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Mi travesía estival hacia Escandinavia (y IV). De Vézelay a Suecia, pasando por Auxerre y las Ardenas belgas

30 julio, 2012

Por la D951 salgo de Vézelay flanqueando el valle de La Cure y, un poco más tarde, a la izquierda de la D606, sale de nuevo a mi encuentro un monumental recuerdo del reformador de los benedictinos y portaestandarte de la ruinosa II Cruzada, apodado el “Doctor Melifluo”.

Fue, en efecto,San Bernardo quien fundo la Abadía de Reigny  en el siglo XII,  al norte de Vézelay, junto a las orillas de La Cure. Empezó con 12 monjes y, un siglo después, llegó a tener 300. Hoy se conservan las bóvedas, ventanales y ojivas góticos del refectorio y el dormitorio de los monjes. El palomar y los sistemas de irrigación son muy ingeniosos.

Lo que era lugar de estricta regla y -se sobrentiende- de frugales almuerzos, meditaciones, preces y pías labores benedictinas, hoy es un albergue y un espacio para actividades de esparcimiento, eventos y recepciones de alcurnia.

Cuarenta kilómetros más adelante, bordeando ahora La Yonne, casi sin darme cuenta estoy en el cogollito de Auxerre atravesado por este río navegable. Deambulo por un centro casi desierto en este comienzo de la tarde del domingo.

Tejados de pizarra bajo las torres de la catedral de San Esteban.

Muros medievales

Y una estilizada fachada gótica.

Aunque, todo hay que decirlo, por aquí pasó un obispo demoledor, Guillaume de Segnelay, que en el siglo XIII comenzó a tumbar la catedral románica por su coro, para construir una nueva en estilo gótico. La moda y el confort mandan siempre.

Aunque hay que agradecerle las vidrieras, que desde entonces han ido enriqueciendo los ventanales ojivales de toda la catedral.

Con escenas de despedida caballeresca

o con la historia del faraón que se ahoga en el Mar Rojo (Éxodo,14) pero… en este caso bajo una enseña turca

La obra continuaría con la demolición de la nave central y su substitución por la gótica actual a principios del siglo XIV.

Las bóvedas se coronarían a finales de esa centuria.

Más tarde, con la Revolución Francesa, sus animosos activistas se dedicarían a romper las caras de esculturas o relieves de la catedral, si es que no a guillotinarlas. Por un tiempo, la catedral fue dedicada al culto de la diosa Razón.

Parece que no tenían trabucos ni unas picas demasiado largas, o sólo contaban con pequeñas escaleras, porque no consiguieron hacer añicos más que el primer nivel de las vidrieras en las naves laterales, sin llegar a destruirlas hasta arriba ni poder dedicarse a las del coro

Como ya anduve de criptas en la Madelaine de Vézelay, sigo con mi inercia y no me arrepiento de bajar a la de Auxerre.

Al entrar, me saluda un ángel del Apocalipsis más melifluo que San Bernardo. Aquí no hay relicarios con huesos como en Vézelay, pero es una de las criptas catedralicias románicas más amplias y armoniosas que he visitado.

Una señora muy amable me abre los cerrojos y como he comprado la guía sobre los vitrales, me perdona el billete de entrada a la cripta y al tesoro catedralicio, donde San Esteban todavía tiene arrestos para ir recogiendo las piedras con las que le están matando.

La encargada y su madre, jubilada de casi ochenta años, que la ayuda benévolamente, atienden a los visitantes en la boutique de recuerdos y la billetería.  Ambas tienen muy buen humor y te atienden con una cordialidad exquisita.

Santa Bárbara vela por el tesoro, acribillada no se sabe si por una salva de perdigonadas de trabuco iconoclasta o por las termitas

Menos mal que Guillaume de Segnelay no quiso o no pudo demoler la cripta, cuando decidió que el románico estaba pasado de moda, aunque, claro, con los ritmos de construcción de entonces no llegó a ver acabada la nueva catedral

Tampoco llegó a ver a esa Eva que, como si tal cosa,  sigue siendo creada de la costilla de Adán.

Miro el reloj y pasó rápidamente por la iglesia de San Germán, donde, como la entrada a los murales románicos más antiguos de Francia no se abre hasta dentro de dos horas, me despido con una vistazo al bajorrelieve neoclásico dedicado al duque de Berry, asesinado en Auxerre, obra de Jean-Jacques Pradier (1792-1852)

Tengo que ponerme en marcha, pues he quedado en llegar a Sollwaster, en las Ardenas belgas hacia las 8:00 p.m. En realidad llego a las 22:00, pero me han esperado para cenar caracoles, cocinados por Simona, y cordero, guisado por mi amigo Didier.

A la mañana siguiente, sin muchas paradas, ruedo hacia Suecia por las autopistas alemanas. Al dejar el  ferry que me transporta de Putgarden a Rødby, el reloj marca la medianoche pasada, así que, bajo una lluvia intensa, duermo en un area de reposo de Dinamarca, para retomar el camino temprano, hasta que, pasado el puente de Oresund, entro en territorio sueco.

Signos de los tiempos, al parar para desayunar, lo que contemplo en el aparcamiento de “Escania Verde” (Gröne Skone) son unas gigantescas aspas de eoliano que van a ser instaladas sobre su torre en la misma región. Si Don Quijote tuviese que enfrentarse a estos brazos de gigante de 56 metros de largo, me temo que tendría que ir equipado con un lanzagranadas.

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