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La Accademia di Belle Arti de Roma

11 noviembre, 2010
Patio de la Accademia di Belle Arti. Roma. Foto R.Puig

Patio de la Accademia di Belle Arti. Roma. Foto R.Puig

La via di Ripetta, en cuyo número 222 se sitúa desde el siglo XIX  la Academia de Bellas Artes de Roma (desarrollo de la Accademia di San Luca nacida en el siglo XVI), es una larga calle que desciende desde la Piazza del Popolo, paralela y ligeramente divergente de Via del Corso y a poca distancia de la Plaza de España.

Museo del Ara Pacis. Roma. Foto La Stampa

Museo del Ara Pacis. Roma. Foto La Stampa

Junto a la Academia, mirando al Tíber, está el Ara Pacis de Augusto, gran altar esculpido por sus cuatro costados, que exalta la paz octaviana y narra las glorias de Roma, visible desde la calles a través de los grandes ventanales del edificio moderno de Richard Meier que protege desde hace pocos años el monumento.

 

Ara Pacis. Roma. Foto R.Puig.

Ara Pacis. Roma. Foto R.Puig.

El gran caserón de la Accademia, flanqueado por un gran patio semicircular con palmeras, es desde los últimos días de octubre un hervidero de profesores y alumnos (unos mil seiscientos este año), que suben y bajan por las escalinatas de mármol entre los cuatro pisos del edificio, ornamentados por calcos decimonónicos de esculturas clásicas, tan patinados por el polvo del tiempo que pudieran pasar por reproducciones de muchos siglos atrás.

 

La Accademia di Belle Arti desde Via Ripetta. Foto R.Puig.

La Accademia di Belle Arti desde Via Ripetta. Foto R.Puig.

 

Desde las ventanas de los pisos superiores se divisan los tejados y cúpulas adyacentes y las fachadas de la vía di Ripetta con el tradicional color terracota de muchos edificios romanos.

 

La Via Ripetta desde las ventanas de la Accademia. Foto R.Puig.

La Via Ripetta desde las ventanas de la Accademia. Foto R.Puig.

Los medios materiales y los espacios se han ido quedando vetustos para tantos alumnos y para las nuevas especialidades, la organización administrativa se ve desbordada, pero la calidad del profesorado compensa. El alumnado de todos los continentes muestra el mismo entusiasmo que si contase con instalaciones ultramodernas. Al parecer una sede complementaria está en proceso de puesta en marcha, dicen que para el segundo semestre, en la zona universitaria de Roma. A los que venimos de los estupendos espacios de los talleres de la Facultad de Bellas Artes de Altea las aulas de la Accademia nos exigen un esfuerzo ascético no exento de espíritu romántico. Por aquí se respira aún el aire de la bohemia de finales del siglo XIX y principios del XX.

 

En el aula de Anatomía Artística. Foto R.Puig.

En el aula de Anatomía Artística. Foto R.Puig.

Los recursos de las tecnologías de la información no se han apenas  integrado en la docencia en este viejo palazzo, aunque las especialidades que precisan de medios digitales ya se imparten desde hace dos años. Hay un aula multimedia con diez o doce ordenadores, muy lejos de nuestras aulas de ordenadores y de los espacios Wi-Fi de la Universidad Miguel Hernández. Lo que resulta impagable es que basta salir a la calle para que, bien en dirección a la Trinitá dei Monti, bien al Tiber aledaño, o hacia el Panteón, la Plaza Navona, Piazza Venecia o el Foro, el cuaderno de bocetos se empiece a llenar con líneas,colores, ideas, figuras y luces. Por el lado de los recursos bibliográficos aunque la biblioteca de la Accademia brille por su ausencia, las otras bibliotecas disponibles en Roma son muy accesibles y de una gran riqueza para el estudio del arte. De alguna hablaremos más tarde.

 

Escaleras de la Accademia. Foto R.Puig.

Escaleras de la Accademia. Foto R.Puig.

Durante la última semana de octubre y las dos primeras semanas de noviembre los profesores, en repetidas sesiones, presentan cada uno su programa a los alumnos , en una especie de mercado interno de oferta y demanda para conseguir suficientes inscritos a su curso. El estudiante puede comparar y elegir entre, por ejemplo, catorce profesores diferentes de Anatomía Artística, doce de Dibujo, diez de Decoración, etc.  En estas introducciones se explican las formas de trabajar, los objetivos, las salidas para dibujar en los museos, los viajes de estudio, los workshops externos con los cuales se va a colaborar, los proyectos especiales de la asignatura, etc. Puedo decir que, hasta ahora, todas las exposiciones me han parecido de un gran nivel de contenido y de expresión y que no ha sido fácil elegir. A partir de la semana del 15 de noviembre toca arremangarse y ponerse a trabajar.

La Roma marcada

10 noviembre, 2010


Estadio olimpico. Roma. Foto R.Puig

Estadio olimpico. Roma. Foto R.Puig

A Mussolini lo colgaron ya muerto, cabeza abajo, junto a su amante, Chiara Petacci, en una plaza de Milán. Otros déspotas acabaron también de forma violenta a lo largo de la historia italiana, aunque ahora no se les rememore como déspotas sino como emperadores de la Roma clásica. Sus desmanes no se recuerdan cuando el turista se extasía ante sus arcos de triunfo, sus anfiteatros y estadios y las inscripciones en piedra de sus epopeyas. Por sólo hablar del Imperio Romano, pues las ciudades estado del Renacimiento y los Estados Pontificios cuentan de igual modo con una ilustre ración de crueles tiranos y papas belicosos. Lo que ocurre que sobre ellos ha caído más abundante el polvo de los siglos y de las obras de arte que al viajero se le ofrecen no trasciende ya el dolor y la sangre de los oprimidos, sólo queda la terca presencia de las piedras, bronces y mosaicos que a costa de ellos se erigieron.

Por lo que respecta a Mussolini (él mismo, como las obras que hizo construir, una especie de pastiche de la Roma imperial), si se quisieran borrar las huellas del Duce de los muros, los puentes y otras obras romanas, habría que emprender una enorme tarea de demolición. No se trata sólo de las leyendas que relatan las “hazañas bélicas” del Fascio en el este de África, fruto de un cruel sueño enfermizo de imperio colonial o de las escenas en bajorrelieve exaltando la raza itálica en las monumentales construcciones olímpicas (con fornidos atletas cortados todos por el mismo patrón y ergonomicamente erróneos), sino de los mismos edificios de vecinos (obra por otro lado de muchos competentes arquitectos y escultores a quien les tocó trabajar en aquella época amarga) que siguen recordando al Dux en los mosaicos de sus fachadas, en inscripciones esculpidas en latín o en sus bajorrelieves idílicos.

Fachada piazza Augusto Imperatore. Roma. Foto R. Puig

Fachada piazza Augusto Imperatore. Roma. Foto R. Puig

En resumidas cuentas, se podría recorrer Roma simplemente estudiando cómo aquel dictador, racista, violento y rijoso (al respecto acaban de publicarse unos elocuentes diarios de Chiara Petacci) del que se burlaría Chaplin en su conocida parodia sobre Hitler, fue marcando con su nombre y su incontinente soberbia esta fascinante urbe. Ironías de la historia: cuando pocos recuerden a Charlot, muchos podrán seguir observando junto a los vestigios de la Roma clásica los otros restos, los que quiso ir deponiendo, como marcas en su territorio y para ser recordado, aquel remedo de emperador que pretendió ser il Duce.

Bajorrelieves mussolinianos. Piazza Augusto Imperatore. Roma. Foto R.Puig.

Bajorrelieves mussolinianos. Piazza Augusto Imperatore. Roma. Foto R.Puig.

No obstante, a pesar de la alarma que ello suscita en movimientos como «Il Fronte Romano Riscatto Popolare», los mosaicos que Mussolini dejó para que se le recordase en el Foro Itálico van desapareciendo bajo las pisadas de los tifosi que en los días de partido se dirigen hacia el estadio olímpico.

Mosaicos fascistas. Estadio olimpico. Roma.Foto R.Puig.

Mosaicos fascistas. Estadio olimpico. Roma.Foto R.Puig.

El agua, la intemperie y los espontáneos que arrancan las teselas, van poco a poco desmontando los gritos de Duce! Duce! Duce! que aún quedan en esa zona de Roma como muestra del mal gusto del fascismo.

En honor del Duce. Mosaicos fascistas. Estadio olimpico. Roma.Foto R.Puig.

En honor del Duce. Mosaicos fascistas. Estadio olimpico. Roma.Foto R.Puig.

Pierre Henri de Valenciennes

8 noviembre, 2010

Roma ha fascinado a muchos pintores. Entre ellos hay un francés que en el siglo XVIII pasó varios años en la ciudad y pintó sus cielos y sus alrededores, justo por la misma época en que Goethe viajaba por Italia. La mayoría de sus cuadros con paisajes de Italia están en el Louvre y no pocos, casi innacesibles en colecciones privadas, con la excepción de su obra más famosa (aunque para mí no la más cercana al gusto de hoy), «Capricho de Roma con el final de una maratón», de 1788  que está en el San Francisco Museum of Fine Arts.

Pero curiosamente no he logrado todavía encontrar un libro monográfico dedicada a Pierre Henri de Valenciennes (nota del día 20/11/2010: lo que ya está en proceso de subsanarse).

Capricho de Roma con el final de una maratón, 1788

El interés que puede despertar este artista en quien, como decíamos ayer,  llega a Roma a la búsqueda de sus cielos, su luz, los edificios comunes y centenarios que pueblan la campiña del Lazio alrededor de Roma  es que su obra sigue presentando una gran frescura, como si hubiera sido pintada en nuestro tiempo.

Granjas cerca de Villa Farnese, 1785

Vaquería y casas en la colina del Palatino, 1785

Y los cielos de Roma, claro está, siguen apareciendo sobre nosotros cada día, tal como los pintara Pierre Henri de Valenciennes,  invitándonos a subir a sus colinas, a pasear por sus viali y a adentrarnos por la campiña romana.

Amanecer desde el Gianicolo, 1782-4 (National Gallery, London, Gere Collection)

Subir al Gianicolo es acercarse a la Academia de España y disfrutar de una de las vistas más recomendadas de Roma.

Ponte Milvio

7 noviembre, 2010
Ponte Milvio. Foto R.Puig.

Ponte Milvio. Foto R.Puig.

Desde ayer resido a 50 metros del puente que se hundió bajo el peso de las tropas de Majencio el 28 de octubre del año 312 d.C. como colofón de la victoria que obtuvo Constantino, el Ponte Milvio. Según el historiador cristiano Eusebio el futuro emperador arremetió bajo el signo de la cruz contra el último obstáculo que le quedaba por eliminar en su lucha por el poder. Todos hemos escuchado en el colegio la narración del famoso sueño: «con este signo vencerás».

No es casualidad que la mamá de Constantino, Santa Elena, se fuese años más tarde de peregrinación a Jerusalém, para dar gracias a Dios por sus hijos y nietos (bueno, excepto por Crispo a quien el piadoso Constantino había asesinado por que no le gustaba como sucesor) y tuviese otro sueño sobre el lugar en donde la cruz de Cristo estaba enterrada. A partir de entonces el peso de la madera de la cruz, es decir de todos los lignum crucis que han proliferado, tuvo un crecimiento exponencial.

En realidad no traería a colación todo esto si no hubiese leído hoy los reproches del papa Ratzinger a la laicista España. ¡Y pensar que si hubiera ganado Majencio no tendríamos hoy ni Vaticano ni visitas del papa!  Bueno, por no tener no tendríamos tampoco peregrinaciones a Santiago de Compostela… Lo que sería perjudicial para la venta de botas Chiruca.

Otro día, por ejemplo cuando vaya a visitar el Vaticano , podremos ampliar estas reflexiones…Hoy la lucha de poderes la he estado viendo y escuchando por el barrio, ya que me encuentro a cinco minutos a pie del estadio olímpico, donde hoy ha caído la squadra de la Lazio 0-2 frente a una Roma que andaba diez puntos por debajo de su rival.

 

Bufandas de los tifosi antes del encuentro de la Roma contra la Lazio.Foto R.Puig.

Bufandas de los tifosi antes del encuentro de la Roma contra la Lazio.Foto R.Puig.

«Bajo este signo vencerás»

Aquí lo llaman a este encuentro «el Derby» y eclipsa sin duda alguna la memoria de aquel otro derby ConstantinoMajencio, que acabó con la cabeza de este último sobre una pica. Hoy no parece que haya habido cabezas cortadas, supongo que gracias a los 700 policias y carabinieri que tenían sitiada la zona, aunque el atasco antes y después ha sido monumental.

Pero el Ponte Milvio se llama también el Ponte dei lucchetti. ¿Por qué? Vaya… dejemos algo para otro día.

E la nave va

7 noviembre, 2010
La isla de Montecristo.Foto R.Puig

La isla de Montecristo a la caída del sol .Foto R.Puig

 

En son de luz

La nave que me trajo de Barcelona a Civitavecchia no se aventuró por el difícil estrecho de Bonifacio, entre Cerdeña y Córcega , a causa de la mar gruesa, frustrando así el deseo de ver los acantilados de ambas islas a babor y estribor bajo el sol del atardecer.  Pero, un poco más tarde, llegó la compensación: navegábamos entre la isla del Elba y la isla de Montecristo, entre cuyos farallones sitúa Alejandro Dumas el hallazgo del tesoro del difunto abate, su compañero de prisión, por parte de Edmundo Dantès.

El sol se pone tras la isla, una columna de nubes la corona, el mar se rinde al cielo, y el perfil de la montaña evoca un volcán incendiado por el astro de fuego. Con esta visión comienza a germinar el título de este blog que hoy despega. Aunque al final desembarcaré con cinco horas de retraso y ya de noche, vengo a Roma “en son de luz”. La mañana del miércoles 21 de octubre en Roma confirma con sus luces de otoño (vegetales, leñosas, aéreas, vaporosas, ásperas, resbaladizas, fluyentes, pétreas, murales, terrosas) firmes o fugitivas, en un proceso de cambio efímero y eterno, esa primera intuición.

Si vienes a Roma para dedicar el año a la pintura, al dibujo, la escultura y a la historia del arte en directo, como yo, has de venir en son de luz. A Roma, durante siglos, ejércitos o viajeros y peregrinos han llegado en son de guerra o en son de paz. Pienso que los pintores y poetas venían y vienen en son de luz. Entonces, con los ojos y los demás sentidos bien abiertos, Roma responde a diario, por cualquier rincón, desde cualquier perspectiva, de tantas como te abre, a pie, en autobús, en tranvía, en coche, por sus varios centros históricos o por sus extensas irradiaciones con las que se entrevera la campiña del Lazio, con todos los matices y vibraciones de su luz, en un continuo estremecimiento impalpable.

Goethe llegó a Roma el 1º de noviembre de 1786 (“Viaje a Italia»), yo muchos años y unos días más tarde siento como mías algunas de sus sensaciones. El día antes de iniciar la última etapa hacia la ciudad, el 28 de octubre, escribe: “No son aún las ocho, todos se han acostado, de modo que puedo recorrer por última vez mi pasado reciente y alegrarme con el pensamiento del inminente futuro. La jornada de hoy ha sido muy hermosa y serena, la mañana bien fría, el día claro y templado, la tarde un tanto ventosa pero bella”. El 7 de noviembre escribe: “no me canso de abrir los ojos y de mirar, de ir y venir, ya que sólo en Roma nos podemos preparar para comprender Roma”.