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No es oro, no es incienso, no es mirra… es mi regalo de Reyes

6 enero, 2011

Así estaba Gotemburgo hace dos días

Así estaba el aeropuerto de Copenhague ayer.

Así está hoy la playa en Els Poblets.

Así se veían esta mañana los naranjos.

Hoy me he animado a buscar un regalo de Reyes para vosotros.

No es un pez porque no sé pescar. Los que aquí os muestro podrían proceder de la lonja de Denia…

o del barco de pesca que esta mañana navegaba frente a la playa…

pero son de David Teniers y del museo de Gotemburgo. Cuando esté de vuelta en Roma os traeré el pez del milagro de San Beno…

Mi regalo

Así que no es el oro que Melchor le daba al niño Jesús hace unos días en este blogg, ni los caramelos de la cabalgata. No, mi presente es una modesta cita de Erasmo de Rotterdam en su comentario al adagio Dulce bellum inexpertis (es decir “la guerra atrae a quienes no la han vivido”). Como le dijo Marco Antonio a Octavio antes de la batalla de Actium, las crisis con amistad son menos. Supongo que en nuestro caso estaremos todos de acuerdo con empezar el año con algo de lo que el viejo Erasmo escribía sobre la amistad y no hacer como Octavio que no le hizo caso a Antonio, para desgracia de este.

Se trata de un comentario que Erasmo retocó en sucesivas ediciones hasta consolidarlo en 1526.
De ese mismo año es una vidriera de la catedral de Tournai que nos ofrece imágenes para ilustrar cada uno de los extractos.

 

 

 

 

 

 

“la naturaleza ha querido que el hombre reciba el don de la vida no tanto para sí mismo como para orientarlo hacia el amor, para que entienda bien que está destinado a la gratitud y a la amistad. Es así que no le dio un aspecto feo u horrible como a otros sino dulce, pacífico, marcado con el sello del amor y la ternura. Le dio una mirada afectuosa que refleja los movimientos del alma. Le dio unos brazos capaces de abrazar. Le dio el sentido del beso para que las almas puedan unirse al mismo tiempo que se unen los cuerpos. Sólo a él le acordó la risa, signo de alegría. Sólo a él las lágrimas, símbolo de clemencia y misericordia. ¿No le dio acaso una voz que no amenaza ni es temible sino que, a diferencia de las fieras, es amistosa y agradable? No contenta aún con estos dones, la naturaleza reservó al hombre el uso de la palabra y de la razón, atributos que contribuyen sobre todo al establecimiento y al fomento de la benevolencia, de modo que nada entre los hombres se resuelva por la fuerza. Le inculcó el odio a la soledad, el gusto por la compañía. Plantó en lo más profundo de su ser los gérmenes de la bondad. Dispuso que lo que más le conviene sea también lo más grato. Pues ¿hay algo más agradable que un amigo? Y por otra parte ¿hay algo que sea así de necesario?

… ¿qué otra cosa es la paz sino la amistad generalizada?

Al contrario y en forma parecida la guerra no es más que la enemistad generalizada. Ahora bien, la naturaleza de las cosas buenas es que cuanto más extensamente se difunden más ventajas aportan. De modo que si la amistad entre dos individuos es cosa tan agradable y útil ¡qué inmensa sería la felicidad si un vínculo amistoso uniera a un reino con otro reino, a una nación con otra! Por el contrario, la naturaleza de las cosas malas es que cuanto más extensamente se difunden más merecen su nombre. Luego si es triste, si es criminal que un hombre ataque a otro con las armas ¡cuánto más calamitoso, cuánto más nefando es que hagan lo mismo millares de hombres!”

(Erasmo de Rotterdam, Adagios del poder y de la guerra y teoría del adagio, Edición, traducción y notas de Ramón Puig de la Bellacasa, Alianza Editorial Libro de bolsillo-Filosofía, Madrid, 2008)

¿Y si en 2011 volviésemos a los clásicos?

En esto días, cuando tanto tiempo se dedica a leer las filtraciones del soldado Manning (por cierto ¿le pagará Assange un buen abogado defensor?) y a los miles de páginas de chismes de políticos y diplomáticos, así como a los hiperbólicos comentarios a los mismos, esta ola informativa que  nos roba tanto tiempo podría hacernos reflexionar: ¿no sería bueno descubrir de nuevo lo que los clásicos han escrito, pero mucho mejor, sobre esas debilidades y virtudes del animal humano? ¿Entre los cables de un embajador americano o El Principe de Maquiavelo, entre los comentarios sobre Berlusconi o Gaddafi y La Celestina, entre las ambigüedades de Moratinos sobre el Sahara y Los Silenos de Alcibiades de Erasmo qué valdría más leer?

One Comment leave one →
  1. Eva permalink
    7 enero, 2011 09:53

    Que grande la cita de Erasmo de Rotterdam. Gran regalo.

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