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Gianicolo

17 noviembre, 2010

Comenzamos esta crónica con el busto de un bigotudo combatiente garibaldino, de los que hay decenas sobre el Gianícolo. Los que murieron allí en 1849 ilustran una especie de regla de la historia, o al menos de algo que se ha repetido ya varias veces: las revoluciones alientan el espíritu revolucionario allende sus fronteras, pero, cuando ese impulso empieza a convertirse en movimiento libertario, lo que suele ocurrir es que en la casa madre se ha restaurado el despotismo y a los revolucionarios como Garibaldi se le ponen las cosas cuesta arriba o, con más precisión, cuesta abajo, porque los que subían por la vía Aurelia para defender los Estados Pontificios eran esos mismos franceses que habían inspirado sus ideales de libertad.

A Garibaldi le tocó escapar cuesta abajo y en retirada ante el asalto final de las tropas imperiales, acompañado por su mujer Anita en avanzado estado de gestación, no sin haber ofrecido una feroz resistencia que sembró la colina del Gianicolo de garibaldinos muertos. En la estatua, bajo la cual yacen sus cenizas, la audaz brasileña, mujer de Garibaldi, está representada a caballo, pistola en mano y con un niño en brazos. En realidad debería sustituirse el bebé por un vientre de embarazada.

Si se asciende con el coche al Gianícolo, para disfrutar de la vastisima visión de Roma , conviene hacerlo en fin de semana para aparcar arriba sin problema y luego, descendiendo por la via Garibaldi, detenerse acaso  frente a la Academia de España, en la acera del osario de los combatientes de la citada batalla entre el ejército de Garibaldi y las fuerzas franco-papistas (lo cual se demuestra en la instantánea de mi bólido aparcado holgadamente delante del Mausoleo).

Por cierto que la loba romana del mausoleo parece estar muy molesta con Rómulo y Remo, esos dos mamones que cuelgan insaciables de sus ubres. El gesto de su boca es sumamente expresivo de la mastitis que le están causando.

Del otro lado de la calle está la Academia de España, que gracias a históricas intervenciones de los Reyes Católicos y de Carlos V está cómo y dónde está, para disfrute de los afortunados becarios que en ella se alojen.

No sólo tiene un magnífico emplazamiento, sino también incluye en su recinto la iglesia de San Pietro in Montorio, el templete de Bramante y unos jardines privilegiados, amén de un edificio posterior que, si no me equivoco parece la residencia del embajador, frente por frente con la magnífica y refrescante Fuente de Acqua Paola.

Pero el emplazamiento más sorprendente y privilegiado es el de la embajada de Finlandia ante la Santa Sede, en la parte alta de la colina junto a la estatua de Anita Garibaldi. Seguramente los católicos de aquel país estarán satisfechos de tener un embajador en permanente estado de éxtasis frente al panorama que se le ofrece a través de las grandes vidrieras de ese magnífico palacio renacentista, varias veces centenario.

3 comentarios leave one →
  1. maria permalink
    25 noviembre, 2010 20:54

    Hola Papá,
    me encanta como cuentas las historias – demonstrando que no hay history sin story – sacando a relucir relieves casi invisibles en esas memorias de poderes y flaquezas que perduran en la piedra.

    Y en este post en particular: cómo me ha gustado tu solidaridad con las hembras – la embarazada mujer de Garibaldi que las piedras immortalizan con pistola y al galope, y que seguramente la pobre lo pasara bastante mal bajando la cuestita a toda leche y dando tumbos (espero que no fuera en pleno Agosto ;))…

    Y hablando de leche: qué decir de tu atención al gesto dolorido de la loba, me pregunto si a alguien se le habra ocurrido nunca que la pobre estaba hasta los pezones de humanos hambrientos!

    Vamos que si a ti Roma seguro que te hace efecto, no te digo que efecto le vas a hacer tú a Roma… 🙂 Si sigues así te van a dar un premio las historiadoras feministas.

    Un beso desde Leicester… (que por cierto aunque suene a destino sin gloria… aquí tambien vinieron los Romanos).

    Maria

    • 25 noviembre, 2010 21:18

      Pues por desgracia sí, la huida de las tropas imperiales y papistas fue en agosto. Giuseppe Garibaldi y Anita (que era la que había enseñado a montar a caballo a su marido durante la campaña de Brasil) ya habían tenido cuatro hijos, de los cuales vivían tres. Anita murió durante la huida en las marismas de Comacchio, agotada por la tremenda cabalgada en avanzado estado de gestación. Cuentan que Leggero (Ligero), el caballo de Anita, tiró insistentemente de Garibaldi, que se resistía a abandonar a su esposa muerta, y lo salvó así de ser capturado y de un seguro fusilamiento.

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  1. Bajo el cielo de Madridp | en son de luz

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