Fundido al rojo: la escultura en bronce en el taller de fundición de la Facultad de Bellas Artes de Altea
Dedicado a Eva, a Ignacio y a Rufete.
Mis compañeros de carrera de la Facultad de Bellas Artes de Altea, que no se han tomado un paréntesis sabático como yo, acaban de terminar su cuarto año.
A principios de junio me invitaron a ver el proceso de su trabajo en los talleres de fundición, dirigidos por el profesor David Vila, asistido, claro está, por el mejor jefe de taller de bellas artes de Europa, Rufete, quien es además el ángel de la guarda para todos los que hemos pasado por las naves de trabajo de la Facultad de Altea y seguimos enteros e incólumes.
Asistí a ello, no sin envidia por no estar metido en faena con ellos.
A partir de aquella visita y de la información técnica que me ha enviado Eva Martí, de quien son los textos entre comillas y una parte importante de las fotos, quiero dar una idea de la calidad de las instalaciones, de la docencia y del trabajo de los alumnos en el curso de técnicas de fundición en bronce.
La técnica se denomina “Fundición a la cera perdida. Técnica de la cascarilla cerámica”.
En las fotos no se aprecia el laborioso y cuidadoso proceso que requiere muchos materiales: Cera virgen, Parafina Resina de colofónia, Goma-laca, Alcohol, Grafito en polvo, Sílice coloidal, Moloquita, Fibra de vidrio, Gas, Escayola… Por no hablar de una larga lista de herramientas de trabajo y de protección personal
Modelado en cera
Se prepara la capa de cera perdida sobre el objeto modelado en arcilla, del que luego se obtiene el positivo en cera (también se puede hacer desde un negativo en escayola), o simplemente modelando el positivo de cera directamente
Se pasa luego a la preparación del “árbol de fundición” en cera.
Dependiendo de las características de la pieza, el árbol de fundición tendrá más o menos bebederos y su disposición variará, siempre persiguiendo que el bronce llegue a todos los puntos de la forma más fácil y fluida. Los bebederos se colocaran de forma lo más perpendicular posible a la pieza para evitar ‘rechupes’, por la diferencia de temperatura.
Tanto los bebederos como el vaso se obtienen a partir de moldes de escayola. Señalar que todos los bebederos acaban desembocando en el vaso que es por donde se introducirá el bronce líquido.
Baños
El árbol de fundición será el punto de partida para el molde que deberá recibir la colada (la cantidad de bronce necesaria se estima según el peso del árbol), es decir la “cascarilla cerámica”. Son varias etapas, diversas capas, que exigen una gran paciencia y cuidado.
En primer lugar se aplica una capa exterior de una solución de goma-laca y alcohol. El alcohol se evapora rápidamente quedando la goma-laca. La función de esta solución es evitar que la cera repela los productos que se aplicaran a continuación
Una vez seca la primera capa se aplica una segunda a base de una solución de grafito y sílice coloidal. Esta capa evita que la cascarilla se pegue a la pieza de metal resultante
Luego se procede a los cuatro baños que consolidarán la cascarilla. Lo resumo, a partir de la información que me ha enviado Eva Martí (sin entrar en todos los detalles de la cocina de las cuatro etapas de la “papilla”)
Se realiza una papilla con harina de moloquita y silice coloidal con ayuda de una amasadora industrial. Se debe conseguir una papilla con densidad adecuada, como de yogur batido. Los baños se han de aplicar a la superficie de la pieza, árbol incluido, pero nunca en el interior. Teniendo la papilla y los distintos granos de moloquita dispuestos en cubetas, se inician los baños.
Una vez realizados los baños se depositan sobre una estantería en donde continuamente hay ventiladores en marcha para secar las piezas. Entre baño y baño han de pasar 4 horas mínimo. Cada vez que se utilice la papilla se ha de remover ya que por decantamiento se separa la moloquita del sílice
Una vez realizados los baños, se refuerza la pieza ante posibles roturas, con una última capa de papilla y recubierta con fibra de vidrio
Descere y acabado de la cascarilla
Pero, aun hay que descerar al soplete, para que la cera se pierda y quede sólo el molde o “cascarilla” apto para resistir el bronce derretido.
La cascarilla se refuerza con otra capa de papilla, se deja secar, se aspira para limpiar su interior y se calienta antes de que vaya a recibir la colada.
Colada
El equipo necesario para realizar la colada lo ilustra bien esta foto de Eva Martí
No entro en muchos detalles, pues las fotos hablan por sí mismas cuando llega el momento mágico de efectuar la colada osea la licuación del bronce a 1200 grados
y su vertido en los moldes…
Aquí lo vemos de más cerca
El resto del bronce licuado se recoge en un lingote, para poder reutilizarlo
y para luego desechar las escorias…
Limpieza y acabado de la pieza
Mientras tanto el bronce se enfría y solidifica dentro de la cascarilla, que, pasado un tiempo para su enfriamiento, con la ayuda de un martillo se va separando de la pieza.
Golpeada la cascarilla con destreza y decisión, la pieza se desprende de su cascarón blanquecino y aparezca negra…
Después de eliminar la cascarilla, los rincones o lugares donde se ha quedado pegado se limpian con la ayuda de cinceles o similares. Se cortan los bebederos con la ayuda de una radial y se lijan o desbastan. Con un cepillo de púas se acaba de limpiar
La pieza será luego pulida, patinada (con ácidos) y, claro está, expuesta…
A fines del mismo mes, una exposición ante los ventanales de la recepción de la Facultad nos ofrece las primeras esculturas del trabajo en curso. Las fotos de la exposición las tomó Gema
El busto “Sacro” de Celia Puerta
Una delicada media naranja de Eva Martí, que forma parte del trabajo de varias piezas combinadas de la serie “¿Tienes novio ya?”, en proceso de ejecución
“Aeflexia” de Pilar Galindo
“Ciudades eléctricas” de Chus Balaguer
Moraleja
Pienso que, en estos tiempos de producciones virtuales, la posibilidad de ejercitar el arte de la escultura en bronce, en todas sus etapas, es un privilegio que sólo algunos consiguen merecerse y que les emparenta con una tradición milenaria, llena de maravillosas creaciones.
A mis compañeros, amigas y amigos de Altea, les deseo larga vida y muchos años con las manos en el metal, el corazón caldeado por el fuego de la fundición y el aliento suspendido a la espera de la revelación de la obra.
Mi travesía estival hacia Escandinavia (y IV). De Vézelay a Suecia, pasando por Auxerre y las Ardenas belgas
Por la D951 salgo de Vézelay flanqueando el valle de La Cure y, un poco más tarde, a la izquierda de la D606, sale de nuevo a mi encuentro un monumental recuerdo del reformador de los benedictinos y portaestandarte de la ruinosa II Cruzada, apodado el “Doctor Melifluo”.
Fue, en efecto,San Bernardo quien fundo la Abadía de Reigny en el siglo XII, al norte de Vézelay, junto a las orillas de La Cure. Empezó con 12 monjes y, un siglo después, llegó a tener 300. Hoy se conservan las bóvedas, ventanales y ojivas góticos del refectorio y el dormitorio de los monjes. El palomar y los sistemas de irrigación son muy ingeniosos.
Lo que era lugar de estricta regla y -se sobrentiende- de frugales almuerzos, meditaciones, preces y pías labores benedictinas, hoy es un albergue y un espacio para actividades de esparcimiento, eventos y recepciones de alcurnia.
Cuarenta kilómetros más adelante, bordeando ahora La Yonne, casi sin darme cuenta estoy en el cogollito de Auxerre atravesado por este río navegable. Deambulo por un centro casi desierto en este comienzo de la tarde del domingo.
Tejados de pizarra bajo las torres de la catedral de San Esteban.
Muros medievales
Y una estilizada fachada gótica.
Aunque, todo hay que decirlo, por aquí pasó un obispo demoledor, Guillaume de Segnelay, que en el siglo XIII comenzó a tumbar la catedral románica por su coro, para construir una nueva en estilo gótico. La moda y el confort mandan siempre.
Aunque hay que agradecerle las vidrieras, que desde entonces han ido enriqueciendo los ventanales ojivales de toda la catedral.
Con escenas de despedida caballeresca
o con la historia del faraón que se ahoga en el Mar Rojo (Éxodo,14) pero… en este caso bajo una enseña turca
La obra continuaría con la demolición de la nave central y su substitución por la gótica actual a principios del siglo XIV.
Las bóvedas se coronarían a finales de esa centuria.
Más tarde, con la Revolución Francesa, sus animosos activistas se dedicarían a romper las caras de esculturas o relieves de la catedral, si es que no a guillotinarlas. Por un tiempo, la catedral fue dedicada al culto de la diosa Razón.
Parece que no tenían trabucos ni unas picas demasiado largas, o sólo contaban con pequeñas escaleras, porque no consiguieron hacer añicos más que el primer nivel de las vidrieras en las naves laterales, sin llegar a destruirlas hasta arriba ni poder dedicarse a las del coro
Como ya anduve de criptas en la Madelaine de Vézelay, sigo con mi inercia y no me arrepiento de bajar a la de Auxerre.
Al entrar, me saluda un ángel del Apocalipsis más melifluo que San Bernardo. Aquí no hay relicarios con huesos como en Vézelay, pero es una de las criptas catedralicias románicas más amplias y armoniosas que he visitado.
Una señora muy amable me abre los cerrojos y como he comprado la guía sobre los vitrales, me perdona el billete de entrada a la cripta y al tesoro catedralicio, donde San Esteban todavía tiene arrestos para ir recogiendo las piedras con las que le están matando.
La encargada y su madre, jubilada de casi ochenta años, que la ayuda benévolamente, atienden a los visitantes en la boutique de recuerdos y la billetería. Ambas tienen muy buen humor y te atienden con una cordialidad exquisita.
Santa Bárbara vela por el tesoro, acribillada no se sabe si por una salva de perdigonadas de trabuco iconoclasta o por las termitas
Menos mal que Guillaume de Segnelay no quiso o no pudo demoler la cripta, cuando decidió que el románico estaba pasado de moda, aunque, claro, con los ritmos de construcción de entonces no llegó a ver acabada la nueva catedral
Tampoco llegó a ver a esa Eva que, como si tal cosa, sigue siendo creada de la costilla de Adán.
Miro el reloj y pasó rápidamente por la iglesia de San Germán, donde, como la entrada a los murales románicos más antiguos de Francia no se abre hasta dentro de dos horas, me despido con una vistazo al bajorrelieve neoclásico dedicado al duque de Berry, asesinado en Auxerre, obra de Jean-Jacques Pradier (1792-1852)
Tengo que ponerme en marcha, pues he quedado en llegar a Sollwaster, en las Ardenas belgas hacia las 8:00 p.m. En realidad llego a las 22:00, pero me han esperado para cenar caracoles, cocinados por Simona, y cordero, guisado por mi amigo Didier.
A la mañana siguiente, sin muchas paradas, ruedo hacia Suecia por las autopistas alemanas. Al dejar el ferry que me transporta de Putgarden a Rødby, el reloj marca la medianoche pasada, así que, bajo una lluvia intensa, duermo en un area de reposo de Dinamarca, para retomar el camino temprano, hasta que, pasado el puente de Oresund, entro en territorio sueco.
Signos de los tiempos, al parar para desayunar, lo que contemplo en el aparcamiento de “Escania Verde” (Gröne Skone) son unas gigantescas aspas de eoliano que van a ser instaladas sobre su torre en la misma región. Si Don Quijote tuviese que enfrentarse a estos brazos de gigante de 56 metros de largo, me temo que tendría que ir equipado con un lanzagranadas.
He dejado hace rato Montpeyroux y ruedo hacia Vézelay. Así que circulo, pero al revés y motorizado, sobre varias etapas de un importante camino de Santiago. El llamado “camino de Vézelay” arranca desde esta villa y llega a St.Jean-Pied-de-Port. Los bravos caminantes se hacen 1087 kilómetros en unos 43 días de marcha y cuando emprenden la subida de los Pirineos aún tienen por delante 791 y otros 33 días de peregrinaje hasta llegar a Santiago de Compostela.
En la Edad Media se iba a pie a Santiago para hacer penitencia, ganar indulgencias y conseguir el cielo. Para ello se dejaba si era necesario a la mujer y a los hijos y se lanzaba uno a los caminos poseído por lo que Erasmo de Rotterdam denomina en su Elogio de la Locura, “la locura de los peregrinos” y que Hans Holbein el Joven ilustró en una de sus viñetas al margen de un ejemplar de la obra. Antes lo había hecho Durero para La nave de los locos de Sebastian Brant.
Hoy se emprende la ruta por muchos otros motivos, como nos narra una voz de en off de monja benedictina en un video de youtube.
Cuando me alejo de las carreteras principales, son las vacas y terneros los que me saludan en mi itinerario.
El camino se abre a horizontes de cereales y lejanas arboledas.
Para llegar a Vézelay he dejado la A77 más arriba de Nevers. Por la 151 abandono la Región del Centro y me adentro en tierras borgoñonas. Tras dejar atrás Clamecy enfilo hacia mi destino de esta etapa.
Al caer la tarde diviso la villa de Vézelay, presidida por La Madelaine.
El camping es pequeño pero, al ser el último en llegar, consigo por chiripa el mejor rincón de sus bordes. Desde ahí se apercibe una aldea rodeada de campos de trigo y bosque. Silencio y aire fresco.
Por la mañana me alzo temprano. Cuando los camperos aún duermen bajo sus tiendas recojo mis bártulos y subo al pueblo en busca de un aparcamiento conveniente, que encuentro en la plaza al pie de la rue St. Étienne, que, prolongada por la rue St.Pierre, asciende a lo largo de setecientos metros hacia la basílica.
No hay un alma en esta mañana de domingo.
Paso junto a la hermosa casa de Romain Rolland, que alberga ahora un magnífico museo de arte contemporáneo, del que luego hablaremos. A mi izquierda dejo las contraventanas cerradas de la que fuera casa de Georges Bataille. Parece que simbolice el cofre cerrado de sus visiones y experiencias interiores.
De repente, tras una curva de la calle aparece la fachada de la Magdalena de Vézelay, símbolo no sólo de otras pasiones y tormentos del eros y del thanatos, los de la religión medieval, sino también de los de la Revolución Francesa y su iconoclastia talibánica.
Pero antes de acceder a la plaza de la basílica, a la derecha junto al portal del albergue de las monjas franciscanas, que hasta 1957 era una escuela gestionada por las Hermanas de la Providencia, hay un modesto símbolo de la historia oculta de Europa. Habla de la gente que se jugaba la vida por salvar la de otros durante la ocupación alemana : la de Sor Leocadia, Sor Placidia y Sor María, quienes con la ayuda de vecinos de la ciudad ocultaron y salvaron de las deportaciones y la muerte a muchos judíos. Entre 1942 y 1944 la prefectura del departamento, siguiendo las órdenes de los alemanes y del régimen de Vichy, orquestaba la búsqueda y captura de los judíos.
Contrastes de la historia de Europa: junto al templo donde en el siglo XII un belicista San Bernardo de Claraval predicó la II Cruzada (con los “efectos colaterales” de numerosas masacres de judíos en Alemania, acusados de no contribuir a la expedición) unas modestas religiosas se la jugaron ocho siglos después a favor de los niños judíos.
Por desgracia, el tímpano de Pentecostés, en el interior del Nartex, está en restauración, así que me tengo que contentar con los altorrelieves del Juicio Final de la fachada, que datan de su restauración en el siglo XIX , emprendida por el entonces joven arquitecto, Eugène Violette-le-Duc. Si no llega a ser por él, muchos monumentos románicos y góticos de Francia serían hoy románticas ruinas, subproducto de la Revolución Francesa, el más conocido de los cuales es Notre Dame de París.
Probablemente, nadie después de él haya conocido mejor la arquitectura gótica, a pesar de que un Marcel Proust, que prefería dejarlo todo en su romántica ruina, criticó aquellas restauraciones acerbamente, llamándolas “les déjections de Viollet-Le-Duc” (Du côté de chez Swann). Se lo perdonamos, pues nos dejó su catedral literaria de À la recherche du temps perdu, que nunca hará falta restaurar.
Este tímpano quiere evocar el del siglo XII, aunque la verdad es que sus anoréxicos condenados son menos trágicos que los medievales.
Pero los que hicieron de la basílica un centro de peregrinajes, fueron los falsos huesos de Santa María Magdalena, «encontrados» en Francia por una de esas peripecias, en las que la Edad Media fue pródiga y que sirvieron a enriquecer abadías, obispos y clérigos y a consolar a las masas. Baste pensar en cómo llegaron los huesos de Santiago Apóstol a Galicia.
Pero en el caso de la Magdalena, hermana de aquel Lázaro a quien, según cuenta el evangelio de San Juán, despertó Jesús de su catalepsia, el impacto simbólico de su hermosura, sus cabellos, su sensualidad pecaminosa, su perdón, conversión y penitencia, unidos a su ambigua pasión por Jesús, fructificaron en historias, sermones y una masa enorme de subproductos teológicos y de iconografías infinitas desde el Medioevo.
Como no puedo resistirme a ello, os voy a “castigar” con unas largas citas de Georges Duby, uno de los mejores historiadores del Medioevo cristiano (Damas del siglo XII. Alianza Editorial, Madrid, 1996. Colección Libro Singular. Tradución de Mauro Armiño).
Están extraídas del valioso blog “Estafeta” de Gabriel Pulecio (http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.se)
Cuando hacia el año 860 Girard de Roussillon funda esa abadía, la dedica únicamente a Cristo, a la Virgen y a san Pedro. Ningún indicio permite pensar que, hasta ese momento, los monjes de Vézelay hayan pretendido conservar el menor trozo de los restos de la Magdalena. De pronto, un texto escrito entre 1037 y 1043 afirma frente a los detractores que esos restos están allí, que las numerosas apariciones y todas las maravillas que se producen sobre el sepulcro lo prueban, y, por último, que los peregrinos afluyen ya desde toda la Galia en busca de milagros. Sin ninguna duda, fue en el segundo cuarto del siglo XI cuando las reliquias fueron «inventadas», como se decía entonces, es decir descubiertas.
Después de Pentecostés, la Magdalena se había hecho a la mar en compañía de Maximino, uno de los setenta y dos discípulos. Tras desembarcar en Marsella, ambos se dedicaron a evangelizar con sus predicaciones el país de Aix. Una vez muerta María Magdalena, Maximino le hizo hermosos funerales y metió su cuerpo en un sarcófago de mármol que mostraba, esculpida en una de sus caras, la escena de la comida en casa de Simón. Se podía conjugar esta segunda leyenda con la primera, situando el desierto de que habla ésta en las montañas provenzales, en la Sainte–Baume. Sin embargo, ese segundo texto molestaba a los monjes borgoñones. Situaba la tumba cerca de Aix donde, de hecho, antes de principios del siglo XlI hay testimonios de la expansión del culto de la Magdalena y donde tal vez se desarrollaban peregrinaciones concurrentes. Para acallar a quienes se negaban a ver en ellos a los verdaderos guardianes de las reliquias, fabricaron un relato –es la tercera leyenda– contando que un religioso había ido, por orden de Girard de Rosellón y del primer abad, a robarlos tres siglos antes a Provenza, entonces asolada por los sarracenos
…
El ejemplo de la Magdalena en el desierto alentaba sobre todo a la Iglesia secular, a la que en ese momento había que sanear; alentaba a apartarse más del mundo carnal, a olvidarlo, a olvidar también esa misma Iglesia su cuerpo para así unirse al corazón de los ángeles en postura de contemplación amorosa, a fin de cumplir mejor su misión de enseñanza.
…
Purificar la Iglesia secular después de la monástica e imponerle la moral de los monjes tenía por objeto repartir a los hombres –y digo bien a los hombres–en dos categorías: de un lado, aquellos a quienes está rigurosamente prohibido el uso de las mujeres; del otro, aquellos que deben poseer una, pero una sola y legítima y que, por eso, forzosamente mancillados, se sitúan en la jerarquía de méritos por debajo de los asexuados y, por consiguiente, están sometidos a su poder. Semejante segregación marcó con un rasgo todavía imborrable la cultura de la Europa occidental, hundiendo durante siglos en el fondo de las conciencias la idea de que la fuente del pecado es, en primer lugar, el sexo. En 1100, debido a ese hecho, la reforma chocaba contra un obstáculo mayor, la mujer. Era el escollo.
La cabellera suelta, el perfume derramado, una y otro estrechamente asociados en el imaginario de la caballería a los placeres de la cama. Evocar estas trampas de la sexualidad era atizar en el espíritu de los oyentes los fantasmas que despertaba la lectura de la vida eremita: las ternuras de un cuerpo de mujer, desnudo entre la aspereza de las peñas, la carne adivinada bajo el desenfreno de la cabellera, la carne magullada y sin embargo resplandeciente. Tentadora. Desde finales del siglo XIII, pintores y escultores se afanaron en dar a la Magdalena esa imagen ambigua y turbadora. Sin cesar, incluso los más austeros, incluso Georges de La Tour. Hasta Cézanne.
Salgo al exterior a respirar y doy un paseo por las terrazas detrás del paradigmático ábside.
Paraguas en mano, contemplo los valles circundantes, atravesados por la ruta GR 654, flanqueada por arboledas y setos, por la que, si somos capaces, podemos recorrer a pie los 1878 kilómetros que nos separan de Santiago de Compostela, pasando por Nevers, Limoges, Perigueux, Saint-Jean-Pied-de-Port y Roncesvalles.
Vuelvo por donde he subido, no sin antes visitar el modélico Museo Zervos (por el gran editor de arte y en especial de los Cahiers d’Art) en la que fue casa de Romain Rolland.
La colección permanente alberga obras de Calder, Ernst, Giacometti, Hélion, Kandinsky, Laurens, Léger, Masson, Miró y Picasso, entre otros.
Una estupenda exposición temporal de ilustradores de las obras de George Bataille (Masson, Fautrier, Bellmer) añade fascinación a la visita. No permiten tomar fotos, pero el sitio del Museo ofrece algunas, si bien con parsimonia (http://www.musee-zervos.fr/index.php).
El personal es tan simpático que no oso traicionarles, así que no hago fotos pirata. Me contento con el catálogo de la exposición sobre Bataille. Este museo es la sorpresa que no me esperaba.
Satisfecho, dejo Vézelay en dirección a Auxerre.
Tras salir de Marvejols enfilo de nuevo la A75, atravesando por un tiempo el departamento de Cantal y parando brevemente en el mirador del viaducto de Garabit, airosa obra de Eiffel, sobre el que aún circulan los trenes.
Si los obreros que fabricaron los bulones que aún sostienen firmemente esta hermosa estructura hubiesen elaborado también los del Titanic, quizás aquél no se hubiera ido a pique.
Continuando el viaje, me adentro en el departamento de Puy-de-Dôme y en la región de Auvernia.
Al avistar el torreón de Montpeyroux (el monte de la piedra o “pedregoso”), tomo la decisión de visitar el pueblo, en vez de pasar de largo como en ocasiones anteriores.
He acertado… El paseo por el pueblo me aporta una mágica sensación de vuelta al pasado.
Desde el aparcamiento umbrío junto al cementerio recorro la calle que asciende hacia la iglesia
y al arco del reloj.
Por esa puerta atravieso la muralla hacia el torreón
y hacia las hermosas casas de piedra que lo rodean.
Desde Montpeyroux se divisa el valle del Allier
Y el perfil inconfundible del Puy-de-Dôme.
Pero hay un detalle que no viene en las guías.
Bajando por la calle, que desciende desde la fachada de la iglesia hacia un mirador de amplias vistas, hay,en el primer chaflán a la izquierda, un modesto museo al aire libre.
Se trata de un sobrio homenaje a los diestros canteros que, durante siglos, trabajaron aquí, tallando la piedra que se extraía del propio monte sobre el que está asentado el pueblo.
Esculpir la piedra es una de esas acciones que me emocionan y me trasportan a otros tiempos. Los instrumentos de aquellos artesanos admirables, que se trasmitían el duro oficio de padres a hijos, están aquí expuestos en varias vitrinas bajo un soportal.
Como muestra de su trabajo, unas perfectas ruedas de molino, talladas con absoluto rigor geométrico.
Con este recuerdo, retorno al coche, aparcado junto al cementerio, donde converso agradablemente con una joven pareja inglesa que viene del condado de Norfolk.
Me despido de Montpeyroux, no sin reposar la vista sobre sus campos de trigo ya en sazón.
Mi travesía estival hacia Escandinavia. (I) De Els Poblets a Marvejols, en la ruta más hermosa de Francia.
Dedico esta entrada a mi hijo mayor, más nómada que yo.
El viernes pasado, muy de madrugada, salida hacia Gotemburgo en mi travesía estival hacia Suecia, embarcado en mi ‘multivan’ Volkswagen T3 de 1989 (última serie de las “caravelle” con motor atrás), que ya va camino de ser un vehículo histórico. Me la mantiene Nito en su taller, dedicado exclusivamente a esta especie de furgonetas, en Cheste. Así que no hay que temer averías.
Parada para desayunar con mi hijo en Martorell y ruta de nuevo hacia Francia. Pronto dejo la autopista A9 para ascender por la A75, la más alta del hexágono, que, a mi modo de ver, junto con su continuación la A71, recorre las regiones más hermosas del corazón de Francia. Tras atravesar el aerodinámico viaducto de Millou, paso del departamento de Aveyron al de Lozère y circulo sin prisas por el paisaje de la Vallée du Lot para llegar a útimas horas de la tarde al camping de Marvejols.
Es la calma total, sólo animada por el sonido de las aguas trasparentes del torrente de La Colagne, que bordea la parcela donde paso la noche.
Por la mañana visito la villa medieval, destruida durante las guerras de religión, que fue reconstruida por Enrique IV. No encontré ninguna placa en memoria de su población protestante, masacrada por tropas católicas durante aquellas hazañas en nombre de la religión, pero sí una que agradece al rey su obra.
En la plaza del mercado campea, contemporánea, una fea estatua de bronce dedicada al monarca.
Enrique IV es el personaje más importante de este lugar, junto con la famosa bestia del Gévaudan, enorme y legendario animal al que se atribuyeron decenas de muertes, sobre todo de mujeres y niños, en esa comarca boscosa y abrupta, al norte de Marvejols, entre 1764 y 1767. Este bicho cuenta con otra abominable estatua, del mismo escultor local, pero no hay ninguna en memoria de los niños que se comió.
Ilustro brevemente con mis fotos, el mercado local de los sábados…
Las puertas medievales de Marvejols…
Sus calles…
Y las enseñas de sus cafés…
Pero el departamento de la Lozère, con sus parque nacional de Cévennes, sus innumerables valles y gargantas y sus pueblos medievales me seguirá guardando motivos para volver.
De las innumerables aperturas de toda obra de arte. En los cincuenta años de la OPERA APERTA de Umberto Eco
Cincuenta años de “Obra abierta” de Umberto Eco
Los que en aquellos años sesenta (¡del siglo pasado!) éramos ilusos jóvenes filosofantes, poetas secretos y artistas incomprendidos (¡no podía ser de otro modo, pues nadie sabía de nosotros!) y soñábamos con ser los intelectuales del futuro, tuvimos una especie de revelación con la lectura laboriosa de “Opera aperta” de Umberto Eco.
Cuando aquel libro estaba a punto de salir de las prensas, el que suscribe dejaba el colegio, yo y mis compañeros de la sección B del curso preuniversitario posábamos así de encorbatados para la foto de la promoción del 62.
Pues bien, la primera edición la publicó la editorial Bompiani en 1962. Yo la leí en la segunda de 1967, en mis tiempos de estudiante en Italia, cuando ya había suscitado un enorme debate. Dicha reedición apareció con una segunda introducción del autor y notables modificaciones y añadidos. Hay que decir que una constante en los ensayos de Umberto Eco es examinar las críticas que se le hacen, ponerse al día con su propia autocrítica y reeditarlos. Creo que es un magnífico ejemplo de juventud de espíritu.
No ha sido Umberto Eco el único de los escritores, poetas, músicos, ensayistas y, en general, intelectuales italianos, que tenían entre diez y quince años cuando acabo la guerra en 1945 y que en los años 60 iniciaron una corriente provocadora, que no tiene que ver con las vanguardias de la primera mitad del siglo. Ellos privilegiaban la obra y no se perdían en manifiestos revolucionarios. Privilegiaban la experimentación sobre la declamación y preferían a Marcel Proust, James Joyce o T.S. Eliot en vez de André Breton, Filippo Marinetti o Tristan Tzara
Dirigieron sus miradas más allá de las fronteras de Italia e iniciaron la superación del ensimismamiento de los seguidores de la estética de Benedetto Croce, o el encastillamiento de los intelectuales que habían militado en la Resistencia o en su adversaria la República de Salò.
Los jóvenes experimentalistas jubilaron el realismo socialista, no sin vivas reacciones de aquellos autores y creadores consagrados (con excepciones destacadas como la de Ítalo Calvino) y de los intelectuales del comunismo italiano (con la excepción de Mario Spinella, director de “Rinascita”), quienes no consiguieron abrirse a la comprensión de las corrientes que soplaban fuera de Italia.
Ese era el contexto al inicio de los años 60 en Italia como lo ha descrito el mismo Umberto Eco en su ensayo “Il Gruppo 63, quarant’anni dopo”, una conferencia del año 2003 publicada el año pasado en el libro “Costruire il nemico e altri scritti occasionali” (Milano, Bompiani 2011).
Eran inquietos y provocadores y recíprocamente muy críticos con sus propias obras, aunque la discrepancia creativa no quebraba la amistad y la empatía intelectual que les unió (en esto se distinguieron también del espíritu de querella interna y narcisismo de las vanguardias históricas). Como dijo Eco en la primera reunión del “Grupo 63” en Palermo, la “Generación de Neptuno” se alzaba frente a la “Generación de Vulcano”.
En contraste con las poéticas de los manifiestos sin casi obra de las vanguardias radicales, se situaba la poética de la obra. Frente a la revolución y los asaltos románticos a los “palacios de invierno” literarios, se propugnaba la lenta experimentación y el saber filológico. Fue una “neo-vanguardia” que dejó claro que “la eversión política no podría ya asimilar la eversión artística”. Fueron cinco años de intensa experimentación de un grupo que se disolvería en 1968.
Opera aperta
Umberto Eco ha tenido siempre una endiablada capacidad para explicarnos intuiciones simples de forma prolija, con todas sus ramificaciones y epigénesis. Cuando escribe ensayos no sólo despliega su razonamiento como un árbol de numerosas y frondosas ramas, sino que pone al descubierto las raíces en las que se funda, con abundantes glosas y guiños a la obra de otros pensadores, literatos e historiadores.
La lengua italiana es, a mi modo de ver, la mejor equipada entre las lenguas románicas para la retórica (sólo superada por el latín) y Eco la usa de modo magistral, aunque por aquella época, todo hay que decirlo, a menudo se demoraba brillantemente en el fárrago. A menudo había que volver una y otra vez sobre sus párrafos para saber si habíamos entendido lo que quería decir.
Pero, con el paso de los años, sus propuestas pioneras son ya adquisiciones de nuestra cultura y moneda corriente, sus ensayos han cambiado de tema y son muestras de una argumentación cristalina.
Creo que el resumen mejor de “Opera Aperta” es su prólogo a la reedición del 1967. Umberto Eco muestra con el análisis de numerosos ejemplos de las varias ramas del quehacer artístico que en toda obra de arte la ambigüedad es inherente a la «forma», incluso cuando la técnica y la finalidad del artista parezcan evidentes.
La tesis de esta obra, escrita cuando Umberto Eco tenía entre 28 y 30 años, sigue válida, por más que lo que dice sea ya patrimonio común entre críticos de arte y estudiosos de la cultura y la creación artística. Supongo que si el autor la escribiese ahora, su estilo sería mucho menos enrevesado y mucho más directo. Pero en aquella época muchos ensayistas de éxito escribían así en Italia y en Francia. Y, para no ser menos, si releo lo que yo escribía por entonces, los jóvenes aspirantes a escritores los remedábamos a conciencia.
Un fecundo itinerario
Umberto Eco siguió publicando ensayos, como “Apocalípticos e integrados”, “La estructura ausente”, “La definición del arte”, etc., y, como culminación de este proceso, el “Tratado de Semiótica General” en 1975; siempre reeditándolos, escuchando a sus críticos y respondiendo a los cambios de nuestra época. Es un magnífico ejemplo de cómo ponerse en cuestión.
Sus escritos morales y políticos son otra faceta en la que, en contraste con su estilo en los ensayos antes mencionados, Umberto Eco es claro, diáfano e incisivo. Por no hablar de sus artículos en los periódicos, donde opera como un cirujano sobre el cuerpo de la contemporaneidad, sobre todo sobre la que afecta a Italia, donde su voz se destaca por su clarividencia política y moral. Se podría decir que cuando era un joven ensayista experimental sabía escribir cosas simples de forma complicada pero hermosa y con la edad, la belleza de su lenguaje se mantiene, pero Umberto Eco ha llegado a tener una facilidad envidiable para escribir o hablar sobre complejas cuestiones filosóficas y éticas de forma clara y meridiana, sin ambigüedad.
En los años 80 vinieron las novelas de Umberto Eco y muchos nos volvimos adictos a esas tramas fastuosas y a la riqueza de su lenguaje, a su forma de reflejar lo enrevesadas que pueden ser las cosas y llegar a los desenlaces inesperados del combate entre las pasiones y la ambición ilusa de los seres humanos. Las peripecias de sus novelas se sitúan con preferencia en tiempos idos, sobre los que su escritura se explaya en alas de la erudición: “Il nome della rosa”, “Il pendolo de Foucault “, “Baudolino”, “L’isola del giorno prima”, etc., y recientemente “Il cimitero di Praga”.
La recepción de Obra abierta
Pero volvamos al aniversario de “Opera Aperta”. Decíamos que las tesis de Umberto Eco son hoy moneda corriente en el campo de la Estética y la Crítica de Arte y casi nadie se acuerda ya de la polvareda que levantó en los años sesenta, cuando lo que propugnaba no era evidente. Digamos de paso que este libro nació de sus primeras reflexiones sobre la música experimental que, por entonces, suscitaba reacciones iracundas y cosechaba pateos en un lugar tan respetable como la Scala de Milán.
Puede que no haya muchos que se interesen hoy por los hallazgos de aquel libro que se ha integrado en nuestra forma de mirar las obras de arte, pero, para consuelo mío, recientemente descubrí que en la Facultad de Bellas Artes de Altea, a la que debo tres años académicos de formación artística muy divertidos y fecundos, se sigue leyendo la “Obra abierta” de Umberto Eco.
Para demostrarlo os presento una síntesis de la misma, escrita en el contexto de un trabajo académico por Eva Martí, que se ha leído la obra de cabo a rabo. Me ha dado permiso para publicarlo aquí y no tengo nada que añadir:
“La gran variedad de estudios e indagaciones realizadas en el libro “Obra abierta”, se pueden resumir en que en toda obra de arte hay una ambigüedad de la forma, por mucho que la técnica y el propósito del autor sean diáfanos. Hay multitud de significados contenidos en una forma.
En la obra de arte podríamos hablar de unos supuestos históricos que preceden a la obra, un argumento, un modo de hacer (una forma) y unas relaciones con fenómenos culturales en la misma obra, todo esto entrando en contacto con la experiencia del espectador/consumidor, coge vida y tiene unas repercusiones psicológicas. Así, esa forma inicial se convierte en una obra abierta. Son las obras, como cita el libro, una invitación a la libertad por la multitud de respuestas y soluciones que ofrece la obra. Tienen un valor añadido a la mera contemplación estética.
La ambigüedad de significados se encuentra en todas las obras a lo largo de la historia y es a partir del Barroco cuando se hace más patente. Aunque es en las poéticas contemporáneas, a partir de los años 60, cuando se busca y se pretende que esta ambigüedad sea parte de la obra. Como obra nos referimos tanto a la poesía como la música contemporánea, la pintura informal o la escultura.
La ambigüedad de la que hablamos, puede conseguirse de muchas formas aunque tal vez la que más se utilice sea la conseguida rompiendo el orden establecido y por tanto esperado, de la forma de hacerlas. El orden muchas veces lleva a la alienación y rompiendo este orden encontramos mensajes ambiguos y por tanto abiertos. Aquí la ambigüedad adquiere un valor positivo, tiene una justificación. Y es el artista con su forma de hacer quién ofrece una forma para dar un sentido, o un orden, a la ambigüedad que emerge.
Eva Martí Domingo
Facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández, Altea
Enero 2012
Donde se confirma lo dicho con algunos ejemplos o de cómo las obras de los grandes artistas son siempre “obras abiertas”
Como no quiero aburrir más al sufrido lector y lo mío es la pintura, me permito hacerme eco gráfico de cómo Francis Bacon (1909-1992) ‘inspira’ la obra abierta de Rembrandt (1606-1669) y Velázquez (1559-1660). Mejor dicho, de cómo la observación de los cuadros de Bacon, nos inspira a nosotros para descubrir en los cuadros de Rembrandt y Velázquez innumerables aperturas y sentidos posibles. Las obsesiones del pintor irlandés, que murió precisamente en Madrid hace veinte años, se reflejaban en su continuo estudio de las obras de pintores del pasado y de la modernidad, como se refleja en las numerosas reproducciones que conservaba en su indescriptible taller. Así la obra abierta de Bacon se construye incansable sobre las ‘aperturas’ de las obras de otros artistas, sobre los sentidos y mensajes implícitos de las mismas, interpretadas desde las agitaciones, angustias y tragedias del siglo XX.
Bacon versus Rembrandt
Bacon versus Velazquez
Las personas también somos obras abiertas
Tomadlo como queráis, como cuestión estética o como dato existencial, el caso es que los jóvenes de la foto que encabezaba esta entrada, seres abiertos al futuro en aquel lejano 1962, hemos comprobado a lo largo de cincuenta años que la vida es una ‘opera aperta’. Como prueba, tratad de identificarnos en esta foto del mes de junio del presente año, ahora dentro del grupo de cerca del sesenta por ciento de nuestra promoción que se reunió para conmemorar el medio siglo desde nuestra salida del colegio.
Os puedo asegurar, que, a pesar de los achaques de todos estos tipos tan provectos que ahora somos, la mayoría (pues algunos se quedaron ya por el camino) aún seguimos abiertos a lo que cada día la vida nos ofrece con sus innumerables sentidos.
Las hogueras de San Juan en Els Poblets
Se lo dedico a Dora, Ana y Vicent
Con el solsticio de verano llegan las famosas hogueras de Alicante, donde arden los monumentos de madera y cartón. Por los pueblos el procedimiento es más simple: se acumulan para la quema todos los muebles que el servicio de limpiezas ha ido recogiendo en las semanas previas.
Anoche, delante de casa y frente al mar, como todos los años, las mesas puestas por las asociaciones, “filas”, de moros y cristianos de Els Poblets se han llenado de vecinos, y la fila a la que ha tocado por turno organizar el bar nos ha vendido bocadillos y bebidas.
Por las orillas de la playa, los vecinos de los pueblos de la zona cenaban a la luz de faroles y alumbraban pequeñas hogueras. Así ocurre por todo el litoral valenciano.
Una orquesta todo terreno, los “Diamonds”, tocaba y cantaba todo lo habido y por haber, dando satisfacción a los danzantes de todas las edades. No se ha pegado ojo hasta las cuatro y media de la mañana, pero esto ocurre sólo una vez al año.
La quema de la pila de muebles y maderas se iba transformando en una hoguera de considerable tamaño, vigilada por los miembros de la protección civil de la localidad.
¡Ah! ¡Me olvidaba! Los técnicos sudaron para poner en marcha un proyector que debía ofrecer a los asistentes el partido Francia-España. Anduvieron perdidos sin conseguirlo hasta el inicio del segundo tiempo. El respetable público pudo así celebrar el paso de la selección a semifinales. Quizás San Juan haya tenido algo que ver.
En cualquier caso, “aserrín, aserrán, los maderos de San Juan” seguirán pidiendo pan, que no les dan, queso, para que les den hueso, aunque vino sí que les dan, con lo que «se marean y se van».
En otra versión, más izquierdosa, cuando los obreros del aserradero piden queso, no sólo les dan hueso sino que, además, los patronos les cortan el pescuezo.
La rutilante Casa de América de Madrid en la que fue triste mansión de los marqueses de Linares
Durante la semana que he pasado en Madrid he realizado algunas visitas.
En la Casa de América, guiado de forma experta, he respirado por los brumosos corredores por los que, en el siglo XIX, arrastraba el Marqués de Linares, dicen, sus angustias y cuitas. También afirman los madrileños que el alma en pena de su hija asesinada vaga todavía por ese caserón.
Pero no era eso lo que yo venía a buscar. Quién quiera saber de rumores y psicofanías tiene más que suficiente con lo que una búsqueda en internet le ofrece.
La Casa de América
Se puede ser marqués como descendiente de guerreros hazañosos que, masacrando enemigos, conquistaron hace siglos territorios y títulos o, de forma más pragmática, sirviendo a la Corona a golpe de talonario. Esta fue, según me han dicho, la vía del banquero que se ganó el marquesado de Linares.
Para ponerse a tono, los marqueses se hicieron construir un palacio en el centro de Madrid con la ayuda de los mejores arquitectos y materiales, con pintores y tapiceros ilustres, broncistas y doradores, ebanistas y decoradores, del último cuarto del siglo XIX. Durante la especulación inmobiliaria de la época de Franco, tras años de abandono, estuvo a punto de ser demolido.
Hoy, este palacio alberga desde 1992 la Casa de América, un lugar de encuentro de las culturas de América Latina, que acoge manifestaciones de los creadores, representantes y emprendedores de nuestras repúblicas hermanas.
Así formula su misión la Casa de América:
“Ser un laboratorio de ideas, un punto de encuentro activo y abierto para estrechar lazos entre los países integrantes de la Comunidad Iberoamericana de Naciones, y promover el acercamiento entre América y Europa. La Casa de América busca cohesionar las culturas y sociedades de ambos lados del Atlántico y dar voz a la inmensa riqueza intelectual y artística que albergan los países iberoamericanos”
En su página web ( http://www.casamerica.es/ ) se pueden seguir las múltiples actividades y exposiciones, que la crisis no ha logrado detener. Cuestión de bien programarse y administrarse lo mejor posible.
Las salas y salones de este edificio fascinante, romántico y selváticamente barroco, llevan los nombres de escritores y próceres de Hispanoamérica. Borges, Asturias, Bolivar, Rubén Dario, etc. Aunque, salvo que no me haya dado cuenta, he echado de menos el nombre de Alejo Carpentier. Yo creo que este palacio hubiese hecho las delicias del autor de El reino de este mundo, Los pasos perdidos, el Siglo de las luces y Concierto barroco.
Desde hace once años la Casa de América otorga, y publica en la editorial Visor, el Premio de Poesía Americana.
Con algunas de mis imágenes del río Beni y de sus orillas en Bolivia, a las puertas de la Amazonía, entrevero un poema de uno de los premiados por la Casa de América, el argentino Jorge Boccanera. En realidad, sus versos aluden también a los trópicos latinoamericanos. En su caso, si no me equivoco, a Tortuguero, en Costa Rica. El día en que -ojalá- pueda darme una vuelta por esa maravilla, no me faltarán mis fotos para ilustrar el viaje.
Canción de Tortuguero
Bosque de catedrales en los ojos,
el mar mastica truenos a mi lado.
Una hilera de palmas me recibe.
Alguien amarra estrellas en los palos.
Pesco guapotes en una laguna,
me cuenta el río lo que tiene abajo.
Cuánta belleza hedionda en la poesía.
Alguien ordena el mundo con naufragios.
“Indio desnudo” es árbol que te sana.
Me lo comenta aquel guardabarranco.
Orgulloso, Rodolfo con su pesca:
“¡Pesó catorce kilos mi robalo!”
Hay camarón de río y gallopinto,
tomamos ron y luego nos bañamos.
Y la hojarasca al paso de la panga,
respetuosa se inclina a saludarnos.
Un ballet de garcetas cruje arriba.
Ansío perderme en este aire agitado.
Zumbidos del dolor llevo en el cinto.
Cada palmera, lejos, es un faro.
Plantación de palmito, bananeras,
Barra del Colorado, estoy llegando.
Jorge Boccanera
(“Palma Real”, VIII Premio Casa de América de Poesía Americana, Madrid, Visor, 2008)





























































































































































