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Fisionomías (X): Museo Nacional del Romanticismo en Madrid (y II). Los retratos de los caballeros

11 mayo, 2014
Suicidio romántico. Leonardo Alenza. 1839. Museo Romántico.  Madrid.  Foto R.Puig

Suicidio romántico. Leonardo Alenza. 1839. Museo Romántico. Madrid. Foto R.Puig

 

Por las salas del Museo Romántico he encontrado más retratos femeninos que por su calidad me han llamado la atención, que masculinos. A pesar de que fueron los varones los más dados a suicidarse en actitud romántica (por lo que consta).

De todas formas, algunos sí que he recogido. Principalmente de escritores y hombres de letras que, en varios casos, también  se implicaron en la agitada política española del siglo XIX.

No me  falta tampoco un rostro del poder y otro del mundo del dinero.

 

Literatos

La verdad es que es inevitable comenzar por Gustavo Adolfo Becquer (1836 -1870) dignamente retratado en su lecho de muerte por Vicente Palmaroli (1834-1896), el pintor madrileño de padre italiano que fue director del Museo del Prado.

 

Gustavo Adolfo Bécquer en su lecho de muerte. Vicente Palmaroli. 1870 a 1871. Museo Romántico. Madrid. Foto R.Puig

Gustavo Adolfo Bécquer en su lecho de muerte. Vicente Palmaroli. 1870 a 1871. Museo Romántico. Madrid. Foto R.Puig

 

Al ver mis horas de fiebre

e insomnio lentas pasar,

a la orilla de mi lecho,

¿quién se sentará?

Cuando la trémula mano

tienda, próximo a expirar,

buscando una mano amiga,

¿quién la estrechará?

Cuando la muerte vidríe

de mis ojos el cristal,

mis párpados aún abiertos,

¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene

(si suena, en mi funeral),

una oración al oírla,

¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos

oprima la tierra ya,

sobre la olvidada fosa,

¿quién vendrá a llorar?

¿Quién, en fin, al otro día,

cuando el sol vuelva a brillar,

de que pasé por el mundo,

¿quién se acordará?

Gustavo Adolfo Becquer, Rima LXI

 

El poeta no lo supo, pero los amantes de la poesía seguirán acordándose de él.

 —-

Otro de quien también nos acordamos es Mariano José de Larra (1809-1837) que se definía como “el pobrecito hablador” y que dijo y sintió aquello de “escribir en Madrid es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”, pero a quien no lo mató Madrid, sino, según dicen, un amor no correspondido.

No hay retrato suyo yacente tras el suicidio, pero el museo conserva su camisa ensangrentada.  Es mejor recordar al joven escritor en este gran retrato pintado por José Gutiérrez de la Vega (1791-1865) del cual he preferido dejar aquí el detalle de su mirada de soslayo.

Mariano José de Larra. José Gutiérrez de la Vega 1835. Museo Romántico.  Madrid.  Foto R.Puig

Mariano José de Larra. José Gutiérrez de la Vega 1835. Museo Romántico. Madrid. Foto R.Puig

 

—-

Menos dramática fue la vida de Manuel José Quintana (1772-1857), poeta oficial de la época de Isabel II, de quien fue preceptor. Neoclásico y pre-romántico en sus versos, sus poemas puede que nos suenen hoy cursis y revenidos o pomposos y rimbombantes, pero tuvo fama de buena persona entre quienes le conocieron y fue políticamente activo durante la Guerra de la Independencia.

El retrato del taller de Vicente López creo que ha logrado captar la benignidad de su temperamento.

Manuel José Quintana. Taller de Vicente López. 1830. Museo  Romántico.  Madrid.  Foto R.Puig

Manuel José Quintana. Taller de Vicente López. 1830. Museo Romántico. Madrid. Foto R.Puig

 

Cuando sus amistades le pedían un poema, no sabía resistirse:

Tarde este libro a tus manos

Se vuelve, niña gentil,

Con el tributo de versos

Que me piden para ti

Bien quisiera yo que fueran

Dignos de tu verde Abril,

Tan frescos como la rosa,

Tan puros como el jazmín;

Y que volando atrevido

A modo de aura sutil,

Las alas de los amores

Te pareciera sentir.

A haber gozado un momento

De tu amable trato, al fin,

Fueran más bellos, sin duda,

Como inspirados por ti.

Una vez sola al pasar

Cual relámpago te vi,

Y no es más dulce la aurora

Cuando comienza a reír.

Y al ver la gracia y la gala

Con que brillabas allí,

Entre las danzas festivas

De las bellas de Madrid,

¡Bien dichoso es quien la adora!

Sin poder más, prorrumpí,

¡Y el que la deba un suspiro

Mil y mil veces feliz!

Ni pienses tú que desdice

Este acento juvenil

De los años que severos

Ya se agolpan sobre mí,

Pues aunque Do deba amar,

¿Por qué no podré aplaudir

En el tributo de versos

Que me piden para ti?

Para el álbum de la Señorita doña María Encarnación Fernández de Córdoba, hija de los marqueses de Malpica, a ruego de su tía la marquesa de Cerralbo. Manuel José Quintana, 10 de Junio de 1835

 

Pero dicen que el poema que le dio a conocer fue uno dedicado al fragoroso mar.

He aquí un extracto:

Calma un momento tus soberbias ondas,

Océano inmortal, y no a mi acento

con eco turbulento

desde tu seno líquido respondas.

Cálmate, y sufre que la vista mía

por tu inquieta llanura

se tienda a su placer.

Sonó en mi mente

tu inmenso poderío,

y a las playas remotas de occidente

corrí desde el humilde Manzanares

por contemplar tu gloria,

y adorarte también, Dios de los mares.

Oda al Mar – Manuel José Quintana

 

Así como su poema a la rebelión contra la invasión napoleónica.

Sólo unos versos como muestra:

¿Qué era, decidme, la nación que un día

reina del mundo proclamó el destino,

la que a todas las zonas extendía

su cetro de oro y su blasón divino?

….

Ora en el cieno del oprobio hundida,

abandonada a la insolencia ajena,

como esclava en mercado, ya aguardaba

la ruda argolla y la servil cadena

….

Estremecióse España

del indigno rumor que cerca oía,

y al grande impulso de su justa saña

rompió el volcán que en su interior hervía.

La heroica España

de entre el estrago universal y horrores

levanta la cabeza ensangrentada,

y, vencedora de su mal destino,

vuelve a dar a la tierra amedrentada

su cetro de oro y su blasón divino

A España, después de la Revolución de marzo.  Manuel José Quintana, Abril 1808

Si alguien se extraña de que cite tanto a este poeta, le daré una explicación: sus versos le gustaban a mi abuelo materno, que también fue romántico a su modo. A su memoria los brindo.

 —–

Pero el retrato de verdad romántico es uno del guipuzcoano Eugenio de Ochoa y Montel (1815-1872), un humanista abierto y europeo.

Eugenio de Ochoa. Anónimo. ca. 1870. Museo Romántico.  Madrid.  Foto R.Puig

Eugenio de Ochoa. Anónimo. ca. 1870. Museo Romántico. Madrid. Foto R.Puig

Filólogo, tradujo y editó autores franceses (V. Hugo, J. Sand, F. Soulié, A. Dumas), escribió teatro, novela y poesía,  fue un buen crítico literario y fundador de la revista “El Artista”, además de pintor y político. Este lienzo anónimo es estupendo. Hay en él algo que me llama la atención, es ese botón o flor roja de su ojal que añade misterio al aire garibaldino y seguro de sí mismo del retratado.

Con su esposa, la hermana de Federico de Madrazo (1815-1894), fueron padres de una familia numerosa de diez hijos.

De la literatura pasamos a dos mundos y dos  rostros que están en el Museo Romántico por mor de la cronología. Uno representa a las milicias de entonces y el último, el del banquero, a la parentela del fundador del museo.

 

Altivos

En el detalle de mi foto no se ven las condecoraciones en este magnífico trabajo de Federico de Madrazo que le costó al retratado 3000 reales.

Fernando Álvarez Martínez. Federico de Madrazo. 1849. Museo Romántico.  Madrid.  Foto R.Puig

Fernando Álvarez Martínez. Federico de Madrazo. 1849. Museo Romántico. Madrid. Foto R.Puig

Fernando Álvarez Martínez (1814-1883) fue ministro de Gracia y Justicia y presidió el Congreso de los Diputados. Alcanzó el grado de capitán militando en las guerras carlistas. Fue miembro fundador de la Real Academia de Ciencias Políticas y presidente del Tribunal de Cuentas. ¿Quién da más?

 —–

Y, hablando de cuentas, también es altiva la fisionomía del banquero Jaime Ceriola enarcando las cejas, retratado en 1835 por el pintor Bernardo López Piquer (1799-1874) hijo de Vicente López.

El banquero Jaime Ceriola. Bernardo López Piquer. 1835.Museo Romántico.  Madrid.  Foto R.Puig

El banquero Jaime Ceriola. Bernardo López Piquer. 1835.Museo Romántico. Madrid. Foto R.Puig

Ceriola era un emigrante leridano. Se enriqueció en La Mancha comprando propiedades eclesiásticas durante la desamortización de Mendizábal y Madoz.  Emparentó a través de sus hijos con otros banqueros y con la nobleza.  Fue diputado a Cortes y senador vitalicio. Su primogénito, José Ceriola, llegó a ser uno de los hombres más ricos de la provincia de Ciudad Real. En una generación los Ceriola pasaron del mundo de los negocios en torno a la Ciudad Condal a convertirse en terratenientes de Ciudad Real

(Fuente: Tesis Doctoral de Ángel Ramón del Valle Calzado, La desamortización eclesiástica de la provincia de Ciudad Real, 1836-1854, Cuenca, Universidad de Castilla la Mancha, 1995)

En estos tiempos de alambicadas disputas históricas no hay que olvidar que mucha de la especulación capitalista española en el siglo XIX tenía su origen en el nordeste peninsular. Se dio entonces una especie de emigración (pudiente) desde los polos de la industria catalana hacia los sabrosos negocios del centro del país.  Todavía no se podía imaginar que un siglo más tarde serían los charnegos (pobres) los que viajarían con lo puesto en la otra dirección.

Pero esa es otra historia y en eso no soy autoridad, hoy sólo reseño una modesta muestra del repertorio romántico de nuestro patrimonio nacional.

 

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