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“Recicletas”… y un cuentecillo

20 abril, 2012


Si un cosa fabricada hay que se acopla a nosotros como un organismo complementario y que se articula con nuestro esqueleto en una sincronía dinámica, esa es la bicicleta.

Por eso el otro día, a mi reacción de curiosidad, después de una conversación-encuesta (tengo algo de detective) con los operarios de la limpieza de los canales de Gotemburgo, siguió la emoción pensativa.

Habría que añadir que ese mismo día, no lejos de allí, habían encontrado bajo el agua, frente a la escuela de ingeniería, los restos de quien parece ser un joven padre de familia que desapareció hace algunos meses.

Pero en aquel momento yo no lo sabía. Así que mis reflexiones se concentraban en los esqueletos de esas bicicletas que ya no serán para el verano. Ni siquiera tendrán derecho a unas humildes exequias. Esos organismos que por un tiempo se unieron íntimamente a la entrepierna de hombres y mujeres están condenados al reciclaje.

Ahora sólo son “recicletas”.

Pero ¿no creéis que tendrían derecho a una investigación policial?

Arrojar una bicicleta al canal no es un acto neutro, es un asesinato. Y si lo comete la persona propietaria es un parricidio. ¿Me diréis que exagero? Pues no, sólo de pensar en la pequeña ORBEA, de color rojo, que, allá por los años 50, compró mi padre para el uso de cinco hermanos (eran tiempos de carestía), siento pena por estos velocípedos que algunos desalmados condenaron a la oxidación subacuática.

Una bicicleta llega a ser como un exoesqueleto íntimo, como alguien de la familia.Para algunos confesores del nacionalcatolicismo español eran instrumentos del pecado de ellas, cuando las montaban las chicas, o de ellos, cuando los chicos sentaban a las chavalas en la barra o en el manillar. Algunos curas desaconsejaban a las mujeres el uso de estos objetos libidinosos que no sólo amenazaban su virginidad sino que estimulaban los deseos impuros.

Y ahora mi cuentecillo *

En un pueblo mesetario de cuyo nombre no podría acordarme vivía y pedaleaba la chica más hermosa del lugar. Cuando atravesaba los campos y las calles del pueblo en su bicicleta su melena al viento tenía el color de las hojas de las viñas en otoño. Sus ojos eran del color del trébol nuevo. Las beatas del lugar se hacían cruces.

Su novio era el joven más casamentero de la localidad. Su pelo era como la antracita, sus ojos como el ámbar y su tez broncínea. Pero era más celoso que las compuertas de un embalse en tiempo de sequía.

Un día la bicicleta de su novia desapareció. La chica tuvo tal depresión que acabó casándose con el celoso galán, previa confesión y comunión con Don Zenón, el cura de la parroquia lugareña.

Tuvieron varios niños. Cuando alcanzaron la edad de pedalear, los Reyes Magos les trajeron bicicletas. Tuvieron varias niñas. A ellas les trajeron patines.

La pareja ya es hoy muy vieja. Sus hijos están en el paro en Madrid y Barcelona. Sus nietos se han ido a Alemania. ¿Y el pantano? ¡Ay!, ese ha comenzado a secarse y de sus lodos han salido fósiles de árboles, el cráneo de una vaca, viejas lavadoras oxidadas, la  carrocería de un dos caballos…

Acurrucada junto a los restos de un tractor, el otro día, afloró una bicicleta de mujer. Los vecinos han dicho que parece el esqueleto de una asesinada.

(*) Nota bene: lo llamo cuentecillo, porque si lo titulo “microrrelato” los especialistas me pueden regañar.

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