Mientras atardece
En 1804 François-René de Chateaubriand, a la sazón secretario de embajada en Roma, escribe a su amigo el señor de Fontanes una carta, luego publicada como Carta sobre la campiña romana.
Nada es comparable a la belleza de líneas del horizonte romano, a esa dulce inclinación de planos, a los suaves y huidizos contornos de las montañas donde termina. A menudo los valles de esta campiña acaban en forma de anfiteatro, de circo, de hipódromo, las laderas talladas en terrazas, como si la mano potente de los Romanos hubiese removido todo el terreno. Un vapor particular que se extiende en la lejanía suaviza la forma de los objetos y lo que sus formas pudiesen tener de duro o abrupto. Las sombras nunca son ni pesadas ni negras; no hay masas de roca o de follaje en cuya obscuridad no se insinúe un poco de luz. Una tonalidad singular asocia tierra, cielo y aguas; por una gradación insensible de los colores todas las superficies se unen por sus extremos, sin que se pueda determinar el punto donde un matiz acaba y otro comienza. ¿No habéis sin duda admirado en los paisajes de Claude Lorrain esa luz que parece ideal y más bella que en la naturaleza? Pues bien ¡esa es la luz de Roma!
!!!Qué maravilla!!!
Gracias a tu blog nos llegan rayos luminosos hasta los nubosos horizontes de los midlands británicos 🙂
un beso
maria
Pues no muy lejos de allí, en el condado de Suffolk (donde llaman «el país de Constable» al valle de Dedham) anduvo pintando sus paisajes John Constable, que tampoco era manco y que también pintó en Roma. Así que sólo es cuestión de ir más allá del mirar para conseguir ver. Digamos que «en todas partes brillan luces», sobre todo cuando hay buenos pintores paisajistas para «cocerlas» 🙂
Estás prolífico de textos ;-). Siempre un placer.
Es que anduve por la biblioteca Hertziana leyendo cosas… ¡Es una biblioteca de vicio!