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Mi travesía estival hacia Escandinavia. (III) De Montpeyroux a Vézelay

23 julio, 2012

He dejado hace rato Montpeyroux  y ruedo hacia Vézelay. Así que circulo, pero al revés y motorizado, sobre varias etapas de un importante camino de Santiago. El llamado “camino de Vézelay” arranca desde esta villa y llega a St.Jean-Pied-de-Port. Los bravos caminantes se hacen 1087 kilómetros en unos 43 días de marcha y cuando emprenden la subida de los Pirineos aún tienen por delante 791 y otros 33 días de peregrinaje hasta llegar a Santiago de Compostela.

En la Edad Media se iba a pie a Santiago para hacer penitencia, ganar indulgencias y conseguir el cielo. Para ello se dejaba si era necesario a la mujer y a los hijos y se lanzaba uno a los caminos poseído por lo que Erasmo de Rotterdam denomina en su Elogio de la Locura, “la locura de los peregrinos” y que Hans Holbein el Joven ilustró en una de sus viñetas al margen de un ejemplar de la obra. Antes lo había hecho Durero para La nave de los locos de Sebastian Brant.


Hoy se emprende la ruta por muchos otros motivos, como nos narra una voz de en off  de monja benedictina en un video de youtube: http://www.youtube.com/watch?v=pC7vggXQ6UA

Cuando me alejo de las carreteras principales, son las vacas y terneros los que me saludan en mi itinerario.

El camino se abre a horizontes de cereales y lejanas arboledas.

Para llegar a Vézelay he dejado la A77 más arriba de Nevers. Por la 151 abandono la Región del Centro y me adentro en tierras borgoñonas. Tras dejar atrás Clamecy enfilo hacia mi destino de esta etapa.

Al caer la tarde diviso la villa de Vézelay, presidida por La Madelaine.

El camping es pequeño pero, al ser el último en llegar, consigo por chiripa el mejor rincón de sus bordes. Desde ahí se apercibe una aldea rodeada de campos de trigo y bosque. Silencio y aire fresco.

Por la mañana me alzo temprano. Cuando los camperos aún duermen bajo sus tiendas recojo mis bártulos y subo al pueblo en busca de un aparcamiento conveniente, que encuentro en la plaza al pie de la rue St. Étienne, que, prolongada por la rue St.Pierre, asciende  a lo largo de setecientos metros hacia la basílica.

No hay un alma en esta mañana de domingo.

Paso junto a la hermosa casa de Romain Rolland, que alberga ahora un magnífico museo de arte contemporáneo, del que luego hablaremos. A mi izquierda dejo las contraventanas cerradas de la que fuera casa de Georges Bataille. Parece que simbolice el cofre cerrado de sus visiones y experiencias interiores.

De repente, tras una curva de la calle aparece la fachada de la Magdalena de Vézelay, símbolo no sólo de otras pasiones y tormentos del eros y del thanatos, los de la religión medieval, sino también de los de la Revolución Francesa y su iconoclastia talibánica.

Pero antes de acceder a la plaza de la basílica, a la derecha junto al portal del albergue de las monjas franciscanas, que hasta 1957 era una escuela gestionada por las Hermanas de la Providencia, hay un modesto símbolo de la historia oculta de Europa. Habla de la gente que se jugaba la vida por salvar la de otros durante la ocupación alemana : la de Sor Leocadia, Sor Placidia y Sor María, quienes con la ayuda de vecinos de la ciudad ocultaron y salvaron de las deportaciones y la muerte a muchos judíos. Entre 1942 y 1944 la prefectura del departamento, siguiendo las órdenes de los alemanes y del régimen de Vichy, orquestaba la búsqueda y captura de los judíos.

Contrastes de la historia de Europa: junto al templo donde en el siglo XII un belicista San Bernardo de Claraval predicó la II Cruzada (con los “efectos colaterales” de numerosas masacres de judíos en Alemania, acusados de no contribuir a la expedición) unas modestas religiosas se la jugaron ocho siglos después a favor de los niños judíos.

Por desgracia, el tímpano de Pentecostés, en el interior del Nartex, está en restauración, así que me tengo que contentar con los altorrelieves del Juicio Final de la fachada, que datan de su restauración en el siglo XIX , emprendida por el entonces joven arquitecto, Eugène Violette-le-Duc. Si no llega a ser por él, muchos monumentos románicos y góticos de Francia serían hoy románticas ruinas, subproducto de la Revolución Francesa, el más conocido de los cuales es  Notre Dame de París.  

Probablemente, nadie después de él haya conocido mejor la arquitectura gótica, a pesar de que un Marcel Proust, que prefería dejarlo todo en su romántica ruina, criticó aquellas restauraciones acerbamente, llamándolas “les déjections de Viollet-Le-Duc” (Du côté de chez Swann). Se lo perdonamos, pues nos dejó su catedral literaria de À la recherche du temps perdu, que nunca hará falta restaurar.

Este tímpano quiere evocar el del siglo XII, aunque la verdad es que sus anoréxicos condenados son menos trágicos que los medievales.

Pero los que hicieron de la basílica un centro de peregrinajes, fueron los falsos huesos de Santa María Magdalena, “encontrados” en Francia por una de esas peripecias, en las que la Edad Media fue pródiga y que sirvieron a enriquecer abadías, obispos y clérigos y a consolar a las masas. Baste pensar en cómo llegaron los huesos de Santiago Apóstol a Galicia.

Pero en el caso de la Magdalena, hermana de aquel Lázaro a quien, según cuenta el evangelio de San Juán, despertó Jesús de su catalepsia, el impacto simbólico de su hermosura, sus cabellos, su sensualidad pecaminosa, su perdón, conversión y penitencia, unidos a su ambigua pasión por Jesús, fructificaron en historias, sermones y una masa enorme de subproductos teológicos y de iconografías infinitas desde el Medioevo.

Como no puedo resistirme a ello, os voy a “castigar” con unas largas citas de Georges Duby, uno de los mejores historiadores del Medioevo cristiano (Damas del siglo XII. Alianza Editorial, Madrid, 1996. Colección Libro Singular. Tradución de Mauro Armiño).

Están extraídas del valioso blog “Estafeta” de Gabriel Pulecio (http://estafeta-gabrielpulecio.blogspot.se)

Cuando hacia el año 860 Girard de Roussillon funda esa abadía, la dedica únicamente a Cristo, a la Virgen y a san Pedro. Ningún indicio permite pensar que, hasta ese momento, los monjes de Vézelay hayan pretendido conservar el menor trozo de los restos de la Magdalena. De pronto, un texto escrito entre 1037 y 1043 afirma frente a los detractores que esos restos están allí, que las numerosas apariciones y todas las maravillas que se producen sobre el sepulcro lo prueban, y, por último, que los peregrinos afluyen ya desde toda la Galia en busca de milagros. Sin ninguna duda, fue en el segundo cuarto del siglo XI cuando las reliquias fueron «inventadas», como se decía entonces, es decir descubiertas.

Después de Pentecostés, la Magdalena se había hecho a la mar en compañía de Maximino, uno de los setenta y dos discípulos. Tras desembarcar en Marsella, ambos se dedicaron a evangelizar con sus predicaciones el país de Aix. Una vez muerta María Magdalena, Maximino le hizo hermosos funerales y metió su cuerpo en un sarcófago de mármol que mostraba, esculpida en una de sus caras, la escena de la comida en casa de Simón. Se podía conjugar esta segunda leyenda con la primera, situando el desierto de que habla ésta en las montañas provenzales, en la Sainte–Baume. Sin embargo, ese segundo texto molestaba a los monjes borgoñones. Situaba la tumba cerca de Aix donde, de hecho, antes de principios del siglo XlI hay testimonios de la expansión del culto de la Magdalena y donde tal vez se desarrollaban peregrinaciones concurrentes. Para acallar a quienes se negaban a ver en ellos a los verdaderos guardianes de las reliquias, fabricaron un relato –es la tercera leyenda– contando que un religioso había ido, por orden de Girard de Rosellón y del primer abad, a robarlos tres siglos antes a Provenza, entonces asolada por los sarracenos

El ejemplo de la Magdalena en el desierto alentaba sobre todo a la Iglesia secular, a la que en ese momento había que sanear; alentaba a apartarse más del mundo carnal, a olvidarlo, a olvidar también esa misma Iglesia su cuerpo para así unirse al corazón de los ángeles en postura de contemplación amorosa, a fin de cumplir mejor su misión de enseñanza.

Purificar la Iglesia secular después de la monástica e imponerle la moral de los monjes tenía por objeto repartir a los hombres –y digo bien a los hombres–en dos categorías: de un lado, aquellos a quienes está rigurosamente prohibido el uso de las mujeres; del otro, aquellos que deben poseer una, pero una sola y legítima y que, por eso, forzosamente mancillados, se sitúan en la jerarquía de méritos por debajo de los asexuados y, por consiguiente, están sometidos a su poder. Semejante segregación marcó con un rasgo todavía imborrable la cultura de la Europa occidental, hundiendo durante siglos en el fondo de las conciencias la idea de que la fuente del pecado es, en primer lugar, el sexo. En 1100, debido a ese hecho, la reforma chocaba contra un obstáculo mayor, la mujer. Era el escollo.

La cabellera suelta, el perfume derramado, una y otro estrechamente asociados en el imaginario de la caballería a los placeres de la cama. Evocar estas trampas de la sexualidad era atizar en el espíritu de los oyentes los fantasmas que despertaba la lectura de la vida eremita: las ternuras de un cuerpo de mujer, desnudo entre la aspereza de las peñas, la carne adivinada bajo el desenfreno de la cabellera, la carne magullada y sin embargo resplandeciente. Tentadora. Desde finales del siglo XIII, pintores y escultores se afanaron en dar a la Magdalena esa imagen ambigua y turbadora. Sin cesar, incluso los más austeros, incluso Georges de La Tour. Hasta Cézanne.

Salgo al exterior a respirar y doy un paseo por las terrazas detrás del paradigmático ábside.

Paraguas en mano, contemplo los valles circundantes, atravesados por la ruta GR 654, flanqueada por arboledas y setos, por la que, si somos capaces, podemos recorrer a pie los 1878 kilómetros que nos separan de Santiago de Compostela, pasando por Nevers, Limoges,  Perigueux, Saint-Jean-Pied-de-Port y Roncesvalles.

Vuelvo por donde he subido, no sin antes visitar el modélico Museo Zervos (por el gran editor de arte y en especial de los Cahiers d’Art) en la que fue casa de Romain Rolland.

La colección permanente alberga obras de Calder, Ernst, Giacometti, Hélion, Kandinsky, Laurens, Léger, Masson, Miró y Picasso, entre otros.

Una estupenda exposición temporal de ilustradores de las obras de George Bataille (Masson, Fautrier, Bellmer) añade fascinación a la visita. No permiten tomar fotos, pero el sitio del Museo ofrece algunas, si bien con parsimonia (http://www.musee-zervos.fr/index.php).

El personal es tan simpático que no oso traicionarles, así que no hago fotos pirata. Me contento con el catálogo de la exposición sobre Bataille. Este museo es la sorpresa que no me esperaba.

Satisfecho, dejo  Vézelay en dirección a Auxerre.

2 comentarios leave one →
  1. 6 septiembre, 2013 22:39

    Me encanta tu blog, aunque no soy muy aficionada a ellos. Es cercano, ameno e informa. Te felicito. Lo he encontrado buscando una imagen de N. Sra. de Vézelay. Te pido permiso para incluir en mi tesis (nombrándote, por supuesto) tu foto del ábside. Si no estás de acuerdo, tu blog me siguirá pareciendo estupendo. Un saludo.

    • 7 septiembre, 2013 09:23

      Muchísimas gracias por tu generoso comentario, Montse.

      Por supuesto que puedes incluir mi modesta foto del ábside en tu tesis, que me encantaría leer cuando sea posible. Te deseo un éxito total con el jurado. Yo pasé hace años por ese trance, aunque supongo que la tuya es de historia del arte y la mía era de ciencias de la información. No acabé de periodista pero trato de escribir algunas crónicas “urbi et orbi”, ahora que con un blog es algo accesible a todos.

      Un cordial saludo

      Ramón

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