Tras salir de Marvejols enfilo de nuevo la A75, atravesando por un tiempo el departamento de Cantal y parando brevemente en el mirador del viaducto de Garabit, airosa obra de Eiffel, sobre el que aún circulan los trenes.
Si los obreros que fabricaron los bulones que aún sostienen firmemente esta hermosa estructura hubiesen elaborado también los del Titanic, quizás aquél no se hubiera ido a pique.
Continuando el viaje, me adentro en el departamento de Puy-de-Dôme y en la región de Auvernia.
Al avistar el torreón de Montpeyroux (el monte de la piedra o “pedregoso”), tomo la decisión de visitar el pueblo, en vez de pasar de largo como en ocasiones anteriores.
He acertado… El paseo por el pueblo me aporta una mágica sensación de vuelta al pasado.
Desde el aparcamiento umbrío junto al cementerio recorro la calle que asciende hacia la iglesia
y al arco del reloj.
Por esa puerta atravieso la muralla hacia el torreón
y hacia las hermosas casas de piedra que lo rodean.
Desde Montpeyroux se divisa el valle del Allier
Y el perfil inconfundible del Puy-de-Dôme.
Pero hay un detalle que no viene en las guías.
Bajando por la calle, que desciende desde la fachada de la iglesia hacia un mirador de amplias vistas, hay,en el primer chaflán a la izquierda, un modesto museo al aire libre.
Se trata de un sobrio homenaje a los diestros canteros que, durante siglos, trabajaron aquí, tallando la piedra que se extraía del propio monte sobre el que está asentado el pueblo.
Esculpir la piedra es una de esas acciones que me emocionan y me trasportan a otros tiempos. Los instrumentos de aquellos artesanos admirables, que se trasmitían el duro oficio de padres a hijos, están aquí expuestos en varias vitrinas bajo un soportal.
Como muestra de su trabajo, unas perfectas ruedas de molino, talladas con absoluto rigor geométrico.
Con este recuerdo, retorno al coche, aparcado junto al cementerio, donde converso agradablemente con una joven pareja inglesa que viene del condado de Norfolk.
Me despido de Montpeyroux, no sin reposar la vista sobre sus campos de trigo ya en sazón.
Mi travesía estival hacia Escandinavia. (I) De Els Poblets a Marvejols, en la ruta más hermosa de Francia.
Dedico esta entrada a mi hijo mayor, más nómada que yo.
El viernes pasado, muy de madrugada, salida hacia Gotemburgo en mi travesía estival hacia Suecia, embarcado en mi ‘multivan’ Volkswagen T3 de 1989 (última serie de las “caravelle” con motor atrás), que ya va camino de ser un vehículo histórico. Me la mantiene Nito en su taller, dedicado exclusivamente a esta especie de furgonetas, en Cheste. Así que no hay que temer averías.
Parada para desayunar con mi hijo en Martorell y ruta de nuevo hacia Francia. Pronto dejo la autopista A9 para ascender por la A75, la más alta del hexágono, que, a mi modo de ver, junto con su continuación la A71, recorre las regiones más hermosas del corazón de Francia. Tras atravesar el aerodinámico viaducto de Millou, paso del departamento de Aveyron al de Lozère y circulo sin prisas por el paisaje de la Vallée du Lot para llegar a útimas horas de la tarde al camping de Marvejols.
Es la calma total, sólo animada por el sonido de las aguas trasparentes del torrente de La Colagne, que bordea la parcela donde paso la noche.
Por la mañana visito la villa medieval, destruida durante las guerras de religión, que fue reconstruida por Enrique IV. No encontré ninguna placa en memoria de su población protestante, masacrada por tropas católicas durante aquellas hazañas en nombre de la religión, pero sí una que agradece al rey su obra.
En la plaza del mercado campea, contemporánea, una fea estatua de bronce dedicada al monarca.
Enrique IV es el personaje más importante de este lugar, junto con la famosa bestia del Gévaudan, enorme y legendario animal al que se atribuyeron decenas de muertes, sobre todo de mujeres y niños, en esa comarca boscosa y abrupta, al norte de Marvejols, entre 1764 y 1767. Este bicho cuenta con otra abominable estatua, del mismo escultor local, pero no hay ninguna en memoria de los niños que se comió.
Ilustro brevemente con mis fotos, el mercado local de los sábados…
Las puertas medievales de Marvejols…
Sus calles…
Y las enseñas de sus cafés…
Pero el departamento de la Lozère, con sus parque nacional de Cévennes, sus innumerables valles y gargantas y sus pueblos medievales me seguirá guardando motivos para volver.
De las innumerables aperturas de toda obra de arte. En los cincuenta años de la OPERA APERTA de Umberto Eco
Cincuenta años de “Obra abierta” de Umberto Eco
Los que en aquellos años sesenta (¡del siglo pasado!) éramos ilusos jóvenes filosofantes, poetas secretos y artistas incomprendidos (¡no podía ser de otro modo, pues nadie sabía de nosotros!) y soñábamos con ser los intelectuales del futuro, tuvimos una especie de revelación con la lectura laboriosa de “Opera aperta” de Umberto Eco.
Cuando aquel libro estaba a punto de salir de las prensas, el que suscribe dejaba el colegio, yo y mis compañeros de la sección B del curso preuniversitario posábamos así de encorbatados para la foto de la promoción del 62.
Pues bien, la primera edición la publicó la editorial Bompiani en 1962. Yo la leí en la segunda de 1967, en mis tiempos de estudiante en Italia, cuando ya había suscitado un enorme debate. Dicha reedición apareció con una segunda introducción del autor y notables modificaciones y añadidos. Hay que decir que una constante en los ensayos de Umberto Eco es examinar las críticas que se le hacen, ponerse al día con su propia autocrítica y reeditarlos. Creo que es un magnífico ejemplo de juventud de espíritu.
No ha sido Umberto Eco el único de los escritores, poetas, músicos, ensayistas y, en general, intelectuales italianos, que tenían entre diez y quince años cuando acabo la guerra en 1945 y que en los años 60 iniciaron una corriente provocadora, que no tiene que ver con las vanguardias de la primera mitad del siglo. Ellos privilegiaban la obra y no se perdían en manifiestos revolucionarios. Privilegiaban la experimentación sobre la declamación y preferían a Marcel Proust, James Joyce o T.S. Eliot en vez de André Breton, Filippo Marinetti o Tristan Tzara
Dirigieron sus miradas más allá de las fronteras de Italia e iniciaron la superación del ensimismamiento de los seguidores de la estética de Benedetto Croce, o el encastillamiento de los intelectuales que habían militado en la Resistencia o en su adversaria la República de Salò.
Los jóvenes experimentalistas jubilaron el realismo socialista, no sin vivas reacciones de aquellos autores y creadores consagrados (con excepciones destacadas como la de Ítalo Calvino) y de los intelectuales del comunismo italiano (con la excepción de Mario Spinella, director de “Rinascita”), quienes no consiguieron abrirse a la comprensión de las corrientes que soplaban fuera de Italia.
Ese era el contexto al inicio de los años 60 en Italia como lo ha descrito el mismo Umberto Eco en su ensayo “Il Gruppo 63, quarant’anni dopo”, una conferencia del año 2003 publicada el año pasado en el libro “Costruire il nemico e altri scritti occasionali” (Milano, Bompiani 2011).
Eran inquietos y provocadores y recíprocamente muy críticos con sus propias obras, aunque la discrepancia creativa no quebraba la amistad y la empatía intelectual que les unió (en esto se distinguieron también del espíritu de querella interna y narcisismo de las vanguardias históricas). Como dijo Eco en la primera reunión del “Grupo 63” en Palermo, la “Generación de Neptuno” se alzaba frente a la “Generación de Vulcano”.
En contraste con las poéticas de los manifiestos sin casi obra de las vanguardias radicales, se situaba la poética de la obra. Frente a la revolución y los asaltos románticos a los “palacios de invierno” literarios, se propugnaba la lenta experimentación y el saber filológico. Fue una “neo-vanguardia” que dejó claro que “la eversión política no podría ya asimilar la eversión artística”. Fueron cinco años de intensa experimentación de un grupo que se disolvería en 1968.
Opera aperta
Umberto Eco ha tenido siempre una endiablada capacidad para explicarnos intuiciones simples de forma prolija, con todas sus ramificaciones y epigénesis. Cuando escribe ensayos no sólo despliega su razonamiento como un árbol de numerosas y frondosas ramas, sino que pone al descubierto las raíces en las que se funda, con abundantes glosas y guiños a la obra de otros pensadores, literatos e historiadores.
La lengua italiana es, a mi modo de ver, la mejor equipada entre las lenguas románicas para la retórica (sólo superada por el latín) y Eco la usa de modo magistral, aunque por aquella época, todo hay que decirlo, a menudo se demoraba brillantemente en el fárrago. A menudo había que volver una y otra vez sobre sus párrafos para saber si habíamos entendido lo que quería decir.
Pero, con el paso de los años, sus propuestas pioneras son ya adquisiciones de nuestra cultura y moneda corriente, sus ensayos han cambiado de tema y son muestras de una argumentación cristalina.
Creo que el resumen mejor de “Opera Aperta” es su prólogo a la reedición del 1967. Umberto Eco muestra con el análisis de numerosos ejemplos de las varias ramas del quehacer artístico que en toda obra de arte la ambigüedad es inherente a la «forma», incluso cuando la técnica y la finalidad del artista parezcan evidentes.
La tesis de esta obra, escrita cuando Umberto Eco tenía entre 28 y 30 años, sigue válida, por más que lo que dice sea ya patrimonio común entre críticos de arte y estudiosos de la cultura y la creación artística. Supongo que si el autor la escribiese ahora, su estilo sería mucho menos enrevesado y mucho más directo. Pero en aquella época muchos ensayistas de éxito escribían así en Italia y en Francia. Y, para no ser menos, si releo lo que yo escribía por entonces, los jóvenes aspirantes a escritores los remedábamos a conciencia.
Un fecundo itinerario
Umberto Eco siguió publicando ensayos, como “Apocalípticos e integrados”, “La estructura ausente”, “La definición del arte”, etc., y, como culminación de este proceso, el “Tratado de Semiótica General” en 1975; siempre reeditándolos, escuchando a sus críticos y respondiendo a los cambios de nuestra época. Es un magnífico ejemplo de cómo ponerse en cuestión.
Sus escritos morales y políticos son otra faceta en la que, en contraste con su estilo en los ensayos antes mencionados, Umberto Eco es claro, diáfano e incisivo. Por no hablar de sus artículos en los periódicos, donde opera como un cirujano sobre el cuerpo de la contemporaneidad, sobre todo sobre la que afecta a Italia, donde su voz se destaca por su clarividencia política y moral. Se podría decir que cuando era un joven ensayista experimental sabía escribir cosas simples de forma complicada pero hermosa y con la edad, la belleza de su lenguaje se mantiene, pero Umberto Eco ha llegado a tener una facilidad envidiable para escribir o hablar sobre complejas cuestiones filosóficas y éticas de forma clara y meridiana, sin ambigüedad.
En los años 80 vinieron las novelas de Umberto Eco y muchos nos volvimos adictos a esas tramas fastuosas y a la riqueza de su lenguaje, a su forma de reflejar lo enrevesadas que pueden ser las cosas y llegar a los desenlaces inesperados del combate entre las pasiones y la ambición ilusa de los seres humanos. Las peripecias de sus novelas se sitúan con preferencia en tiempos idos, sobre los que su escritura se explaya en alas de la erudición: “Il nome della rosa”, “Il pendolo de Foucault “, “Baudolino”, “L’isola del giorno prima”, etc., y recientemente “Il cimitero di Praga”.
La recepción de Obra abierta
Pero volvamos al aniversario de “Opera Aperta”. Decíamos que las tesis de Umberto Eco son hoy moneda corriente en el campo de la Estética y la Crítica de Arte y casi nadie se acuerda ya de la polvareda que levantó en los años sesenta, cuando lo que propugnaba no era evidente. Digamos de paso que este libro nació de sus primeras reflexiones sobre la música experimental que, por entonces, suscitaba reacciones iracundas y cosechaba pateos en un lugar tan respetable como la Scala de Milán.
Puede que no haya muchos que se interesen hoy por los hallazgos de aquel libro que se ha integrado en nuestra forma de mirar las obras de arte, pero, para consuelo mío, recientemente descubrí que en la Facultad de Bellas Artes de Altea, a la que debo tres años académicos de formación artística muy divertidos y fecundos, se sigue leyendo la “Obra abierta” de Umberto Eco.
Para demostrarlo os presento una síntesis de la misma, escrita en el contexto de un trabajo académico por Eva Martí, que se ha leído la obra de cabo a rabo. Me ha dado permiso para publicarlo aquí y no tengo nada que añadir:
“La gran variedad de estudios e indagaciones realizadas en el libro “Obra abierta”, se pueden resumir en que en toda obra de arte hay una ambigüedad de la forma, por mucho que la técnica y el propósito del autor sean diáfanos. Hay multitud de significados contenidos en una forma.
En la obra de arte podríamos hablar de unos supuestos históricos que preceden a la obra, un argumento, un modo de hacer (una forma) y unas relaciones con fenómenos culturales en la misma obra, todo esto entrando en contacto con la experiencia del espectador/consumidor, coge vida y tiene unas repercusiones psicológicas. Así, esa forma inicial se convierte en una obra abierta. Son las obras, como cita el libro, una invitación a la libertad por la multitud de respuestas y soluciones que ofrece la obra. Tienen un valor añadido a la mera contemplación estética.
La ambigüedad de significados se encuentra en todas las obras a lo largo de la historia y es a partir del Barroco cuando se hace más patente. Aunque es en las poéticas contemporáneas, a partir de los años 60, cuando se busca y se pretende que esta ambigüedad sea parte de la obra. Como obra nos referimos tanto a la poesía como la música contemporánea, la pintura informal o la escultura.
La ambigüedad de la que hablamos, puede conseguirse de muchas formas aunque tal vez la que más se utilice sea la conseguida rompiendo el orden establecido y por tanto esperado, de la forma de hacerlas. El orden muchas veces lleva a la alienación y rompiendo este orden encontramos mensajes ambiguos y por tanto abiertos. Aquí la ambigüedad adquiere un valor positivo, tiene una justificación. Y es el artista con su forma de hacer quién ofrece una forma para dar un sentido, o un orden, a la ambigüedad que emerge.
Eva Martí Domingo
Facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández, Altea
Enero 2012
Donde se confirma lo dicho con algunos ejemplos o de cómo las obras de los grandes artistas son siempre “obras abiertas”
Como no quiero aburrir más al sufrido lector y lo mío es la pintura, me permito hacerme eco gráfico de cómo Francis Bacon (1909-1992) ‘inspira’ la obra abierta de Rembrandt (1606-1669) y Velázquez (1559-1660). Mejor dicho, de cómo la observación de los cuadros de Bacon, nos inspira a nosotros para descubrir en los cuadros de Rembrandt y Velázquez innumerables aperturas y sentidos posibles. Las obsesiones del pintor irlandés, que murió precisamente en Madrid hace veinte años, se reflejaban en su continuo estudio de las obras de pintores del pasado y de la modernidad, como se refleja en las numerosas reproducciones que conservaba en su indescriptible taller. Así la obra abierta de Bacon se construye incansable sobre las ‘aperturas’ de las obras de otros artistas, sobre los sentidos y mensajes implícitos de las mismas, interpretadas desde las agitaciones, angustias y tragedias del siglo XX.
Bacon versus Rembrandt
Bacon versus Velazquez
Las personas también somos obras abiertas
Tomadlo como queráis, como cuestión estética o como dato existencial, el caso es que los jóvenes de la foto que encabezaba esta entrada, seres abiertos al futuro en aquel lejano 1962, hemos comprobado a lo largo de cincuenta años que la vida es una ‘opera aperta’. Como prueba, tratad de identificarnos en esta foto del mes de junio del presente año, ahora dentro del grupo de cerca del sesenta por ciento de nuestra promoción que se reunió para conmemorar el medio siglo desde nuestra salida del colegio.
Os puedo asegurar, que, a pesar de los achaques de todos estos tipos tan provectos que ahora somos, la mayoría (pues algunos se quedaron ya por el camino) aún seguimos abiertos a lo que cada día la vida nos ofrece con sus innumerables sentidos.
Las hogueras de San Juan en Els Poblets
Se lo dedico a Dora, Ana y Vicent
Con el solsticio de verano llegan las famosas hogueras de Alicante, donde arden los monumentos de madera y cartón. Por los pueblos el procedimiento es más simple: se acumulan para la quema todos los muebles que el servicio de limpiezas ha ido recogiendo en las semanas previas.
Anoche, delante de casa y frente al mar, como todos los años, las mesas puestas por las asociaciones, “filas”, de moros y cristianos de Els Poblets se han llenado de vecinos, y la fila a la que ha tocado por turno organizar el bar nos ha vendido bocadillos y bebidas.
Por las orillas de la playa, los vecinos de los pueblos de la zona cenaban a la luz de faroles y alumbraban pequeñas hogueras. Así ocurre por todo el litoral valenciano.
Una orquesta todo terreno, los “Diamonds”, tocaba y cantaba todo lo habido y por haber, dando satisfacción a los danzantes de todas las edades. No se ha pegado ojo hasta las cuatro y media de la mañana, pero esto ocurre sólo una vez al año.
La quema de la pila de muebles y maderas se iba transformando en una hoguera de considerable tamaño, vigilada por los miembros de la protección civil de la localidad.
¡Ah! ¡Me olvidaba! Los técnicos sudaron para poner en marcha un proyector que debía ofrecer a los asistentes el partido Francia-España. Anduvieron perdidos sin conseguirlo hasta el inicio del segundo tiempo. El respetable público pudo así celebrar el paso de la selección a semifinales. Quizás San Juan haya tenido algo que ver.
En cualquier caso, “aserrín, aserrán, los maderos de San Juan” seguirán pidiendo pan, que no les dan, queso, para que les den hueso, aunque vino sí que les dan, con lo que «se marean y se van».
En otra versión, más izquierdosa, cuando los obreros del aserradero piden queso, no sólo les dan hueso sino que, además, los patronos les cortan el pescuezo.
La rutilante Casa de América de Madrid en la que fue triste mansión de los marqueses de Linares
Durante la semana que he pasado en Madrid he realizado algunas visitas.
En la Casa de América, guiado de forma experta, he respirado por los brumosos corredores por los que, en el siglo XIX, arrastraba el Marqués de Linares, dicen, sus angustias y cuitas. También afirman los madrileños que el alma en pena de su hija asesinada vaga todavía por ese caserón.
Pero no era eso lo que yo venía a buscar. Quién quiera saber de rumores y psicofanías tiene más que suficiente con lo que una búsqueda en internet le ofrece.
La Casa de América
Se puede ser marqués como descendiente de guerreros hazañosos que, masacrando enemigos, conquistaron hace siglos territorios y títulos o, de forma más pragmática, sirviendo a la Corona a golpe de talonario. Esta fue, según me han dicho, la vía del banquero que se ganó el marquesado de Linares.
Para ponerse a tono, los marqueses se hicieron construir un palacio en el centro de Madrid con la ayuda de los mejores arquitectos y materiales, con pintores y tapiceros ilustres, broncistas y doradores, ebanistas y decoradores, del último cuarto del siglo XIX. Durante la especulación inmobiliaria de la época de Franco, tras años de abandono, estuvo a punto de ser demolido.
Hoy, este palacio alberga desde 1992 la Casa de América, un lugar de encuentro de las culturas de América Latina, que acoge manifestaciones de los creadores, representantes y emprendedores de nuestras repúblicas hermanas.
Así formula su misión la Casa de América:
“Ser un laboratorio de ideas, un punto de encuentro activo y abierto para estrechar lazos entre los países integrantes de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, y promover el acercamiento entre América y Europa. La Casa de América busca cohesionar las culturas y sociedades de ambos lados del Atlántico y dar voz a la inmensa riqueza intelectual y artística que albergan los países iberoamericanos”
En su página web ( http://www.casamerica.es/ ) se pueden seguir las múltiples actividades y exposiciones, que la crisis no ha logrado detener. Cuestión de bien programarse y administrarse lo mejor posible.
Las salas y salones de este edificio fascinante, romántico y selváticamente barroco, llevan los nombres de escritores y próceres de Hispanoamérica. Borges, Asturias, Bolivar, Rubén Dario, etc. Aunque, salvo que no me haya dado cuenta, he echado de menos el nombre de Alejo Carpentier. Yo creo que este palacio hubiese hecho las delicias del autor de El reino de este mundo, Los pasos perdidos, el Siglo de las luces y Concierto barroco.
Desde hace once años la Casa de América otorga, y publica en la editorial Visor, el Premio de Poesía Americana.
Con algunas de mis imágenes del río Beni y de sus orillas en Bolivia, a las puertas de la Amazonía, entrevero un poema de uno de los premiados por la Casa de América, el argentino Jorge Boccanera. En realidad, sus versos aluden también a los trópicos latinoamericanos. En su caso, si no me equivoco, a Tortuguero, en Costa Rica. El día en que -ojalá- pueda darme una vuelta por esa maravilla, no me faltarán mis fotos para ilustrar el viaje.
Canción de Tortuguero
Bosque de catedrales en los ojos,
el mar mastica truenos a mi lado.
Una hilera de palmas me recibe.
Alguien amarra estrellas en los palos.
Pesco guapotes en una laguna,
me cuenta el río lo que tiene abajo.
Cuánta belleza hedionda en la poesía.
Alguien ordena el mundo con naufragios.
“Indio desnudo” es árbol que te sana.
Me lo comenta aquel guardabarranco.
Orgulloso, Rodolfo con su pesca:
“¡Pesó catorce kilos mi robalo!”
Hay camarón de río y gallopinto,
tomamos ron y luego nos bañamos.
Y la hojarasca al paso de la panga,
respetuosa se inclina a saludarnos.
Un ballet de garcetas cruje arriba.
Ansío perderme en este aire agitado.
Zumbidos del dolor llevo en el cinto.
Cada palmera, lejos, es un faro.
Plantación de palmito, bananeras,
Barra del Colorado, estoy llegando.
Jorge Boccanera
(“Palma Real”, VIII Premio Casa de América de Poesía Americana, Madrid, Visor, 2008)
Por las playas de la Marina Alta, donde la pesca de caña y sedal convive con la especulación de plomada y cemento
Dedicado a Rafael Chirbes, escritor y vecino de esta comarca de la Marina Alta, autor de la novela “Crematorio”, en cuyas páginas el parecido con la realidad no es pura coincidencia.
¿Será una lubina?
Los pescadores de caña, ellos y ellas, son parte del paisaje de la Almadraba, la playa familiar de Els Poblets y El Verger, y también de la de Deveses y de otras adyacentes.
He pasado innumerables veces cerca de muchos pacientes vecinos, apostados en la orilla con una o varias cañas de pescar, pero nunca he presenciado una captura. Parece como si lo importante no fuese, como en el atletismo de antaño, ganar sino participar; en este caso contemplar, disfrutar del momento, de la espera, del sonido del mar, del olor del salitre y de la caricia de la brisa.
O, simplemente, ver pasar las nubes.
Ahí están, de mañanita o al atardecer, en familia o en solitario, como parte de un rito comunitario o de una pasión individual y cuando se hace de noche los extremos de las cañas brillan como luciérnagas.
Pasan horas y horas junto a estas aguas donde amarraban sus naves los clientes del alfar romano del siglo II d.C. a menos de cien metros de la orilla. Por cierto, que, tras años de abandono, están restaurando el sitio arqueológico y poniéndolo a punto para que se pueda visitar este verano.
Ellos y ellas, los pescadores de La Almadraba son parte del paisaje, enfrascados en sus especulaciones: ¿habrán picado o será que el sedal se ha enredado en una roca de la escollera?
El Club de Pesca de El Verger celebra hoy desde la madrugada una competición entre sus miembros, desparramados por la orilla. Cada vez que uno captura algo toca la corneta. Acabo de escucharla hace pocos minutos.
Las gentes de los pueblos aledaños a estas playas seguirán viniendo a pescar lo que se pueda y a verse con sus vecinos frente al mar. A poca distancia, los espíritus de los muertos de una necrópolis romana, sepultados bajo los cimientos de una urbanización, pugnan por salir a tomar el fresco. Bajo las aguas de estas orillas duermen los pecios de aquellos tiempos remotos y se oxidan las anclas de las naves romanas que terminaron bruscamente su periplo frente a la desembocadura del que hoy se llama rio Girona.
Ya que, aquí, el Mediterráneo también puede ser muy irascible. La foto la tomé hace dos o tres años, en un invierno muy crudo. Al fondo, se puede apreciar la nieve sobre las cumbres de La Safor.
Otras especulaciones de estas orillas
Hay quien trata de pescar otras cosas, por ejemplo plusvalías.
Se compran viejas casas o chalets, se procede a su demolición y se consigue permiso para edificar a cuatro o cinco alturas, o con un volumen invasivo y obstructivo.
Ni siquiera la crisis del ladrillo ha parado el ímpetu demoledor, aunque en algunos terrenos, de los que se han borrado las antiguas casas, ahora reinan las ranas en los verdosos estanques que antes fueron piscinas.
Algún constructor ha logrado concluir a duras penas y ahora sufre para vender los apartamentos en primera línea de la playa de Deveses.
Claro que, como aquí lo que vale es ver el mar mientras bebes un gin-tonic, a los habitantes del patio trasero, que llevaban ya varias décadas en sus casas, se les regala la vista de las espaldas del flamante complejo, una especie de bunker.
Para los de la «segunda fila» una barrera de cemento se sustituye al mar, como una nueva frontera marítimo-terrestre.
Ni siquiera se ha intentado que la fortificación se abra con un rostro más amigable hacia la visión del Segaria y de las palmeras.
Los pescadores que nunca fallan
Pero dejemos el ladrillo y la plomada y volvamos a la pesca.
Mis vecinos puede que pesquen algo cuando yo no paso por ahí. Un amigo me ha asegurado que él les ha visto llenar de peces sus cubos.
En mi caso, de lo que sí soy testigo es de que hay quien no se va con el buche vacío. Me refiero a nuestros visitantes con plumas…
Los cormoranes no necesitan caña de pescar. Normalmente trabajan en escuadrilla peinando la ensenada de un lado a otro. Aquí los vemos en un momento de reposo sobre el extremo de la escollera norte de la playa de la Almadraba.
Tampoco la garza que de vez en cuando se da un garbeo por nuestra playa frente a la desembocadura del río Girona.
De adolescente, yo y un compañero del colegio íbamos en busca del jefe de la clac en algún bar cerca del teatro, a menudo el teatro María Guerrero, para satisfacer nuestra pasión por la dramaturgia, pero sin pagar. Aplaudíamos cuando el jefe arrancaba con los aplausos. El soborno era la entrada gratis a una obra de Buero Vallejo, por ejemplo. No traicionábamos nada, pues siempre había buenos motivos para aplaudir.
Luego la vida te aleja de tu ciudad. Bastantes años más tarde, de nuevo en Madrid, no puedo olvidar una representación histórica, la de “La señorita Julia” de August Strindberg, en el Teatro Español, en idioma original, representada por la compañía del Dramaten de Estocolmo, dirigida por Ingmar Bergman.

Del folleto de La señorita Julia en el Teatro Español Feb.Marzo.1986. Marie Göranzon y Peter Stormare como Jean y Julie
En 1986 estaba empezando a aprender sueco y me preparé concienzudamente con el texto original y la versión española, en la traducción de Francisco J.Uriz (Alianza 1982). Todavía recuerdo la inmensa interpretación de Peter Stormare en el papel de Jean, Marie Göranzon como Julie y Gerthi Kulle como Kristin, en el único espacio de aquella cocina.
Yo no aplaudía ya como uno de la clac. Estaba descubriendo a Strindberg en la soberbia y fiel versión del autor de “Persona”.
August Strindberg (Estocolmo 1849-1912) cambió el teatro. Lo que en su tiempo era una audaz revolución en la definición y psicología de sus personajes, complejos como la vida misma, en la construcción escenográfica y el atrezzo, en el realismo de los diálogos (y de los monólogos), en la dirección de actores, el empleo de la música y el baile, es hoy moneda corriente y a nadie le extraña. Entonces tenían el toque del pionero y del genio.
Yo no soy quien para añadir nada que no esté ya disponible para los lectores interesados. A lo largo de estos últimos meses, el aniversario de su muerte está produciendo en Suecia, artículos, exposiciones (por ejemplo la de Strindberg como excelente fotógrafo) y una serie estupenda en TV, en la que destacados actores dan vida a su accidentada biografía, sueca y europea, a su apasionada, compleja y abrupta relación con las mujeres (se casó y divorció tres veces)
En su propio prólogo a la Señorita Julia (1888) escribió :
…yo no creo en caracteres teatrales simples, de una pieza. Y luego esos juicios sumarios de los autores sobre sus personajes: ése es estúpido, ése es brutal, ése celoso, ése tacaño. Eso sí que debería ser impugnado por los científicos que conocen la riqueza y complejidad del alma humana y saben que el “vicio” tiene un reverso que se parece muchísimo a la virtud.
Traducción de Francisco J.Uriz (August Strindberg, Teatro escogido, Madrid, Alianza Tres, 1982)
Strindberg fue también un activista de la lucha por la emancipación de la clase obrera con sus artículos en los periódicos, en los que acuñó los términos de “underclass” y “overclass” y se definió como socialista, ya desde los años 80 del siglo XIX.
Cuando murió, 60.000 personas siguieron el cortejo fúnebre para aclamarle
Escrituras
…un recorte caprichoso de lenguaje sobre el cielo, al modo de las nubes cuando entreveran sus volutas con los árboles…
…une fantasque/Découpe du langage sur le ciel,/ Ainsi nuées et arbres quand ils mêlent/Leur fumées…
Yves Bonnefoy, La voix lointaine, Les planches courbes, Poésie/Gallimard, 2001

Algún día todos nuestros escritos serán tenues como líquenes y nuestras creaciones se habrán fundido con la piedra.
Haber pasado tanto tiempo realizando los mismos gestos y tachando las mismas palabras sin agotar su sentido me ha enseñando a no esperar del lenguaje más que confesiones sin importancia. En él no busco ya, como antes, mi corazón o el sentido último de la vida, aunque ahora espero sin impaciencia que me conceda un poco de claridad. La suavidad de un atardecer estivo inunda a veces mi cuarto cuando escribo. Me envuelve con otro cuerpo, más ligero, más luminoso, como si yo penetrase furtivamente en el misterio de mi propia substancia tal como yo la imagino, liberada del agobiante peso de la carne, apenas algunos segundos después de morir. Nada me es más precioso que este tiempo de asueto y turbación que me concede lo que para nada le he pedido, como si la última vocación del lenguaje no fuese en definitiva más que la de poner en hora el íntimo reloj de quien ya nada sabe de su propia vida.
Cuando levanto los ojos de la página en blanco, observo a veces la ventana. Su marco rectangular encierra una imagen pintada que no representa nada real, sino sólo formas, volúmenes, líneas, contrastes o armonías de colores que no puedo interpretar: una obtusa réplica a estas páginas, a su esfuerzo, a su grandilocuencia y su vanidad.
Yo no sé, no comprendo. Todo lo que me es precioso sigue siendo un enigma.
Jean-Michel Maulpoix. Du lyrisme. Paris, Ed.José Corti, 2000, pp. 431-432.
(las traducciones y los pies de foto son del autor del blog)





























































































































