Breverías erasmianas (XXXV): «Parturiunt montes, nascetur ridiculus mus» (Parieron los montes, nació un ridículo ratón)

«in monte terram intumescere». Dibujo R.Puig
Para José María Tortosa en su día de cumpleaños
Erasmo de Rotterdam nos acompaña de nuevo con uno de aquellos miles de proverbios de sabiduría antigua que recopiló y comentó durante toda su vida y no sólo como filólogo minucioso en busca de las fuentes y los significados; para él, como puede ser para nosotros, los adagios son cápsulas intemporales de interpretación abierta que todavía hoy nos dicen algo sobre nuestras propias personas y nuestras sociedades.
He traducido el texto completo con el que Erasmo comenta un famoso adagio de origen griego. Como tiene por costumbre suele dar más de una versión.
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«Parturiunt montes, nascetur ridiculus mus»
Parieron los montes, nació un ridículo ratón
Adagio I ix 14
Ὤδινεν οὖρος, εἷτα μῦν ἀπέκτεκεν, o sea Mons parturibat, deinde murem prodidit
«Un monte estaba de parto, acto seguido apareció un ratón», se trata de un proverbio en verso yámbico que suele aplicarse a esos hombres fanfarrones y jactanciosos, que suscitan una sorprendente expectación con sus expresiones, forma de vestir y aire doctoral, pero que cuando llega la hora de concretar, producen meras simplezas.
… homines gloriosos et ostentatores, qui magnificis promissis tum vultus vestitusque auctoritate miram de se movent expectationem, verum ubi ad rem ventum est, meras nugas adferunt
No está de más recordar que en tiempos de Erasmo no existían las campañas electorales (al menos tal como las conocemos hoy), pero, aunque las circunstancias cambien, los seres humanos nos somos tan diferentes de los de hace siglos.
También lo usa Luciano en su obra «De como conviene escribir la historia»; dice que cuando Cupido se disfrazaba de Hércules o de Titán la multitud le gritaba ¡parieron los montes!
…..Dicit enim sic reclamari a vulgo in Cupidinem Herculis aut Titanis personam assumentem ὤδινεν ὄρος.
Luciano de Samosata, «De como conviene escribir la historia», 23
Eran cosas que sucedían en el Olimpo, donde a menudo se reunían ágoras muy animadas.
Ateneo, en el libro decimocuarto de su «Banquete de los eruditos» (Dipnosofistas) cuenta que Tachas, rey de Egipto, cuando Agesilao, rey de Esparta vino a ofrecerle su ayuda durante una guerra, le recibió con la siguiente pulla: “Se ha puesto de parto el monte y hasta el mismo Júpiter ha tenido miedo, pero lo que ha nacido es un ratón”.
Agesilao, que era de pequeño cuerpo, se ofendió y le replicó: “llegará el día en que me veas como un león”.
…. Erat autem Agesilaus pusillo corpore. Porro dicto offensus respondit : «Atqui aliquando tibi videbor leo».
Lo que más tarde ocurrió es que se produjo un levantamiento en Egipto y, como Agesilao no vino en su ayuda, el rey tuvo que refugiarse en Persia.
Eran historias que se contaban unos a otros los convidados de los banquetes cuando no había ni televisión ni androides. No obstante cosas de estas ocurren, sobre todo cuando los pequeños pueden mover el fiel de la balanza en favor de uno u otro grande. Así que, en la vida como en la política, no conviene decir categóricamente «de este agua no he de beber».
También lo usa Horacio en su Arte poética:
¿Qué de bueno traerá este parloteo de promesas?
Parirán los montes, un ratón ridículo nacerá.
Utitur et Horatius in Arte poetica :
«Quid dignum tanto feret hic promissor hiatu ?
Parturient montes, nascetur ridiculus mus».
Al llegar a este punto y tras haberme ceñido a los dos versos de Horacio, no me resisto a citar la más libre y más sabrosa traducción de Tomás de Iriarte (1750-1791). Su versión versificada del Ars poetica (Epistola ad Pisones) dobla en número de versos al original, pero su castellano es de un gracejo y de una riqueza extraordinarios, al tiempo que un trabajo peliagudo.
¿Qué saldrá, al fin, de esta arrogante oferta
Pregonada con tanta boca abierta?
De parto todo un monte; y luego
¿Qué vino a dar a luz? Un ratoncillo
.
Horacio, Arte poética (138-139), traducción de Tomás de Iriarte
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«rudes atque agrestes homines». Dibujo R.Puig
Pero sigamos con el comentario de Erasmo, quien nos deja para el final lo más sugestivo, la fábula de Esopo, que se supone es el origen del adagio.
Porfirio pensaba que el proverbio provenía de un apólogo de Esopo; lo cuenta como sigue. Hubo hace tiempo unos hombres rústicos y agrestes que al ver que en un monte la tierra se hinchaba y se movía, llegados de todas partes se reunieron expectantes ante tan horrendo espectáculo, esperando a que la tierra desvelase algún portento formidable, ya que una montaña se había puesto de parto; como si los Titanes fuesen a irrumpir de nuevo para reiniciar la guerra contra los dioses. Sin embargo tras esperar mucho tiempo con los ánimos atónitos y en suspenso, de la tierra salió un ratón, y enseguida todos empezaron a reír.
«mus prorepsit e terra». Dibujo R.Puig
…Cum olim quidam rudes atque agrestes homines viderent in monte terram intumescere moverique, concurrunt undique ad tam horrendum spectaculum expectantes, ut terra novum aliquod ac magnum portentum aederet monte nimirum parturiente foreque, ut Titanes rursum erumperent bellum cum diis redintegraturi. Tandem ubi multum diuque suspensis attonitisque animis expectassent, mus prorepsit e terra moxque risus omnium exortus.
Comentario al Fedro de Platón, 4, 24 y Esopo, Halm 520

«risus omnium exortus». Dibujo R.Puig
Yo diría que la moraleja del parto de los montes es que no sólo es sano ser realistas en nuestras expectativas, sino que también es bueno racionar nuestra admiración incondicional hacia los nuestros (y nuestros denuestos contra los que no lo son). Dicho metafóricamente: que lo que exijamos de los montes, en modo parecido lo exijamos de nosotros mismos. Probablemente, además de no pasmarnos aguardando prodigios como los rústicos frente a la montaña, es probable que así nos ahorremos bastantes desengaños e indignaciones
La fábula de Esopo acaba en risas, no he encontrado una versión en la que en lugar del ratón salga un dragón que arrase con todo a sangre y fuego, que de esos partos también es prolífica la historia.
Referencia: el texto latino procede de Les Adages d’Érasme, présentés par les Belles Lettres et le GRAC (UMR 5037), 2010, pp.711-712. La traducción es mía.
Lo que de sí sabe el poeta

De estos dias. Foto R. Puig
Cuando durante los años de la adolescencia poco sabía de mí, tuve la suerte de que me acompañaran los poetas. No es algo único, muchos me confirmarán que también la poesía les ayudó a habitar un aire propio y respirable. Pero lo que fue individual, lo exclusivo, lo secreto, fue la propia y personal antología de nuestras lecturas más sentidas.
A lo largo de aquellos años de vacilaciones la poesía nos sirvió de guía, incluso habremos escrito nuestros versos. Aquellas primicias, aquellos ratos de recogimiento, cuando afanosos penábamos por descubrirnos y con candor irrepetible hacíamos nuestros los versos de poetas admirados, aquellos tiempos fueron aurorales.
No sé si será porque, ahora, en estas tierras del norte escandinavo la luz se aviva, los brotes florecen y viejos y jóvenes se recuestan sobre el césped de los parques, pero mi mano ha entresacado de la estantería una antología de uno de aquellos poetas que me acompañaron.
Quizás me animaba saber que José Hierro (1922 – 2002) podía juntar en un libro cuanto sabía de sí, como sólo la poesía puede hacerlo. No recuerdo bien, pero es posible que aquel chaval inseguro sintiese que hilando sus propios versos acabaría también sabiendo lo que era. El siguiente poema pertenecen al poemario con el que obtuvo el Premio Adonáis en 1947, y a Tierra sin nosotros del mismo año publicado en Santander en la Editorial Proel (*)
En mí la siento aunque se esconde. Moja
mis oscuros caminos interiores.
Quién sabe cuántos mágicos rumores
sobre el sombrío corazón deshoja.
.
A veces alza en mí su luna roja
o me reclina sobre extrañas flores.
Dicen que ha muerto, que de sus verdores
el árbol de mi vida se despoja.
.
Sé que no ha muerto, porque vivo. Tomo,
en el oculto reino en que se esconde,
la espiga de su mano verdadera.
.
Dirán que he muerto, y yo no muero. ¿Cómo
podría ser así, decidme, dónde
podría ella reinar si yo muriera?
José Hierro, de «Alegría interior» (1947)

La antología personal que José Hierro publicó hace ahora sesenta años, se titulaba precisamente Cuanto sé de mí. El ejemplar que he abierto hace dos días es la edición revisada por el poeta que Seix Barral publicó en 1974, dentro de la colección de poesía de la Biblioteca Breve.
En la página veinticinco hay estos versos:
PRIMAVERA
Si ahora vinieras con tus flautas,
con tus rebaños de aguas grises,
si tuvieras figura humana,
brazos duros para dormirme,
y no estas flores amarillas
que sólo dejan presentirte,
y no esta brisa que nos roza
como unos dedos invisibles,
y no esta luz, que no sabemos
si es que te quejas o te ríes…
.
Si me llamaras a tu lado,
todo: las horas vagas, tristes,
la soñolienta calma, todo
lo dejaría por seguirte;
si ahora volvieras, primavera,
si te me hicieras hoy visible,
si a mí llegaras de muy lejos
entre unos álamos flexibles…
José Hierro, de “Tierra sin nosotros” (1947)

De estos días. Foto R. Puig
NOTAS
(*) José Hierro, Alegría, colección Adonáis (premio 1947), nº39, Madrid, Rialp, 1947, y Tierra sin nosotros, Santander, Editorial Proel, 1947
Entre el mar y la sierra del Segaria: desde Ondara a la playa de Els Poblets con colofón boliviano.

El Segaria desde Ondara. Foto R.Puig
A los pies del Segaria se extiende Ondara, colindante con los municipios de El Verger, Beniarbeig, Pedreguer y Denia.
A media hora de bicicleta, por caminos entre naranjos, limoneros y mandarinos, y a diez minutos en coche está Els Poblets y mi playa de la Almadrava (con v en valenciano y con b en castellano). Mi biblioteca está desde hace dos semanas en Ondara.
A Ondara la escoltan los naranjales.

Naranjales. Ondara. Foto R.Puig
Por el centro del casco urbano, encajonado entre los muros de un barranco ornados de graffiti, circula el río Alberca que por el norte separa los huertos de las casas.

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Por las calles más antiguas de estos barrios, formados en los siglos XVIII y XIX, son frecuentes las casas desde hace años deshabitadas de los pueblos de la comarca. La estrechura de la vieja red viaria y una arquitectura propia de las condiciones de vida de otras épocas (en una que he visitado el burro accedía a su recinto por la misma puerta que las personas) han conducido, a medida que fallecían sus ancianos ocupantes, al abandono de las viviendas más angostas,.
Pero también hay mansiones amplias y bien renovadas, con sus ventanas enrejadas y sus techos altos, lo que no obsta para que junto a ellas agonicen casonas similares que ya nadie restaura.

Deshabitada. Foto R.Puig
En estas puertas la vieja llave ha dejado de girar

¿Cuántos años han pasado sin que sus habitantes entren y salgan cada día por sus portones?

Toc toc. ¡Ah de la casa! Foto R.Puig
Pero Ondara crece hacia el campo con nuevos barrios y sus calles están vivas. Los vecinos son cordiales y saludan al cruzarse contigo. Hay un párroco que toca las campanas con frecuencia. Alguien me dice que es un cura repicador. No sólo las hace sonar por razones litúrgicas, también marca las horas y las medias para los que no lleven reloj.

El Montgó visto desde Ondara. Foto R.Puig
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Ondara no tiene playa, sin embargo, a pocos kilómetros, tiene la de la Almadrava en Els Poblets y todas las de la Marina de Denia.
Asi que, desde los huertos verdes,

El campo. Ondara. Foto R.Puig
nos hallamos en un pis pas frente a todos los azules del mar

Azules y negro. Foto R.Puig

Más azules. Foto R.Puig
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¡Quién pudiera!

Ícaro. Foto R.Puig
Como ya no tengo edad para surcar las olas sobre una tabla, me contento con capturar una panorámica de la playa.
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Saltando el gran charco
Para concluir, aunque -¡ay!- Bolivia sigue sin conseguir la salida al mar que perdió en una guerra fratricida, a mí me siguen llegando las fotos de la flora exuberante de las riberas del Beni que, sin ser el mar, no deja de ser una ancha vía fluvial que atraviesa las pampas y selvas bolivianas.
Sus aguas, a través del Madeira, acaban por engrosar las del Amazonas. Al fin y al cabo, su trayectoria, algo más larga que la que los bolivianos aspiran a conseguir, no deja de ser una salida al mar.

El río Beni entre Rurrenabaque y San Buenaventura. Foto R.Puig
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Flora
Las fotos que desde Bolivia me envía mi viejo amigo Charlie son un hermoso broche para esta crónica

Flor de jengibre. Foto Charlie G. Tornel

Lirio rojo escoltado por pomelos. Foto Charlie G. Tornel
Confío en que algún día nos pueda seguir mostrando sus estupendas fotos de la flora boliviana en un blog propio. ¡A Linneo le gustaría! ¡Esperando que te animes, esta página está a tu disposición!
Por cierto que, hace algunos años, les hablaba yo aquí de una de las novelas que publicó Charlie: «El tercer asunto». Así que, además de la rica flora a su disposición, no le faltarán historias, comedias y tragedias, del Oriente boliviano.
Latitudes de abril

Al azar de abril Foto R. Puig
Para mi amigo Charlie que vive allá por donde discurre el Beni
.
Mediterráneo
.
Por abril
el naranjo
da su flor.
.
Azahar es
de desmayos
el remedio.

Flor de azahar. Foto R, Puig
Azahar
que no olía
T.S.Elliot.
.
Cuando
la crueldad de abril
le estremecía
.
Y a la vista
de las lilas
se deprimía
.
Algo a la niebla
de Londres
le debe Tierra Baldía
.
APRIL is the cruelest month, breeding
Lilacs out of the dead land, mixing
Memory and desire, stirring
Dull roots with spring rain.
.
ABRIL es el mes más cruel, nutre
Lilas con tierra muerta, mezcla
Memoria y deseo, resucita
Yertas raíces con lluvia primaveral.
.
T.S. Eliot (1888–1965). primeros versos de «The Waste Land» (1922)
Renovó la poesía
de su tiempo
con sus rimas
.
Pero en la barra
de su pub
no servían mandarinas.

Ni en las orillas
del Támesis esbeltas
flores crecían

Orilla florida. Foto R. Puig
.
Bolivia
¡Mirad lo que me ha llegado
de las pampas
bolivianas!

Al pie de las toronjas. Foto Charlie G.Tornel.
A dos leguas
de la ribera del Beni
vive Charlie.
.
Su cabaña
la rodean verde
y flores.

La cabaña sitiada. Foto Charlie G.Tornel.

Flores de pajarilla. Foto Charlie G.Tornel.
.
Abril no es waste land
si hay racimos
de papayas.

Papayas. Foto Charlie G.Tornel.
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¿Y cómo será abril cruel
si los pomelos
se ofrecen en la rama?

Toronjas en su rama. Foto Charlie G.Tornel.
En mis orillas,
es la hora del paseo
marinero.

El paseo vespertino. Foto R. Puig
.
Un pescador
se abandona
a la paciencia

El viejo y el mar. Foto R. Puig
.
En las riberas del Beni
el aguacero ha creado
torrenteras.

Está lloviendo. Foto Charlie G.Tornel.
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¡Ponte las botas
de goma
compañero!
…
…

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Primaveral. Foto R. Puig
El domingo pasado me despedí aquí mismo con un sol esplendoroso.
El martes por la mañana… Bueno, ese día, por la ventana de la cocina las cosas se veían diferentes…
Y no sé por qué -¡esas asociaciones de la mente!- pensé en Mario Benedetti (1920 -2009) y en la esquina rota de su primavera, rota sí pero, en palabras de Beatriz, no desesperada.
Otra estación importante es la primavera. A mi mamá no le gusta la primavera porque fue en esa estación que aprehendieron a mi papá. Aprendieron sin hache es como ir a la escuela. Pero con hache es como ir a la policía. A mi papá lo aprehendieron con hache y como era primavera estaba con un pulóver verde. En la primavera también pasan cosas lindas como cuando mi amigo Arnoldo me presta el monopatín. Él también me lo prestaría en invierno pero Graciela no me deja porque dice que soy propensa y me voy a resfriar. En mi clase no hay ningún otro propenso. Graciela es mi mami. Otra cosa buenísima que tiene la primavera son las flores.
de «Primavera con una esquina rota», Mario Benedetti, 1982
A Bella también le gustan las flores, mejor dicho todo lo que crece verde. El problema es que a veces se lo come y tiene problemas, nosotros también (ya me entienden), en especial si luego hay que limpiar la alfombra.
Bella es nuestra gata.

Bella en primavera. Foto R.Puig
En todo caso, el martes durante un buen rato se acomodó extasiada delante de la ventana, contemplando a los gorriones sobre las ramas del árbol del patio.

Los gatos necesitan comer hierba, parece que así se purgan.
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La gran lombriz de Gotemburgo (1)
Las lombrices se purgan de otra manera, lo pueden leer con todo detalle en un texto de una página agraria que lo explica todo sobre los lumbrícidos.
Por ejemplo que
Para cavar, la lombriz contrae los músculos longitudinales, el cuerpo se dilata agrandando la abertura de la galería. Luego, al contraer los músculos longitudinales, se adelgaza y desliza. Se han observado lombrices remover piedras de más de cincuenta veces su peso, o penetrar sin dificultad en terrenos compactados donde difícilmente puede clavarse una laya.
Una buena parte del cuerpo de la lombriz está ocupado por el canal digestivo, tubo que la recorre de un extremo al otro. A medida que el animal cava la galería, incorpora tierra y materia orgánica, humedeciéndola previamente con enzimas para ablandar los tejidos vegetales.
No tengo más remedio que contarles estas cosas porque es probable que, de vez en cuando y hasta 2026, me haga eco de algo que ya ha empezado a suceder en Gotemburgo…

Lumbricus rubellus. Foto Malcolm Storey
Tras largos años de dimes y diretes, las autoridades estatales y locales, prometiendo un futuro de crecimiento económico y de bienestar ciudadano, se han lanzado a la construcción de una derivación ferroviaria de ocho kilómetros, que incluye la perforación de seis kilómetros de túnel bajo el núcleo central de Gotemburgo.
Oficialmente lo llaman el Västlänken (el enlace occidental). Para simplificar lo llamaremos el lumbricus magnus.

Durante años, este poderoso gusano regurgitará toneladas de tierra bajo los barrios, canales y parques centrales de la ciudad. Cientos de comunidades de vecinos están contratando peritajes para certificar la estabilidad de sus edificios, por si el paso de la lombriz glotona llegase a convertir sus casas en torres de Pisa.
Hay muchos habitantes de la ciudad que ya empiezan a soñar con los bramidos subterráneos, las trepidaciones incesantes de los grandes volquetes y los enormes hoyos por los que asomará de vez en cuando la bestia. Los defensores de la ciudad alegre y confiada se manifiestan tristes y suspicaces.

Manifestación contra el Västlänken. Foto Göteborgs-Posten
Continuará…
Cambio de hora

Deshielo. Foto R.Puig
Me he caido de la cama
para empujar
adelante los relojes.
.
Ya no parece
que he madrugado
tanto.
.
Lo llaman
qué ilusión
la hora de verano.

Ni un alma. Foto R.Puig
Por las calles
primavera
no se asoma.
El domingo
ha amanecido
abandonado.

Marzo en el canal. Foto R.Puig
La nieve en retroceso
destapa
pasos antiguos.
.
Ecos de espuelas
en viejos patios
de caserma.

¡Rompan filas! Foto R.Puig
Hoy el sol
no hará
locuras.

Sol que no se atreve. Foto R.Puig
.
Ha llegado el deshielo
y la marea
baja.

Bajamar. Foto R.Puig
Con pelos despeinados
los muros
prometen verdes.

Esperando las flores. Foto R.Puig
…
…
…
Errare humanum
bloguerisque
est
.
El sol
contradiciéndome
resplandece.
.
Azoteas y tejados
con su luz parisina
ha invadido

Tejados de Gotemburgo. 25 /03/2018. 13:00 horas. Foto R.Puig
Un libro no es una cosa

Libro a la espera de su lector. Foto R. Puig
En memoria de José Luis Rouillon Arróspide
He terminado de leer un clásico de la crítica literaria francesa y he pensado que vale la pena extraer de su parte final (dedicada a la fenomenología de la lectura y más en particular al libro como lugar de una transmutación de la conciencia) algunas textos de su autor, el crítico literario belga Georges Poulet (1902 – 1991).
Era a mitad de los años 60 cuando nuestro profesor de Literatura en el Instituto de Humanidades Clásicas de Lima, el peruano José Luis Rouillon Arróspide S.J. (1928 – 2001), nos introducía en el análisis sobre el tiempo y el espacio literarios en particular en la obra de Marcel Proust, a partir de los primeros estudios del crítico belga.
Sirvan estas citas al elogio del libro y como recuerdo agradecido de aquellas lecciones lejanas que me abrieron el camino a muchísimas horas de enriquecedoras lecturas.
En una habitación vacía, encima de una mesa, un libro espera a su lector. Me parece que esta es la situación inicial de toda obra literaria. Antes de que alguien se ponga a leerla, hay sólo un objeto de papel que, simplemente, por su presencia inerte en un lugar cualquiera, afirma su existencia de objeto. De este modo, sobre los anaqueles de las bibliotecas, en las vitrinas de las librerías, los libros aguardan a que alguien venga a librarles de su materialidad, de su inmovilidad.
¿De verdad esperan, acechan la venida del que producirá en ellos el gran cambio que sabemos? Es poco probable. Todo lo que podemos afirmar es que antes de la llegada de su lector, los libros permanecen en el lugar y en el estado en que están. Sin duda no conocen la dolorosa brega del alma devorada por el deseo de un acontecimiento que la transforme. Mala suerte, parece que los libros desconocen las angustias de la espera. Como todo objeto material, han de estar satisfechos de su situación.
Sin embargo, esta indiferencia no acaba de convencerme del todo. Cuando veo los libros sobre las estanterías, los comparo a esos animales colocados por los comerciantes en pequeñas jaulas, que ponen su esperanza en que un comprador los elija.
(,,,)
¿No sucede algo parecido con los libros? Encerrados en sí mismos, ignorados, en actitud humilde, permanecen en su sitio ofreciéndose, hasta ese momento en que un lector se interesa por ellos. ¿Saben que podrá conferirles otra forma de existencia? Se diría que en ellos brilla a veces la esperanza. ¡Léeme! parecen decirnos. Malamente resisto a su demanda. No, los libros no son como los otros objetos.
George Poulet, «La conscience critique», Paris. Librairie José Corti, 1971, pp. 275 y 276

El libro se ofrece. Foto R.Puig
Comprad un jarrón y ponedlo en casa encima de una mesa o de la chimenea, al cabo de un rato se habrá dejado domesticar por la mirada. Se habrá convertido en un huésped habitual de vuestro aposento. Pero no por eso dejará de ser un jarrón. Por el contrario, si tomáis un libro, le veréis ofrecerse, abrirse. Es esta apertura del libro la que me parece algo excepcional e importante. El libro no se encierra en sus propios contornos, no se instala como en un fortín. Aunque existe en sí mismo, no pide nada mejor que existir fuera de sí o que permitiros existir en él. En pocas palabras, lo que en su caso es extraordinario es que entre vosotros y él caen las barreras. Estáis en él, él está en vosotros, ya no hay más fuera ni dentro.
Ibidem, pp. 276 y 277

El libro se abre. Foto R. Puig
Como decía antes, es lo mismo que ocurre cuando se compra un pájaro, un perro o un gato; le veremos metamorfosearse en un amigo. De la misma manera, amar mis libros quiere decir que los reconozco como seres susceptibles de devolverme algo del afecto que les tengo.
(…)
Un libro está ahí, espera en una habitación vacía. Ahora bien, he aquí que alguien entra, yo por ejemplo, que hojeo el libro y me pongo a leerlo. Entonces, en ese momento preciso, veo que del objeto abierto ante mis ojos sale una cantidad de palabras, de imágenes, de ideas. Mi pensamiento se las apropia. Me doy cuenta de que lo que tengo en la mano no es ya un puro objeto, ni siquiera un simple ser viviente, sino que es un ser dotado de razón, una conciencia : conciencia de los demás, no diferente de la que supongo automáticamente en todos los seres humanos que encuentro; pero que en este caso especial se me presenta abierta, me permite que adentre mi mirada en su interior mismo, que me permite incluso -privilegio inusitado- pensar lo que ella piensa y sentir lo que siente.
Ibidem, pág. 277

Porque el libro ha dejado de ser una realidad material. Se ha transmutado en una serie de signos que comienzan a existir por cuenta propia. ¿Dónde tiene lugar esta nueva existencia? Ciertamente no en el objeto de papel, seguramente tampoco en algún otro sitio del espacio exterior. Sólo queda un lugar posible para la existencia de los signos : mi fuero interior.
(…)
¿Cómo ha podido suceder? ¿Por qué procedimiento, gracias a qué intercesión? ¿Cómo he podido yo abrir tan completamente mi pensamiento a eso que de ordinario está excluido? ¿Cómo he podido penetrar con tanta facilidad en el interior de un pensamiento que la mayor parte del tiempo me está vedado? No lo sé. Sólo sé que, leyendo, percibo en mi mente multitud de ideas que se han instalado como en su casa. Sin duda aún son objetos : imágenes, nociones, palabras, y no obstante objetos de mi pensamiento.
(…)
El libro, como el jarrón, como una estatua, como una mesa, era un objeto entre los otros habitantes del mundo exterior : un mundo que de costumbre ocupan, juntos o yendo cada uno a lo suyo, sin que tengan ninguna necesidad de ser pensados por mi pensamiento; mientras que en el mundo interior donde, como los peces en el acuario, se desenvuelven palabras, imágenes e ideas, estas entidades mentales necesitan para existir del alojamiento que yo les procuro y que depende de mi conciencia.
Ibidem, pág. 278

«objetos de mi pensamiento». Foto R. Puig
Ahí reside la notable transformación que la lectura opera en mí…
…soy alguien que llega a tener por objeto de sus propios pensamientos unos pensamientos extraídos de un libro que leo y que son las cogitaciones de otro. Son de otro y sin embargo soy yo el sujeto de ellas.
Pienso el pensamiento ajeno. Cierto que no tendría nada de sorprendente si pensase ese pensamiento como el de otro. Pero lo pienso como mío.
Soy el sujeto de pensamientos que no son míos. Mi conciencia se comporta como la conciencia de otro que no soy yo.
Ibidem, pág. 280
(,,,)
La obra se vive en mí. En cierto sentido se piensa, se significa ella misma en mí.
Esta extraña suplantación de yo mismo por la obra merece ser estudiada con más detenimiento…
Ibidem, pág. 285
A partir de aquí, Georges Poulet dedica las treinta páginas finales de su libro a terminar de definir su fenomenología de la conciencia crítica. La obra concluye con una concisa definición de la crítica literaria:
toda crítica es inicialmente y fundamentalmente una crítica de la conciencia
Nota: La traducción de estos textos es mía, pero existe una versión española de la obra publicada bajo el título La conciencia crítica: de Madame de Staël a Barthes (Madrid, Editorial Machado, 1997)
Obras de José Luis Rouillon Arróspide

Anuario Jesuitas del Perú 2005
De la Estera al Ladrillo, Multimedia, Lima 1968
Una serie de cortometrajes producidos a lo largo de los años 70 centrados en la infancia de José María Arguedas : La fuga, El ayllu o Viseca, El arpa, Los cerros, y Juliucha el charanguero. Estas películas se conservan en el archivo que lleva el nombre del escritor, en la Biblioteca Central de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PCUP).
Edición de Cuentos olvidados y notas críticas a la obra de José María Arguedas, Lima. Imágenes y letras, 1973
Las formas fugaces de José María Eguren, Lima. Imágenes y Letras, 1974
José María Arguedas : realidad y mito, en colaboración con Luis Peirano Falconi, Vídeo documental, Lima, 1975
Aguarunas, 16mm Duración 12 minutos. Dirección y Montaje José Luis Rouillón. Producción: Lima, CETUC (Centro de Teleducación) de la Universidad Católica (PUCP), 1976
José María Arguedas y la religión, Rouillon Arróspide, José Luis. Lima 1978
Un Clarín en la noche (FILM): José Luis Rouillón. Guión: José Luis Rouillón y Tito Cacho. Prod.: Huellas S.A. Int.: Tito Cacho, Manuel Rodríguez, Américo Valdez, Jenny Rodríguez, Rosario Rouillón. Foto: Jorge Grundmann (color). Sonido: Edgar Lostaunau. Edición: Eva Grundmann. Música: Celso Garrido Lecca, Enrique Iturriaga. Prod. Ejec: J. Mohrbutter. Dir. Artística: Mario Pozzi Escot. Duración: 64 minutos, febrero 1983
Siete ensayos sobre la violencia en el Perú, Rouillón Arróspide, José Luis., Rubio Correa, Marcial., MacGregor Rolino, Felipe E. Lima Fundación Friedrich Ebert : Asociación Peruana de Estudios e Investigaciones para la Paz – APEP 1989
Edición de Sílex del divino amor de Antonio Ruiz de Montoya, Lima, Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 1991
Traducción y edición del El pórtico del misterio de la segunda virtud, de Charles Péguy, Madrid, Ed. Encuentro, 1991
Winternitz: el arte hecho teología, Rouillon Arróspide José Luis. Lima 1993
Antonio Ruiz de Montoya y las reducciones del Paraguay, Asunción, Centro de Estudios Paraguayos «Antonio Guasch», 1997
Vida de Antonio Ruiz de Montoya, Lima, Escuela Superior de Pedagogía, Filosofía y Letras «Antonio Ruiz de Montoya», 2001
Historia de la Universidad (Antonio Ruiz de Montoya), Escuela Superior «Antonio Ruiz de Montoya», 2001
Traducción y edición de Hermano Francisco de Julien Green, Santander, Sal Terrae, 2002
Traducción y edición del drama Los tres misterios de Charles Péguy, en colaboración con Javier del Prado, Manuel Pecellín Lancharro y María Badiola Dorronsoro, Madrid Ed. Encuentro, 2008
José Luis Rouillon dirigió también en los años 70 una serie de cortos centrados en la infancia de José María Arguedas : La fuga, El ayllu o Viseca, El arpa, Los cerros, y Juliucha el charanguero. Estas películas se conservan en el archivo que lleva el nombre del escritor, en la Biblioteca Central de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PCUP).
Asimismo hay un texto destacado de José Luis Rouillon en el libro Memorias y otros textos (Lima, Fondo Editorial PCUP, 2013) dedicado a su amigo Adolfo C. Winternitz, (Viena, 1906 – Lima, 1993), reconocido pintor y vitralista austriaco-peruano que fue fundador de la actual Facultad de Arte de la PUCP.
Del frío y del hielo

Eflheim, el mundo del hielo. Acrílico y óleo sobre lienzo. Ramón Puig 2014
En memoria de Filippo Clerici (22 julio 1935 – 9 abril 2008)
En las mitologías germánicas hay dos mundos que no son aptos para la vida del ser humano: el helado y el ardiente. Nos queda uno que es el que habitamos. Nuestra capacidad de adaptación contradice el mito en cuanto a los territorios helados se refiere, pero vivir en las lavas fundentes eso no lo hemos conseguido. Me podrán decir que la omnipotente venganza divina puede mantenernos en ellas para toda la eternidad y que arder sin consumirse es parte de la oferta de las mitologías judeocristianas e islámicas. La imaginación punitiva de las divinidades nórdicas no da para tanto, aunque el inframundo ese sí que, con sus variantes, está bien representado en el inconsciente colectivo de todas las culturas.
Todo esto ¿a santo de qué?
Lo saben sin duda, hemos pasado por muchos días de frío, al menos en estas latitudes del hemisferio norte. Por ejemplo, así han estado apareciendo los rododendros bajo la ventana de nuestra cocina, tal como una congregación de frailes mercedarios con su capuz.

Y a poco que dieses una vuelta por las afueras podías sentirte como dentro de uno de esos cuadros que la factoría de los Brueghel producía como rosquillas.

Domingo en familia. Gotemburgo. Sábado 3 de marzo de 2018. Foto R.Puig
Más o menos uno de este estilo

Pieter Brueghel el Joven. Los placeres del invierno, 1620, Museo Magnin. Dijon
Apacibles las imágenes de las familias, disfrutando del fin de semana en el lago helado de Delsjön, a corta distancia del centro de la ciudad…

Domingo en familia. Gotemburgo. Sábado 3 de marzo de 2018. Foto R.Puig
papás amorosamente dedicados a su oficio,
para abajo…

Con papá en Delsjön. Foto R.Puig
y para arriba…

Con papá en Delsjön. Foto R.Puig
hermanos mayores voluntariosos

paseantes

Paseando en el Delsjön. Foto R.Puig
perros hiperactivos

y el sol que se presenta tímido

Sol de invierno en el Delsjön. Sábado 3 de marzo de 2018. Foto R.Puig
casi tanto como nuestras siluetas

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De otros fríos y otros ámbitos
Hubo otros tiempos en Suecia, cuando los pintores hacían de fotógrafos…

Isupptagningen (cortando hielo). Carl Larsson 1905
y no había neveras eléctricas.
Sin ir más lejos, en casa de mi abuelo, la primera nevera que conocí se cargaba con trozos de barra de hielo. Había fábricas que las producían. Aunque eso era en los años cincuenta del siglo XX, mientras que en la Suecia de Carl Larsson (1853 – 1919), los aserradores de hielo se ganaban la vida vendiendo los bloques que cortaban en los lagos helados. Como hace tres días se celebró el Día Internacional de la mujer trabajadora es oportuno mencionar que aquel pintor fue afortunado al conocer a Karin Bergöö (1859 – 1928), con la que se casó. Formaron equipo, combinando sus talentos complementarios.
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Reminiscencias
Sin irnos tan lejos, me voy a permitir algunas reminiscencias personales que el frío me ha suscitado. Me llegan de los años 60, dalla mia carissima Italia. Han pasado cincuenta años.
Quizás el recuerdo se deba también a que los italianos andan una vez más deshojando, en este frío invierno, la margarita de un gobierno que parece imposible

Macizo del Ortles. 1966. Foto R.Puig
Así se veía el macizo del Ortles cuando en aquellos años recorríamos, con piolet, crampones de correa y en cordada, las crestas y cumbres de las trece cimas.

Refugio Casati y cima del Cevedale. Vieja postal años 60
No dormíamos en los grandes refugios de las estaciones de esquí, sino más arriba, en aquellas reducidas cajas de metal con seis literas, sujetas con cables de acero en un recodo de la cresta, que no se aprecian en las postales.

El bivacco Meneghello en el 2015 (los hielos han retrocedido). Foto: summitpost.org
Son lo que en italiano llaman bivacco y en español vivac.

Grupo Ortles y Cevedale. Vieja postal años 60
No sé cuánto queda de aquellos glaciares por los que ascendíamos salvando grietas. Me gustaría volver a subir por aquellas soberbias pendientes de la Valtellina.

Antes de la primera etapa: 2° por la derecha Filippo Clerici † nuestro maestro alpinista, y el último este bloguero
Son estos días de frío los que me han devuelto aquellos recuerdos, desde luego no tan fabulosos como aquel largo viaje en busca del tiempo perdido que la magdalena de Proust, al embeberla el narrador en su taza de té, generó en su consciencia.

Modestamente, con los restos de aquella vanidad desvanecida, quiero enviarles un saludo desde aquellos hielos, los de principios del otoño de 1968 sobre las cumbres que se alzan entre la Valtellina y el Parco Nazionale dello Stelvio.

Hoy hace más frío. Foto Filippo Clerici †
Después de esta foto, en la escalada de aquel día, la tormenta de nieve nos cortó el paso y tuvimos que hacer marcha atrás…
…
El 9 de abril hará diez años que Filippo Clerici nos dejó. De él aprendí lo que sé del arte de escalar montañas. Bajando de una de sus marchas el 9 de abril del 2008, camino ya del valle, a los 72 años de edad, resbaló y su cabeza golpeó contra una roca. Nos dejó entre las montañas alpinas que tan bien conocía y tanto amaba.

Filippo Clerici (1935 – 2008)
Somos muchos los amigos que en Europa y América Latina le recordamos.
La conseja del olivo triste

Olivos en andenería. Foto R.Puig
Sobre un huerto de olivos del Levante español sobrevuela y murmura una historia vieja. Hace tiempo, durante uno de mis paseos por esos valles secos, por donde el árbol de la aceituna, atesorando la escasa humedad que esos suelos brindan, lentamente crece, me detuve admirado ante un olivo añejo.
En la corteza de este olivo centenario me parecía ver el rostro doliente de un eccehomo.

El olivo triste. Foto R.Puig
Inquiriendo por las cercanías del lugar, he llegado a saber de una leyenda oral, tan ambigua e incierta como la piel labrada de esta planta antigua. Será que en los lugares tristes donde ocurren tragedias, en los parajes severos donde suceden crímenes y donde se fija la memoria de ajustes de cuentas y venganzas, no suele faltar algún árbol austero, tan pobre y tan sufrido como sus vecindades.
Erase una vez una guerra española, tan absurda y obstinada como lo son todos los conflictos civiles. Los regios causantes nunca llegaron a batirse entre ellos, pero lo hacían por el pueblo interpuesto. Y, ya se sabe, los pueblos -¡ay!- siempre incuban motivos, inconfesables pasiones, para invocar razones para matarse, tan estultas como las de quitar o poner reyes. Aquellas guerras enfrentaron a carlistas e isabelinos sobre una gran parte de la geografía española. Hay quien aún sueña con vengar los supuestos agravios de aquellas escabechinas sucesorias.
Según la conseja de este olivo triste, por aquellos tiempos de facciones y partidas armadas, cuando el árbol no era tan viejo como ahora, cuando su corteza era más tierna y sensible, a la vera de su aún escasa sombra, hombres sombríos perpetraron un crimen horrible, dejando al huerto huérfano de sus dueños. Desde entonces, se dice, si por ese olivar alguien se aventura y en el silencio de la noche escucha atento, puede que oiga un amargo lamento.

La queja del olivo. Foto R.Puig
Dicen que los pájaros e incluso los insectos, año a año, siglo a siglo, labran la piel de los olivos. Si es cierto, si la leyenda no es mera imaginación de viejos lugareños, puede que algunas aves fuesen testigos del horror de aquel día y de generación en generación hayan seguido imitando los ayes de los moribundos, y que en algunas noches aúnen sus chillidos al quejido del árbol.
Esta conseja tendrá o no tendrá fundamento, pero los ancianos evitan que la caída de la tarde les pille cerca de ese huerto de olivos.

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Para no dejarles en pena
No todos los olivos se lamentan, otros, frente a la adversidad, no pierden la sonrisa…
Sonreír con la alegre tristeza del olivo.
Esperar. No cansarse de esperar la alegría.
Sonriamos. Doremos la luz de cada día
en esta alegre y triste vanidad del ser vivo.
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Me siento cada día más libre y más cautivo
en toda esta sonrisa tan clara y tan sombría.
Cruzan las tempestades sobre tu boca fría
como sobre la mía que aún es un soplo estivo.
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Una sonrisa se alza sobre el abismo: crece
como un abismo trémulo, pero valiente en alas.
Una sonrisa eleva calientemente el vuelo.
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Diurna, firme, arriba, no baja, no anochece.
Todo lo desafías, amor: todo lo escalas.
Con sonrisa te fuiste de la tierra y del cielo.
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Miguel Hernández
El artilugio del Sr. Marín

El frío siempre es relativo y en tierras alicantinas el invierno también lo es. De modo que estamos sentados fuera tomando el sol, un plato de pasta y una pizza. Comida italiana en ciudad española. Es mediodía.
Un señor mayor (es decir como nosotros) se acerca y nos dice buonasera. Lleva un vetusto instrumento colgado en bandolera. Pesa en los hombros, pero el hombre lo lleva como si fuera una de esas fajas tricolores que se ponen en Francia los alcaldes para los grandes acontecimientos, con empaque. Suena algo así como una marimba venida a menos, remendada con cintas de tela y cinta aislante. Los palillos para la percusión son unas varillas con la punta revestida del mismo material blanco para sujetar una extremidad de metal.

El Sr. Marín con su instrumento. Foto R,Puig
El Sr. Marín es rumano, recorre todos los días la misma ruta por terrazas de bares y restaurantes, tocando un frágil aire musical que nadie reconoce. Por eso saluda cuando llega junto a tu mesa, porque su música es tan suave que necesita hacerse notar. Quizás diga siempre buonasera, o quizás este saludo lo reserve para los restaurantes italianos. O puede que antes de llegar a España haya ejercido en Italia.
Como hemos contribuido a su jornal se detiene un rato y nos obsequia con sus sones, sólo para nuestra mesa. No sé si otros le preguntan algo, o sólo le dan unas monedas y no desean saber cómo se llama. Le digo mi nombre y él me informa del suyo: Marín. Pienso que está ahí junto a nosotros, ciertamente no porque haya dejado su tierra en viaje de placer; menos aún siendo ya viejo, como yo. Pienso que quizá los suyos se lo hayan traído para no dejar al abuelo allá en Rumanía o porque es el que mejor se las ingenia. Los camareros también piensan, dicen que gana más en un día que uno de ellos. Será verdad o será porque va por ahí vestido como un señor, porque sus zapatos están bien lustrados, porque no se presenta como un pordiosero, porque saluda como un caballero venido a menos, porque no suplica.
Pienso que hubiera preferido quedarse en su tierra, envejeciendo y viviendo sus últimos días entre sus cosas, con su gente; pues morir, lo que es morir, a nadie le gusta morirse de asco aunque sea en su país. Así que va por esos mundos de Dios, arrancando una música improbable de ese instrumento que pesa como el cajón de un mueble abandonado. Puesto que se llama Marín, de primeras especulo que a su cajón de cuerdas metálicas artesanales quizás lo llame marimba; el sonido, aunque tímido, recuerda el ritmo y el tono. Pero no, antes de seguir su camino, me lo revela: el Sr. Marín va de bar en bar con lo que llama un timbal piano.

El Sr. Marín continúa su jornada. Foto R,Puig
Sé lo que es un timbal, sé lo que es un piano y seguro que él también lo sabe, pero nunca he visto un artilugio que quiera ser las dos cosas en una. ¿Lo han visto ustedes? A mí el instrumento del Sr. Marín me hace pensar en un arrumbado invento artesano que se ha traído de un desván de Rumanía para que le sirva para ganarse el pan. Puede que haya improvisado un nombre para que este otro viejo, que tiene la manía de preguntar y que le ha dado unos euros, quede retribuido. Tiene cuerdas, sí, como la caja de un piano, pero ni rastro de timbal.
Cuando vuelvo a casa, enciendo el ordenador y busco, busco… Hay orquestas salseras que combinan pianos y timbales, pero no encuentro ningún timbal piano. A lo mejor nuestro músico callejero me ha tomado el pelo por preguntón.
Pero mis pesquisas dan resultado. Sí, el timbal piano existe y es made in China. Aunque no sea exactamente como el del Sr. Marín…

Timbal piano de Beilexing. China
Me rasco la cabeza y deduzco que el Sr. Marín debe de tener un nieto que toca el timbal piano.
POSTDATA
Una seguidora de esta bitácora, que además es hija mía y me dio la idea de iniciar el blog hace ya años, movida por la habitual curiosidad que caracteriza a nuestra familia me ha puesto en crisis con un descubrimiento. Pues resulta que ha encontrado que este que yo llamo artilugio y el Sr. Marín denomina timbal piano se usa por el mundo bajo el nombre de címbalo. No es como los címbalos que menciona la Biblia o que define la Real Academia Española y, además, hay quien lo considera bielorruso, húngaro, griego, etc., a la medida de quien lo toca.
El intérprete que en la Basílica del Pilar de Zaragoza lo hace sonar con maestría viene de Grecia y a su instrumento lo denomina címbalo griego. Se lleva en bandolera, se toca con palillos y tiene todas las características del que le he visto usar al Sr. Marín, aunque flamante como recién salido de la fábrica.
Que yo sepa, este hábil músico no tiene nietos.

Lo pueden escuchar y ver pinchando aquí.
Si volviese a encontrarme con el Sr. Marín y pudiera estar en mi mano hacerlo, organizaría una colecta para regalarle uno nuevo. Pero, no sé, no sé, probablemente ya no tendría la misma magia, ni nuestro amable amigo podría aspirar a ganar lo que un camarero.
Nota final: las fotos que he tomado del Sr. Marín, y su publicación en mi blog, lo han sido con su consentimiento
