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Elogio de la nimiedad (V): Zapatos

19 febrero, 2017
Mi zapato. Foto R.Puig
Mi zapato. Foto R.Puig

Homenaje a Vincent Van Gogh

Hace unos días, tras un largo paseo, mi zapato se enemistó conmigo. Después de años de haberme aguantado, de haber conversado con la planta de mi pie, de haber tomado la forma de las irregularidades de mi pie izquierdo… ¡la revuelta!

Y si tu zapato dice basta, se arriesga, sí, a que lo jubiles, pero no sin antes hacerte daño. Y es que no tiene otro modo de llamar la atención. No tiene un sindicato y ¿qué abogado laboralista se tomaría la molestia de ocuparse de su caso? Sin embargo, es durante años nuestro íntimo colaborador, apenas cobra de vez en cuando una propina de betún y su destino en la vejez es de lo más triste.

Por otro lado, no debe de ser agradable que te restrieguen para sacarte brillo, para acto seguido y durante horas ponerte perdido de barro, de sudor o de lluvia.  A los caballos se les susurra en las orejas cuando se les da lustre, incluso a los gatos se les musita algo cuando se les cepilla la pelambre, pero a un zapato ¿quién le dice una palabra amable?

Así que he reflexionado. He decidido dialogar con mi zapato. Para empezar, conviene saber por dónde habla el zapato. Su interior es un mundo de silencio, como las oquedades de un guante. Es ahí donde oculta sus sentimientos y los resquemores que acumula durante sus años de servidumbre a ras de suelo.

Pero, quién lo diría, si le das la vuelta…

¡Es la suela el lugar de sus palabras! Digo palabras por llamarlo de algún modo. En realidad, en su roce continuo, bajo kilos de presión, con todo tipo de superficies y materias, el zapato aprende a comunicar, a expresarse. Lo que sucede es que eso ocurre allá abajo, donde no llegan nuestras miradas. Que caminemos sobre el asfalto o sobre el cemento, sobre la hierba o la arena de una playa, sobre seco o sobre charcos… para este humilde mayordomo que duerme en los cajones inferiores de nuestro guardarropa, no tenemos oídos, somos como los aristócratas que ignoran las cuitas de la servidumbre, que vive en los bajos de la mansión

Hace unos días, cuando, sin finiquito ni nada, tuve la tentación de licenciar a mi zapato, se me ocurrió darle la oportunidad de defenderse…

Cuando le di la vuelta ¡el zapato me hablaba!

Mi zapato enfurruñado
Mi zapato enfurruñado

El caso es que había oído mis quejas y soportado las maldiciones del dedo meñique de mi pie izquierdo. Así que, como cualquiera de nosotros en parecida situación, estaba irritado por mis juicios apresurados. A nadie le gusta que le echen la culpa de primeras. Sobre todo si tenemos alguna excusa.

Pero no crean que así de golpe entendí lo que decía. La suela de un zapato es toda una historia, tiene algo de jeroglífico. Y cuanto más viejo y más curtido, más intrincada es su psicología y más difícil de descifrar es su lenguaje.

Para empezar, creo que percibió mi intención de atender a sus explicaciones, pues, aunque seguía triste, su irritación había desaparecido, ya tenía mejor color…

La faz mutante de mi zapato.

La faz mutante de mi zapato.

Cuando logré concentrarme y escudriñar esa especie de mensaje en morse que brotaba de sus intersticios, pude oír con claridad lo que mi fatigado compañero de caminos quería decirme…

¡Desagradecido! ¡Descuidado haragán! ¿No te das cuenta que la culpa es tuya, que hace tiempo que deberías haberme cambiado la plantilla?

Decir esto, percibir que yo por fin le entendía y cambiarle la expresión fue todo uno. Su humilde rostro, marcada por el tiempo y la abrasión, cambió de aspecto, pareció recobrar su probado coraje y hasta algo de su brillo de fábrica, dispuesto a salir a la calle con nuevos bríos.

Mi zapato reconciliado

Mi zapato reconciliado

 

Ayer fuimos juntos a comprar otras plantillas…

.

Vincent Van Gogh y los zapatos

Este año se cumplirán 160 del nacimiento de Theo Van Gogh (1857 – 1891), hermano menor de Vincent (1853 – 1890), que le sostuvo durante su carrera artística y fue su paño de lágrimas. Tuvo más paciencia, más fe en su hermano, y le brindó más afecto que unos buenos zapatos, de esos que son capaces de aguantar nuestras pesares durante años. Theo sólo sobrevivió seis meses a la muerte de su hermano mayor. Está enterrado junto a él.

Los zapatos que pintaba el genio eran otros

Van Gogh. Un par de zapatos. Baltimore Museum of Art

Van Gogh. Un par de zapatos. Baltimore Museum of Art

Estas botas las compró Van Gogh, ya viejas, en un rastro, cuando estudiaba pintura con Fernand Cormon (1845 – 1924), para usarlas en sus pintura de naturalezas muertas. Como no estaban suficientemente maltratadas se fue a caminar con ellas por las fortificaciones de París hasta dejarlas en el estado que se aprecia en esta obra de 1887.

El motivo de los zapatos desgastados de los obreros es casi tan frecuente en Van Gogh como el de los girasoles. Tiene un carácter simbólico, como lo tienen los zuecos en Jean-François Millet (1814 – 1875), cuya obra sirvió de inspiración al genio holandés desde muy temprano.

Las botas eran para Vincent una metáfora de la vida obrera, como para el francés los zuecos lo eran de la vida campesina.

Van Gogh. Tres pares de zapatos. Fogg Art Museum. Cambridge (Massachusets)

Van Gogh. Tres pares de zapatos. Fogg Art Museum. Cambridge (Massachusets)

Estoy convencido de que los zapatos le hablaban a Van Gogh, y éste les entendía…

11 comentarios leave one →
  1. 19 febrero, 2017 01:13

    Muchas gracias por lo que escribe en este delicioso blog. Su lectura me resulta gratificante,amena e instructiva.

    • 19 febrero, 2017 11:14

      Muchas gracias Paco,
      Me ayuda, pues a veces dudo de si me paso de surrealista…:-)
      Saludos
      Ramón

  2. Javier Puig de la Bellacasa Alberola permalink
    19 febrero, 2017 13:00

    Oir lo que dice el zapato no ha sido nada difícil, en ocasiones chirrian y lo que nos hace sentir incómodos, cuando tropezamos se queja, cuando bajamos una escalera de madera y ella se resiente tal vez sea un toque de atención del zapato para que seamos más cuidadosos al pisar,… Pero escuchar a lo que nos pueda decir el zapato no se me había pasado por la cabeza. Creo que más que escucharle estás interpretando sus vivencias y padecimientos (si pudiésemos creer que un zapato tiene sentimientos).
    El maestro Van Gogh quería, como tu afirmas, exponer una realidad mostrando el objeto que mejor pudiese hacerla visible.
    ¿Es poesía del zapato?

    • 19 febrero, 2017 15:26

      Hasta las vísceras de los animales les hablaban a a los arúspices en Roma, donde convivían el mito y la metafísica, la magia y el derecho romano. Si escuchamos los discursos que más éxito tienen hoy en la escena pública, las cosas en las que creen las masas del mundo, las proclamas que más arrastran y las interpretaciones del mundo en que vivimos,llegaremos a la conclusión de que son en un gran porcentaje surrealistas. Unas veces es poesía lírica y otras es drama y tragedia.

      No nos consideramos supersticiosos, pero el animismo sigue moviendo muchas vidas, incluso en el Occidente supuestamente racionalista, y si es muy corriente que se piense con los pies, es más inocuo escuchar a los zapatos de vez en cuando y se lo merecen mucho más que Trump. Es, entre otras, una forma más de brincar entre metáforas, pero sobre todo de jugar con la poesía y con la fábula.

      Y es divertido.

  3. 19 febrero, 2017 17:36

    Muy sentida prosopopeya, Ramón, y muy bien escrita. Pero claro que no es nada surrealista. Esta manera de escribir ya se daba en Homero, en Virgilio y en Quevedo, por poner algunos ejemplos. Gracias por esta y el resto de entregas, siempre tan bien venidas a mi ordenata.

  4. 19 febrero, 2017 18:00

    Muchas gracias, aunque no les llegue a la altura del betún a quienes mencionas (si bien Quevedo quizás lustrase sus botas con grasa, y Homero y Virgilio no sé cómo tratarían su calzado). Tienes toda la razón al señalar que la prosopopeya es muy frecuente en literatura y a menudo la usamos sin casi darnos cuenta.

    En este orden de cosas, hace poco me llamó la atención, y lo he comprado, un libro de fábulas en las que los protagonistas de las pasiones y comportamientos humanos son los animalillos más modestos. Lo tengo en la cola.

    Ya lo comentaré, el título es “Sei una bestia, Viskovitz”. Su autor es Alessandro Buffa, un biólogo italiano. Hoy no abundan las buenas fábulas con animales al menos que yo sepa. No he dado con una traducción española.

    Saludos

  5. Juan pablo permalink
    19 febrero, 2017 19:34

    Grandioso

  6. 20 febrero, 2017 02:04

    Qué gusto contar historias tan buenas como la de los hermanos Van Goh; mejor todavía conocer los rincones humanos que sirven de motivación a los artistas, en este caso zapatos obreros. Gracias Moncho por guiarnos por estas calles tan poco conocidas.

    • 20 febrero, 2017 10:22

      Gracias a ti Bernardo. Al fin y al cabo algo aprendimos del hablar en parábolas
      ..

Trackbacks

  1. Elogio de la nimiedad (VI): Calcetines | en son de luz

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