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Hacia las montañas de Dalarna

1 octubre, 2017
Corrales de renos en el norte de Dalarna. Foto R.Puig

Corrales de renos en el norte de Dalarna. Foto R.Puig

Dejamos Hellby y la región de Uppsala con sus templos medievales para encaminarnos hacia el norte de Dalarna, a a las montañas de su frontera con Noruega, con el propósito de caminar por sus senderos. En el camino hay tantas cosas que ver, tantos lugares que atraen la atención, pero en el hotel de Grövelsjön nos habían informado de que había que llegar puntuales a la cena. Sin embargo nos dio tiempo a dos paradas…

Kloster

La orilla apacible del Flinssjönen en Kloster. Foto R.Puig

La orilla apacible del Flinssjönen en Kloster. Foto R.Puig

El Husbyringen (el anillo de Husby) es el primer territorio que fue declarado como ecomuseo en Suecia. Forma parte del  International Council of Museums

La definición de Ecomuseo reza más o menos así:

Un ecomuseo es un museo al aire libre donde se conservan y restauran los edificios en su ubicación original para mostrar las conexiones entre el paisaje y el entorno de trabajo de una sociedad antigua. Un ecomuseo no tiene ningún edificio museístico propiamente dicho, ninguna colección de objetos, a excepción de los objetos que aparecen en su ambiente original. Es un sitio de historia industrial y cultural. El énfasis se centra en la relación entre naturaleza y cultura, los campos y los recursos naturales y, sobre todo, el ser humano que allí estableció sus formas de existencia

Por lo que, siguiendo el hilo, he aprendido que el primer ecomuseo, creado en 1972, fue el Écomuseé du Creusot-Montceau en la Borgoña francesa. Pero no me voy a distraer en ello ahora. Me lo apunto para un próximo viaje.

En realidad, lo que nos llamó la atención en el mapa era el anuncio de las ruinas de un monasterio (kloster) cisterciense dentro de esa cintura histórica del Husbyringen, a las orillas de uno de sus tres lagos. Bueno, la verdad es que se trata de lo poco que quedó tras la radical confiscación de Gustav Vasa, quien de conservación no entendía, salvo de guardar para sí los objetos preciosos y vender a sus jefes de guerra, los nobles que apoyaron su causa contra los daneses, las tierras de monasterios y diócesis.

Casualmente, en el sigo anterior, un noble sueco, el caballero Ingel Jönsson donó una granja a los cistercienses en 1477 para que creasen ahí su cenobio. Los monjes lo bautizaron como Gudsberga (la colina de Dios) y consiguieron hacerlo florecer, innovando las técnicas agrícolas e incrementando la prosperidad en aquellas tierras. Construyeron el monasterio, incluida una iglesia gótica y las dependencias adyacentes, según el modelo del Cister.

Lo que el piadoso caballero creó, el rey luterano se lo quitó. Gustav Vasa nombró a un abad amigo suyo en 1530, confiscó el monasterio en 1538 y se lo dio al gobernador de Dalarna, una vez sustraídos los objetos de valor.

Sus columnas y sus piedras sólo el dios de esas colinas sabe adónde fueron a parar.

Restos del monasterio cisterciense de Kloster. 1477 a 1530. Foto R.Puig

Restos del monasterio cisterciense de Kloster. 1477 a 1530. Foto R.Puig

A la vera de estos restos hay un modesto recinto, a modo de museo, donde quien entra no encuentra ningún guardián, aunque sí una hucha para pagar la entrada y una sala con algunas sillas para, apoyando el botón correspondiente, proyectar los vídeos en que se explican las varias historias del lugar que completan así la galería de paneles y las vitrinas que contiene el local.

En el museo de Kloster. Foto R.Puig

En el pequeño museo de Kloster. Foto R.Puig

¿Cómo subsistió la aldea tras la desaparición de los monjes? Pues respondiendo a las necesidades del mercado: este apartado lugar era apto para fabricar la pólvora que el naciente imperio sueco necesitaría en sus guerras. En la zona había minas de las que se podían obtener los componentes.

Así que a mediados del siglo XVII los klosteranos empezaron a fabricar pólvora. En el siglo siguiente, el Mayor Anders Spole Rosenborg compró una de las fábricas y la convirtió en la mayor de Suecia.

Antiguo almacen de pólvora en Kloster. Foto Swedish National Heritage Board

Antiguo almacén de pólvora en Kloster. Foto Swedish National Heritage Board

Por lo que cuentan los paneles informativos a la entrada del pueblo, no faltaban los accidentes

Recreación de una explosión en la fábrica de pólvora de Kloster. Sóren Holmqvist 2001

Recreación de una explosión en una fábrica de pólvora de Kloster. Sóren Holmqvist 2001

Felizmente los ingenieros no se dedicaban sólo a servir el explosivo a la Corona sueca. Así que, aunque la fábrica se cerró en 1870, quedaron para la historia algunos inventos importantes para la boyante industria de los productos lácteos, como por ejemplo el primer separador de la nata de la leche.

Kloster en 1870. Óleo de pintor anónimo. Foto R.Puig

Kloster en 1870. Óleo de pintor anónimo. Foto R.Puig

Pero nosotros teníamos que seguir camino para no llegar tarde a la cena…

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El lago Siljan

Como estaba en nuestra ruta y empezábamos a sentir gazuza, y un amigo que vive por la zona nos había hablado del larguísimo puente de madera que se adentra en el lago Siljan en Rättvik, paramos en el lugar y, además, pudimos estirar las piernas bajo un sol esplendoroso.

Puente de madera de Rättvik sobre el lago Siljan. Foto R.Puig

Puente de madera de Rättvik sobre el lago Siljan. Foto R.Puig

Sus aguas son transparentes desde la misma orilla

Aguas de la playa del lago Siljan en Rättvik. Dalarna. Suecia

Aguas de la playa del lago Siljan en Rättvik. Dalarna. Suecia

Ganas de quedarse allí tumbados en la hierba y, por qué no, de darnos un baño no faltaban…

El lago Siljan en Rättvik

El lago Siljan en Rättvik

Pero había que llegar al hotel en Storsätern para cenar bien, y así hacer acopio de calorías antes de los dos días de vandring  (senderismo) y de ir al encuentro de los renos que nos esperaban en Grövelsjön…

Por los alrededores de Grävelsjön. Foto R.Puig

Por los alrededores de Grövelsjön. Foto R.Puig

Continuará…




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Última hora

Ayer decenas de miles de personas salieron a la calle para mostrar su repulsa ante la manifestación de unos quinientos miembros del Nordiskfronten. Este movimiento es minoritario pero activo en los países escandinavos, es xenófobo e intolerante y de ideología neonazi. Iba a desfilar ayer sábado por las calles de Gotemburgo con sus banderas según un itinerario que la policía había reducido a la mínima expresión.

La policía cierra el paso al Nordiskfront. Foto Göteborgs Posten

La policía cierra el paso al Nordiskfront. Foto Göteborgs-Posten

Digo “iba”, porque cuando trataron de desbordar y acercarse a las puertas de la popular Feria del Libro, la más grande de Suecia, la policía los cercó y detuvo al cabecilla por no atenerse al itinerario autorizado.

Tambores contra el neonazismo. Foto R.Puig

Tambores contra racismo. Foto R.Puig

Si hay algo de positivo en que se permita a estos individuos disfrutar del derecho a manifestarse, que les concede la democracia de la que ellos abominan, es (a parte de tenerlos identificados) que en tales ocasiones se manifiestan los sentimientos de la mayoría de la población sin distinciones generacionales, sociales, políticas o de origen.

Y nuestra enorme multitud también contribuyó a que el desfile se abortase

Gotemburgo 30 de setiembre 2017. Miles contra el racismo y la intolerancia. Foto R.Puig

Gotemburgo 30 de setiembre 2017. Miles contra el racismo y la intolerancia. Foto R.Puig

No sé si había algún cisterciense entre nosotros, pero si fue así, supongo que, además de tantos cantos como se oyeron, el monje estaría entonando su Deo gratias



Me permito añadir otra coda de actualidad, pues hoy en España (lo que incluye a la Cataluña de mis abuelos) hay también manifestaciones y en el mundo confusión y desinformación en la materia

DISCURSO DE FERNANDO SAVATER EN EL ANIVERSARIO DE LAS CORTES DE CÁDIZ QUE EL 24 DE SETIEMBRE DE 1810 SE REUNIERON PARA REDACTAR LA PRIMERA CONSTITUCIÓN DEMOCRÁTICA DE LA HISTORIA DE ESPAÑA

De las Cortes de Cádiz surgió una nación soberana e indivisible, constituida por personas libres e iguales en derechos, cuyo carácter esencial era ser ciudadanos; lo mismo que hoy la mayoría de los españoles reivindicamos

El escudo de la libertad

Para empezar, debo agradecer el honor que me hacen invitándome a hablar en la conmemoración de una fecha histórica tan relevante para la Isla de León y para España entera. Pero, a pesar de lo inmerecido e inapropiado de este honor, lo he aceptado y aquí me tienen. Me he sentido obligado a venir por dos razones, una muy personal e íntima, la otra de carácter cívico, de ética ciudadana. Permitan que antes de seguir adelante les explique brevemente estas dos razones.

Hace una docena de años, vivíamos en el País Vasco sometidos al acoso criminal de la mafia etarra y a la imposición en todos los órdenes del nacionalismo obligatorio. Pese a los apoyos oficiales, notábamos que nos faltaba el sostén cotidiano de nuestros conciudadanos del resto del país, porque estábamos convencidos de que la agresión terrorista era un asunto de todos y no sólo de los vascos que lo padecíamos de más cerca. Entonces una valiente luchadora, que además era el amor de mi vida, tuvo una idea que luego han imitado muchos partidos y activistas sociales: fletar un autobús en el que viajásemos miembros de movimientos cívicos, víctimas del terrorismo, periodistas… y recorrer España haciendo paradas en el camino para contar lo que ocurría en Euskadi y despertar a la gente que veía el asunto como algo ajeno.

Salimos de San Sebastián en un autobús decorado por el gran Alberto Corazón, y haciendo alto en ciudades de todo el recorrido llegamos hasta Cádiz, acabando nuestra aventura en el oratorio de San Felipe Neri. De esa hermosa travesía guardo recuerdos que después la pérdida ha hecho dolorosamente imborrables, pero por encima de todos el enorme afecto y el desbordante apoyo cívico que encontramos en tierras gaditanas. ¿Cómo no volver, ahora que me llaman desde aquí? Estoy seguro de que Sara nunca me hubiera perdonado tamaña ingratitud.

La segunda razón es que se trata de conmemorar la implantación de las primeras Cortes democráticas de España, y de hacerlo en el momento histórico actual, cuando precisamente nuestra democracia sufre uno de los peores y más reaccionarios ataques de toda nuestra posguerra. La implantación de las Cortes en 1810 desafió circunstancias extraordinarias: el dueño de Europa, Napoleón, había impuesto a los españoles un rey según su capricho y amenazaba con sus tropas avasalladoras el propio reducto gaditano. También había enemigos interiores, conservadores que consideraban formulaciones como “soberanía de la nación” y “el rey para la nación y no la nación para el rey” poco menos que como blasfemias decapitadoras como las de la Revolución Francesa. Pérez Galdós cuenta con viveza estas decisivas polémicas en el volumen Cádiz de sus Episodios Nacionales.

Por primera vez, otra medida revolucionaria, los diputados a reunirse no iban representando estamentos sino a la nación española. Y por nación entendían una entidad abstracta y colectiva, formada por el conjunto de los ciudadanos constituidos en cuerpo político. Como resume inmejorablemente el historiador y profesor universitario gaditano Juan Torrejón Chaves, “la revolución liberal amaneció con nuevas palabras y sagrados conceptos. Surgió entonces una nación soberana e indivisible, constituida por hombres libres e iguales en derechos, cuyo carácter esencial era el de ser ciudadanos, con independencia de todo lo demás: posición social, riqueza o lugar en que se habitara. La voluntad común se erigía así como superior a toda voluntad particular o de grupo”. Exactamente lo mismo que hoy la mayoría de los españoles seguimos reivindicando.

Jovellanos comentó que este congreso se reunió “para fijar el destino de la nación tan ultrajada y oprimida en su libertad como magnánima y constante en el empeño de defenderla”. El otro día escuché a un vocinglero decir que la democracia española era low cost. Ah no, señor mío, lo que quiera menos eso, porque se ha conseguido a un coste muy alto y muy comprometido. Cuarenta y cuatro años después de la fecha que estamos conmemorando, un cronista alemán nada desdeñable consignaba que “ninguna asamblea legislativa había reunido hasta entonces a miembros procedentes de partes tan diversas del orbe ni pretendido regir territorios tan vastos de Europa, América y Asia, con tal diversidad de razas y tal complejidad de intereses; casi toda España se hallaba ocupada a la sazón por los franceses, y el propio Congreso, aislado realmente de España por tropas enemigas y acorralado en una estrecha franja de tierra, tenía que legislar a la vista de un ejército que lo sitiaba. Desde la remota punta de la isla gaditana, las Cortes emprendieron la tarea de echar los cimientos de una nueva España”. El cronista que con tono admirativo escribió estas líneas se llamaba Karl Marx.

Llegaron los diputados de la Península y ultramar para formar la nación de todos, no para promocionar identidades particulares como mendigos que exhiben sus muñones a la puerta de la catedral para pedir limosna. La delegación más numerosa fue la de Galicia, seguida por la de Cataluña. Y el primer presidente que eligieron las Cortes fue precisamente catalán: Ramón Lázaro de Dou y Bassols, al que en el panegírico de la Academia de Buenas Letras de Barcelona se calificó como “varón insigne, sabio jurisconsulto, literato distinguido, político consumado, honor de la Universidad de Cervera y gloria de Barcelona, de Cataluña y de toda España”.

A pesar de su edad, 68 años de los de entonces, había arrostrado una larga travesía marítima para estar presente en las Cortes. Lázaro de Dou, comentando el decreto de Nueva Planta, llamó a Felipe V Solón de Cataluña por haber derogado las reliquias del sistema feudal. Y rechazó las opiniones adversas que no faltaban entre sus coterráneos así: “Tal es la índole del hombre que casi nunca cree deber aprobar ni alabar sino lo que ha visto siempre desde niño en su país: las costumbres, las reglas, las leyes, las mismas acciones buenas, las prácticas en ninguna parte le parecen tan excelentes como allí donde ha nacido. Esto depende principalmente de que nosotros solemos juzgar más por sentimiento que por reflexión”. ¡Bravo, mosén Dou!

Las sesiones de la magna asamblea se hicieron en el antiguo Teatro Cómico de la Isla convertido en Salón de Cortes por otro catalán, Antonio Prat. Unos meses más tarde, ya concluidas las sesiones, el diputado por Valencia Joaquín Lorenzo Villanueva, un sacerdote ilustrado y liberal, pidió que el edificio del antiguo teatro se convirtiera en finca de la nación para preservar su dignidad. Propuso como adorno de la fachada poner la fecha de la instauración de las Cortes, 24 de septiembre de 1810, y luego sólo dos palabras: ESPAÑA LIBRE. Que ese sea también nuestro lema, amigas y amigos, compatriotas, sin olvidar nunca que debemos ser nosotros mismos el escudo insustituible de esa libertad.

—–

El texto es una intervención leída en el Teatro de Las Cortes de San Fernando, Cádiz, en la conmemoración del 207 aniversario de la implantación de las primeras Cortes Generales de España, 24 de septiembre de 1810  (Publicado en el diario El País a fecha de hoy)

 

 

 

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