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George Sand en su planeta de los simios

5 agosto, 2018
Un hiver à Majorque. George Sand. Foto R.Puig

Un hiver à Majorque. George Sand. Foto R.Puig

A nuestra llegada a Mallorca, aprovechamos que era media mañana para dedicar unas horas, antes de que comenzase el evento nupcial al que habíamos venido, para subir a Valldemossa, atraídos por la legendaria historia de una de las lunas de miel más famosas de la intelectualidad francesa: la estancia en la cartuja de Frédéric Chopin (1810 – 1849) y George Sand (1804 – 1876) del 15 de diciembre de 1838 al 11 de febrero de 1839.

Pensábamos que la cartuja iba a estar atestada de visitantes ávidos de historia y de romanticismo, pero en realidad los que estaban repletos eran los baretos y las calles del pueblo. Nos sentamos en el más equivocado de los lugares de comida rápida, víctimas gastronómicas de nuestra intención de reservar el mayor tiempo posible para la cartuja y para nuestra vuelta por la carretera panorámica que, bordeando farallones y perspectivas espectaculares sobre el mar, conduce a Deia y a Soller, para luego, a través de un tunel en la montaña, devolvernos a Palma.

No pudimos pues recurrir a la buena cocina de Valldemossa, que sin duda existe, aunque, según nos dijo el camarero, en este pueblo no hay una sola carnicería (la prueba era la nefasta salsa boloñesa de los spaghetti). No obstante pudimos ser testigos del ingenio de los gestores de los escasos cien metros cuadrados del establecimiento para atraer a los turistas, en este caso rusos de ambos sexos y de todas las edades, quienes, como por ensalmo, siguiendo a una señora de voz potente y elevada estatura, invadieron el espacio entre la barra y la apretada línea de mesas contra el muro opuesto, para asistir a una demostración de algo muy interesante que sucedía en el último rincón del restaurante.

El grupo de más de cien personas se esparció a continuación por el interior, por la acera y por las mesas, sosteniendo una copa llena de sangría. La gran atracción que les había reunido resultó ser la demostración práctica de cómo se elabora la famosa y auténtica sangría española… en esta ocasión hecha con trozos de mango, bebida que a continuación degustaban.

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Pero pasemos ya al interior de la Cartuja de Valldemossa…

Vista desde la terraza de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

Vista desde la terraza de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

No seré yo quien repita toda la información que sobre esta famosa meca romántica se encuentra en abundancia en internet. Me limitaré a justificar el título de esta crónica y a mostrar alguna foto de las pocas que hice.

Puedo atestiguar que las numerosas empleadas (y algunos empleados) del ayuntamiento, así como los informantes de las celdas de propiedad privada de la Cartuja se esfuerzan sin mucho éxito por captar la atención de los pocos visitantes en su afán por explicarles la historia y las curiosidades de las celdas y aposentos que les toca atender, desprovistos de cartujos por la desamortización de Mendizábal.

Nosotros no dedicamos tiempo al piano o pianos que se dice fueron de Chopin. Al parecer durante mucho tiempo se engañó al público con un piano construido quince años después de la estancia de Chopin en la cartuja. Se halla en la celda nº2, en la que no habitaron ni Chopin, ni George Sand, ni el hijo ni la hija de la escritora, quienes ocuparon más bien las nº 3 y 4.  Fue otro el “pianino” que le sirvió para componer allí alguno de sus preludios, a pesar de su tisis y su salud precaria,

Pero la visita merece mucho más tiempo que el que pudimos dedicarle. Hay una gran cantidad de objetos de arte y documentos de historia. Fue precisamente una joven empleada entusiasmada sinceramente por los objetos y documentos relativos a Chopin y George Sand, como por ejemplo los textos manuscritos de ella o los dibujos de su hijo Maurice Sand, quien me vendió el ejemplar de Un hiver à Majorque, editado y publicado en la isla en dos versiones, la original y la castellana (Editorial bilibú, Palma 2008, 211 págs)

La mayor parte del libro, la positiva, la que no se refiere a la geografía humana, sino al paisaje y a la arquitectura, proviene de estudiosos franceses interesados por Mallorca de modo competente y detallado, consultados por la autora previamente, pero sobre todo después de su viaje. En cuanto a Chopin, cuando la autora publica en 1842 esta obra (que había ido apareciendo por entregas en 1841), no lo menciona por su nombre ni una sola vez y se refiere a él todo el tiempo como “le malade”, “notre malade” o, todo lo más como “notre ami”.

Un texto chauvinista

Rincón del claustro. Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

Rincón de uno de los claustro. Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

He leído con placer varias novelas cortas de George Sand y no me esperaba que una mujer tan libre, culta y educada, tan excelente escritora, que se se siente a sí misma como “être libre et pensant” se pueda entretener comparándose al monje imaginario que debió de  ocupar la celda en la que se hospeda, para suponerlo gratuitamente como:

homme sans intelligence et par consequent sans rêverie et sans meditation… soumise aux abrutissantes privations de la règle  (pp. 160 – 161)

No me esperaba que haya podido en apenas cuatro meses de estancia en Mallorca concebir sin titubeos los prejuicios que formula sobre sus habitantes a lo largo de todo el libro, como una especie de ajuste de cuentas.

Se podría pensar, como paliativo, que las experiencias que describe con los pocos mallorquines que trató durante ese breve tiempo, se hayan visto filtradas por estados de ánimo de la autora. Pero aunque en aquella época la acogida paisana de extranjeros en España, en especial de un grupo como el suyo, no debía de destacar por su educada tolerancia, con lo mismo se podría haber topado en la Francia “profunda” de su época, que, si atendemos a sus novelas, no desconocía.

Del museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R. Puig

Del museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R. Puig

De los burgueses y “nobles” de la isla (y en general de todos los mallorquines) dice que en cada relación en que intervenía el dinero, por poco que fuese el vil metal, siempre encontraba en ellos  “une mauvaise foi impudente et une avidité grossière” (p.182)

Gigantes. Claustro de la cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

Gigantes festivos. Claustro de la cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

Según ella, para el mallorquín:

la notion du dévouement envers un inconnu ne pouvait pas plus entrer dans sa cervelle que celle de la probité ou même de l’obligeance envers un étranger (p. 183)

Los campesinos de Mallorca son a su juicio ladrones como uno que, aunque se extasiaba con el sonido del piano, eso no le impedía “être un voleur comme tous les paysans majorquins le sont avec les étrangers”. Y concluye su juicio con la siguiente sentencia: “Cet homme avait les besoins d’art d’un Italien et les instincts de rapine d’un Malais ou d’un cafre” (p.139)

Sus estereotipos antisemitas los aplica (de oídas) a la figura del banquero judío de Mallorca:

Le juif est inexorable, mais patient… il pursuit son but avec un génie diabolique: dès qu’il a mis sa griffe sur une propriété, il faut que pièce à pièce elle vienne toute à lui… (p.184)

George Sand osa calcular que en veinte años no iban a quedar señores en Mallorca porque:

Les juifs pourront s’y constituer à l’état de puissance, comme ils ont fait chez nous, et relever leur tête encore courbée et humilié hypocritement sous les dédains mal dissimulés des nobles et l’horreur puérile et impuissant des prolétaires (p.184).

Del museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

Del museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

La dominación de Mallorca por los judíos profetizada por ella  no se cumplió, pero lo que sí ocurrió en Francia a los veinte años de la muerte de la escritora, como fruto de ese mismo antisemitismo que anidaba en todas las clases sociales de la nación vecina, fue la condena abominable del capitán Alfred Dreyfus  (1859 – 1935).

Del Museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

Del Museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

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Viajar no cura el racismo

George Sand apoda a Mallorca “île des Singes” (isla de los Simios) cuando dice que se vieron “environnés de ces bêtes sournoises, pillards et pourtant innocentes”. Si bien subraya que lo dice sin rencor, pues “nous nous étions habitués à nous préserver d’elles sans plus de rancune et de dépit que n’en causent aux Indiens les jockos et les orangs espiègles et fuyards”.

¡Al fin y al cabo no te puedes enfadar con unos orangutanes o unos indios primitivos!

Desde su altiva condición de baronesa consorte (aunque ya divorciada del barón) se siente magnánima y refiriéndose al mallorquín añade condescendiente:

On sent bien que cet être imparfait est capable de comprendre, que sa race est perfectible, que son avenir est le même que celui des races plus avancées, et qu’il n’y a là qu’une question de temps, grande à nos yeux, inappréciable dans l’abîme de l’éternité (p.185).

Incluso cuando admira la belleza y la amabilidad de una joven cabrera de dieciséis años, se expresa así:

Pauvre petite Périca tu n’a pas su et tu ne sauras jamais quel bien tu me fis en me montrant parmi les singes une créature humaine douce, charmante et serviable sans arrière-pensée! Le soir nous étions tout réjouis de ne pas quitter Valldemossa sans avoir rencontré un être sympathique (p.201)

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Despedida de la baronesa

Cuando finalmente, en Barcelona, George Sand con su hijo y su hija y su “amigo enfermo”, gozando de un privilegio republicano, se embarca en un navío francés de guerra, el Méléagre, para volver a Francia, este es el párrafo del libro que describe su alivio:

…en nous voyant entourés de figures intelligentes et affables, en recevant les soins généreux et empressés du commandant, du médecin, des officiers et de tout l’equipage; en serrant la main de l’excellent et spirituel consul de France, M. Gautier d’Arc, nous sautâmes de joie sur le pont en criant du fond le l’âme: Vive la France. Il nous semblait avoir fait le tour du monde et quitter les sauvages de la Polynésie pour le monde civilisé (pp. 210-211)

Frascos de farmacopea. Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

Frascos de farmacopea. Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

¿Habrá algún preparado de la farmacopea que extirpe de nuestro núcleo cerebeloso más reptiliano y recóndito ese instinto racista del que ni siquiera la educación, la fortuna o la cultura son con triste frecuencia capaces de liberarnos?


Para acabar con una sonrisa

Del Museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

Del Museo de la Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

Los aposentos de la Cartuja de Valldemossa albergan delicadas y curiosas obras de arte, ediciones raras y manuscritos que no despiertan demasiado interés entre los turistas.

Sobre los perros. Varia commensuración. Juan de Arphe y Villafane, Madrid 1795

Sobre los perros. “Varia commensuración”. Juan de Arphe y Villafane, Madrid 1795

Sin embargo, como entre los lectores y lectoras de este blog sé que no faltan aquellos a quienes mueve el amor desordenado por lo bien impreso, me siento en el deber de advertir a quien visitase la cartuja y sintiese la tentación de la biblocleptomanía que se expone a ser condenado (o condenada) severamente…

Excomunión para los que roban en las bibliotecas. Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

Excomunión para los que roban en las bibliotecas. Cartuja de Valldemossa. Foto R.Puig

 

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