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Nacimiento

25 diciembre, 2022
Hilario Mendívil. Nacimiento artesano cusqueño (detalle). Cortesía de Manuel García Solaz

Érase una vez un recién nacido al que sus padres llamaron Jesús, nombre bastante común en las comunidades judías de Palestina, por entonces sometidas a los romanos. Cualquiera de mis lectores podría continuar con la historia de aquel niño. No les cuento nada nuevo. Lo que ya es materia más intrincada de la historia del mundo durante más de veinte siglos es que un nacimiento como tantos otros convirtió, por obra del mismo niño devenido adulto, lo que fue su intento de renovar la sociedad y la religión de sus compatriotas judíos en el origen de un largo proceso que cambió el mundo, como ningún otro lo ha hecho. En esa larga historia de siglos hay luces y sombras, como no puede ser de otro modo cuando millones de seres humanos han intervenido en ella. Hoy, aquel nacimiento se celebra en las fiestas navideñas, aunque adornado de las fábulas y ritos, cuentos y cuentas, de árboles, renos, barbudos en trineos voladores y otras muestras de la comprensible creatividad festera de los seres humanos.

Digo que cambió el mundo, porque sin el humanismo cristiano que parte de Jesús no se podrían explicar los avances filosóficos, éticos, ideológicos, sociales, jurídicos y políticos que, en medio de tantos avatares, a pesar de guerras y conflictos, lo mejor del pensamiento y la voluntad de los seres humanos ha aportado a nuestras sociedades y a nuestras vidas durante más de veinte siglos y por todo el mundo.

Los actores de estos laboriosos progresos, por ejemplo en derechos humanos, libertades y democracia, no han sido necesariamente creyentes religiosos, ni se han sentido parte de la evolución del humanismo cristiano, pero, gracias a la semilla que aquel hombre sembró, la humanidad tiene hoy, no obstante los impulsos de destrucción que siguen aquejándonos, los instrumentos morales y las formulas de libertad y convivencia que protegen a los hombres de sus propios demonios.

Luces de la tarde ayer, día de Nochebuena, en Göteborg. Foto R. Puig

Luces y sombras

Hablando de nuestros demonios, y como no puedo dejar de pensar en lo que están afrontando los ciudadanos de Ucrania, me permito citar algo que leí ayer en un artículo de un periodista que escribe mucho mejor que yo:

Un escritor ucraniano imaginó una nochebuena fría en la que el diablo robaba la luna para sumir en la oscuridad a los enamorados. Es sabido que al diablo le molesta el amor tanto como le place la desesperanza, y por eso su mejor obra, su más perfecto oficio de tinieblas se consumará esta noche en mil aldeas ucranianas a las que no llegará la luz de la navidad. Un diablo bombardeó su red eléctrica para impedir que sus habitantes se miren y sigan creyendo, para evitar que se les ilumine la cara al reconocerse entre sí, al constatar la vigencia de la vida pese a tanto daño. Porque el diablo teme que baste una mirada para reavivar el deseo de permanecer juntos, el fuego de la lucha por la libertad.

La navidad no es otra cosa que un punto de luz rodeado de noche. Lo saben los alcaldes que se niegan inteligentemente a recortar la partida anual del alumbrado navideño y lo han sabido todos los pintores enfrentados al desafío temático del portal de Belén. Del Greco a Murillo, de Caravaggio a Rubens, los grandes maestros coinciden en el empleo del claroscuro para expresar la irrupción divina en la historia humana que cuenta el dogma cristiano. El niño, entre las pajas del pesebre o en el regazo de su madre, encarna el foco de claridad a partir del cual se despliega la escena, en la que humildes pastores o magos suntuosos reflejan la luz primigenia o la degradan según se acerquen o se alejen del recién nacido. Hasta los Python acataron este canon estético en aquel fotograma radiante que suspende su irreverencia proverbial para mostrar por un segundo el destello cegador del mesías verdadero, nacido casualmente en el portal contiguo al de Bryan.

Efectivamente: se trata de buscar el lado luminoso de la vida. La navidad es un contraste de esperanza en mitad de la preocupación. Una buena noticia que colamos en la escaleta de los despropósitos habituales. No se precisa la fe -basta el arraigo cultural, la memoria que caló nuestra infancia- para experimentar una dulce pausa en las ansiedades cotidianas al contemplar el nacimiento que simboliza todos los nacimientos. Es decir, la esperanza misma.

No debiéramos permitir que nos roben un apacible resplandor o siquiera un fulgor momentáneo. Es cierto que aquí a cada cual lo envuelven sus propias sombras, quizá espesas. Y que a veces no hay estrella que alumbre lo suficiente para horadarlas. Pero sí hay hogares ucranianos que hoy mismo, acaso entre escombros, harán frente a la noche más oscura armados de velas, a nosotros deberían sobrarnos los motivos para reflejar la luz. Feliz Navidad.

Jorge Bustos, «Luz en la noche», 23 de diciembre 2022
Foto Sergei Supinsky, AFP (del mismo artículo)
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