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Retorno a Pilane

17 agosto, 2012

El 24 de agosto del año pasado presenté en este blog mis fotos y comentarios sobre la exposición de escultura al aire libre que, cada verano, se repite en Pilane, en la isla de Tjörn, a menos de una hora y media en coche al norte de Gotemburgo. Este año he vuelto y el placer de pasear por aquel paraje compensa el viaje con creces.

Aunque, la verdad es que la exposición no me ha deparado tantas gratas sorpresas como el verano pasado.

Por su situación sobre la colina, destaca una especie de partenón de madera, instalación de Zhang Huan, que afirma haber utilizado las piezas de un antiguo templo chino con 400 años de antigüedad, al parecer exportadas en toda legalidad.

Dentro ha colocado una banal estatua de Mao Tse Tung en fibra de vidrio, con lo que el título resulta más bien irónico: “Spread the sunshine over the earth”

Desde la vaguada montan la guardia del templo, cubiertos de nombres de compositores, dos de los habituales acurrucados que desde hace algunos años siguen saliendo de los moldes de Jaume Plensa, esta vez en bronce. Lo original es que del bajo vientre de cada uno de ellos brota un arbolillo a modo de falo florido, aunque en su título se refiere más bien al corazón: “The heart of the trees”.

Más contorsionado es una especie de orante, también obra de mármol de Jaume Plensa, al que ha llamado “Grand latent blanc”. Hace buen juego con las ovejas del parque también inclinadas hacia la tierra. El acurrucado parece en actitud de alimentar su alma con plegarias, mientras las ovejas buscan otro tipo de pastos. Ambos, sin embargo, están a ras del suelo.

Pero lo que le va mejor a este lugar prehistórico es el conjunto megalítico de Claes Hake, obra en granito que, no obstante su seriedad compositiva y su carácter un poco druídico, ha banalizado con el título de “Wall Street”, quizás por los juegos de la luz entre sus masas.

Así que no me resisto a añadir una foto que tomé precisamente en esa sede de Moloch hace tres años.

Tony Cragg ha cambiado de emplazamiento dos de sus esculturas del año pasado, a mi parecer con acierto. No en vano, este británico con taller principal en Wuppertal y otro en Suecia, en esta isla de Tjörn, es un asiduo del lugar. En primer lugar “Point of view”

Y otra también suya titulada “Incident”

La barca de Keith Edmier sigue en su sitio, aunque mejor instalada y recubierta en su interior de gránulos metálicos negros, como para simbolizar el paso del tiempo.

Imitando a los americanos, inventores de las “instalaciones”, como Bruce Nauman, ha usado una interjección imperativa para titularla: “You gotta go out, you don’t have to come back”. Puede que sea una invitación al viaje, así que me siento dentro de la barca y aguardo a ve si se alza como la alfombra de Aladino.

En vano, así que sigo mi paseo, al encuentro de más ovejas de Pilane, que siguen tan fotogénicas  y lanudas como el año pasado. Que no se me ofendan los ovinos, pero parecen instalaciones de Pop Art, aunque esta oveja no sea una cabra, no esté disecada y no haya venido Robert Rauschenberg a meterla en un neumático. Pero -¡ojo!- que todo se andará.

Acabo mi excursión dirigiéndome al soleado y campestre merendero de Pilane, al que se llega entre casas pintorescas, vallados y más ovejas de cabeza negra.

Y allí están amenazadores los tres cocodrilos de Erik Langert, esperando que alguien les arroje los restos de un bollo de canela o de un smörgås de gambas de la Costa Oeste

Guía de la paella valenciana. Prácticas en Els Poblets (Alicante) y Kungsbacka (Suecia)

11 agosto, 2012

Dedicado a Jesús, doctor en paellas, según las genuinas tradiciones de Valencia y su región, y a Marie, mi mujer, que anotó detalladamente todo el proceso durante la clase magistral de nuestro maestro y amigo.

El contexto

En Valencia  los hombres no necesitan reunirse entre ellos para poder cocinar a sus anchas, como ocurre todavía en los txokos o sociedades gastronómicas del País Vasco, donde la mujer dominaba el fogón en el caserío. La paella es un arte al alcance de todos y una ocasión de encuentro entre familiares y amigos. Unas veces es la madre y otras el padre, el hijo o la hija, quien gobierna el proceso. Este rito semanal se aprende en familia y con amigos y en un ambiente festivo.

Hace ya semanas, mi mujer y yo tuvimos el privilegio de que nuestro amigo Jesús nos ofreciera una clase práctica de cómo hacer una paella valenciana con todas las de la ley. En esta entrada os ofrezco la guía que hemos confeccionado a partir de aquel ejercicio en el que cociné mi primera paella valenciana según las reglas en vigor, bajo la supervisión de un maestro en la materia. Ya en Suecia, pudimos demostrar a nuestra familia nórdica, en Kungsbacka, lo que habíamos aprendido.

Los textos son de la guía escrita por el autor del blog, corroborada por su mujer y aprobada por su maestro

Capítulo I: aprendiendo a cocinar la paella en Els Poblets

Ingredientes para 4 personas con buen apetito

–          ½ pollo grande muy troceado

–          350 gr de hígado de pollo (si no hay se aumenta la cantidad de pollo en proporción)

–          400 gr de hortalizas:

  • judía verde ancha cortada en trozos de 3cm,
  • garrafones (judías blancas grandes), 15 aproximadamente (precocidos),
  • un vaso de judías blancas pequeñas (precocidas),
  • 2 tomates maduros rallados (o su equivalente en tomates triturados de lata)

–          azafrán o colorante de paella

–          400 gr de arroz (100 gr por persona)

–          aceite de oliva (1/3 del volumen del arroz)

–          agua (3 veces el volumen de arroz)

–          sal

y DOS HORAS

Instrumentos más comunes hoy en día

–            quemador de uno más círculos a gas butano

–            opcional: tres patas de sostén del quemador

–            bombona de gas butano con regulador y goma homologados

–            paella o caldero circular plano de acero inoxidable o de acero con revestimiento cerámico (el diámetro varía según el número de comensales y es importante que el círculo de llama del quemador no sobresalga de sus bordes)

–            paletas o cucharas de madera de mango largo

Orden de agregación de los ingredientes:

Aceite >> sal >> carne >> hortalizas >> tomate >> arroz >> agua >> colorante  o azafrán

 

Fases

Sobre el caldero llano o paella echar el aceite y verificar que se reparte por igual sobre la superficie. En caso contrario variar la colocación hasta conseguir (muy importante) que el nivel horizontal sea correcto. Esparcir la sal por los cantos del caldero-paella

Cuando el aceite alcanza el máximo de calor (sin quemarlo) se echa el pollo troceado en el centro del caldero-paella y se sube el fuego un par de minutos para que comiencen a freírse tostándose y sin perder jugo, luego se baja para una fritura lenta y sostenida

Mover el pollo cada cinco minutos para que se fría por igual. Durante los 10 0 15 minutos del proceso, hasta que están bien dorados los trozos, se puede ofrecer una cerveza con algún trozo del pollo, como pausa aperitiva para hacer más llevadera la espera y animar a la conversación

Una vez dorados, los trozos se apartan uniformemente por los bordes del caldero-paella.

Se fríen los higadillos de pollo bien troceados en el centro y una vez listos se apartan a los bordes como se ha hecho antes con el pollo

Se ponen las judías verdes en cocción en el centro, removiéndolas

Se añaden los garrafones (grandes judías blancas) y las judías blancas normales, removiéndolos con las judías verdes en el centro durante 5 minutos

Se junta y mezcla todo, pollo, judías y judías verdes y se remueve durante unos minutos

para luego apartarlo todo a los bordes

y se echan los tomates rallados en el centro y se les deja cocer unos minutos moviendo

Se mezclan y esparcen todos los ingredientes

Se esparce el arroz de forma uniforme

Se mezcla todo de nuevo y se distribuye de forma uniforme moviendo bien



Se añade el agua y el colorante o azafrán y, removiendo, se mezcla todo de forma uniforme

Cuando empieza a hervir se regula la temperatura para que siga el hervor 15 minutos en toda la superficie

 

Cuando comienza a secar se prueba, si va estando en punto se sube el fuego durante el tiempo necesario para que suene un “cric-cric”, que indica el tueste del arroz. Se apaga el fuego y se deja reposar 5 minutos antes de comenzar a comer. ¡Que aproveche!

Cautelas

Durante el proceso se producen salpicaduras. Así que, si es necesario, hay que proteger los lados y el suelo (por ejemplo con cartones o folio de aluminio) para que no lleguen a las paredes o muebles cercanos. También se evita así que el viento trastorne las llamas y la cocción.

El quemador de gas nunca debe usarse en espacios cerrados, sino al abierto: jardín, terraza o lugar apropiado, y al abrigo del viento.

Alternativas

Si se desea paella de sepia o calamar, habrá que seguir el mismo proceso con dos variaciones: en vez de pollo usar sepia o calamar y en vez de agua un caldo de pescado.

Lo mismo si se quiere hacer con rape, emperador y/o gambitas. No usar pescados que se disgregan.

También puede haber variaciones de hortalizas al gusto del consumidor. Hay quien le pone también conejo o cerdo, pero no es lo más valenciano.

Para comerla, la forma tradicional levantina es ponerla en el centro de la mesa y cada uno con su cuchara dedicarse a comer la zona triangulada que le toca equitativamente.

Si alguien desea un trozo del vecino se establece una negociación (canje, cesión, etc), pero nunca se invade “territorio ajeno” sin permiso.

Al cabo de un rato, puede abrirse un espacio en la zona central, donde se deposita a disposición del que lo quiera lo que uno no va a comer.

Capítulo II: volando solos en Kungsbacka

Convocados, a modo de conejillos de Indias, algunos parientes cercanos y rogando a Santa Rita para que no lloviera, pudimos emprender la tarea, de acuerdo con la guía arriba expuesta, en Kungsbacka, cuando tras una tormenta que nos hizo temer lo peor, escampó, lució el sol y pudimos desplegar el quemador, comprado en Valencia, con sus tres patas y su goma standard para gas butano, conectada, eso sí, a un regulador y una bombona del mercado sueco, todo perfectamente compatible.

La paella, es decir el caldero plano, la padela de la Hispania romana, también viajó con nosotros desde España, así como el arroz bomba y el azafrán y el colorante natural que se utilizan en Valencia. El resto lo encontramos en el mercado local, aunque la judía verde era de la delgada.

La prueba de nuestro éxito son las fotos que aquí ofrecemos.

El condumio fue regado con un vino tinto añejo de Requena que nos había regalado Jesús, nuestro maestro en paellas.

Y, ahora ¡a ver si os animáis, que mañana es domingo y día de paella!

Fundido al rojo: la escultura en bronce en el taller de fundición de la Facultad de Bellas Artes de Altea

6 agosto, 2012

Dedicado a Eva, a Ignacio y a Rufete.

Mis compañeros de carrera de la Facultad de Bellas Artes de Altea, que no se han tomado un paréntesis sabático como yo, acaban de terminar su cuarto año.

A principios de junio me invitaron a ver el proceso de su trabajo en los talleres de fundición, dirigidos por el profesor David Vila, asistido, claro está, por el mejor jefe de taller de bellas artes de Europa, Rufete, quien es además el ángel de la guarda para todos los que hemos pasado por las naves de trabajo de la Facultad de Altea y seguimos enteros e incólumes.

Asistí a ello, no sin envidia por no estar metido en faena con ellos.

A partir de aquella visita y de la información técnica que me ha enviado Eva Martí, de quien son los textos entre comillas y una parte importante de las fotos, quiero dar una idea de la calidad de las instalaciones, de la docencia y del trabajo de los alumnos en el curso de técnicas de fundición en bronce.

La técnica se denomina “Fundición a la cera perdida. Técnica de la cascarilla cerámica”.

En las fotos no se aprecia el laborioso y cuidadoso proceso que requiere muchos materiales: Cera virgen, Parafina Resina de colofónia, Goma-laca, Alcohol, Grafito en polvo, Sílice coloidal, Moloquita, Fibra de vidrio, Gas, Escayola… Por no hablar de una larga lista de herramientas de trabajo y de protección personal

Modelado en cera

Se prepara la capa de cera perdida sobre el objeto modelado en arcilla, del que luego se obtiene el positivo en cera (también se puede hacer desde un negativo en escayola), o simplemente modelando el positivo de cera directamente

Se pasa luego a la preparación del “árbol de fundición” en cera.

Dependiendo de las características de la pieza, el árbol de fundición tendrá más o menos bebederos y su disposición variará, siempre persiguiendo que el bronce llegue a todos los puntos de la forma más fácil y fluida. Los bebederos se colocaran de forma lo más perpendicular posible a la pieza para evitar ‘rechupes’, por la diferencia de temperatura.

Tanto los bebederos como el vaso se obtienen a partir de moldes de escayola. Señalar que todos los bebederos acaban desembocando en el vaso que es por donde se introducirá el bronce líquido.

Baños

El árbol de fundición será el punto de partida para el molde que deberá recibir la colada (la cantidad de bronce necesaria se estima según el peso del árbol), es decir la “cascarilla cerámica”. Son varias etapas, diversas capas, que exigen una gran paciencia y cuidado.

En primer lugar se aplica una capa exterior de una solución de goma-laca y alcohol. El alcohol se evapora rápidamente quedando la goma-laca. La función de esta solución es evitar que la cera repela los productos que se aplicaran a continuación

 

Preparando la cascarilla. Foto R.Puig

Preparando la cascarilla. Foto R.Puig

 

Una vez seca la primera capa se aplica una segunda a base de una solución de grafito y sílice coloidal. Esta capa evita que la cascarilla se pegue a la pieza de metal resultante

Luego se procede a los cuatro baños que consolidarán la cascarilla. Lo resumo, a partir de la información que me ha enviado Eva Martí (sin entrar en todos los detalles de la cocina de las cuatro etapas de la “papilla”)

Se realiza una papilla con harina de moloquita y silice coloidal con ayuda de una amasadora industrial. Se debe conseguir una papilla con densidad adecuada, como de yogur batido. Los baños se han de aplicar a la superficie de la pieza, árbol incluido, pero nunca en el interior. Teniendo la papilla y los distintos granos de moloquita dispuestos en cubetas, se inician los baños.

Una vez realizados los baños se depositan sobre una estantería en donde continuamente hay ventiladores en marcha para secar las piezas. Entre baño y baño han de pasar 4 horas mínimo. Cada vez que se utilice la papilla se ha de remover ya que por decantamiento se separa la moloquita del sílice

 

Las cascarillas en las estanterias de secado. Foto R. Puig

Las cascarillas en las estanterias de secado. Foto R. Puig

Una vez realizados los baños, se refuerza la pieza ante posibles roturas, con una última capa de papilla y recubierta con fibra de vidrio

Descere y acabado de la cascarilla

Pero, aun hay que descerar al soplete, para que la cera se pierda y quede sólo el molde o “cascarilla” apto para resistir el bronce derretido.

La cascarilla se refuerza con otra capa de papilla, se deja secar, se aspira para limpiar su interior y se calienta antes de que vaya a recibir la colada.

Colada

El equipo necesario para realizar la colada lo ilustra bien esta foto de Eva Martí

No entro en muchos detalles, pues las fotos hablan por sí mismas cuando  llega el momento mágico de efectuar la colada osea la  licuación del bronce a 1200 grados

y su vertido en los moldes…

Aquí lo vemos de más cerca

El resto del bronce licuado se recoge en un lingote, para poder reutilizarlo

y  para luego desechar las escorias…

Limpieza y acabado de la pieza

Mientras tanto el bronce se enfría y solidifica dentro de la cascarilla, que, pasado un tiempo para su enfriamiento, con la ayuda de un martillo se va separando de la pieza.

Las piezas antes de retirar-las cascarillas. Foto R. Puig

Las piezas antes de retirar-las cascarillas. Foto R. Puig

Golpeada la cascarilla con destreza y decisión, la pieza se desprende de su cascarón blanquecino y aparezca negra…

Retirando la cascarilla. Foto R.Puig

Retirando la cascarilla. Foto R.Puig

Después de eliminar la cascarilla, los rincones o lugares donde se ha quedado pegado se limpian con la ayuda de cinceles o similares. Se cortan los bebederos con la ayuda de una radial y se lijan o desbastan. Con un cepillo de púas se acaba de limpiar

La pieza será luego pulida, patinada (con ácidos) y, claro está,  expuesta…

A fines del mismo mes, una exposición ante los ventanales de la recepción de la Facultad nos ofrece las primeras esculturas del trabajo en curso. Las fotos de la exposición las tomó Gema

El busto “Sacro” de Celia Puerta

Una delicada media naranja de Eva Martí, que forma parte del trabajo de varias piezas combinadas de la serie “¿Tienes novio ya?”, en proceso de ejecución

“Aeflexia” de Pilar Galindo

  

“Ciudades eléctricas” de Chus Balaguer

Moraleja

Pienso que, en estos tiempos de producciones virtuales, la posibilidad de ejercitar el arte de la escultura en bronce, en todas sus etapas, es un privilegio que sólo algunos consiguen merecerse y que les emparenta con una tradición milenaria, llena de maravillosas creaciones.

A mis compañeros, amigas y amigos de Altea, les deseo larga vida y muchos años con las manos en el metal, el corazón caldeado por el fuego de la fundición y el aliento suspendido a la espera de la revelación de la obra.

Mi travesía estival hacia Escandinavia (y IV). De Vézelay a Suecia, pasando por Auxerre y las Ardenas belgas

30 julio, 2012

Por la D951 salgo de Vézelay flanqueando el valle de La Cure y, un poco más tarde, a la izquierda de la D606, sale de nuevo a mi encuentro un monumental recuerdo del reformador de los benedictinos y portaestandarte de la ruinosa II Cruzada, apodado el “Doctor Melifluo”.

Fue, en efecto,San Bernardo quien fundo la Abadía de Reigny  en el siglo XII,  al norte de Vézelay, junto a las orillas de La Cure. Empezó con 12 monjes y, un siglo después, llegó a tener 300. Hoy se conservan las bóvedas, ventanales y ojivas góticos del refectorio y el dormitorio de los monjes. El palomar y los sistemas de irrigación son muy ingeniosos.

Lo que era lugar de estricta regla y -se sobrentiende- de frugales almuerzos, meditaciones, preces y pías labores benedictinas, hoy es un albergue y un espacio para actividades de esparcimiento, eventos y recepciones de alcurnia.

Cuarenta kilómetros más adelante, bordeando ahora La Yonne, casi sin darme cuenta estoy en el cogollito de Auxerre atravesado por este río navegable. Deambulo por un centro casi desierto en este comienzo de la tarde del domingo.

Tejados de pizarra bajo las torres de la catedral de San Esteban.

Muros medievales

Y una estilizada fachada gótica.

Aunque, todo hay que decirlo, por aquí pasó un obispo demoledor, Guillaume de Segnelay, que en el siglo XIII comenzó a tumbar la catedral románica por su coro, para construir una nueva en estilo gótico. La moda y el confort mandan siempre.

Aunque hay que agradecerle las vidrieras, que desde entonces han ido enriqueciendo los ventanales ojivales de toda la catedral.

Con escenas de despedida caballeresca

o con la historia del faraón que se ahoga en el Mar Rojo (Éxodo,14) pero… en este caso bajo una enseña turca

La obra continuaría con la demolición de la nave central y su substitución por la gótica actual a principios del siglo XIV.

Las bóvedas se coronarían a finales de esa centuria.

Más tarde, con la Revolución Francesa, sus animosos activistas se dedicarían a romper las caras de esculturas o relieves de la catedral, si es que no a guillotinarlas. Por un tiempo, la catedral fue dedicada al culto de la diosa Razón.

Parece que no tenían trabucos ni unas picas demasiado largas, o sólo contaban con pequeñas escaleras, porque no consiguieron hacer añicos más que el primer nivel de las vidrieras en las naves laterales, sin llegar a destruirlas hasta arriba ni poder dedicarse a las del coro

Como ya anduve de criptas en la Madelaine de Vézelay, sigo con mi inercia y no me arrepiento de bajar a la de Auxerre.

Al entrar, me saluda un ángel del Apocalipsis más melifluo que San Bernardo. Aquí no hay relicarios con huesos como en Vézelay, pero es una de las criptas catedralicias románicas más amplias y armoniosas que he visitado.

Una señora muy amable me abre los cerrojos y como he comprado la guía sobre los vitrales, me perdona el billete de entrada a la cripta y al tesoro catedralicio, donde San Esteban todavía tiene arrestos para ir recogiendo las piedras con las que le están matando.

La encargada y su madre, jubilada de casi ochenta años, que la ayuda benévolamente, atienden a los visitantes en la boutique de recuerdos y la billetería.  Ambas tienen muy buen humor y te atienden con una cordialidad exquisita.

Santa Bárbara vela por el tesoro, acribillada no se sabe si por una salva de perdigonadas de trabuco iconoclasta o por las termitas

Menos mal que Guillaume de Segnelay no quiso o no pudo demoler la cripta, cuando decidió que el románico estaba pasado de moda, aunque, claro, con los ritmos de construcción de entonces no llegó a ver acabada la nueva catedral

Tampoco llegó a ver a esa Eva que, como si tal cosa,  sigue siendo creada de la costilla de Adán.

Miro el reloj y pasó rápidamente por la iglesia de San Germán, donde, como la entrada a los murales románicos más antiguos de Francia no se abre hasta dentro de dos horas, me despido con una vistazo al bajorrelieve neoclásico dedicado al duque de Berry, asesinado en Auxerre, obra de Jean-Jacques Pradier (1792-1852)

Tengo que ponerme en marcha, pues he quedado en llegar a Sollwaster, en las Ardenas belgas hacia las 8:00 p.m. En realidad llego a las 22:00, pero me han esperado para cenar caracoles, cocinados por Simona, y cordero, guisado por mi amigo Didier.

A la mañana siguiente, sin muchas paradas, ruedo hacia Suecia por las autopistas alemanas. Al dejar el  ferry que me transporta de Putgarden a Rødby, el reloj marca la medianoche pasada, así que, bajo una lluvia intensa, duermo en un area de reposo de Dinamarca, para retomar el camino temprano, hasta que, pasado el puente de Oresund, entro en territorio sueco.

Signos de los tiempos, al parar para desayunar, lo que contemplo en el aparcamiento de “Escania Verde” (Gröne Skone) son unas gigantescas aspas de eoliano que van a ser instaladas sobre su torre en la misma región. Si Don Quijote tuviese que enfrentarse a estos brazos de gigante de 56 metros de largo, me temo que tendría que ir equipado con un lanzagranadas.

Mi travesía estival hacia Escandinavia. (III) De Montpeyroux a Vézelay

23 julio, 2012

He dejado hace rato Montpeyroux  y ruedo hacia Vézelay. Así que circulo, pero al revés y motorizado, sobre varias etapas de un importante camino de Santiago. El llamado “camino de Vézelay” arranca desde esta villa y llega a St.Jean-Pied-de-Port. Los bravos caminantes se hacen 1087 kilómetros en unos 43 días de marcha y cuando emprenden la subida de los Pirineos aún tienen por delante 791 y otros 33 días de peregrinaje hasta llegar a Santiago de Compostela.

En la Edad Media se iba a pie a Santiago para hacer penitencia, ganar indulgencias y conseguir el cielo. Para ello se dejaba si era necesario a la mujer y a los hijos y se lanzaba uno a los caminos poseído por lo que Erasmo de Rotterdam denomina en su Elogio de la Locura, “la locura de los peregrinos” y que Hans Holbein el Joven ilustró en una de sus viñetas al margen de un ejemplar de la obra. Antes lo había hecho Durero para La nave de los locos de Sebastian Brant.


Hoy se emprende la ruta por muchos otros motivos, como nos narra una voz de en off  de monja benedictina en un video de youtube.

Cuando me alejo de las carreteras principales, son las vacas y terneros los que me saludan en mi itinerario.

El camino se abre a horizontes de cereales y lejanas arboledas.

Para llegar a Vézelay he dejado la A77 más arriba de Nevers. Por la 151 abandono la Región del Centro y me adentro en tierras borgoñonas. Tras dejar atrás Clamecy enfilo hacia mi destino de esta etapa.

Al caer la tarde diviso la villa de Vézelay, presidida por La Madelaine.

El camping es pequeño pero, al ser el último en llegar, consigo por chiripa el mejor rincón de sus bordes. Desde ahí se apercibe una aldea rodeada de campos de trigo y bosque. Silencio y aire fresco.

Por la mañana me alzo temprano. Cuando los camperos aún duermen bajo sus tiendas recojo mis bártulos y subo al pueblo en busca de un aparcamiento conveniente, que encuentro en la plaza al pie de la rue St. Étienne, que, prolongada por la rue St.Pierre, asciende  a lo largo de setecientos metros hacia la basílica.

No hay un alma en esta mañana de domingo.

Paso junto a la hermosa casa de Romain Rolland, que alberga ahora un magnífico museo de arte contemporáneo, del que luego hablaremos. A mi izquierda dejo las contraventanas cerradas de la que fuera casa de Georges Bataille. Parece que simbolice el cofre cerrado de sus visiones y experiencias interiores.

De repente, tras una curva de la calle aparece la fachada de la Magdalena de Vézelay, símbolo no sólo de otras pasiones y tormentos del eros y del thanatos, los de la religión medieval, sino también de los de la Revolución Francesa y su iconoclastia talibánica.

Pero antes de acceder a la plaza de la basílica, a la derecha junto al portal del albergue de las monjas franciscanas, que hasta 1957 era una escuela gestionada por las Hermanas de la Providencia, hay un modesto símbolo de la historia oculta de Europa. Habla de la gente que se jugaba la vida por salvar la de otros durante la ocupación alemana : la de Sor Leocadia, Sor Placidia y Sor María, quienes con la ayuda de vecinos de la ciudad ocultaron y salvaron de las deportaciones y la muerte a muchos judíos. Entre 1942 y 1944 la prefectura del departamento, siguiendo las órdenes de los alemanes y del régimen de Vichy, orquestaba la búsqueda y captura de los judíos.

Contrastes de la historia de Europa: junto al templo donde en el siglo XII un belicista San Bernardo de Claraval predicó la II Cruzada (con los “efectos colaterales” de numerosas masacres de judíos en Alemania, acusados de no contribuir a la expedición) unas modestas religiosas se la jugaron ocho siglos después a favor de los niños judíos.

Por desgracia, el tímpano de Pentecostés, en el interior del Nartex, está en restauración, así que me tengo que contentar con los altorrelieves del Juicio Final de la fachada, que datan de su restauración en el siglo XIX , emprendida por el entonces joven arquitecto, Eugène Violette-le-Duc. Si no llega a ser por él, muchos monumentos románicos y góticos de Francia serían hoy románticas ruinas, subproducto de la Revolución Francesa, el más conocido de los cuales es  Notre Dame de París.  

Probablemente, nadie después de él haya conocido mejor la arquitectura gótica, a pesar de que un Marcel Proust, que prefería dejarlo todo en su romántica ruina, criticó aquellas restauraciones acerbamente, llamándolas “les déjections de Viollet-Le-Duc” (Du côté de chez Swann). Se lo perdonamos, pues nos dejó su catedral literaria de À la recherche du temps perdu, que nunca hará falta restaurar.

Este tímpano quiere evocar el del siglo XII, aunque la verdad es que sus anoréxicos condenados son menos trágicos que los medievales.

Pero los que hicieron de la basílica un centro de peregrinajes, fueron los falsos huesos de Santa María Magdalena, «encontrados» en Francia por una de esas peripecias, en las que la Edad Media fue pródiga y que sirvieron a enriquecer abadías, obispos y clérigos y a consolar a las masas. Baste pensar en cómo llegaron los huesos de Santiago Apóstol a Galicia.

Pero en el caso de la Magdalena, hermana de aquel Lázaro a quien, según cuenta el evangelio de San Juán, despertó Jesús de su catalepsia, el impacto simbólico de su hermosura, sus cabellos, su sensualidad pecaminosa, su perdón, conversión y penitencia, unidos a su ambigua pasión por Jesús, fructificaron en historias, sermones y una masa enorme de subproductos teológicos y de iconografías infinitas desde el Medioevo.

Como no puedo resistirme a ello, os voy a “castigar” con unas largas citas de Georges Duby, uno de los mejores historiadores del Medioevo cristiano (Damas del siglo XII. Alianza Editorial, Madrid, 1996. Colección Libro Singular. Tradución de Mauro Armiño).

Están extraídas del valioso blog “Estafeta” de Gabriel Pulecio (http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.se)

Cuando hacia el año 860 Girard de Roussillon funda esa abadía, la dedica únicamente a Cristo, a la Virgen y a san Pedro. Ningún indicio permite pensar que, hasta ese momento, los monjes de Vézelay hayan pretendido conservar el menor trozo de los restos de la Magdalena. De pronto, un texto escrito entre 1037 y 1043 afirma frente a los detractores que esos restos están allí, que las numerosas apariciones y todas las maravillas que se producen sobre el sepulcro lo prueban, y, por último, que los peregrinos afluyen ya desde toda la Galia en busca de milagros. Sin ninguna duda, fue en el segundo cuarto del siglo XI cuando las reliquias fueron «inventadas», como se decía entonces, es decir descubiertas.

Después de Pentecostés, la Magdalena se había hecho a la mar en compañía de Maximino, uno de los setenta y dos discípulos. Tras desembarcar en Marsella, ambos se dedicaron a evangelizar con sus predicaciones el país de Aix. Una vez muerta María Magdalena, Maximino le hizo hermosos funerales y metió su cuerpo en un sarcófago de mármol que mostraba, esculpida en una de sus caras, la escena de la comida en casa de Simón. Se podía conjugar esta segunda leyenda con la primera, situando el desierto de que habla ésta en las montañas provenzales, en la Sainte–Baume. Sin embargo, ese segundo texto molestaba a los monjes borgoñones. Situaba la tumba cerca de Aix donde, de hecho, antes de principios del siglo XlI hay testimonios de la expansión del culto de la Magdalena y donde tal vez se desarrollaban peregrinaciones concurrentes. Para acallar a quienes se negaban a ver en ellos a los verdaderos guardianes de las reliquias, fabricaron un relato –es la tercera leyenda– contando que un religioso había ido, por orden de Girard de Rosellón y del primer abad, a robarlos tres siglos antes a Provenza, entonces asolada por los sarracenos

El ejemplo de la Magdalena en el desierto alentaba sobre todo a la Iglesia secular, a la que en ese momento había que sanear; alentaba a apartarse más del mundo carnal, a olvidarlo, a olvidar también esa misma Iglesia su cuerpo para así unirse al corazón de los ángeles en postura de contemplación amorosa, a fin de cumplir mejor su misión de enseñanza.

Purificar la Iglesia secular después de la monástica e imponerle la moral de los monjes tenía por objeto repartir a los hombres –y digo bien a los hombres–en dos categorías: de un lado, aquellos a quienes está rigurosamente prohibido el uso de las mujeres; del otro, aquellos que deben poseer una, pero una sola y legítima y que, por eso, forzosamente mancillados, se sitúan en la jerarquía de méritos por debajo de los asexuados y, por consiguiente, están sometidos a su poder. Semejante segregación marcó con un rasgo todavía imborrable la cultura de la Europa occidental, hundiendo durante siglos en el fondo de las conciencias la idea de que la fuente del pecado es, en primer lugar, el sexo. En 1100, debido a ese hecho, la reforma chocaba contra un obstáculo mayor, la mujer. Era el escollo.

La cabellera suelta, el perfume derramado, una y otro estrechamente asociados en el imaginario de la caballería a los placeres de la cama. Evocar estas trampas de la sexualidad era atizar en el espíritu de los oyentes los fantasmas que despertaba la lectura de la vida eremita: las ternuras de un cuerpo de mujer, desnudo entre la aspereza de las peñas, la carne adivinada bajo el desenfreno de la cabellera, la carne magullada y sin embargo resplandeciente. Tentadora. Desde finales del siglo XIII, pintores y escultores se afanaron en dar a la Magdalena esa imagen ambigua y turbadora. Sin cesar, incluso los más austeros, incluso Georges de La Tour. Hasta Cézanne.

Salgo al exterior a respirar y doy un paseo por las terrazas detrás del paradigmático ábside.

Paraguas en mano, contemplo los valles circundantes, atravesados por la ruta GR 654, flanqueada por arboledas y setos, por la que, si somos capaces, podemos recorrer a pie los 1878 kilómetros que nos separan de Santiago de Compostela, pasando por Nevers, Limoges,  Perigueux, Saint-Jean-Pied-de-Port y Roncesvalles.

Vuelvo por donde he subido, no sin antes visitar el modélico Museo Zervos (por el gran editor de arte y en especial de los Cahiers d’Art) en la que fue casa de Romain Rolland.

La colección permanente alberga obras de Calder, Ernst, Giacometti, Hélion, Kandinsky, Laurens, Léger, Masson, Miró y Picasso, entre otros.

Una estupenda exposición temporal de ilustradores de las obras de George Bataille (Masson, Fautrier, Bellmer) añade fascinación a la visita. No permiten tomar fotos, pero el sitio del Museo ofrece algunas, si bien con parsimonia (http://www.musee-zervos.fr/index.php).

El personal es tan simpático que no oso traicionarles, así que no hago fotos pirata. Me contento con el catálogo de la exposición sobre Bataille. Este museo es la sorpresa que no me esperaba.

Satisfecho, dejo  Vézelay en dirección a Auxerre.

Mi travesía estival hacia Escandinavia. (II) De Marvejols a Montpeyroux

17 julio, 2012

Tras salir de Marvejols enfilo de nuevo la A75, atravesando por un tiempo el departamento de Cantal y parando brevemente en el mirador del viaducto de Garabit, airosa obra de Eiffel, sobre el que aún circulan los trenes.

Si los obreros que fabricaron los bulones que aún sostienen firmemente esta hermosa estructura hubiesen elaborado también los del Titanic, quizás aquél no se hubiera ido a pique.

Continuando el viaje, me adentro en el departamento de Puy-de-Dôme y en la región de Auvernia.

Al avistar el torreón de Montpeyroux (el monte de la piedra o “pedregoso”), tomo la decisión de visitar el pueblo, en vez de pasar de largo como en ocasiones anteriores.

He acertado… El paseo por el pueblo me aporta una mágica sensación de vuelta al pasado.

Desde el aparcamiento umbrío junto al cementerio recorro la calle que asciende hacia la iglesia

y al arco del reloj.

Por esa puerta atravieso la muralla hacia el torreón

y hacia las hermosas casas de piedra que lo rodean.

Desde Montpeyroux se divisa el valle del Allier

Y el perfil inconfundible del Puy-de-Dôme.

Pero hay un detalle que no viene en las guías.

Bajando por la calle, que desciende desde la fachada de la iglesia hacia un mirador de amplias vistas, hay,en el primer chaflán a la izquierda, un modesto museo al aire libre.

Se trata de un sobrio homenaje a los diestros canteros que, durante siglos, trabajaron aquí, tallando la piedra que se extraía del propio monte sobre el que está asentado el pueblo.

Esculpir la piedra es una de esas acciones que me emocionan y me trasportan a otros tiempos. Los instrumentos de aquellos artesanos admirables, que se trasmitían el duro oficio de padres a hijos, están aquí expuestos en varias vitrinas bajo un soportal.

Como muestra de su trabajo, unas perfectas ruedas de molino, talladas con absoluto rigor geométrico.

Con este recuerdo, retorno al coche, aparcado junto al cementerio, donde converso agradablemente con una joven pareja inglesa que viene del condado de Norfolk.

Me despido de Montpeyroux, no sin reposar la vista sobre sus campos de trigo ya en sazón.

Mi travesía estival hacia Escandinavia. (I) De Els Poblets a Marvejols, en la ruta más hermosa de Francia.

12 julio, 2012

Dedico esta entrada a mi hijo mayor, más nómada que yo.

El viernes pasado, muy de madrugada, salida hacia Gotemburgo en mi travesía estival hacia Suecia, embarcado en mi ‘multivan’ Volkswagen T3 de 1989 (última serie de las “caravelle” con motor atrás), que ya va camino de ser un vehículo histórico. Me la mantiene Nito en su taller, dedicado exclusivamente a esta especie de furgonetas, en Cheste. Así que no hay que temer averías.

Parada para desayunar con mi hijo en Martorell y ruta de nuevo hacia Francia. Pronto dejo la autopista A9 para ascender por la A75, la más alta del hexágono, que, a mi modo de ver, junto con su continuación la A71, recorre las regiones más hermosas del corazón de Francia. Tras atravesar el aerodinámico viaducto de Millou, paso del departamento de Aveyron al de Lozère y circulo sin prisas por el paisaje de la Vallée du Lot para llegar a útimas horas de la tarde al camping de Marvejols.

Es la calma total, sólo animada por el sonido de las aguas trasparentes del torrente de La Colagne, que bordea la parcela donde paso la noche.

Por la mañana visito la villa medieval, destruida durante las guerras de religión, que fue reconstruida por Enrique IV. No encontré ninguna placa en memoria de su población protestante, masacrada por tropas católicas durante aquellas hazañas en nombre de la religión, pero sí una que agradece al rey su obra.

En la plaza del mercado campea, contemporánea, una fea estatua de bronce dedicada al monarca.

Enrique IV es el personaje más importante de este lugar, junto con la famosa bestia del Gévaudan, enorme y legendario animal al que se atribuyeron decenas de muertes, sobre todo de mujeres y niños, en esa comarca boscosa y abrupta, al norte de Marvejols, entre 1764 y 1767. Este bicho cuenta con otra abominable estatua, del mismo escultor local, pero no hay ninguna en memoria de los niños que se comió.

Ilustro brevemente con mis fotos, el mercado local de los sábados…

Las puertas medievales de Marvejols…

Sus calles…

Y las enseñas de sus cafés…

Pero el departamento de la Lozère, con sus parque nacional de Cévennes, sus innumerables valles y gargantas y sus pueblos medievales me seguirá guardando motivos para volver.

De las innumerables aperturas de toda obra de arte. En los cincuenta años de la OPERA APERTA de Umberto Eco

1 julio, 2012

Cincuenta años de “Obra abierta” de Umberto Eco

Los que en aquellos años sesenta (¡del siglo pasado!) éramos ilusos jóvenes filosofantes, poetas secretos y artistas incomprendidos (¡no podía ser de otro modo, pues nadie sabía de nosotros!) y soñábamos con ser los intelectuales del futuro, tuvimos una especie de revelación con la lectura laboriosa de “Opera aperta” de Umberto Eco.

Cuando aquel libro estaba a punto de salir de las prensas, el que suscribe dejaba el colegio, yo y mis compañeros de la sección B del curso preuniversitario posábamos así de encorbatados para la foto de la promoción del 62.

Pues bien, la primera edición la publicó la editorial Bompiani en 1962. Yo la leí en la segunda de 1967, en mis tiempos de estudiante en Italia, cuando ya había suscitado un enorme debate. Dicha reedición apareció con una segunda introducción del autor y notables modificaciones y añadidos. Hay que decir que una constante en los ensayos de Umberto Eco es examinar las críticas que se le hacen, ponerse al día con su propia autocrítica y reeditarlos. Creo que es un magnífico ejemplo de juventud de espíritu.

No ha sido Umberto Eco el único de los escritores, poetas, músicos, ensayistas y, en general, intelectuales italianos, que tenían entre diez y quince años cuando acabo la guerra en 1945 y que en los años 60 iniciaron una corriente provocadora, que no tiene que ver con las vanguardias de la primera mitad del siglo. Ellos privilegiaban la obra y no se perdían en manifiestos revolucionarios. Privilegiaban la experimentación sobre la declamación y preferían a Marcel Proust, James Joyce o T.S. Eliot en vez de  André Breton, Filippo Marinetti o Tristan Tzara

Dirigieron sus miradas más allá de las fronteras de Italia e iniciaron la superación del ensimismamiento de los seguidores de la estética de Benedetto Croce, o el encastillamiento de los intelectuales que habían militado en la Resistencia o en su adversaria la República de Salò.

Los jóvenes experimentalistas jubilaron el realismo socialista, no sin vivas reacciones de aquellos autores y creadores consagrados (con excepciones destacadas como la de Ítalo Calvino) y de los intelectuales del comunismo italiano (con la excepción de Mario Spinella, director de “Rinascita”), quienes no consiguieron abrirse a la comprensión de las corrientes que soplaban fuera de Italia.

Ese era el contexto al inicio de los años 60 en Italia como lo ha descrito el mismo Umberto Eco en su ensayo “Il Gruppo 63, quarant’anni dopo”, una conferencia del año 2003 publicada el año pasado en el libro “Costruire il nemico e altri scritti occasionali” (Milano, Bompiani 2011).

Eran inquietos y provocadores y recíprocamente muy críticos con sus propias obras, aunque la discrepancia creativa no quebraba la amistad y la empatía intelectual que les unió (en esto se distinguieron también del espíritu de querella interna y narcisismo de las vanguardias históricas). Como dijo Eco en la primera reunión del “Grupo 63” en Palermo, la “Generación de Neptuno” se alzaba frente a la “Generación de Vulcano”.

En contraste con las poéticas de los manifiestos sin casi obra de las vanguardias radicales, se situaba la poética de la obra. Frente a la revolución y los asaltos románticos a los “palacios de invierno” literarios, se propugnaba la lenta experimentación y el saber filológico. Fue una “neo-vanguardia” que dejó claro que “la eversión política no podría ya asimilar la eversión artística”. Fueron cinco años de intensa experimentación de un grupo que se disolvería en 1968.

Opera aperta

Umberto Eco ha tenido siempre una endiablada capacidad para explicarnos intuiciones simples de forma prolija, con todas sus ramificaciones y epigénesis. Cuando escribe ensayos no sólo despliega su razonamiento como un árbol de numerosas y frondosas ramas, sino que pone al descubierto las raíces en las que se funda, con abundantes glosas y guiños a la obra de otros pensadores, literatos e historiadores.

La lengua italiana es, a mi modo de ver, la mejor equipada entre las lenguas románicas para la retórica (sólo superada por el latín) y Eco la usa de modo magistral, aunque por aquella época, todo hay que decirlo, a menudo se demoraba brillantemente en el fárrago. A menudo había que volver una y otra vez sobre sus párrafos para saber si habíamos entendido lo que quería decir.

Pero, con el paso de los años, sus propuestas pioneras son ya adquisiciones de nuestra cultura y moneda corriente, sus ensayos han cambiado de tema y son muestras de una argumentación cristalina.

Creo que el resumen mejor de “Opera Aperta” es su prólogo a la reedición del 1967. Umberto Eco muestra con el análisis de numerosos ejemplos de las varias ramas del quehacer artístico que en toda obra de arte la ambigüedad es inherente a la «forma», incluso cuando la técnica y la finalidad del artista parezcan evidentes.

La tesis de esta obra, escrita cuando Umberto Eco tenía entre 28 y 30 años, sigue válida, por más que lo que dice sea ya patrimonio común entre críticos de arte y estudiosos de la cultura y la creación artística. Supongo que si el autor la escribiese ahora, su estilo sería mucho menos enrevesado y mucho más directo. Pero en aquella época muchos ensayistas de éxito escribían así en Italia y en Francia. Y, para no ser menos, si releo lo que yo escribía por entonces, los jóvenes aspirantes a escritores los remedábamos a conciencia.

Un fecundo itinerario

Umberto Eco siguió publicando ensayos, como “Apocalípticos e integrados”, “La estructura ausente”, “La definición del arte”, etc., y, como culminación de este proceso, el “Tratado de Semiótica General” en 1975; siempre reeditándolos, escuchando a sus críticos y respondiendo a los cambios de nuestra época. Es un magnífico ejemplo de cómo ponerse en cuestión.

Sus escritos morales y políticos son otra faceta en la que, en contraste con su estilo en los ensayos antes mencionados, Umberto Eco es claro, diáfano e incisivo. Por no hablar de sus artículos en los periódicos, donde opera como un cirujano sobre el cuerpo de la contemporaneidad, sobre todo sobre la que afecta a Italia, donde su voz se destaca por su clarividencia política y moral. Se podría decir que cuando era un joven ensayista experimental sabía escribir cosas simples de forma complicada pero hermosa y con la edad, la belleza de su lenguaje se mantiene, pero Umberto Eco ha llegado a tener una facilidad envidiable para escribir o hablar sobre complejas cuestiones filosóficas y éticas de forma clara y meridiana, sin ambigüedad.

En los años 80 vinieron las novelas de Umberto Eco y muchos nos volvimos adictos a esas tramas fastuosas y a la riqueza de su lenguaje, a su forma de reflejar lo enrevesadas que pueden ser las cosas y llegar a los desenlaces inesperados del combate entre las pasiones y la ambición ilusa de los seres humanos. Las peripecias de sus novelas se sitúan con preferencia en tiempos idos, sobre los que su escritura se explaya en alas de la erudición: “Il nome della rosa”, “Il pendolo de Foucault “, “Baudolino”, “L’isola del giorno prima”, etc., y recientemente “Il cimitero di Praga”.

La recepción de Obra abierta

Pero volvamos al aniversario de “Opera Aperta”. Decíamos que las tesis de Umberto Eco son hoy moneda corriente en el campo de la Estética y la Crítica de Arte y casi nadie se acuerda ya de la polvareda que levantó en los años sesenta, cuando lo que propugnaba no era evidente. Digamos de paso que este libro nació de sus primeras reflexiones sobre la música experimental que, por entonces, suscitaba reacciones iracundas y cosechaba pateos en un lugar tan respetable como la Scala de Milán.

Puede que no haya muchos que se interesen hoy por los hallazgos de aquel libro que se ha integrado en nuestra forma de mirar las obras de arte, pero, para consuelo mío, recientemente descubrí que en la Facultad de Bellas Artes de Altea, a la que debo tres años académicos de formación artística muy divertidos y fecundos, se sigue leyendo la “Obra abierta” de Umberto Eco.

Para demostrarlo os presento una síntesis de la misma, escrita en el contexto de un trabajo académico por Eva Martí, que se ha leído la obra de cabo a rabo. Me ha dado permiso para publicarlo aquí y no tengo nada que añadir:

“La gran variedad de estudios e indagaciones realizadas en el libro “Obra abierta”, se pueden resumir en que en toda obra de arte hay una ambigüedad de la forma, por mucho que la técnica y el propósito del autor sean diáfanos. Hay multitud de significados contenidos en una forma.

En la obra de arte podríamos hablar de unos supuestos históricos que preceden a la obra, un argumento, un modo de hacer (una forma) y unas relaciones con fenómenos culturales en la misma obra, todo esto entrando en contacto con la experiencia del espectador/consumidor, coge vida y tiene unas repercusiones psicológicas. Así, esa forma inicial se convierte en una obra abierta. Son las obras, como cita el libro, una invitación a la libertad por la multitud de respuestas y soluciones que ofrece la obra. Tienen un valor añadido a la mera contemplación estética.

La ambigüedad de significados se encuentra en todas las obras a lo largo de la historia y es a partir del Barroco cuando se hace más patente. Aunque es en las poéticas contemporáneas, a partir de los años 60, cuando se busca y se pretende que esta ambigüedad sea parte de la obra. Como obra nos referimos tanto a la poesía como la música contemporánea, la pintura informal o la escultura.

La ambigüedad de la que hablamos, puede conseguirse de muchas formas aunque tal vez la que más se utilice sea la conseguida rompiendo el orden establecido y por tanto esperado, de la forma de hacerlas. El orden muchas veces lleva a la alienación y rompiendo este orden encontramos mensajes ambiguos y por tanto abiertos. Aquí la ambigüedad adquiere un valor positivo, tiene una justificación. Y es el artista con su forma de hacer quién ofrece una forma para dar un sentido, o un orden, a la ambigüedad que emerge.

Eva Martí Domingo

Facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández, Altea

Enero 2012

Donde se confirma lo dicho con algunos ejemplos o de cómo las obras de los grandes artistas son siempre “obras abiertas”

 Como no quiero aburrir más al sufrido lector y lo mío es la pintura, me permito hacerme eco gráfico de cómo Francis Bacon (1909-1992) ‘inspira’ la obra abierta de Rembrandt  (1606-1669) y Velázquez (1559-1660). Mejor dicho, de cómo la observación de los cuadros de Bacon, nos inspira a nosotros para descubrir  en los cuadros de Rembrandt y Velázquez innumerables aperturas y sentidos posibles. Las obsesiones del pintor irlandés, que murió precisamente en Madrid hace veinte años, se reflejaban en su continuo estudio de las obras de pintores del pasado y de la modernidad, como se refleja en las numerosas reproducciones que conservaba en su indescriptible taller. Así la obra abierta de Bacon se construye incansable sobre las ‘aperturas’ de las obras de otros artistas, sobre los sentidos y mensajes implícitos de las mismas, interpretadas desde las agitaciones, angustias y tragedias del siglo XX.

Bacon versus Rembrandt

Bacon versus Velazquez

Las personas también somos obras abiertas

Tomadlo como queráis, como cuestión estética o como dato existencial, el caso es que los jóvenes de la foto que encabezaba esta entrada, seres abiertos al futuro en aquel lejano 1962, hemos comprobado a lo largo de cincuenta años que la vida es una ‘opera aperta’. Como prueba, tratad de identificarnos en esta foto del mes de junio del presente año, ahora dentro del grupo de cerca del sesenta por ciento de nuestra promoción que se reunió para conmemorar el medio siglo desde nuestra salida del colegio.

Os puedo asegurar, que, a pesar de los achaques de todos estos tipos tan provectos que ahora somos, la mayoría (pues algunos se quedaron ya por el camino) aún seguimos abiertos a lo que cada día la vida nos ofrece con sus innumerables sentidos.

Las hogueras de San Juan en Els Poblets

24 junio, 2012

Se lo dedico a  Dora, Ana y Vicent

Con el solsticio de verano llegan las famosas hogueras de Alicante, donde arden los monumentos de madera y cartón. Por los pueblos el procedimiento es más simple: se acumulan para la quema todos los muebles que el servicio de limpiezas ha ido recogiendo en las semanas previas.

Anoche, delante de casa y frente al mar, como todos los años, las mesas puestas por las asociaciones, “filas”, de moros y cristianos de Els Poblets se han llenado de vecinos, y la fila a la que ha tocado por turno organizar el bar nos ha vendido bocadillos y bebidas.

Por las orillas de la playa, los vecinos de los pueblos de la zona cenaban a la luz de faroles y alumbraban pequeñas hogueras. Así ocurre por todo el litoral valenciano.

Una orquesta todo terreno, los “Diamonds”, tocaba y cantaba todo lo habido y por haber, dando satisfacción a los danzantes de todas las edades. No se ha pegado ojo hasta las cuatro y media de la mañana, pero esto ocurre sólo una vez al año.

La quema de la pila de muebles y maderas se iba transformando en una hoguera de considerable tamaño, vigilada por los  miembros de la protección civil de la localidad.

¡Ah! ¡Me olvidaba! Los técnicos sudaron para poner en marcha un proyector que debía ofrecer a los asistentes el partido Francia-España. Anduvieron perdidos sin conseguirlo hasta el inicio del segundo tiempo. El respetable público pudo así celebrar el paso de la selección a semifinales. Quizás San Juan haya tenido algo que ver.

En cualquier caso, “aserrín, aserrán, los maderos de San Juan” seguirán pidiendo pan, que no les dan, queso, para que les den hueso, aunque vino sí que les dan, con lo que «se marean y se van».

En otra versión, más izquierdosa, cuando los obreros del aserradero piden queso, no sólo les dan hueso sino que, además, los patronos les cortan el pescuezo.

De Granada a Vélez Blanco pasando por Úbeda y la Sierra de Segura

14 junio, 2012

A pesar del calor, decidimos escaparnos el viernes pasado por las comarcas andaluzas más cercanas a la provincia de Alicante.

No voy a descubrir nada que no esté ya en las guías de viaje, pero puede que ayude a ver algunas cosas de Almería, Jaén y Granada con otra mirada.

Te subes al coche para cuatro días, y además de los ojos, abres el corazón.

Granada

Nos alojamos en un antiguo hotel del centro, cuyo dueño guarda en sus vitrinas abundantes recuerdos de García Lorca (todo el hotel rezuma admiración por el poeta) e, incluso, un rarísimo panfleto anticomunista publicado en 1937 por Ramón Ruíz Alonso, que, según historiadores fiables,  lo delató para entregarlo a sus asesinos.

En las escaleras del viejo hotel Reina Cristina hay un sabor a misterio policromado que parece anticiparnos lo que veremos en el Museo de Bellas Artes del Palacio de Carlos V, dentro del recinto de la Alhambra, o en el museo de la catedral.

Subir a Sierra Nevada una tarde de viernes, cuando no hay gente de picnic, te permite, en soledad, respirar a pleno pulmón y contemplar una sierra tras otra, mientras te vas elevando curva tras curva hasta el techo de España.

Aparcas el coche cerca del Albergue Universitario, ya un tanto cochambroso, es cierto, y caminas por los ribazos ahora sin nieve.

Te saluda el perfil del Veleta, como un viejo conocido.

De vuelta a la ciudad de Boabdil, siempre habrá nuevos detalles que observar…

Por las calles del Albaicín…

o contemplando desde la Alhambra este barrio que parece salido de un nacimiento artesanal.

En el palacio de Carlos V nos embruja de nuevo su escalinata…

o, en la sala octogonal,  los colores de las grandes telas de Sean Scully nos invitan a la meditación…

El pintor reconoce que están en buena medida inspirados por los alicatados de los Palacios Nazaríes

Otros colores nos esperan al caer de la tarde en los jardines del Generalife.

Cuando ya casi no quedan visitantes, son al final de la visita el mejor reposo para nuestra caminata de varias horas. Y también un espacio para la evocación de las ilusiones y penas de quienes vivieron por estos senderos y aposentos

Úbeda

Al día siguiente, nos paramos a comer en Úbeda, cuajada de iglesias, en las que el gótico flamígero se completa con lo mejor del estilo renacentista español…

y de obras civiles de la misma época, como el asilo que edificó Andrés de Vandelvira (1509-1575) para enfermos y pobres viejos sin techo

Coincidimos con el día festivo en que toda la población acompaña la procesión del Corpus, con un paso en que la custodia está flanqueada por Santo Domingo de Guzmán y Santa Catalina de Siena, más bien tristones…

Pero, felizmente, la nota alegre la dan los innumerables niños y niñas vestidos de Primera Comunión

Por las sierras de Cazorla y de Segura hasta Vélez Blanco

Abandonamos Úbeda por la Nacional 322 y, tras dejar atrás Villacarillo, tomamos la carretera que corta por la Sierra de Cazorla.

Después del embalse de El Tranco, la ruta se adentra, entre curvas, olivares, pinos y encinas, en la Sierra de Segura (ambas sierras guardan el recuerdo de Félix Rodríguez de la Fuente)

Atravesamos Hornos, encaramado en su peñón, la Platera y Pontones y nos detenemos en Santiago de la Espada (donde llegamos a tiempo de ver el segundo tiempo del encuentro España-Italia de la Eurocopa)

Al atardecer, atravesamos la meseta que, a partir de la Puebla de Don Fadrique, se extiende por los términos de Casa Blanca y la Cañada de Cañepla.

Subimos por los bosques de la Sierra de María y el macizo de La Muela y de anochecida entramos en Vélez Blanco, cuyo castillo domina la vega y las casas de un blanco inmaculado de este pueblo, que originalmente se llamó Velad Al-Abyadh, como el hotel donde pasamos la última noche.

Antes de dormir, nos regalamos con algunas raciones en el mirador del restaurante El Embrujo.

El castillo de Vélez Blanco nos despide con una señal celeste

Acabamos el viaje con un baño en las aguas trasparentes de la tranquila cala de Torre Cope, cerca de Águilas