Breverías erasmianas (XII) ”Festina lente” (Apresúrate lentamente)
Los dulces cánticos de la fiesta de Santa Lucía no deben llamar a engaño, en realidad lo que se observa en la calle es que la gente va acelerada en estos días pre-navideños. Todo el mundo de cabeza, dedicado a cumplir las ineluctables obligaciones de la temporada: comprar y comprar, engalanar, iluminar, llenar la nevera, invitar, comer y beber, comer y beber, regalar, cantar, celebrar y celebrar, bailar, sonreir y volver a sonreir, desearse felicidad, sin que se recuerde bien por qué, arrastrados por esa pulsión ancestral de compensar con fuego, luz y fiesta el frío y la oscuridad del invierno, y que el Occidente ha logrado implantar por todas partes, incluso en las latitudes que ahora sudan con el verano.
Así que me ha parecido oportuno, en estos días de prisa y excitación navideñas, recordar un sabio adagio antiguo, uno de los más extensamente glosados por Erasmo de Rotterdam.
Apresúrate lentamente
(adagio 1001, II i 1)
Festina lente. Este proverbio expresa en sí mismo una especie de enigma no carente de gracia, pues reúne dos palabras que se combaten mutuamente. Hay que colocarlo dentro de esa clase de proverbios que se caracterizan por el juego de contrarios
Erasmo consideraba que este adagio era de tanta utilidad que se debería imprimir por todas partes para que fuese tenida en cuenta, sobre todo por aquellos a quienes (Ilíada, II, 25) ”se les ha confiado el cuidado y la entera responsabilidad del gobierno de los pueblos”.
Se trata de un oxímoron, pues esta máxima propone a la vez un comportamiento y su contrario. Démonos prisa, pero hagámoslo lentamente. Parafraseando el dicho popular, ”con prisa, pero con pausa”. Decisión, acción, pero reflexivamente, con calma, sin ir a trompicones.
Como es costumbre, nuestro humanista, en este caso bien instalado (en 1506), trabajando como un forzado, en casa de Aldo Manuzio, sobre innumerables y preciosos manuscritos que los eruditos griegos asilados en Venecia habían salvado de la caída de Constantinopla, despliega todos sus conocimientos de sabiduría antigua. Como resultado publica en 1508 en las imprentas del veneciano la famosa edición ”aldina”, que aumenta su glosas de los adagios hasta la cifra de 3260.
Erasmo trabaja entre sus escabeles y mesas llenas de manuscritos y el taller de los cajistas e impresores. Puede que él mismo, escribiendo y corrigiendo pruebas, día y noche, a la luz de candelas y lámparas de aceite, se sintiese directamente concernido por este proverbio. En otro comentario, el que escribió sobre el adagio ”Herculei labores”, trabajos hercúleos, (adagio 2001) se referirá a su faena denodada.
En ambas glosas aplica a fondo su conocido método: citación de las fuentes, interpretación filológica, repaso de personajes históricos, consideraciones personales y alusiones a la actualidad política y social de su tiempo.
Entre los individuos famosos que a su juicio representan un ejemplo de acción sin la reflexión, menciona a Alejandro Magno y a Sardanápalo, el primero por ser una especie de Aquiles, proclive a la violencia y al descontrol mental (praecipitem egerit impetus animi), y el segundo por su impulsiva mala leche (ferociam).
Por el contrario, citando a Aulo Gelio y a Macrobio, presenta a Octavio Augusto y a Tito Vespasiano como ejemplos de una «maduración en las decisiones, acompañadas de una moderación vigilante y suave»
maturitas quaedam, ac moderatio simul ex vigilantia lenitudineque temperate
En definitiva, en su gobierno de los asuntos públicos, aquellos emperadores habrían aplicado «la celeridad en la acción, unida a una diligente lentitud»
simul et industriae celeritas, et diligentiae tarditas
Hasta el punto de que el emperador Tito Vespasiano tenía como emblema un delfín abrazando un ancla. El delfín como símbolo de velocidad y vivacidad inteligentes, el ancla como símbolo de una sólida reflexión. Lo que le da pie a Erasmo, a partir de una erudita revisión de griegos y latinos, para hacer un estudio del delfín desde la perspectiva de la historia natural y de la iconología, además de un repaso al simbolismo del ancla.
Esta primera digresión, le sirve, como quien no quiere la cosa, para deslizarse a otra aún más larga en elogio del trabajo que, con intensa dedicación y apresurándose en la calma, realiza el editor e impresor Aldo Manuzio “el Romano”, el hombre que ha sabido
desenterrar lo que estaba oculto, devolver a la vida lo que había perecido, reparar lo mutilado, corregir lo que se había desfigurado de tantos modos, sobre todo por culpa de esos pésimos impresores para quienes vale más una moneda de oro que toda la literatura en su conjunto
Precisamente, el ilustre empresario editor de Venecia, había adoptado como emblema el ancla y el delfín. Erasmo vuelve al comentario del adagio, justificando su extenso encomio del veneciano, al pensar “en todos los beneficios que este delfín (Aldo) nos promete, con tal de que Dios le favorezca y sostenga sus magníficos esfuerzos”. De hecho, entre 1488 y 1515, Aldo Manuzio imprimió ciento cincuenta y siete títulos, de enorme importancia para la constitución de la filología moderna. Trabajo que continuaron sus sucesores. Erasmo no exageraba.
Sobre el exceso y la baja calidad de lo que se publica
Cuando Erasmo está a punto de retornar al comentario del adagio propiamente dicho, se desencadena la más larga crítica que haya salido de su pluma contra el doble filo de la imprenta cuando está en manos de ineptos que entontecen al vulgo, facilitando la dominación de los déspotas. Estamos ya en 1526, en una actualización del texto inicial publicado en 1508. La imprenta no tiene aún un siglo.
Una buena parte del mal proviene de la licencia e impunidad de esas gentes. Llenan el mundo de libros, no sólo sobre futilidades –como quizás yo mismo he escrito- sino de obras ineptas, repletas de ignorancia, malintencionadas, escandalosas, rezumando rabia, impías, sediciosas, en tal cantidad que incluso las publicaciones de valor pierden su efecto benéfico. Algunas se lanzan al mercado sin título o, peor aún, bajo títulos ficticios
Erasmo estaba hasta el moño del pirateo de sus obras. Moraleja: con internet o sin ella, ciertas prácticas son tan viejas como la imprenta o, diría yo, la impostura es tan antigua como la escritura. Ya en el siglo XVI y con la imprenta todavía en su infancia, si se quería identificar la obra de calidad había que bracear en un mar de morralla y de fraude. Nada nuevo bajo el sol.
Los tres sentidos del adagio
Como siempre, tras pedir excusas por sus divagaciones, Erasmo acaba por resumir en tres los sentidos del adagio.
1 La deliberación previa
Los asuntos, tras su deliberación, se dice que hay que tratarlos con rapidez, pero la deliberación tiene que haber sido lenta (Aristóteles, Ética)
Hay que empezar una iniciativa con lentitud, pero una vez emprendida hay que proseguirla con constancia (Diógenes Laercio)
Quien al principio se apresura más de lo razonable concluye la carrera demasiado tarde (Platón).
2 Las pasiones
Erasmo resume la postura de Platón y de Aristóteles sobre la supeditación de las pasiones a la razón y sobre su papel esencial como impulsoras del espíritu. No olvida a Séneca y sus escritos sobre la ira, en los que aconseja que nos tomemos nuestro tiempo en vez de actuar bajo los efectos de la cólera. No olvida a Plutarco cuando refiere que Augusto, antes de decidir en un momento de enfado, recorría mentalmente las letras del alfabeto esperando a que se le pasase.
3 La obra bien hecha
Hay que evitar la precipitación, pues ya los griegos decían que suele acarrear males y lo que se hace a trompicones conduce al error y a tener que arrepentirse , como recuerda un dicho atribuido a Catón:
Sat cito, si sat bene.
Lo hecho a tiempo, bien hecho está.
Y citando a Horacio (Odas, I, 12, 45-46):
Oculta crece como crece el árbol
la fama de Marcelo.
Crescit occulto velut arbor aevo
Fama Marcelli.
¿Correr o no correr?
Todos los que pecan o por desidia o por sus impulsos inmoderados, harían bien en sacar del olvido esta máxima de Octavio César, «Festina lente», que ya adoptaron como emblema Tito Vespasiano y Aldo, y en guardar en la memoria el ancla y el delfín.
En buena medida, como decía Antonio Machado, “al andar se hace camino», que viene a ser lo mismo que dice el adagio. Andar no es correr sino que consiste en posar en tierra un pie detrás del otro y sosegadamente avanzar, céleres pero con calma.
Por gracia o por desgracia estas cosas se aprenden con el tiempo, es decir cuando “al volver la vista atrás, se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar”.
Para no ponernos demasiado nostálgicos, recordemos lo que el potro le decía a la ardilla en aquella fabulilla de Tomás de Iriarte (con la que, en mi clase de primaria, el maestro pretendía animar a ser más tranquilos a los alumnos hiperactivos)
Tantas idas
y venidas,
tantas vueltas
y revueltas
(quiero, amiga,
que me diga),
¿son de alguna utilidad?
No puedo competir con Iriarte. Pero, con la sensación de ser un homo bulla, «ingrávido y gentil como pompa de jabón», finalizo con una modesta moraleja:
¿Prisa?
La necesaria.
¿Calma?
Lo más posible.
*
Presurosos
pero lentos.
¡Bregamos!
En ello
se nos va la vida.
*
Sísifo
andaba
arriba y abajo
prisionero
de una piedra.
*
Nuestra carga
no la vemos:
somos
los cautivos
de un oxímoron.
********
Fuente del texto latino: Les Adages d’Érasme, Les Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), Lyon 2010, pp. 832-848.
para mis amigos Angelica Törnqvist y Jesper Fahlnaes
Vistos junto a otros, me habían impresionado algunos de sus cuadros y, como modesto pintor que soy, experimenté esa corriente de simpatía que se produce ante aquellos artistas con cuya onda sintonizas.
Luego no había tenido la ocasión de fijarme más en sus pinturas. Ha sido la exposición antológica de la Galería Fahlnaes de Gotemburgo, dedicada en exclusiva a los óleos, pasteles y acuarelas de Mauritz Karström (1962-2005) y el libro que a su obra le dedicó su familia (Mauritz Karströms målningar, prefacio de Folke Edwards, Gotemburgo 2006), con testimonios de amigos y críticos de arte y reproducciones de su obra, los que me han llevado a sintonizar de nuevo y ampliamente con sus trabajos.
Los mejores pintores tienen siempre una proporción de obras muy logradas y otras que, no obstante su valor, nos parecen transiciones hacia los momentos de excelencia. En Mauritz Karström esta proporción es muy elevada.
Así dejó escrito su deseo:
Jag vill inte vara något annat än en pojke, en liten målarpojke i världen
No quiero ser otra cosa que un chaval, un chavalín que pinta en el mundo
(«Mauritz Karströms målningar», pag.5)
Lo deslumbrante de su trayectoria, desde que era un niño en Åland, es que mantuvo su empeño y a los cuarenta y tres años se fue del mundo siendo eso, un chico que pintaba el mundo sin parar y que dejó innumerables amigos entre los que le conocieron, más los que ahora nos sentimos conmovidos por su obra.
Creo que es significativo que la última muestra de la Galería Fahlnaes antes de cambiar de local (pues se muda a un lugar más céntrico), haya estado consagrada a Mauritz Karström.
A mi modo de ver, sus pinturas, aunque en la estela de los Göteborgskoloristerna, representan un salto cualitativo en la osadía del color y de las formas. No en vano, el artista estudió en la Academia de Valand (1986-1991), que fue en cierto modo el crisol de aquellos pintores, pero dio rienda suelta a una vena expresionista exclusivamente suya.
Sus óleos cargados de materia y de color reflejan una forma de trabajar acelerada y un nervio que necesita deformar la realidad para mejor comunicar su forma de sentirla. Sin llegar a los extremos ópticos del ruso, las casas, coches y paisajes de Karström me recuerdan algunos visiones de Chaïm Soutine (1893-1943).
Y en particular el Convento de los Capuchinos de Céret que Soutine pintó durante su estancia en ese pueblo que, años antes, Picasso y Braque habían consagrado como santuario de pintores, a caballo entre los Pirineos y la costa del Languedoc-Rosellón. Me pregunto cómo hubiese sido la producción de Mauritz Kaström, si la vida le hubiese dado la oportunidad de pintar en las cercanías del Mediterráneo.
A la pintura contemporánea, con frecuencia, la devora su búsqueda de originalidad y una compulsión creativa que consume al artista en su fiebre por desvelar inciertos secretos que huyen -él con ellos- hacia la muerte.
Los individuos que pintaba Mauritz Karström, parece que hubiesen sido decorticados por el artista, en su empeño por revelar un dios menor que intuye tras la piel de los rostros. El resultado es la expresión de color y de sangre de unos marsias inmunes al dolor mientras son despellejados por Apolo.
Pero cuántos ecos del hieratismo y de las mirada impasible de otras obras de un pasado remoto en estos delincuentes (bovar) de Mauritz Karström.
- Två bovar. Mauritz Karström. Galería Fahlnaes. Foto R.Puig
Creo que hay algo del hierático misticismo de los frescos románicos en esas miradas vueltas hacia dentro, que «parecen no vernos pero lo registran todo», como afirma de las fisionomías de Karström su amigo Manfred Soeder.
- Santos Tadeo y Santiago. Ábside de San Pedro de Ager. Lérida.
Otros ecos
Volviendo a tiempos más recientes, hay quien sitúa sus obras en la corriente expresionista de Oskar Kokotschka (1886-1980) o de Ivan Ivarsson (1900-1939), destacado colorista de Gotemburgo.
Su autorretrato de 1986, justo cuando empezaba sus estudios en la Escuela de Valand, es de factura académica y recuerda a un trabajo parecido de Johan Johansson (1879-1951) en el Museo de Bellas Artes de Gotemburgo.
- Autorretrato. 1986. «Mauritz Karström målningar»
El tratamiento de sus primeros paisajes, con ancha pincelada y colores tamizados por la luz de la costa oeste de Suecia, me recuerda los de otro colorista del Bohuslan, Folke Adriansson
También se aprecia en algunas de sus obras algo del estilo de Bengt Lindström (1925-2008) en fusión con la herencia del grupo CoBrA. Aunque, con todos los respetos, la pintura de Karström me parece más sincera que la del último Lindström. Podrán especular que a Mauritz no le dio tiempo a repetirse, como durante décadas hizo el famoso Bengt en su estudio de París, pero, por desgracia, el malogrado pintor ya no está ahí para seguir evolucionando.
Todas estas posibles influencias no explican sin embargo la obra de Mauritz Karström, quien, en su paso fulgurante e intenso por los espacios de la pintura y en quince años, obtuvo un lugar propio en el arte contemporáneo de Suecia.
Waldemarsudde. El dominio de un príncipe encantado
Ya se sabe que los países de monarquía tenemos que aceptar ciertas gabelas para la manutención de las familias reales. Si bien es cierto que en el pasado todo eso costaba mucho más e implicaba la financiación de una guerra de vez en cuando, por aquello de quítame que me pongo yo o muéveme esta frontera. La genética y las disputas sucesorias salían caras a los súbditos. En tiempos democráticos las facturas reales han de responder en principio a una contra-prestación a la nación y ya no quedan tantos reyes que cacen elefantes.
Pero sobre los deberes de los príncipes se han escrito ya muchos tratados a lo largo de la historia de Europa y no seré yo quien diga algo nuevo. Las historias de las casas reales y sus miembros son variopintas y pintando fue como el Prins Eugen (1865-1947), hermano del bisabuelo del actual rey de Suecia, se hizo famoso.
Sus paisajes eran a menudo de buena calidad, aunque a su padre, el rey Oscar II, no le hacía mucha gracia que un miembro de la casa real se dedicase a entretenimientos de bohemio. Finalmente no fue sólo pintando como Eugenio se hizo recordar con más lustre y menos prosopopeya que su padre.
Todo este exordio ha venido a cuento para hablar de Waldermasudde, propiedad que adquirió a principios del siglo XX, y a su muerte legó al Estado, el príncipe Eugenio Napoleón (el segundo nombre fue un mal favor paterno). Durante cuatro décadas la enriqueció con una gran colección de obras de arte.
El dominio de Waldermasudde está en uno de los parques más vistosos de Estocolmo. Había sido la propiedad de una familia de navieros suecos desde el siglo XVIII. La silueta del antiguo molino del siglo XVII, que servía para producir aceite de lino, se destaca sobre el edificio modernista de su galería de arte, añadida por su mecenas a la antigua mansión señorial.
Esta acoge una colección permanente de esculturas y pinturas. Los paisajes pintados por Prins Eugen alternan con obras de Anders Zorn y de otros reconocidos artistas suecos y con las vitrinas de valiosas ediciones de arte y sus notables exposiciones temporales.
Sus terrenos forman una península que se asoma a uno de los brazos de mar que abrazan Estocolmo.
Se llega en poco menos de un cuarto de hora con el tranvía número 7 que parte de Sergeltorget. No abundaré en lo que se encuentra suficientemente explicado en la web y sólo quiero compartir algunas imágenes de mi reciente visita a este lugar bajo el pálido sol de una mañana báltica.
Parece que Eugenio Napoleón fue un príncipe encantado de la vida. Al menos es la impresión que nos dejan sus cuadros, las innumerables publicaciones de arte que promovió y su incansable actividad de coleccionista y mecenas, sin que pareciese lamentar para nada estar en cuarto lugar en la línea sucesoria.
No debieron de faltarle momentos de calma para disfrutar los fondos de su biblioteca, departir en sus salones con ilustres artistas e intelectuales, dibujar y pintar. Cuando no estaba de viaje pintando sus paisajes por Europa, podía trabajar a partir de los bocetos que recogía en esos periplos o preparaba con minuciosidad las cuidadas ediciones de su fundación.
Pudo darse el gusto de colocar en su jardín un ejemplar del Pensador de Auguste Rodin (1840-1917),
del Heracles de Antoine Bourdelle (1861-1929)
y otras bagatelas de Carl Milles (1875-1955), en quien tanto influyeron sus dos maestros franceses,
o de Per Hasselberg (1850-1895), cuya escultura de la rana hemos visto arriba en bronce y cuyo título ahora entendemos en esta imagen de su versión en mármol en el interior del museo.
En realidad podría llamarse la muchacha y la rana, pero a mí me hace pensar en el cuento de El príncipe rana de los hermanos Grimm. Que haya dos versiones (bronce y mármol) de esta escultura en la casa del menor de los hijos de Oscar II, el atípico Prins Eugen, no deja de parecerme un irónico ajuste de cuentas con su padre y, si no, lean el famoso cuento en donde no se trata de un príncipe que salió rana sino de una rana que salió príncipe.
Para acabar, habría que decir algo de la exposición temporal dedicada a los pintores de Skagen
o de los muebles de Carl Malmsten (1888-1972) que se exhiben en Waldemarsudde,
pero de ello quizás hablemos otro día.
Miradas de paseante
Hoy no me siento ni filósofo, ni poeta. Lo cual no quiere decir que no esté de ánimo peripatético. No son grandes cosas las que hoy traigo al blog. Se trata nada más que de imágenes que han ido cayendo en mi cesta de fotos al hilo de mis paseos durante las últimas dos semanas.
Las dejó aquí prendidas por el orden en que las tomé en estos días ambidextros de noviembre.
Por el bosque de Råda Säteri
En Suecia hay por todas partes lo que llaman Herrgård. Ya desde el siglo XVII los propietarios de tierras enriquecidos construían estas “masiones del señor”, es decir las casas de los amos de explotaciones agropecuarias y de producción de leche y derivados.
Hoy muchas de ellas han dejado de tener esa función y para mantenerse se han reciclado como sitios de prestigio para eventos, bodas, seminarios y otras celebraciones. Muchas albergan ahora buenos restaurantes y mesones en los alrededores de las ciudades.
Son antiguas mansiones, amobladas al gusto de otras épocas, llenas de recuerdos y de detalles suntuarios de siglos pasados, sin perder el carácter que tuvieron de centro de una explotación agrícola y ganadera, con las instalaciones adyacentes, algunas de ellas dedicadas a la práctica de la equitación.
No obstante, subsisten algunas que cumplen todavía su función original de núcleo residencial de una explotación agrícola y ganadera. Salvadas las distancias, son los cortijos del norte de una clase social, la de los nobles del pueblo, que se enriqueció y mimetizó algunos de los rasgos de la aristocracia en siglos pasados. No podían aspirar a tener un castillo, pero sí una mansión. En el siglo XX eran ya en su mayoría propiedad de la burguesía industrial.
La verdad es que esta casa del amo o del señor no responde a un solo tipo ni es sólo característico de Suecia y yo me estoy extendiendo demasiado.
Solamente pretendía glosar las fotos de nuestro paseo a través del bosque de una de estas casas, la herrgård de Råda Säteri (“domicilio del que manda”) cerca de Gotemburgo. De las paredes de madera de la mansión cuelgan recuerdos de visitantes ilustres, como una carta manuscrita de Albert Einstein a su anfitriona durante el viaje que efectúo por Suecia en 1923, tras la recepción del premio Nobel.
Hay noticias y restos arqueológicos que retrotraen la historia de esta granja a la Baja Edad Media. La edificación actual es de la segunda mitad del siglo XVIII.
Toda el área, alrededor del Rådasjön, es un parque natural protegido y forma parte de la Red Europea Natura 2000.
Los grabados franceses del siglo XIX, amarillentos y románticos, flanquean la escalera principal. Si no has reservado mesa en el restaurante de manteles blancos dentro de la mansión, o no quieres pagar tres veces más por sus detalles gastronómicos, te basta con entrar en su krog de uno de los edificios auxiliares y comer muy bien a la pata la llana en régimen de buffet a precio fijo.

La villa «Slottsviken» («Bahía del castillo») obra de Wihelm Denninghoff desde Råda Säteri. Foto R. Puig.
El paseo junto al lago añade romanticismo y sensaciones otoñales a la jornada.
En los jardines de Trädgårdsförening
Lo consideramos nuestro parque del barrio y es uno de los más hermosos de Gotemburgo a un tiro de piedra de casa.
Hay espacios y una casa para los niños, tiene un gran pabellón botánico y los canales lo rodean por dos de sus costados
Quedaba una hora de sol cuando nos dimos una vuelta por sus veredas para estirar las piernas.
Con ojos infantiles
Y como por Navidad vienen dos de mis nietos, estoy explorando algunos museos que aún no había visitado. En el Universeum no entré por falta de tiempo, pero no me hizo falta recorrerlo para darme cuenta de que los niños tienen ahí un mundo de maravillas y descubrimientos.
Basta ver la procesión continua de padres y madres con carritos y niños de la mano, dirigiéndose a sus puertas en una mañana de martes. La noria del parque de atracciones de Liseberg se perfila detrás del diplodocus longus que parece moverse a su antojo por la explanada del museo.
No me quedaba tiempo para la visita, pero está claro que este lugar es adecuado para encandilar la imaginación y fomentar la creatividad de los pequeños.
Navegar en sueños
En cambio, sí que pude darme una vuelta por las salas del Museo de la Navegación (Sjöfarts Museet) y de su acuario, lugar muy frecuentado por grupos escolares y familias.
Los pequeños se pegan a las vitrinas del acuario para observar la fauna piscícola multicolor, tratar de descubrir la cabeza de la murena o la langosta en sus escondrijos o a los peces platiformes que se mimetizan en los fondos marinos.
El museo fascina a los adolescentes con sus explicaciones de fabulosas rutas marinas, reproducciones de tamaño real del interior de los bajeles y todos los modelos inimaginables de barcos.
Pero es la sala en penumbra de los mascarones de proa la que más gente menuda atrae y fascina. Bueno, no sólo a ellos, pues yo no puedo evitar que estas rudas fisionomías me hipnoticen un poco.
Incluso hubo navieros que plantaron su efigie de jefe de oficina en la proa de sus naves.
En fin, que mi programa de Navidad se va llenando y si tuviéramos la suerte de que la ciudad se cubra de nieve, podríamos subir a tomar un smörgås en una de las cafeterías en lo alto de sus torres, para contemplar Gotemburgo bajo un manto blanco.
En estas semanas pre-invernales
La luz del sol es cada vez más oblicua. Unos días cambiantes marcan el inflexible tránsito hacia el invierno escandinavo.
Pueden ser dulces e invitar al vagabundeo junto a los canales y por las plazas.
Pueden ser grises e inadvertidamente guiar nuestros pasos hacia el museo.
Pueden ser narcóticos y recluirnos en la butaca con un libro y muchos recuerdos.
Este tiempo de noviembre ni es otoño ni es invierno y nuestras sensaciones están divididas. ¿Serán privilegios de jubilado? El caso es que ya desde temprano, tras caerme de la cama y según se presente el aire, según se muestre el cielo, he de tomar decisiones. Y no será el espejo cruel el que me ayude.
Uno de estos días decidió por mí y me llevó al Museo de Bellas Artes de Gotemburgo
Exposición de Joan Fontcuberta (Premio Hasselblad 2013)
Sería imposible resumir aquí la exposición, muy adecuada para este mes ambiguo, de Joan Fontcuberta (Barcelona 1955). Se perdona que las salas de la Fundación Hasselblad lo presenten como un artista conceptual. Opino que todo buen creador ha sido siempre conceptual desde los albores de la creación artística. Pero esta es otra batalla. Será por hoy otra de las ironías de noviembre, pues de fina ironía nos habla también la obra del fotógrafo de Barcelona. Tomémoslo como una concesión a la plaga conceptual que nos afecta desde los tiempos en que Marcel Duchamp decidió tomar el pelo al mercado del arte.
El caso es que Fontcuberta no nos toma el pelo, salvo por los pelos de la serie Fauna, recopilación basada en los trabajos del teratólogo y zoologo alemán Peter Ameisenhaufen (1895-1955).Este fabricante de ilusiones faunísticas fue contemporáneo de los debates sobre la evolución de las especies, el surrealismo y, last but not least, la moda de los ready made.
Sus animales anómalos son una muestra de la habilidad del taxidermista para juntar trozos de bichos rellenos de paja y cubiertos de pelos o plumas. Esta colección de imágenes, híbridos disecados y testimonios documentales, es el fruto de un trabajo lleno de ironía de Joan Fontcuberta y Pere Formiguera.
Las comprensibles manías faunísticas de la recopilación del fotógrafo español y catalán, me resultan simpáticas y meritorias, sobre todo por el retorno a las composiciones fotográficas del alemán y por las vitrinas de frankesteins que contiene.
Pero, como he dicho, no puedo extenderme por las otras secciones, no menos surrealistas, de la exposición. Una de ellas recoge información sobre los hydropithecus fósiles (nuestros ancestros sirena) que el febril presbítero Jean Fontana descubrió en los Alpes franceses en los años cuarenta del siglo XX y de los que la exposición presenta un vídeo, un poco revenido, o los estupendos trabajos fotográficos de Fontcuberta sobre el Cosmos en su serie Constelaciones.
A mi modo de ver, lo mejor de la exposición son sus Orogénesis; aunque eché de menos que las cartelas, además de reflejar, como lo hacen, sus fuentes de inspiración (la Sainte Victoire de Cezanne por ejemplo), recogiesen también la localización geográfica de los paisajes fotografiados.
Anecdóticos, aunque atractivos, son los enigmas de la política espacial soviética y los misterios del Soyuz 2, su cosmonáuta y su cosmoperro, que, según nos cuenta la exposición, se volatilizaron en el espacio bajo los efectos del vodka. Fontcuberta les rinde tributo con grandes y solemnes reproducciones.
Pero sería más completo venirse a Gotemburgo a ver todo esto. Si no me equivoco se trata del primer español que recibe el Premio Hasselblad, posiblemente el más prestigioso del mundo de la fotografía. El galardón se otorga anualmente desde 1980: http://www.hasselbladfoundation.org/collection/en/
He dejado para el final otra de las series expuestas, el Herbarium, una colección de hermosas fotografías minimalistas e irónico-botánicas, con las que Fontcuberta rinde homenaje a la obra de Karl Blossfelds (1865-1932), publicada en 1928, en la que el fotógrafo y botánico alemán ilustraba la naturaleza real de los motivos vegetales del Art Nouveau.
Entre los varios méritos enumerados en el folleto de la muestra a Joan Fontcuberta le han otorgado el Premio Hasselblad 2013 por importantes motivos:
… por sus innovadoras investigaciones en el campo de la fotografía y la relación que esta tiene con la verdad, a través de narrativas fotográficas que unen las fronteras entre el hecho y la ficción. Su constante cuestionamiento de los que se consideran conocimientos autorizados establece un valioso método de explorar tanto la fotografía de la naturaleza como la naturaleza de la fotografía
Así pues, Victor Hasselblad (1906-1978) se sigue mereciendo las flores que anónimos fotógrafos depositan en las manos de su figura en bronce, que le recuerda cerca de las escaleras del Museo de Arte de Gotemburgo.
Es en esta sede donde, muy adecuadamente, la Fundación que lleva su nombre tiene las exposiciones y mantiene sus archivos, abiertos a los investigadores y amantes de este inagotable y siempre renovado arte de la Fotografía.
El tercer asunto
Algunos de estos días grises que se prestan al retiro me llevaron a abrir las páginas de un libro y a latitudes más soleadas, pues en tierras de Bolivia se desarrolla la primera novela de un amigo, condiscípulo de lejanos estudios compartidos, publicada hace cinco años. Así es la vida, nos separa de los compañeros y muchos años más tarde nos reúne a través de unas páginas.
Entre las orillas de la ría de Göteborg y la cuenca amazónica del Beni un puente invisible trasiega nuestras historias.
El escenario son en su mayor parte las cálidas regiones del oriente boliviano. Con tesón quijotesco su autor salió airoso de una narración de intrigas y amores en la tierra que le adoptó hace años. Me ha dicho que, si la escribiese ahora, lo haría de otro modo. Cuando se sigue escribiendo y publicando siempre vienen ganas de revisar la opera prima. Los autores casi siempre piensan así. Escritores o no, nos suele pasar a todos con las primeras obras de nuestra vida. Pasados los años, ya no nos bañamos en el mismo río.
Pero, más allá de la metáfora (atribuida a Heráclito), la corriente verdadera en la que una parte de la novela de Carlos García-Tornel Florensa se baña, es la del río Beni. En su obra destaca su amor a esa región boliviana y a las gentes que viven en ella, retratados en las vicisitudes y los numerosos detalles que este documento-ficción desgrana a lo largo de un rocambolesco suspense.
Que su protagonista catalán, Jordi, sin pretenderlo frustre la secesión de los departamentos orientales de Bolivia, aunque su padre, Jaume, catalán suavemente independentista, sea el director en el país de una multinacional española de los hidrocarburos y esté implicado en una maquinación internacional que promueve la secesión, no deja de tener su carga de ironía, no sé si retrospectiva o prospectiva.
En cualquier caso, en esta peripecia no todos los parecidos con la realidad son pura coincidencia.
El autor ha publicado también: Cuentos indecentes, cuentos inocentes, La Paz, Editorial Gente común, 2010 y Muertos por encima de toda sospecha, La Paz, Editorial Autodeterminación Noviembre 2012 (en mi me mesa de lecturas pendientes).
Final campestre
Ya que hoy hemos estado en el museo, acabaré con el detalle de uno de los cuadros de la donación de la familia de Gustaf Werner (1859-1948), que se expone actualmente en sus salas.
La visión de esta granja y su sol moribundo, en el atardecer de un lejano día de fines del siglo XIX en Öland, parecen rescaldarnos un poco, a pesar de los vientos del Báltico que seguramente la batían.
En esos parajes vivió y pintó desde 1890 hasta su muerte el artista sueco, formado en Francia, Per Ekström (1844-1935).
Dibujos reunidos (II). El arte de la aguada y el pincel: Claude Lorrain, Nicolas Poussin, Giovan Battista Gaulli, Andrea Boscoli
Para Pîetro Roccasecca, Profesor de Historia del Dibujo, Academia de Bellas Artes, Roma
Ha de ser como si en los dedos convergieran todos los ritmos del cuerpo con todas las figuras de la mente. La mano es un terminal de nervios, huesos, carne, que atesora años de trabajo y de hábitos. Aunque el cuerpo parezca inmóvil, aunque no dance como el de algunos calígrafos orientales al ritmo de sus trazos, la memoria fluye hacia la delicada punta del pincel que, sin arrepentimientos, distribuye líneas y sombras sobre un papel.
Como en el Estudio de árboles de Claude Lorrain (entre 1600 y 1605-1682) o en los esbozos y estudios de otro francés quien, también coincidió con él, alcanzó lo mejor de su arte de pintor en Roma y allí murió.
Nicolas Poussin (1594-1655)
La obra del francés, establecido en Roma durante más de la mitad de su vida, es una muestra de talento naturalista y clásico. En sus dibujos Poussin hace poesía con las formas reducidas a su esencia. Sus aguadas y acuarelas sintetizan racionalmente las figuras y sus gestos. Los tonos de la tinta, el bistro, más o menos diluida, simplifican y al mismo tiempo articulan en diversos campos y perfiles la luminosidad del motivo, su atmósfera y su entorno.
Sus estudios son rápidos y seguros y formulan con precisión intelectual el concepto del pintor en su proyecto, aunque no siempre correspondan a un cuadro, al menos a ninguno de los conocidos, como es el caso del boceto para un Triunfo de Galatea.
En su estudio de la Sagrada Familia en un paisaje son sus piedras, que evocan alguna construcción egipcia, y sus palmeras, los que envuelven y forman el entorno luminoso de las figuras.
De parecida factura son los claroscuros y la integración en el paisaje de la escena de Medoro y Angelica, en la que se pueden distinguir hasta seis tonalidades de bistro, desde la plena luminosidad del papel virgen hasta la sombra de los arbustos. Se descubren también trazos de sanguina. Es la obra de un pincel seguro, del aplomo y de la mano de Poussin.
En su Sagrada Familia con San Giovannino el grupo se integra en la arquitectura y el paisaje. Se mantienen los claroscuros y la variedad de tonalidades y aumenta la línea de la pluma.
El trazo a pluma, pero con una enorme libertad en el movimiento de las líneas, caracteriza también otros dos dibujos suyos. En el de La hija del faraón encontrando a Moisés juega con los contrastes lumínicos y la escala de tonalidades como en los anteriores.
Y en el de La ofrenda de Alejandro ante la tumba de Aquiles los trazos y las tonalidades se atenúan
De parecida factura
Por hoy, acabaremos con otros dos estudios de maestros de la aguada.
Miembro del equipo de Bernini fue Giovan Battista Gaulli, apodado Baciccio (1639-1709). De la serenidad y naturalidad de Poussin pasamos a la ruptura de las líneas, los escorzos vivaces de sotto in su (de abajo arriba), de influencia berniniana, y el efecto escenográfico.
Pero el juego lumínico y la técnica de la aguada se mantienen intactos medio siglo después.
En cambio, el manierista florentino Andrea Boscoli (1560c-1607) dibujó su Bautismo de Cristo pocos años antes de morir, siguiendo al parecer las técnicas aprendidas durante su estancia en Roma en el año 1600, con unos acentos y una exuberancia naturalista que eran nuevos en él y que nos hacen pensar en un temprano barroco.
¡Animo y al pincel!
Puede que lo visto nos haya dado envidia. Pero, aunque no podamos volar a Egipto y estemos lejos de los bosques bucólicos del Lacio, no por eso debemos renunciar a intentarlo.
Nos basta con algo más modesto: la mesa de la cocina, dos limones, un pincel, un tintero de tinta china, tres vasitos con tinta china diluida (con tres niveles de saturación: claro, medio y oscuro) y una hoja de papel de acuarela (más el de cocina para limpiar el pincel cuando convenga). ¡Ah, y un cuarto de hora sin que nadie nos moleste!
Los resultados podrán ser modestos, pero ¡perseverancia! ¡Nunca es tarde para llegar a ser los polluelos de Poussin!
Fuentes de las reproducciones:
(Lorrain) Per Bjurström, The art of Drawing in France, Sotheby’s Publications and The Drawing Center, NY, 1987
(Poussin) Nicolas Poussin, XIX facsímiles de la Colección de Dibujos de los Museos Nacionales, Edición de John Kroon, Malmö, A.B. Malmö Ljustrycksanstalt, Imprenta Lundgrens Soners, 1935.
(Gaulli) Il Disegno. Forme, tecniche, significati. A cura di Annamaria Petrioli Tofani, Simonetta Prosperi Valenti Rodinò e Gianni Carlo Sciolla. Torino : Istituto Bancario San Paolo, 1991
(Boscoli) Disegni florentini 1560 – 1640 dalle collezioni del Gabinetto Nazionale delle Stampe, Istituto Nazionale della Grafica, Roma, Villa della Farnesina, 1977. Catalogo a cura di Simonetta Prosperi Valenti
Dedicado a mis amigos contertulios
Dado que el próximo jueves 7 de noviembre este blog cumplirá tres años, lo abro hoy con la foto que publiqué en esa misma fecha del año 2010. Pero lo dedico a dos breverías erasmianas que se relacionan con esa amistad que ignora paralelos y meridianos.
En estos últimos tiempos he constatado personalmente uno de los efectos positivos de Internet: el reencuentro con antiguos compañeros, de cuya amistad perdí el rastro hace décadas, con quienes he retomado la conversación como si el tiempo no hubiera pasado.
La amistad con quienes había perdido de vista se ha revitalizado gracias a este espacio virtual. Por añadidura, las páginas de este blog han reforzado los intercambios con nuevos amigos y familiares, y han puesto de manifiesto afinidades con personas que ni siquiera he visto, pero con quienes tengo ahora algo en común.
Erasmo de Rotterdam tuvo muchos y excelentes amigos, con los cuales, cuando la distancia no permitía los encuentros cara a cara, mantenía una nutrida correspondencia, al menos hasta que la muerte no le privaba de ellos. Más de uno fue víctima de los integrismos y las intrigas de su época.
Es significativo que sus glosas de los adagios (Adagiorum chiliades) se abran con dos proverbios grecolatinos que ensalzan la amistad como comunión, igualdad y afinidad (Les Adages d’Érasme, Les Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), Lyon 2010, pp.63 a 65):
Todo es común entre amigos
(Adagio I i 1)
Porque no hay proverbio más saludable ni más celebrado que este, he querido que inaugure este repertorio de adagios para situarlo bajo felices auspicios. Si, en la misma medida en que está en boca de todos, estuviese impreso en el alma de los hombres, sin duda nuestras vidas se librarían de la mayor parte de sus males.
Sócrates deducía de este proverbio que todo pertenece a los hombres buenos del mismo modo que a los dioses. Todo –afirma- pertenece a los dioses. Los buenos (boni viri) son amigos de los dioses y entre amigos todo es común. Por tanto, todo pertenece a los hombres buenos (Bonorum igitur virorum sunt omnia)
Y, como tiene por costumbre, Erasmo, cita sus fuentes, empezando por Eurípides (Andrómaca, 804):
Los verdaderos amigos no tienen nada propio,
Pues entre ellos todo es íntegramente común
Sigue con Terencio, Aristóteles, Platón (es feliz la sociedad donde no se oye hablar de lo que es mío o no es mío), Marcial, Teofrasto, Plutarco, Cicerón (res amicorum communes et amicitiam aequalitatem) que atribuye el adagio a Pitágoras, como lo afirmaban también Diógenes Laercio y Aulo Gelio en sus Noches Áticas:
Porque todos los que eran admitidos en aquella agrupación de estudiosos compartían vida familiar y dinero, lo que de hecho, con un término del latín, se denomina cenobio (κοινόϐιον) para expresar esa sociedad de vida y de fortunas
De pasada Erasmo se queja de los cristianos que estigmatizan la idea de comunidad de Platón, a pesar de que su propuesta de vida en común es, a juicio de nuestro humanista, la más cristiana que filósofo pagano haya jamás formulado.
Es sabido que el ideal de la comunidad de bienes de la primera iglesia se mantuvo mientras duró la idea del que Jesús iba a volver pronto a poner las cosas en su sitio y a sus primeros seguidores en los puestos de primera línea en el Reino de los Cielos. Cuando se constató que la cosa iba para largo, aquella generosidad inicial se fue limitando a una comunión mística y simbólica, la koinonía. La vida en común se restringió a los cenobitas y el comunismo inicial dio paso a diversas atenuaciones del ideal cristiano.
Al fin y al cabo la amistad tiene muchas formas y muchos caminos y no sólo se mantiene en un cenobio o en un convento (lo que Erasmo confirmó al exclaustrarse)
Amicitia aequalitas. Amicus alter ipse
(Adagio I i 2)
Lo que podríamos traducir como Amistad es igualdad. El amigo es mi otro yo.
En su glosa de este segundo proverbio de su voluminosa antología, Erasmo recuerda que lo mismo quiere decir la expresión aristotélica amicus alter ego. Pero el origen del proverbio se atribuya a Pitágoras.
Completa el comentario con una nueva cita de Las leyes donde se afirma que el ideal de igualdad se ha de practicar
tanto por los jóvenes como por los viejos, por los doctos como por los indoctos, por estultos y por sabios, por robustos y por débiles, sin perjuicio de que a cada cual se le reconozca su dignidad, pues, según Platón, la suma igualdad acaba en suma desigualdad (summa aequalitas summa fit inaequalitas)
::::::::::::::::::::::::
En resumidas cuentas, la sinergia entre ambos adagios nos recuerda que la amistad nace y se nutre por variados caminos, y por dos en particular. El primero se inicia con el descubrimiento de nuestras afinidades con otra persona y conduce al reconocimiento del alter ego, a la comunidad de ideas y preferencias y a la aequalitas a la que alude el proverbio. El segundo recuerda que, en sentido inverso, la convivencia en una comunidad genera a menudo el descubrimiento de coincidencias y afinidades, el sentimiento de igualdad y la identificación con los amigos. De estas y de otra innumerables formas surge y se fortifica la amistad, de lo que, en la antología de Erasmo, también testimonian otros adagios que tienen como tema la amistad y que dejamos para otro día.
Por el momento, concluiré con una microrrelato que se refiere precisamente a los orígenes y pervivencia de una comunidad de amigos:
Hubo hace casi cincuenta años, en un lugar de América, en el seno de una organización militante, una comunidad estudiantil que lo compartía todo en un ambiente de exigencia intelectual, y en especial sus ideales de mejorar el mundo.
A lo largo de algunos años y meses vivieron en común las dificultades y las ilusiones de una ascética formación y de la preparación para la acción, aguijoneados por ese espíritu que ensalza el salmo 133: ‘Ecce quam bonum et quam iucundum habitare fratres in unum’
Algunos, perseverando en la organización que les reclutó y les formó, siguen, en su fe original, esforzándose por salvar cuerpos y almas; otros eligieron partir para construir su vida cada uno con sus propias circunstancias y en lugares diversos. Los que ya no están no han sido olvidados.
De aquellas grandes ambiciones, de aquella fe, de lo que a todos les unió, unas afinidades tácitas, unos sentimientos y un manojo de convicciones han resistido al paso del tiempo.
Los que residen cerca han comenzado a reunirse cada mes en una tertulia. Los que vivimos lejos la compartimos activamente, gracias a la Red. Hace unos decenios formábamos una comunidad de hermanos, hoy nos seguimos reconociendo como amigos, sin que el tiempo parezca haber pasado.
– ¿Me lo puede formular mejor?
– Pues, mire usted, no sabría hacerlo. Al fin y al cabo, la amistad se vive sin demasiadas explicaciones.
Breverías erasmianas (X) “Ira omnium tardissime senescit” (El rencor es lo último que se extingue)
Hay en estos días un viento que barre las hojas caídas y recuerda la caducidad de las cosas. Símbolos inmemoriales del otoño y del ritmo natural de las estaciones.
No obstante, el mundo vegetal, aunque decline, encierra siempre la promesa de su renovación, de una especie de borrón y cuenta nueva. Aquello que brotó en primavera desaparece ahora, pero tenemos la certeza de que algo nuevo surgirá con la siguiente.
No es así en el mundo de lo humano. Caen los hombres y quedan los rencores. Con trágica frecuencia, nuestros otoños no anuncian casi nunca primaveras. La sangre sigue corriendo bajo el pretexto de agravios ancestrales y el afán de venganza se trasmite entre generaciones.
Lo vemos en las noticias de cada día. El odio se enquista, se trasmite y se mantiene. Las arboledas se renuevan cada año pero el alma colectiva de los hombres es de hoja perenne. Ninguna expiación parece suficiente y hasta hay lugares donde subsiste la convicción brutal de que los hijos de los homicidas han contraído una deuda de sangre.
Ira postremum senescit
De nuevo volvemos a Erasmo y a uno de sus comentarios de los viejos adagios grecolatinos. En este caso aquel que constata lo que acabamos de constatar:
“El rencor es lo último en caducar”. Así lo expresa de otro modo un apotegma de Aristóteles, quien, según Laercio, a la pregunta de ¿qué es lo que más rápido envejece? respondió: un beneficio.
Cicerón junta las dos cosas: “Quien tuvo placer lo olvida; quien experimentó un dolor guarda memoria (cui placet obliviscur, cui dolet meminit). En general, los mortales suelen recordar con gran tenacidad la injuria y se olvidan con mucha facilidad de los favores”
Este adagio parece venir de Sófocles, quien en su Edipo en Colona dice:
Nada hay que a la cólera haga vieja si no es la muerte,
pues a los que ya están sepultados el dolor no llega
Erasmo comenta que esa longevidad del resquemor y del odio es lo que simboliza Homero en su alegoría de la contienda entre las Súplicas (Litas) y la Ofensa (Ate). Esta diosa tiene la mirada viva y es rápida en causar desgracias. Las Súplicas en cambio son lentas y estrábicas. Quiere decir con ello que las ofensas son ágiles y perduran y las reconciliaciones son lentas (reconciliationes esse tardas), porque los hombres suelen recordar durante largo tiempo los agravios.
Concluye recordando que La Iliada narra también que Júpiter arrastró de los pelos y sacó del Olimpo a Ate, que había contagiado de su perfidia a Juno, y la lanzó a la tierra. Erasmo añade que hay quien opina que la historia de Lucifer, arrojado del paraíso, es similar.
(Fuente del texto latino: Adagio I, VII, 13 (613), pp 561-563, Les Adages, Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), Lyon, 2010)
Atavismos
Símbolo de la persistencia del afán de venganza es lo que ocurre en algunas regiones de Europa, donde (como documentaba un reportaje de la cadena ARTE), los hijos de un asesino deben pasar con su madre a la clandestinidad, para no ser a su vez asesinados por los familiares de aquél a quien mató su padre (que en la cárcel o muerto ya no puede ser objeto de venganza).
Esa deuda de sangre condena a los niños a no frecuentar la escuela para no ser localizados, hasta el punto de que sólo con maestros itinerantes pueden conseguir un mínimo de escolarización. Según el documental, en Albania hay así decenas de niños que estudian ocultos en su nuevo domicilio.
De modo que el rencor resiste, a las reconciliaciones no se las espera y las masacres se amontonan sobre la tierra. Para el odio y el rencor no llegan ni los otoños ni las primaveras.
Y sin embargo, a veces…. http://politica.elpais.com/politica/2013/10/24/actualidad/1382641750_283159.html


































































































































