Gianicolo
Comenzamos esta crónica con el busto de un bigotudo combatiente garibaldino, de los que hay decenas sobre el Gianícolo. Los que murieron allí en 1849 ilustran una especie de regla de la historia, o al menos de algo que se ha repetido ya varias veces: las revoluciones alientan el espíritu revolucionario allende sus fronteras, pero, cuando ese impulso empieza a convertirse en movimiento libertario, lo que suele ocurrir es que en la casa madre se ha restaurado el despotismo y a los revolucionarios como Garibaldi se le ponen las cosas cuesta arriba o, con más precisión, cuesta abajo, porque los que subían por la vía Aurelia para defender los Estados Pontificios eran esos mismos franceses que habían inspirado sus ideales de libertad.
A Garibaldi le tocó escapar cuesta abajo y en retirada ante el asalto final de las tropas imperiales, acompañado por su mujer Anita en avanzado estado de gestación, no sin haber ofrecido una feroz resistencia que sembró la colina del Gianicolo de garibaldinos muertos. En la estatua, bajo la cual yacen sus cenizas, la audaz brasileña, mujer de Garibaldi, está representada a caballo, pistola en mano y con un niño en brazos. En realidad debería sustituirse el bebé por un vientre de embarazada.
Si se asciende con el coche al Gianícolo, para disfrutar de la vastisima visión de Roma , conviene hacerlo en fin de semana para aparcar arriba sin problema y luego, descendiendo por la via Garibaldi, detenerse acaso frente a la Academia de España, en la acera del osario de los combatientes de la citada batalla entre el ejército de Garibaldi y las fuerzas franco-papistas (lo cual se demuestra en la instantánea de mi bólido aparcado holgadamente delante del Mausoleo).
Por cierto que la loba romana del mausoleo parece estar muy molesta con Rómulo y Remo, esos dos mamones que cuelgan insaciables de sus ubres. El gesto de su boca es sumamente expresivo de la mastitis que le están causando.
Del otro lado de la calle está la Academia de España, que gracias a históricas intervenciones de los Reyes Católicos y de Carlos V está cómo y dónde está, para disfrute de los afortunados becarios que en ella se alojen.
No sólo tiene un magnífico emplazamiento, sino también incluye en su recinto la iglesia de San Pietro in Montorio, el templete de Bramante y unos jardines privilegiados, amén de un edificio posterior que, si no me equivoco parece la residencia del embajador, frente por frente con la magnífica y refrescante Fuente de Acqua Paola.
Pero el emplazamiento más sorprendente y privilegiado es el de la embajada de Finlandia ante la Santa Sede, en la parte alta de la colina junto a la estatua de Anita Garibaldi. Seguramente los católicos de aquel país estarán satisfechos de tener un embajador en permanente estado de éxtasis frente al panorama que se le ofrece a través de las grandes vidrieras de ese magnífico palacio renacentista, varias veces centenario.
Ponte dei lucchetti
El pasado día 7 hablaba del Ponte Milvio y prometía explicar el porqué de que también se le llame Il ponte dei Lucchetti. No dejemos pasar más tiempo sin satisfacer la curiosidad que ello hubiera podido suscitar.
Un lucchetto es un candado, así que el puente Milvio es también el puente de los candados. Hace ya unas décadas las parejas de enamorados comenzaron una práctica, ahora convertida en tradición: simbolizar la solidez y la perdurabilidad de su amor mediante un candado con la fecha y sus iniciales. El luccheto secierra en torno a las antiguas barras que existen en el puente a modo de parapetos de protección o con cualquier otro sistema, como por ejemplo cadenas de moto alrededor de las farolas.
En realidad, parece que esta moda se inventó en China y luego pasó a Europa por Hungría y a Italia por Merano y Florencia (Ponte Vecchio), para consolidarse en Roma en el ponte Milvio. Hace tres años se produjo el robo de los candados que rodeaban cual guirnaldas de hierro unas de las farolas. El asalto de los cacos hizo caer la farola, aunque luego fue restaurada e incluso se recuperó el botín. Con tal motivo algunos creativos lanzaron un ponte dei lucchetti virtual, que permite cumplir con el ritual sin salir de casa: http://www.lucchettipontemilvio.com/home/index.php
Como es fácil imaginar, esta práctica romántica exige que la llave se arroje a las aguas del Tíber, de modo que el candado no se pueda volver a abrir, convirtiéndose así en símbolo de un amor indisoluble. Lo que no obsta para que los innumerables candados acoplados al puente se vayan oxidando lenta y fatalmente. Los optimistas verán en ello la solera del amor añejo, los pesimistas el progresivo aburrimiento de esos matrimonios que nuestro Forges amablemente fustiga en algunas de sus viñetas,
No sabemos si cuando algunas de estas parejas, ya oxidado su vínculo, se divorcian, vienen con una cizalla, buscan afanosamente su candado y lo rompen, para que sus restos vayan a reunirse con la llave que años antes arrojaron desde el puente.
La Accademia di Belle Arti de Roma
La via di Ripetta, en cuyo número 222 se sitúa desde el siglo XIX la Academia de Bellas Artes de Roma (desarrollo de la Accademia di San Luca nacida en el siglo XVI), es una larga calle que desciende desde la Piazza del Popolo, paralela y ligeramente divergente de Via del Corso y a poca distancia de la Plaza de España.
Junto a la Academia, mirando al Tíber, está el Ara Pacis de Augusto, gran altar esculpido por sus cuatro costados, que exalta la paz octaviana y narra las glorias de Roma, visible desde la calles a través de los grandes ventanales del edificio moderno de Richard Meier que protege desde hace pocos años el monumento.
El gran caserón de la Accademia, flanqueado por un gran patio semicircular con palmeras, es desde los últimos días de octubre un hervidero de profesores y alumnos (unos mil seiscientos este año), que suben y bajan por las escalinatas de mármol entre los cuatro pisos del edificio, ornamentados por calcos decimonónicos de esculturas clásicas, tan patinados por el polvo del tiempo que pudieran pasar por reproducciones de muchos siglos atrás.
Desde las ventanas de los pisos superiores se divisan los tejados y cúpulas adyacentes y las fachadas de la vía di Ripetta con el tradicional color terracota de muchos edificios romanos.
Los medios materiales y los espacios se han ido quedando vetustos para tantos alumnos y para las nuevas especialidades, la organización administrativa se ve desbordada, pero la calidad del profesorado compensa. El alumnado de todos los continentes muestra el mismo entusiasmo que si contase con instalaciones ultramodernas. Al parecer una sede complementaria está en proceso de puesta en marcha, dicen que para el segundo semestre, en la zona universitaria de Roma. A los que venimos de los estupendos espacios de los talleres de la Facultad de Bellas Artes de Altea las aulas de la Accademia nos exigen un esfuerzo ascético no exento de espíritu romántico. Por aquí se respira aún el aire de la bohemia de finales del siglo XIX y principios del XX.
Los recursos de las tecnologías de la información no se han apenas integrado en la docencia en este viejo palazzo, aunque las especialidades que precisan de medios digitales ya se imparten desde hace dos años. Hay un aula multimedia con diez o doce ordenadores, muy lejos de nuestras aulas de ordenadores y de los espacios Wi-Fi de la Universidad Miguel Hernández. Lo que resulta impagable es que basta salir a la calle para que, bien en dirección a la Trinitá dei Monti, bien al Tiber aledaño, o hacia el Panteón, la Plaza Navona, Piazza Venecia o el Foro, el cuaderno de bocetos se empiece a llenar con líneas,colores, ideas, figuras y luces. Por el lado de los recursos bibliográficos aunque la biblioteca de la Accademia brille por su ausencia, las otras bibliotecas disponibles en Roma son muy accesibles y de una gran riqueza para el estudio del arte. De alguna hablaremos más tarde.
Durante la última semana de octubre y las dos primeras semanas de noviembre los profesores, en repetidas sesiones, presentan cada uno su programa a los alumnos , en una especie de mercado interno de oferta y demanda para conseguir suficientes inscritos a su curso. El estudiante puede comparar y elegir entre, por ejemplo, catorce profesores diferentes de Anatomía Artística, doce de Dibujo, diez de Decoración, etc. En estas introducciones se explican las formas de trabajar, los objetivos, las salidas para dibujar en los museos, los viajes de estudio, los workshops externos con los cuales se va a colaborar, los proyectos especiales de la asignatura, etc. Puedo decir que, hasta ahora, todas las exposiciones me han parecido de un gran nivel de contenido y de expresión y que no ha sido fácil elegir. A partir de la semana del 15 de noviembre toca arremangarse y ponerse a trabajar.
La Roma marcada
A Mussolini lo colgaron ya muerto, cabeza abajo, junto a su amante, Chiara Petacci, en una plaza de Milán. Otros déspotas acabaron también de forma violenta a lo largo de la historia italiana, aunque ahora no se les rememore como déspotas sino como emperadores de la Roma clásica. Sus desmanes no se recuerdan cuando el turista se extasía ante sus arcos de triunfo, sus anfiteatros y estadios y las inscripciones en piedra de sus epopeyas. Por sólo hablar del Imperio Romano, pues las ciudades estado del Renacimiento y los Estados Pontificios cuentan de igual modo con una ilustre ración de crueles tiranos y papas belicosos. Lo que ocurre que sobre ellos ha caído más abundante el polvo de los siglos y de las obras de arte que al viajero se le ofrecen no trasciende ya el dolor y la sangre de los oprimidos, sólo queda la terca presencia de las piedras, bronces y mosaicos que a costa de ellos se erigieron.
Por lo que respecta a Mussolini (él mismo, como las obras que hizo construir, una especie de pastiche de la Roma imperial), si se quisieran borrar las huellas del Duce de los muros, los puentes y otras obras romanas, habría que emprender una enorme tarea de demolición. No se trata sólo de las leyendas que relatan las “hazañas bélicas” del Fascio en el este de África, fruto de un cruel sueño enfermizo de imperio colonial o de las escenas en bajorrelieve exaltando la raza itálica en las monumentales construcciones olímpicas (con fornidos atletas cortados todos por el mismo patrón y ergonomicamente erróneos), sino de los mismos edificios de vecinos (obra por otro lado de muchos competentes arquitectos y escultores a quien les tocó trabajar en aquella época amarga) que siguen recordando al Dux en los mosaicos de sus fachadas, en inscripciones esculpidas en latín o en sus bajorrelieves idílicos.
En resumidas cuentas, se podría recorrer Roma simplemente estudiando cómo aquel dictador, racista, violento y rijoso (al respecto acaban de publicarse unos elocuentes diarios de Chiara Petacci) del que se burlaría Chaplin en su conocida parodia sobre Hitler, fue marcando con su nombre y su incontinente soberbia esta fascinante urbe. Ironías de la historia: cuando pocos recuerden a Charlot, muchos podrán seguir observando junto a los vestigios de la Roma clásica los otros restos, los que quiso ir deponiendo, como marcas en su territorio y para ser recordado, aquel remedo de emperador que pretendió ser il Duce.
No obstante, a pesar de la alarma que ello suscita en movimientos como «Il Fronte Romano Riscatto Popolare», los mosaicos que Mussolini dejó para que se le recordase en el Foro Itálico van desapareciendo bajo las pisadas de los tifosi que en los días de partido se dirigen hacia el estadio olímpico.
El agua, la intemperie y los espontáneos que arrancan las teselas, van poco a poco desmontando los gritos de Duce! Duce! Duce! que aún quedan en esa zona de Roma como muestra del mal gusto del fascismo.
Pierre Henri de Valenciennes
Roma ha fascinado a muchos pintores. Entre ellos hay un francés que en el siglo XVIII pasó varios años en la ciudad y pintó sus cielos y sus alrededores, justo por la misma época en que Goethe viajaba por Italia. La mayoría de sus cuadros con paisajes de Italia están en el Louvre y no pocos, casi innacesibles en colecciones privadas, con la excepción de su obra más famosa (aunque para mí no la más cercana al gusto de hoy), «Capricho de Roma con el final de una maratón», de 1788 que está en el San Francisco Museum of Fine Arts.
Pero curiosamente no he logrado todavía encontrar un libro monográfico dedicada a Pierre Henri de Valenciennes (nota del día 20/11/2010: lo que ya está en proceso de subsanarse).
Capricho de Roma con el final de una maratón, 1788
El interés que puede despertar este artista en quien, como decíamos ayer, llega a Roma a la búsqueda de sus cielos, su luz, los edificios comunes y centenarios que pueblan la campiña del Lazio alrededor de Roma es que su obra sigue presentando una gran frescura, como si hubiera sido pintada en nuestro tiempo.
Granjas cerca de Villa Farnese, 1785

Vaquería y casas en la colina del Palatino, 1785
Y los cielos de Roma, claro está, siguen apareciendo sobre nosotros cada día, tal como los pintara Pierre Henri de Valenciennes, invitándonos a subir a sus colinas, a pasear por sus viali y a adentrarnos por la campiña romana.
Amanecer desde el Gianicolo, 1782-4 (National Gallery, London, Gere Collection)
Subir al Gianicolo es acercarse a la Academia de España y disfrutar de una de las vistas más recomendadas de Roma.
Ponte Milvio
Desde ayer resido a 50 metros del puente que se hundió bajo el peso de las tropas de Majencio el 28 de octubre del año 312 d.C. como colofón de la victoria que obtuvo Constantino, el Ponte Milvio. Según el historiador cristiano Eusebio el futuro emperador arremetió bajo el signo de la cruz contra el último obstáculo que le quedaba por eliminar en su lucha por el poder. Todos hemos escuchado en el colegio la narración del famoso sueño: «con este signo vencerás».
No es casualidad que la mamá de Constantino, Santa Elena, se fuese años más tarde de peregrinación a Jerusalém, para dar gracias a Dios por sus hijos y nietos (bueno, excepto por Crispo a quien el piadoso Constantino había asesinado por que no le gustaba como sucesor) y tuviese otro sueño sobre el lugar en donde la cruz de Cristo estaba enterrada. A partir de entonces el peso de la madera de la cruz, es decir de todos los lignum crucis que han proliferado, tuvo un crecimiento exponencial.
En realidad no traería a colación todo esto si no hubiese leído hoy los reproches del papa Ratzinger a la laicista España. ¡Y pensar que si hubiera ganado Majencio no tendríamos hoy ni Vaticano ni visitas del papa! Bueno, por no tener no tendríamos tampoco peregrinaciones a Santiago de Compostela… Lo que sería perjudicial para la venta de botas Chiruca.
Otro día, por ejemplo cuando vaya a visitar el Vaticano , podremos ampliar estas reflexiones…Hoy la lucha de poderes la he estado viendo y escuchando por el barrio, ya que me encuentro a cinco minutos a pie del estadio olímpico, donde hoy ha caído la squadra de la Lazio 0-2 frente a una Roma que andaba diez puntos por debajo de su rival.
«Bajo este signo vencerás»
Aquí lo llaman a este encuentro «el Derby» y eclipsa sin duda alguna la memoria de aquel otro derby Constantino–Majencio, que acabó con la cabeza de este último sobre una pica. Hoy no parece que haya habido cabezas cortadas, supongo que gracias a los 700 policias y carabinieri que tenían sitiada la zona, aunque el atasco antes y después ha sido monumental.
Pero el Ponte Milvio se llama también el Ponte dei lucchetti. ¿Por qué? Vaya… dejemos algo para otro día.
E la nave va
En son de luz
La nave que me trajo de Barcelona a Civitavecchia no se aventuró por el difícil estrecho de Bonifacio, entre Cerdeña y Córcega , a causa de la mar gruesa, frustrando así el deseo de ver los acantilados de ambas islas a babor y estribor bajo el sol del atardecer. Pero, un poco más tarde, llegó la compensación: navegábamos entre la isla del Elba y la isla de Montecristo, entre cuyos farallones sitúa Alejandro Dumas el hallazgo del tesoro del difunto abate, su compañero de prisión, por parte de Edmundo Dantès.
El sol se pone tras la isla, una columna de nubes la corona, el mar se rinde al cielo, y el perfil de la montaña evoca un volcán incendiado por el astro de fuego. Con esta visión comienza a germinar el título de este blog que hoy despega. Aunque al final desembarcaré con cinco horas de retraso y ya de noche, vengo a Roma “en son de luz”. La mañana del miércoles 21 de octubre en Roma confirma con sus luces de otoño (vegetales, leñosas, aéreas, vaporosas, ásperas, resbaladizas, fluyentes, pétreas, murales, terrosas) firmes o fugitivas, en un proceso de cambio efímero y eterno, esa primera intuición.
Si vienes a Roma para dedicar el año a la pintura, al dibujo, la escultura y a la historia del arte en directo, como yo, has de venir en son de luz. A Roma, durante siglos, ejércitos o viajeros y peregrinos han llegado en son de guerra o en son de paz. Pienso que los pintores y poetas venían y vienen en son de luz. Entonces, con los ojos y los demás sentidos bien abiertos, Roma responde a diario, por cualquier rincón, desde cualquier perspectiva, de tantas como te abre, a pie, en autobús, en tranvía, en coche, por sus varios centros históricos o por sus extensas irradiaciones con las que se entrevera la campiña del Lazio, con todos los matices y vibraciones de su luz, en un continuo estremecimiento impalpable.
Goethe llegó a Roma el 1º de noviembre de 1786 (“Viaje a Italia»), yo muchos años y unos días más tarde siento como mías algunas de sus sensaciones. El día antes de iniciar la última etapa hacia la ciudad, el 28 de octubre, escribe: “No son aún las ocho, todos se han acostado, de modo que puedo recorrer por última vez mi pasado reciente y alegrarme con el pensamiento del inminente futuro. La jornada de hoy ha sido muy hermosa y serena, la mañana bien fría, el día claro y templado, la tarde un tanto ventosa pero bella”. El 7 de noviembre escribe: “no me canso de abrir los ojos y de mirar, de ir y venir, ya que sólo en Roma nos podemos preparar para comprender Roma”.
































