E la nave va
En son de luz
La nave que me trajo de Barcelona a Civitavecchia no se aventuró por el difícil estrecho de Bonifacio, entre Cerdeña y Córcega , a causa de la mar gruesa, frustrando así el deseo de ver los acantilados de ambas islas a babor y estribor bajo el sol del atardecer. Pero, un poco más tarde, llegó la compensación: navegábamos entre la isla del Elba y la isla de Montecristo, entre cuyos farallones sitúa Alejandro Dumas el hallazgo del tesoro del difunto abate, su compañero de prisión, por parte de Edmundo Dantès.
El sol se pone tras la isla, una columna de nubes la corona, el mar se rinde al cielo, y el perfil de la montaña evoca un volcán incendiado por el astro de fuego. Con esta visión comienza a germinar el título de este blog que hoy despega. Aunque al final desembarcaré con cinco horas de retraso y ya de noche, vengo a Roma “en son de luz”. La mañana del miércoles 21 de octubre en Roma confirma con sus luces de otoño (vegetales, leñosas, aéreas, vaporosas, ásperas, resbaladizas, fluyentes, pétreas, murales, terrosas) firmes o fugitivas, en un proceso de cambio efímero y eterno, esa primera intuición.
Si vienes a Roma para dedicar el año a la pintura, al dibujo, la escultura y a la historia del arte en directo, como yo, has de venir en son de luz. A Roma, durante siglos, ejércitos o viajeros y peregrinos han llegado en son de guerra o en son de paz. Pienso que los pintores y poetas venían y vienen en son de luz. Entonces, con los ojos y los demás sentidos bien abiertos, Roma responde a diario, por cualquier rincón, desde cualquier perspectiva, de tantas como te abre, a pie, en autobús, en tranvía, en coche, por sus varios centros históricos o por sus extensas irradiaciones con las que se entrevera la campiña del Lazio, con todos los matices y vibraciones de su luz, en un continuo estremecimiento impalpable.
Goethe llegó a Roma el 1º de noviembre de 1786 (“Viaje a Italia»), yo muchos años y unos días más tarde siento como mías algunas de sus sensaciones. El día antes de iniciar la última etapa hacia la ciudad, el 28 de octubre, escribe: “No son aún las ocho, todos se han acostado, de modo que puedo recorrer por última vez mi pasado reciente y alegrarme con el pensamiento del inminente futuro. La jornada de hoy ha sido muy hermosa y serena, la mañana bien fría, el día claro y templado, la tarde un tanto ventosa pero bella”. El 7 de noviembre escribe: “no me canso de abrir los ojos y de mirar, de ir y venir, ya que sólo en Roma nos podemos preparar para comprender Roma”.
