Ponte Milvio
Desde ayer resido a 50 metros del puente que se hundió bajo el peso de las tropas de Majencio el 28 de octubre del año 312 d.C. como colofón de la victoria que obtuvo Constantino, el Ponte Milvio. Según el historiador cristiano Eusebio el futuro emperador arremetió bajo el signo de la cruz contra el último obstáculo que le quedaba por eliminar en su lucha por el poder. Todos hemos escuchado en el colegio la narración del famoso sueño: «con este signo vencerás».
No es casualidad que la mamá de Constantino, Santa Elena, se fuese años más tarde de peregrinación a Jerusalém, para dar gracias a Dios por sus hijos y nietos (bueno, excepto por Crispo a quien el piadoso Constantino había asesinado por que no le gustaba como sucesor) y tuviese otro sueño sobre el lugar en donde la cruz de Cristo estaba enterrada. A partir de entonces el peso de la madera de la cruz, es decir de todos los lignum crucis que han proliferado, tuvo un crecimiento exponencial.
En realidad no traería a colación todo esto si no hubiese leído hoy los reproches del papa Ratzinger a la laicista España. ¡Y pensar que si hubiera ganado Majencio no tendríamos hoy ni Vaticano ni visitas del papa! Bueno, por no tener no tendríamos tampoco peregrinaciones a Santiago de Compostela… Lo que sería perjudicial para la venta de botas Chiruca.
Otro día, por ejemplo cuando vaya a visitar el Vaticano , podremos ampliar estas reflexiones…Hoy la lucha de poderes la he estado viendo y escuchando por el barrio, ya que me encuentro a cinco minutos a pie del estadio olímpico, donde hoy ha caído la squadra de la Lazio 0-2 frente a una Roma que andaba diez puntos por debajo de su rival.
«Bajo este signo vencerás»
Aquí lo llaman a este encuentro «el Derby» y eclipsa sin duda alguna la memoria de aquel otro derby Constantino–Majencio, que acabó con la cabeza de este último sobre una pica. Hoy no parece que haya habido cabezas cortadas, supongo que gracias a los 700 policias y carabinieri que tenían sitiada la zona, aunque el atasco antes y después ha sido monumental.
Pero el Ponte Milvio se llama también el Ponte dei lucchetti. ¿Por qué? Vaya… dejemos algo para otro día.
E la nave va
En son de luz
La nave que me trajo de Barcelona a Civitavecchia no se aventuró por el difícil estrecho de Bonifacio, entre Cerdeña y Córcega , a causa de la mar gruesa, frustrando así el deseo de ver los acantilados de ambas islas a babor y estribor bajo el sol del atardecer. Pero, un poco más tarde, llegó la compensación: navegábamos entre la isla del Elba y la isla de Montecristo, entre cuyos farallones sitúa Alejandro Dumas el hallazgo del tesoro del difunto abate, su compañero de prisión, por parte de Edmundo Dantès.
El sol se pone tras la isla, una columna de nubes la corona, el mar se rinde al cielo, y el perfil de la montaña evoca un volcán incendiado por el astro de fuego. Con esta visión comienza a germinar el título de este blog que hoy despega. Aunque al final desembarcaré con cinco horas de retraso y ya de noche, vengo a Roma “en son de luz”. La mañana del miércoles 21 de octubre en Roma confirma con sus luces de otoño (vegetales, leñosas, aéreas, vaporosas, ásperas, resbaladizas, fluyentes, pétreas, murales, terrosas) firmes o fugitivas, en un proceso de cambio efímero y eterno, esa primera intuición.
Si vienes a Roma para dedicar el año a la pintura, al dibujo, la escultura y a la historia del arte en directo, como yo, has de venir en son de luz. A Roma, durante siglos, ejércitos o viajeros y peregrinos han llegado en son de guerra o en son de paz. Pienso que los pintores y poetas venían y vienen en son de luz. Entonces, con los ojos y los demás sentidos bien abiertos, Roma responde a diario, por cualquier rincón, desde cualquier perspectiva, de tantas como te abre, a pie, en autobús, en tranvía, en coche, por sus varios centros históricos o por sus extensas irradiaciones con las que se entrevera la campiña del Lazio, con todos los matices y vibraciones de su luz, en un continuo estremecimiento impalpable.
Goethe llegó a Roma el 1º de noviembre de 1786 (“Viaje a Italia»), yo muchos años y unos días más tarde siento como mías algunas de sus sensaciones. El día antes de iniciar la última etapa hacia la ciudad, el 28 de octubre, escribe: “No son aún las ocho, todos se han acostado, de modo que puedo recorrer por última vez mi pasado reciente y alegrarme con el pensamiento del inminente futuro. La jornada de hoy ha sido muy hermosa y serena, la mañana bien fría, el día claro y templado, la tarde un tanto ventosa pero bella”. El 7 de noviembre escribe: “no me canso de abrir los ojos y de mirar, de ir y venir, ya que sólo en Roma nos podemos preparar para comprender Roma”.


