide. Foto R.Puig
Después de haber pasado por la de Fontenay, la visita a la Abadía de Fontefroide, como quien dice a dos pasos de Narbona, en la comarca del Narbonaisse méditerranée, suscita una sensación de bis repetita , aunque no necesariamente en el sentido horaciano de que las cosas cuando repetidas dos veces han de gustar más.

La iglesia abacial desde los jardines. Fontefroide. Foto R.Puig
Historias
La disposición de lo que queda de la fundación cisterciense en el siglo XII, siguiendo la tradición del Cister, es muy similar, pero la intensa explotación comercial y los añadidos y re-decoraciones de los sucesivos propietarios, que hoy son prósperos viticultores, te obligan a un esfuerzo de abstracción, si es que quieres remontarte un poco a los tiempos en que este lugar era un centro de cultura medieval, con todas sus luces y sus sombras (de aquí partió la guerra a muerte contra los albigenses), donde, beneficiarios de donaciones señoriales, los monjes contemplaban, cantaban y oraban y los «conversos», es decir los hermanos legos, laboraban. Naturalmente también tenían su propio refectorio para recobrar fuerzas.

Abadía de Fontefroide. Refectorio de los hermanos legos. Foto R.Puig
Contrariamente a Fontenay, donde las intervenciones han sido exquisitamente respetuosas de los orígenes, en Fontefroide, la vena artística de Gustave Fayet, apoyado por su esposa Madeleine, no siempre, a mi modo de ver, ha sabido refrenarse en su trabajo de re-creación, aunque esa familia tuvo el mérito de comprar la abadía en 1908, salvándola del abandono. Hoy la gestiona una sociedad con 45 co-propietarios, muchos de ellos descendientes de aquellos tatarabuelos. El centro es un lugar de animaciones y eventos, lo que, entre otras cosas incluye turismo de negocios, fines de semana temáticos, festivales y conciertos, viticultura, enoturismo, gastronomía y catering. Y, viticultura obliga, del motivo de los pámpanos se abusa por sus rincones.

Dormitorio de los conversos. Collage de Burgsthal. Detalle. Fontefroide. Foto R.Puig
Sea como sea, me han parecido muy atractivos los collages de Richard Burgsthal (1884 – 1944) compuestos con los restos de vitrales destruidos o hechos añicos durante los bombardeos de la I Guerra Mundial en el norte de Francia.

Dormitorio de «los conversos». Collage de Burgsthal. Detalle. Fontefroide. Foto R.Puig
Este trabajo permite observar de cerca lo que en los vitrales de los templos medievales no podemos observar sin recurrir a unos prismáticos. Mi modesta opinión es que las cimas del expresionismo pictórico del sigo XX ya habían sido anticipadas por los anónimos ilustradores de las vidrieras del románico y del gótico, durante aquellos que injustamente se dieron en llamar los «siglos oscuros».

Dormitorio de los conversos. Collage de Burgsthal. Detalle. Fontefroide. Foto R.Puig
En los ventanales de la iglesia abacial (aquí ya es necesario el teleobjetivo) se puede apreciar como aquel artista de las vidrieras reflejaba la herencia del expresionismo medieval, no sólo en sus collages de antiguos fragmentos anónimos, sino también en sus propios vitrales modernistas.

San Andrés según Richard Burgsthal. Iglesia abacial de Fontefroide. Foto R.Puig
La raíz medieval que se aprecia en los pintores modernistas puede también descubrirse en la escultura de un coetáneo sueco de Burgsthal (aunque veinte años más longevo) del que hemos hablado en este blog. Me refiero a Carl Milles y a su expresionismo gótico.
En definitiva, en los dominios del Arte también caminamos «asentados sobre espaldas de gigantes», aunque muchos de ellos sean hoy completamente anónimos.

Capiteles del claustro. Abadía de Fontefroide. Foto R.Puig
Las capillas laterales de la iglesia abacial nos deparan también algunas sorpresas, por ejemplo el recuerdo del monseñor español y catalán Antonio María Claret (1807 – 1870) que escapó de España para refugiarse y morir pocos meses después en la abadía, no por incitar a la creación de una república sino por todo lo contrario, ya que fue acusado de excesivo apego e influencia como confesor de la reina Isabel II (1830 – 1904).

Interior de la iglesia abacial. Fontefroide. Foto R.Puig
No soy yo quien para juzgar si este santo varón tuvo algunas dotes de rasputín cortesano. El caso es que, cuando la revolución encabezada por el General Prim (1814 – 1870) destronó a la reina, él la siguió camino del exilio en Francia.

Memoria de otro exiliado catalán. Abadía de Fontefroide. Foto R.Puig
Así que no sólo los monjes cistercienses meditaron sobre los novísimos por estos claustros

El claustro desde los jardines. Abadía de Fontefroide. Foto R.Puig
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Agua
El agua es otra protagonista de esta abadía de la Fuentefría. Gracias a la abundancia de la misma se fundó y aún sigue manando por sus jardines

Abadía de Fontefroide. Un estanque. Foto R.Puig
Allá por el siglo XVII alguien instaló un apático Neptuno en medio de las frondosas terrazas que dominan la abadía.

Neptuno en sus jardines. Fontefroide. Foto R.Puig
No muy lejos, un bloguero fatigado se tomaba un respiro

Visitante en Fontefroide. Foto R.Puig
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Paisajes
En las cercanías de la abadía hay parajes de serena belleza. El camping casi vacío donde pernocté antes de visitarla, me ofreció, a pocos kilómetros de distancia, este atardecer (la foto está tomada desde el borde mismo de mi parcela).

Parajes de Fontefroide. Foto R.Puig
De todas formas yo no puedo competir con el magnífico reportaje gráfico de un entusiasta del departamento del Aude que pueden admirar aquí.
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Detalles
Acabaré destacando algunos particulares junto a los que pasaban los turistas sin prestarles mayor atención, como es el caso de una de las puertas románicas originales hoy en desuso

Entrada románica del siglo XII. Fontefroide. Foto R.Puig
o, muy cerca, un conmovedor San Roque, uno de los más famosos personajes del Languedoc, cuyo perro, no se sabe cuándo, alguien descabezó y de cuya leyenda hay exhaustiva información aquí

San Roque y su perro. Abadía de Fontefroide. Foto R.Puig
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Peregrino como él, tras hacer provisión de algunas botellas del vino abacial (supongo que benditas), me alejo en mi carro camino de Barcelona (aunque mi diosa no me acompañaba, pues prefiere el avión)…

Abadía de Fontefroide. Apolo y Diana en su carro (recompuesto por un restaurador anónimo). Foto R.Puig
No sin antes, das gracias a Dios y manifestar mi aprecio de la tolerancia de San Benito…

Aunque leemos que el vino de ninguna manera es propio de los monjes, como en nuestros días es imposible persuadirles de ello, convengamos al menos en no beber hasta la saciedad sino con moderación, porque el vino hace apostatar hasta a los sabios.
Regla de San Benito, 40, 6-7: «De la ración de bebida»






















